El rostro del hermano hoy



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EL ROSTRO DEL HERMANO HOY

Optamos por la vida





Conferencia del Hermano Álvaro Rodríguez Echeverría FSC




Roma 22 de septiembre de 2001

En primer lugar quiero agradecer profundamente su invitación a compartir con ustedes en un momento tan importante como es un Capítulo General. Es a partir de mi propia experiencia de Hermano que lo hago sintiéndome Hermano entre mis Hermanos y recordando la cercanía que he tenido siempre con ustedes, primero en Guatemala y ahora en Roma.


El lema de su Capítulo me parece muy sugestivo y dinámico. Optar por la vida es hacer un acto de fe, ciertamente en Dios, pero también en nosotros y en la validez de nuestra vocación y de nuestros carismas que desbordan hoy el marco de nuestros Institutos y se abren a nuevas posibilidades particularmente en relación con los seglares. Debemos creer que si la vida y el incremento del Instituto dependen del misterio y poder de la gracia, no es menos cierto, que gracias al don de la libertad, Dios ha querido poner su destino en nuestras manos.
El título de mis presentaciones se inspira en el tema desarrollado para mis Hermanos en mi primera Carta pastoral. En realidad se trata de un tema que responde a una doble pregunta ¿Quiénes somos? ¿Quiénes debemos ser? Estamos ante el tema de nuestra propia Identidad, tema recurrente desde hace varios años, y no sólo en el ámbito de la vida del Hermano o de la vida religiosa, sino también en el ámbito político, cultural y social. La pregunta seguramente nace, entre otras causas, debido al cambio de coordenadas que hoy vivimos y ante las cuales nos debemos situar.
El momento que hoy vivimos es particularmente significativo. Tanto es así que hablamos no solamente de una época de cambios sino de un cambio de época. Esto nos obliga a situarnos de manera nueva en la realidad de hoy si queremos responder con soluciones de hoy a los problemas de hoy. No debemos olvidar que la escuela es una de las instituciones que menos ha cambiado en la historia y que los maestros tendemos psicológicamente a la repetición más que a la innovación.
La crisis de identidad nos toca también a nosotros, igual que a la mayoría de nuestros contemporáneos. En nuestro caso podemos hablar hoy:
del Hermano en el contexto de una misión y un carisma que se comparten, que han dejado de ser patrimonio exclusivamente nuestro;

del Hermano religioso en el seno de una Iglesia que ha apostado por el laicado y que paradójicamente refuerza lo clerical;

del Hermano educador en una escuela que sufre cada vez más presiones en la sociedad moderna en la que se tiende a devaluar la función del docente o donde ésta es cubierta por el Estado;


  • de nuestras congregaciones de Hermanos nacidas para dar cristiana educación a los hijos de los pobres y hoy comprometidas en gran parte en obras dirigidas a la clase media;

  • del Hermano con una misión pastoral y catequética, hoy absorbido por lo profesional y administrativo;

  • sin olvidarnos del numeroso grupo de Hermanos que al llegar a la edad de retiro son arrancados de lo que hasta ese momento constituía la razón de su vida y se preguntan cómo volver a empezar.

El tema de la identidad lo debemos situar en nuestra vida concreta de cada día. No es una entelequia porque la identidad se construye y se vive cada día. Es una realidad dinámica.


Nuestro 43º Capítulo General celebrado el año pasado señala en el documento sobre la Identidad una causa concreta de las dificultades actuales: Pero, en el clima de incertidumbre y de inseguridad, provocado y alimentado por cambios cada vez más grandes, de los que la mundialización es un ejemplo, persisten cuestiones que afectan a la identidad del Hermano. Esto es particularmente cierto allí donde la pérdida de las funciones tradicionales, que en otro tiempo eran exclusivas de los Hermanos, les ha privado de lo que ha podido ser sólo una identidad funcional, expresada mejor con el término actuar que con el de ser (Circular 447, p. 40).

Creo que a veces confundimos el tema de la identidad con el del papel que hoy estamos llamados a desempeñar a causa de los cambios tan dramáticos que el mundo ha experimentado. Hoy se nos habla de nuevos paradigmas que nos invitan a abrir nuevos caminos, a emprender nuevas búsquedas, a partir de nuevas intuiciones. No podemos encerrarnos en el pasado y vivir de espaldas a las realidades de hoy.


He citado y compartido varias veces con mis Hermanos el pensamiento del Hermano Benito en una de sus circulares: Nuestro cometido no es dar continuidad a lo que tenemos actualmente, sino discernirlo y aceptar que algo tiene que morir para que nuevas realidades nazcan… En nuestro servicio de liderazgo tendremos que actuar por intuiciones y no tanto por seguridades (Caminar con paz pero de prisa, p. 36).
Ante las nuevas realidades podemos reaccionar de dos maneras. Ver el momento que hoy vivimos como algo negativo e incierto o vivirlo apasionadamente abriendo caminos de futuro. Creo que ésta es la razón por la que hoy se habla tanto de refundación. El Padre Kolvenbach, Prepósito general de la Compañía de Jesús, al comentar este término afirma: “Este término expresa nuestra conciencia que, para vivir verdaderamente nuestro carisma en la época actual, es necesario un cambio en profundidad, necesitamos algo más radical que una simple adaptación aquí o allá, alguna innovación de circunstancia o una mutación inevitable.”
Sin pretender dar una visión completa de nuestro ser Hermano hoy, quisiera reflexionar sobre algunos aspectos de nuestra identidad que me parece son de actualidad y pueden ayudarnos a hacer ese “cambio en profundidad”.

INTEGRAR LOS ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DE NUESTRA VOCACIÓN
Pienso que la mejor manera de vivir nuestra identidad es integrando armoniosamente los elementos constitutivos de nuestra vocación de Hermanos hoy en la Iglesia y para el mundo de los jóvenes particularmente los pobres o de todos aquellos que viven en situación de riesgo. Este equilibrio nos hará evitar por una parte un espiritualismo desencarnado, por otra una comunidad terapéutica centrada únicamente en la satisfacción de necesidades y finalmente, un activismo que nos impide vivir una vida profunda y encontrar a Dios en el corazón de nuestras existencias. Esta síntesis vital yo la expresaría de la siguiente manera: Consagrados a Dios, en comunidad para el servicio educativo y evangelizador de los jóvenes particularmente los pobres.

CONSAGRADOS A DIOS COMO HERMANOS
La consagración a Dios es un elemento esencial de lo que somos. Él, la realidad insondable, nos ha elegido con amor gratuito, por pura misericordia, a la desconcertante aventura de ser plenamente suyos. Dios Trinidad de personas, se nos presenta como el Amor que atrae hacia sí todo nuestro ser y exige todo nuestro ser. Estamos involucrados en una aventura de amor, en una especie de enamoramiento, en la seducción de Dios. Es aquí, a partir del amor gratuito de Dios, donde se juega en primer lugar nuestra fidelidad. Pero una fidelidad que no debemos entender en primer lugar como un esfuerzo de nuestra parte, sino como una respuesta de nuestra parte, y a pesar de nuestra debilidad, a la fidelidad de Dios y a su amor gratuito. "La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro en sus manos" (V.C.17).
El 1º de enero de este año morían en Guatemala dos Hermanos en un accidente vial de regreso a su comunidad misionera en medio de los indígenas ketchíes en la zona atlántica del país. Uno de ellos era un joven Hermano indígena guatemalteco de 25 años. El día de su entierro contaba su mamá que, cuando alguna vez le preguntó a su hijo por qué había Hermanos que dejaban la congregación, siempre respondía que era porque no estaban enamorados. Creo que Adelso había captado lo esencial de nuestra vocación de Hermanos.
En la Revista del distrito de Centroamérica se publicaban después algunas cartas de Adelso que me han emocionado profundamente; en una de ellas, dirigida al Hermano Visitador y a su Consejo para la renovación de sus votos anuales, decía: Les escribo dejando volar mi imaginación auscultando los proyectos de Dios diluidos en todo mi ser. Este proyecto, del que les hablo es el de la libertad. Una libertad que amplía los horizontes y se inspira en el deseo de Dios de liberar a la humanidad por y para el Amor…Y es en esta libertad que he decidido, luego de discernir con el corazón libre, permanecer en el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, renovando mis votos, procurando hacer del amor – el rostro visible de Dios – mi religión, mi ley y mi fe (Guatemala, viernes 31 de octubre de 1997).
Éste es el fin último de nuestra vida de Hermano, buscar ante todo la gloria de Dios, hacer de Dios nuestro Absoluto. Puede ser que ésta sea nuestra mayor laguna. ¿Hasta dónde nuestra vida religiosa es una experiencia de Dios? ¿En un momento en que se da un despertar de la búsqueda de la trascendencia, somos capaces de ofrecer una mística que atraiga? ¿Estamos convencidos que nuestra vida religiosa debe ser ante todo seguimiento de Jesús en su entrega al Padre y a los hermanos/as y no tanto búsqueda de una perfección personal que nos haga girar en torno a nuestro propio yo?
Una espiritualidad profunda, y ésta es una de las prioridades señaladas en el sondeo preparatorio al Capítulo, nos debe llevar a vivir a fondo la Consagración, o sea, como una experiencia fundante. Experiencia que abarca al hombre entero y que se mide por el cambio radical de sentido que da a la existencia. Es la experiencia de que Dios es el Absoluto y que todo nuestro ser tiene su referencia última a Él. Es descubrir el nos hiciste Señor para ti, de San Agustín o el sólo Dios basta de Santa Teresa, o toma Señor… dame tu amor y gracia que eso me basta, de San Ignacio o el adoro en todo la manera como Dios ha conducido mi vida, de San Juan Bautista de La Salle o la experiencia de abandono vivida por San Marcelino Champagnat.


EN COMUNIDAD FRATERNA

Nuestra entrega personal a Dios, la hacemos en el seno de una comunidad. Nuestro compromiso con Dios está mediatizado por unos Hermanos con los cuales también nos comprometemos.


Es que no podemos hablar de fidelidad a Dios si no somos capaces de vivir la fidelidad humana. La consagración no es solamente una alianza con Dios, es también una alianza con los hombres de mi comunidad, de mi provincia, de mi Instituto. Las palabras de Rut, tienen para nosotros un profundo sentido: " A donde tú vayas iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos." ( Rut 2, 16-18).
Nuestra consagración es también con nuestros Hermanos. Cuando decimos "Puedes contar conmigo", se lo decimos a Dios, pero también a nuestros Hermanos. Lo cierto es que ser Hermanos es nuestro secreto, nuestra fuerza, nuestra mayor riqueza. Hermanos abiertos a todos, capaces de renunciar a intereses propios en aras del bien común, uniendo fuerzas, realizando proyectos comunes con nuestros asociados, encarnando el carisma en el mundo de los pobres, compañeros espirituales de una juventud, que hoy más que nunca y a pesar de algunas apariencias, busca sentido a sus vidas y tiene sed de Dios.
La comunidad no es un conjunto de individuos que se encuentran reunidos por accidente o casualidad. Es una asociación de personas que tejen entre sí lazos fraternales, a partir de una idéntica experiencia: la de haber sido "atrapados" por Dios para el servicio de los jóvenes particularmente los pobres. La comunidad es el eje de la consagración y de la misión. La comunidad nos debe permitir hacer la síntesis personal de los elementos constitutivos de nuestra vocación.
Hoy estamos descubriendo de nuevo el valor de nuestra vida comunitaria. Juan Pablo II, en un texto citado por el documento Vida Fraterna en comunidad, llega a afirmar que toda la fecundidad de la misión apostólica depende de la calidad de la vida comunitaria y algunos teólogos de la vida religiosa afirman hoy que, a partir del Nuevo Testamento, el profetismo ha pasado de los individuos a las comunidades. La comunidad de los doce y la comunidad de los Hechos de los Apóstoles son ejemplos de lo anterior.
Podríamos pensar con relación a nuestras congregaciones en el papel desempeñado por los primeros Hermanos junto al Fundador. A veces corremos el riesgo de atribuirlo todo a nuestros Fundadores y nos olvidamos de aquellos valerosos Hermanos que junto a él y en una asociación a veces heroica hicieron posible el nacimiento de nuestros Institutos.
Si en el pasado pensábamos que necesitábamos profetas que nos despertaran del letargo, hoy creemos que lo que necesitamos son comunidades capaces de mostrarnos nuevos caminos para una refundación de nuestra vida, tal como lo afirma Amadeo Cencini: "Igual que no puede engendrar una persona sola, porque sólo la comunidad puede generar vida, también esa vida nueva que es la renovación de la vida religiosa, sólo podrá ser fruto de una acción comunitaria, de una obra de fraternidad que aprenden sin prisa - pero sin pausa - nuevos estilos de vida y de servicio, nuevas dinámicas de relación en la vida comunitaria y apostólica”.
Pero al mismo tiempo es importante que la comunidad no se encierre en ella misma, especialmente en un mundo que valora tanto la intimidad. La cultura del intimismo, nos puede llevar a una vida privada que gira en torno al desarrollo de la propia individualidad. La realización personal se pone por encima de las necesidades de un mundo en cambio. Se percibe y se configura la comunidad con el propósito de responder ante todo a las necesidades individuales de los interesados y sólo indirectamente a las necesidades del mundo exterior. Está claro que éste no es el modelo de comunidad evangélica que soñaron para nosotros San Juan Bautista de La Salle o San Marcelino Champagnat. Nuestra comunidad es cristocéntrica y no egocéntrica. La comunidad tiene como piedra fundamental a Jesucristo: " Ustedes son la casa... cuya piedra angular es Cristo Jesús. En él toda la construcción se ajusta y se alza para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2,20-21).
El tema de la asociación con los laicos tiene también repercusiones en el tipo de comunidad que debemos vivir hoy. No debemos reducir nuestra vida comunitaria a las personas con quienes compartimos la misma casa. Vivir hoy la comunidad significa abrirnos, como en círculos concéntricos a partir de nuestra comunidad religiosa, a todas las personas que comparten nuestra misión y se esfuerzan con nosotros para que esta misión se realice. A menudo he aplicado a la asociación que hoy vivimos con los laicos el pensamiento que St. Exupéry en el Principito aplica a la amistad. Ésta no consiste tanto en mirarnos los unos a los otros sino en mirar juntos en la misma dirección. Nuestras comunidades son comunidades apostólicas y nuestra asociación no puede tener otra finalidad.
Sin embargo la comunidad de Hermanos debe jugar siempre un papel fundamental. Las relaciones gratuitas, igualitarias, serviciales, solidarias de los miembros de la comunidad y de ésta misma con otros grupos, son el mejor testimonio en un mundo abocado a las relaciones comerciales, discriminatorias, utilitarias, insolidarias. La comunidad de los Hermanos debería ser un laboratorio de convivencia justa y fraterna para los otros miembros asociados y para toda la sociedad.
El tema de la solidaridad, que ustedes han considerado prioritario, sin duda tiene dos vertientes, una al interior del propio Instituto que actualizaría los elementos comunitarios amenazados por el individualismo envolvente y la proyección apostólica que debe unificar misión y solidaridad en su servicio prioritario a los más pobres y en sus respuestas a las nuevas pobrezas y exclusiones.

PARA EL SERVICIO EDUCATIVO Y EVANGELIZADOR DE LOS JÓVENES PARTICULARMENTE LOS POBRES.
Una lectura actual de nuestro ministerio de educación cristiana nos debe llevar a desarrollar en nosotros tres actitudes básicas. La primera es conocer la realidad y ser sensibles ante ella. Existen los pobres y son la mayoría. Tres cuartas partes de la humanidad o sea cerca de 4.000 millones de personas. Esta situación lejos de disminuir se ha incrementado durante los últimos 20 años y no parece se pueda revertir por las presiones internacionales que hacen que los gobiernos tengan que emplear políticas de recorte social. Además hoy la pobreza tiene cara de niño: "Una de las situaciones más trágicas por la que la humanidad en su conjunto debe sentir tanto dolor como vergüenza, es que hemos construido un mundo... en el que la mayoría de los pobres son niños/as, y lo que es aún más grave, en el que la mayoría de los niños son pobres" (Manfred Max-Neef).
En segundo lugar debemos contemplar a las víctimas con los ojos del Dios de Jesús, el Padre de la vida, y escuchar su clamor. Sabemos que de la mirada de Dios al mundo nace la misión del Hijo de Dios en la historia como misericordia solidaria. El reto que se nos plantea es ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Se trata de una misericordia solidaria que tiene tres características: a) dejarse afectar por los sufrimientos de los demás, b) actuar contra los sufrimientos evitables sin temor al propio sufrimiento o a la muerte, c) asumir la tarea de encontrar caminos de esperanza.
En tercer lugar seguir a Jesús, significa hacer nuestra su causa, la causa de la vida, la causa del Padre, la causa del pobre. Que el Padre ha tomado partido por los pobres, pequeños, marginados nos lo revela tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento y sobre todo Jesús de Nazaret. Jesús nos revela la clave del juicio: lo que se haya hecho en favor de las víctimas de la historia, con quienes Él mismo se identifica. Se trata de un amor historiado (Mt.25, 31-46).
Nuestra vida espiritual debe privilegiar también al pobre como lugar del encuentro con Dios, como una mediación fundamental.

De esta manera:




  • se descubre la ascesis compartiendo su vida;

  • los valores del Reino emergen, valores que impregnan la vida de sencillez, solidaridad, capacidad de compartir, paciencia y una especial sensibilidad por la justicia;

  • la escucha del pueblo, en un constante discernimiento, como espacio de docilidad al Espíritu, es escucha de Dios;

  • María, desde su dimensión histórico-humana, como mujer del pueblo, como colaboradora del proyecto salvífico, alimenta nuestra espiritualidad.

A la integración de los elementos constitutivos de nuestra vocación de Hermanos quisiera añadir dos características, que de una manera u otra ya han sido señaladas pero que por la importancia que hoy revisten me parece adecuado profundizarlas. Me refiero al Hermano como compañero espiritual y al Hermano en el contexto de la misión compartida y de la asociación con los laicos.



EL HERMANO “COMPAÑERO” ESPIRITUAL
En el sondeo que ustedes realizaron han dado gran importancia a la espiritualidad (EAM). Me parece que se trata de uno de los elementos que no deben estar ausentes del rostro del Hermano. No me decido a hablar de maestro espiritual, porque nuestra riqueza es ser Hermanos y me parece que en este sentido el término “compañero” o “acompañante” responde mejor a lo más característico de nuestra vocación y de nuestro estilo pedagógico. Estoy convencido que en la asociación con los laicos y en la misión compartida que hoy estamos viviendo en nuestros Institutos, este aporte, aunque no es exclusivamente nuestro, lo debemos dar sobre todo los Hermanos. Personalmente pienso que el potenciar hoy esta dimensión puede darnos una nueva mística y un nuevo sentido. Al hablar de la relación entre los Laicos y las personas consagradas el documento Vita Consecrata afirma: "Cualquiera que sea la actividad o el ministerio que ejerzan, las personas consagradas recordarán por tanto su deber de ser ante todo guías expertas de vida espiritual, y cultivarán en esta perspectiva “el talento más precioso: el espíritu” (VC 55).
Como Hermanos, la persona y el mensaje de Jesús de filiación, fraternidad, amor incondicional, perdón sin límites son la mayor riqueza que podemos dar a los jóvenes. Podíamos hacer nuestras las palabras de Pedro al curar al paralítico: Plata y oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Nazareno, echa andar (Hechos 3,6). Debemos “echar a andar” a tantos jóvenes que hoy no encuentran sentido a sus vidas. Sin esto la lucha por un orden social más justo sería insuficiente como lo ha afirmado recientemente el mismo Gustavo Gutiérrez.
Como se ha repetido en los últimos años, la función de nuestra vida religiosa es sobre todo mantener viva la pregunta sobre Dios. Lo que el mundo espera de nosotros es sobre todo que seamos buscadores de Dios, que le ofrezcamos una pista para su propia búsqueda. Guías humildes y sin pretensiones, conscientes de nuestras propias incoherencias, pero capaces de acompañar a nuestros contemporáneos en su itinerario de fe, asumiendo sus debilidades, sus dudas y su fragilidad.
Una de las nuevas pobrezas es precisamente esta falta de sentido que muchos jóvenes experimentan y desgraciadamente de acuerdo con encuestas recientes, muy pocos encuentran adultos capaces de darles una mano. “Las nuevas generaciones -explica el prior de la comunidad monástica de Bose, Enzo Bianchi- muestran apertura a la búsqueda espiritual de calidad, una búsqueda en la que se tiene siempre menos necesidad de religión y siempre más de averiguación del sentido. En los jóvenes encontramos el deseo de oración y de comprensión de aquello que la oración debería ser, pero también poca ayuda y mucha soledad al aprenderla y al practicarla. Es una amarga constatación para quien tiene responsabilidad en la transmisión de la fe a los jóvenes”.
Ser “compañero” o “acompañante” espiritual debe ser algo prioritario hoy para nosotros y lo debemos considerar como una nueva llamada a renovarnos en la oración. Esa oración que siempre ha debido hacernos cercanos a los jóvenes, porque los jóvenes y las necesidades del mundo están tan presentes en el corazón del Hermano, que aún en aquellos momentos encaminados a encontrarse cara a cara con Dios, no puede dejar de pensar en los jóvenes y en el mundo. Ser “compañero” espiritual significa ser intercesor ante el Señor. ¡Qué lejos estamos entonces de una misión que nos aleja de Dios, como si lo que damos a Dios se lo quitáramos al hombre!
Hermanos, lo he dicho a mis Hermanos y estoy seguro que en su caso será semejante, que normalmente los alumnos nos perciben sin dificultad como excelentes profesores y personas cercanas; no siempre nos descubren como hombres de oración. Debemos hacer más visible esta dimensión. Pienso que encontramos aquí un estímulo importante para renovar nuestra oración y ofrecerla al mundo como uno de nuestros principales aportes. La oración tiene un sentido contestatario frente a un mundo que mide todo a partir de la utilidad y de los resultados inmediatos; frente a un mundo que ha absolutizado las leyes del mercado. La oración manifiesta, sin palabras pero con fuerza, la presencia del Absoluto de Dios y el absoluto de la persona humana; es un espacio de gratuidad hoy más que nunca necesario.
Hoy la teología regresa al lenguaje narrativo. De hecho la fe cristiana nace de unos acontecimientos salvíficos. Sabemos que por el influjo del logos griego el discurso teológico nacido como una narración terminó siendo una formulación abstracta. Los jóvenes hoy nos invitan a recuperar un lenguaje narrativo, concreto, cercano, experiencial. Si Jesús pudo hacer teología narrativa fue porque hablaba de lo que había visto y oído en la intimidad del Padre. Este debe ser el lenguaje de nuestra oración. Se trata de una oración encarnada. Una oración, que, como la de Jesús, es apertura personal, silenciosa, y profunda a Dios como Padre y al mismo tiempo es descubrimiento de su voluntad salvadora y entrega de la vida por aquellos y aquellas que el Señor nos ha confiado.
Ser “compañero” espiritual, maestro de oración no admite jubilación. ¡Cuántos Hermanos mayores no podrían continuar acompañando con su sabiduría acumulada, la experiencia vivida y su oración silenciosa a tantos jóvenes en busca de horizontes y de respuestas a sus propias vidas!

EL HERMANO EN EL CONTEXTO DE LA MISIÓN COMPARTIDA Y DE LA ASOCIACIÓN CON LOS LAICOS
Al igual que nosotros, me imagino que ustedes habrán vivido en los últimos años nuevas experiencias de relación con los laicos y de compartir con ellos la misión marista. Alguno pudiera pensar que tanto cambio en nuestro lenguaje y en nuestras políticas podría significar falta de consistencia o inestabilidad, respondiendo a la moda del momento. Personalmente pienso que no. Más bien veo este momento que hoy vivimos como un “kairós” que nos puede relanzar hacia el futuro, un signo de los tiempos; una gracia; una acción del Espíritu; una llamada de Dios; un nuevo capítulo en la historia de nuestros Institutos.
Nuestros carismas nacieron como un movimiento y los hemos hecho una institución. Es un proceso inevitable y necesario. Pero es importante reavivar de vez en cuando el fuego que nos hizo nacer. ¿No estaremos viviendo un momento de nueva frescura carismática con la sangre nueva y la nueva lectura hecha por los laicos? No me resisto a citarles al padre carmelita Bruno Secondín en una entrevista a la revista Vida Religiosa de España aparecida en el mes de junio del presente año: Los laicos no son sólo un auxilio para mantener las obras en situación difícil, son personas llamadas a dar forma nueva a un carisma que quizá estaba envejeciendo. Ellos nos descubren otras dimensiones del carisma, lo reencarnan, hablan de él de otra manera, ven otras dimensiones, lo re-inculturan (VR junio 2001, núm. 6, vol. 91, pág. 8).
Por eso:
Hermanos y Laicos nos debemos dejar interpelar, permanentemente por las necesidades de los jóvenes y de los pobres. Para esto debemos hacer un esfuerzo de inserción e inculturación en sus mundos, a menudo tan alejados del nuestro.
Hermanos y Laicos, nos debemos comprometer más en la llamada que la Iglesia nos hace a una NUEVA EVANGELIZACIÓN, como ministros del Evangelio, que hemos experimentado la llamada de Dios para darlo a conocer a los demás.
Nuestra vocación laical complementaria, adulta y activa la debemos vivir en un modelo de Iglesia Pueblo de Dios. Esto supone una palabra profética, frente a otros modelos más jerárquicos y menos evangélicos.
La misión compartida es una gracia y un movimiento para hoy. Es una llamada de Dios que nos invita a convertirnos y caminar juntos para responder a los desafíos que nos plantea el servicio educativo de los jóvenes, preferentemente los pobres. Para esto nos hemos asociado.
Es fundamental una formación adecuada para desarrollar la naturaleza de la asociación para la Misión compartida. Esta formación siempre tendrá como telón de fondo su finalidad: responder mejor a las necesidades educativas, humanas y espirituales de los jóvenes, especialmente de aquellos que están en dificultad.
Si nos unimos es porque queremos responder al designio divino de salvación universal comprometiéndonos en la construcción del Reino y descubriendo con respeto las semillas del Verbo de Dios y la fuerza de su Espíritu en todas las culturas y en todas las religiones.
Evangelizamos por el testimonio de nuestras vidas. Esto supone una coherencia personal y una comunidad de fe, que haga visible un modelo alternativo de sociedad inspirado en los valores del Evangelio.
Unidos en el mismo Bautismo, vivimos nuestra vocación de manera complementaria y con funciones específicas sobre la base de relaciones de respeto, de conocimiento mutuo, de diálogo, de justicia y de confianza.
Nos sentimos una familia, porque tenemos un padre común. Queremos mantener vivo su espíritu y continuar su misión, por eso participamos en un proyecto educativo, por eso nos tratamos como hermanos y hermanas.

CONCLUSIÓN
Hermanos, no puedo terminar sin desearles lo mejor en esta experiencia privilegiada de Instituto que representa un Capítulo General. Como Instituto hermano nos sentimos muy unidos a ustedes y les ofrecemos nuestra oración. Quisiera terminar con un pensamiento mariano que nos anima a vivir en profundidad lo que significa ser Hermano. Como lo expresaba Juan Pablo II a los religiosos y religiosas en Caracas, "en la Virgen del Magnificat hay dos fidelidades estupendas... Una fidelidad a Dios y a su proyecto de amor misericordioso y una fidelidad a su pueblo. Sean también fieles a Dios y a su proyecto. Sean fieles a su pueblo" (A los religiosos, Caracas, 28 enero 1985).






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