El regreso de inanna



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***

II los brillantes

Inanna miró fijamente su piel azul y observó que sus células mostraban un tono pálido y cansado. Decidió descansar un buen rato; contempló a sus Yo multidimensionales y se preguntó por qué no podía llegar a ellos. La semana pasada Olnwynn fue asesinado por su propio hijo. Cuando Inanna decidió encarnar en una variedad de seres humanos, no tenía idea de que la vida en un cuerpo humano podía ser tan peligrosa y desconcertante. Esta experiencia llevaba consigo algo muy denso y no era de extrañar que la raza humana estuviera experimentando tanto conflicto. La llegada del Kali Yuga sólo había empeorado más las cosas.

La civilización pleyadense siempre ha entendido las fases de la creación en cuatro ciclos continuos conocidos como las edades o Yugas. El primer período es una edad dorada donde predominan la sabiduría y el logro. A esta fase le sigue una segunda edad en la cual la sabiduría es reemplazada por el ritual. El tercer ciclo es una edad de duda. El Primer Creador se pierde a sí mismo en su creación y el hombre y la mujer olvidan su origen divino. Por último viene la cuarta edad, el Kali Yuga, que se puede describir como una edad de oscuridad, confusión y conflicto. Se invierten todos los valores de la primera edad dorada y la mente inferior domina mientras la avaricia y el temor prevalecen.

En medio de la atmósfera sofocante de este Kali Yuga, Marduk, el primo de Inanna y sus tenientes han ideado los restrictivos campos magnéticos de extrema baja frecuencia, los ELFs, para seguir confundiendo y azorando a los habitantes de la Tierra. Rodeados por una prisión implícita de ondas electromagnéticas, ellos ya no podían permanecer en silencio y escuchar su voz interior. Se apresuraban para no llegar a ninguna parte, se preocupaban, pagaban cuentas, pedían más dinero prestado y se sentaban durante horas frente a sus televisores esperando que alguien les diera las respuestas. La gente acumulaba posesiones y creía que las cosas los mantendrían a salvo. La idea del fin del mundo se hacía cada vez más popular. El caos y la confusión aumentaban a diario.

En medio de su creciente frustración, Inanna silbó con sus dragones guardianes. Mientras más imposible parecía todo, más resuelta estaba a ayudar en la liberación de la especie humana. Se recostó, cerró los ojos y permitió que su mente volara. Se obligó a relajarse y por un momento se olvidó de sus Yo multidimensionales. Una brisa refrescante flotó por su cuerpo mientras pensaba en su planeta nativo, Nibiru, y en las maravillosas fiestas que solía dar su bisabuela. Se vio a sí misma de niña devorando chocolates exóticos de Valthezon. Saboreó el recuerdo; un dulce líquido llenó su boca y bajó por su mentón. Se rió dulcemente.

"¡Inanna!", le gritó una voz que era familiar pero que no podía identificar muy bien. No era ninguno de sus Yo de la Tierra ni un miembro de su notoria familia. "¡Inanna! ¿No recuerdas el tiempo antes de nacer en la familia de Anu? Recuerda el tiempo antes de que nacieras en tu hermoso cuerpo azul, antes de Nibiru y la Tierra".

Inanna arrugó la frente. Se formaron pensamientos en su mente. "¿Quieres decir antes de que llegara a ser yo, Inanna? ¿Qué pude haber sido yo antes de Inanna?"

A su mente le llegó una visión: Un numero infinito de formas de luz geométrica y de colores que constantemente cambiaban en una sucesión rápida. Quiso que las formas se quedaran quietas para poder identificar por lo menos una de ellas, pero ellas se negaban. "¡Inanna, soy yo, tu viejo mentor, Melinar!"

¡Melinar! El nombre le era tan familiar. Ella dilató su conciencia. Había habido otra clase de experiencia. A sus pensamientos llegaron recuerdos vagos. ¡Melinar! ¡Mi profesor! Aquí sí había una frecuencia de tiempo. Si el tiempo terrestre se podía describir como algo denso y viscoso, la dimensión de Melinar era vapor y niebla.

Inanna trató de enfocarse en la visión. De vez en cuando se le aparecía la forma de un rostro pero rápidamente desaparecía. El rostro era familiar, amable y tierno, un viejo con verdes ojos resplandecientes que le recordaban a Inanna sus esmeraldas favoritas. Entonces recordó por qué apreciaba las joyas; la visión cambiante que presentó Melinar era algo así como miles de piedras mutantes cortadas que brillaban con una luz interior transparente. Una vez ella había sido precisamente esta forma y lo recordó muy claramente. Ella había sido un cuerpo de 144 formas geométricas en movimiento perpetuo conocidas como los brillantes.

Un día se había cansado de ser este espectáculo de color radiante de inteligencia creadora y decidió experimentar con otras formas de vida. Melinar había estado tan orgulloso de ella por ser lo suficientemente valiente y aventurarse a escoger el cuerpo de una pleyadense azul.

Ahora él la estaba visitando. Inanna sintió un placer inocente y agradable por el hecho de que Melinar había pensado en ella. La Vida había sido tan diferente en aquella dimensión, no era parecida a la realidad de los hijos buscapleitos y camorristas de Anu. Tampoco era como las experiencias repetitivas en la Tierra.

Inanna sintió nostalgia. Se fusionó con Melinar en una amistad recordada y se alegró mucho de que él estuviera allí. Sobre su nariz cayeron lágrimas cálidas, que le recordaban dónde estaba. "¡Oh, Melinar! Me alegro tanto de verte de nuevo. Me había olvidado por completo de ti y de la dimensión de formas geométricas. Qué bueno que viniste. No sabía cuánto te había extrañado".

Melinar respondió, aunque telepáticamente, "¡Inanna, tú has estado muy ocupada, querida!"

Inanna se sonrojó. Supuso que Melinar sabía todo lo suyo ahora que se habían fusionado. Debe saber todo lo de su accidentada vida amorosa y de todas esas guerras que inició allá abajo en la Tierra. También debe saber que ella estaba tratando de ayudar a los humanos al encarnar con ellos en diferentes intervalos simultáneos. Seguramente sabía de los problemas que esto estaba ocasionando. Tal vez él había venido a ayudar. ¿Pero qué podría saber una forma geométrica sobre una mujer americana del siglo XX en la ciudad de Nueva York? ¿O de un guerrero celta del segundo siglo A.C. que hizo carrera en el mundo decapitando a otros hombres? Melinar respondió a sus preguntas: "Inanna, querida, he venido siguiendo tus aventuras con mucho interés y he venido a ofrecerte mi ayuda. Además, tengo todo el tiempo del mundo y esto me parece muy divertido".

"¡Oh, divertido! Yo también pensaba lo mismo cuando me decidí a ayudar, pero mira a mis pobres Yo. La están pasando muy mal. Nunca me escuchan; piensan que están oyendo voces o que están locos. No sé qué hacer. Agradecería cualquier ayuda que me puedas dar".

Los brillantes de Melinar aceleraron su forma y cambiaron. "Querida, tenemos que ayudar a Graciela en la montaña. Crearemos un lugar seguro para ella en el bosque de cedros donde vivirá en paz y se acostumbrará a escucharnos y a vernos. Verás que nos dará la bienvenida. Ahora funcionará. Entre las estrellas y los cedros, Graciela recordará y les ayudará a todos los demás".

Por primera vez en mucho tiempo Inanna rió apaciblemente. ¿Qué tal si sólo uno de mis Yo recordara, si sólo uno regresara a mí en amor, confiara y me permitiera ayudar? Si sólo pudiera derrotar a Marduk.

***

III olnwynn

Inanna y Melinar pasaron al óvalo transparente y se sentaron en silencio. Ella observó las formas geométricas de Melinar que se movían de una manera tan rápida que, aunque ella se esforzaba, no pudo hacer que redujeran su velocidad lo suficiente para distinguir una forma de las otras. No obstante, se dio cuenta de que muchas de las formas eran extrañas. El grupo estaba compuesto de algo más que cubos, pirámides, o incluso romboides. Muchas de las formas eran totalmente desconocidas para ella, formas cuya memoria no alcanzaba a recapitular.

Melinar le recordó que su geometría de brillantes representaba un lenguaje codificado. A medida que se formaban sus pensamientos aparecían formas correspondientes llenas de los matices complicados de sus modelos de pensamiento. Mientras más rápidamente se formaban sus pensamientos, con más rapidez cambiaban las formas geométricas y aparecía un arco iris que se hacía más intenso cuando sus pensamientos eran más fervientes o su curiosidad se satisfacía.

Él podía producir sonidos de un idioma hablado, pero le parecía que el pensamiento puro era mucho más interesante ya que transmitía mucho más de lo que las palabras pudieran hacerlo. Estos pensamientos se crearon automáticamente en la mente de Inanna en forma de conocimiento.

Inanna estaba muy feliz de tener a su viejo amigo de nuevo en su realidad. Por un tiempo los dos simplemente intercambiaban información recordando los viejos tiempos. Inanna recordó cuán cautivador era ser una forma como la de Melinar. Para ella era difícil comprender ahora por qué había deseado salir de ese estado puro de belleza.

Una extraña energía interrumpió sus recuerdos nostálgicos.

Un guerrero muy alto con un hacha en la mano se paró frente a ellos. Le habían cortado el cuello de oreja a oreja, lo que no era muy atractivo. El hombre estaba obviamente perplejo y terriblemente confundido.

"¿Quién demonios son ustedes?", preguntó.

Inanna lo reconoció. Era Olnwynn, uno de sus Yo multi-dimensionales. Ella lo había proyectado en el norte de Irlanda en el siglo II. Su ADN parecía prometedor pero todo había salido mal. Él se negaba a escucharla sin importar en qué forma se le apareciera. Era obvio que la forma en la que ella estaba ahora tampoco serviría de mucho. A Olnwynn le parecía muy atractivo el cuerpo sensual pero firme de ella.

"Hey, ¿qué tenemos aquí? Eres la chica más hermosa que jamás haya visto. ¡Por Dios! ¡Tu piel es azul!"

Rápidamente Inanna cambió el holograma en la mente de Olnwynn. Dejó a Melinar en su forma geométrica pensando que Olnwynn lo podría identificar como la luz de un hada. Ella tomó la forma de un sacerdote druida, alto y que inspiraba temor pero no demasiado estricto o juzgador.

Olnwynn miró fijamente al sacerdote en medio de la confusión. "¿A dónde se fue ella? ¿Quién demonios eres tú?" "¡Qué mal día este!", pensó. Después de uno de sus acostumbrados excesos de licor, se desmayó y le sucedió algo extraño. Primero hubo un dolor agudo y rápido y luego empezó a flotar por encima de su fuerte y hermoso cuerpo. Desde arriba miraba una escena horripilante.

Su propio hijo estaba de pie al lado de su cuerpo con una daga larga, afilada y ensangrentada en su mano. Confuso, el hijo temblaba y lloraba en agonía. Olnwynn miraba hacia abajo y veía que la sangre le salía a borbotones de su garganta, la cual estaba totalmente abierta. Él estaba acostumbrado a estas escenas, pero ésta era diferente; era su garganta y su sangre.

La puerta se abrió de par en par cuando su esposa y su hermano entraron en el cuarto. La esposa abrazó a su hijo, agradeciéndole por haber vengado su honor. El tío le dio un palmadita en la espalda y le prometió que algún día sería rey. El hijo se volvió histérico y cayó al lado del cuerpo sollozando: "¡Padre, te he asesinado! ¡Padre!"

Olnwynn flotó alrededor de su cuerpo mientras su concentración se lo permitía. Pudo ver la verdad de todo el drama: su bella esposa había estado durmiendo con su hermano y los dos habían conspirado para asesinarlo, apoderarse del castillo y del reino, y colocar a su hermano en el trono. La única persona que podía acercársele lo suficiente como para asesinarlo era su propio hijo. La esposa pasó muchas horas contándole historias crueles y otros dramas para convencerlo de que había que acabar con Olnwynn. Finalmente tuvo éxito. Incluso Olnwynn sabía que se había excedido al golpearla, pero ahora estaba muerto y flotaba por encima de lo que una vez fue su castillo.

Las celebraciones que hubo alrededor del castillo le parecieron abominables y su hijo no se recuperaba. Poco después sintió que una fuerza extraña lo jalaba, lo cual lo confundió. Decidió seguir la fuerza a donde quiera que fuera. Él nunca había permitido que el temor lo venciera, de modo que ahora estaba frente a un sacerdote druida rodeado de lo que parecían ser luces de hadas.

El sacerdote druida habló: "Olnwynn, te estábamos esperando. Debes relajarte y calmarte. Aquí te cuidaremos. Nadie te juzgará; estás entre amigos".

Inanna miró la garganta abierta y decidió sanarla inmediatamente, principalmente porque era algo grotesco. De todos modos Olnwynn había sufrido lo suficiente y no necesitaba andar por ahí con el gaznate colgando para recordarle que no le había ido muy bien en su vida.

Olnwynn sintió que su garganta había sido restaurada. "¿Cómo hiciste eso?" Con un suspiro soltó su hacha y se desplomó cansado y sediento ante el sacerdote druida. Hacía tres días que no tomaba nada. ¿O eran tres años?

El sacerdote habló de nuevo: "Ahora, Olnwynn, quizás deberíamos repasar los datos de tu memoria. ¿Te sientes lo suficientemente fuerte para esta experiencia?" "¿Estoy muerto?", preguntó Olnwynn. Siempre es lo mismo, le explicó Inanna a Melinar. Ni siquiera saben que están muertos y yo poco a poco tengo que hacer que se sientan cómodos en su nuevo estado. Es mucho más trabajo de lo que yo pensé que sería.

"Sí, Olnwynn, estás muerto. Pero como ves, es sólo tu cuerpo lo que está muerto. Tú, es decir, tu ser consciente y la experiencia total de tu vida, están aquí con nosotros en otra dimensión. No es algo tan malo".

"¿Me puedes conseguir un trago? ¿Vino? ¿Cerveza? Cualquier cosa servirá". El vicio del licor había sido la causa de muchas de sus dificultades, pero Inanna produjo un cuerno de cerveza para el estremecido guerrero. Se la tragó como si no hubiera un mañana, lo que para él era cierto. Se dio cuenta de que no tenía el sabor apropiado, no lo hacía sentir tan bien como antes, pero se alegró de tenerla y pidió otra.

El sacerdote druida habló: "Habrá mucho tiempo para eso. Concentrémonos ahora en tu historia, tu aventura en el continuo espacio/tiempo. Tenemos un trabajo por hacer, tú sabes".

"Un trabajo. ¿Qué trabajo? Nadie me dijo nada de trabajo alguno. Yo simplemente estaba viviendo mi vida cuando mi propio hijo me asesinó. He perdido mi reino y mi vida. ¿Qué quieres decir con eso de un maldito trabajo?"

"Cálmate, observemos tu vida, Olnwynn". Los rodeó un holograma bastante grande y ambos observaron cómo el tiempo se desenvolvía ante sus ojos.



*

Inanna había estado pendiente de las aventuras amorosas de una sacerdotisa druida en el siglo II a.C. en Irlanda. En la parte noroccidental de la isla vivía una raza de seres en un paisaje remoto y rústico. Ellos veneraban la naturaleza. Despeñaderos altos al lado del mar, vientos fuertes y bosques verdes le daban un sabor poético y místico a esta tierra bella y rústica. Su gente amaba la belleza salvaje de su tierrra. Ellos eran apasionados y beligerantes.

Inanna se había decidido a nacer como hombre a través de una sacerdotisa druida que era de su antiguo linaje. Hacía muchos siglos los antepasados de la muchacha habían venido de los muchos niños que Inanna había producido en sus ceremonias de matrimonio sagrado. La sacerdotisa estaba enamorada de un guerrero valiente y noble, pero él ya estaba casado. Su pasión dio origen a un niño varón, pero la pequeña sacerdotisa murió en el parto. El padre nunca reconoció al hijo y por eso Olnwynn, uno de los Yo multidimensionales de Inanna, nació como huérfano sin nadie que lo cuidara. Los druidas lo habían adoptado y lo convirtieron en un mozo.

Aun de niño era muy hermoso y desde que empezó a caminar cautivó a todos los que lo rodeaban. Con su sonrisa les tomaba el pelo a las mujeres y las hacía reír. Todos lo querían y el pueblo entero lo adoptó. Él había nacido con el don de poder hablar espontáneamente en rima. Este talento era respetado como señal de que Olnwynn era amado por los dioses, como en verdad lo era, especialmente por Inanna.

Olnwynn llegó a ser un hombre fuerte y alto, hermoso, de bucles dorados. Empezó a seducir a las damas tan pronto como pudo, pero fue su habilidad con el hacha lo que le otorgó fama y fortuna. En la batalla entraba en una especie de trance, se convertía en una fuerza y, en un arrojo frenético, derribaba enemigo tras enemigo, decapitándolos de un solo tajo. A medida que crecía su reputación, la gente llegó a pensar que él era un dios. Corrió el rumor de que los dioses lo habían engendrado y que era inmortal.

Todo el que sabía de su habilidad temía acercárcele en la batalla. También desafiaba a una competencia a todo aquel que hablara en rima y siempre ganaba. Como continuaba derrotando a todo el mundo en rima y en batalla, fue lógico que la gente lo proclamara como su rey. Se mudó a un castillo grande en cuyas paredes colocó su colección de cabezas cortadas. Una costumbre muy peculiar. Pueden imaginarse que el aspecto horrible que presentaban esas paredes haría pensar dos veces a quien quisiera atreverse a atacar el castillo.

Olnwynn siempre había sido aficionado a la bebida. Ahora era el rey y nadie podía evitar que bebiera o que hiciera lo que se le viniera en gana. No le daba cuentas a nadie. Sin mucho esfuerzo tenía todas las mujeres que quería. Ellas prácticamente se le entregaban. Ninguna pudo creerlo cuando finalmente se casó. Todas decían que su esposa lo debió de haber embrujado o que le había puesto yerbas en su cerveza. Era cierto que su bella esposa venía de un extenso linaje de brujas. Algunas se atrevían a decir que el poder de su seducción sexual procedía de la magia. Ella quería a Olnwynn, pero también quería riqueza y posición. Además, le dio a Olnwynn el hijo que él le había pedido.

Un día, un hombre que se parecía a Olnwynn se acercó al portón del castillo afirmando que él era el hijo del guerrero que supuestamente había engendrado a Olnwynn. Ellos sí se parecían mucho, aunque Olnwynn era mucho más atractivo y más alto que su misterioso nuevo hermano.

Olnwynn era muy confiado por naturaleza, aceptó al hermano y se alegró de tener alguien con quién beber y jaranear. Sería muy bueno que su hijo tuviera un tío y este hermano era rico, una ventaja para su corte. Olnwynn no se dio cuenta de la atracción que había entre su bella esposa y su nuevo hermano, pero todos los demás lo percibieron. El hermano pasó muchas horas enseñándole al sobrino historia y el arte del espadachín. Por un tiempo fue toda una familia

*

Inanna, que había encarnado en Olnwynn y simultáneamente lo estaba observando como su Yo total, empezó a darse cuenta de que estaba perdiendo la batalla contra la naturaleza baja de él. La poderosa programación que había en su carne y sangre llegó a dominarlo. La materia y los cinco sentidos estaban enlodando el espíritu. Durante este período, Inanna se esforzó por inspirarlo; se le apareció en forma de dragón, de dios, de diosa (error garrafal), y finalmente como guerrero antiguo. Lo animó a que se fuera solo, a que contemplara la fuente de su poesía y de su grandeza. Pero incluso cuando lograba convencerlo de que escuchara, lo que no era muy frecuente, y cuando le prometía que lo haría, inmediatamente se iba a beber. Olvidaba todo lo que habían platicado. Inanna se sentía muy frustrada.

Olnwynn poseía los genes apropiados. Era dotado; pudo haber tenido acceso a todas las dimensiones, incluso con el cuerpo humano. Pudo haber traído frecuencias de iluminación al planeta Terra. Pero no, prefirió emborracharse y seducir mujeres.

¡Qué desperdicio tan descomunal! Inanna estuvo a punto de dejar de observar su vida; era tan aburrida y repetitiva. Con el tiempo hasta su poesía se volvió monótona.



*

El matrimonio no evitó que Olnwynn siguiera buscando mujeres. Tenía la tendencia a pensar que cualquier ser en faldas le pertenecía a él, aunque fuera sólo por una noche. Pueden imaginarse las escenas que se presentaban con su esposa en el castillo. Ella tenía un carácter irritable que desataba sobre Olnwynn cuando lo consideraba necesario. A medida que pasaban los años, se convertía más y más en una arpía regañona; hasta llegó a irritar a Inanna. No hay que culpar a la mujer, pero, por Dios, sus diatribas de celos y sus pataletas eran más de lo que cualquiera podía soportar en el castillo. Todo el mundo sabía que Olnwynn era díscolo, pero siempre había sido así. Después de todo, era tan encantador y tan hermoso. Todos veían a su esposa como una bruja y pensaban que no era extraño que buscara a otras mujeres.

Entonces la bebida empezó a tener sus efectos dañinos inevitables en la mente de Olnwynn. Él empezó a deteriorarse. Empezó a golpear a su esposa cuando ella lo reprendía. Él era grande y ella pequeña y la escenas se volvieron grotescas. Ella corría a buscar al hermano de Olnwynn y llorando le mostraba la sangre y las magulladuras. Con el tiempo logró que su hijo, el hermano y la mayor parte de la corte se volvieran contra el rey.

Él se volvía cada vez más y más violento. Cada noche bebía hasta quedar en el letargo y perdía el conocimiento. Su fiel sirviente, quien habría matado a cualquiera que se hubiera atrevido a tocar a su rey, lo llevaba cada noche a su cuarto. Olnwynn le había salvado a este hombre la vida muchas veces en batalla. Nadie se atrevía a atacar a Olnwynn frente a frente, incluso borracho era temible. Sólo había uno que tenía permiso para entrar en el dormitorio del rey, su hijo. La esposa de Olnwynn sabía que la única oportunidad de matar a su esposo era convencer a su hijo de que le cortara la garganta mientras dormía indefenso.



*

Olnwynn observó vagamente el holograma de su vida. Inanna estuvo a punto de volver a su cuerpo azul pero rápidamente convirtió en la forma familiar del sacerdote druida. "Entonces, hijo mío, ves cómo han sido las cosas para ti".

Al principio Olnwynn no pudo orientarse y se sintió mareado por la película transparente que se presentaba ante sus ojos. No quiso volver a ver la parte en la que la sangre salía a borbotones de su garganta. El sacerdote apagó esa repetición y por unos momentos reinó un silencio infinito.

Olnwynn recobró la serenidad y habló: "¿Qué dijiste en cuanto a que había que hacer un trabajo?"

Por lo menos su curiosidad no estaba extinta.

***

IV montaña perdida

Graciela quería un trago. Prefería el vino francés rojo, pero esta noche cualquier cosa serviría. Montaña Perdida quedaba muy lejos de Nueva York. Ya se estaba acostumbrando al silencio pero se sentía un poco vulnerable sin el ruido y la actividad de la ciudad que le daban una falsa sensación de seguridad. Acomodada en su cabaña de troncos y acompañada de sus dos perros, Graciela admitió que se sentía más segura estando sola en esta montaña que en cualquier lugar de la ciudad.

Cualquiera se puede sentir tan solo en Montaña Perdida como en Nueva York. Hubo días en la ciudad en los que no hablaba con nadie. Ella siempre había sido una solitaria. Había nacido en una familia acaudalada del viejo sur y siempre pensó que de alguna manera había aterrizado en la familia equivocada. Para ella había sido fácil creer que en verdad podría ser una extraterrestre, pues nunca se había sentido cómoda en la Tierra. Dentro de su ser había un sentimiento de un profundo vacío que siempre estuvo con ella.

Era como si supiera que no pertenecía a este lugar y anhelaba ir a casa, quedara donde quedara. Ella había viajado mucho, se había casado, divorciado. Se había unido a grupos, los había abandonado y había leído demasiados libros, pero nadie tenía las respuestas que estaba buscando. Había leído que los monjes en el Tíbet se encerraban en celdas oscuras durante un año y no hablaban con nadie. Ella estaba lista para hacer lo mismo, pero a su manera.

Pensó en su niñez mientras se servía un merlot californiano. Su padre era un empresario de centros comerciales, no aquellos enormes que absorben todo sino los pequeños que aparecen en todas partes para contribuir con su estética al infortunio suburbano. Él era muy rico y estaba muy ocupado, demasiado ocupado para atender a su hija. Todo el mundo le decía que debería estar feliz y agradecida; tenía todo el dinero del mundo, estudió en la mejor escuela privada y podía comprar con sus tarjetas la ropa que quisiera en los mejores almacenes. Su hermano sí era feliz, estaba seguro de que se encargaría de los negocios de su padre cuando creciera y ocuparía su lugar en el mundo como un ejemplo destacado del sueño americano. Pero, si todo era color de rosa, pensaba Graciela, ¿por qué su madre tomaba tantas pastillas?

Diana, la madre, era una beldad sureña de la vieja escuela. Su propia madre murió cuando sólo tenía cuatro años y la pequeña Diana se había culpado por esto. Cuando era joven Diana procuró ser independiente, pero pasados los 30 años se casó con Brent, el padre de Graciela. Lo hizo por amor y también por temor a la soledad. Brent amaba a Diana a su manera, pero era un tirano innato. Si Diana no hacía su voluntad él desataba su ira contra ella. El gabinete del baño de Diana estaba repleto de tranquilizantes y pastillas para dormir, que llegaron a ser "los pequeños ayudantes de mamá".

Graciela tampoco era inmune al mal genio de su padre. Si ella se interponía en su camino o no estaba de acuerdo con los planes que él tenía para su vida, explotaba y la degradaba con palabras soeces. En silencio la madre salía a buscar su gabinete mientras Graciela quedaba reducida a los sollozos. Nadie defendía a Graciela, nadie la apoyaba. Luego, después de estos episodios, para suavizar las cosas, el padre le compraba muñecas, un vestido y más tarde, acciones. Pero ella nunca aprendió a ver la vida de la manera como la veía su familia. Temía convertirse en un trofeo para algún tirano rico en caso de que se casara. Ella no quería terminar como su madre sin importar cuán jugosa fuera la paga.

En el bachillerato la vida de Graciela no fue tampoco muy feliz. Aunque era hermosa y tenía sus pretendientes, había una parte de ella que nadie conocía, que aparentemente nadie quería conocer. Se rebeló y empezó a buscar gente que era inaceptable para su familia. Entabló amistad con artistas y músicos. Era la época de los años 60 y Graciela escapó hacia Nueva York, en busca de "aire fresco".

En aquella cabaña de la montaña reinaba la quietud. Hasta el loco aullido de los coyotes había cesado. No había luna, solamente las estrellas. Graciela decidió dormir afuera en la terraza bajo el cielo. Con sus jeans y su suéter se metió en su saco de dormir y miró hacia arriba. ¡Dios! Se podía ver cada estrella en el cielo y había millones de ellas. Definitivamente esto no era como la ciudad. Era tan prístino. Graciela se olvidó de su pasado, de su soledad, de su temor y se perdió en la belleza del cielo nocturnal.


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