El sombrero, el pegamento y el fantasma



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El sombrero, el pegamento y el fantasma

la mañana siguiente, antes de que su padre fuera al garaje, Matilda secretamente cogió su sombrero y puso una fina línea de pegamento en la cinta de cuero del interior del sobrero. Era un pegamento muy fuerte.

El señor Wormwood no notó nada cuando se puso su sombrero, pero  cuando llegó al garaje no pudo quitárselo. Tuvo que tenerlo puesto todo el día y la gente pensaba que era  muy extraño esa manera de actuar.  

Al llegar a casa esa tarde su mujer le dijo:


- Ven aquí. Yo te lo quitaré.

Ella empezó a tirar del sombrero con todas sus fuerzas.

- ¡Para! – gritó el señor Wormwood-. ¡Me vas a arrancar la piel!

- ¿Te ha crecido la cabeza, papá? - preguntó Matilda.

-¡ Cállate! - respondió su padre.

Él no tuvo más remedio que llevar puesto el sombrero durante toda la cena. Más tarde, su mujer le miró mientras daba vueltas por el dormitorio, vestido con su pijama morado, con su sombrero en la cabeza y pensó:

- ¡ Qué ridículo parece!

A la mañana siguiente, ella tomó la decisión de cortarle poco a poco el sombrero. Después, le cortó el pelo de raíz porque tenía pegados trozos de cuero de la cinta interior del sombrero, aun así, en la frente del señor Wormwood había pegados trocitos de la cinta de cuero del sombrero, que no podía quitarse por más que se lavara.

- Debes tratar de quitarte esos trocitos de la frente, papá. – le aconsejó Matilda durante el desayuno-. Parecen pequeños insectos de color marrón. La gente pensará que tienes piojos.

-¡Cállate! – gritó su padre.

Después de este suceso las cosas se tranquilizaron durante una semana. Luego, una tarde el señor Wormwood dejó su coche en el garaje y subió a casa muy enfadado.

Matilda estaba leyendo en una rincón de la sala. Su padre conectó la televisión, se puso a ver el programa más ruidoso que pudo encontrar y miró con ira a su hija.

-¿No te cansas nunca de leer? – le chilló su padre.

- No tienes hoy un buen día, papá - le comentó cariñosamente Matilda.

-¿De qué trata ese estúpido libro? – le interrogó, arrancándoselo de sus manos.

- No es una bobada de libro – le respondió su hija-. Es sobre...

-No quiero saber de qué trata – vociferó el señor Wormwood -. Vete de aquí y encuentra algo útil que hacer, mientras arrancaba las hojas del libro.

Matilda estaba atemorizada.

-Es un libro de la biblioteca- dijo la niña-. Tengo que devolvérselo a la señora Phelps.

-Entonces tendrás que comprar uno nuevo para tu querida señora Phelps, ¿verdada? -dijo su padre, dejando caer en el suelo las últimas hojas mientras salía de la sala.

Matilda no lloró. Se sentó tranquila durante unos minutos y poco a poco empezó a idear un plan, pero dependía de que el loro de Fred fuera tan buen hablador como Fred decía.

Fred era un chiquillo de seis años que vivía justo a la vuelta de la esquina. A menudo hablaba sobre su maravilloso loro, diciendo lo buen hablador que era.

-Mi padre me lo regaló – mencionó Fred.

Tan pronto como su madre se marchó a jugar al bingo, Matilda se encaminó a casa de Fred para averiguarlo. Llamó a la puerta y le preguntó si sería tan amable de enseñarle el famoso pájaro. Fred estuvo encantado y la condujo a su dormitorio donde, en una jaula de gran altura, se encontraba un loro precioso.

- Ahí está –dijo Fred-. Se llama Chopper.


  • Hazlo hablar – ordenó Matilda.

  • No puedes hacerle hablar- manifestó Fred -. Hay que tener paciencia. Habla cuando quiere.

De repente, el loro dijo: “Hola, hola, hola”. Era igual que una voz humana.

Matilda quedo sorprendida al oír hablar al loro.

-“¡Es asombroso! - exclamó Matilda-. ¿Qué más sabe decir?

-¡No fastidies! – dijo el loro, imitando muy bien a una voz fantasmal-. ¡No fastidies!



  • No para de decir eso – rió Fred.

  • ¿Me lo dejarías una noche?

  • No –contestó Fred.

  • Te daré mi paga de la semana que viene –aseguró Matilda.

  • De acuerdo –aceptó Fred-. Pero debes prometerme que me lo devolverás mañana.

Matilda regresó a su casa y escondió el loro en la chimenea de la sala, fuera de la vista. Esa noche, mientras toda la familia estaba cenando en la sala, frente a la televisión, llegó del comedor una voz fuerte y clara. Dijo: “¡Hola, hola, hola!”

-¡Harry! -exclamó sobresaltada la madre, poniéndose pálida-. ¡En la casa hay alguien!¡He oído una voz!

Matilda apagó la televisión, dejaron de comer y se quedaron en silencio, con el oído atento.

De nuevo escucharon la voz:

-¡Hola, hola, hola!

-¡Son ladrones! –susurró la madre-. ¡Están en el comedor Harry, ve y cógelos!



  • ¿Por qué no vamos todos? - sugirió el padre.

Los cuatro se dirigieron cautelosamente hacia el comedor. La madre con el atizador del fuego; el padre con un palo de golf; el hermano con una lámpara; Matilda con un cuchillo. El señor Wormwood permanecía unos pasos detrás de los demás. Matilda empujó la puerta y miraron alrededor de la habitación, pero no había nadie allí.

- Aquí no hay nadie –dijo el padre, con gran alivio.

-¡Yo lo oí, Harry – chilló la madre-. Alguien hay aquí, en alguna parte –añadió la madre temblando de miedo.

En ese momento volvió a oírse la voz, ahora suave y fantasmal.

-¡No fastidies! - exclamó-. ¡No fastidies!

Dieron un brinco, sobresaltados y miraron a su alrededor. No había nadie.



  • ¡Es un fantasma –afirmó Matilda. Sé que es un fantasma! Le he oído antes en esta habitación. Creo que este lugar está encantado.

  • ¡Sálvanos! –gritó la madre, casi estrangulando a su marido.

  • Yo me voy de aquí –afirmó el padre, con su cara completamente gris. Salieron todos cerrando la puerta tras ellos.

A la tarde siguiente, Matilda se las arregló para sacar de la chimenea al loro y salió por la puerta trasera y lo llevó a casa de Fred.

-¿Se portó bien? –le preguntó Fred.



- Lo hemos pasado estupendamente con él –dijo Matilda-. A mis padres les ha encantado.


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