El Reino de los Enanos



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Lorris el Elfo

2. El vuelo de la lechuza


Laura Gallego García



Capítulo I: "El Reino de los Enanos"
Viajaron hacia el noroeste durante varios días. Los enanos eran silenciosos, reservados y adustos, y Lorris echó a menudo de menos a sus amigos Evren, el elfo Nocturno, y Elga, la joven humana, ambos conversadores infatigables a quienes no les importaba responder a todas las preguntas que formulaba el curioso elfo.

Un par de jornadas después de haber abandonado Liadar llegaron hasta el arroyo que separaba el Reino de los Humanos del Reino de los Enanos.

Lorris, que había estado durmiéndose sobre su montura, recibió un pescozón del príncipe enano y despertó sobresaltado.

-Te encuentras en el Reino de los Enanos, elfo -le dijo Rak.

Lorris miró a su alrededor, interesado.

Entre los peñascos bajaba salvaje el arroyo que marcaba la frontera. Al otro lado había un extenso bosque de abedules, y más atrás se recortaba contra el cielo la oscura silueta de una elevada cordillera.

-Aquéllas son las montañas en las que se encuentra el arkal -explicó Kabi-. Por ello, las dos principales fortalezas enanas, Ard y Denils, se encuentran allí.

Prosiguieron la marcha durante dos o tres días más. Según iban avanzando hacia el norte, el paisaje iba volviéndose más desnudo y agreste, y los árboles escaseaban más. La piedra fue sustituyendo paulatinamente a la hierba, y los arbustos de espinos comenzaron a abundar.

Hasta que una noche llegaron al pie de las montañas.

Se detuvieron a descansar al amparo de una gigantesca roca. Mientras los enanos se calentaban al fuego de la hoguera, Lorris extrajo un mapa de su saquillo y lo estudió atentamente.

-Extraña configuración la de las montañas de tu país -le comentó al príncipe de los enanos-. Es como si formaran una muralla alrededor del Reino.

No esperaba que el enano le respondiera, pero Rak, después de un breve silencio, contestó:

-Es lo que llamamos "el Puño de Gratk".

-¿El Puño de qué?

Atnik y Kabi levantaron la cabeza y le dirigieron una mirada irritada. Pero Rak le explicó pacientemente:

-Gratk es el dios de los enanos. El dios herrero. Cuenta la leyenda que, antes de que se formaran los reinos, en Ilesan sólo había una enorme montaña, la más alta de todo el mundo. Entonces Gratk, enojado porque los dioses habían olvidado guardar en la tierra un lugar para los enanos, asestó un terrible puñetazo sobre la superficie de la tierra, y aplastó la montaña. Provocó un fuerte temblor de tierra e hizo que surgieran todas las cordilleras de Ilesan. Cuando retiró la mano, había quedado la huella de su enorme puño, como un agujero, rodeado de montañas. Y allí depositó a su pueblo, los enanos, y allí quedó establecido nuestro Reino, como una inmensa fortaleza defendida de los ataques de las demás razas.

A Lorris le había gustado la historia, y así se lo dijo al príncipe enano. Había comprobado que todas las razas tenían sus propias creencias (así, por ejemplo, los humanos tenían multitud de dioses y multitud de templos erigidos a cada uno de ellos) y, aunque para él eran todas una farsa, las respetaba, de igual modo que los otros respetaban las suyas.

Así que, a la larga lista de dioses humanos que le había facilitado Elga (y no podía recordarlos todos) añadió el único dios enano: Gratk, el del Puño de Hierro.

Al día siguiente, cuando Lorris despertó, descubrió a los enanos espantando a los tres poneys y al caballo.

-A partir de ahora, continuaremos a pie -dijo Kabi, y no dio más explicaciones.

De modo que cargaron con los bultos y prosiguieron la marcha andando entre los escarpados senderos de las montañas.

-¿Cruzaremos las montañas a pie? -preguntó Lorris durante un alto en el camino, echando la cabeza atrás para poder alcanzar con la vista los elevados picos de las montañas.

-Sí -dijo Atnik con una sonrisa-, pero no las cruzaremos por arriba, sino... por debajo.

Lorris se giró bruscamente hacia él y le dirigió una mirada interrogante, pero el enano no dijo más.

La curiosidad del elfo se vio pronto satisfecha. Al atardecer, llegaron a una pared rocosa cubierta de grietas. Los enanos se dirigieron sin dudarlo hasta un montón de matojos y, cuando los apartaron, Lorris vio que en la roca se abría un largo y estrecho pasadizo.

Los enanos rápidamente se introdujeron por él, pero Lorris se quedó fuera, dudando.

La cabeza de Kabi volvió a asomar por el hueco.

–¿Qué diablos haces? -le preguntó malhumorado-. ¡Entra de una vez! El enano, al ver que Lorris no reaccionaba, lo agarró del brazo y lo metió dentro de un empujón.

Apenas llevó diez minutos en el túnel, Lorris sintió que se asfixiaba. Aparte de que tenía que andar a gatas porque los túneles de los enanos eran demasiado bajos para él, la sensación de estar rodeado de roca fría y muerta por todos lados, sin nada vivo a su alrededor. Si tenía que estar en un túnel, pensó, prefería mil veces los túneles de los Nocturnos que, aunque también iban bajo tierra, estaban formados por raíces, y encima, sobre él, podía sentir los árboles del Bosque.

Para quitarse de encima aquella desagradable sensación de claustrofobia le preguntó a Rak:

-¿Es seguro este pasadizo?

-Completamente -le aseguró el príncipe-. El Reino de los Enanos está lleno de galerías subterráneas que lo recorren de parte a parte. Ordulkar y los suyos no conocen ni la mitad.

Pasaron dos días en el túnel. La sensación de asfixia de Lorris no disminuyó; todo lo contrario. Además de estar rodeado de roca por todas partes, el elfo no sentía los vivificadores rayos de Arsis, y los añoraba tanto que a menudo creía estar siendo víctima de una pesadilla.

Una noche, mientras descansaban en unas minas abandonadas que habían encontrado por el camino, Lorris se fijó en el hacha que portaba Rak.

Era un arma bellísima, según pudo observar el elfo. Estaba hecha de un material que relucía como la plata, pero que, a su vez, no parecía frágil en absoluto. En el filo del hacha había unas palabras grabadas en una extraña escritura que Lorris nunca había visto. La empuñadura del arma estaba cuajada de piedras preciosas.

-Es Cortacabezas -dijo entonces Rak, al ver que el elfo la observaba con curiosidad-. El Hacha Real. Símbolo del poder de los enanos. Está fabricada con arkal, el mineral más preciado que existe, extraído de las entrañas de la tierra. Esta arma es antiquísima, Lorris. Y muy valiosa para los enanos.

Lorris no preguntó más acerca del hacha. El príncipe enano la llevaba siempre encima y no se la quitaba ni para dormir. "Debe de importarle mucho", se dijo Lorris.

Cuando el elfo ya creía que no aguantaría un sólo día más bajo tierra, un día el pasadizo comenzó a ascender y finalmente salió a la superficie.

La salida estaba camuflada tras una enorme roca. Lorris salió fuera de la galería rápidamente para sentir el aire puro, pero Rak lo sujetó con fuerza y lo mantuvo oculto tras la roca.

-¿Qué ocurre? -preguntó el elfo.

-Mira allá abajo -fue la respuesta.

Lorris lo hizo.

Montaña abajo vio varias elevaciones rocosas. En los pies de aquella cordillera en miniatura se abrían cientos de cavernas, cerradas con pequeñas puertas de madera.

En lo alto de una plataforma pétrea se alzaba una inacabada construcción plateada, que, por lo que se veía, parecía que iba a ser enorme, y que a Lorris le dio la sensación de que rezumaba malignidad por los cuatro costados.

Aquí y allá, el elfo pudo apreciar figuras achaparradas que se movían de un lado para otro, trabajando en la enorme construcción, transportando material, añadiendo nuevas dosis de mineral fundido a los muros, que se harían más altos...

-Arsis bendito -musitó Lorris-. ¿Qué es eso?

-La ciudad de Ard -respondió Rak gravemente.

-Y aquello es...

-La fortaleza en construcción de Ordulkar -completó Kabi.

Lorris guardó silencio.

-Aquí es donde vive Ordulkar -dijo Rak-. Hay un ala del castillo que ya está terminada. Allí está él. Supervisa personalmente la construcción de su base, pero no la extracción del arkal, que se realiza en una ciudad al sur de Ard: Denils. Allí es donde la mayor parte de mi pueblo trabaja esclavizado.

-¿Y no sería mejor tratar de liberar a tu pueblo? -inquirió Lorris. -Yo no creo que sea lo mejor. En mi opinión, primero hay que derrotar al tirano; entonces caerán los demás.

-La cuestión es -dijo Atnik mientras se ajustaba las gafas-, ¿cómo podemos derrotarlo?

-Eso debería saberlo el elfo -gruñó Kabi.

Lorris enrojeció. No tenía ni la más remota idea.

-Bueno, yo... -tartamudeó-. Tal vez sería buena idea entrar allí y ver si podemos pillarlo por sorpresa. Ya se sabe... una flecha disparada rápidamente y...

-Ordulkar es muy poderoso -objetó Rak-. No sabemos qué es eso que tiene, pero hay quien dice que es...

-La magia - completó Atnik con un estremecimiento-. La magia, que desapareció del mundo hace tanto tiempo. Se dice que tan sólo los dragones y algunos fugaces conservan ese poder. Pero antes, muchos humanos y algunos enanos nacían con esa capacidad, la capacidad de invocar el poder de los elementos, la energía del mundo, y canalizarla hacia un punto para transformarlo por medio de hechizos.

-La magia -repitió Kabi-. Esos son cuentos de niños, Atnik.

-Tal vez no -dijo Rak pensativo-. Elfo, ¿qué sabe tu pueblo sobre la magia?

Lorris se encogió de hombros.

-Poca cosa -respondió-. Era un poder que desapareció del mundo hace ya mucho tiempo. Lo único que conservamos de ello es un hechizo que permite hacer crecer a las plantas. Lo utilizamos para cubrir nuestra ciudad con una cúpula vegetal cuando llega la noche. Ese hechizo es lo único que ha llegado hasta nosotros, junto con el Esp... -se interrumpió bruscamente.

-¿El qué? -preguntó Kabi.

-Nada -respondió Lorris-. Una equivocación. Escuchad, lo único que se me ocurre es que nos disfracemos para entrar ahí. Vosotros sois enanos, y hay tantos enanos por ahí que pasaréis inadvertidos. Y yo... bueno, yo tengo esto. Y el elfo sacó de entre sus cosas una túnica negra.

-La compré en el mercado de Loran -dijo-. Pensé que podía serme de utilidad. Claro que si nos encontramos con uno de verdad, se acabó el pastel. Rak frunció el ceño.

-Podemos intentarlo -dijo-. ¿Y una vez dentro...?

Lorris se encogió de hombros.

-Improvisaremos -dijo.

Rak lo miró fijamente.

-Nos jugamos la vida, elfo -dijo.

-Lo sé -respondió Lorris-. Pero lo que yo estoy sugiriendo es hacer una incursión de exploración, para ver si podemos encontrar algo interesante. ¿Qué otra cosa esperáis hacer?

Los tres enanos cruzaron una mirada, y finalmente asintieron.

Bajaron hasta la ciudad ocultándose entre las rocas. Los enanos se vistieron con ropas más cómodas que no revelaran su condición, y Lorris se puso su túnica negra y se cubrió con la capucha.

-Existe una compuerta en la parte trasera de la fortaleza -susurró Rak mientras espiaban la construcción ocultos detrás de un gigantesco contenedor de arkal-, por donde introducen el arkal que viene desde Denils. Podemos entrar por ahí.

Lorris asintió. Los tres enanos tomaron una enorme carreta llena de mineral y la empujaron entre los tres. Lorris salió de su escondite un poco más tarde y los siguió disimuladamente. Por el camino se cruzó con un enano que empujaba una carretilla, y que le miró con tanto odio que el elfo se quedó parado un momento, sorprendido, hasta que recordó qué clase de ropa llevaba puesta, y lo que ello significaba.

Cuando alcanzó a sus compañeros, éstos ya habían llegado hasta la compuerta. Con disimulo, echaban por ella paletadas de arkal.

Lorris, encapuchado, se dirigió al guardia humano que vigilaba la compuerta

-Oye, tú -le dijo, imitando el acento sibilante de los hombres de negro-. Te esperan en la puerta principal.

-¿Quién me espera? -preguntó el vigilante.

-¡Cumple órdenes y no preguntes! -replicó el elfo.

-Pero la compuerta...

-Yo me quedaré vigilando.

El humano dirigió una temerosa mirada a Lorris y se marchó rápidamente.

Una vez lo hubieron perdido de vista, los enanos dejaron las palas y Lorris se acercó de nuevo a ellos.

Pero cuando iban a introducirse por la compuerta, una mano se posó en el hombro de Rak, que cerraba la marcha. El príncipe enano se volvió lentamente, y los otros tres con él.

Un figura totalmente cubierta por una capa y una capucha, pero indudablemente enana, los miraba colérica.

-Marchaos -dijo solamente.

-A mí nadie me da órdenes -replicó Rak orgulloso-. Yo...

-"Yo" sí puedo darte órdenes -interrumpió el enano-. Por tu propio bien, márchate y déjanos hacer a nosotros.

-¿Pero qué...? -protestó Rak.

Se vio rodeado de enanos encapotados. Lorris se dio cuenta del peligro demasiado tarde. Quiso advertir a sus compañeros de las intenciones de los enanos, pero no tuvo tiempo. Los embozados sacaron gruesas estacas y lo último que oyó el elfo fue que algo silbaba junto a su oído.

Después, todo se oscureció.



Capítulo II: "Las minas de Denils"
Elga corría por un oscuro páramo entre jirones de niebla. Detrás, varias criaturas de negro la perseguían, aullando y rechinando los dientes. Elga corría y corría, pero ellos eran más rápidos. Tropezó y cayó al suelo, y las criaturas la alcanzaron... ella trató de escapar, pero una de ellas la aferró con sus largos dedos ganchudos; la muchacha chilló y se revolvió, y tironeó de la capucha hasta que logró quitársela. Y entonces, cuando vio el rostro de su captor, chilló.

La criatura de negro no tenía cara.

Tan sólo era una blanca calavera que la observaba con un brillo extraño en sus cuencas vacías...

Elga se despertó, con la frente cubierta de sudor.

No sabía cuánto tiempo llevaba viajando en aquella carreta conducida ahora por los seres de negro. Sólo sabía que cuando despertaba la hacían dormirse con una especie de poder telepático, y la sumían en un sueño plagado de pesadillas.

Pero ahora no había seres de negro. Elga se incorporó lentamente. Le daba vueltas la cabeza. ¿Estaba sola en la carreta?

Echó un vistazo a su alrededor. Eso parecía. Se movió con cuidado, pero se detuvo y contuvo la respiración al oír dos voces.

-... ha de ser interrogada por nuestro amo -decía una voz sibilante, perteneciente sin duda a una de las criaturas negras.



  • Pero él se encuentra en Ard, ahora -gruñó una voz que, por el acento, debía de ser humana-. ¿Pensáis acaso trasladar a la chica hasta allí? Aquí necesitamos trabajadores. La extracción del arkal es muy lenta. Las obras de la fortaleza llevan retraso.

Hubo un breve silencio. Elga sabía que hablaban de ella.

-Está bien -respondió finalmente la criatura de negro-. Trabajará en las minas hasta nueva orden. Pero si la chica escapa o le sucede algo, tú pagarás por ello. Nuestro señor está muy interesado en ella. Nosotros le haremos saber que la humana está aquí, y él decidirá qué hacer.

Elga cayó entonces en la cuenta de dónde se encontraba. La habían llevado al Reino de los Enanos.

Tenía que escapar. Dejó de prestar atención a la conversación y se arrastró sigilosamente hasta la parte posterior del vehículo.

Descendía ya de la carreta cuando se topó de narices con un enorme humano barbudo, que llevaba un látigo de nueve colas.

-¿A dónde creías que ibas? -masculló el humano frunciendo el ceño.

La aferró fuertemente, de modo que la chica no pudo escapar. Elga pataleó y el hombre le retorció el brazo dolorosamente, de modo que optó por quedarse quieta.

El humano la llevó hasta la entrada de una caverna. Allí la soltó, y empuñó el látigo.

-Derechita y sin correr -le advirtió-. O puede que lo sufra tu espalda.

Elga obedeció. Caminó trastabillando por un oscuro pasadizo iluminado tan sólo por la débil luz que llegaba del exterior. Cuando la luz de fuera comenzaba a escasear, aparecieron a ambos lados del túnel antorchas que les iluminaron el camino, hasta que llegaron a una gigantesca caverna llena de actividad.

Elga se detuvo un momento a mirar a su alrededor. Y se quedó helada.

Por el centro de la caverna, sobre un raíl, circulaban pequeños vagones repletos de Arkal, empujados por enanos. En todas partes, más enanos (varones, mujeres e incluso niños empuñaban picos, golpeando la dura piedra, cargados de grilletes, bajo los golpes crueles de los látigos que empuñaban los capataces humanos. El ambiente estaba cargado y los cuerpos robustos de los enanos se hallaban bañados de sudor. El aire estaba lleno de ruidos de cadenas, golpes de látigo y herramientas excavando en la dura roca. Aquí y allá se oían gemidos de dolor; escasos, pues los enanos son un pueblo orgulloso, pero se oían.

-Qué horrible -musitó Elga.

El capataz la empujó por detrás, y ella tuvo que avanzar.

La llevó a través de la gran sala. Los enanos la miraban de reojo bajo sus espesas cejas, pero no decían nada ni dejaban de trabajar.

Cuando llegaron a su destino -la boca de un túnel lateral-, Elga fue encadenada a la roca y le pusieron un pico entre las manos. Miró interrogante al humano.

-Golpea -le dijo éste-. Y no dejes de golpear, o lo lamentarás.

Levantó el látigo y Elga se encogió sobre sí misma cuando lo oyó silbar junto a su oído. El látigo restalló en el suelo sin rozarla.

-La próxima irá a tu espalda -advirtió el capataz-, si dejas de trabajar un solo momento.

Elga asintió tragando saliva. Empuñó el pico y lo levantó en alto. Pesaba mucho. Lo descargó contra la roca y apenas arañó la superficie. Lo intentó de nuevo. Y otra vez. Y otra.

Poco a poco fue adquiriendo destreza y al finalizar la jornada había conseguido abrir un boquete que a ella le parecía bastante grande. Pero sus doloridos brazos necesitaban un descanso, y urgente.

Cuando creía que no acabaría nunca el profundo tañido de una campana resonó por las cavernas tres veces. Los enanos dejaron a un lado sus picos y se dirigieron, bajo la supervisión de los capataces, que descargaban de vez en cuando los látigos sobre sus espaldas, a las mazmorras donde los tenían prisioneros. Elga tuvo que seguirlos.

Le dolían todos los huesos y no había trabajado ni media jornada. Sabía que los enanos eran de constitución recia y fuerte, pero, ¿cómo lo aguantaban? Contempló en silencio la fila de enanos que, dirigidos por los capataces, avanzaba por el túnel con un murmullo de cadenas. "¿Por qué se conforman?", pensó Elga. "¿Por qué no luchan?". Observó los rostros de los enanos. Bajo las espesas barbas, el cansancio se dejaba ver en sus rasgos, aunque ellos trataran de ocultarlo tras una máscara de orgullo y estoicismo.

Pronto llegaron a las mazmorras. Los enanos fueron arrojados a ellas sin ningún miramiento.

Elga también.

Confundida, se quedó en un rincón, viendo cómo los enanos se curaban las heridas recibidas durante el día, sin cruzar apenas palabras entre ellos.

-¡Una humana! -dijo de pronto una voz.

Elga dio un respingo, sobresaltada. Se volvió hacia el lugar del que había salido la voz.

De las sombras surgió un enano robusto y fornido, de barba pelirroja encrespada, cuyos ojos brillaban de ira.

-¡Los humanos nos han hecho esto! -clamó-. ¿Qué hace ella aquí?

Los enanos repararon en ella entonces, y Elga se sintió rodeada de miradas hostiles.

-¡Yo soy una prisionera como vosotros! -exclamó Elga-. ¿No lo veis? -Y alzó las manos para que todos pudieran ver sus grilletes-. No tengo nada que ver con vuestra esclavitud. ¡Además, soy amiga de vuestro príncipe!

Los enanos la miraron perplejos.

-¿Amiga del príncipe? -repitió el que había hablado el primero-. ¡Mientes!

-No miento -dijo ella-. Vuestro príncipe nos solicitó ayuda a mi amigo y a mí para libertar a vuestro pueblo. Pero yo fui capturada.

-¡El príncipe nunca pediría ayuda a unos humanos! -replicó el otro con orgullo.

-¡Mi amigo no era un humano! -gritó Elga al verse rodeada por un círculo de enanos encolerizados-. ¡Es un elfo!

-¡Elfo! -repitió otro enano-. ¡No existen los elfos!

Los enanos estrecharon el círculo.

-¡Deteneos! -gritó Elga-. ¡Los elfos existen! Los esbirros de Ordulkar están recorriendo todo Ilesan en busca de los elfos, para eliminarlos. ¡Porque los temen! Por eso el príncipe pidió ayuda a los elfos. Mi amigo, el heredero al título ducal Lorris DeLendam, se halla en estos momentos en algún lugar del Reino de los Enanos.

El enano de la barba pelirroja indicó a los enanos con un gesto que detuvieran su avance. Se volvió entonces al fondo del calabozo y gritó:

-¡Nerida!

Una enana muy anciana avanzó cojeando hasta donde se hallaban Elga y los demás enanos. Se detuvo frente a la joven humana y la observó bizqueando. Colocó una mano sobre la frente de la muchacha y la miró a los ojos. Frunció el ceño. Los enanos aguardaban expectantes.

-Dice la verdad -concluyó Nerida, apartándose finalmente de Elga.

La joven humana respiró hondo. Los enanos comentaron entonces la situación, sorprendidos.

-De modo que un elfo ha venido a salvarnos -dijo uno-. ¿Y de dónde ha salido?

-Del Reino de los Elfos -respondió Elga-, que ha permanecido oculto durante muchísimo tiempo.

Los enanos se miraron unos a otros.

-¿Dónde está ese Reino? -preguntó alguien.

-Si ha permanecido oculto es porque quería permanecer oculto -respondió la humana-, y yo no soy quién para desvelar el secreto. Si mi amigo el elfo quiere decirlo, lo dirá. Si no quiere decirlo, yo no debo hacerlo tampoco.

-Haces bien, niña -asintió la anciana enana-. Y dinos, ¿cuál es el plan de tu amigo?

-Lo ignoro -respondió ella-, porque hace varios días que no le he visto. Yo fui capturada por los seres negros y traída aquí esta misma mañana. Según tengo entendido, Ordulkar quiere interrogarme.

-¿Qué se supone que debemos hacer nosotros? -preguntó el enano de la barba pelirroja

-No lo sé. Supongo que el príncipe y el elfo estarán ahora en Ard. Tal vez... deberíamos luchar nosotros aquí.

Un murmullo se elevó entre los enanos.

-¡Luchar! -exclamó alguien-. ¿Cómo? ¡Somos esclavos!

-¿Cuántas de esas criaturas negras están aquí? -preguntó Elga.

-Ninguna -respondió Nerida tras un breve silencio-. Hay muchas en Ard, pero la mayoría están desperdigadas por el Reino de los Humanos. Las dos o tres que había aquí se marcharon esta mañana a Ard. Yo las vi.

-Bien -dijo Elga-. En tal caso, sólo quedan los capataces humanos. Y podéis creerme: vosotros podéis vencerlos. Podemos organizar una rebelión si disponemos de un buen plan y actuamos con cautela.

-En cuanto lleguen las noticias de la revuelta a Ard, Ordulkar vendrá aquí y nos aplastará -objetó alguien.

-¿Qué puede un solo hombre contra todo un pueblo?

-Él es poderoso. Y tiene a las criaturas de negro.

Elga calló durante un instante. Luego dijo:

-Podéis luchar o podéis morir aquí como esclavos. Si Ordulkar termina su fortaleza en Ard, ya nunca más seréis libres. Si luchamos ahora en Denils, y lucha vuestro príncipe en Ard, atacamos a Ordulkar por dos lados distintos. Si no ayudamos nosotros aquí, el príncipe y el elfo no tienen nada que hacer.

-¡Tiene razón! -exclamó de pronto el enano de la barba pelirroja-. ¡Pero ha tenido que venir un elfo a rescatarnos y una humana a decirnos lo que tenemos que hacer para que decidamos hacer algo! ¡Los enanos somos un pueblo valeroso, y no hemos de conformarnos con esta suerte indigna!

Nerida se levantó del sitio.

-Yo estoy de acuerdo -dijo.

Poco a poco, los enanos fueron levantándose para expresar su conformidad.

-Los enanos lucharán -dijo Nerida finalmente.

-¡Bien! -exclamó Elga-. Pues lucharemos. ¡Por la libertad!

-¡Por la libertad! -repitieron los enanos.



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