El umbral de la



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Jackson miró la trituradora y lanzó un alarido.

Trataba de desprenderse del hormigón, debatiéndose como un dinosaurio

atrapado en un pozo de brea. Y ya no era precisamente una máquina de planchar.

Seguía transformándose, rundiéndose. El cable de 550 voltios cayó dentro de los

rodillos, escupiendo llamaradas azules, y fue devorado. Por un momento les

miraron dos bolas de fuego semejantes a ojos centelleantes, ojos cargados de un

apetito colosal y frío.

Se abrió otra grieta en el piso. La trituradora se inclinó hacia ellos, a punto de

librarse de sus amarras de hormigón. Les hacía muecas: la barra de seguridad se

había levantado y lo que vio Hunton fue una boca descomunal, voraz, llena de

vapor.

Se volvieron para huir, y otra fisura zigzagueó a sus pies. Detrás de ellos la



mole se zafó con un rugido ululante. Hunton sorteó la brecha pero Jackson

tropezó y cayó despatarrado.

Hunton se volvió para ayudarle y una sombra gigantesca, amorfa, bloqueó los

tubos fluorescentes.

Se erguía sobre Jackson, que yacía de espaldas, mirándola con un silencioso

rictus de terror: la perfecta víctima propiciatoria. Hunton sólo tuvo una confusa

visión de algo negro y movedizo que se alzaba sobre ellos hasta una altura

portentosa, de algo con rutilantes ojos eléctricos del tamaño de balones de fútbol,

de una boca abierta con una lengua reptante de lona.

Huyó, seguido por el grito agonizante de Jackson.

Cuando Roger Martin se levantó por fin de la cama para responder a los

timbrazos, apenas empezaba a despertarse. Pero cuando Hunton entró

tambaleándose, la conmoción lo devolvió brutalmente a la realidad.

Los ojos de Hunton estaban desorbitados como los de un loco, y sus manos

agarrotadas arañaron la pechera de la bata de Martín. Tenía un pequeño corte

sangrante en la mejilla y sus facciones estaban salpicadas de motas grises de

cemento pulverizado.

Sus cabellos habían encanecido y tenían una blancura cadavérica.

—Ayúdeme... por el amor de Dios, ayúdeme. Mark ha muerto. Jackson ha

muerto.


—Cálmese —dijo Martín—. Venga a la sala. Hunton le siguió, gimiendo

guturalmente como un perro.

Martín le escanció una ración generosa de «Jim Beam» y Hunton sostuvo el

vaso entre ambas manos, tragando con dificultad el licor puro. El vaso cayó al

suelo, olvidado, y sus manos volvieron a buscar las solapas de Martín, como

fantasmas errantes.

—La trituradora mató a Mark Jackson. ¡Puede... puede... oh Dios, puede salir!

¡No debemos permitir que escape! No podemos... no... oh...

Empezó a gritar, y el suyo fue un grito alucinante, convulsivo, que fluctuaba en

ciclos entrecortados.

Martín intentó servirle otro trago, pero Hunton lo apartó con un manotazo.

—Tenemos que incendiarla —dijo—. Tenemos que incendiarla antes de que

pueda salir. ¿Qué sucederá si escapa? Oh, Jesús, qué...

De pronto sus ojos titilaron, se pusieron vidriosos, giraron hacia arriba hasta

dejar al descubierto las escleróticas, y se desplomó desmayado.

La señora Martin estaba en el umbral, estrujando la bata sobre su cuello.

—¿Quién es, Rog? ¿Está chalado? Me pareció... —Tiritó.

—No creo que esté chalado —respondió Martín. La sombra de miedo enfermizo

que cruzó por el rostro de su marido la asustó bruscamente—. Dios, ojalá haya

llegado a tiempo.

Se volvió hacia el teléfono, cogió el auricular, se inmovilizó.

Un ruido vago, creciente, llegaba desde el este de la casa, siguiendo el mismo

trayecto que Hunton. Un sistemático traqueteo rechinante, cada vez más fuerte. La

ventana de la sala estaba entreabierta y entonces Martín captó un olor macabro

en la brisa. Un olor de ozono... o de sangre.

Permaneció con la mano apoyada sobre el teléfono inútil mientras el estruendo

aumentaba más y más de volumen, crujiendo y bufando. Algo caliente, humeante,

marchaba por las calles. El tufo de sangre llenó la habitación.

Soltó el teléfono.

Ya no funcionaba.

EL COCO

—Recurro a usted porque quiero contarle mi historia —dijo el hombre acostado



sobre el diván del doctor Harper.

El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la

enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial

de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos.

—No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un

abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice

fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos. El doctor Harper puso en

marcha el magnetófono. Billings estaba duro como una estaca sobre el diván, sin

darle un ápice de sí. Sus pies sobresalían, rígidos, por el extremo. Era la imagen

de un hombre que se sometía a una humillación necesaria. Tenía las manos

cruzadas sobre el pecho, como un cadáver. Sus facciones se mantenían

escrupulosamente compuestas. Miraba el simple cielo raso, blanco, de paneles,

como si por su superficie desfilaran escenas e imágenes.

—Quiere decir que los mató realmente, o...

—No. —Un movimiento impaciente de la mano—. Pero fui el responsable.

Denny en 1967. Shiri en 1971. Y Andy este año. Quiero contárselo.

Él doctor Harper no dijo nada. Le pareció que Billings tenía un aspecto

demacrado y envejecido. Su cabello raleaba, su tez estaba pálida. Sus ojos

encerraban todos los secretos miserables del whisky.

—Fueron asesinados, ¿entiende? Pero nadie lo cree. Si lo creyeran, lodo se

arreglaría.

—¿Por qué?

—Porque...

Billings se interrumpió y se irguió bruscamente sobre los codos, mirando hacia

el otro extremo de la habitación.

—¿Qué es eso? —bramó. Sus ojos se habían entrecerrado, reduciéndose a dos

tajos oscuros.

—¿Qué es qué?

—Esa puerta.

—El armario empotrado —respondió el doctor Harper—. Donde cuelgo mi

abrigo y dejo mis chanclos.

—Ábralo. Quiero ver lo que hay dentro. El doctor Harper se levantó en silencio,

atravesó la habitación y abrió la puerta. Dentro, una gabardina marrón colgaba de

una de las cuatro o cinco perchas. Abajo había un par de chanclos relucientes.

Dentro de uno de ellos había un ejemplar cuidadosamente doblado del New York

Times. Eso era todo.

—¿Conforme? —preguntó el doctor Harper.

—Sí. —Billings dejó de apoyarse sobre los codos y volvió a la posición anterior.

—Decía —manifestó el doctor Harper mientras volvía a su silla—, que si se

pudiera probar el asesinato de sus tres hijos, todos sus problemas se

solucionarían. ¿Por qué?

—Me mandarían a la cárcel —explicó Billings inmediatamente—. Para toda la

vida. Y en una cárcel uno puede ver lo que hay dentro de todas las habitaciones.

Todas las habitaciones. —Sonrió a la nada.

—¿Cómo fueron asesinados sus hijos?

—¡No trate de arrancármelo por la fuerza!

Billings se volvió y miró a Harper con expresión aviesa.

—Se lo diré, no se preocupe. No soy uno de sus chalados que se pasean por el

mundo y pretenden ser Napoleón o que justifican haberse aficionado a la heroína

porque la madre no los quería. Sé que no me creerá. No me interesa. No importa.

Me bastará con contárselo.

—Muy bien. —El doctor Harper extrajo su pipa.

—Me casé con Rita en 1965... Yo tenía veintiún años y ella dieciocho. Estaba

embarazada. Ese hijo fue Denny. —Sus labios se contorsionaron para formar una

sonrisa gomosa, grotesca, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos—. Tuve

que dejar la Universidad y buscar empleo, pero no me importó. Los amaba a los

dos. Éramos muy felices. Rita volvió a quedar embarazada poco después del

nacimiento de Denny, y Shirl vino al mundo en diciembre de 1966. Andy nació en

el verano de 1969, cuando Denny ya había muerto. Andy fue un accidente. Eso

dijo Rita. Aseguró que a veces los métodos anticonceptivos fallan. Yo sospecho

que fue más que un accidente. Los hijos atan al hombre, usted sabe. Eso les gusta

a las mujeres, sobre todo cuando el hombre es más inteligente que ellas. ¿No le

parece?

Harper emitió un gruñido neutro.



—Pero no importa. A pesar de todo los quería. —Lo dijo con tono casi

vengativo, como si hubiera amado a los niños para castigar a su esposa.

—¿Quién mató a los niños? —preguntó Harper.

—El coco —respondió inmediatamente Lester Bi-llings—. El coco los mató a

todos. Sencillamente, salió del armario y los mató. —Se volvió y sonrió—. Claro,

usted cree que estoy loco. Lo leo en su cara. Pero no me importa. Lo único que

deseo es desahogarme e irme.

—Le escucho —dijo Harper.

—Todo comenzó cuando Denny tenía casi dos años y Shirl era apenas un

bebé. Denny empezó a llorar cuando Rita lo tenía en la cama. Verá, teníamos un

apartamento de dos dormitorios. Shirl dormía en una cuna, en nuestra habitación.

Al principio pensé que Denny lloraba porque ya no podía llevarse el biberón a la

cama. Rita dijo que no nos obstináramos, que tuviéramos paciencia, que le diéramos

el biberón v que él ya lo dejaría solo. Pero así es como los chicos se echan a

perder. Si eres tolerante con ellos los malcrías. Después te hacen sufrir. Se

dedican a violar chicas, sabe, o empiezan a drogarse. O se hacen maricas. ¿Se

imagina lo horrible que es despertar una mañana y descubrir que su chico, su hijo

varón, es marica?

»Sin embargo, después de un tiempo, cuando vimos que no se acostumbraba,

empecé a acostarle yo mismo. Y si no dejaba de llorar le daba una palmada.

Entonces Rita dijo que repetía a cada rato "luz, luz". Bueno, no sé. ¿Quién

entiende lo que dicen los niños tan pequeños? Sólo las madres lo saben.

»Rita quiso instalarle una lámpara de noche. Uno de esos artefactos que se

adosan a la pared con la figura del Ratón Mickey o de Huckleberry Hound o de lo

que sea. No se lo permití. Si un niño no le pierde el miedo a la oscuridad cuando

es pequeño, nunca se acostumbra a ella.

»De todos modos, murió el verano que siguió al nacimiento de Shirl. Esa noche

lo metí en la cama y empezó a llorar en seguida. Esta vez entendí lo que decía.

Señaló directamente el armario cuando lo dijo. "El coco —gritó—. El coco, papá."

»Apagué la luz y salí de la habitación y le pregunté a Rita por qué le había

enseñado esa palabra al niño. Sentí deseos de pegarle un par de bofetadas, pero

me contuve. Juró que nunca se la había enseñado. La acusé de ser una

condenada embustera.

»Verá, ése fue un mal verano para mí. Sólo conseguí que me emplearan para

cargar camiones de «Pepsi-Cola» en un almacén, y estaba siempre cansado. Shirl

se despertaba y lloraba todas las noches y Rita la tomaba en brazos y gimoteaba.

Le aseguro que a veces tenía ganas de arrojarlas a las dos por la ventana. Jesús,

a veces los mocosos te hacen perder la chaveta. Podrías matarlos.

»Bien, el niño me despertó a las tres de la mañana, puntualmente. Fui al baño,

medio dormido, sabe, y Rita me preguntó si había ido a ver a Denny. Le contesté

que lo hiciera ella y volví a acostarme. Estaba casi dormido cuando Rita empezó a

gritar.


»Me levanté y entré en la habitación. El crío estaba acostado boca arriba,

muerto. Blanco como la harina excepto donde la sangre se había..., se había

acumulado, por efecto de la gravedad. La parte posterior de las piernas, la cabeza,

las... eh... las nalgas. Tenía los ojos abiertos. Eso era lo peor, sabe. Muy dilatados

y vidriosos, como los de las cabezas de alce que algunos tipos cuelgan sobre la

repisa. Como en las fotos de esos chinitos de Vietnam. Pero un crío

norteamericano no debería tener esa expresión. Muerto boca arriba. Con pañales

y panta-loncitos de goma porque durante las últimas dos semanas había vuelto a

orinarse encima. Qué espanto. Yo amaba a ese niño.

Billings meneó la cabeza lentamente y después volvió a ostentar la misma

sonrisa gomosa, grotesca.

—Rita chillaba hasta desgañifarse. Trató de alzar a Denny y mecerlo, pero no

se lo permití. A la poli no le gusta que uno toque las evidencias. Lo sé...

—¿Supo entonces que había sido el coco? —preguntó Harper apaciblemente.

—Oh, no. Entonces no. Pero vi algo. En ese momento no le di importancia, pero

mi mente lo archivó.

—¿Qué fue?

—La puerta del armario estaba abierta. No mucho. Apenas una rendija. Pero

verá, yo sabía que la había dejado cerrada. Dentro había bolsas de plástico. Un

crío se pone a jugar con una de ellas y adiós. Se asfixia. ¿Lo sabía?

—Sí. ¿Qué sucedió después? Billings se encogió de hombros.

—Lo enterramos. —Miró con morbosidad sus manos, que habían arrojado tierra

sobre tres pequeños ataúdes.

—¿Hubo una investigación?

—Claro que sí. —Los ojos de Billings centellearon con un brillo sardónico—.

Vino un jodido matasanos con un estetoscopio y un maletín negro lleno de chicles

y una zamarra robada de alguna escuela de veterinaria. ¡Colapso en la cuna, fue

el diagnóstico! ¿Ha oído alguna vez semejante disparate? ¡El crío tenía tres años!

—El colapso en la cuna es muy común durante el primer año de vida —explicó

Harper puntillosamente—, pero el diagnóstico ha aparecido en los certificados de

defunción de niños de hasta cinco años, a falta de otro mejor...

—\Mierda\ —espetó Billings violentamente. Harper volvió a encender su pipa.

—Un mes después del funera1 instalamos a Shirl en la antigua habitación de

Denny. Rita se resistió con uñas y dientes, pero yo dije la última palabra. Me dolió,

por supuesto. Jesús, me encantaba tener a la mocosa con nosotros. Pero no hay

que sobreproteger a los niños, pues en tal caso se convierten en lisiados. Cuando

yo era niño mi madre me llevaba a la playa y después se ponía ronca gritando:

«¡No te internes tanto! ¡No le metas allí! ¡Hay corrientes submarinas! ¡Has comido

hace una hora! ¡No te zambullas de cabeza!» Le juro por Dios que incluso me

decía que me cuidara de los tiburones. ¿Y cuál fue el resultado? Que ahora ni

siquiera soy capaz de acercarme al agua. Es verdad. Si me arrimo a una playa me

atacan los calambres. Cuando Denny vivía, Rita consiguió que la llevase una vez

con los niños a Savin Rock. Se me descompuso el estómago. Lo sé, ¿entiende?

No hay que sobreproteger a los niños. Y uno tampoco debe ser complaciente

consigo mismo. La vida continúa. Shirl pasó directamente a la cuna de Denny.

Claro que arrojamos el colchón viejo a la basura. No quería que mi pequeña se

llenara de microbios.

»Así transcurrió un año. Y una noche, cuando estoy metiendo a Shirl en su

cuna, empieza a aullar y chillar y llorar. "¡El coco, papá, el coco, el coco!"

»Eso me sobresaltó. Decía lo mismo que Denny. Y empecé a recordar la puerta

del armario, apenas entreabierta cuando lo encontramos. Quise llevarla por esa

noche a nuestra habitación.

—¿Y la llevó?

—No. —Billings se miró las manos y sus facciones se convulsionaron—.

¿Cómo podía confesarle a Rita que me había equivocado? Tenía que ser fuerte.

Ella había sido siempre una marioneta..., recuerde con cuánta facilidad se acostó

conmigo cuando aún no estábamos casados.

—Por otro lado —dijo Harper—, recuerde con cuánta facilidad usted se acostó

con ella.

Billings, que estaba cambiando la posición de sus manos, se puso rígido y

volvió lentamente la cabeza para mirar a Harper.

—¿Pretende tomarme el pelo?

—Claro que no —respondió Harper.

—Entonces deje que lo cuente a mi manera —espetó Billings—. Estoy aquí

para desahogarme. Para contar mi historia. No hablaré de mi vida sexual, si es

eso lo que usted espera. Rita y yo hemos tenido una vida sexual muy normal, sin

perversiones. Sé que a algunas personas les excita hablar de eso, pero no soy

una de ellas.

—De acuerdo —asintió Harper.

—De acuerdo —repitió Billings, con ofuscada arrogancia. Parecía haber perdido

el hilo de sus pensamientos, y sus ojos se desviaron, inquietos, hacia la puerta del

armario, que estaba herméticamente cerrada.

—¿Prefiere que la abra? —preguntó Harper.

—¡No! —se apresuró a exclamar Billings. Lanzó una risita nerviosa—. ¿Qué

interés podría tener en ver sus chanclos?

Y después de una pausa, dijo:

—El coco la mató también a ella. —Se frotó la frente, como si estuviera

ordenando sus recuerdos—. Un mes más tarde. Pero antes sucedió algo más.

Una noche oí un ruido ahí dentro. Y después Shirl gritó. Abrí muy rápidamente la

puerta... la luz del pasillo estaba encendida... y... ella estaba sentada en la cuna,

llorando, y... algo se movió. En las sombras, junto al armario. Algo se deslizó.

—¿La puerta del armario estaba abierta?

—Un poco. Sólo una rendija. —Billings se humedeció los labios—. Shirl hablaba

a gritos del coco. Y dijo algo más que sonó como «garras». Sólo que ella dijo

«galas», sabe. A los niños les resulta difícil pronunciar la «erre». Rita vino

corriendo y preguntó qué sucedía. Le contesté que la habían asustado las

sombras de las ramas que se movían en el techo.

—¿Galochas? —preguntó Harper.

—¿Eh?

—Galas... galochas. Son una especie de chanclos. Quizás había visto las



galochas en el armario y se refería a eso.

—Quizá —murmuró Billings—. Quizá se refería a eso. Pero yo no lo creo. Me

pareció que decía «garras». —Sus ojos empezaron a buscar otra vez la puerta del

armario—. Garras, largas garras —su voz se había reducido a un susurro.

—¿Miró dentro del armario?

—S-sí. —Las manos de Billings estaban fuertemente entrelazadas sobre su

pecho, tan fuertemente que se veía una luna blanca en cada nudillo.

—¿Había algo dentro? ¿Vio al...?

—¡No vi nada! —chilló Billings de súbito. Y las palabras brotaron

atropelladamente, como si hubieran arrancado un corcho negro del fondo de su

alma—. Cuando murió la encontré yo, verá. Y estaba negra. Completamente

negra. Se había tragado la lengua y estaba negra como una negra de un

espectáculo de negros, y me miraba fijamente. Sus ojos parecían los de un animal

embalsamado: muy brillantes y espantosos, como canicas vivas, como si

estuvieran diciendo «me pilló, papá, tú dejaste que me pillara, tú me mataste, tú le

ayudaste a matarme».

Su voz se apagó gradualmente. Un solo lagrimón silencioso se deslizó por su

mejilla.


—Fue una convulsión cerebral, ¿sabe? A veces les sucede a los niños. Una

mala señal del cerebro. Le practicaron la autopsia en Harford y nos dijeron que se

había asfixiado al tragarse la lengua durante una convulsión. Y yo tuve que volver

solo a casa porque Rita se quedó allí, bajo el efecto de los sedantes. Estaba fuera

de sí. Tuve que volver solo a casa, y sé que a un crío no le atacan las

convulsiones por una alteración cerebral. Las convulsiones pueden ser el producto

de un susto. Y yo tuve que volver solo a la casa donde estaba eso. Dormí en el

sofá —susurró—. Con la luz encendida.

—¿Sucedió algo?

—Tuve un sueño —contestó Billings—. Estaba en una habitación oscura y

había algo que yo no podía..., no podía ver bien. Estaba en el armario. Hacía un

ruido..., un ruido viscoso. Me recordaba un comic que había leído en mi infancia.

Cuentos de la cripta, ¿lo conoce? ¡Jesús! Había un personaje llamado Graham

Ingles, capaz de invocar a los monstruos más abominables del mundo... y a

algunos de otros mundos. De todos modos, en este relato una mujer ahogaba a su

marido, ¿entiende? Le ataba unos bloques de cemento a los pies y lo arrojaba a

una cantera inundada. Pero él volvía. Estaba totalmente podrido y de color negro

verdoso y los peces le habían devorado un ojo y tenía algas enredadas en el pelo.

Volvía y la mataba. Y cuando me desperté en mitad de la noche, pensé que lo

encontraría inclinándose sobre mí. Con garras... largas garras...

El doctor Harper consultó el reloj digital embutido en su mesa. Lester Billings

estaba hablando desde hacía casi media hora.

—Cuando su esposa volvió a casa —dijo—, ¿cuál fue su actitud respecto a

usted?


—Aún me amaba —respondió Billings orgullosamen-te—. Seguía siendo una

mujer sumisa. Ese es el deber de la esposa, ¿no le parece? La liberación

femenina sólo sirve para aumentar el número de chalados. Lo más importante es

que cada cual sepa ocupar su lugar... Su... su... eh...

—¿Su sitio en la vida?

—¡Eso es! —Billings hizo chasquear los dedos—. Y la mujer debe seguir al

marido. Oh, durante los primeros cuatro o cinco meses que siguieron a la

desgracia estuvo bastante mustia..., arrastraba los pies por la casa, no cantaba,

no veía la TV', no reía. Yo sabía que se sobrepondría. Cuando los niños son tan

pequeños, uno no llega a encariñarse tanto. Después de un tiempo hay que mirar

su foto para recordar cómo eran, exactamente.

«Quería otro bebé —agregó, con tono lúgubre—. Le dije que era una mala idea.

Oh, no de forma definitiva, sino por un tiempo. Le dije que era hora de que nos

conformáramos y empegáramos a disfrutar el uno del otro. Antes nunca habíamos

tenido la oportunidad de hacerlo. Si queríamos ir al cine, teníamos que buscar una

baby-sitter. No podíamos ir a la ciudad a ver un partido de fútbol si los padres de

ella no aceptaban cuidar a los crios, porque mi madre no quería tener tratos con

nosotros. Denny había nacido demasiado poco tiempo después de que nos

casamos, ¿entiende? Mi madre dijo que Rita era una zorra, una vulgar trotacalles.

Así era como la llamaba siempre: trotacalles. ¿Qué le parece? Una vez me hizo

sentar y me recitó la lista de las enfermedades que podía pescarme si me

acostaba con una tro..., con una prostituta. Me explicó cómo un día aparecía una

llaguita en la ver... en el pene, y al día siguiente se estaba pudriendo. Ni siquiera

aceptó venir a la boda.

Billings tamborileó con los dedos sobre su pecho.

—El ginecólogo de Rita le vendió un chisme llamado DIU... dispositivo

intrauterino. Absolutamente seguro, dijo el médico. Bastaba insertarlo en el..., en

el aparato femenino, y listo. Si hay algo allí, el óvulo no se fecunda. Ni siquiera se

nota. —Dirigió la mirada al techo y sonrió con lúgubre dulzura—. Ni siquiera sabes

si está allí. Y al año siguiente volvió a quedar embarazada. Vaya seguridad

absoluta.

—Ningún método anticonceptivo es perfecto —explicó Harper—. La pildora sólo

lo es en el noventa v ocho por ciento de los casos. El DIU puede ser expulsado

por contracciones musculares, por un fuerte flujo menstrual y, en casos

excepcionales, durante la evacuación.

—Sí. O la mujer se lo puede quitar.

—Es posible.

—¿Y entonces qué? Empieza a tejer prendas de bebé, canta bajo la ducha, y

come encurtidos como una loca. Se sienta sobre mis rodillas y dice que debe ser




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