El regreso de inanna



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*

Inanna estaba todavía en el disfraz del sacerdote druida y le habló a Olnwynn: "Hijo mío, puedes descansar un rato. Hablaremos más tarde".

La paz y la calma que emanaba Graciela alcanzaron la realidad de Inanna. "Melinar, esta es nuestra oportunidad. ¿Qué le decimos? ¿Qué hacemos? No queremos asustarla".

Los brillantes de Melinar empezaron a acelerarse.



*

Los grandes ojos castaños de Graciela se llenaron de lágrimas.

La belleza del cielo nocturnal era demasiado para ella, desde hacía muchos años no había visto un cielo así. Sonrió cuando una estrella fugaz cruzó frente a ella. Un buen presagio, pensó. Este es mi hogar, aquí encontraré lo que estoy buscando.

El cielo estrellado era tan brillante que Graciela cerró los ojos. Detrás de sus párpados percibió la oscuridad total de su imaginación. Pensó sobre este contraste hasta que un objeto pintoresco se formó en esa oscuridad y empezó a girar. Frente a ella empezaron a moverse y a mutar, como joyas preciosas, formas geométricas exquisitamente bellas. Era un espectáculo digno de presenciar y ella no quería que se alejara. No sabía qué podía ser este espectáculo de luces, pero instintivamente le agradaba.

Graciela siempre había tenido visiones; cuando era niña tenía sus amigos imaginarios. Uno de ellos era un extraterrestre diminuto. Este amistoso ser volaba al lado del carro de su padre en el vehículo más fascinante. Le contaba a Graciela toda clase de historias interesantes, le explicaba cosas y la mantenía ocupada durante horas. En años posteriores Graciela deseó recordar algo de lo que le había dicho este ser. ¿Por qué lo había olvidado? Ella se había sentido tan cerca de él y le había enseñado tantas cosas que realmente necesitaba saber. ¿Por qué no podía recordarlas ahora?

Las joyas mutantes continuaban danzando ante sus ojos mientras ella estaba despierta. Se sentía segura. Finalmente el vino y el cielo nocturnal la llevaron al sueño. Pensó que al día siguiente daría un paseo en el bosque de cedros. El rico aroma de los cedros se apiló en su conciencia mientras se quedaba profundamente dormida.



*

Melinar sonrió. "Ves, Inanna, le ayudaremos a sentirse segura y a que sea una con el cielo y el bosque. Sus temores se derretirán hacia la Tierra y se abrirá a nosotros. Le enseñaremos a amarse a sí misma y ese amor le proporcionará el coraje para saber”.

Inanna miró fijamente a Olnwynn, que ya estaba roncando. Constantemente la asombraban las payasadas de sus Yo multidimensionales. Estos seres contenían su ADN y en algún lugar del tiempo ella había sido el origen de todos ellos. Pero encontrarse a sí misma entre toda la baraúnda resultante de todos estos seres que

ella había creado se convirtió en un desafío progresivo. No obstante, en algún lugar dentro de todos estos seres se encontraba la habilidad latente de ser cualquier cosa que ellos quisieran ser. Cada uno poseía el poder de pensar por sí mismo o sí misma. Cada uno de ellos era un recolector de información para el Primer Creador.

Como su ADN estaba sólo parcialmente activado, sus Yo multidimensionales estaban atrapados en una especie de prisión electrónica de experiencias que se repetían miles de veces, como si el planeta entero estuviera condenado a un rebobinado eterno. La especie humana era famosa en toda la galaxia por su incapacidad de aprender de sus aventuras. Los tiranos y las guerras iban y venían. No obstante, nadie parecía aprender la lección. Inanna conocía muy bien al guardián de esta prisión. Durante la mayor parte de su vida pleyadense ella había estado enemistada con su primo Marduk.

Marduk había tenido éxito en derrotar a todos los otros miembros de la familia de Anu y ahora controlaba no solamente la Tierra, sino también su planeta nativo, Nibiru, así como todo el sistema de las Pléyades. Su tiranía era suprema y sus métodos ingeniosos. Era tan egoísta como despiadado, y había fabricado un extenso ejército de clones de soldados que se parecían a él. Se sentía realizado con el dolor y la frustración de aquellos a quienes conquistaba y manejaba. Lo peor de todo era que los habitantes de la Tierra ni siquiera sabían quién era su carcelero. Ellos creían que habían cometido un pecado imperdonable y se culpaban uno al otro de su triste condición.

Marduk fomentaba el antagonismo entre los grupos de la gente por medio de propaganda sutil de lavado de cerebro. Controlaba familias, tribus, naciones; ningún grupo era demasiado grande o demasiado pequeño para ser controlado. Cuando se producía una idea buena se animaba a un grupo a que la apoyara y la siguiera mientras que un número igual era estimulado a que se opusiera a ella. La idea podía ser política o religiosa, o incluso sólo la idea de cruzar un océano. Como los humanos tenían un cerebro desconectado que funcionaba a un décimo de su capacidad, en vez de razonar por sí mismos, ellos sólo reaccionaban, a menudo con violencia, a las sutiles manipulaciones de Marduk. En una tierra tan fértil era muy fácil iniciar una guerra. Las guerras religiosas eran el plato favorito de Marduk. Llegó a predominar un tipo de mente que no producía pensamientos originales, sino que reaccionaba a los de otros. El comportamiento repetitivo se imprimió en los genes de la raza humana a través de la emoción del temor. A nadie se le permitía recordar durante un largo tiempo que todos los humanos en un principio habían venido de la misma fuente. Aquellos que sugerían estas ideas eran ridiculizados o brutalmente destruidos. Nadie recordaba que la fuente de toda la vida era el amor del Primer Creador. Inanna pensó en el papel que ella jugó en este engaño progresivo. Ella y su familia se habían comportado como niños malcriados que sólo habían satisfecho sus caprichos egoístas sin pensar en las consecuencias. Sin saberlo, la familia había creado a Marduk, el resultado perfecto de su agresión y riña ególatra. No era el mejor de los legados.

Si la familia de Anu no se hubiera visto rodeada de la Pared invisible, probablemente habrían seguido su estilo de vida egoísta y controlador. Pero la Pared tuvo el efecto de detener la evolución progresiva de todos y cada uno de los miembros de la familia, incluso de Inanna. Ella nunca había estado tan aburrida; era como si toda la emoción y la espontaneidad hubieran desaparecido de sus vidas. Como no tenían otra alternativa, lo único que les quedaba era reparar el daño que habían hecho en la Tierra. Para que desapareciera la Pared había que liberar a la especie humana de su rueda repetitiva para que empezaran a evolucionar y dejaran de adorar al dios cuyo nombre ni siquiera conocían: Marduk.

De modo que Inanna y muchos otros miembros de la familia habían escogido proyectar porciones variables de sí mismos hacia cuerpos en múltiples marcos de tiempo. Ellos tenían la esperanza de que alguno de estos Yo multidimensionales pudiera activar los genes perdidos de la especie y creara el potencial para un cambio total sobre la Tierra. ¡Qué pena! Sus esperanzas empezaron a marchitarse y esta tarea estaba resultando muy ardua en el mejor de los casos. No era beneficioso decirles a los humanos que hace más de 500,000 años los había invadido una raza extraterrestre. Era igualmente inútil decirles que su ADN había sido desconectado parcialmente. Marduk había tenido mucho éxito en desprestigiar estas ideas desde el principio y cualquiera que las expresara era ridiculizado. Los humanos eran tan inseguros que fácilmente olvidaban la idea de contarle a otro que no estaban de acuerdo con el consenso general. Cualquiera que veía o escuchaba algo que no estaba de acuerdo con lo que la mayoría pensaba, era desacreditado y en algunas épocas hasta los quemaban en un madero.

La televisión y más tarde las computadoras se convirtieron en la herramienta principal para el control de los pensamientos de las masas. La "autopista de la información" le facilitó a Marduk el control sobre la mente del planeta entero. En verdad los monitores de computadora y televisión se habían convertido en especie de altares en cada hogar. La gente se sentaba frente a ellos durante horas, llenando sus mentes con la propaganda de Marduk. Las posesiones aumentaron y ahogaron a la gente a medida que se endeudaban más y más y luchaban por ser tan hermosos y ricos como los que veían en la TV. La mayoría de los hogares tenían por lo menos tres de esos altares. La raza humana entera quería ser rica; los ricos y poderosos eran respetados sin importar cómo era su carácter o comportamiento.

Las frecuencias electrónicas que envolvían a Terra hacían casi imposible la. comunicación entre Inanna y su familia y sus Yo multidimensionales, porque nadie estaba escuchando.

Inanna observó cómo dormía Graciela. Sus perros la hacían recordar los dos leones domésticos que tanto amó en Terra. Los perros despertaron cuando la conciencia de Inanna se enfocó sobre ellos. Quizás, pensó ella, pueda comunicarme con Graciela. Inanna se permitió el sentimiento de esperanza a medida que escudriñaba los datos de la vida de sus otros Yo.



***

V ElGuardian de los cristales

En el tiempo de la Atlántida Inanna había proyectado una parte de sí misma como la encarnación de un sacerdote llamado Atilar. Este Yo multidimensional le proporcionaría toda la experiencia y el conocimiento que solamente se lograría mediante el dominio de sí mismo. Ella concluyó que la vida de Atilar afectaría por ósmosis a sus otros Yo multidimensionales, ya que todos se afectaban entre sí. Una psiquis altamente desarrollada les haría mucho bien a los otros.

Los genes de Atilar habían sido cuidadosamente cultivados durante muchas generaciones. Él poseía el ADN del padre de Inanna, lo que le proporcionó un acceso fácil al mundo físico. Nació en los centros de poder de Atlántida y cuando nació lo entregaron a los sacerdotes de la Orden de las Túnicas Azules. Toda su infancia la dedicó a un riguroso entrenamiento con el fin de ejecutar la tarea única de vigilar las frecuencias del grandioso centro de cristales de Atlántida por medio del pensamiento.

Toda la Atlántida recibía su potencia de las espirales de cristal que eran vigiladas por la Orden de las Túnicas Azules. Cuando era niño a Atilar se le dijo que había sido engendrado para realizar este trabajo. Nunca conocería mujer, nunca se casaría y nunca experimentaría la vida de un ser humano común y corriente. Hacía muchos eones se había tomado esta decisión y su vida se había dedicado a esta tarea sagrada.

Mientras otros niños jugaban a la pelota, Atilar se sentaba en posición de loto, sin mover ni una pestaña durante horas. Se le entrenó para que se olvidara de su cuerpo, de cualquier dolor o de cualquier otra distracción. Se le instruyó en las artes marciales, pero solamente para que protegiera los cristales y activara la fuerza que en su tiempo se llama chi. En la Atlántida esta fuerza no tenía nombre. Todas las grandes mentes sabían que había muchas fuerzas que no podían ser nombradas y a esta fuerza se le asignaba un sonido. Atilar fue entrenado para que lograra el acceso a esta poderosa fuerza subiendo la energía desde los órganos sexuales pasando por los siete centros invisibles de su cuerpo y dándole así poder a su mente y voluntad.

Él nunca se lamentó de su destino y desde la infancia le habían inculcado el hecho de que era un privilegiado. Él se deleitaba con la sensación de éxtasis que podía generar en su ser al controlar las fuerzas sutiles de su cuerpo y conectarlas hacia el cosmos por medio de los cristales. Pero Atilar y los sacerdotes de la Orden de las Túnicas Azules no conocían un aspecto fundamental y ése era el amor. Su enfoque estaba sobre la mente y sus poderes, pero ninguno de ellos había experimentado el amor. De una manera estúpida lo consideraban como algo sin importancia. Como nunca tuvieron acceso al poder del amor, éste permaneció fuera de su alcance y por eso ellos tenían sus limitaciones.

Atilar se sentaba frente a los cristales y observaba profundamente su belleza, unía su conciencia con cada fragmento exquisito con el fin de modular su resonancia. Los cristales eran conductores de energía y Atilar era su afinador. Se había quedado completamente quieto durante siete días, había rebajado el funcionamiento de su corazón hasta los ciclos requeridos y había bloqueado cualquier sensación de dolor en los receptores de su cerebro. El dolor no se registraba como sensación en su cerebro.

Por un momento salió de su cuerpo. Ya había pasado los cincuenta años pero no lo aparentaba. Era delgado y macizo, tenía cabello largo y gris, y sus ojos eran almendrados, de un color tan claro que parecía oro. Él era un viajero consumado y disfrutaba mucho de sus aventuras. En su conciencia hizo girar el Merkaba que rodeaba su cuerpo. Así pudo moverse a través del espacio. Voló más allá de muchas nebulosas y se emocionó ante la belleza y la sensación de ser completamente libre. Fue hacia un planeta que a primera vista se veía vacío, pero cuando se acercó más vio charcos de un líquido metálico que se convertía en seres quienes sonreían y lo saludaban. ¡El universo ciertamente estaba lleno de maravillas! En silencio, Qi, el Maestro de la Orden de las Túnicas Azules, entró en su cuarto: "Atilar, es hora de que descanses. Has modulado esta frecuencia perfectamente y ahora tienes que recargarte".

Renuentemente Atilar relajó su cuerpo. "Como desees, Maestro Qi".

Atilar le había servido a Qi desde la niñez y era su alumno preferido. Qi había sido muy duro con él porque conocía su potencial genético y porque tenía la esperanza de que algún día lo reemplazara en su cargo.

El Maestro Qi habló: "Cuando hayas descansado, hijo mío, quiero que vengas al área de acceso para que conozcas a una recién llegada. Las sacerdotisas de la luna nos han traído a una niña que es un híbrido genético especial y para nosotros será interesante observar su potencial para darles poder a los cristales".

Atilar asintió. Para tener un equilibrio en el centro de poder donde las energías eran predominantemente masculinas, se necesitaban energías femeninas. Estas habían sido engendradas para generar las fuerzas invisibles, pero no se les permitía pensar por sí mismas. Como su educación era limitada, no le llamaban mucho la atención a Atilar; las veía como uno podría ver un transistor o la batería de un coche.

Atilar se retiró a su celda y se sumió en un sueño profundo con la esperanza de regresar al planeta de líquido metálico y continuar su visita con los seres allá.



*

Inanna y Melinar otra vez enfocaron sus conciencias en Graciela. Como ya sabían el futuro de Atilar, solamente deseaban llevar sus capacidades a los otros Yo multidimensionales. Cuando Graciela despertó, Melinar le proyectó un imagen a su conciencia.



*

El rocío de la mañana y la luz empezaron a despertarla. En su estado de ensoñación, Graciela había percibido un cuarto lleno de cristales en forma de espiral. Allí había un hombre de pelo gris que llevaba puesta una camisa blanca y pantalones negros y que se ponía de pie para salir del cuarto. Le parecía muy conocido pero no podía recordar dónde ni cómo lo había conocido. Ciertamente este hombre poseía más dignidad que los hombres de su época.

La luz gris y fría de la mañana la obligó a abrir sus ojos. Ella nunca antes había dormido afuera en el Noroeste del Pacífico. Su saco de dormir estaba empapado de rocío y sus pies estaban congelados. Sus queridos perros corrieron a besar su rostro como lo hacían cada mañana para saludarla. En la ciudad tenía que tomar el ascensor para sacar su perros a caminar en la mañana. Ella se rió pensando que si siempre dormía afuera nunca tendría que sacar sus perros.

Se fue a la cocina y encendió su estufa de madera, buscó su lata de café y vio que estaba casi vacía. En Nueva York se había aficionado a un café tostado portorriqueño, pero ahora tendría que buscar otro café. Se sirvió una taza de "espresso" con mucha leche caliente y un poco de miel.

La cabaña de Graciela estaba situada sobre un pequeño valle en Montaña Perdida y desde su ventana podía ver las Montañas Olímpicas. Cerca de la cabaña había un bosque de cedros; detrás de su casa estaban las montañas y el estrecho de Juan de Fuca estaba en la parte de abajo. Era algo embriagador estar tan aislada en medio de la naturaleza.

Buscó una chamarra abrigadora y salió con sus perros hacia el bosque. Mientras caminaba por una trocha, recordó otra época de su vida.

Cuando era niña le encantaban los campamentos de verano y durante cinco años escapaba del encierro de su familia y se iba a un campamento de verano para niñas en el sur de su estado. Allá se acostumbró a caminar sola, con el pretexto de que quería ir a dibujar árboles. Pero en verdad a ella le encantaba estar sola con la naturaleza. Recordó que cuando tenía siete años había caminado por una trocha similar a esa. De repente y sin ninguna razón se había detenido a mirar hacia arriba. En el cielo azul había unas cuantas nubes blancas abultadas. "¿Puedo ir a casa ahora?", había preguntado Graciela. Una voz le contestó. "No, todavía no".

Graciela realmente nunca supo con quién hablaba o a qué hogar quería regresar. Era solamente uno de los muchos misterios sin resolver en su vida. Pero con seguridad nunca se había sentido a gusto en ningún lugar de la Tierra. El hogar paterno había sido asfixiante y desde que salió de allá se había convertido en una gitana virtual. Nerviosamente se mudaba cada dos años puesto que nunca se sentía en casa en ningún lugar.

Ahora en la profundidad del bosque, estaba de pie al lado de un cedro enorme y antiguo. Lo abrazó, colocó su cara cerca de la corteza e inhaló profundamente. Las fragancias eran inefablemente puras y refrescantes. Deseó poder beber el árbol. Una brisa suave acarició su rostro y se sintió tan calmada y feliz.

Se sentó. Sabía que no necesitaba sentarse en la posición de loto, pero lo había hecho durante tantos años que fue algo natural en ella. Recostó su espalda contra el árbol y enterró sus manos en el suelo del bosque. No hay nada tan encantador como esto en ninguna ciudad, dijo en tono meditativo. Entró en un estado de meditación y permitió que sus ojos se desenfocaran. Desde que era niña e iba a la iglesia, ella era capaz de convertir en una luz sutil dorada y vibrante todo lo que había en el campo de su visión. Esto era algo hermoso, divertido y siempre la hacía sentir muy bien.

Hoy veía algo más que una luz. Entre dos cedros altos había tres seres. No eran tan sólidos como uno vería a una persona; más bien eran una energía que se podía proyectar como forma y la rodeaba un resplandor. Graciela sintió un poco de miedo pero una gran curiosidad.

*

Inanna se dio cuenta de que Olnwynn la había seguido a ella y a Melinar hasta el bosque donde se encontrarían con Graciela. ¡Oh, no! ¿Que irá a hacer? Inanna se alegró de haberle reparado la garganta cortada, lo que seguramente habría aterrorizado a Graciela. Inanna le lanzó una mirada amenazadora para mantenerlo a raya, pero se le había olvidado asumir la forma de sacerdote druida y Olnwynn no le estaba prestando mucha atención.

"¿Qué tenemos aquí? ¡Una niña completamente sola en el bosque con dos bellos lobos y sin hacha!" Exclamó Olnwynn. "¿Quién eres tú?", preguntó Graciela. "No le prestes atención, apenas se está acostumbrando a estar en un nuevo mundo", interrumpió Inanna. "Hemos venido a este antiguo bosque para estar contigo. Hemos venido para ser tus amigos, tus compañeros. Ya no estarás sola y te ayudaremos a encontrar lo que estás buscando".

Melinar asumió la forma de un anciano gentil de ojos bondadosos y al mismo tiempo retuvo algunos efectos de los brillantes cambiantes. Le habló a Graciela: "Mi niña, has venido a la Tierra por una razón. Ella no es tu verdadero hogar y tú eres más de lo que crees que eres. Has tenido muchas otras expresiones en otros mundos y viniste aquí a ayudar porque lo elegiste. A este planeta le viene un gran cambio. Mientras más humanos se puedan preparar para el cambio, más fácil será para todos. Tú has elegido ayudar en este proceso".

Fue como si algo que Graciela había mantenido adentro hubiera empezado a liberarse y su cuerpo pequeño empezó a sacudirse de todas esas emociones reprimidas. Empezó a llorar a medida que el desahogo de todas esas viejas emociones pasaba a través de su cuerpo físico y de cierto modo la dejaban más liviana. Como ya no podía estar sentada, se acostó sobre el suelo del bosque. Mientras la Tierra y el bosque la sanaban, sintió que todo el dolor emocional de esta existencia, y quizás de otras, se enterraba en lo profundo del suelo del bosque.

Inanna habló con ternura: "Graciela, siempre que quieras que te hablemos, ven a este lugar. Estaremos aquí. Te acostumbrarás a nuestra amistad y pronto nos hallarás donde quiera que te encuentres. Pero tienes que invitarnos. Estaremos esperando así como toda tu vida hemos estado esperando que nos pidas ayuda. Tienes que abrirnos las puertas. Te amamos".

Graciela se estremeció y miró a su alrededor. Los perros se habían quedado totalmente quietos. No se dieron cuenta de que hubo visitantes. Quien había estado allí ya se había ido y a Graciela le estaba dando hambre. Cuando regresaba a la cabaña se preguntó si sus nuevos amigos eran la misma voz en las nubes que había escuchado cuando era una niña. Suspiró. Un plato caliente de sopa de fideos caería muy bien ahora. Los perros se le adelantaron.

*

Inanna miró a Melinar: "¿Tú crees que la asustamos?" Melinar respondió: "No, pero fue suficiente por un día. Tenemos que proceder lentamente. Tú sabes cómo pueden reaccionar los humanos ante demasiada energía y conocimiento. El temor los puede retardar durante muchas vidas".

Sí, Inanna había visto que eso había sucedido muchas veces. Parecía que los humanos solamente podían aguantar dosis pequeñas, pero el tiempo se estaba acabando; el año 2011 no estaba muy lejos. Inanna sabía que tenía que hablarle a Olnwynn. Si él insistía en acompañarlos, tenía que ponerlo en conocimiento de la situación. Tal vez podía serles útil; después de todo él era astuto e intrépido.

***

VI El pasado inexistente

Inanna y Melinar regresaron al óvalo. Éste era un sitio central de concentración para ellos y les ayudaba a mantener un poco de orden dentro de todo el malabarismo de los cambios de tiempo dimensionales. Viajar a través del tiempo puede ser desconcertante incluso para el más avanzado viajero. De vez en cuando Inanna se sentía tentada a imaginar que el pasado era el pasado o que los Yo multidimensionales eran consecutivos. En esos momentos, Melinar le recordó que se centrara firmemente, le dijo que no olvidara que en la mente del Primer Creador el tiempo no existe y que todas sus encarnaciones eran simultáneas.

Melinar observó que Olnwynn no estaba. Inanna empezó a examinar sus realidades y se dio cuenta de que el alto guerrero todavía estaba en el bosque de cedros. Este lugar le recordaba su hogar en el norte de Irlanda y por eso estaba triste y nostálgico. Pensó en su hijo. Había tantas cosas que extrañaba, tantas cosas que dejó inconclusas. ¿Por qué se había vuelto tan cruel con aquellos que amaba?

Inanna emitió en su conciencia una especie de banda de caucho magnética y suavemente lo jaló hacia el óvalo. Ante esta nueva situación Olnwynn reaccionó con un estallido de ira. Él había conocido el temor, pero siempre lo había expresado en forma de rabia. Preguntó dónde estaba y quiénes eran ellos.

Inanna se volvió hacia Melinar y ambos se pusieron de acuerdo para mostrarse ante Olnwynn como seres radiantes de fotón, una forma que parecía agradarles a los humanos. Conservaron la forma de humanos pero sus cuerpos estaban hechos de fotones que caían en forma de estrellas fugaces y exhibían un amplio arreglo de colores dorados y de luces cambiantes. Era algo digno de presenciar. Olnwynn miró con atención las formas y se sintió tranquilo. No obstante, Inanna estaba un poco cansada y continuamente perdía esta forma. Cambió la forma del ser de fotón por la del sacerdote druida y luego pasó a su voluptuoso cuerpo azul pleyadense. Esto naturalmente agitó a Olnwynn quien ya tenía suficientes problemas para ajustarse a su nueva realidad.

"¡Suficiente!" Dijo Olnwynn enfadado. "Insisto en que me digan la verdad. ¿Quiénes son ustedes y qué hago yo aquí?"

Melinar le respondió: "Tú eres lo que nosotros somos. Específicamente tú eres ella". Melinar señaló a Inanna que había dejado de cambiar de formas por el momento y que se había quedado en el cuerpo azul, su favorito. Olnwynn permaneció escéptico. La idea de que ella era una mujer azul le era totalmente extraña, aunque ella era encantadora y le parecía muy familiar. En su vida había tenido muchas visiones, pero últimamente había sido muy difícil esclarecerlas pues estaba en un estado permanente de ebriedad. Al él le encantaba la bebida.

Melinar siguió su explicación: "Nosotros somos lo que tu eres. Esta es la señora Inanna quien te ha creado, por decirlo asi. Una parte de ella se ha proyectado hacia el continuo espacio/tiempo para que te formara a ti, Olnwynn. Tú te has visto como una entidad separada porque así te diseñaron, pero esa separación es una ilusión. Tu conciencia y todos los datos de tu vida serán reabsorbidos hacia el todo, así como todos los datos son eventualmente absorbidos hacia la mente del Primer Creador. En realidad ninguno de nosotros ha salido de la mente de Él.

A Olnwynn no le gustó para nada esa tontería de "reabsorber". Lo hizo pensar en cosas como aniquilación u olvido total.

Melinar leyó sus pensamientos y le explicó: "No, hijo mío, no serás aniquilado. Tú y tu conciencia permanecerán intactas. Simplemente llegarán a ser parte de un cuerpo de datos más grande y al mismo tiempo serás el Olnwynn que es familiar para ti. La señora Inanna te ha creado con un fin que es ayudar a la liberación de la especie humana".

La única manera de liberación que recordaba Olnwynn era cortar cabezas. Además no le gustaba la idea de haber sido creado por una mujer para un propósito del cual él no sabía nada. En la Tierra él había sido un rey y no estaba acostumbrado a que lo controlaran. Empezó a quejarse. ¿Era él no más que un peón en el juego de alguien? ¿Había sido él el juguete de alguien que ni siquiera sabía que existía, sin importar cuán atractiva fuera ahora?

Melinar le sugirió que se sentara mientras le explicaba: "Hace unos 500,000 años, un grupo de viajeros del espacio de un sistema llamado Las Pléyades estableció una colonia minera en el planeta Tierra. Era un grupo familiar de un jefe supremo llamado Anu. Ellos vivían en un planeta artificial que le da la vuelta a este sistema solar cada 3,600 años. La familia de Anu vino a la Tierra a buscar oro para su atmósfera, la cual estaba casi agotada a causa de sus frecuentes guerras radioactivas. La familia era un grupo muy conflictivo que tenía la tendencia a irse a la guerra por la más mínima provocación.

"Una vez establecida la colonia minera, era obvio que se necesitaban más trabajadores para las operaciones mineras, de modo que los científicos de la familia, una hermana y un hermano llamados Ninhursag y Enki tomaron una especie humanoide que habitaba en la Tierra en ese tiempo y manipularon su material genético. Produjeron una raza de trabajadores que desde entonces han sido los principales habitantes de este planeta".

Olnwynn estaba pasmado. Cuando era un muchacho había oído esas historias de las enseñanzas secretas de los druidas, pero las había olvidado cuando maduró y empezó a degollar a sus semejantes en la búsqueda del poder. Había muchos mitos en cuanto a que los druidas procedían de un reino mágico llamado Atlántida. Según los druidas, había habido una gran guerra, Atlántida había desaparecido bajo el mar y sus habitantes habían emigrado hacia las islas en las cuales había crecido Olnwynn.

"¿Entonces eso quiere decir que yo no he sido más que un miembro de una raza de esclavos?" La idea le era repulsiva a Olnwynn. Por otro lado, pensaba que podría ser algo muy interesante conquistar todo un planeta.... todas esas cabezas.

Melinar se esforzó por enrutar la conciencia de Olnwynn hacia un estado más elevado: "No, hijo mío, tú fuiste creado por la señora Inanna para rescatar a la raza de trabajadores. Un miembro de la familia de Anu, un varón de nombre Marduk, controla la Tierra en este momento. Esta entidad y sus legiones se rehusan a dejar libres a los humanos. Deseamos que la raza humana regrese a sus habilidades originales, que conecte sus códigos genéticos. Deseamos dejarles el camino expedito y permitirles su propia evolución natural como era la intención del Primer Creador".

Olnwynn no estaba muy seguro de qué eran los códigos genéticos, pero estaba empezando a comprender. Inanna le estaba dando toda la información que requiriera sin llegar a confundirlo. Como él había luchado muchas veces y de diferentes formas contra los tiranos de su hogar, empezó a comprender cómo era Marduk. Cuando era joven él había jurado luchar contra la tiranía donde quiera que fuera, hasta que él mismo se convirtió en un tirano. Estos pensamientos lo hicieron sentirse triste.

Sin saber de dónde, apareció un anciano real montado en un enorme dragón verde y dorado. Olnwynn sólo había visto estos dragones en pinturas y estaba un poco perplejo, pero Inanna transfirió a su mente la información necesaria y él se abrió a los visitantes.

Inanna habló: "Olnwynn, este es mi tío abuelo Enki. El es uno de los creadores de la especie humana y éste es Puffy, su dragón preferido".

Enki sonrió; siempre se alegraba de ver a Inanna y conocía muy bien a Melinar. Él también estaba proyectando porciones de sí mismo en la especie humana en diferentes tiempos. Había dedicado toda su energía a rescatar la especie que él había creado; a rescatarla de las garras de su propio hijo, Marduk. Para Enki había mucho en juego.

Enki le habló al Yo multidimensional de Inanna: "Olnwynn, he venido especialmente a visitarte. Te he admirado mucho desde lejos. Yo también he sido muy aficionado a la bebida y a las mujeres de la Tierra. Esa combinación puede ser muy placentera. Si yo hubiera sido tan bien parecido como tú, habría...."

Simultáneamente Inanna y Melinar le lanzaron una mirada ceñosa a Enki.

"Pero también he admirado tu coraje infinito", agregó Enki. "Coraje es lo que necesitamos ahora. Se necesitará mucho valor para que los niños de la Tierra crean la verdad y ellos tienen que aprender estas cosas muy pronto. Se acerca un gran cambio en su planeta y deseamos instruirlos en cuanto a esto para que no tengan miedo. De ti, Olnwynn, ellos podrían recibir este coraje para saber, para saber la verdad".

Olnwynn pensó para sí que sería un placer luchar contra este Marduk y sus legiones. Le fascinaban las buenas batallas y se dio cuenta de que mientras más tiempo estaba separado de su hogar, más lo amaba y más quería a las gentes que vivían allá. Deseaba abrazar a su hijo, e incluso extrañaba a su bella esposa. Deseó no haberla tratado tan mal; quizás algún día podría recompensarla. Sí, qué bueno sería luchar contra este Marduk, liberar a la gente de todos los tiranos.

"Me comprometo a ayudar a derrotar a este tirano. Le daré coraje a todo el que lo pida. Pueden contar conmigo".

Inanna le sonrió al hermoso guerrero. Después de todo, era probable que no se hubiera perdido toda la energía que ella había puesto en este hombre apasionado. Melinar le recordó que nunca se pierde nada.

“Bien Olnwynn, eso está muy bien”, dijo Inanna con ternura. “¡Pero es mejor que te acostumbres a viajar en el tiempo!”


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