El umbral de la



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STEPHEN

KING


EL UMBRAL DE LA

NOCHE


INTRODUCCIÓN

A menudo, en las fiestas (a las que evito concurrir siempre que puedo) alguien

me da un fuerte apretón de manos, sonriendo, y después me dice, con aire de

jubilosa conspiración: «Sabe, siempre he deseado escribir.»

Antes, yo trataba de ser amable.

Ahora contesto con la misma regocijada excitación:

«Sabe, siempre he deseado ser neurocirujano.»

Me miran con perplejidad. No importa. Últimamente circula por el mundo mucha

gente perpleja.

Si quieres escribir, escribes.

Sólo escribiendo se aprende a escribir. Y ése, en cambio, no es un buen

sistema para enfrentarse a la neurocirugía.

Stephen King siempre ha deseado escribir, y escribe. Así escribió Carne y La

hora del vampiro e Insólito esplendor y los buenos cuentos que leeréis en este

libro, y una cantidad fabulosa de otros cuentos y libros y fragmentos y ensayos y

otros materiales inclasificables, la mayoría de los cuales son tan espantosos que

nunca se publicarán.

Porque así es como se hace. No hay otro sistema. La diligencia compulsiva es

casi suficiente. Pero no es todo. Debes tener apetito de palabras. Glotonería.

Deseos de revolearte en ellas. Debes leer millones de palabras escritas por otros.

Debes leerlo todo con envidia devoradora o con hastiado desdén.

Casi todo el desdén hay que reservarlo para quienes disimulan la ineptitud

detrás de largas palabras, de la sintaxis germánica, de los símbolos obstructores,

sin ningún sentido de la narración, del ritmo y de los personajes.

Después debes empezar a conocerte muy bien a ti mismo, tanto como para

empezar a conocer a los demás. En cada persona con la que tropezamos en la

vida hay algo de nosotros.

Pues bien. Una diligencia estupenda, más amor por las palabras, más empatia,

y el resultado puede ser, penosamente, un poco de objetividad. Nunca la

objetividad total.

En este momento perecedero mecanografío estas palabras en mi máquina de

escribir azul, en el séptimo renglón de la segunda página de esta introducción, y

sé muy bien cuáles son el tono y el significado que quiero aportar pero no tengo la

certeza de estar lográndolos.

Puesto que llevo el doble de tiempo que Stephen King practicando el oficio, soy

un poco más objetivo respecto de mi obra que él respecto de la suya. La gestión

es muy dificultosa y lenta. Lanzas libros al mundo y es muy difícil quitártelos de la

mente. Son criaturas intrincadas, que tratan de progresar no obstante todos los

lastres que les has puesto. Me gustaría llevármelos a todos a casa y encarnizarme

con ellos por última vez. Página por página. Hurgando y limpiando, cepillando y

puliendo. Poniendo orden.

A los treinta años, Stephen King escribe mucho, mucho mejor de lo que yo

escribía a esa misma edad, o a los cuarenta.

Tengo derecho a odiarle un poco por esto.

Y creo saber que hay una docena de demonios ocultos entre los matorrales a

los que conduce su sendero, y aunque tuviera cómo advertírselo, sería inútil. Él los

doblegará o serán ellos quienes le dobleguen a él.

Es así de sencillo.

¿Me seguís?

Diligencia, pasión por las palabras y empatia equivalen a una creciente

objetividad... ¿y después qué?

El relato. El relato. ¡El relato, maldición!

El relato es algo que le ocurre a alguien por quien te preocupas, porque te han

inducido a ello.

Puede sucederle en cualquier dimensión —física, mental, espiritual— y en

combinaciones de esas dimensiones.

Sin la intromisión del autor.

La intromisión del autor es: «¡Por Dios, mamá, mira qué bien escribo!»

Otra forma de intromisión es grotesca. He aquí uno de mis ejemplos favoritos,

extraído de un Gran Best Seller de antaño: «Sus ojos se deslizaron por el peto del

vestido.»

La intromisión del autor consiste en una frase tan inepta que le recuerda

súbitamente al lector que está leyendo y lo ahuyenta. La conmoción le hace

abandonar el

relato.

Otra intromisión del autor es la minidisertación incrustada en el relato. Éste es



uno de mis defectos más lamentables.

Es posible que una imagen esté pulcramente elaborada, que sea sorpresiva y

que no rompa el hechizo. En un cuento de este libro, titulado «Camiones»,

Stephen King narra una tensa espera en una parada de camiones, y describe un

personaje: «Era un viajante y apretaba la maleta de muestras contra el cuerpo,

como si se tratara de su perro favorito que se había echado a dormir.»

Me parece muy pulido.

En otro cuento demuestra que tiene buen oído y es capaz de construir un

diálogo fiel y veraz. Un hombre y su esposa están realizando un largo viaje.

Transitan por una carretera poco frecuentada. Ella dice: «Sí, Burt. Sé que estamos

en Nebraska, Burt. Pero, ¿dónde demonios estamos?» Él responde: «Tú tienes el

mapa de carreteras. Míralo. ¿O acaso no sabes leer?»

Muy bien. Parece tan simple. Como la neurocirugía. El escalpelo tiene un borde

filoso. Lo coges así. Y cortas.

Ahora, a riesgo de ser iconoclasta, diré que me importa un bledo la temática

que Stephen King elige para sus obras. Lo menos significativo y útil que se puede

decir acerca de él es que actualmente le divierte escribir sobre espectros y

hechizos y cosas que se deslizan viscosamente por el sótano.

Aquí hay muchos deslizamientos viscosos, y hay una máquina de planchar

enloquecida que me quita el sueño, como os lo quitará a vosotros, y hay niños

convincentemente perversos, en número suficiente como para llenar Disneylandia

en cualquier domingo de febrero, pero lo más importante es el relato.

Te induce a preocuparte.

Recordad esto. Dos de los géneros literarios más difíciles son el humorístico y el

sobrenatural. Cuando son tratados por incompetentes, el humor resulta lúgubre y

lo macabro produce risa.

Pero una vez que aprendes a escribir, puedes abordar cualquier género.

Stephen King no se circunscribirá al género que actualmente tanto le interesa.

Uno de los cuentos más llamativos e impresionantes de este libro es «El último

peldaño de la escalera». Una joya. Sin un susurro ni un hálito de otros mundos.

Una última palabra.

No escribe para complaceros. Escribe para su propia satisfacción. Igual que yo.

En esas condiciones, a vosotros también os gustará la obra. Estos cuentos

complacieron a Stephen King y me complacieron a mí.

Por una extraña coincidencia, mientras escribo estas líneas la novela de

Stephen King Insólito esplendor y mi novela Condominio figuran en la lista de best

sellers. No nos disputamos vuestra atención. Competimos, supongo, con los libros

mal escritos, pretenciosos y sensacionales publicados por autores muy conocidos

que nunca se preocuparon realmente por aprender su oficio.

Desde el punto de vista del relato y del placer que éste

produce, no hay suficientes Stephen King para satisfacer a todos.

Si habéis leído esta introducción íntegra, espero que os sobre el tiempo.

Podríais haber estado leyendo los cuentos.

JOHN D. MACDONALD

PREFACIO

Hablemos, usted y yo. Hablemos del miedo. La casa está vacía mientras

escribo. Fuera, cae una fría lluvia de febrero. Es de noche. A veces, cuando el

viento sopla como hoy, se corta la electricidad. Pero por ahora tenemos corriente,

así que hablemos muy sinceramente del miedo. Hablemos de forma muy racional

de la aproximación al filo de la locura... y quizá del salto al

otro lado de ese filo.

Me llamo Stephen King. Soy un hombre adulto, con esposa y tres hijos. Los

amo y creo que este sentimiento es correspondido. Soy escritor y mi oficio me

gusta mucho. Mis ficciones —Carrie, La hora del vampiro y El resplandor— han

tenido tanto éxito que me permiten dedicarme exclusivamente a escribir, de lo cual

estoy muy complacido. A esta altura de la vida parezco estar bastante sano.

Durante el último año he podido cambiar los cigarrillos sin filtro que fumaba desde

los dieciocho años por otra marca con un bajo contenido de nicotina y alquitrán, y

todavía alimento la esperanza de poder librarme por completo de este hábito. Mi

familia y yo vivimos en una linda casa a orillas de un lago de Maine relativamente

libre de contaminación. El otoño pasado me desperté una mañana y vi un ciervo

en el jardín que se abre detrás de la casa, junto a la mesa para picnics. Es una

buena vida.

Pero..., hablemos del miedo. No levantaremos la voz ni gritaremos.

Conversaremos racionalmente, usted y yo. Hablaremos de la forma en que a

veces la sólida trama de las cosas se deshace con alarmante brusquedad.

Por la noche, cuando me acuesto, todavía tengo cuidado en asegurarme de que

mis piernas están debajo de las sábanas después de que se apagan las luces. Ya

no soy un niño pero..., no me gusta dormir con una pierna fuera. Porque si alguna

vez saliera de debajo de la cama una mano helada y me cogiera el tobillo, podría

lanzar un alarido. Sí, un alarido que despertaría a los muertos. Claro que estas

cosas no suceden, y todos lo sabemos. En los cuentos que siguen usted

encontrará toda clase de criaturas nocturnas: vampiros, amantes demoníacos,

algo que habita en un armario, otros múltiples terrores. Ninguno de ellos existe. Lo

que espera debajo de mi cama para pillarme el tobillo no existe. Lo sé. Y también

sé que si tengo la precaución de conservar el pie bajo las sábanas nunca podrá

pillarme el tobillo.

A veces hablo ante grupos de personas interesadas en el oficio de escribir o en

la literatura, y antes de que termine el tiempo reservado para las preguntas y

respuestas siempre se levanta alguien e inquiere: ¿Por qué ha elegido usted

escribir sobre temas tan macabros?

Casi siempre contesto con otra pregunta: ¿Qué le hace suponer que puedo

elegir?

Escribir es una ocupación en la que cada cual manotea lo que puede. Parece



que todos nacemos equipados con un filtro en la base del cerebro, y todos los

filtros son de distintas dimensiones y calibres. Es posible que lo que se atasca en

mi filtro pase de largo por el suyo. Y no se preocupe, es posible que lo que se

atasca en el suyo pase de largo por el mío. Aparentemente todos tenemos la

obligación innata de tamizar el sedimento que se atasca en nuestros respectivos

filtros mentales, y por lo general lo que encontramos se transforma en algún tipo

de actividad subsidiaria. Es posible que el contable también sea fotógrafo. Que el

astrónomo coleccione monedas. Que el maestro copie lápidas mediante frotes con

carbonilla. A menudo el sedimento depositado en el filtro mental, el material que

se resiste a pasar de largo, se convierte en la obsesión particular de cada uno. Por

acuerdo tácito, en la sociedad civilizada llamamos «hobbies» a nuestras

obsesiones.

A veces el hobby se transforma en una ocupación permanente. El contable

puede descubrir que con las fotos ganará lo suficiente para mantener a su familia;

el maestro puede adquirir tanta experiencia en los frotes de lápidas como para

dedicarse a pronunciar conferencias sobre el tema. Y hay algunas profesiones que

empiezan como hobbies y que continúan siendo hobbies aun después de que

quienes los practican consiguen ganarse la vida con ellos. Como «hobby» es una

palabreja muy manida y vulgar, también hemos adoptado el acuerdo tácito de

llamar «artes» a nuestros hobbies profesionales.

Pintura. Escultura. Composición musical. Canto. Actuación dramática.

Interpretación musical. Literatura. Sobre estos siete temas se han escrito

suficientes libros como para hundir con su peso una flota de transatlánticos de

lujo. Y en lo único en lo que al parecer nos ponemos de acuerdo respecto de ellos

es en lo siguiente: quienes se dedican sinceramente a estas artes seguirían

consagrándose a ellas aunque no les pagaran por sus esfuerzos, aunque sus

esfuerzos fueran criticados o incluso denigrados, aunque los castigaran con la

cárcel o la muerte. A mi juicio, ésta es una definición bastante buena de la

conducta obsesiva. Se aplica tanto a los hobbies simples como a los más

refinados que denominamos «artes». Los coleccionistas de armas ostentan en sus

automóviles adhesivos con la leyenda SÓLO ME QUITARÁ MI ARMA CUANDO

ME LA ARRANQUE DE MIS FRÍOS DEDOS CADAVÉRICOS; y en los suburbios

de Bostón, las amas de casa que descubrieron la militancia política durante el

conflicto del transporte de escolares fuera de sus distritos, exhibían a menudo en

los parachoques traseros de sus automóviles adhesivos análogos con la inscripción

IRÉ A LA CÁRCEL ANTES DE PERMITIR QUE SAQUEN A MIS HIJOS

DEL BARRIO. De igual modo, si mañana prohibieran la numismática, sospecho

que el astrónomo no entregaría sus viejas monedas de acero y níquel: las

envolvería cuidadosamente en plástico, las su-mergería en el depósito del retrete

y disfrutaría contemplándolas por la noche.

Puede parecer que nos hemos apartado del tema del miedo, pero en realidad no

nos hemos alejado demasiado. El sedimento que se atasca en la rejilla de mi

sumidero es a menudo el del miedo. Me obsesiona lo macabro. Ninguno de los

cuentos que figuran a continuación rué escrito por dinero, aunque algunos los

vendí a revistas antes de reunirlos aquí y nunca devolví un cheque sin cobrarlo.

Quizá soy obsesivo, pero no loco. Repito, sin embargo, que no los escribí por

dinero. Los escribí por que se me antojó. Tengo una obsesión con la que se puede

comerciar. En celdas acolchadas de todo el mundo hay maniáticos y maniáticas

que no han tenido tanta suerte.

No soy un gran artista, pero siempre me he sentido impulsado a escribir. De

modo que cada día vuelvo a tamizar el sedimento, revisando los detritos de

observación, de recuerdos, de especulación, tratando de sacar algo en limpio del

material que no pasó por el filtro y no se perdió por el sumidero del inconsciente.

Es posible que Louis L'Amour, el autor de novelas del Oeste, y yo, nos

detengamos a orillas de una laguna de Colorado, y que ambos concibamos una

idea en el mismo instante. Es posible, también, que los dos sintamos la necesidad

apremiante de sentamos a verterla en palabras. Tal vez el tema de su relato serán

los derechos de riego en época de sequía, y es más probable que el mío se ocupe

de algo espantoso y desorbitado que emerge de las aguas mansas para llevarse

ovejas... y caballos... y finalmente seres humanos. La «obsesión» de Louis

L'Amour gira alrededor de la historia del Oeste americano. Yo prefiero lo que se

arrastra a la luz de las estrellas. Él escribe novelas del Oeste; yo escribo relatos

de terror. Los dos estamos un poco chalados.

Las artes son obsesivas y la obsesión es peligrosa. Se parece a un cuchillo

hincado en el cerebro. En algunos casos —pienso en Dylan Thomas, en Ross

Lockridge, en Hart Crane y en Sylvia Plath— el cuchillo puede volverse

ferozmente contra quien lo empuña. El arte es una enfermedad localizada, por lo

genera] benigna —los creadores tienden a vivir mucho tiempo— y a veces

atrozmente maligna. Hay que manejar el cuchillo con cuidado, porque se sabe que

corta sin mirar a quién. Y las personas prudentes tamizan el sedimento con

cautela..., porque es muy posible que no toda esa sustancia esté muerta.

Y una vez aclarado por qué uno escribe esas cosas, surge la pregunta

complementaria: ¿Por qué la gente lee esas cosas? ¿Por qué se venden? Esta

pregunta lleva implícita una hipótesis, a saber, que el relato de miedo, de horror,

refleja un gusto malsano. La gente que me escribe empieza diciendo, a menudo:

«Supongo que le pareceré raro, pero realmente me gustó La hora del vampiro», o

«Probablemente soy morboso, pero disfruté Insólito esplendor de principio a fin...»

Creo que la clave de esto podemos encontrarla en un fragmento de una crítica

de cine de la revista Newsweek. Se trataba de un comentario sobre una película

de terror, no muy buena, y decía más o menos lo siguiente: «...una película

estupenda para las personas a las que les gusta aminorar la marcha y contemplar

los accidentes de carretera». Es un buen juicio cáustico, pero cuando uno se

detiene a analizarlo comprende que se puede aplicar a todas las películas y

relatos de terror. Ciertamente La noche de los muertos vivientes, con sus

truculentas escenas de canibalismo y matricidio, era una película para personas a

las que les gusta aminorar la marcha y contemplar los accidentes de carretera. ¿Y

qué decir de la chica que vomitaba sopa de guisantes sobre el sacerdote en El

exorcis-ta? Drácula, de Stoker, que a menudo sirve como punto de referencia para

los relatos modernos de horror (y así debe ser, porque se trata del primero con

matices francamente psicofreudianos), describe a un maníaco llamado Renfield

que engulle moscas, arañas y finalmente un pájaro. Regurgita el pájaro, después

de haberlo comido con plumas y todo. La novela también narra el empalamiento

—la penetración ritual, se podría decir— de una joven y bella vampira, y el

asesinato de un bebé y su madre.

La gran literatura de lo sobrenatural contiene a menudo el mismo síndrome del

«aminoremos la marcha y contemplemos el accidente»: Beowulf que mata a la

madre de Grendel; el narrador de El corazón delator que descuartiza a su

benefactor enfermo de cataratas y esconde los trozos bajo las tablas del piso; la

tétrica batalla del Hobbit Sam con la araña Shelob en el último libro de la trilogía

de los Anillos, de Tolkien.

Algunos lectores rechazarán vehementemente esta argumentación y dirán que

Henry James no nos muestra un accidente de carretera en La vuelta de tuerca;

afirmarán que las historias macabras de Nathaniel Hawthorne, como El joven

Goodman Brown y El velo negro del clérigo, también son de mejor gusto que

Drácula. Es una idea absurda. También nos muestran el accidente de carretera:

han retirado los cuerpos pero todavía vemos la chatarra retorcida y la sangre que

mancha la tapicería. En cierto sentido la delicadeza, la ausencia de melodrama, el

tono apagado y estudiado de racionalidad que impregna un cuento como El velo

negro del clérigo son aún más sobre-cogedores que las monstruosidades

batracias de Love-craft o el auto de fe de El pozo y el péndulo, de Poe.

Lo cierto es —y la mayoría de nosotros lo sabemos, en el fondo— que muy

pocos podemos dejar de echar una mirada nerviosa, por la noche, a los restos que

jalonan la autopista, rodeados por coches patrulla y balizas. Los ciudadanos

maduros cogen el periódico, por la mañana, y buscan inmediatamente las notas

necrológicas, para saber a quiénes han sobrevivido. Todos experimentamos una

breve fascinación nerviosa cuando nos enteramos de que ha muerto un Dan

Blocker, o un Freddy Prinze, o una Janis Joplin. Nos embarga el terror mezclado

con una extraña forma de gozo cuando Paul Harvey nos cuenta por la radio que

una mujer embistió el filo de una hélice en un pequeño aeropuerto de campaña,

durante una borrasca, o que un hombre metido en una gigantesca mezcladora

industrial se evaporó instantáneamente cuando un compañero de trabajo tropezó

con los controles. No hace falta explayarse sobre lo que es obvio: la vida está

poblada de horrores pequeños y grandes, pero como los pequeños son los que

entendemos, son también los que nos sacuden con toda la fuerza de la

mortalidad.

Nuestro interés por estos horrores de bolsillo es innegable, pero también lo es

nuestra repulsa. El uno y la otra se combinan de manera inquietante, y el producto

de esta combinación parece ser la culpa..., una culpa quizá

no muy distinta de la que acompañaba habitualmente al despertar sexual.

No tengo por qué decirle que no se sienta culpable, así como tampoco tengo

por qué justificar mis novelas ni los cuentos que encontrará a continuación. Pero

se puede observar una analogía interesante entre el sexo y el miedo. A medida

que adquirimos la capacidad de enlabiar relaciones sexuales, se aviva nuestro

interés por dichas relaciones. Ese interés, si no se pervierte, se encauza naturalmente

hacia la copulación y la perpetuación de la especie. A medida que

tomamos conciencia de nuestra muerte inevitable, descubrimos la emoción

llamada miedo. Y pienso que, así como la copulación tiende a la autoconservación,

todo temor tiende a la comprensión del

desenlace final.

Existe una vieja fábula acerca de siete ciegos que tocaron siete partes distintas

de un elefante. Uno de ellos pensó que había cogido una serpiente, otro que se

trataba de una hoja gigantesca de palmera, otro que estaba palpando una

columna de piedra. Cuando intercambiaron impresiones, llegaron a la conclusión

de que lo que tenían entre manos era un elefante.

El miedo es la emoción que nos ciega. ¿A cuántas cosas tememos? Tenemos

miedo de apagar la luz con las manos húmedas. Tenemos miedo de meter un

cuchillo en la tostadora para desatascar un bollo sin desenchufarla antes.

Tenemos miedo de lo que nos dirá el médico cuando haya terminado de

examinarnos. Nos asustamos cuando el avión se convulsiona bruscamente en

pleno vuelo. Tenemos miedo de que se agoten el petróleo, el aire puro, el agua

potable, la buena vida. Cuando nuestra hija ha prometido llegar a casa a las once

y ya son las doce y cuarto y la nieve azota la ventana como arena seca, nos

sentamos y fingimos contemplar el programa de Johnny Carson y miramos de vez

en cuando el teléfono silencioso y experimentamos la emoción que nos ciega, la

emoción que reduce el proceso intelectual a una

piltrafa.

El lactante es una criatura impávida hasta la primera oportunidad en que la

madre no está cerca para introducirle el pezón en la boca cuando llora. El bebé no

tarda en descubrir las duras y dolorosas verdades de la puerta que se cierra

violentamente, de la estufa caliente, de la fiebre que sube con el crup o el

sarampión. El niño aprende enseguida lo que es el miedo: lo descubre en el rostro

de la madre o el padre cuando uno de éstos entra en el baño y lo ve con el frasco

de pildoras o la cuchilla de afeitar en la mano.

El miedo nos ciega y palpamos cada temor con la ávida curiosidad que emana

de nuestro instinto de conservación, procurando compaginar un todo con cien elementos

distintos, como en la fábula de los ciegos y el elefante.

Intuimos la forma. Los niños la captan rápidamente, la olvidan y vuelven a

aprenderla en la etapa adulta. La forma está allí, y tarde o temprano la mayoría

entiende de qué se trata: es la silueta de un cuerpo bajo una sábana. Todos

nuestros temores se condensan en un gran temor:




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