El umbral de la



Descargar 1.67 Mb.
Página12/35
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.67 Mb.
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   35

la voluntad de Dios. Mierda.

—¿El bebé nació al finalizar el año que siguió a la muerte de Shirl?

—Exactamente. Un varón. Le llamó Andrew Lester Billings. Yo no quise tener

nada que ver con él, por lo menos al principio. Decidí que puesto que ella había

armado el jaleo, tenía que apañárselas sola. Sé que esto puede parecer brutal,

pero no olvide cuánto había sufrido yo.

»Sin embargo terminé por cobrarle cariño, sabe. Para empezar, era el único de

la carnada que se parecía a mí. Denny guardaba parecido con su madre, y Shirley

no se había parecido a nadie, excepto tal vez a la abuela Ann. Pero Andy era

idéntico a mí.

«Cuando volvía de trabajar iba a jugar con él. Me cogía sólo el dedo y sonreía y

gorgoteaba. A las nueve semanas ya sonreía como su papá. ¿Cree lo que le estoy

contando?

»Y una noche, hete aquí que salgo de una tienda con un móvil para colgar

sobre la cuna del crío. ¡Yo! Yo siempre he pensado que los crios no valoran los

regalos hasta que tienen edad suficiente para dar las gracias. Pero ahí estaba yo,

comprándole un chisme ridículo, y de pronto me di cuenta de que lo quería más

que a nadie. Ya había conseguido un nuevo empleo, muy bueno: vendía taladros

de la firma «Cluett and Sons». Había prosperado mucho y cuando Andy cumplió

un año nos mudamos a Waterbury. La vieja casa tenía demasiados malos recuerdos.

»Y demasiados armarios.

»E1 año siguiente fue el mejor para nosotros. Daría todos los dedos de la mano

derecha por poder vivirlo de nuevo. Oh, aún había guerra en Vietnam, y los

hippies seguían paseándose desnudos, y los negros vociferaban mucho, pero

nada de eso nos afectaba. Vivíamos en una calle tranquila, con buenos vecinos.

Éramos felices —resumió sencillamente—. Un día le pregunté a Rita si no estaba

preocupada. Usted sabe, dicen que no hay dos sin tres. Contestó que eso no se

aplicaba a nosotros. Que Andy era distinto, que Dios lo había rodeado con un círculo

mágico.


Billings miró al techo con expresión morbosa.

—El año pasado no fue tan bueno. Algo cambió en la casa. Empecé a dejar los

chanclos en el vestíbulo porque ya no me gustaba abrir la puerta del armario.

Pensaba constantemente: ¿Y qué harás si está ahí dentro, agazapado y listo para

abalanzarse apenas abras la puerta? Y empecé a imaginar que oía ruidos

extraños, como si algo negro y verde y húmedo se estuviera moviendo apenas,

ahí dentro.

»Rita me preguntaba si no trabajaba demasiado, y empecé a insultarla como

antes. Me revolvía el estómago dejarlos solos para ir a trabajar, pero al mismo

tiempo me alegraba salir. Que Dios me ayude, me alegraba salir. Verá, empecé a

pensar que nos había perdido durante un tiempo cuando nos mudamos. Había

tenido que buscamos, deslizándose por las calles durante la noche y quizá reptando

por las alcantarillas. Olfateando nuestro rastro. Necesitó un año, pero nos

encontró. Ha vuelto, me dije. Le apetece Andy y le apetezco yo. Empecé a

sospechar que quizá si piensas mucho tiempo en algo, y crees que existe, termina

por corporizarse. Quizá todos los monstruos con los que nos asustaban cuando

éramos niños, Frankenstein y el Hombre Lobo y la Momia, existían realmente.

Existían en la medida suficiente para matar a los niños que aparentemente habían

caído en un abismo o se habían ahogado en un lago o tan sólo habían

desaparecido. Quizá...

—¿Se está evadiendo de algo, señor Billings? Billings permaneció un largo rato

callado. En el reloj digital pasaron dos minutos. Por fin dijo bruscamente:

—Andy murió en febrero. Rita no estaba en casa. Había recibido una llamada

de su padre. Su madre había sufrido un accidente de coche un día después de

Año Nuevo y creían que no se salvaría. Esa misma noche Rita cogió el autobús.

»Su madre no murió, pero estuvo mucho tiempo, dos meses, en la lista de

pacientes graves. Yo tenía una niñera excelente que estaba con Andy durante el

día. Pero por la noche nos quedábamos solos. Y las puertas de los armarios

porfiaban en abrirse. Billings se humedeció los labios.

—El niño dormía en la misma habitación que yo. Es curioso, además. Una vez,

cuando cumplió dos años, Rita me preguntó si quería instalarlo en otro dormitorio.

Spock u otro de esos charlatanes sostiene que es malo que los niños duerman

con los padres, ¿entiende? Se supone que eso les produce traumas sexuales o

algo parecido. Pero nosotros sólo lo hacíamos cuando el crío dormía. Y no quería

mudarlo. Tenía miedo, después de lo que les había pasado a Denny y a Shirl.

—¿Pero lo mudó, verdad? —preguntó el doctor Harper.

—Sí —respondió Billings. En sus facciones apareció una sonrisa enfermiza y

amarilla—. Lo mudé.

Otra pausa. Billings hizo un esfuerzo para proseguir.

—¡Tuve que hacerlo! —espetó por fin—. ¡Tuve que hacerlo! Todo había andado

bien mientras Rita estaba en la casa, pero cuando ella se fue, eso empezó a

envalentonarse. Empezó a... —Giró los ojos hacia Harper y mostró los dientes con

una sonrisa feroz—. Oh, no me creerá. Sé qué es lo que piensa. No soy más que

otro loco de su fichero. Lo sé. Pero usted no estaba allí, maldito fisgón.

»Una noche todas las puertas de la casa se abrieron de par en par. Una

mañana, al levantarme, encontré un rastro de cieno e inmundicia en el vestíbulo,

entre el armario de los abrigos y la puerta principal. ¿Eso salía? ¿O entraba? ¡No

lo sé! ¡Juro ante Dios que no lo sé! Los discos aparecían totalmente rayados y

cubiertos de limo, los espejos se rompían... y los ruidos... los ruidos...

Se pasó la mano por el cabello.

—Me despertaba a las tres de la mañana y miraba la oscuridad y al principio

me decía: «Es sólo el reloj.» Pero por debajo del tic-tac oía que algo se movía

sigilosamente. Pero no con demasiado sigilo, porque quería que yo lo oyera. Era

un deslizamiento pegajoso, como el de algo salido del fregadero de la cocina. O

un chasquido seco, como el de garras que se arrastraran suavemente sobre la

baranda de la escalera. Y cerraba los ojos, pensando que si oírlo era espantoso,

verlo sería...

»Y siempre temía que los ruidos se interrumpieran fugazmente, y que luego

estallara una risa sobre mi cara, y una bocanada de aire con olor a coles rancias.

Y que unas manos se cerraran sobre mi cuello. Billings estaba pálido y

tembloroso.

—De modo que lo mudé. Verá, sabía que primero iría a buscarle a él. Porque

era más débil. Y así fue. La primera vez chilló en mitad de la noche y finalmente,

cuando reuní los cajones1 suficientes para entrar, lo encontré de pie en la cama y

gritando: «El coco, papá... el coco..., quiero ir con papá, quiero ir con papá.»

La voz de Billings sonaba atiplada, como la de un niño. Sus ojos parecían llenar

toda su cara. Casi dio la impresión de haberse encogido en el diván.

—Pero no pude. —El tono atiplado infantil perduró—. No pude. Y una hora más

tarde oí un alarido. Un alarido sobrecogedor, gorgoteante. Y me di cuenta de que

le amaba mucho porque entré corriendo, sin siquiera encender la luz. Corrí, corrí,

corrí, oh, Jesús María y José, le había atrapado. Le sacudía, le sacudía como un

perro sacude un trapo y vi algo con unos repulsivos hombros encorvados y una

cabeza de espantapájaros y sentí un olor parecido al que despide un ratón muerto

en una botella de gaseosa y oí... —Su voz se apagó y después recobró el timbre

adulto—. Oí cómo se quebraba el cuello de Andy. —La voz de Billings sonó fría y

muerta—. Fue un ruido semejante al del hielo que se quiebra cuando uno patina

sobre un estanque en invierno.

—¿Qué sucedió después?

1 En castellano en el original. (N, del T.)

—Oh, eché a correr —respondió Billings con la misma voz fría, muerta—. Fui a

una cafetería que estaba abierta durante toda la noche. ¿Qué le parece esto,

como prueba de cobardía? Me metí en una cafetería y bebí seis tazas de café.

Después volví a casa. Ya amanecía. Llamé a la Policía aun antes de subir al

primer piso. Estaba tumbado en el suelo mirándome. Acusándome. Había perdido

un poco de sangre por una oreja. Pero sólo una rendija.

Se calló. Harper miró el reloj digital. Habían pasado cincuenta minutos.

—Pídale una hora a la enfermera —dijo—. ¿Los martes y jueves?

—Sólo he venido a contarle mi historia —respondió Billings—. Para

desahogarme. Le mentí a la Policía, ¿sabe? Dije que probablemente el crío había

tratado de bajar de la cuna por la noche y..., se lo tragaron. Claro que sí. Eso era

lo que parecía. Un accidente, como los otros. Pero Rita comprendió la verdad.

Rita... comprendió... finalmente.

Se cubrió los ojos con el antebrazo derecho y empezó a sollozar.

—Señor Billings, tenemos que conversar mucho —manifestó el doctor Harper

después de una pausa—. Creo que podremos eliminar parte de sus sentimientos

de culpa, pero antes tendrá que desear realmente librarse de ellos.

—¿Acaso piensa que no lo deseo? —exclamó Billings, apartando el antebrazo

de sus ojos. Estaban rojos, irritados, doloridos.

—Aún no —prosiguió Harper afablemente—. ¿Los martes y jueves?

—Maldito curandero —masculló Billings después de un largo silencio—. Está

bien. Está bien.

—Pídale hora a la enfermera, señor Billings. Adiós.

Billings soltó una risa hueca y salió rápidamente de la consulta, sin mirar atrás.

La silla de la enfermera estaba vacía. Sobre el secante del escritorio había un

cartelito que decía «Vuelvo enseguida».

Billings se volvió y entró nuevamente en la consulta.

—Doctor, su enfermera ha... No había nadie en la habitación. Pero la puerta del

armario estaba abierta. Sólo una pequeña rendija.

—Qué lindo —dijo la voz desde el interior del armario—. Qué lindo.

Las palabras sonaron como si hubieran sido articuladas por una boca llena de

algas descompuestas.

Billings se quedó paralizado donde estaba mientras la puerta del armario se

abría. Tuvo una vaga sensación de tibieza en el bajo vientre cuando se orinó encima.

—Qué lindo —dijo el coco mientras salía arrastrando los pies.

Aún sostenía su máscara del doctor Harper en una mano podrida, de garras

espatuladas.

MATERIA GRIS

Hacía una semana que pronosticaban el vendaval del Norte que se materializó

el jueves, y a las cuatro de la tarde va se habían amontonado veinte centímetros

de nieve y no daba señales de amainar. Los cinco o seis de siempre estábamos

congregados alrededor de la estufa en el «Nite-Owl» de Henry, el único bar

pequeño de este lado de Bangor que permanece abierto durante las veinticuatro

horas del día.

Henry no tiene mucha clientela —generalmente se limita a despachar cerveza y

vino a los chicos de la Universidad— pero se las apaña y no hay un local mejor

que el suyo para que los jubilados inservibles como nosotros nos reunamos e

intercambiemos información acerca de los que han muerto últimamente y de cómo

el mundo se va al diablo.

Esa tarde Henry estaba en la barra, y Bill Pelham, Bertie Connors, Carl

Littelfield y yo estábamos encorvados alrededor de la estufa. Fuera, ni un coche se

movía por Ohio Street, v los quitanieves tenían mucho trabajo. El viento arrastraba

montículos que parecían la columna vertebral de un dinosaurio.

Durante toda la tarde Henry sólo había tenido tres parroquianos, y esto si

contamos al ciego Eddie. Eddie tenía alrededor de setenta años y no es

completamente ciego. En general, tropieza con las cosas. Viene una o dos veces

por semana y se mete un pan bajo la chaqueta y se va con una expresión que

parece decir: he vuelto a engañaros, estúpidos hijos de puta.

Una vez Bertie le preguntó a Henry por qué no le ponía coto a eso.

—Te lo diré —respondió Henry—. Hace algunos años la Fuerza Aérea pidió

veinte millones de dólares para producir el modelo de un avión que habían

diseñado. Bien, les costó setenta y cinco millones y el maldito trasto no despegó

jamás. Eso sucedió hace diez años, cuando Eddie y yo éramos bastante más

jóvenes, y yo voté a favor de la mujer que patrocinó aquel proyecto. El ciego Eddie

votó contra ella. Y desde entonces le pago el pan.

Bertie no parecía haber entendido muy bien la historia, pero se quedó

rumiándola.

En ese momento volvió a abrirse la puerta que dejó pasar una ráfaga de aire

gris y frío, y entró un chico que golpeó las botas contra el piso para desprender la

nieve. Lo identifiqué en seguida. Era el hijo de Richie Grenadi-ne, y al ver su cara

tuve la impresión de que acababa de pasar por un mal trance. Su nuez de Adán

subía y bajaba convulsivamente y sus facciones tenían el color de un encerado

viejo.


—Señor Parmalee —le dijo a Henry, mientras los ojos le giraban en las órbitas

como cojinetes—, tiene que ir a casa. Tiene que llevarle la cerveza e ir a casa. Yo

no me atrevo a volver. Tengo miedo.

—Calma, calma —respondió Henry, quitándose su delantal blanco de carnicero

y contorneando la barra—. ¿Qué sucede? ¿Tu padre ha agarrado una mona?

Cuando dijo esto recordé que hacía bastante tiempo que Richie no visitaba el

bar. Generalmente venía una vez por día para llevarse una caja de la cerveza más

barata. Era un hombre alto y gordo, con carrillos que parecían lomos de cerdo y

brazos como jamones. Richie siempre había sido un bebedor empedernido de

cerveza pero mientras trabajaba en el aserradero de Clifton la asimilaba bien.

Entonces ocurrió algo —una trozadora apiló mal la madera, o el mismo Richie

preparó el accidente— y Richie abandonó el trabajo, libre y despreocupado,

mientras el aserradero le pagaba la indemnización. Una lesión en la espalda. Sea

como fuere, se puso espantosamente obeso. En los últimos tiempos no asomaba

las narices por allí, aunque de vez en cuando veía a su hijo que venía a comprar la

caja de todas las noches. Un chico simpático. Henry le vendía la cerveza, porque

sabía que el muchacho se limitaba a obedecer las órdenes de su padre.

—Sí, ha agarrado una mona —asintió entonces el chico—, pero ése no es el

problema. Es... es... Dios mío, qué horror.

Henry se dio cuenta de que iba a llorar, de modo que se apresuró a decir:

—Carl, ¿puedes atender un rato el negocio?

—Por supuesto.

—Ahora, Timmy, ven conmigo a la trastienda y cuéntame qué sucede.

Se me con el chico y Cari se colocó detrás de la barra y se sentó en el taburete

de Henry. Durante un tiempo nadie dijo nada. Los oíamos conversar en la

trastienda: la voz profunda, pausada, de Henry, y después la atiplada de Timmy

Grenadine que hablaba atropelladamente. Por fin el chico se echó a llorar y Bill

Pelham se aclaró la garganta y empezó a cargar su pipa.

—Hace un par de meses que no veo a Richie —comenté.

—No has perdido nada —gruñó Bill.

—Vino... oh, a finales de octubre —manifestó Cari—. Unos días antes de Todos

los Santos. Compró una caja de cerveza «Schlitz». Estaba engordando

pavorosamente.

No había mucho más que agregar. El chico seguía llorando, pero al mismo

tiempo hablaba. Fuera, el viento seguía aullando y ululando y la radio anunció que

por la mañana tendríamos más o menos otros veinte centímetros de nieve.

Estábamos a mediados de enero y me pregunto si alguien había visto a Richie

desde octubre..., sin contar a su hijo, claro está.

La conversación continuó durante un largo rato, pero finalmente Henry volvió a

salir con el chico. Éste se había quitado el abrigo, y en cambio Henry se había

puesto el suyo. El chico comprimía un poco el pecho, como acostumbra a hacerlo

la gente cuando ya ha pasado lo peor, pero tenía los ojos enrojecidos y cuando se

volvía hacia alguien bajaba la vista.

Henry parecía preocupado.

—Creo que haré subir a Timmy para que mi esposa le prepare un bocadillo de

queso caliente o algo parecido. Quizás a un par de vosotros no os importaría

acompañarme hasta la casa de Richie. Timmy dice que su padre quiere cerveza.

Me dio el dinero. —Trató de sonreír, pero sólo consiguió esbozar una mueca

enfermiza y desistió del esfuerzo.

—Claro que sí —dijo Bertie—. ¿Qué marca de cerveza? Yo iré a buscarla.

—Trae la «Harrow's Supreme» —contestó Henry—. En la trastienda tenemos

algunas cajas a precio rebajado.

Yo también me levanté. Tendríamos que ir Bertie y yo. Con este tiempo la

artritis de Cari se pone insoportable, y Billy Pelham ya no maneja bien el brazo

derecho.

Bertie trajo las latas de «Harrow's» embaladas en grupos de seis, y yo metí dos

docenas en una caja mientras Henry llevaba al chico arriba, al apartamento del

primer piso.

Bien, se puso de acuerdo con su señora y volvió a bajar, echando una mirada

por encima del hombro para asegurarse de que la puerta de arriba estaba cerrada.

—¿Qué sucede? —preguntó Billy, ansiosamente—. ¿Richie le pegó una paliza

al chico?

—No —respondió Henry—. Prefiero no decir nada, por ahora. Os parecería

absurdo. Sin embargo, os mostraré algo. El dinero que trajo Timmy para pagar la

cerveza.

Sacó del bolsillo cuatro billetes de un dólar, cogiéndolos por un ángulo, y en

seguida justifiqué esta precaución. Se hallaban totalmente cubiertos por una

sustancia gris, viscosa, parecida a la baba que se forma en la superficie de las

conservas descompuestas. Los depositó sobre la barra con una sonrisa rara y le

ordenó a Carl:

—¡No permitas que los toquen! ¡No si la mitad de lo que dice el chico es cierto!

Y se encaminó hacia el fregadero contiguo al mostrador y se lavó las manos.

Me levanté, me puse el chaquetón y la bufanda, abroché la prenda hasta arriba.

Habría sido una tontería coger el coche: Richie vivía en un edificio de

apartamentos situado en el extremo de Curve Street, muy cerca de allí y en el

último punto que tocaba el quitanieves.

Cuando salíamos, Bill Pelham gritó a nuestras espaldas:

—No os descuidéis.

Henry hizo un gesto de asentimiento, depositó la caja de «Harrow's» sobre la

carretilla que deja junto a la puerta, y nos dispusimos a salir.

El viento era cortante como una sierra, y levanté inmediatamente la bufanda

para cubrirme las orejas. Nos detuvimos un segundo en el portal mientras Bertie

se calzaba los guantes. Tenía una mueca de dolor en la cara y comprendía lo que

sentía. Estaba bien que los jóvenes esquiaran durante el día y pasaran la mitad de

la noche corriendo carreras con esos malditos trineos aerodinámicos, pero cuando

apenas pasas los setenta sin un cambio de aceite el cierzo te llega al corazón.

—No quiero asustaros, muchachos —manifestó Henry, sin perder esa sonrisa

extraña, que parecía expresar asco—, pero de todas maneras os mostraré algo. Y

mientras caminamos hasta allí os contaré lo que me dijo el chico..., porque quiero

que lo sepáis.

Al decir esto, extrajo del bolsillo de la chaqueta una pistola calibre 45, la misma

que guardaba cargada y a punto debajo de la barra desde 1958, cuando había resuelto

mantener abierto el establecimiento durante las veinticuatro horas del día.

No sé de dónde sacó esa pieza de artillería, pero sí sé que la única vez que la

blandió delante de un asaltante, éste dio media vuelta y salió corriendo. Henry era

un tipo impasible, sí señor. Un día lo vi echar a un estudiante que quiso obligarlo a

canjear un cheque. El chico salió como alma que lleva el diablo.

Bien, sólo cuento esto porque Henry quería que Bertie y yo supiéramos que

hablaba en serio, y vaya si lo sabíamos.

De modo que nos pusimos en marcha, encorvados como lavanderas para

luchar contra el vendaval. Henry empujaba la carretilla y repetía lo que le había

narrado el chico. El viento trataba de arrancarle las palabras antes de que llegaran

a nosotros, pero oímos casi todo..., más de lo que nos habría gustado oír. Me

alegré inmensamente de que Henry llevara su bazooka en el bolsillo de la

chaqueta.

El chico pensaba que la culpable había sido la cerveza: ya sabéis cómo de vez

en cuando puede haber una lata en mal estado. Insípida o maloliente o verde

como las manchas de orina del calzoncillo de un irlandés. Un tipo me dijo una vez

que basta un orificio insignificante para que se infiltren bacterias capaces de hacer

cosas muy raras. El agujero puede ser tan minúsculo que la cerveza casi no se

escurre, pero las bacterias entran igualmente. Y la cerveza es muy nutritiva para

algunos de esos bichos.

Sea como fuere, el chico contó que aquella noche de octubre Richie trajo un

cajón de «Golden Light», como siempre, y que se sentó a consumirla mientras

Timmy hacía sus deberes.

Timmy se disponía a irse a la cama cuando le oyó decir a Richie:

—Jesús, qué asco. Y Timmy le preguntó:

—¿Qué sucede, papá?

—La cerveza —respondió Richie—. Cielos, nunca había notado un sabor tan

espantoso en la boca.

La mayoría de la gente se preguntará por qué demonios la bebió si tenía tan

mal sabor, pero eso es porque la mayoría de la gente no ha visto cómo traga la

cerveza Richie Grenadine. Una tarde yo estaba en la taberna de Wally y le vi

ganar la apuesta más estrafalaria. Le apostó a un tipo que era capaz de beber

veinte vasos de cerveza en un minuto. Ninguno de los parroquianos habituales

aceptó la apuesta, pero un viajante de Montpellier puso veinte dólares sobre la

barra y Richie lo copó. Bebió los veinte vasos en un minuto y aún le sobraron siete

segundos..., aunque cuando salió tenía una curda fenomenal. De modo que

supongo que Richie vació casi todo el contenido de la lata antes de que el cerebro

le diera la alarma.

—Voy a vomitar —exclamó Richie—. ¡Cuidado! Pero cuando llegó al inodoro ya

se le había asentado en el estómago, y eso fue todo. El chico dijo que la lata olía

como si algo se hubiera arrastrado dentro de ella y hubiera muerto allí. Además

tenía un poco de espuma gris alrededor de la tapa.

Dos días más tarde, cuando el chico volvió de la escuela encontró a Richie

sentado frente al televisor, mirando los seriales lacrimógenos de la tarde con todas

las persianas bajas.

—¿Qué pasa? —preguntó Timmy, porque Richie casi nunca regresaba a casa

antes de las nueve.

—Estoy viendo la TV —contestó Richie—. Hoy no tenía ganas de salir.

Timmy encendió la bombilla del fregadero, y Richie le gritó:

—¡Apaga esa maldita luz!

Timmy obedeció, sin preguntar cómo se las arreglaría para hacer sus deberes

en la oscuridad.

Cuando Richie está de mal humor, nadie le pregunta nada.

—Y vete a buscarme una caja de cerveza —agregó Richie—. El dinero está

sobre la mesa.

Cuando el chico volvió, su padre todavía estaba sentado en las tinieblas,

aunque ahora también estaba oscuro afuera. Y había apagado el televisor. El




Compartir con tus amigos:
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   35


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal