El regreso de inanna



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***

VII algo de interacción

Inanna observó cómo Enki y su dragón se desvanecían de regreso hacia su propia realidad. Ella amaba a Enki y realmente nunca lo culpó de lo que había sucedido, pero de vez en cuando sí pensaba que si sólo él hubiera sido capaz de enfrentarse a su hijo Marduk, ella todavía podría ser la reina de Sumeria. No obstante, la verdad era que toda la familia había puesto su grano de arena en la creación de Marduk. Y, después de todo, Marduk era tanta parte del Primer Creador como lo eran ellos. Todos eran parte de una gran comedia cósmica, el equilibrio entre las llamadas fuerzas de la luz y la oscuridad. Ahora dependía de ella y del resto de la familia hacer los ajustes necesarios en la balanza de poder.

Olnwynn estaba empezando a comprender lo que sucedía. Se dio cuenta de que esta mujer había bajado desde las estrellas a la Tierra y de algún modo mágico había proyectado una parte de sí misma dentro de muchos cuerpos diferentes para poder crearlo a él y a cuántos otros más, él no lo sabía. Comprendió que su grupo compuesto tenía la misión de rescatar a los habitantes de la Tierra de un tirano cuyo nombre era Marduk. Obviamente, faltaban muchas piezas en este rompecabezas.

"¿Hay otros como yo allá?", preguntó Olnwynn. "Sí”, respondió Inanna. Rápidamente escudriñó algunos de sus actuales Yo y los bancos de sus datos.

"Creo que estoy empezando a comprender", dijo Olnwynn en voz baja. "Cuando yo era un niño tú eras la que me hablabas. Más tarde, fuiste tú quien me inspiró en la poesía y todas esas visiones que tuve procedían de ti. Si sólo te hubiera escuchado, habría podido recordar".

Inanna le contestó amablemente: "Yo no lo hice todo; tú siempre fuiste muy intrépido. Viniste de un magnífico linaje con un potencial ilimitado, del cual tú usaste gran parte. Fue mi idea dejarte como un huérfano con el fin de que me buscaras. Me olvidé de cuán poderoso era el alcohol para bloquear cualquier comunicación psíquica. Tú viviste en un ambiente de temor y guerras interminables planeadas por mi primo, el tirano Marduk. No te culpes a ti mismo; más bien piensa en lo que has aprendido".

Él, Inanna y Melinar volvieron su atención hacia Graciela: Olnwynn nunca había visto a una mujer que tuviera el valor para vivir sola en un bosque. Él admiraba mucho a sus lobos.

"Perros, Olnwynn, son hermosos perros", le corrigió Melinar. "Puedes ayudar a Graciela, la puedes inspirar con tu coraje. Ven, acerquémonos a ella".

*

Graciela no había olvidado la experiencia que tuvo bosque y se había comprometido a meditar entre las tres y cuatro de cada mañana. Se decidió a realizar lo que ella “el desierto”, que para ella significaba nada de llamadas telefónicas, nada de televisión, nada de periódicos. Se permitió escuchar cierta clase de música y leer unos cuantos libros inspiradores como El Mahabbarata, el Tao Teh Ching de Lao Tzu, o El Libro Tibetano de los Muertos.

Había leído sobre el tanque de flotación diseñado por John Lilly, el científico que hablaba con los delfines. Decidió inventar su propio tanque, llenó su baño casi hasta el tope y colocó velas a los lados. A la luz de las velas se acostó en el agua arqueando su espalda y dejando sólo la nariz por encima del nivel del agua. Así flotaría durante horas hasta que el agua se enfriara tanto que la distraería. Luego pasaría a otro cuarto a meditar. Tenía un teclado electrónico barato, el cual tenía un botón que al presionarlo tocaría una nota hasta que se agotaran las baterías. Entonces enfocaba su conciencia mientras escuchaba ese tono musical continuo.

Los tres primeros días del "desierto" eran los más difíciles. Hubiera hecho cualquier cosa por hacer una llamada o ver el programa más estúpido en la televisión en esos tres primeros días. Pero si se mantenía firme en su decisión, las recompensas serían hermosas. Después de los tres días todo lo que la rodeaba emanaba belleza y sus guías se le acercaban más. Era algo maravilloso; estos momentos de belleza constituían las horas más felices de su vida. Anteriormente había recorrido "el desierto" para encontrar la paz. Así ella sentía que estaba en un monasterio en lo alto del Himalaya en el Tíbet.

Una vez estuvo con un equipo de filmación en Inglaterra. Estaban grabando un documental sobre la música tibetana. Se sintió muy impresionada en presencia de aquellos monjes; los sonidos de sus campanas y cuernos la transportaban hasta su luz dorada. Pero cuando todo terminó, sin saberlo, se acercó demasiado al altar sagrado. Ignoraba que, según la creencia de ellos, si había estado menstruando, su toque mancharía el altar sagrado. Le dijeron que les habría tomado seis meses para purificarlo. Los monjes no le permitieron que se acercara más, lo que hirió sus sentimientos y la confundió. Ese día perdió todo su interés en el Tíbet y se dio cuenta de que allá no encontraría lo que estaba buscando. Instintivamente ella sabía que la misma sangre que producía la vida no podía ser impura.

Sentada frente a su mesa de meditación, Graciela pasó a otra realidad. Anteriormente había recordado sus vidas pasadas. Fue como si de repente pudiera ver a través de los ojos de otro ser y, mientras miraba fijamente las piedras duras y frías de lo que parecía ser la celda de una prisión, le arrojaron una túnica azul sobre "su" cuerpo. Pero no era su cuerpo; era un hombre de cabello largo gris que llevaba una camisa blanca sucia y pantalones negros. El hombre parecía estar conmocionado.



*

Atilar yacía inmóvil sobre un piso frío de piedra. ¿Por qué lo había hecho? Él, que había controlado todos los impulsos de su vida, se veía a sí mismo totalmente perplejo ante su impotencia total. Ahora todo se había ido, todo estaba perdido y no podía recuperarse. La muerte sería motivo de alegría.

Pensó en el primer momento en el que la había visto. El Maestro Qi lo había llamado al área de acceso para que conociera a la nueva chica que les habían llevado las sacerdotisas de la Luna. Era algo rutinario, sucedía todos los días, hasta que él la vio. ¿Qué tenía ella? Era como si Atilar la hubiera conocido durante toda la eternidad. Su presencia tocó una parte durmiente de su ser y le hizo sentir algo que nunca había sentido antes. No era simplemente porque fuera bella; todas las chicas escogidas por la Orden de la Luna eran exquisitamente bellas. Pero ésta era de algún modo diferente. Su piel era del color de crema fresca y sus ojos eran azul oscuro como el mar. Su cabello de cobre caía por su cuerpo y tocaba el piso. No obstante, fue su pureza lo que le atravesó una flecha en su alma. El estar cerca de ella le producía el más dulce dolor.

La tragedia empezó cuando el Maestro Qi, de una manera rutinaria, puso la muchacha bajo el cuidado de Atilar. ¿Por qué no notó el Maestro Qi el cambio en su estudiante preferido? ¿O realmente lo notó?

Naturalmente la muchacha admiraba a Atilar; él era conocido por toda la Atlántida como el heredero del Maestro Qi y el más avanzado en la disciplina de modular los cristales por medio del pensamiento. Todas las novicias jóvenes adoraban a Atilar desde lejos. Él no les prestaba mucha atención a esas cosas. Eso no le interesaba, hasta ahora.

Solitario en su cuarto, Atilar empezó a abrigar pensamientos que nunca antes había tenido. Sabía que si aplicaba la magia que había aprendido durante todos los años, fácilmente podría seducir a la chica. También sabía que la magia haría que el encuentro fuera de proporciones cósmicas. Sería algo así como si él y la chica fueran las energías en bruto del universo que se convierten en una. Solamente un hombre de los talentos y experiencia de Atilar podría generar esta forma de hacer el amor. Y él la amaba desesperada y totalmente con todo su ser. Antes de conocerla había vivido a medias; ahora lo sabía. Incluso su tormento era un éxtasis para él. El tiempo pasó.

Cada día Atilar inventaba más excusas para poder estar con la chica. Ella estaba en todos sus pensamientos. Era muy normal que una sacerdotisa de la Orden de La Luna acompañara a alguien como Atilar al Gran Salón de los cristales. Normalmente, la chica simplemente se sentaba en silencio y generaba la polaridad de la energía femenina que se requería, pero un día Atilar hizo una sugerencia.

Le dijo a la chica que se sentara frente a él y mirara profundamente en sus ojos. Le explicó que estaba experimentando nuevos métodos para modular la frecuencia de los cristales. La chica le obedeció y colocó su hermoso cuerpo blanco frente a él. Ella lo adoraba y haría cualquier cosa que él le pidiera.

Atilar cayó hacia los profundos ojos azules de su amada. Durante horas estuvieron unidos en esta forma y los dos vírgenes intercambiaron su energía. A medida que las frecuencias de sus cuerpos se aceleraban, ellos eran transportados a una nueva realidad. Otilar y la chica se volvieron uno. El piso, el cuarto, incluso la Atlántida entera desapareció. Lo único que existía era su unidad que emanaba poder y se convertía en una luz pura. El tiempo y el espacio se desvanecieron.

Si sólo Atilar se hubiera conformado con permanecer en ese estado nada hubiera pasado. Pero el hombre que había dentro de él, el humano, deseaba la consumación. Se concentró sobre su cabello de cobre y su elegante garganta cremosa y la despojó de su túnica. Sus pechos eran pequeños y perfectos; los acarició. Suavemente la acostó y de una manera cariñosa penetró su dulzura sagrada. Su corazón latía a medida que la sangre corría por su cuerpo hasta que su pasión se derramó dentro de ella. Nunca antes había conocido tal felicidad, tal gozo. Los cristales del salón empezaron a resonar con su amor, empezaron a cantar y emitían armonías dulces como respuesta a esta poderosa fuerza.

Las puertas se abrieron de par en par cuando el Maestro Qi y los guardianes entraron bruscamente en el nido de los amantes. El hechizo se rompió de una manera cruel y se llevaron a Atilar a una celda. En medio de un choque mental él yacía sobre las piedras duras, incapaz de moverse durante muchos días.

Atilar reflexionó sobre su vida mientras miraba el agua estancada que se detenía en las grietas del piso de piedra. Nunca le habían dado opciones. Desde que nació le dijeron cuál era su destino. Nunca tuvo oportunidad de jugar cuando era niño, pues lo entrenaron inflexiblemente. Nunca había amado, nunca había jugado. Se había convertido en un maestro, pero retrospectivamente se dio cuenta de la futilidad de todo. Siempre hubo algo que faltaba y, hasta que vio a su amada, no había conocido el nombre del espacio vacío que había dentro de él, el cual nunca pudieron llenar la disciplina interminable y el ritual repetitivo. Nunca tuvo tiempo o lugar para sentir, para amar, para ser espontáneo y ahora le parecía obvio que los ideales que adquieren forma inevitablemente se convirtieran en trampas, para muestra un botón, ahora estaba en la celda de una prisión. Fielmente había cumplido los compromisos de la Orden de las Túnicas Azules, pero nunca le dieron la oportunidad de crear algo por sí mismo. En esencia, había sido un esclavo.

El Maestro Qi entró en su celda. Los dos hombres se miraron y los ojos del Maestro Qi se llenaron de lágrimas.

"Hijo mío, has fallado en tu última prueba. Has profanado a una virgen de la Diosa de la Luna y ahora tienes que morir".

Él sabía que Qi decía solamente la verdad. En algún lugar dentro de su alma Atilar entendía que una vida sin sentimiento, sin amor, era una vida vivida a medias, de modo que aceptó su destino. Estaba listo para morir.

Como el Maestro Qi había pedido indulgencia, Atilar perdería solamente su vida y le perdonarían el horror máximo. El rayo láser que saldría del cristal central sólo destruiría su cuerpo físico, pero su alma permanecería intacta. Atilar asintió; tenía que ser ejecutado. Muchas veces antes había salido de su cuerpo, pero esta vez no regresaría.

Llegaron los guardias a la celda y lo escoltaron hacia la cámara de la muerte, donde lo encadenaron a una pared frente al enorme cristal. Todos salieron del cuarto, se encendió el rayo y en segundos el cuerpo de Atilar se convirtió en cenizas.

Mientras Atilar flotaba libre por encima de su carne, su amor por la joven sacerdotisa lo llevó hasta sus aposentos. Sus hermosos ojos azules estaban rojos e hinchados de llorar y Atilar se dio cuenta de que la muchacha estaba embarazada. Desesperadamente quería abrazarla una vez más y cuidarla. Todo era tan triste. Mi amor inocente, pensó, ¿qué será de ti? El dolor que sintió en su corazón por dejarla era más de lo que cualquier hombre pudiera aguantar. ¿Cómo podría encontrarla de nuevo?

*

Graciela estaba muy cansada. Estaba llorando por Atilar y la chica, y ese aparato de láser la asustó demasiado. ¿Por qué no pudo haber sido simplemente bella, rica y poderosa como las otras personas que recordaban sus vidas pasadas? ¡Eh Ave María! Ciertamente no había sido fácil en el plano físico.



***

VIII chandhroma

Inanna y Melinar entraron en la conciencia de Graciela. Olnwynn los siguió. Desde el punto de vista de Graciela, ellos aparecían como un campo de fuerza dorado y sutil que contenía tres figuras altas que estaban de pie en su sala, junto a la chimenea. Graciela había estado absorbiendo las lecciones de los datos de la vida de Atilar.

Ella suspiró: "¿Cómo es posible que haya tanto sufrimiento? ¿Cómo puede el Primer Creador observar este drama interminable de vida y muerte, de belleza y dolor? ¿Qué es Primer Creador?"

Melinar le respondió: "El Primer Creador ES".

¡Oh, no! qué respuesta, pensó Graciela. "Escuche, señor, cuando el corazón de uno está partido, el concepto de ES no es muy consolador".

Inanna pensó en algunas de sus experiencias en la Tierra, incluso como un ser extraterrestre de otra frecuencia de tiempo ella nabía sentido que le habían roto el corazón más de una vez. Deseó pensar en algo que le pudiera dar a Graciela la respuesta que necesitaba. Ella miró a Melinar implorándole que dijera algo.

"Hija mía, esta es la tarea a la que te enfrentas", dijo él. "Debes saltar desde Las 10,000 Cosas, a través del abismo de tu duda, hasta el lugar del magnífico ES. Allá encontrarás la verdad que buscas al sentir lo que el Primer Creador siente. Allá sabrás".

Eso suena muy pavoroso, pensó Graciela. Se imaginó que Las 10,000 Cosas deberían ser todo esos pensamientos y cosas triviales que distraen a todos los humanos cada minuto del día, y ninguno de los cuales parece importar cuando uno se acerca a la muerte, a experiencias de pérdida trágica, o cuando a uno le llega un momento crucial. Mas la idea de un abismo la llenó de temor. Pensó en esa película con Harrison Ford, cuando extendió su pie sobre un desfiladero aparentemente sin fondo para dar un salto de fe. Allí había un puente invisible para él y él lo atravesó. ¿Sería así de fácil para ella? Graciela les tenía pavor a las alturas. El solo hecho de estar parada en un balcón le producía vértigo; sentía un hormigueo en los pies y se sentía jalada a la orilla.

Olnwynn vio un oportunidad y se presentó. Con la ayuda de Inanna, le ofreció su protección y coraje a Graciela. Inanna le mostró a Graciela los datos de Olnwynn mientras que simultáneamente le mostraba los de ella a él.

Inanna escogió un momento en la niñez de Graciela para mostrárselo a Olnwynn. Ella tenía escasos tres años y estaba sentada en el comedor con su familia. Su padre le entregó un pedazo de pollo frito pero ella no lo quería. Graciela levantó el muslo del pollo y con fuerza lo tiró contra la pared.

Olnwynn se rió y vio su propia terquedad en Graciela. Luego reconoció quiénes eran los miembros de la familia de Graciela. "¡Por Dios! ¡Son ellos, todos ellos!" Se sorprendió de ver que la madre de Graciela era su bella esposa, el padre era el hermano de Olnwynn y el hermano de Graciela no era otro que su hijo. Todavía estaban juntos en otro tiempo. ¿Por qué había nacido Graciela en una fammilia con estos tres quienes obviamente todavía tenían malos recuerdos y sentimientos hacia él? ¿O era que sentían temor y resentimiento hacia Graciela? No era de extrañar entonces que Graciela no fuera feliz.

Inanna respondió los pensamientos de Olnwynn y le explicó que esa era una manera sumamente útil de aprender y de evolucionar. Y, además, esos tres querían estar juntos. Compartían un lazo. Como Olnwynn, tú los trataste mal y los controlaste. Ahora como Graciela la experiencia es muy diferente, de cierto modo, se invirtió.

Graciela, que no podía dejar de escuchar, pensaba: si Inanna quería experimentar estas cosas, ¿por qué simplemente no se metió en un cuerpo ella misma y vivió, en vez de hacer que Graciela y Olnwynn lo hicieran?

"Lo hice, Graciela. Yo soy tú. Yo he sido todo lo que tú has sido, y he sentido todo lo que tú has sentido". Inanna tenía la esperanza de hacerla comprender, pero no parecía tan fácil puesto que Graciela estaba en un cuerpo físico de carne vulnerable y con sistema nervioso parcial.

"Es ese sistema nervioso parcial lo que yo quiero corregir", agregó Inanna. "Si todos mis Yo multidimensionales reúnen suficientes datos para percatarse de los modelos repetitivos de las experiencias de sus vidas, quizás uno, quizás tú, Graciela, crecerás más allá de tus limitaciones y pondrás en acción los códigos genéticos divinos que están latentes dentro de ti. Es posible. Sería como si tú le agregaras mayor capacidad a tu computadora. Tienes la tecnología; sólo te falta la voluntad para hacerlo. Hay tantas distracciones, como Las 10,000 Cosas y la rejilla de frecuencias electromagnéticas que colocaron alrededor de tu planeta aquellos que desean que permanezcas como una esclava".

Graciela estaba empezando a comprender lo que Inanna decía. Si ella, Graciela, (que era al parecer Inanna) pudiera de algún modo fusionarse con Olnwynn y Atilar, así como con todos los otros que en realidad eran Graciela, entonces habría la posibilidad de que tanto conocimiento y datos combinados pudieran activar los genes durmientes. ¿Se trasladaría el cambio en un humano a los otros?

"¡Sí!", contestó Inanna y suspiró con una sensación de satisfacción de que por lo menos había llegado a uno de sus Yo multidimensionales. En ese momento Olnwynn se animó y empezó a reír.

"¡Esto podría ser muy divertido!", dijo él. Prometió ayudar a Graciela para que encontrara el coraje suficiente y se sentó al lado de los perros con el deseo de poder acariciarlos. Graciela se dio cuenta de que los dos perros permanecieron calmados ante la presencia de sus nuevos amigos. Bueno, ciertamente ya no estaba sola.

"¿Hay alguien más?", les preguntó a Inanna y Melinar.



*

Chandhroma nunca había sido tan hermosa como su madre, pero era bonita y elegante. Tuvo suerte de que no la asfixiaran en el momento del nacimiento como se acostumbraba hacerlo con los bebés hembras que nacían en esa época. Su madre no tuvo el coraje de matarla, aunque no había razón para conservarla.

Era el siglo XVI D.C., en el norte de la India. La madre de Chandhroma era una prostituta, aunque era una cortesana de la clase alta. Se había enamorado de un poderoso consejero del Sultán de Cachemira. Ella solamente le era útil a este hombre como concubina, no como la madre de sus hijos. Naturalmente, si el bebé hubiera sido varón, se le habría encontrado algún lugar en la corte. Pero la hija de una prostituta no le servía a nadie. De modo que a los tres años, Chandhroma fue entregada a la escuela de danza donde fue criada para ser una bailarina de la corte y donde recibió un entrenamiento riguroso. Afortunadamente ella sobresalió en este arte porque amaba la danza con pasión.

*

Chandhroma estaba sentada sola en el Templo de la Danza.

A menudo venía allí a danzar para "la dama" que a veces se le aparecía. La rodeaban columnas de piedra con tallas fantásticas de Kali y Lakshmi, los Gandharvas, los apsarases y los dakini danzantes. Frente a ella sólo una vela alumbraba las sombras del gran salón y una luna llena bañaba con su fría luz los pisos de mármol brillantes. Chandhroma se sentó en quietud total. Tenía 14 años y había sido entrenada en las artes de la danza durante once años. Extrañaba a su madre, pero "la dama" que venía llenaba el vacío de su corazón y le parecía que era una diosa. Como Krishna, la dama tenía una hermosa piel azul turquesa. Llevaba puestos muchos collares de lapislázuli y brazaletes de oro. Chandhroma pensaba que su dama azul era aún más hermosa que su propia madre.

Ella se puso de pie y empezó a danzar, con gracia daba vueltas mientras que las pequeñas campanas de plata que tenía en los tobillos emitían suaves tonos a través de las columnas del salón. En su mente, Chandhroma llegó a ser una con la diosa. Imágenes de la dama azul, de Lakshmi y de Tara llenaron su conciencia. Llamó hacia sí a los dakines danzantes y se convirtió en una con la luz de la luna. Sus manos eran expresiones graciosas de esperanza humana y su cuerpo cantaba con la belleza de la noche. Bailar sola para su diosa era su mayor gozo.

Cuando sintió la presencia de la dama azul, dejó de danzar y se quedó quieta. Su respiración era corta y movía sus pechos casi imperceptiblemente. Gritó: "Dama, quería hablar contigo esta noche. Pronto me llevarán al palacio del Sultán para bailar. ¿Estarás conmigo para guiarme en la danza?"

Inanna le respondió: "Sí, mi amada muchacha, estoy contigo a donde quiera que tú vayas. Soy parte de ti. Mi amor por ti es eterno y nunca estás sola porque aquí estoy protegiéndote. Amo lo que tú eres".

Chandhroma sintió la presencia de un intruso. "¿Quién está allá?", gritó ella.

"Sólo un admirador, mi niña", respondió el forastero. "Yo soy Vasudeva, el arquitecto de los palacios del Sultán. Tu maestro de danza me habló de tus presentaciones nocturnas y he venido en secreto para contemplar tu belleza. Soy un anciano, y no tengo intenciones de hacerte daño. Quiero ser tu amigo".

Chandhroma buscó la aprobación de su dama azul, quien sonrió y asintió. Entonces este es mi destino, pensó ella.

Vasuveda continuó: "Entiendo que estás sedienta de conocimiento, y que pasas tus ratos libres dibujando los pabellones y las esculturas del templo. Deseo enseñarte estas cosas. Una vez tuve una hija tan hermosa como tú que estaba en el apogeo de su belleza, pero una enfermedad misteriosa me la arrebató. Era mi única luz en este mundo y tú me la recuerdas. Permíteme que sea tu mentor cuando te mudes al palacio y te enseñaré a leer y escribir, así como matemáticas, lenguaje y arquitectura".

Era algo inaudito. A ninguna mujer se le permitía aprender estas cosas. Ella siempre había querido conocimiento y en secreto había intentado aprender a escribir en sánscrito, pero a las mujeres no se les animaba a que hicieran esas cosas. Ella no era más que una bailarina del templo. Su posición no era mejor que la de una prostituta, como su madre.

"¿Y qué tendré que hacer a cambio?", preguntó.

"Trabajar muy duro. Debes dedicarte a estas nuevas artes y continuar con tu danza. De otro modo no te permitirían permanecer en el palacio. Estás al servicio del Sultán, pero él es mi amigo y está muy satisfecho con esta extravagancia mía. Es bien sabido que tú eres dotada, que los dioses te sonríen y que se interesan mucho por ti. Es mi intención hacer lo mismo. Serás como una hija para mí”.

"Acepto". Fue todo lo que pudo decir con el corazón en la garganta. Muy seguramente la dama azul le debió haber proporcionado esta oportunidad. Ciertamente, debe ser un regalo de los dioses.



*

Inanna estaba feliz con el progreso de Chandhroma. La chica tenía una mente estupenda, aprendía muy rápidamente y se convirtió en el mayor orgullo de Vasudeva. A medida que su fama como danzarina crecía, le ayudaba a Vasudeva en sus proyectos de arquitectura. Hasta se le encargó el diseño de un jardín pequeño. Cachemira era mundialmente conocida por sus jardines. Era una época maravillosa para Chandhroma. Vasudeva la quería mucho y, aunque muchos la admiraban y la cortejaban, a ella sólo le interesaban la danza y el conocimiento. Ella pensaba que seguramente debía haber otras mujeres que deseaban tener esas oportunidades.

Un día ella estaba sola dibujando en el jardín que había diseñado. Un hombre joven bien parecido apareció ante ella y se presentó. Era el hijo y heredero del Sultán. Ella naturalmente lo había visto en la corte cuando danzaba pero nunca se había imaginado que lo conocería y ciertamente no estando sola. El Sultán le había puesto a su hijo el nombre de Arjuna como el famoso arquero de las escrituras antiguas.

"Chandhroma, estoy desesperadamente enamorado de ti", dijo Arjuna. "Te he visto danzar y Vasudeva me ha contado historias sobre tu garbo e inteligencia. ¿Hubo alguna vez una mujer tan dotada y tan hermosa como tú en el reino de mi padre?"

Por un momento sus ojos se encontraron en silencio. La muchacha no había pensado mucho en el romance, no tenía tiempo para eso y no quería terminar de prostituta como su madre. Pero este joven le hacía sentir cosas que le eran totalmente desconocidas.

Entonces Arjuna empezó a hablarle tiernamente y de una manera espontánea le expresó su amor y deseo por ella:

"Chandhroma, he estado esperando este momento.

Ven a mí, amada, deja que mis brazos te abracen.

Tu piel radiante esconde los fuegos ardientes debajo de ella.

Cada célula de mi cuerpo resuena con tu ser.

Deseo estar cerca de ti, amada.

Tus ojos me acercan más a mi Hogar.

Sigo su profunda oscuridad como un niño inocente que sólo conoce un llamado.

Atraído hacia ti como la luna atrae las corrientes, las llamas

se extienden por mi cuerpo.

El deseo me abruma en estas tardes veraniegas.

Me imagino cada aspecto de tu ser.

Separados en cuerpo, unidos en alma y espíritu, siempre estás

conmigo.

Siento el latido de tu corazón, tu roce, tu aliento.

Mis células vibran con tu vida y con mi deseo de nuestra

unión.


Cómo he deseado una como tú en todos los lugares y tiempos.

Busco el calor de tu suave beso para que despierte los

verdaderos fuegos que arden dentro de mí.

Permite que mi amor, como la luz del sol, se derrame sobre

tu cuerpo y alma".
Chandhroma quedó transfigurada con sus palabras, su corazón estaba conquistado. Ella sonrió, Arjuna se sentó a su lado y tocó sus manos. Finalmente los dos empezaron a reír y a hablar como si se hubieran conocido durante todas sus existencias e incluso más allá de ellas. Se dice que el amor verdadero puede ser así.

Inanna se alegró mucho por Chandhroma, pero también sintió el peligro. Ya había muchas mujeres chismorreando en la corte del Sultán. Sentían envidia y desprecio por la muchacha. Ahora que el hijo del Sultán le había dedicado todos sus afectos a ella, ¿quién sabe a dónde llegarían todos esos celos? El veneno era la solución más conocida para las rivalidades dentro del harén.

A las mujeres del palacio se les permitía tan poca libertad que sus energías terminaban por menoscabarse entre sí. De vez en cuando se llegaba hasta matar a un bebé para sacar del camino a un heredero potencial. Ciertamente el harén podía ser un lugar peligroso. Como era una bailarina, en realidad Chandhroma nunca había sido parte de ese mundo, además gozaba de la protección de Vasudeva. Pero las atenciones de Arjuna la convertirían en el blanco de alguna concubina frustrada con ambiciones de poder. Inanna sabía que las mujeres de esa época maliciosamente conspiraban la una contra la otra para defender su escaso territorio. La impotencia de las mujeres hería profundamente a Inanna, pero era imperativo que le advirtiera a Chandhroma sobre el peligro.

Mas ella estaba muy enamorada y bajo el hechizo de Arjuna se encontraba ya en un mundo lejano. Los dos amantes pasaban sus días tomando vino y haciendo el amor en los jardines mágicos de Cachemira. En el palacio todos hablaban sobre su relación. Inanna no pudo por ningún medio lograr la atención de Chandhroma. ¿Cómo podía advertirle?

Un día Chandhroma regresó a su cuarto y sobre la mesa encontró un regalo. Era una botella de oro con rubíes rojos incrustados. La habilidad del que la diseñó era impresionante y había una nota que describía las propiedades mágicas del contenido de la botella. Decía que era el elíxir de la belleza eterna y la vitalidad. Inocentemente, Chandhroma abrió la botella y olió su contenido. El cuarto se llenó con el aroma de cien rosas y Chandhroma se dejó vencer por el deseo de probar el elíxir. Inanna temió lo peor y evocó sus poderes para lo cual tumbó un hermoso florero con el fin de atraer la atención de Chandhroma. El florero tableteó y se quebró sobre las baldosas de mármol, pero Chandhroma estaba totalmente distraída, poseída por el hechizo de la fragancia de rosas.

Levantó la botella hasta sus labios. Al probar el líquido, sintió una contracción violenta en su cuerpo. Cuando cayó al piso duro, pensó en Arjuna. Cómo deseaba sentir sus brazos a su alrededor, saborear una vez más sus labios y mirar en lo profundo de sus ojos. Trató de gritar, pero toda su fuerza se había ido. Su vida se le escapó. Cuando Chandhroma se retiró de su cuerpo, Inanna estaba allá para abrazarla.


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