El señor de la tierra



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EL SEÑOR DE LA TIERRA

GENE WOLFE


El nebraskano se inclinó hacia adelante con una afable sonrisa y movió la mano derecha en una gran curva.

—Sí, desde luego dijo—, es justamente el tipo de cosa que me interesa. Hábleme de ello, señor Thacker, por favor.

Todo este despliegue de calor humano tenía como objetivo apartar la atención del viejo Hop Thacker de la mano izquierda del nebraskano, que acababa de introducirse sigilosamente en el bolsillo izquierdo de su chaqueta para poner en marcha la minigrabadora que había dentro de él. El micrófono quedaba oculto por la solapa del nebraskano, y el delgadísimo cable marrón era casi invisible.

Naturalmente, es posible que al viejo Hop tampoco le hubiese importado. Podían decirse muchas cosas de él, pero no que fuese tímido.

—Bueno... empezó a decir—. Según me han contado, ocurrió hace muchos, muchos años. Supongo que debió de ser antes de la época de mi abuelo, señor Cooper, o puede que incluso antes de eso.

El nebraskano asintió con la cabeza animándole a continuar.

—Había tres chicos, y uno de ellos tenía una mula vieja que no servía para nada que no fuese para atraer a los cuervos. Uno de ellos era el coronel Lighfoot, aunque entonces nadie le llamaba coronel, claro está... El otro era Creech y el otro... —El anciano se quedó callado y se acarició los escasos mechones de su barba con los dedos—. Bueno, supongo que no me acuerdo de quién era, aunque lo sabía. Su nombre me vendrá a la cabeza cuando no haya nadie a quien le interese oírlo. Es el que tenía la mula.

El nebraskano volvió a asentir.

—Ha dicho que eran tres jóvenes, ¿verdad, señor Thacker?

—Eso es, y el coronel Lighfoot tenía un rifle nuevo. Y el otro, el que era un amigo de mi abuelo o de no sé quién, también tenía un rifle y todo el mundo decía que era el mejor tirador de la comarca. Bueno, pues Laban Creech dijo que él también era un gran tirador, y fue a buscar su rifle... Era el que tenía la mula. Me acabo de acordar.

"Sacaron la vieja mula del establo y la llevaron hasta un kilómetro o un kilómetro y medio de allí. Ya sabe cómo se hacen estas cosas, ¿verdad? Creech le pegó un tiro en la oreja y la mula se tumbó en el suelo y se murió. Era vieja y además estaba enferma, así que no coceó ni nada, y el coronel Lighfoot sacó su cuchillo y le abrió el vientre, y después se escondieron entre la espesura para esperar a que llegaran los cuervos.

—Comprendo dijo el nebraskano.

—Uno de ellos disparó, y luego el otro, y los dos dieron en el blanco, y siguieron disparando. Ya casi había oscurecido, ¿sabe?, y el coronel Lighfoot tenía su rifle nuevo y el otro tenía un rifle muy bueno, y siempre iban igualados, y el pobre Laban Creech se había quedado bastante atrás. Supongo que debía de haber como cien cuervos por allí. Ya sabe que no puedes matar un cuervo, dejarlo allí y esperar que venga alguno más, ¿verdad? En cuanto ven un cuervo muerto los otros cuervos se dicen: "Caray, fíjate en lo que le ha pasado a ése. No pienso acercarme por allí, no señor...".

El nebraskano sonrió.

—Son unos pájaros muy listos.

—Oh, hay toda clase de historias sobre ellos —dijo el anciano—. Gracias, Sarah.

Su nieta les había traído dos vasos de limonada. Se quedó quieta en el umbral el tiempo suficiente para secarse las manos con su delantal a cuadros rojos y blancos, y contempló al nebraskano con una mezcla de susto y timidez antes de volver apresuradamente al interior de la casa.

—Entonces no teníamos agua corriente. —El anciano acarició un cubito de hielo con un dedo huesudo y no muy limpio . Y cuando yo era pequeño tampoco teníamos, no hasta que la TVA* se puso en marcha. Ahora hablas de la TVA y la gente cree que te refieres a esos programas, ¿sabe?—Agitó el vaso de limonada—. Los veo de vez en cuando.

* La TVA, Tennessee Valley Authority (Autoridad del Valle de Tennesse), fue un proyecto gubemamental que se encargó de proporcionar agua potable y controlar las inundaciones periódicas que asolaban aquel estado mediante un complejo sistema de presas y canalizaciones. (N. del T.)

—La televisión —dijo el nebraskano para ayudarle.

—Eso es. Sí, señor Cooper... Por ejemplo, me acuerdo de cuando Bud "Sombrero Rojo" pasó a mejor vida. ¿Calor? Nunca ha visto nada parecido. Todos los pájaros iban con la boca abierta y no daban ni un aletazo. Recuerdo que aquel mismo día perdimos dos cerdos. Mi pa quiso guardar la carne, pero no se podía hacer nada con ella. Contaba que era como si aquellos cerdos ya estuviesen podridos por dentro antes de caerse muertos, y hacía tanto calor que no se atrevía a dejar que se los comieran los perros. De todas formas los perros estaban durmiendo debajo del porche, así que... No salían de allí para nada.

El nebraskano sintió la tentación de volver al tema de la cacería de cuervos, pero un instinto nacido de los miles de horas que había pasado escuchando en situaciones parecidas le impulsó a asentir y sonreír en silencio.

—Bueno, sabían que la única solución era meterle bajo tierra lo más deprisa posible, ¿comprende? Le arreglaron, le limpiaron, le pusieron su mejor traje y todo eso. La casa estaba llena de gente, pero hacía un calor horrible, y la verdad es que se le podía oler, así que me fui escabullendo poco a poco hasta que llegué a la puerta. Nadie se fijaba en mí, ¿sabe? Las mujeres estaban llorando a moco tendido, y los hombres pensaban que ya iba siendo hora de enterrarle y tomarse otro trago de whisky.

El bastón del anciano cayó al suelo con un golpe seco. El nebraskano se agachó para recogerlo y durante una fracción de segundo pudo ver el pálido rostro de Sarah al otro lado del umbral.

—Me fui al cobertizo. Apuesto a que debía faltar poco para los cuarenta grados, pero después de haber estado allí dentro... Bueno, era un auténtico alivio. Entonces fue cuando lo vi bajar por la colina al otro lado del camino. Se mantenía lo más pegado posible a las sombras y la verdad es que parecía una sombra, pero podías ver cómo se movía, y siempre era un poco más negro que las sombras. Nada más verle supe que era el chupador de almas y me asusté pensando que podía llevarse a mi ma. Me eché a llorar, y mi ma salió de la casa y me llevó al arroyo para que bebiera un poco de agua, y que yo sepa ésa es la última vez en que le ha visto nadie.

—¿Por qué le llama el chupador de almas? —preguntó el nebraskano.

—Porque eso es lo que hacía, señor Cooper. Supongo que usted ya sabe que no sólo las personas tienen fantasmas, ¿verdad? Un hombre puede ver el fantasma de otro hombre, desde luego, pero también puede ver el fantasma de un perro o de una mula o de cualquier otro animal. Aunque los más conocidos son los fantasmas de la gente, claro... El fantasma es el espíritu del que se ha muerto, ¿no? ¿Por qué no está en el Cielo o abajo en el lugar malo donde se supone que ha de estar? ¿Qué está haciendo en la casa, o caminando por el sendero o donde sea que lo ha visto? Yo tuve un perro que vio un fantasma y era el fantasma de otro perro, ¿comprende? Yo nunca llegué a verlo, pero él sí, y yo supe que lo había visto por su forma de comportarse. ¿Qué estaba haciendo aquí?

El nebraskano meneó la cabeza.

—No tengo ni la más mínima idea, señor Thacker.

—Caray, pues yo se lo diré. Cuando un hombre pasa a mejor vida, o un caballo o un perro, o lo que sea, se supone que debe esperar a que llegue el Juicio Final, ¿no? El Señor Jesucristo es nuestro juez, señor Cooper. Pero a veces no quiere esperar tanto tiempo sin hacer nada... Quizá tenga miedo de ser juzgado, o quizá tenga algún asuntillo que otro del que ocuparse o, por lo menos, eso es lo que cree, como enseñarle dónde está escondido algún dinero a otra persona que sigue con vida. Eso es algo bastante frecuente, y puede que alguna vez le cuente unas cuantas historias de ésas. Pero si no tiene nada que resolver aquí, si sólo está asustado... Bueno, entonces se quedará donde está y ésos son los fantasmas que aparecen allí donde han sido enterrados. Y si puede atraparlos... Bueno, entonces pertenecen al chupador de almas, ¿comprende? Pero si tiene mucha hambre intentará chupar a una persona viva, y si esa persona no le planta cara morirá. —El anciano hizo una pausa para humedecerse los labios con limonada y sus ojos recorrieron el pequeño cementerio familiar y los campos repletos de tallos de maíz resecos hasta llegar a las montañas color púrpura donde ya nunca volvería a cazar—. Y ganarle es muy difícil... No es algo que ocurra con frecuencia. Creo que el primero en conseguirlo debió de ser un indio. Sí, algo así... ¿Le he contado qué tal disparaba Creech?

—No, señor Thacker, no me lo ha contado. —El nebraskano tomó un sorbo de su limonada, que estaba agradablemente ácida—. Me gustaría mucho oírlo.

El anciano se meció en silencio durante lo que pareció un tiempo muy largo.

~aray —dijo por fin—, llevaban todo el día disparando. Supongo que eso ya se lo había contado, ¿no? Bueno, al menos llevaban mucho rato... El coronel Lighfoot y Cooper iban empatados, y Creech les seguía de cerca. Ahora le tocaba disparar a Creech, y Creech no paraba de decirles que se quedaran un rato más, y que en cuanto apareciese un cuervo y hubiese disparado se irían a casa tanto si le daba como si fallaba el tiro. El caso es que se quedaron, pero no aparecieron más cuervos porque ya habían matado a todos los que había en muchos kilómetros a la redonda. Empezó a ponerse muy oscuro, y entonces Cooper dijo que ahora ya nadie podía darle a nada, y le dijo que había perdido y tenía que aceptarlo como un hombre.

"Y Creech le dijo que no era justo porque, caray, la mula era suya, y justo entonces apareció algo más grande que cualquier cuervo, y negro, algo que venía dando saltitos por el suelo como hacen los cuervos algunas veces, ¿comprende? Venía directo hacia la mula muerta... Creech alzó su rifle. Después el coronel Lighfoot dijo que estaba tan oscuro que no debía ver ni la mira, así que supongo que se limitó a apuntar guiándose por el cañón, tal y como se ha hecho siempre en las montañas, ¿sabe?, y hay montones de personas convencidas de que es la mejor forma de dar en el blanco.

"Bueno, el caso es que disparó y aquella cosa negra cayó al suelo. El coronel Lighfoot le dio una palmadita en la espalda y le dijo que había ganado y que ahora ya podían irse, pero Cooper sabía que aquello era demasiado grande para ser un cuervo, así que fue hacia allí para echarle un vistazo. Y, caray, señor, era como un hombre sólo que con las piernas torcidas y un cuello muy flaco y raro. No era un hombre, pero se le parecía mucho, ¿comprende? Y entonces aquella cosa preguntó que quién le había disparado y cuando abrió la boca Cooper vio que estaba llena de gusanos. Eran gusanos de la tumba, ¿sabe?

"Sí, preguntó que quién le había disparado, y Cooper dijo que había sido Creech y entonces empezó a gritar para que Cooper y el coronel Lighfoot fuesen corriendo hasta allí. El coronel Lighfoot dijo que tenían que enterrarlo, y Creech volvió a su casa para coger un pico y una pala vieja. Y temblaba tanto que el pico y la pala no paraban de chocar entre sí, ¿comprende? El coronel Lighfoot y Cooper se dieron cuenta de que no podría cavar, así que empezaron a hacer un hoyo, pero cuando miraron a su alrededor Creech ya no estaba, y el chupador de almas tampoco.

El anciano hizo una pausa dramática.

—Y la siguiente vez que vieron al chupador de almas era Creech, y cuando yo le vi supongo que también debía ser él, o quizá fuera otro, no lo sé. No dispare nunca contra nada sin estar totalmente seguro de lo que es, Jovencito.

Las palabras con que puso punto final a su relato hicieron que Sarah apareciese en el umbral.

—La cena está lista. He puesto un cubierto para usted, señor Cooper. Pa dijo que lo pusiera. Supongo que se quedará, ¿verdad? No es ninguna molestia.

El nebraskano se puso en pie.

—Es usted muy amable, señorita Thacker.

El anciano se levantó ayudado por su nieta y fue lentamente hacia la casa, apoyándose en el bastón que sostenía con la mano derecha mientras la joven le guiaba cogiéndole del brazo izquierdo. El nebraskano les siguió y le sostuvo la silla para que se sentara.

—Pa se está lavando —dijo Sarah—. Ha estado cambiando el aceite del tractor. Cuando llegue bendecirá los alimentos. No hace falta que me sostenga la silla, señor Cooper. Iré trayendo lo que falta mientras pa llega... Ande, siéntese.

—Gracias.

El nebraskano se sentó enfrente del anciano.

—Tenemos jamón, maíz, tortas y patatas. No es ninguna cena de gala, pero...

—Todo huele maravillosamente bien, señorita Thacker —dijo el nebraskano, y no podía ser más sincero.

Su padre entró en la habitación. Se había lavado concienzudamente hasta la altura de los codos, pero trajo consigo un olor a aceite de tractor que se mezcló con los aromas que brotaban de la cocina.

—Bien, señor Cooper, ¿se ha enterado de todo lo que deseaba averiguar?

—He oído algunas historias maravillosas, señor Thacker dijo el nebraskano.

Sarah colocó el jamón en el sitio de honor, delante de la silla ocupada por su padre.

—Creo que está haciendo una labor realmente maravillosa. Poner por escrito todas esas viejas historias antes de que se pierdan...

Su padre asintió de mala gana.

—Sí, claro, pero nunca me habría imaginado que se pudiera vivir de eso.

—No vive de eso, pa. Enseña. Es profesor. —El jamón fue seguido por una bandeja que contenía una montaña de tortas. Sarah se dejó caer en una silla—. Iré a buscar el maíz y las patatas dentro de un momento. El maíz aún necesita un poco de tiempo.

—Oh, Señor, bendice estos alimentos y a quienes los comerán. Ayúdanos a agradecer como es debido el que tengamos esta granja, la familia y las amistades. Da la bienvenida al forastero que hay debajo de nuestro techo tal y como nosotros se la hemos dado. Y ahora, comamos.

El hijo del señor Thacker se puso en pie, clavó un inmenso cuchillo de carnicero en el jamón y el nebraskano se acordó por fin de apagar su minigrabadora.

Dos horas después el nebraskano estaba más que saciado y había accedido a quedarse aquella noche en casa de los Thacker.

—No es muy elegante, pero está limpio —dijo Sarah mientras le enseñaba el dormitorio para los huéspedes—. Cambié las sábanas y puse la colcha mientras hablaba con el abuelo.

La puerta crujía. Sarah accionó el interruptor de la luz.

El nebraskano asintió.

—Preveía que iba a aceptar la invitación de su padre, ¿eh?

—Bueno... Tenía la esperanza de que la aceptaría. —Sarah hacía todo lo posible para no mirarle a los ojos—. Llevaba años sin ver tan contento al abuelo... ¿Hablará un rato más con él mañana? Puede poner sus cosas en esta cómoda. Vacié los cajones de arriba y ya he aireado un poco la cama. El baño es la puerta que está después de la habitación de pa, ya sabe... Supongo que toda esta comarca debe parecerle terriblemente atrasada, ¿no?

—Crecí en una granja cerca de Fremont, Nebraska —dijo el nebraskano.

Sarah no dijo nada. Cuando se volvió a mirar, Sarah estaba soplándole un beso desde el umbral, y un instante después ya había desaparecido.

El nebraskano se encogió de hombros, puso la maleta encima de la cama y la abrió. Aparte de sus cuadernos de anotaciones, había traído consigo su manoseado ejemplar de Variedades del cuento popular y Los dioses que precedieron a los griegos, de Schmit, que tenía intención de leer desde hacía tiempo. Los Thacker pronto estarían en su sala viendo la televisión. El nebraskano supuso que una o dos horas de ausencia les parecerían disculpables. De hecho, hasta era posible que su inesperada visita hubiera sido una sorpresa agradable. Tuvo la corazonada de que Sarah, rubia y esbelta como el tronco de un sauce, estaría sentada en el sofá y que no habría ningún otro sitio libre salvo a su lado.

Pero el dormitorio contaba con un asiento libre, una vieja pero robusta silla de madera con el fondo de enea. El nebraskano la llevó hasta la ventana y abrió el libro de Schmit, decidido a leer mientras hubiera luz suficiente. Sabía que Dis llegaba en su carroza para llevarse las almas de los griegos que habían fallecido, y quienes tenían miedo de pronunciar su nombre le llamaban El que Recoge a Muchos; pero el chupador de almas deforme y casi digno de compasión descrito por Hop Thacker no parecía tener nada en común con la oscura y majestuosa figura de Dis. ¿Habría existido alguna deidad anterior que prefigurase claramente al chupador de almas? Como la mayoría de estudiosos del folklore, el nebraskano estaba firmemente convencido de que sus temas y motivos básicos quizá no llegaran a alcanzar la categoría de eternos, pero sí eran muy antiguos. Abrió Los dioses que precedieron a los griegos. El índice de referencias parecía muy concienzudo.

Muertos, sus momias visitadas por An-uat, 2.

El nebraskano asintió para sí mismo y buscó la página indicada.

An-uat, Anuat, "Señor de la Tierra (la Necrópolis)", "El que Abre el Norte". Aunque es frecuentemente confundido con Anubis, al cual prestó su forma, está claro que el dios chacal An-uat mantuvo una identidad separada durante el período del Nuevo Reino. Las almas que se habían negado a subir en la barca de Ra (lo que implicaba no presentarse ante el trono de Osiris resucitado) quedaban bajo el poder de An-uat, quien visitaba a sus momias y arrastraba las almas hasta Tuat, el valle sin luz habitado por demonios que se extendía entre el lugar donde moría el viejo sol y aquel donde nacía el nuevo. An-uat y Anubis, no tan amenazador, rara vez pueden ser distinguidos en el arte, pero allí donde tal distinción resulta posible An-uat siempre es la figura más musculosa. Van Allen ha informado de que An-uat sigue siendo invocado por los magos modernos de Egipto (tanto musulmanes como coptos), quienes le llaman Ju'gu.

El nebraskano se puso en pie, dejó el libro sobre la silla, fue hasta la cómoda y volvió. La función de aquel mito de cinco mil años de antigüedad era idéntica a la del chupador de almas, y no estaba nada seguro de que la similitud fuese meramente accidental. Que el folklore de los Apalaches pudiera haber sido influido por las creencias ocultistas del Egipto moderno parecía una hipótesis salvajemente improbable, pero no tenía nada de imposible. El nebraskano se recordó que después de la guerra de secesión el Ejército de Estados Unidos había importado no sólo camellos sino también camelleros egipcios; y Harry Houdini, el artista de las fugas, había descrito con todo lujo de tétricos detalles su encierro dentro de la Gran Pirámide. No cabía duda de que su relato había sido adornado por la imaginación, pero... ¿Sería posible que alguna de sus giras europeas hubiese incluido una visita a Egipto? Miles de soldados norteamericanos debían de haber visitado Egipto durante la segunda guerra mundial, pero tampoco cabía duda de que la historia del chupador de almas era más antigua y, probablemente, anterior a Houdini.

El aspecto también parecía ser distinto, pero... ¿Cuáles eran las auténticas diferencias entre el tal Ju'gu y el chupador de almas? An-uat era representado como un hombre muy musculoso con cabeza de chacal. El chupador de almas era...

El nebraskano sacó la minigrabadora del bolsillo, rebobinó la cinta y se puso el audífono.

El chupador de almas parecía un hombre, "sólo que con las piernas torcidas y un cuello muy flaco y raro". Y, sin embargo, no era un hombre, aunque el rasgo que le separaba de la humanidad no quedaba nada claro... Una cabeza semejante a la de un perro parecía una posibilidad, desde luego, y An-uat podía haber cambiado mucho a lo largo de cinco mil años.

El nebraskano volvió a sentarse y abrió el libro, pero el sol ya casi rozaba el horizonte. Estuvo uno o dos minutos pasando páginas al azar y acabó saliendo del dormitorio para ir a la sala y reunirse con los Thacker.

Las vacuidades de la televisión jamás le habían parecido menos reales o carentes de significado. Sus ojos seguían los movimientos de los actores que aparecían en la pantalla, pero su atención estaba concentrada en el calor del cuerpo de Sarah y el olor de las más bien excesivamente generosas dosis de perfume que se había puesto y, todavía más que en eso, en una escena que quizá nunca había ocurrido. El nebraskano no paraba de pensar en aquella mula muerta hacía mucho tiempo que yacía en un campo y en los tiradores ocultos allí donde empezaba la espesura del bosque. El coronel Lighfoot debía de haber sido una figura histórica de considerable fama local, y parecía lógico suponer que la mayoría de quienes habían escuchado las narraciones del señor Thacker estaban familiarizados con él. Laban Creech quizá hubiera sido real y quizá no. En cuanto al tercer tirador, el que parecía desempeñar un papel menos importante, el señor Thacker había optado por llamarle Cooper, el mismo apellido que el nebraskano, y ahora que pensaba en ello su elección le pareció un tanto misteriosa.

Naturalmente, el que hubiera tres tiradores se debía a que en el folklore casi nunca hay ningún número superior a la unidad salvo el tres; pero el que hubiera usado su apellido le parecía bastante extraño. Debía de haber sido algún capricho de la ya algo vacilante memoria del anciano. Recordaba que su apellido era "Cooper", y había cometido el error de atribuírselo al tercer tirador.

Poco a poco y de forma casi imperceptible el nebraskano se dio cuenta de que los Thacker estaban prestando tan poca atención a la pantalla como él. Reían chistes que nadie había contado, no mostraban ninguna irritación ni ante los anuncios más insistentes y no comentaban aquel horrible programa ni entre ellos ni con él.

La hermosa Sarah estaba sentada decorosamente a su lado con las rodillas muy juntas, sus largas piernas cruzadas a la altura de sus esbeltos tobillos y sus manos algo enrojecidas de tanto lavar platos encima del delantal. El anciano se mecía a su derecha, y las leves protestas de su mecedora eran tan regulares y lentas como el tic tac del reloj de péndulo que había en un rincón de la sala. El señor Thacker tenía las manos apoyadas en la curva de su bastón, y su rostro mostraba un fruncimiento de ceño que no parecía dirigido a nada en particular.

Su hijo se había sentado a la izquierda de Sarah, y el nebraskano apenas podía verle. El más joven de los dos Thacker se puso en pie y fue a la cocina haciendo crujir los nudillos mientras caminaba, volvió sin traer consigo nada de comer o de beber y volvió a sentarse, pero se levantó menos de medio minuto después.

—Quizá quiera algunas galletas o un poco más de limonada —invitó Sarah volviéndose hacia él.

El nebraskano meneó la cabeza.

Gracias, señorita Thacker; pero si como un bocado más me quedaré dormido.

Qué extraño. Sus manos se habían tensado.

—Podría traerle un trozo de pastel.

—No, gracias.

Por suerte, el episodio de aquella horrible serie acababa de terminar y había sido sustituido por un amanecer multicolor en las llanuras de Africa. El nebraskano pensó que ése era el paisaje que debía verse desde la embarcación de Ra cuando surgía en todo su esplendor de la garganta oscura llamada Tuat para dar luz a la humanidad. Durante un momento se imaginó una embarcación mucho más pequeña y menos radiante, un casco negro en el que se amontonaban los muertos recalcitrantes cuyo timonel era un hombre con cabeza de chacal. Una mancha minúscula recortándose contra el disco llameante del sol africano... ¿Cómo se titulaba aquel libro de Von Daniken? Naves..., no, Las carrozas de los dioses. Nada menos que naves espaciales... Y eso también era folklore o, por lo menos, estaba convirtiéndose rápidamente en folklore. El nebraskano ya lo había visto ocurrir en dos ocasiones.

Una cebra yacía inmóvil sobre la llanura. La cámara se fue acercando a ella. Cuando estuvo muy próxima apareció la cabeza de una hiena inmensa con las fauces llenas de carroña. El anciano apartó la vista y la brusquedad de su movimiento atrajo la atención del nebraskano.

Miedo... Sí, naturalmente, era eso. Se maldijo por no haber identificado antes la emoción que impregnaba la atmósfera de la sala. Sarah estaba asustada, y el anciano también lo estaba..., tenía un miedo horrible. Hasta el padre de Sarah parecía asustado y nervioso, y no conseguía estarse quieto. Se reclinaba en su asiento y se echaba hacia adelante, movía los pies y se limpiaba las palmas de las manos en la descolorida tela caqui que cubría sus muslos.

El nebraskano se puso en pie y se estiró.

—Tendrán que disculparme. El día ha sido muy largo.

—Estaba a punto de acostarme, señor Cooper —dijo Sarah después de que el largo silencio de los dos hombres dejara bien claro que no iban a abrir la boca—. Si quiere bañarse...

El nebraskano vaciló, intentando adivinar cuál sería la contestación que se esperaba de él.

—Si no es demasiada molestia... Sí, sería muy agradable.

Sarah se levantó a toda prisa.

—Le traeré algunas toallas y lo demás.

El nebraskano volvió a su habitación, se desnudó, se puso el pijama y un albornoz. Sarah estaba esperándole ante la puerta del cuarto de baño con una barra de jabón Zest y un mínimo de seis toallas.

—¿Puede contarme cuál es el problema? —murmuró el nebraskano mientras aceptaba las toallas—. Quizá pueda ayudarles...

—Podríamos ir al pueblo, señor Cooper. —Sarah alzó la mano y, después de vacilar durante unos momentos, se la puso en el brazo—. Soy bastante bonita, ¿no le parece? No tendría que casarse conmigo ni nada parecido, podría marcharse por la mañana...

—Sí —dijo el nebraskano—. De hecho, es usted muy bonita, pero su familia... Nunca podría hacerles algo semejante.

—Vuelva a vestirse. —La voz de Sarah apenas si era audible y sus ojos no se apartaban del final de la escalera—. Dígales que le duele algo, que necesita ver a un médico. Yo saldré por la parte de atrás y daré la vuelta a la casa. Espéreme debajo de ese olmo tan grande.

—Señorita Thacker, no puedo hacerlo... De veras —dijo el nebraskano.

Una vez dentro de la bañera se dijo que se había comportado como un perfecto imbécil. ¿Cómo le había descrito aquella chica de su última clase? Un romántico incurable... Pasar la noche con una joven atractiva habría sido muy agradable (y llevaba varios meses sin acostarse con una mujer), y además la habría salvado de... ¿De qué? ¿De una paliza administrada por su padre? No había visto morados en la piel de sus brazos, y no le faltaba ningún diente. En cuanto a aquella nariz tan delicada... No, jamás había sido rota.

Podría haber pasado la noche con una joven preciosa..., de la que luego se habría sentido responsable durante el resto de su existencia. Se imaginó la referencia en la Revista de Folklore Norteamericano: "Recogida por el doctor Samuel Cooper, U. de Neb., de Hopkin Thacker, 73 años, cuya nieta fue seducida y abandonada por el doctor Cooper".

Lanzó un bufido de disgusto, se puso en pie, dio un tirón a la cadenita del tapón de goma blanco que obstruía el desagüe de la bañera y cogió una de las toallas que le había traído Sarah. Un trocito de papel aleteó por el aire hasta caer sobre la alfombra de baño color amarillo. El nebraskano lo cogió y sus dedos humedecieron el trocito de papel rayado arrancado a un cuaderno de anotaciones.



No le diga nada de lo que el abuelo le ha contado. Era la letra de una mujer, tan concienzuda y decidida a resultar legible que casi parecía infantil.

Estaba claro que Sarah había previsto su negativa y había actuado en consecuencia para protegerse. Supuso que la persona a quien no debía decirle nada era su padre, a menos que hubiera otro varón en la casa o se esperara la visita de alguno. No, estaba casi seguro de que se refería a su padre.

El nebraskano rompió la nota en trocitos muy pequeños y los echó por el retrete, se secó con dos toallas, se cepilló los dientes y volvió a ponerse el pijama y el albornoz. Después salió al pasillo sin hacer ningún ruido y se quedó inmóvil escuchando.

La televisión de la sala seguía encendida, aunque el volumen estaba bastante bajo. No había más voces que las del aparato, y tampoco pudo oír ningún sonido de pasos o golpes. ¿Qué era lo que tenía tan asustados a los Thacker? ¿El chupador de almas? ¿Las viejas divinidades egipcias que llevaban tanto tiempo convertidas en polvo?

El nebraskano volvió a entrar en su habitación y cerró la puerta detrás de él. Fuera lo que fuese, no era asunto suyo. Por la mañana desayunaría con ellos, oiría una o dos historias más de labios del anciano y se olvidaría de toda aquella familia.

Algo se movió cuando apagó la luz, y durante un segundo vio su propia sombra sobre la persiana de la ventana con la de algo o alguien detrás de él, un hombre todavía más alto que él, un silueta de hombros muy anchos que tenía las orejas puntiagudas o un par de cuernos.

Lo cual era ridículo, naturalmente. La vieja lámpara de latón del techo estaba en el centro de la habitación y el interruptor se encontraba junto a la puerta, con lo que no podía estar más lejos de la ventana. No había forma alguna de que su sombra —o cualquier otra—, pudiera haberse proyectado sobre esa persiana. Él y lo que creía haber visto, fuera lo que fuese, tendrían que haber estado de pie en el otro extremo de la habitación, entre la luz y la ventana.

Parecía que alguien había movido la cama. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. ¿Cuál era el mobiliario de la habitación? La cama, la silla en la que había estado leyendo —debía seguir junto a la ventana, allí donde la había dejado—, una cómoda con un espejo algo deslustrado y... Se devanó los sesos intentando recordar. Quizá hubiera una mesilla de noche. La mesilla debía estar junto a la cabecera de la cama, si es que había una.

La habitación se había llenado de susurros. Era el viento del exterior. Las ventanas estaba abierta de par en par, y la vieja casa se encontraba rodeada por un macizo de arces enormes. Las ventanas ya eran visibles: unos rectángulos pálidos en la oscuridad. Fue hacia una de ellas lo más cautelosamente que pudo y subió la persiana. La luz de la luna invadió el dormitorio. Allí estaba su cama y allí su silla, a su izquierda delante de una ventana. Ninguna ráfaga de aire hacía moverse las ramas cargadas de hojas.

Se quitó el albornoz y lo colgó sobre uno de los postes de la cama, tiró de la colcha y la sábana de arriba hasta dejarlas a los pies del lecho y se acostó. Había oído algo..., o quizá no fuese nada. Había visto algo.... o nada en absoluto. Pensó con añoranza en su apartamento de Lincoln y en el año sabático que había pasado en Grecia, hacía ya casi doce meses. El sol arrancando destellos al golfo de Salónica...

El círculo blanco amarillento de la luna flotaba sobre las aguas estancadas. La ciudad de los muertos estaba más allá, calles y más calles angostas llenas de tumbas silenciosas, un laberinto de muerte y piedra. Un chacal aulló a lo lejos. Nada se había movido allí durante eras. Los rostros de límpidos ojos pintados en las paredes parecían burlarse de los cráneos vacíos que se amontonaban al otro lado de los restos de las puertas.

Un segundo chacal apareció al final de una de las serpenteantes avenidas de los muertos. Alzó la cabeza, irguió las orejas y contempló el vacío escuchando el silencio antes de volver a clavar los dientes en la cosa destrozada que había arrastrado hasta allí. Sin ojos, reseco, manchado de bitumen y envuelto en vendajes podridos... El nebraskano reconoció su propio cuerpo.

Y un instante después estaba allí, yaciendo impotente en la calle bajo el sudario de la noche. Los ojos relucientes del chacal ardieron durante un segundo sobre él; sus fauces se cerraron y una de sus clavículas se partió...

El chacal y la ciudad iluminada por la luna se desvanecieron. Se irguió de golpe, asustado y tembloroso. No sabía dónde estaba. El sudor corría por su frente y le entraba en los ojos.

Un sonido.

Se puso en pie y buscó a tientas el interruptor de la luz. Tenía que expulsar definitivamente al chacal y el recuerdo de aquella ciudad maldita donde nunca brillaba el sol. El dormitorio estaba tal y como lo recordaba o, al menos, eso le pareció—, dejando aparte el contorno de humedad que su delgado cuerpo había producido en la sábana. Su maleta estaba delante de la cómoda con su estuche de afeitado encima; Los dioses que precedieron a los griegos esperaba que su cuerpo volviera a posarse en el enrejado de enea de la vieja silla.

—Debes venir a mí.

Giró en redondo. Estaba solo en la habitación y no pudo ver a nadie en las ramas del arce o en el suelo que había debajo. Pero las palabras habían sonado con toda claridad, y quien las pronunció parecía estar casi junto a su oreja. Miró debajo de la cama, sintiéndose como un perfecto idiota. No había nadie, y tampoco había nadie en el armario.

El picaporte se negaba a girar en su mano. Le habían encerrado. Quizá fuera ése el ruido que le había despertado... El chasquido del pestillo al entrar en el hueco del quicio. Se acuclilló para mirar por el agujero de aquella vieja cerradura. El tramo de pasillo sumido en la penumbra que podía ver estaba vacío. Se puso en pie. Un objeto duro se incrustó en la planta de su pie derecho y se inclinó para ver qué era.

Era la llave. La cogió. Alguien había cerrado su puerta con llave, la había deslizado por debajo del panel y (posiblemente) había hablado con los labios pegados al agujero de la cerradura.

O quizá sólo fuese un fragmento del sueño que había permanecido con él. Sí, tenía que haber sido la voz del chacal...

La llave giró en la cerradura sin hacer ningún ruido. Salió al pasillo y creyó detectar la fragancia del perfume de Sarah, aunque no podía estar seguro. Quizá hubiera sido Sarah. Le había encerrado y había deslizado la llave por debajo de la puerta para que pudiera salir por la mañana. ¿A quién intentaba impedir la entrada en su dormitorio?

Volvió al dormitorio, cerró la puerta y se quedó inmóvil junto a ella durante unos momentos contemplando la llave que sostenía en la mano. Aquella cerradura tan tosca y anticuada no habría detenido durante mucho tiempo a un intruso y, naturalmente, le haría perder algún tiempo cuando respondiera... ¿Cuando respondiera a la llamada de quién? ¿Y por qué debía responder a alguna llamada?

Volvía a estar asustado, o quizá nunca había dejado de estarlo. Buscó alguna otra luz. Nada. Ninguna luz para leer encima de la cama, la mesilla de noche estaba vacía, no había ninguna lámpara de pie, las paredes estaban desnudas... Hizo girar la llave en la cerradura y, tras habérselo pensado unos momentos, la dejó caer en el primer cajón de la cómoda y cogió el libro.

Abadón. El ángel de la destrucción enviado por Dios para convertir el Nilo y todas sus aguas en sangre y para matar al primogénito varón de cada familia egipcia. La mano de Abadón no cayó sobre los Hijos de Israel porque habían untado sus puertas con la sangre del cordero pascual. Esta sustitución ha sido considerada en más de una ocasión como un precedente del sacrificio de Cristo.

Am-mit, Ammit, "Devorador de los Muertos". Esta diosa egipcia vigilaba la entrada que llevaba al trono de Osiris en el mundo subterráneo y se alimentaba con las almas de aquellos que eran condenados por Osiris. Tenía la cabeza de un cocodrilo y las patas delanteras de un león, y el resto del cuerpo de hipopótamo, Figura 1. El gran templo consagrado a Am-mit en Henen—su (Heracleópolis) fue destruido por Octavio, quien hizo empalar a sus sacerdotes.

An-uat, Anuat, "Señor de la Tierra (la Necrópolis)", "El que Abre el Norte". Aunque es frecuentemente confundido con Anubis...

El nebraskano dejó el libro a un lado. La luz de la lámpara del techo no permitía leer. La apagó y volvió a acostarse.

Alzó los ojos hacia la oscuridad del techo y empezó a pensar en el extraño título de An-uat, El que Abre el Norte. Devorador de los Muertos y Señor de la Tierra... Esos dos no encerraban ningún misterio. O, mejor dicho, Señor de la Tierra parecía lógico gracias a que Schmit explicaba la referencia a la necrópolis. (Estaba claro que esa explicación era la fuente de su sueño.) Entonces, ¿por qué no daba ninguna explicación que aclarase por qué se le llamaba El que Abre el Norte? Presumiblemente porque no tenía ninguna que dar. Bueno, "abrir" podía entenderse como haber sido el primero en seguir cierta dirección. Quien abría el camino dejaba huellas y hacía más fácil que quienes venían detrás pudieran seguirlo. El Nilo fluía hacia el norte, por lo que An'uat podía haber sido concebido como el dios que precedió a los egipcios cuando abandonaron las aguas de su río para navegar por el Mediterráneo. De hecho, unas horas antes él mismo se había imaginado a An'uat en una embarcación porque se suponía que existía un Nilo celeste (¿sería la Vía Láctea?) y porque sabía que los egipcios creían que existía un análogo divino del Nilo por donde viajaba la embarcación solar de Ra. Y, por supuesto, la Vía Láctea era el lago de estrellas donde flota el sol... Sí, literalmente era eso...

El chacal soltó el cadáver que había estado transportando en sus fauces, tosió y vomitó un montón de carroña que hervía de gusanos. El nebraskano cogió una piedra que se había desprendido de una de las tumbas medio derrumbadas y se la arrojó. El proyectil golpeó al chacal justo debajo de una oreja.

El chacal se alzó sobre sus patas traseras. Su rostro seguía siendo el de una bestia, pero sus ojos eran los de un hombre.

—Esto es para ti —dijo señalando hacia la masa de carne que se agitaba incesantemente—. Cógelo y ven a mí.

El nebraskano se arrodilló y cogió uno de los gusanos que se deslizaban sobre el vómito maloliente. El gusano era de un color blanco con rayas y manchas escarlata, y le bastó con verlo para sentir un anhelo que jamás había experimentado antes. Se lo metió en la boca y el gusano trajo consigo paz, salud, amor y el deseo de algo que no podía nombrar.

La voz del viejo Hop Thacker le llegó desde una distancia infinita.

—No dispare nunca contra nada sin estar totalmente seguro de lo que es, jovencito.

Otro gusano, y otro más, y cada uno era tan bueno como el anterior.

—Te enseñaremos —dijeron los gusanos hablando con su boca—. ¿Acaso no hemos venido de las estrellas? El deseo que ellas te inspiran ha despertado, Hombre de la Tierra.

Y la voz de Hop Thacker...

Gusanos de la tumba, ¿sabe?

—Ven a mí.

El nebraskano cogió la llave que había guardado en el cajón. Bastaría con abrir la tumba más próxima. El chacal señaló la cerradura.

—Si tiene hambre chupará una persona viva, y la persona tiene que luchar o morir.

—Ven a mí, Hombre de la Tierra. Ven, deprisa...

La voz de Sarah se había unido a la del anciano y sus palabras se confundían. La oyó gritar, y las figuras pintadas que adornaban la tumba desaparecieron.

La llave giró en la cerradura. El hijo de Hop Thacker salió de la tumba.

—Joe, chico! Joe! —gritó su padre detrás de él.

Y le golpeó con su bastón. La sangre brotó del cuero cabelludo de su hijo, pero no se volvió a mirar.

—Lucha, jovencito! Tienes que luchar!

Alguien encendió la luz. El nebraskano retrocedió hacia la cama.

—¡Pa, no!

Sarah llevaba el enorme cuchillo de carnicero en la mano. Lo alzó por encima de la cabeza de su padre y lo hizo bajar. Su padre la cogió por la muñeca y giró sobre sí mismo. El movimiento reveló una herida que recorría toda su espalda. El cuchillo y Sarah cayeron al suelo.

El nebraskano agarró al hijo de Thacker por el brazo.

—¿Qué está ocurriendo? —le preguntó.

—Es amor —replicó él—. Ésa es tu palabra, Hombre de la Tierra. Es amor.

Tenía la boca abierta, pero no había ninguna lengua visible entre sus labios. Su boca estaba llena de gusanos que no paraban de retorcerse, y entre los gusanos se distinguía el brillo de las estrellas.

El nebraskano golpeó aquellos labios con toda la fuerza de su puño derecho. El impacto hizo que la cabeza del hijo de Thacker saliera despedida hacia atrás y una punzada de dolor recorrió el brazo del nebraskano. Volvió a golpearle, esta vez con la izquierda, y el hijo de Thacker le agarró por la muñeca como había agarrado antes a Sarah. El nebraskano intentó retroceder y luchó por liberarse. La cama chocó con sus piernas a la altura de las rodillas, haciendo que le resultara aún más difícil moverse.

Vio cómo se inclinaba sobre él. Su boca seguía abierta y los labios sangraban, y en sus ojos había un dolor tan inmenso que el nebraskano jamás lo habría creído posible.

—Ábrete a mí —dijo el chacal.

—Sí —dijo el nebraskano—. Sí, lo haré.

No sabía que poseyera un alma, pero pudo sentir cómo corría hacia su garganta y empezaba a subir por ella.

El hijo de Thacker puso los ojos en blanco. Su boca se abrió al máximo, revelando por un instante la criatura de cuerpo viscoso con un gran número de tentáculos que había dentro de ella. Después se derrumbó sobre la cama, medio cayendo y medio rodando.

Hop Thacker le contempló con las manos temblorosas durante un segundo que pareció mucho más largo. El anciano dio un paso hacia atrás y cayó también, desmadejándose de una forma horrible y torpe, y su cabeza golpeó el suelo con un crujido claramente audible.

—¡Abuelo!

Sarah se arrodilló junto a él.

El nebraskano se puso en pie. El gastado mango marrón del cuchillo de carnicero asomaba de la espalda del hijo de Thacker. Un poquito de sangre, mucha menos de la que había esperado ver, se deslizó a lo largo de la madera pulida por el uso y formó un charco carmesí sobre la sábana.

—Ayúdeme, señor Cooper. Tengo que acostarle.

El nebraskano asintió, se inclinó sobre el único señor Thacker que seguía con vida y le incorporó.

—¿Cómo se encuentra?

—No muy bien —admitió el anciano—. No me encuentro nada bien...

El nebraskano se pasó el brazo derecho del anciano por encima de su cuello y le alzó en vilo.

—Puedo llevarle. Tendrá que enseñarme dónde está su dormitorio.

—Joe casi siempre se comportaba como si no hubiese cambiado. —La voz del anciano era un murmullo tan débil y distante como cuando la había oído en la ciudad de los muertos del sueño—. Eso es lo que ha de entender... La mayor parte del tiempo, y cuando... Cuando lo hacía ya estaban muertos, ¿comprende? Muertos o a punto de morir... No hacía mucho daño a nadie.

El nebraskano asintió.

Sarah ya estaba en el pasillo, tambaleándose y sollozando. Vestía un viejo camisón blanco que bien podía haber pertenecido a su madre.

—Entonces llegó usted. Y Joe... Nos obligó. Dijo que tenía que seguir hablando y ordenó a Sarah que le invitase a cenar.

—Me contó esa historia para advertirme —dijo el nebraskano.

El anciano asintió débilmente con la cabeza. Acababan de entrar en su dormitorio.

—Fui muy astuto, ¿verdad? Pero la historia era cierta, aunque no se llamaban Cooper ni Creech...

—Comprendo dijo el nebraskano.

Acostó al anciano sobre su cama y le tapó con una manta.

—Le he matado, ¿verdad? He matado a Joe, he matado a mi chico...

—No fuiste tú, abuelo.

Sarah había encontrado un gran pañuelo de hombre. Debía haber estado hurgando en los cajones de su abuelo. Se sonó la nariz con él.

—Eso es lo que dirán.

El nebraskano se dio la vuelta.

—Tenemos que encontrar a esa cosa y destruirla. Es lo que tendría que haber hecho primero... Antes de haber completado el pensamiento ya estaba corriendo por el pasillo hacia el cuarto en que había dormido.

Hizo rodar a Thacker sobre sí mismo todo lo que permitía el mango del cuchillo y puso sus piernas sobre la cama. La mandíbula de Thacker colgaba fláccidamente; su lengua y su paladar estaban cubiertos por una capa de gelatina traslúcida que emitía un débil olor parecido al del amoníaco. Por lo demás, su boca era perfectamente normal.

—Es un espíritu —dijo Sarah desde el umbral—. Ahora se meterá dentro del abuelo porque lo mató. Es lo que siempre dijo.

El nebraskano se irguió y se volvió hacia ella.

—Es una criatura viva, una especie de calamar, y llegó aquí desde... —Movió la mano como queriendo indicar que eso no tenía importancia—. Tanto da. Aterrizó en el norte de Africa, o por lo menos creo que debió de ser ahí, y si estoy en lo cierto fue devorada por un chacal. Por lo que he leído, los chacales son capaces de comerse casi cualquier cosa. Sobrevivió dentro del chacal convertida en una especie de parásito intestinal. Después debió arreglárselas para pasar al cuerpo de un hombre, no sé cómo...

Sarah estaba contemplando a su padre. Ya no le escuchaba.

—Ahora descansa en paz, señor Cooper. Un día disparó contra el viejo chupador de almas en el bosque. Eso es lo que cuenta el abuelo, y desde entonces no ha conocido el descanso, pero ahora está en paz. Entonces yo sólo tenía ocho o nueve años, y durante mucho tiempo el abuelo temió que se metiera dentro de mí, pero nunca lo hizo...

Puso sus pulgares sobre los párpados del muerto y se los bajó. O se ha alejado reptando o... —empezó a decir el nebraskano.

Y, de repente, Sarah se dejó caer de rodillas junto a su padre muerto y le besó.

El nebraskano fue retrocediendo a tientas hacia el umbral, y cuando por fin logró salir de la habitación el muerto y la joven seguían sin haberse movido, unidos en aquel beso. El rostro de Sarah mostraba una expresión de éxtasis y sus dedos se enredaban en la cabellera del muerto. Cuando cruzó el Missisippi dos días después, el nebraskano seguía viendo aquel beso en las sombras que había junto a la carretera.

 

 








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