El regreso de inanna



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*

Cuando despertó de sus sueños, Graciela recordó un poema que había leído hacía muchos años y que no había olvidado. Normalmente ella no recordaba los versos, pero este poema siempre había permanecido cerca de su corazón. Fue escrito por un maestro Sufi, Mahmud Shabistarí, en el siglo XIV, D.C.. El poema hablaba de la belleza del rostro del amado, el cual permanece vivido bajo la cortina de cada átomo.

Graciela siempre se había imaginado que levantaba la cortina de un átomo y que allí lo vería, ese algo engañoso que había anhelado toda su vida. La belleza sanadora de "el rostro del amado", la haría sentirse plena otra vez y podría recordar. Graciela sintió que esa época se estaba acercando. Sentía una gran diferencia desde que había llegado a la montaña, era como si todo su cuerpo estuviera burbujeando y cambiando, como si estuviera mutando.

Estar sola en Montaña Perdida le estaba ayudando a Graciela a encontrar su camino de regreso a casa.



***

XII volando en el tibet


A la luz del amanecer, Graciela observó cómo salía el vapor de una taza de delicioso café. Estaba sentada en la ventana contemplando la luz del alba que ya se tendía sobre las apacibles Montañas Olímpicas cubiertas de nieve.

Todo era tan prístino y hermoso. Ella ya estaba aprendiendo a permitir que el silencio la colmara. Sólo se escuchaban los sonidos crepitantes del fuego y de vez en cuando el ladrido de los perros a los coyotes. Montañas cubiertas de nieve, los cielos estrellados de la noche, bosques de cedro tupidos y flores silvestres que cubrían su pequeño valle, eran experiencias nuevas para Graciela y ella disfrutaba de ellas a cada momento. Pensaba que uno solamente puede sentir la naturaleza cuando está solo. ¿Por qué siempre necesitaba contarle a alguien lo que había visto?

Mientras disfrutaba de su café, meditaba sobre lo que estaba aprendiendo. Había esperado tanto para que llegara esta ocasión. En su vida hubo muchos maestros, algunos maravillosos, otros no tanto. Pensó en el monje tibetano con el que había estudiado años atrás. En ese entonces ella no comprendió lo que se le enseñó. Una vez él traspasó su brazo por una mesa, como si no hubiera nada sólido, para mostrarle la esencia engañosa del mundo material. Ella realmente no comprendió pero había deseado entender y, cuando decidió ir a otro lugar, le dejó un dibujo confuso para agradecerle su sabiduría.

Más tarde se unió a un ashram. El maestro había crecido en la India y había vivido en un ashram bastante conocido allá. Ella estuvo feliz por un tiempo, pues era algo maravilloso estar rodeada de otros cuyo único deseo era comprender el significado de la vida y que no se burlaban de su deseo de lograr ese conocimiento. Durante sus meditaciones, de vez en cuando experimentaba la sensación de ser una con la vida y con la creación. Pero muy rápidamente se dio cuenta de que su maestro se estaba enamorando de su propio poder y ya Graciela no podía explicarse el comportamiento excéntrico del maestro.

Un día, mientras estaba sentada en un salón enorme con cientos de otros discípulos, su voz interior, ese saber interior silencioso en el que había llegado a confiar durante los años, le dijo que se marchara y nunca regresara. Esto fue una sacudida para ella y sintió pesar, pero se fue a casa.

Allá sola caminaba de acá para allá en su cocina tratando de comprender por qué su voz interior le había dicho que se marchara. Estaba confundida y no quería dejar a sus amigos. La voz le dijo en un tono alto y claro: "¡BOTAS!" Graciela quedó totalmente confundida. ¿Botas? ¿Qué quería decir eso? Entonces empezó a recordar.

Cuando tenía siete años había ido a un campamento de verano. El primer día hubo una iniciación. Todos se reunieron y el jefe del campamento propuso una adivinanza: "¿Qué es botas sin zapatos?' Graciela quedó horrorizada, por temor de no saber la respuesta y de que las otras niñas pensaran que ella era estúpida y no la aceptaran. Ella se escurrió hacia la parte posterior del grupo. Las niñas repetían "¡botas sin zapatos!" como si fuera un canto hasta que casi todas ellas adivinaron la respuesta.

Por fin le vino la respuesta, que era por supuesto "¡botas!" Graciela empezó a reír; la adivinanza era tan sencilla. Su voz le decía que era su temor a no comprender lo que dificultaba las cosas y que simplemente confiara en sí misma; todas las enseñanzas saldrían de dentro de ella. Ya Graciela había aprendido todo lo que necesitaba del ashram y era hora de que buscara algo nuevo. Ya podía confiar en su guía interior, sabiendo que ella era parte de la vida, parte del Primer Creador. Las respuestas habían estado dentro de ella desde el principio.

En la parte superior de Montaña Perdida, Graciela se rió de nuevo de "botas sin zapatos". Sus guías a veces eran chistosos y de vez en cuando traviesos, pero en lo profundo de su corazón, ella sabía que podía confiar en ellos. Contempló las Montañas Olímpicas; la luz del sol bajaba por ellas con un color rosado y dorado. Pensó que siempre había sentido miedo de las alturas.

*

Choje Tenzin llegó al monasterio en el Tíbet cuando sólo tenía siete años. Sus padres no podían mantenerlo y era el último de nueve hijos. Lloró cuando lo dejaron en la entrada, pero no se podía hacer nada, y su padre lo golpeó cuando trató de correr tras ellos. El monje que vino a recogerlo lo llevó a un salón donde había cientos de otros muchachos. Había mucho alboroto en el recinto, los muchachos charlaban, sus platos tintineaban sobre los pisos de piedra. A Tenzin le dieron un tazón de té caliente con mantequilla y lo dejaron para que se valiera por sí mismo.

Durante los primeros años se sintió terriblemente solitario; él era un niño delicado y sensible. Cuando estaba en casa, sus hermanas lo habían consentido con lo poco que tenían y le habían mostrado mucho afecto. Él estaba muy solo y los otros muchachos se mofaban de su debilidad física hasta que se dieron cuenta de que Tenzin dibujaba muy bien. Este monasterio particular estaba dedicado a producir pinturas tántricas, y todo aquel que mostraba un talento especial era digno de mucho respeto. Enviaron a Tenzin al Maestro Profesor de pintura para que lo entrenara en las técnicas y rituales del arte tibetano.

Lin Pao, el Maestro Profesor, era un hombre de gran belleza física y refinamiento. Se rumoraba que venía de una familia muy rica y aristocrática de China. Llegó al Tíbet para darles uso a sus grandes talentos. Se le respetaba como el pintor más grande de los tantras tibetanos.

Al principio Tenzin no recibió enseñanzas de Lin Pao, pero después de muchos años de servir como aprendiz, se le permitió estudiar bajo el gran maestro. Durante horas Tenzin observaba las manos delicadas y fuertes de Lin Pao que hábilmente ejecutaban línea y color. Tenzin adoraba a su maestro. En realidad él estaba profundamente enamorado de su profesor. Era sólo natural que un muchacho tan solitario llegara a albergar tales sentimientos por alguien tan grandioso como Lin Pao, pero dichos sentimientos eran prohibidos y permanecieron en secreto.

El hecho de que Tenzin fuera considerado como un artista talentoso no lo eximía de las rigurosas disciplinas del monasterio. Así que también recibía las lecciones de abstenerse de comida y calor, las horas de permanecer totalmente inmóvil en posiciones de meditación y las artes marciales.

Había una meta disciplinaria que preocupaba a todos los estudiantes. A un grupo selecto de novicios se le enseñaba a elevar su energía hasta el punto de que podían desafiar la gravedad y aprender a volar. Ellos pasaban años perfeccionando esta técnica situados al borde de los peñascos en la parte más alta del monasterio. Lin Pao no solamente era un gran artista, también tenía la habilidad de volar desde los peñascos sin perecer. Tenzin estaba decidido a aprender con el fin de complacer a Lin Pao.

Se decía que el secreto del arte de volar estaba en un enfoque ininterrumpido. Muchos monjes pasaban años preparándose para su primer intento y muchos caían a la muerte. Se creía que todos regresaban a la vida; incluso si un monje fallaba, podía reencarnar, regresar al monasterio y persistir en su intento.

Era un día frío y azotado por el viento. Tenzin y otras almas valientes estaban sentados en los peñascos designados cuando se les unió Lin Pao. Por supuesto, Tenzin quería impresionarlo. Invocó su máxima concentración y de una forma apresurada decidió intentar el vuelo. Se puso de pie y enfocó toda su voluntad, pero cuando dio su primer paso desde el precipicio, la confusión que lo había motivado también distrajo su concentración. Sintió que el amor reprimido que sentía por Lin Pao diluyó el poder su voluntad y Tenzin se desplomó por el precipicio. Su cuerpo se estrelló contra las rocas que había abajo.

Cuando la conciencia de Tenzin flotaba por encima de la concha que había sido su cuerpo, miró anhelosamente a su ídolo Lin Pao. Avergonzado, ni siquiera se atrevió a despedirse.



*

A Graciela le parecía que todas sus vidas habían terminado sin esperanza, pero Inanna y Melinar le explicaron que cada vida era un acopio de experiencia e información. Graciela y todos los otros eran la suma total de cada uno; compartían la sabiduría y el conocimiento que cada quien había adquirido de una forma tan dolorosa.

Inanna le mostró a Graciela cómo Tenzin había contribuido a su ser. La sabiduría del Tíbet era una de las últimas plazas fuertes de la verdad en su tiempo. Ella siempre se había sentido impulsada a buscar la verdad y siempre quiso ir al Tíbet. Hasta estudió con un monje tibetano. La afinidad instintiva de Graciela con las enseñanzas tibetanas y el arte le habían proporcionado mucho discernimiento y le habían permitido liberarse de las limitaciones de su propia formación cultural. La habilidad de Tenzin para la pintura le había llegado a Graciela y había reconocido milagrosamente a Lin Pao como su mejor profesor en la escuela de artes donde había estudiado en Nueva York. Bueno, ¿y si la dejaron con un residuo de temor a las alturas? Ella podía superarlo.

Graciela pensaba que para Inanna y Melinar era muy fácil decir que esto se podía superar. Para ella ellos realmente no estaban en cuerpos físicos aunque decían que sí lo estaban. Graciela todavía no veía muy bien a dónde llevaría todo esto. En medio de su aprendizaje, de vez en cuando sentía la necesidad de entumecerse a sí misma viendo televisión o saliendo de compras. ¿Pero, a dónde podría una chica ir de compras en Montaña Perdida?

Graciela fue a su biblioteca. Por Dios, qué cantidad de libros. La última vez que se mudó, incluso los empleados de la mudanza se desalentaron al ver el volumen de su colección. Su biblioteca estaba repleta de toda clase de rarezas, desde Tolstoi hasta Lao Tzu, desde economía hasta los OVNIS; toda clase de temas había en su biblioteca.

Su atención cayó sobre un libro que le habían regalado hacía muchos años. El libro había sido escrito en 1949 cuando Graciela tenía sólo cuatro años. En 1969 trató de leerlo. En esos días llevaba el pelo hasta la cintura, y su ropero lo formaban dos camisetas y una falda de algodón hecha en la India. Era muy emocionante estar en Nueva York con tantos otros jóvenes que creían poder cambiar el mundo. Graciela había luchado por comprender este libro, pero en ese tiempo no había tenido la suficiente experiencia de la vida para comprender su significado. Ahora mientras lo tenía en sus manos le parecía muy claro lo que el autor estaba diciendo.

El universo es un sueño holográfico proyectado como un pensamiento dentro de la mente de Dios, y sólo nuestras percepciones individuales de las frecuencias rítmicas relativas y variantes hacían al mundo parecer real. El autor continuó hablando sobre cómo es posible ir más allá del tiempo ordinario, ir al pasado o al futuro, e incluso pasar hasta más allá de la dimensión manifiesta.

Graciela comprendió que esto era exactamente lo que ella estaba haciendo. Ella era sus otros Yo en el tiempo de sus datos y, simultáneamente, Inanna era todos ellos, incluyendo a Graciela. El tiempo no existía, excepto como un pensamiento que le permitía a la existencia jugar a sí misma en el espacio. Graciela había tomado conciencia de la realidad secreta del mundo aparente y había escapado de las leyes que la sujetaban a la ilusión del tiempo.

Graciela pensó que si el Primer Creador era todas las cosas, entonces Marduk también debía ser parte de la comedia divina, una parte del Primer Creador. Melinar estaba sumamente complacido de que Graciela pudiera abrigar este pensamiento. Él comprendió que así como el papel de Inanna era luchar contra Marduk, también era el destino de éste ser exactamente como era, porque el Primer Creador era todas sus partes variables, que se mueven en el flujo del tiempo para examinarse a sí mismo, para expresarse y para experimentar, para jugar. A medida que Graciela era más capaz de interactuar con sus otros Yo multidimensionales, podía asimilar más datos y más sabiduría y mayor era su oportunidad de activar el ADN divino de su cuerpo: los códigos genéticos que se perdieron hace tanto tiempo.

Melinar abrazó a Inanna como mejor pudo. Todavía había mucho por hacer, pero estaban progresando.



***

XIII almuerzo con marduk

Marduk estaba sentado en su comedor privado en la suite del edificio más alto de Hong Kong. Estaba a punto de almorzar con la cabeza de las cadenas de comunicación del planeta Tierra. Le echó un vistazo a su vestido, un Saville Row por supuesto, y a sus zapatos italianos. La Tierra era algo muy divertido, pensó. Sus planes estaban saliendo mejor de lo que pensaba. La semana entrante tendría su reunión habitual con los banqueros del mundo y la otra con los líderes políticos.

El comedor estaba forrado con esculturas excepcionales y espejos antiguos; las paredes estaban adornadas con paneles de caoba pulida. El alto cielo raso brillaba con arañas de luces de cristal que alumbraban las pinturas al fresco que Marduk había extraído de las tumbas egipcias. La mesa ya estaba perfectamente puesta, cubiertos de oro sólido y vajilla de París. No era que Marduk necesitara impresionar a nadie; sencillamente le gustaban las cosas bellas.

Durante los siglos Marduk se había dedicado a convertirse en un conocedor de todo lo que la Tierra tenía para ofrecer. Detrás de él y de rodillas, esperaban seis concubinas bellísimas, listas para servirle en cualquier momento. Si por casualidad dejaba caer una migaja durante el almuerzo, una de las chicas la quitaba inmediatamente del mantel blanco con una paleta de plata. En las puertas había cuatro guardaespaldas, con otros dos al otro lado de la puerta. Todos tenían entrenamiento de ninjas, pero sólo por diversión. A Marduk le encantaba fingir que era una estrella de cine. Disfrutaba de las películas violentas con mucha sangre y escenas de artes marciales. Después de todo, era su mundo y podía jugar de cualquier modo que quisiera.

Muy pronto ya no se discutiría quién tenía el derecho a controlar la Tierra. Marduk se había apoderado de ella, el poder puede con todo y el planeta le pertenecía por derecho a él. Siempre había sido capaz de dominar a su padre Enki. No podía evitar que su padre fuera débil y le encantaba doblegar su voluntad o la de cualquier persona. A él le parecía que el mundo estaba lleno de apocados que esperaban que él los dominara. También estaban los peleles que no representaban un gran desafío. Por último estaba la mayoría que requería un poco de lavado de cerebro por medio de la propaganda. Unos pocos habían sido torturados pero casi todo el mundo cedía. En este almuerzo se discutiría el asunto de la programación y lavado de cerebro. Marduk quería mostrarle a su huésped, el presidente de las cadenas de comunicación, quién era el jefe. A él le encantaba amedrentar a sus empleados; era como su entretenimiento y últimamente había estado muy aburrido. El año 2011 se estaba acercando muy lentamente y él quería que esa Federación Intergaláctica se alejara de su camino para siempre.

Él sabía sobre los intentos de su padre Enki y de esa bruja Inanna para despertar a la especie humana. Sabía que ellos y otros miembros de su familia pleyadense querían probarle a la Federación que los humanos podían, a través de su propio libre albedrío, activar los genes durmientes y tomar su lugar como iguales en la galaxia no como esclavos.

Marduk les había seguido cuidadosamente el rastro a todos los datos de los Yo multidimensionales proyectados. No había sido gran problema frustrar sus tristes intentos de creer en sí mismos. Si sus propias pasiones no los destruían, él fácilmente podía encargarse de que uno de sus agentes los eliminaran. La Historia como él la había moldeado permitía muchas ondas convenientes de histeria, todas diseñadas a la perfección para extirpar cualquier pensamiento original. Mientras los humanos creyeran que eran impotentes, podían ser entrenados para adorar a Marduk en todos sus disfraces. Como los humanos siempre buscaban ayuda y consuelo por fuera de ellos, permanecían débiles y vulnerables a las ingeniosas manipulaciones de Marduk.

Su nueva idea de una cadena de comunicaciones era lo mejor que había inventado hasta ahora. En silencio se felicitó a sí mismo. Una extensa red de señales electromagnéticas rebotaba contra los satélites que le daban la vuelta a la Tierra y mantenía las frecuencias de todo el planeta en un espectro muy limitado. Era casi imposible que cualquier cerebro humano pensara más allá de la frecuencia de supervivencia. Lo único que quedaba era programar imágenes de riqueza y poder más allá del alcance de los humanos y de esta forma dejarlos en medio de un estado de frustración y temor. Era demasiado fácil, Marduk estaba más que aburrido.

Se paró frente a uno de los espejos antiguos que forraban las paredes del comedor. "¡Dios, qué hermoso soy!", pensó. Durante los siglos había perfeccionado su belleza con un sin número de procedimientos quirúrgicos, pero intencionalmente había conservado ese rasgo de crueldad por el cual era famoso. Le proporcionaba mucho placer observar las expresiones de terror en los rostros de sus víctimas a medida que con timidez se acercaban a él.

El presidente de la cadena fue anunciado y entró en el cuarto. Monsieur Atherton Spleek se inclinó servilmente ante Marduk. "Maestro, ¿puedo sentarme?", preguntó.

Atherton les tenía pavor a estas reuniones. Marduk era algo horrible de mirar, y algo extraño siempre ocurría, dejando a Atherton débil del estómago durante semanas después de la reunión. Todo era muy extraño: Marduk se las arreglaba para verse juvenil y hermoso a primera vista, pero cuando uno realmente lo miraba, no podía dejar de preguntarse si Marduk no era el mismísimo demonio. Rápidamente Atherton sacó esos pensamientos de su cabeza; después de todo, él no creía en esas cosas. Solamente creía en el poder y en el dinero, todo lo cual se lo proporcionaba Marduk.

Atherton había nacido en los tugurios de Yakarta y desde niño había sido ambicioso. Esperaba a las puertas de los altos edificios de la ciudad y les rogaba a los hombres de trajes oscuros que le permitieran servirles. En esos días el único negocio que había en Yakarta era el del petróleo, y los hombres de negocios occidentales solitarios querían todos la misma cosa: mujeres. Entonces el pequeño Atherton se convirtió en un intermediario entre los hombres del petróleo y los proxenetas de la ciudad. Era un comienzo. Una de las chicas le había puesto el nombre de Atherton y él inventó el apellido Spleek. En un programa de televisión había escuchado el nombre Spock pero lo confundió y se quedó Spleek.

Atherton le agradaba a Marduk porque era totalmente controlable. A pesar de la posición que él había logrado en el mundo, por dentro era vacío y seco y no conocía otra cosa que la obediencia a su maestro, Marduk. Atherton observó a las chicas que gateaban de rodillas. Qué buen toque, pensó. Tengo que arreglar esto para mis oficinas en París.

"Dime tus noticias, Atherton", ordenó Marduk. Atherton tomó un sorbo de vodka ruso, su mano temblaba un poco. "Maestro, todo está saliendo a la perfección. Las cadenas por cable están listas para unirse con las compañías de teléfono celular y las cadenas de fibra óptica están casi listas".

Marduk estaba construyendo una nueva rejilla electromagnética por debajo de la Tierra para asegurar su control en caso de que alguna nave estúpida de la Federación decidiera derribar sus satélites. La famosa ley de no interferencia debería estar en acción, pero todavía se discutía en todas las escuelas de derecho de la galaxia cómo se interpretaba esa ley. Marduk había violado esta ley muchas veces y no confiaba en su padre Enki ni en ninguno de los de la Federación. Él sabía muy bien que su abuelo Anu y su tío Enlil estaban buscando su caída. En algún lugar, su familia entera conspiraba contra él.

Cuando Marduk se apoderó de la Tierra, también se apoderó del planeta Nibiru. Este pertenecía a Anu y la Tierra se le había entregado a sus hijos Enki y Enlil. Marduk sorprendió a todo el mundo cuando conquistó todo el sistema pleyadense con sus extensos ejércitos de clones, todos diseñados para parecerse a él. Pasó siglos creando estos batallones de guerreros clones en un planeta secreto. Nadie se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde para detenerlo. Ahora no quedaba nadie que se le enfrentara, con excepción de la Federación. En cuanto al intento de devolverles a los humanos su nivel genético, Marduk pensaba que ninguno de los humanos esclavizados tendría las agallas de enfrentársele. Ese plan era demasiado ridículo y ni siquiera merecía su atención.

Todavía odiaba a esa bruja Inanna y recordó el día de su juicio hace mucho tiempo. Toda la familia de Anu se había reunido para juzgarlo. Fue acusado de traspasar los límites y de asesinar a su propio hermano Dumuzi, quien por casualidad estaba casado con esa hembra ambiciosa Inanna. Marduk sabía que Inanna quería controlar Egipto y estaba manipulando a su enclenque esposo con ese fin. A Marduk no le importó en lo absoluto haber hecho degollar a su hermano. Pero sí le molestaba que Inanna hubiera sugerido que lo enterraran vivo en la pirámide y que toda la familia hubiera estado de acuerdo.

Incluso ahora recordaba el sonido de las enormes piedras cuando caían en su lugar y sellaban su tumba. La pirámide era un preservador excelente, hubiera necesitado una eternidad para morir de hambre o de deshidratación. La furia y rabia de esta experiencia había cambiado el ser de Marduk. Después de ese día no era el mismo. El ruego ferviente de su esposa y de su madre convencieron a su padre Enki de que hablara con Inanna para que ella lo soltara. Ella lo hizo y le ordenó que se disculpara. Para empeorar las cosas, Inanna le ordenó que hiciera ofrendas en sus templos. Más tarde, Marduk se deleitó destruyendo esos templos y asesinando a las sacerdotisas que había dentro de ellos.

Marduk había ganado. Una y otra vez había derrotado a Inanna. Había disfrutado de la degradación y sometimiento de todas las hembras en el planeta. Con la llegada de los medios masivos de comunicación electrónica, todo era aún más fácil. Marduk jubilosamente pensó en todas las mujeres de la Tierra sentadas en sofás, pegadas a sus televisores, queriendo desesperadamente ser tan hermosas o ricas como los androides que a diario desfilaban ante ellas. El desear lo que nunca les podría proporcionar felicidad rompía sus espíritus y les drenaba toda su fuerza de vida. Marduk se sentía muy satisfecho, todas esas telenovelas patéticas, todas esas almas desesperadas. A él le encantaba.

"Dime, Atherton ¿ya están listos los planes con más canales de televisión para vender productos?"

"Sí, Maestro. Para el año 2006 la mitad de la programación será totalmente dedicada al consumo de bienes materiales. La gente trabajará más y más por menos dinero y querrán más y más cosa que no podrán comprar".

"¡Qué maravilla!", exclamó Marduk. De vez en cuando no podía evitar emocionarse con su propio genio. "¿Y cómo va la alteración de la percepción del tiempo?"

"Es como Usted lo ha ordenado, maestro. Los humanos tienen menos y menos tiempo para todo. No tienen tiempo para su familias y sus hijos son cada vez más vulnerables a nuestras técnicas de lavado de cerebro. Los niños ya desean todo lo que ven en televisión sin tener que trabajar por ello. Y lo mejor de todo es que nadie tiene tiempo para pensar o hacer preguntas".

Marduk asintió serenamente y le ordenó a Atherton que se pusiera de pie y se alejara de la mesa. Atherton tembló y sintió náuseas. Uno de los guardaespaldas se movió hacia él y le apuntó con un arma de plasma directamente a la parte baja de su cuerpo.

Un rayo de energía instantáneamente evaporó las piernas de Atherton, que cayó al piso en agonía. Marduk se rió histéricamente. "Bien, Atherton, no quiero que empieces a tener ideas en cuanto a tu propio poder. Eres mi esclavo por completo. Nunca lo olvides. Puedo hacer que te maten y que hagan un clon de ti en un minuto".

Las puertas del comedor se abrieron y un equipo de cirujanos entró para llevarse a Atherton a repararle sus piernas desvanecidas.

Marduk estaba seguro de que este enteco había entendido el mensaje.

Atherton hizo un intento lastimoso de inclinarse cuando lo sacaron en silla de ruedas.

Marduk ordenó que le sirvieran el almuerzo. Qué lástima que Atherton no podía quedarse para disfrutar de esta deliciosa comida. Haciendo una mueca de satisfacción, Marduk se llevó a la boca un faisán tierno dorado entero cubierto de chocolate, con huesos y todo.


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