El regreso de inanna



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En sueños, Utu le dijo a Gilgamesh que entrando por los túneles de las serpientes podría encontrar a Tilmun, la tierra de los Vivientes, donde vivía Noé, el sobreviviente del Gran Diluvio. Si Gilgamesh podía encontrar a Noé, tal vez éste le daría el secreto de la inmortalidad. Como los túneles eran su dominio, Utu pensó en ayudar a Gilgamesh proyectando unos cuantos hologramas útiles dentro del cerebro de Gilgamesh para guiarlo en su camino.

Yo personalmente estaba ya aburrida de todo ese asunto de Gilgamesh, eso ya no era algo para mí. Pero Utu no dejaba de contarme cada detalle del viaje del pobre Gilgamesh. Él observaba cada paso de su precioso nieto. Más tarde los Lulus compartieron su ávido interés y la leyenda de la búsqueda de la inmortalidad por parte de Gilgamesh se hizo muy popular. Ilustraba todos sus temores, esperanzas y derrotas. Si Gilgamesh no podía anhelar vivir para siempre, ¿entonces quién de su raza podría hacerlo?

En los primeros días de la colonización de Terra Enki había ampliado los túneles. A él le pareció muy lento el método de los gusanos, de modo que usó rayos antimateria para evaporar la roca. En algunos lugares este procedimiento dejaba burbujas grandes sobre las paredes que reflejaban luz de una manera muy extraña. A Enki le encantaban y estaba feliz con sus túneles de burbujas. En su laboratorio del Abzu, Enki siempre estaba inventando monstruos y criaturas mutantes genéticas, de modo que creó una buena cantidad de monstruos feos para que vigilaran las entradas a los túneles que conducen a otras dimensiones.

Con ayuda de Utu, Gilgamesh cruzó las montañas y llegó hasta la entrada de uno de los túneles. Allí se encontró con algunos de los guardianes escorpiones de Enki. Estos eran monstruos con piernas humanas y cuerpos y cabezas de escorpión. Asustaron mucho a Gilgamesh y le advirtieron que estos túneles oscuros se convertían en un laberinto de muerte para casi todos los humanos. Le negaron la entrada. Luego, como por arte de magia, Utu dio la señal para que lo dejaran pasar.

Por lo que le pareció como una eternidad, Gilgamesh vagó en oscuridad total a través del laberinto, chocando contra las paredes, lastimando su cuerpo y llamando a Utu como un loco. El aire era tan pesado que a duras penas podía respirar, pero no obstante continuó su viaje. Como veía toda clase de demonios horribles que lo empujaban contras las paredes babosas, empezó a creer que estaba loco. Se perdió todo el sentido de la orientación y su única realidad era la oscuridad.

Entonces sucedió algo extraordinario. Gilgamesh empezó a ver en medio de la oscuridad, pero no en su forma normal, sino más bien con el ojo de un dios. Los genes que había heredado de Utu empezaron a activar los conos de sus ojos. Al principio sólo veía los contornos dorados de las paredes, como en una foto en infrarrojo y, aunque pensaba que todavía caminaba en medio de la oscuridad total, los contornos le sirvieron como guía y evitaron que golpeara su cuerpo contra las paredes.

Al salir del túnel, Gilgamesh entró en el jardín de los dioses. Al principio estaba aturdido, pero empezó a refrescarse con agua y frutas. Él estaba en uno de los jardines famosos de mi bisabuela Antu. Ella los construyó no solamente en Nibiru sino también en cualquier lugar donde Anu se lo permitía. Hay muchas leyendas que hablan sobre estos jardines porque, además de frutas y flores reales, siempre hay una sección compuesta de oro y piedras preciosas. Imaginen enredaderas de uvas forjadas en oro y plata con uvas de amatista y peridoto. Abundaban hileras de trigo dorado y maíz y, entre una plétora de perfecciones artísticas, las rosas eran lo más maravilloso. Antu había convertido esta forma artística en una pasión pleyadense y las mujeres nobles competían entre sí en justas centenarias proyectando hologramas de sus jardines a través de las galaxias. Gilgamesh, ya ensangrentado y sucio de su dura prueba en el túnel, estaba debidamente anonadado. Utu le sugirió que se bañara en la piscina del jardín y luego lo dirigió a una mujer cubierta con velo que estaba sentada al borde del mar y que se llamaba Siduri. Ella era de la raza de los Dragones y les sirve vino a los dioses antes de que crucen el mar para llegar a sus hogares, Gilgamesh le preguntó cómo podía encontrar a Noé.

Siduri le explicó que ningún hombre podía cruzar ese océano. Para los Lulus ese mar era conocido como las aguas de la muerte. Gilgamesh le contó a Siduri toda su historia y le recalcó que era dos tercios dios, mientras Utu flotaba en el aire por encima de ellos. Al ver a Utu, Siduri llamó al barquero para que llevara a Gilgamesh a la morada de Noé.

El viejo Noé revivió las memorias del Gran Diluvio para su huésped, enfatizando el hecho de que fueron los dioses los que habían decidido destruir a los Lulus. Como había aprendido mucho acerca de los dioses durante los siglos, Noé sabía que nosotros no éramos de confiar y le dijo a Gilgamesh que renunciara a su búsqueda de la inmortalidad.

Pero Gilgamesh no se dejó convencer, así que Noé le sugirió entrar en un programa de austeridad para probar su dignidad a los Dioses. Quizás si Gilgamesh pudiera permanecer despierto y atento durante una semana impresionaría a los dioses y le podrían conceder su petición. Entonces el pobre Gilgamesh se sentó para probarse a sí mismo, pero inmediatamente se quedó dormido.

Exacerbado, Noé le contó entonces sobre una planta que crecía en el fondo del mar y que lo podría volver inmortal. Con valentía Gilgamesh se sumergió y trajo la planta hasta el bote, sólo para que se la robara una serpiente. A Gilgamesh, la inmortalidad de los Dioses se le había escapado para siempre, aun con toda la ayuda de Utu.

Utu estaba acongojado, pero no había nada más que mi hermano pudiera hacer por Gilgamesh. Ésa era la ley: los Lulus deben permanecer en un estado de inconsciencia, una especie de sueño. Manipulaciones genéticas les habían arrebatado su divinidad desde hacía muchos milenios. Ni siquiera el amor que Utu sentía por Gilgamesh pudo cambiar esto. Gilgamesh regresó a Uruk, donde reinó hasta su muerte y donde era conocido como el que había visto los túneles.

***

XIII sargon el grande

Sargón fue el amor de mi vida en Terra. Juntos hicimos el amor apasionadamente, tuvimos hermosos bebés y fundamos reinos grandiosos. Lo vi por primera vez en mi templo. Él era el copero de Ur-Zababa, rey de la ciudad de Kish. Me llamó la atención porque tenía un parecido extraordinario con mi padre Nannar. Tenía sus mismos ojos. Aunque nadie sabía con exactitud quién era el padre de Sargon, yo tenía mis sospechas.

La madre de Sargon era una sacerdotisa en uno de mis Templos del Amor. Cuando nació, ella lo envolvió en mantas en una canasta de juncos y lo colocó en el río. Mientras ella oraba, cuidadosamente observaba cómo flotaba hasta llegar a un hombre llamado Akki que estaba encargado de irrigar los campos con agua del río. Akki sacó a Sargon de las aguas, lo adoptó como su hijo y le enseñó a cuidar el jardín. A medida que crecía, sus cualidades innatas de liderazgo lo llevaron hasta la corte de Kish. Pero fue su belleza y su humor lo que me indujo a amarlo. Era alto y fuerte, de pómulos altos y finos modales. Era sumamente inteligente y su propio ser imponía lealtad.

Me sentí atraída desde el primer momento en que lo vi y, para suerte mía, él sintió lo mismo. Fue como un sobre voltaje en nuestros cuerpos. No me tenía miedo ni era tímido. Él sabía lo que yo quería y me tomó como a un dios; nuestra cópula fue divina. Al principio permanecimos en un estado de éxtasis durante más de dos semanas. Aseguramos las puertas doradas de mis aposentos con la poderosa espada de Sargon y únicamente dejábamos que de vez en cuando los sirvientes nos trajeran vino y comida. Como no necesitábamos comida, vivíamos del néctar de nuestro amor y pasión.

Nuestro único deseo era yacer entrelazados en los brazos del otro y pasar horas simplemente tocando y explorando con nuestros labios y puntas de los dedos el recién hallado territorio de nuestros cuerpos. Nuestros ojos deseosos buscaban profundamente en los del otro como si ya hubiéramos estado juntos antes y de algún modo nos hubiéramos separado. A medida que nos perdíamos en la unión, nos fortalecíamos y nos convertíamos en uno.

A veces en las agradables tardes nos bañábamos en las piscinas de mi jardín bajo árboles frutales a la luz moteada del sol. Yo sólo me ponía mis joyas; collares de oro, lapislázuli y perlas caían sobre mis pechos. Una cadena de diamantes le daba la vuelta a mi cintura y brazaletes de esmeralda adornaban mis muñecas y tobillos. Sentado sobre las aguas con flores fragantes que nos rodeaban, Sargon besaba mi cuerpo con ternura, acariciaba mis pechos firmes y se tomaba el tiempo para excitar la poderosa fuerza de mi pasión hasta que yo suavemente le suplicaba que me penetrara. Su virilidad me satisfacía a medida que ondas de placer murmuraban por todo mi ser. Nuestros dos cuerpos parecían disolverse, palpitaban como una luz blanca a medida que nos convertíamos en un océano de creación eterna. La conciencia de dos como uno quedaba en el vasto silencio de la eternidad y nuestro placer se convertía en música en los reinos más elevados.

Sargon me adoraba y yo lo convertí en mi rey. Como todo lo que tocábamos prosperaba y florecía, construímos un reino nuevo al que llamamos Acadia. Allí diseñamos y fundamos una bella ciudad nueva, Agade. En Agade construímos un maravilloso templo dedicado a mí llamado Ulmesh que quería decir suntuoso y rutilante, como ciertamente lo era. A los músicos les di instrucciones para que tocaran día y noche en mi templo. Nuestro pueblo era feliz y próspero; sus casas eran construidas con lapis y plata. En nuestras bodegas abundaban los granos y las frutas, a los viejos y a las mujeres se les respetaba y nuestra juventud radiaba con la belleza de la confianza. Los pequeños jugaban alegremente en esta ciudad de amor. Sargon el Grande y su querida Inanna gobernaban el reino mágico de Acadia. Este fue un período extraordinario para mí.

*

Cuando Acadia estaba firmemente establecida, yo empecé a exhortar a Sargon a que tomara más tierras. Los Lulus habían estado peleando entre ellos mismos y yo convencí a mi hermano Utu de que una conjunción bajo Sargon traería un tiempo de paz y abundancia del cual podríamos beneficiarnos todos. Utu se reunió con mi padre Nannar y con mi abuelo Enlil. Sargon le cayó sumamente bien a Enlil; quizás le recordaba a su propio hijo Nannar. Enlil le concedió a Sargon la monarquía en Sumeria y Acadia. Inventamos una nueva caligrafía llamada acadiana para anotar nuestros logros.

Yo nunca pude haber hecho conquistas de tanto alcance sin la aprobación de Enlil. En años posteriores olvidaría yo este hecho duro y frío.

La época de Sargon según el conteo del tiempo terrestre fue 2334 - 2279 a.C. Su reinado fue un tiempo de mucha gloria para mí, en esos días yo era la Reina de Cielo y Tierra en el trono. Enlil le permitió a Sargon que conquistara el mundo conocido desde Egipto hasta la India e hicimos alianzas y acuerdos comerciales con Ninurta, Nergal y Ningishzidda. Por nuestras rutas pasaban libremente los granos y el vino, el cobre y el oro y toda clase de mercancías. Nuestro pueblo se enriqueció e incluso los dioses parecían estar satisfechos. Pero de conformidad con el defecto humano de la arrogancia, Sargon cometió un grave error. Lo vi venir, el poder se le había subido a la cabeza. Empezó a pensar que era igual a los dioses y tristemente comenzó a beber en exceso.

Sargon y yo habíamos traído al mundo a una hermosa niña cuyo nombre era Enheduanna. Ella era como yo, hermosa y testaruda. Tenía el don de la poesía y se pasaba horas componiendo himnos a la grandeza de su padre, a sus conquistas y a su belleza física. Estaba enamorada de su padre y decidida a enemistarnos.

Yo no podía culparla por sus sentimientos; no había nadie en su mundo que igualara a su padre. Pero sus constantes atenciones tuvieron un efecto insidioso en Sargon. Ella se hizo sacerdotisa para no tener que casarse y esperó a Sargon en el templo. Le recitó sus poemas, le inundó su ego de sueños de juventud y virilidad y le sirvió vino. Sargon quería desesperadamente realizar un acto heroico para complacer a su hija.

Había un templo en Babilonia cuyo suelo había sido consagrado por Marduk. Era algo sagrado para él y era su manera de mantener sus garras sobre Babilonia durante su período de exilio. Él siempre había sido muy quisquilloso y posesivo en cuanto a Babilonia.

Sargon concibió una ceremonia en la cual trasladó el suelo sagrado a un nuevo lugar donde serviría como la base simbólica para una nueva Babilonia que él construiría. No se imaginó que este acto traería graves consecuencias. Cuando Marduk se enteró del sacrilegio, llevó el arma Pasupata Plasmon a su nave espacial y voló sobre los campos de Acadia y Sumeria. Ondas de radiación de alta intensidad destruyeron las cosechas en cuestión de minutos, lo que produjo un período de escasez que obligó al pueblo a rebelarse contra Sargon. Él se vio obligado a reprimir cientos de rebeliones. Hombres que una vez lo amaron y lo adoraron levantaron sus espadas contra él y las alabanzas se convirtieron en maldiciones a medida que los Lulus muertos de hambre veían que sus niños morían en sus brazos. Nuestro imperio comenzó a desintegrarse.

Yo no estaba envejeciendo y Sargon sí. El empezó a derrumbarse ante mis ojos. Con horror veía cómo sus borracheras se convertían en una pesadilla. Incluso empezó a maldecirme, a su amada Inanna. Sargon se mudó al templo para estar cerca de Enheduanna. En la noche yo yacía sola en la enorme cama de cedro que habíamos construido para los dos. Mientras brisas suaves movían las cortinas blancas de seda a través de la cama, me atormentaban los recuerdos ahora dolorosos de nuestra magnífica pasión y una fría soledad se apoderó de mi corazón. Yo no podía permitir que todo lo que habíamos edificado se esfumara. ... los tiempos pacíficos, las bellas ciudades. Tenía que enfrentarme sola al destino, tenía que luchar. No estaba dispuesta a perder lo que habíamos construido y no me importaba lo que costara.

La imagen de Sargon en su cama agonizando y temblando, con Enheduanna a su lado, todavía está clavada en mi memoria ¿Podría ser este el mismo hombre cuya fuerza me había llevado al éxtasis, el mismo hombre al que yo había coronado como rey? Para mí, el final de Sargon fue una tragedia que cambió mi vida para siempre. Ya no era la misma; una parte de mí murió ese día. La niña exuberante que corría riendo por pisos de lapis ya había desaparecido. No había príncipe que me rescatara a mí o a mi pueblo. Yo sabía que dependía de mí tomar lo que era mío, y estaba bien consciente de que los otros dioses se apresurarían a reclamar mis tierras si yo no luchaba. Me puse las prendas de guerra y desfilé entre las legiones de mis soldados montada sobre mi león.

Reanimando a mis tropas, saqué de dentro de mi ser feroces gritos de guerra. Mis soldados estaban impresionados; la diosa Inanna los guiaría personalmente a la batalla. Hombro a hombro luché con ellos como un hombre mientras me convertía en la diosa de la muerte y la destrucción. Durante dos años conduje a mis dedicados ejércitos a la batalla y maté a miles de hombres.

Uno tras otro fui colocando a los hijos de Sargon en el trono durante mi ausencia. Enheduanna escribía poemas que ilustraban mis masacres diciendo que su madre, Inanna, hacía correr ríos de sangre. Ferozmente luchando por lo que yo creía que era mío, perturbé el equilibrio de los dioses. Se citó a una reunión en casa de Enlil. Enlil y Ninurta tomaron una decisión: hay que detener a Inanna. Los dioses decidieron permitir que Marduk regresara a Babilonia. Enlil y Ninurta sabían que Marduk con gusto cercenaría las actividades de Inanna: yo que una vez quise enterrarlo vivo. Como dice el dicho, el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

A Marduk no se le había olvidado que cuando estaba atrapado en la gran pirámide de Giza, Utu le había cortado todo el suministro de agua y, al llegar a Babilonia, inmediatamente tomó medidas para proteger la fuente de agua de la ciudad, el río Eufrates. Las fuerzas de ingeniería de Marduk redujeron los suministros de agua a las ciudades circundantes, lo que exasperó a los otros dioses. Llamaron a Nergal desde África para que dialogara con su hermano Marduk. Nergal se despidió de mi querida hermana Ereshkigal y emprendió el viaje hacia Babilonia. Entró en la casa de Marduk y empezó a adular a su hermano. ¡Qué hazaña de ingeniería había logrado Marduk! Sin embargo, había que admitir que el desvío del río Eufrates les había robado el agua a los otros dioses. Anu y Enlil estaban contrariados.

Marduk replicó que desde los tiempos del Gran Diluvio el equilibrio de poder en Terra se había cambiado de una manera inaceptable, que había sido redistribuido artificialmente y que no llenaba sus aspiraciones. Agregó que ciertas armas y fuentes de poder habían sido injustamente hurtadas a Enki y exigió que se las devolvieran a él, no a Nergal. Luego amenazó con envenenar todo el río Eufrates si no se cumplían sus demandas.

Aquí se me abrió una puerta. Siempre me había caído muy bien Nergal, quien era tan inteligente y bien parecido. Pensaba que era una lástima desperdiciarlo con mi hermana Ereshkigal. Enki ya había perdido el control sobre sus hijos desde hacía años. Nergal y Marduk estaban ahora al borde de una verdadera disputa fraternal.

Si yo pudiera aliarme con Nergal, él podría ayudarme a lograr mis ambiciones. Así que preparé una cena tranquila para mi cuñado Nergal. El aceptó gustosamente la invitación. Estuvimos totalmente de acuerdo, hicimos planes, hicimos el amor. La familia de Anu era ególatra y narcisista. Era muy fácil motivarnos a la guerra o la paz porque sólo nos movían nuestros propios intereses y lo que nos convenía en ese preciso momento. Una vez sumergidos en los esfuerzos penosos de la ambición, nosotros perdíamos de vista el carácter y se nos olvidaba la verdad sencilla de que el carácter es el destino.

Al día siguiente Nergal regresó a la casa de Marduk en Babilonia y se negoció un acuerdo. Nergal devolvería las armas y las piedras cantantes a Marduk, pero éste debería salir de Babilonia y volar a la tierra de las minas en África y recuperarlas para sí. Marduk aceptó con renuencia.

Antes de partir, Marduk le advirtió a Nergal que no tocara los controles que regulaban el río Eufrates. Como hermanos son hermanos, en el momento en que Marduk salió, Nergal entró a la fuerza a la sala de control pero para su sorpresa descubrió que toda la sala estaba llena de trampas. Cuando Nergal desmontó los controles, se soltaron venenos hacía el río. Marduk también se había ingeniado un mecanismo que alteraba los satélites que regulaban el clima en caso de que alguien destruyera su sala de control.

Sobre Babilonia los cielos se tornaron negros, arreciaron las tormentas, los ríos se contaminaron y toda el área de Acadia y Sumeria quedó devastada. Enki apreciaba mucho el sistema de riego de Sumeria y no podía soportar que el Eufrates estuviera envenenado. Furioso culpó a su hijo Nergal de este agravio destructor. A esta ira Nergal reaccionó cancelando la elevación de una estatua de Enki que ya estaba planeada. Sólo para probar un punto, y por sugerencia mia, Nergal quemó la casa de Marduk.

Como Marduk estaba en África, por lo menos temporalmente, yo coloqué en el trono de Acadia a Narim-sin, nieto de Sargon. Mi padre Nannar adoraba a ese muchacho y Nergal también lo apreciaba. Mi alianza con Nergal, basada en su enemistad con su hermano Marduk, me dio tanto poder que Narim-sin y yo pudimos continuar guerreando y conquistando territorios por un tiempo.

Supongo que ya me estaba volviendo un poco incisiva y la brutalidad de la guerra me estaba cambiando. Algunas de las historias sobre mí eran verdaderas, otras no. Yo sí entregaba los esclavos capturados a los campos de trabajo. Impulsada por la ira, la ambición y mi soledad, me volví despiadada. Me sentía y me comportaba como una loba acorralada. Las acciones de mi vida estaban empezando a aparecer en mi rostro. Mi belleza se estaba convirtiendo en algo duro y cruel. Me ponía más pintura pero eso no servía. Era colérica e irritable, excepto cuando quería algo. Me volví manipuladora para lograr lo que quería; era una arpía, una belleza convertida en bestia.

Narim-sin tuvo mucho éxito y se escribió sobre sus campañas en las tablillas de arcilla. Pero un día fuimos demasiado lejos. Llegamos hasta las Montañas de Cedro del Líbano, demasiado cerca del puerto espacial. Enlil reunió a los dioses y todos se pusieron de acuerdo: Inanna había empezado la guerra y había que detenerla. Nadie sacó la cara por mí. Se emitió una orden para mi arresto.

Yo no iba a permitir que Enlil me pusiera las cadenas, de modo que escapé en mi nave. Las tropas de Enlil llegaron hasta mi templo de Agade y, al ver que yo no estaba, se llevaron todas las armas y fuentes de poder. Yo me escondí en el palacio de Nergal en Etiopía, donde él todos los días me daba informes sobre lo que sucedía.

Entre los dioses empezó a circular el rumor de que yo había desafiado a Anu. Esto era falso, pero le proporcionó a Enlil la excusa que necesitaba. Como castigo por desafiar a Anu, destruyeron la ciudad de Agade. La bella ciudad de plata y lapis que Sargon y yo habíamos construido debía ser vaporizada. Sacaron los rayos antimateria y Agade se esfumó. Hasta este día nadie ha descubierto el lugar donde una vez existió mi querida Agade.

Enlil, con su estilo firme, trajo a sus hombres de montaña, las hordas gutianas para que tomaran Acadia. Aquellos que eran leales a mí fueron degollados. Como yo no estaba para guiarlas, mis legiones se desmoralizaron y huyeron a las estepas.

En el palacio de Nergal me sobrevino una depresión que nunca antes había sentido. La derrota y la pérdida plasmaron sus feos rostros sobre mi cuerpo mientras yo me sentaba abatida sobre mi trono durante días. Nadie me podía convencer de que comiera o hablara.

Soñé que estaba gateando por un desierto. Mi querida Ninhursag me llamó con el apodo que me puso cuando era una niñita: "¡Nini! ¡Nini!" Vi el rostro triste de Dumuzi, el esposo que no había amado. Sentí el eco de la risa asesina de mi hermana Ereshkigal. Por un momento sentí la caricia tierna de Sargon, únicamente para encontrarme sola en un nido de serpientes. Corría asustada en una helada noche y me vi atrapada en una telaraña con una enorme araña cuyos ojos rojos y garras cortantes estaban listas para devorarme. Desperté gritando. . . . gritando.

¿Era yo, Inanna, vulnerable? ¿Era yo tan diferente a los esclavos que había capturado o a las mujeres que me habían traído copas doradas de vino? ¿Estaba yo de algún modo limitada en mi poder? ¿Por qué estaba aquí, viviendo en este cuerpo azul?



*

Mi madre Ningal me envió un mensaje suplicándome que regresara a casa. Me prometió que allí estaría a salvo en sus brazos. Me dio su palabra de que mi padre Nannar había garantizado protección contra las acusaciones. Según él, yo ya había sido castigada bastante. Ella oraba para que yo regresara a casa, pero yo debía renunciar a mis caminos aventureros e innovadores.

Gustosamente viajé a Ur, el hogar de mi querida madre Nlngal. Yo, Inanna, otrora Reina del Cielo, me fui a casa de mi madre.

XIV tara

¿Qué hace una chica cuando lo ha perdido todo? Después de una época en la que llorando me dormía en los brazos de mi madre, empecé a sentirme como una tonta. Aquí estaba yo, Inanna, Reina del Cielo, escondida en la casa de mis padres. Cuando empecé a recuperarme me sentí un poco cohibida y avergonzada. Por primera vez empecé a reflexionar sobre el significado de mi vida y sobre lo que había hecho. En lo profundo de mi alma sentía una angustia y me preguntaba si los demás también la sentían. Era algo extraño y nuevo para mí.

A diario llamaba a mi amigo Matali y conversábamos mucho tiempo. Matali era considerado como el más sobresaliente ingeniero de energía de plasma. Era un físico que podía reparar cualquier cosa.

De vez en cuando volaba la nave de Enki por amistad, pero hacía tiempo se había desilusionado del modo de vida de los dioses. Matali se había casado con Tara y se había ido a vivir con su gente para empezar una nueva vida.

Tara era de la antigua raza de la Gente Serpiente, los Nagas, una raza que vivió en la Tierra eones antes que mi familia. La Gente de la Serpiente vino de un sector diferente de la galaxia, de Altair, para vivir en el centro de la Tierra. Matali sugirió que me fuera con ellos al Reino Serpiente. Él pensaba que el cambio me haría bien, así que vinieron a recogerme a casa de mi madre.

Tara y yo habíamos llegado a ser muy amigas en el Valle del Indo, donde ella les había enseñado a mis sacerdotisas las artes de la danza. Ella había aprendido el arte de la danza celestial de los Apsarases, los danzantes del cielo. Tara era una experta. Por medio de una concentración intensa ella podía levantar su delgado cuerpo en el aire y ejecutar movimientos celestiales de máxima elegancia y gracia. Desde las puntas de sus dedos hasta las campanas de oro que cantaban suavemente sobre sus tobillos, la danza de Tara es una expresión exquisita de sentimiento.

i Yo la amo tanto! Al verme tan desolada puso sus brazos a mi alrededor y empezó a llorar. "iOh, mi querida amiga!", expresó. Por un momento mi orgullo me impidió llorar, pero muy pronto empecé a hacerlo. La belleza de Tara no era solamente física, procedía de su interior. Ella poseía un tranquilo equilibrio de ser, una sabiduría cariñosa. Todo eso la hacía atrayente. No es de extrañar que Matali la amara. Él nos miraba fijamente y de un modo amoroso mientras llorábamos una en los brazos de otra y la nave trepaba por los cielos buscando un portal del tiempo.

El Reino de la Gente Serpiente era en verdad extenso. Dentro de Terra existen muchas ciudades que resplandecen cada una con torres de alabastro blanco. El aire es fresco y es regulado por sistemas sofisticados cuyas fuentes de energía están en los polos de Terra. Hay huertas y campos de cultivo que producen alimentos en abundancia para la gente. La Gente Serpiente posee una gran variedad de cuerpos: unos son humanos, otros mitad serpiente o reptil. Pueden ver en la oscuridad y, con sus habilidades telepáticas, pueden tener acceso a las mentes de un grupo si lo desean.

A medida que los días pasaban en el Reino de la Serpiente- yo no dejaba de hacerle preguntas a Tara; le rogaba que me entregara sus secretos. ¿Qué le daba a ella esa integridad y esa belleza? ¿Cómo podía yo lograr ese estado mágico? Tara me contó muchas cosas, de cómo su gente había venido a este planeta hacía mucho tiempo para construir sus ciudades y túneles subterráneos. Me contó que entre ellos solamente había una persona que lo sabía todo, y que se le llamaba La Sabia, la Vieja Mujer Serpiente.

Le imploré que me llevara a ella. Se hicieron arreglos para que Tara, Matali y yo viajáramos juntos a la morada de la Vieja Mujer Serpiente. Su nombre es impronunciable en su idioma actual; es un sonido que transmite amor. De los hombros para abajo es mujer, pero de los hombros para arriba tiene la cabeza de serpiente. Emana una energía que yo nunca había sentido antes y que no la he vuelto a sentir desde entonces. No es ni joven ni vieja y cuando tú tratas de mirarla fijamente se transforma continuamente ante tus ojos. En un momento es belleza exquisita, en el siguiente un demonio furioso. No obstante, uno nunca siente miedo en su presencia. Es como si ella encarnara todo lo que es, y eso está muy bien.

Cuando me senté frente a ella, hizo un ademán indicando que sabía lo que yo quería. Sabía quién era yo y todo lo que había hecho. Parecía conocerme incluso más allá de mi vida como Inanna. Era como si siempre nos hubiéramos conocido; como si de algún modo yo siempre hubiera estado en su mente. Me miraba con una curiosidad familiar y compasión. No mostró ningún deseo de controlarme o manipularme. Encontró gozo en mis aventuras, en mi deleite e irradiaba su amor incondicional.

Poco a poco todo lo que nos rodeaba se convertía en una luz dorada intermitente, el tiempo empezó a derretirse y sentí que las dimensiones convergían. En mi mente vi que Terra había existido durante eones. En este lugar de la galaxia habían existido tres esferas y esta Terra actual era la tercera. Al final de cada ciclo la esfera había sido destruida y en su lugar se había creado un nuevo planeta.

Tuve una visión de lo que fue la primera Terra. Esta época mas sutil y más amable que la de la colonia nibiruense. Había un gran amor en el planeta y lo seres que existían estaban dedicados a regresar al Primer Creador.

En ese tiempo vi un día, océanos de laderas con grupos de gente, todos vestidos de blanco sentados sobre las cuestas. En la cima de una ladera había un pabellón de mármol con columnas altas y bajo éstas había doce parejas en una hilera en forma de media luna. Empezaron a cantar: "Illiii... OHhhh... AHhhh...". Repetidas veces estos tonos fluían por las laderas hasta que todo vibraba en sonido. Había una multitud de entidades con rostros brillantes que entonaban las mismas frecuencias y, a medida que la energía incrementaba, los seres empezaban a convertirse en luz. Al principio la luz solamente rodeaba sus cuerpos, pero luego sus cuerpos eran luz. Cada hombre, mujer y niño sobre esas laderas se convirtió en una luz. A medida que sus frecuencias continuaban pulsando y ascendiendo, el sonido se convertía en una espiral. Estas energías que se formaban atrajeron hacia la luz en espiral ángeles y otros seres elevados. Finalmente el Primer Creador aspiró la espiral mientras el gozo resplandecía a través de todo el universo.

En nuestro estado de éxtasis y gozo sublime habíamos presenciado una ascensión en masa. Vida que alegremente regresaba a su fuente: el Primer Creador. De algún modo Tara, Matali y yo estábamos en ese pabellón de mármol y, no obstante, estábamos todavía en presencia de la Vieja Mujer Serpiente. Era como si no existiera la separación de los eones, como si estuviéramos simultáneamente en ambos tiempos y lugares. Por nuestros rostros corrían lágrimas de felicidad.

En nuestros corazones le agradecimos a la Vieja Mujer Serpiente y nos despedimos de ella. Nuestros cuerpos estaban cargados de fuerza eléctrica, y fue suficiente por un día.


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