El umbral de la



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investigando la posesión diabólica de una máquina de planchar y me gustaría

saber si usted es virgen.» ¿Crees que me darán tiempo para despedirme de

Sandra y los niños antes de llevarme al manicomio?

—Estoy dispuesto a apostar que terminarás diciendo algo por el estilo —

respondió Jackson, sin sonreír—. Hablo en serio, Johnny. Esa máquina me pone

los pelos de punta, a pesar de que no la he visto nunca.

—En aras de la conversación —murmuró Hunton—, ¿cuáles son algunos de los

otros comunes denominadores, como dices tú?

Jackson se encogió de hombros.

—Es difícil enumerarlos sin un estudio previo. La mayoría de las fórmulas de

embrujos anglosajones especifican la tierra de una tumba o el ojo de un escuerzo.

Los ensalmos europeos mencionan a menudo la mano de gloria, que puede

interpretarse como la mano de un muerto o como uno de los alucinógenos

empleados en el contexto del aquelarre de las brujas..., generalmente la belladona

o un derivado de la psilocibina. Podría haber otros ingredientes.

—¿Y tú piensas que todos estos elementos se hallaban en el interior de la

máquina de planchar de la lavandería «Blue Ribbon»? Dios mío, Mark, apuesto a

que no hay belladona en un radio de ochocientos kilómetros. ¿O acaso imaginas

que alguien amputó la mano de su tío Fred y la dejó caer en la plegadora?

—Si setecientos monos escribieran a máquina durante setecientos años...

—Uno de ellos escribiría las obras de Shakespeare —completó Hunton

cáusticamente—. Vete al infierno. Te toca a ti ir a la farmacia a buscar monedas

para las secadoras.

La forma en que George Stanner perdió el brazo en la trituradora fue muy curiosa.

El lunes a las siete de la mañana la lavandería estaba desierta, exceptuando a

Stanner y a Herb Diment, el mecánico. Se hallaban lubricando los cojinetes de la

trituradora, como lo hacían dos veces por año, antes del comienzo de la jornada

regular de trabajo, a las siete y media. Diment estaba en el extremo de salida,

engrasando las cuatro terminales secundarias y pensando en la impresión

desagradable que últimamente le producía la máquina, cuando ésta arrancó

súbitamente con un rugido.

Diment había levantado cuatro de las correas de salida para poder llegar al

motor de abajo y repentinamente éstas se pusieron en movimiento entre sus

manos, desollándole las palmas, arrastrándolo.

Se zafó con un tirón espasmódico pocos segundos antes de que las correas le

metieran las manos en la plegadora.

—¡Santo cielo, George! —gritó—. ¡Frena este maldito aparato!

George Stanner empezó a lanzar alaridos. El suyo fue un chillido agudo, ululante,

demencia!, que pobló la lavandería, reverberando en las planchas de acero de las

lavadoras, en las bocas sonrientes de las prensas de vapor, en los ojos vacíos de

las secadoras industriales. Stanner inhaló otra sibilante bocanada de aire y volvió

a gritar:

—¡Oh, Dios mío. Dios mío, estoy atrapado ESTOY ATRAPADO...!

Los rodillos empezaron a generar vapor. La plegadora mordía y chasqueaba.

Los cojinetes y los motores parecían chillar con vida propia. Diment corrió hasta el

otro extremo de la máquina. El primer rodillo ya se estaba tiñendo de un siniestro

color rojo. Diment dejó escapar un gemido gutural. La trituradora bramaba y

traqueteaba y siseaba.

Un observador sordo habría pensado al principio que Stanner se limitaba a

agacharse sobre la máquina en un ángulo extraño. Pero luego habría visto el

rictus de su rostro pálido, sus ojos desorbitados, la boca convulsionada por un

grito ininterrumpido. El brazo estaba desapareciendo bajo la barra de seguridad y

bajo el primer rodillo. La tela de su camisa se había desgarrado en la costura del

hombro y la parte superior del brazo se hinchaba grotescamente a medida que la

presión hacía retroceder sistemáticamente la sangre.

—¡Frénala! —chilló Stanner. Su hombro se quebró con un crujido.

Diment pulsó el interruptor.

La trituradora siguió ronroneando, gruñendo y girando.

Incrédulo, volvió a apretar el botón una y otra vez... sin ningún resultado. La piel

del brazo se había puesto brillante y tensa. No tardaría en rajarse con la presión

que le aplicaba el rodillo, pero a pesar de lodo Stanner conservaba el

conocimiento y gritaba. Diment vislumbró urna imagen caricaturesca, de pesadilla,

que mostraba a un hombre aplastado por una apisonadora, un hombre del que

sólo quedaba una sombra.

—Fusibles... —chilló Stanner. Su cabeza descendía, descendía, a medida que

la máquina le succionaba.

Diment dio media vuelta y corrió hacia la sala de calderas, en tanto los alaridos

de Stanner le perseguían como fantasmas lunáticos. El olor mezclado de la sangre

y el vapor impregnaba la atmósfera.

Sobre la pared de la izquierda había tres pesadas cajas que contenían todos

los fusibles de la lavandería. Diment las abrió y empezó a arrancar los largos

dispositivos cilindricos como un loco, arrojándolos por encima del hombro. Se

apagaron las luces del techo, después el compresor de aire, y por fin la caldera

misma, con un fuerte lamento agonizante.

Pero la trituradora siguió girando. Los gritos de Stanner se habían reducido a

gemidos gorgoteantes.

Los ojos de Diment se posaron sobre un hacha de bombero encerrada en una

caja de vidrio. La cogió con un débil gimoteo gutural y volvió atrás. El brazo de

Stan-ner había desaparecido casi hasta el hombro. Al cabo de pocos segundos su

cuello doblado y tirante se quebraría contra la barra de seguridad.

—No puedo —balbuceó Diment, empuñando el hacha—. Jesús, George, no

puedo, no puedo, no...

Ahora la máquina era un desolladero. La plegadora escupió jirones de camisa,

pingajos de piel, un dedo, Stanner lanzó un feroz alarido espasmódico y Diment

alzó el hacha y la descargó en medio de la penumbra del lavadero. Dos veces.

Una vez más.

Stanner se desplomó hacia atrás, desmayado y violáceo, despidiendo un

surtidor de sangre por el muñón de su hombro. La trituradora absorbió en sus

entrañas lo que quedaba... y se detuvo sola.

Diment extrajo su cinturón de las presillas, sollozando, y empezó a armar un

torniquete.

Hunton hablaba por teléfono con Roger Martin, el inspector. Jackson le miraba

mientras hacía rodar pacientemente un balón de un lado a otro para que lo corriera

la pequeña Patty Hunton, de tres años.

—¿Arrancó todos los fusibles? —preguntaba Hunton—. ¿Y el interruptor del

freno no funcionó, eh...? ¿Han clausurado la máquina de planchar...? Estupendo.

Magnífico. ¿Eh...? No, nada oficial. —Hunton frunció el ceño y después miró de

soslayo a Jackson—. ¿Todavía le trae recuerdos de la nevera, Roger...? Sí. A mí

también. Adiós.

Colgó el auricular y miró a Jackson.

—Vamos a ver a la chica, Mark.

Ella vivía en su propio apartamento (la actitud titubeante pero orgullosa con que

les hizo entrar después de que Hunton hubo mostrado su credencial le hizo

sospechar que no lo ocupaba desde hacía mucho tiempo), y se sentó en una

posición incómoda, frente a ellos, en la sala puntillosamente decorada y pequeña

como un sello de correos.

—Soy el agente Hunton y éste es mi colaborador, el señor Jackson. Se trata del

accidente de la lavandería. —Hunton se sentía muy turbado en presencia de esa

chica morena, de apocada belleza.

—Qué espantoso —murmuró Sherry Oulette—. Es el único lugar donde he

trabajado. El señor Gartley es mi tío. Me gustó porque gracias a la lavandería me

fue posible tener este apartamento y mis propios amigos. Pero ahora... es tan

macabro.

—La Junta de Seguridad del Estado ha clausurado la máquina de planchar

hasta que se complete la investigación —explicó Hunton—. ¿Lo sabía?

—Sí. —Sherry suspiró, inquieta—. No sé qué haré...

—Señorita Oulette —la interrumpió Jackson—, usted sufrió un accidente con la

máquina, ¿no es cierto? Creo que se hirió la mano con un tornillo.

—Sí, me corté el dedo. —De pronto sus facciones se velaron—. Ése fue el

primer accidente. —Lo miró con expresión afligida—. A veces tengo la impresión

de que las chicas no me quieren tanto como antes..., como si me consideraran

culpable.

—Debo formularle una pregunta indiscreta —dijo Jackson lentamente—. Una

pregunta que no le gustará. Le parecerá absurdamente personal e improcedente,

pero lo único que puedo advertirle es que no lo es. Sus respuestas no figurarán en

ningún expediente.

La joven pareció asustada.

—¿He... he hecho algo malo?

Jackson sonrió y negó con la cabeza. Sherry se relajó. Gracias a Dios que

tengo a Mark, pensó Hunton.

—Sin embargo, agregaré algo más. Es posible que la respuesta la ayude a

conservar este hermoso pisito, a recuperar su empleo, y a devolver la normalidad

a la lavandería.

—Contestaré cualquier pregunta, para que eso ocurra.

—Sherry, ¿usted es virgen?

La chica pareció totalmente pasmada, totalmente espantada, como si un

sacerdote la hubiera abofeteado después de darle la comunión. Luego alzó la

cabeza y señaló con un ademán su pulcro apartamento, como preguntándoles si

creían que ésa podía ser una casa de citas.

—Me reservo para mi esposo —respondió sencillamente.

Hunton y Jackson intercambiaron una mirada serena, y en esa fracción de

segundo Hunton comprendió que era verdad: un demonio se había apoderado del

acero y los engranajes de la trituradora y la había convertido en algo dotado de

vida propia.

—Gracias —dijo Jackson con solemnidad.

—¿Y ahora qué? —preguntó Hunton con tono lúgubre durante el viaje de

regreso—. ¿Buscaremos un cura para exorcizarla?

Jackson resolló.

—Tendrías que afanarte mucho para encontrar uno que no te distraiga con

algunos folletos mientras telefonea al manicomio. Esto corre por nuestra cuenta,

Johnny.

—¿Podremos hacerlo solos?



—Quizá sí. El problema es el siguiente: Sabemos que en la trituradora hay algo,

pero no sabemos qué. —Hunton sintió un escalofrío, como si lo hubiera tocado un

dedo descarnado—. Hay muchísimos demonios. ¿El que nos preocupa pertenece

al círculo de Bubastis o al de Pan? ¿O al de Baal? ¿O al de la deidad cristiana que

llamamos Satán? Lo ignoramos. Si nos encontráramos frente a un hechizo

deliberado, el remedio sería más fácil. Pero éste parece ser un caso de posesión

fortuita. —Jackson se pasó la mano por el cabello—. Sí, se trata de la sangre de

una virgen. Pero esto no reduce las posibilidades. Tenemos que estar seguros,

absolutamente seguros.

—¿Por qué? —inquirió Hunton bruscamente—. ¿Por qué no reunimos un

montón de fórmulas de exorcismo y las probamos todas?

La expresión de Jackson se enfrió.

—Éste no es un juego de policías y ladrones, Johnny. Por Dios, ni lo pienses. El

rito del exorcismo entraña un gravísimo peligro. En cierta manera se parece a la

fusión nuclear controlada. Podríamos cometer un error y auto-destruirnos. El

demonio está atrapado en esa máquina. Pero si le das una oportunidad podría...

—¿Podría salir?

—Le encantaría salir —asintió Jackson amargamente—. Y le gusta matar.

Cuando Jackson le visitó al día siguiente, por la noche, Hunton había enviado a

su esposa y a su hija al cine. Tenían la sala para ellos solos y Hunton se alegró de

ello. Aún le resultaba difícil aceptar que era verdad lo que sucedía.

—Suspendí mis clases —anunció Jackson—, y pasé el día estudiando algunos

de los libros más abominables que puedas imaginar. Esta tarde alimenté la

computadora con más de treinta fórmulas para invocar demonios. Compilé una

serie de elementos comunes. Son asombrosamente pocos.

Le mostró la lista a Hunton: sangre de virgen, polvo de tumba, mano de gloria,

sangre de murciélago, musgo nocturno, casco de caballo, ojo de escuerzo.

Habían otros, todos secundarios.

—Casco de caballo —murmuró Hunton con tono pensativo—. Qué curioso...

—Es muy común. En verdad...

—¿Estos elementos, cualquiera de ellos, se podrían interpretar libremente? —le

interrumpió Hunton.

—¿Lo que quieres saber es si el musgo nocturno se puede sustituir por un

liquen recogido de noche, por ejemplo?

—Sí.

—Es muy probable que sí —respondió Jackson—. A menudo las fórmulas



mágicas son ambiguas y elásticas. Las artes diabólicas han dejado siempre un

amplio margen para la creatividad.

—El casco de caballo se puede remplazar por un postre de gelatina —comentó

Hunton—. Abunda en las bolsas de merienda. El día en que murió la señora

Frawley vi una caja de ese producto debajo de la plataforma para sábanas de la

máquina de planchar. La gelatina se fabrica con cascos de caballo.

Jackson hizo un ademán afirmativo.

—¿Algo más?

—La sangre de murciélago..., bien, ése es un local grande. Hay muchos

rincones y recovecos oscuros. Es probable que haya murciélagos, aunque dudo

que la empresa lo admita. Uno de ellos podría haber quedado atrapado en la

trituradora.

Jackson echó la cabeza hacia atrás y se frotó con los nudillos sus ojos

inyectados en sangre.

—Coincide... todo coincide.

—¿De veras?

—Sí. Creo que podemos descartar tranquilamente la mano de gloria.

Ciertamente, nadie dejó caer una mano en la máquina antes de la muerte de la

señora Frawley. Y estoy seguro de que la belladona no es una planta que se dé en

esta zona.

—¿El polvo de tumba?

—¿Qué te parece?

—Tendría que haber sido una endemoniada coincidencia —manifestó Hunton—

. El cementerio más próximo está en Pleasant Hill, o sea a casi ocho kilómetros de

la lavandería «Blue Ribbon».

—Muy bien —dijo Jackson—. Le pedí al operador de la computadora (el cual

creyó que me estaba preparando para una fantochada de la noche de brujas) que

recompusiera todos los elementos primarios y secundarios de la lista. Todas las

combinaciones posibles. Eliminé doce que eran completamente absurdas. Las

otras encajan en categorías bastante específicas. Los elementos que hemos

aislado figuran en una de ellas.

—¿Cuál es? Jackson sonrió.

—Una muy sencilla. El mito proviene de Sudamérica, con ramificaciones en el

Caribe. Está emparentado con el vudú. Los libros que consulté sostienen que las

divinidades participantes son de menor cuantía, cuando se las compara con

algunos de los auténticos colosos, como Saddath o El Innombrable. El ocupante

de la máquina saldrá disparado COITO un matón de barrio.

—¿Cómo lo conseguiremos?

—Bastarán un poco de agua bendita y una pizca de hostia consagrada. Y

podremos leerle un pasaje del Levítico. Magia blanca cristiana, y nada más.

—¿Estás seguro de que no es algo peor?

—No entiendo cómo podría serlo —contestó Jackson con tono pensativo—. Te

confieso que me preocupó la mano de gloria. Ése es un embrujo muy negro. Una

magia muy potente.

—¿El agua bendita no la neutralizaría?

—Un demonio invocado con la ayuda de la mano de gloria podría devorarse

una pila de Biblias como desayuno. Correríamos un gran peligro si nos

enfrentáramos con algo así. Sería mejor desmontar el maldito artefacto.

—Bien, no estás totalmente seguro...

—No, pero sí estoy bastante seguro. Todo encaja muy bien.

—¿Cuándo?

—Cuanto antes, mejor —dictaminó Jackson—. ¿Cómo entraremos?

¿Romperemos una ventana?

Hunton sonrió, metió la mano en el bolsillo y agitó una llave delante de la nariz

de Jackson.

—¿Quién te la dio? ¿Gartley?

—No —respondió Hunton—. Un inspector oficial llamado Martín.

—¿Sabe lo que planeamos hacer?

—Creo que lo sospecha. Hace un par de semanas me contó una extraña

historia.

—¿Acerca de la trituradora?

—No —dijo Hunton—. Acerca de una nevera. Ven.

Adelle Frawley estaba muerta. Yacía en su ataúd, cosida por el paciente

empleado de una funeraria. Pero quizás una parte de su espíritu perduraba en la

máquina, y si era así, esa parte debió lanzar un grito. Ella debería haberlo sabido,

podría haberles alertado. Adelle Frawley hacía mal la digestión, y para combatir

este malestar común tomaba una vulgar tableta digestiva llamada E-Z Gel, que se

podía comprar en cualquier farmacia, sin receta, por setenta y nueve céntimos. La

caja ostenta una advertencia impresa: Los enfermos de glaucoma no deben

consumir E-Z Gel, porque su ingrediente activo agrava esta dolencia.

Lamentablemente, Adelle Frawley no padecía esta dolencia. Podría haber

recordado el día en que, poco antes de que Sherry Oulette se cortara la mano, ella

había dejado caer por descuido en la trituradora una caja llena de tabletas de E-Z

Gel. Pero estaba muerta, ajena al hecho de que el ingrediente activo que aliviaba

su gastritis era un derivado químico de la belladona, a la que en algunos países

europeos se la conocía, curiosamente, por el nombre de mano de gloria.

En el espectral silencio de la lavandería «Blue Rib-bon» se produjo un súbito

chasquido lúgubre: un murciélago revoloteó demencialmente hacia el agujero

donde había instalado su nido, en la capa aislante que recubría las secadoras,

cubriéndose la facha ciega con sus alas plegadas.

El ruido sonó casi como una risita.

La trituradora empezó a funcionar con un chirrido súbito, trepidante: las correas

se aceleraron en medio de la oscuridad, los dientes se engranaron e intercalaron y

crepitaron, y los pesados rodillos pulverizadores giraron sin cesar.

Estaba lista para recibirlos.

Cuando Hunton entró en el aparcamiento era poco

después de medianoche y la luna estaba oculta detrás de las nubes que

desfilaban por el cielo. Aplicó los frenos y apagó los faros con el mismo

movimiento. La frente de Jackson casi se golpeó contra el tablero acolchado.

Cortó el contacto del motor y el rítmico golpeteo-si-seo-golpeteo se oyó con

más nitidez.

—Es la trituradora —murmuró en voz baja—. Es la trituradora. Funciona sola.

En mitad de la noche.

Permanecieron un momento callados, sintiendo que el miedo les trepaba por las

piernas.

—Está bien —dijo Hunton—. Adelante.

Se apearon y caminaron hasta el edificio, mientras el ruido de la trituradora se

intensificaba. Cuando Hunton introdujo la llave en la cerradura de la puerta de

servicio, tuvo la impresión de que la máquina parecía viva, como si estuviera

respirando <;on fuertes resuellos calientes y hablando consigo misma con

siseantes susurros sardónicos.

—De pronto me siento feliz de que me acompañe un policía —comentó

Jackson. Pasó al otro lado el bolso marrón que sostenía debajo del brazo. Dentro

había un fras-quito de jalea envuelto en papel encerado, lleno de agua bendita, y

una Biblia.

Entraron y Hunton accionó los interruptores de luz próximos a la puerta. Los

tubos fluorescentes parpadearon y cobraron una fría vida. Simultáneamente se

detuvo la trituradora.

Un velo de vapor flotaba sobre sus rodillos. Los esperaba en medio de su

flamante y ominoso silencio.

—Dios, qué fea es —susurró Jackson.

—Vamos —dijo Hunton—. Antes de que nos acobardemos.

Se acercaron al artefacto. La barra de seguridad estaba baja, sobre la correa

que alimentaba a la máquina.

Hunton estiró la mano.

—Ya estamos bastante cerca, Mark. Dame el material y dime qué debo hacer.

—Pero...

—No discutas.

Jackson le entregó el bolso y Hunton lo depositó sobre la mesa para sábanas.

Le dio la Biblia a Jackson.

—Voy a leer —anunció Jackson—. Cuando te haga una seña, rocía el agua

bendita sobre la máquina con los dedos. Di: «En nombre del Padre, y del Hijo, y

del Espíritu Santo, te expulso de aquí, impuro.» ¿Has entendido?

—Sí.


—Cuando repita la seña, rompe la hostia y repite el ensalmo.

—¿Cómo sabremos si da resultado?

—Lo sabrás. Es posible que el demonio rompa todas las ventanas del edificio al

salir. Si fracasamos la primera vez, repitiremos la operación hasta que resulte.

—Estoy muerto de miedo —dijo Hunton.

—En verdad, yo también.

—Si nos hemos equivocado respecto de la mano de gloria...

—No nos hemos equivocado. Adelante. Jackson empezó a recitar. Su voz llenó

de ecos espectrales la lavandería vacía.

—No tomes ídolos, ni te fabriques dioses de metal fundido. Soy el Señor tu

Dios... —Las palabras cayeron como piedras en el silencio que había impregnado

súbitamente de un frío sepulcral. La trituradora permanecía quieta y muda bajo las

luces fluorescentes, y a Hunton le pareció que seguía sonriendo—. ...Y la tierra te

vomitará por haberla profanado, como vomitó naciones delante de tí. —Jackson

levantó la vista, con el rostro tenso, e hizo una seña.

Hunton roció agua bendita sobre la correa de alimentación.

Se produjo un súbito alarido rechinante de metal torturado. De los lugares

donde había caído el agua bendita sobre la correa se desprendió una nube de

humo que se enroscó y tino de rojo. De pronto la trituradora cobró vida.

—¡Lo tenemos! —gritó Jackson por encima del creciente clamor—. ¡Lo hemos

puesto en fuga!

Empezó a leer de nuevo, cubriendo con su voz el estrépito de la maquinaria. Le

hizo otra seña a Hunton, y éste espolvoreó un trozo de hostia. En ese momento le

acometió repentinamente un pánico paralizante, una súbita y vivida sensación de

que habían fracasado, de que la máquina había descubierto la trampa... y era más

fuerte.


La voz de Jackson se seguía elevando, acercándose al climax.

Empezaron a saltar chispas por el arco que separaba el motor principal del

secundario. El olor de ozono saturó el aire, recordando el tufo de la sangre

caliente. Ahora el motor principal echaba humo y la trituradora funcionaba con una

velocidad demencial, vertiginosa: el contacto de un dedo con la correa central

habría bastado para que el cuerpo íntegro fuese succionado y reducido a un

pingajo sanguinolento en sólo unos segundos. El hormigón vibraba y temblaba

bajo sus pies.

Un cojinete reventó con un centelleo fulminante de luz purpúrea, poblando el

aire con un olor de tempestades, pero la trituradora siguió funcionando, más y más

de prisa, de modo que las correas y los rodillos y los engranajes giraban con una

rapidez que parecía unirlos, amalgamarlos, modificarlos, fundirlos, transmutarlos...

Hunton, que estaba como hipnotizado, retrocedió súbitamente un paso.

—¡Aléjate! —gritó por encima de la estridencia.

—¡Ya casi lo tenemos! —aulló a su vez Jackson—. Por qué...

De pronto se oyó un indescriptible estruendo desgarrante y una fisura abierta en el

piso corrió hacia ellos y los dejó atrás, ensanchándose. Se produjo una erupción

de cascotes de hormigón antiguo.




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