El umbral de la



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chico empezó a asustarse..., bueno, ¿a quién no le pasaría lo mismo? Nada más

que un apartamento en sombras y tu padre sentado en un rincón como un bulto.

De modo que depositó la cerveza sobre la mesa, porque sabía que a Richie no

le gustaba muy fría, y cuando se acercó a su padre empezó a sentir una especie

de olor a podrido, como el de un queso olvidado sobre el mostrador durante el fin

de semana. Pero no hizo ningún comentario ni se sorprendió, porque el viejo

nunca había sido lo que se llama una persona higiénica. En cambio se encerró en

su habitación y cerró la puerta e hizo sus deberes, y al cabo de un rato oyó el

ruido del televisor y el chasquido de la primera lata de la noche.

Todo siguió igual durante una o dos semanas. El chico se levantaba por la

mañana e iba a la escuela y cuando volvía a casa Richie estaba frente al televisor

y el dinero para la cerveza descansaba sobre la mesa.

Además, en el apartamento reinaba un olor cada vez más pestilente. Richie no

levantaba nunca las persianas, y hacia mediados de noviembre le prohibió a

Timmy que estudiara en su habitación. Argumentó que no soportaba la luz que se

colaba por debajo de la puerta. De modo que Timmy empezó a ir a estudiar a la

casa de un amigo, cerca de allí, después de comprarle la cerveza a su padre.

Hasta que un día, cuando Timmy volvió de la escuela

—eran las cuatro y casi era de noche— Richie le dijo:

—Enciende la luz.

El chico encendió la bombilla del fregadero, y se quedó atónito al ver que Richie

estaba envuelto en una manta.

—Mira —murmuró Richie, y asomó una mano de debajo de la manta. Pero no

era en absoluto una mano. Algo gris, fue lo único que el chico atinó a decirle a

Henry. No parecía en absoluto una mano. Sólo un muñón gris.

Bien, Timmy Grenadine se asustó.

—¿Qué te sucede, papá? —preguntó. Y Richie contestó:

—No lo sé. Pero no duele. Es... casi agradable. Entonces Timmy exclamó:

—Voy a llamar al doctor Westphail.

Y la manta empezó a temblar de un extremo a otro, como si algo abominable se

estuviera estremeciendo —íntegramente— allí debajo. Y Richie siseó:

—Ni en sueños. Si lo haces te tocaré y terminarás así.

—Y apartó fugazmente la manta de su rostro.

Ya estábamos en la intersección de Harlow y Curve Street, y yo tenía más frío

que el que marcaba, cuando salimos, el termómetro de la Orange Crush adosado

a la pared de Henry. Nadie quiere creer este tipo de cosas, y sin embargo hay

fenómenos muy extraños en el mundo.

Una vez conocí a un tipo llamado George Kelson, que trabajaba en el

Departamento de Obras Públicas de Ban-gor. Había pasado quince años

reparando tuberías de agua y cables de electricidad y cosas parecidas, hasta que

un día renunció, sencillamente, dos años antes de jubilarse. Frankie Haldeman,

que era amigo suyo, contó que un día George bajó a una alcantarilla de Essex,

bromeando y riendo como de costumbre, y que quince minutos después volvió a

salir con el cabello blanco como la nieve y con los ojos desorbitados como si

hubiera espiado por una ventana que comunicaba con el infierno. Fue directamente

al garaje del Departamento de Obras Públicas y marcó su tarjeta en el

reloj y se marchó a la taberna de Wally v empezó a beber. El alcohol había

acabado con él dos años más tarde. Frankie intentó sonsacarle algo, pero George

sólo habló una vez, un día en que estaba excepcionalmente borracho. Giró sobre

su taburete, y le preguntó a Frankie Haldeman si alguna vez había visto una araña

grande como un perro de buen tamaño, sentada en una tela llena de gatitos y

otros animales parecidos envueltos en hilo de seda. Bien, ¿qué podía contestarle?

No digo que eso es cierto, pero lo que sí digo es que en los recovecos del mundo

hay cosas que podrían enloquecer a cualquiera que se encontrase cara a cara con

ellas.


De modo que nos detuvimos un minuto en la esquina, a pesar del viento que

soplaba calle arriba.

—¿Qué vio? —inquirió Bertie.

—Dijo que siguió viendo a su padre —respondió Henry—, pero que parecía

sepultado en gelatina gris... y que estaba como apelmazado. Agregó que sus

ropas asomaban fuera de la piel y desaparecían dentro de ella, como si se

hubieran fusionado a su cuerpo.

—Dios bendito —exclamó Bertie.

—Después volvió a cubrirse inmediatamente y le gritó al chico que apagara la

luz.


—Como si fuera un hongo —comenté.

—Sí —asintió Henry—. Más o menos así.

—Conserva la pistola al alcance de la mano —murmuró Bertie.

—Sí, eso es lo que haré. —Dicho lo cual empezamos a caminar por Curve

Street.

El edificio donde Richie Grenadine tenía su apartamento estaba casi en la



cresta de la colina, y era uno de esos grandes monstruos Victorianos que los

magnates de la madera v el papel construyeron a principios de siglo. Ahora casi

todos ellos han sido reformados y los han dividido en apartamentos. Cuando

Bertie recuperó el aliento, nos informó que Richie vivía en el segundo piso, bajo

aquel gablete que sobresalía como una ceja. Me arriesgué a preguntarle a Henry

qué le había sucedido al chico después de aquel episodio.

Aproximadamente en la tercera semana de noviembre, el chico volvió una tarde

y descubrió que Richie ya no se conformaba con bajar las persianas. Había

clavado mantas sobre todas las ventanas del apartamento. Además olía cada vez

peor..., con una especie de fetidez pegajosa, como la que despide la fruta cuando

la hace fermentar la levadura.

Más o menos una semana después, Richie le ordenó al chico que empezara a

calentarle la cerveza sobre la estufa. ¿Te imaginas la situación? El chico a solas

en ese apartamento mientras su padre se convertía en... bueno, en algo... y

calentándole la cerveza y escuchando después como él... o eso... la bebía con un

atroz gorgoteo, como cuando un viejo sorbe su papilla. ¿Puedes imaginártelo?

Y todo había continuado así hasta ese día, cuando las clases terminaron más

temprano a causa de la tormenta.

—El chico volvió directamente a casa —explicó Henry—. En el rellano de arriba

no había luz (el chico sostiene que su padre debió de escurrirse afuera una noche

para romper la bombilla) de modo que tuvo que ir a tientas hasta la puerta. Bueno,

oyó que algo se movía adentro, y de pronto se le ocurrió pensar que no sabía a

qué se dedicaba su padre durante el día, en la semana. Hacía casi un mes que no

le veía moverse de la silla, pero en algún momento debía abandonarla para dormir

e ir al baño.

»En el centro de la puerta hay una mirilla, que teóricamente debería tener una

traba por dentro, para cerrarla, pero que está rota desde que ellos viven allí. De

modo que el chico se deslizó hasta la puerta con mucho sigilo, y empujó la mirilla

un poco con el pulgar, y pegó el ojo a la abertura.

Ya estábamos al pie de la escalinata de entrada y la casa se alzaba sobre

nosotros como una cara alta, repulsiva, cuyos ojos eran las ventanas del segundo

piso. Miré hacia arriba y ciertamente las dos ventanas estaban negras como boca

de lobo. Como si alguien las hubiera cubierto con mantas o las hubiera pintado.

—Tuvo que dejar pasar un minuto para que su ojo se acostumbrara a la

penumbra. Hasta que por fin vio un gran bulto gris, que no tenía ninguna

semejanza con un hombre, y que se arrastraba por el suelo, dejando atrás un

rastro de una sustancia gris y pegajosa. Y después estiró un brazo, o algo que

hacía las veces de brazo, y desprendió una tabla de la pared. Y extrajo un gato. —

Henry se interrumpió brevemente. Bertie se golpeaba las manos, una contra otra,

y en la calle hacía un frío de mil demonios, pero todavía ninguno de nosotros

estaba preparado para subir—. Un gato muerto —prosiguió Henry—, que se había

podrido. El chico dijo que parecía hinchado y rígido... infestado de diminutas

formas blancas reptantes...

—Basta —susurró Bertie—. Por el amor de Dios.

—Y después su padre se lo comió.

Intenté tragar y sentí un sabor grasiento en la garganta.

—Fue entonces cuando Timmy echó la mirilla —concluyó Henry en voz baja—.

Y echó a correr.

—No creo que pueda ir allí —balbució Bertie. Henry permaneció callado. Se

limitó a miramos alternativamente a Bertie y a mí.

—Creo que lo mejor será que subamos —manifesté—. Tenemos la cerveza de

Richie.


Bertie no contestó, así que subimos por la escalinata y entramos en el zaguán.

Lo olí en seguida.

¿Sabéis cómo huele una fábrica de sidra en verano? Es imposible hacer

desaparecer el olor de las manzanas, pero en otoño dicho olor es agradable,

porque tiene un dejo ácido e intenso que hace cosquillear la nariz. Pero en verano

resulta repugnante, y este olor era idéntico a aquel otro, aunque un poco peor.

En el zaguán de entrada estaba encendida una bombilla, amarilla, mortecina y

encerrada en una tulipa de vidrio esmerilado, que proyectaba un resplandor tan difuso

como el suero de manteca. Y la escalera subía envuelta en un manto de

sombras.


Henry detuvo la carretilla, y mientras él levantaba la caja de cerveza yo pulsé el

interruptor situado al pie de la escalera que controlaba la luz del primer rellano.

Pero tal como había dicho el chico, no funcionaba.

Bertie balbuceó:

—Yo cargaré la cerveza. Tú te harás cargo de la pistola. Henry no discutió.

Entregó la caja y empezamos a subir: Henry a la cabeza, después yo, y Bertie en

la retaguardia con la caja en brazos. Cuando llegamos al rellano del primer piso, la

pestilencia era mucho más fuerte. Manzanas podridas, todas fermentadas, y

acompañándolas, insidiosamente, un hedor aún más mefítico.

Cuando vivía en Levant hubo una época en la que tuve un perro llamado Rex,

un buen chucho pero muy torpe para esquivar los coches. Una tarde, mientras yo

estaba en el trabajo, lo atropelló un coche y se arrastró debajo de la casa y murió

allí. Dios mío, qué fetidez. Tuve que acabar metiéndome yo también abajo para

sacarlo con una estaca. El segundo hedor se parecía a ése: infestado de moscas

y pútrido y tan inmundo como una mazorca de maíz descompuesta.

Hasta ese momento había seguido pensando que tal vez se trataba de una

broma extravagante, pero entonces me di cuenta de que no lo era.

—Santo cielo, ¿por qué los vecinos no echan a Richie?

—exclamé.

—¿Qué vecinos? —preguntó Henry, y volvió a esbozar esa sonrisa extraña.

Miré en torno y vi que el pasillo tenía un aspecto polvoriento y abandonado, y

que las puertas de los tres apartamentos del primer piso estaban cerradas y

clausuradas.

—Me pregunto quién es el casero —murmuró Bertie, apoyando la caja sobre el

poste de la baranda mientras recuperaba el aliento—. ¿Gaiteau? Me sorprende

que no le desaloje.

—¿Quién crees que se atrevería a subir allí para expulsarlo? —preguntó

Henry—. ¿Tú?

Bertie no contestó.

Finalmente empezamos a subir el último tramo de escalera, que era aún más

angosto y empinado que el anterior. También hacía más calor. A juzgar por el

ruido, todos los radiadores de la casa estaban crujiendo y siseando. El olor era

nauseabundo y empecé a tener la impresión de que alguien me revolvía las tripas

con una vara.

Arriba nos encontramos con un corto pasillo y con una puerta en cuyo centro

había una pequeña mirilla.

Bertie lanzó una exclamación ahogada y susurró:

—¡Mirad por dónde estamos caminando! Miré hacia abajo y vi la sustancia

pegajosa que cubría el suelo del corredor. Aparentemente allí había habido una

alfombra, pero la baba gris la había corroído.

Henry se acercó a la puerta y nosotros le seguimos. Ignoro lo que sentía Bertie,

pero yo temblaba como una hoja. Sin embargo, Henry no vaciló en ningún

momento. Levantó la pistola y golpeó la puerta con la culata.

—¿Richie? —exclamó, y su voz no dejó traslucir ni una pizca de miedo, a pesar

de que sus facciones tenían una palidez mortal—. Soy Henry Parmalee del «Nite-

Owl». Te he traído tu cerveza.

Nadie contestó nada durante más o menos un minuto, y por fin una voz dijo:

—¿Dónde está Timmy? ¿Dónde está mi hijo? Casi eché a correr en ese mismo

momento. La voz no era ni remotamente humana. Tenía un timbre raro y bajo y

gorgoteante, como si quien la producía estuviera hablando con la boca llena de

sebo.

—Está en mi tienda, alimentándose decorosamente



—respondió Henry—. Está flaco como un gato vagabundo, Richie.

Durante un rato no se oyó nada, y luego nos llegaron unos horribles chasquidos

húmedos, como los que podría producir un hombre calzado con botas de goma al

caminar por el limo. Después la misma voz deteriorada habló desde el otro lado de

la puerta.

—Abre la puerta y empuja la cerveza por la rendija

—ordenó—. Pero antes arranca las anillas de las latas. Yo no puedo hacerlo.

—En seguida —asintió Henry—. ¿Cómo te encuentras, Richie?

—¡Eso no te interesa! —respondió la voz, con sobre-cogedora vehemencia—.

¡Lo único que tienes que hacer es empujar la cerveza e irte!

—Ya no te conformas con los gatos muertos, ¿verdad? —prosiguió Henry, con

tono compungido. Ahora no sostenía la pistola por el cañón, sino por la culata.

Y de pronto, con un chispazo de lucidez, asocié los datos como ya lo había

hecho Henry, quizá desde el momento mismo en que Timmy le había contado su

historia. Cuando lo recordé, las miasmas de descomposición y podredumbre

parecieron atacar con redoblada intensidad mis fosas nasales. Durante las últimas

tres semanas habían desaparecido en la ciudad dos chicas y un viejo borracho

que acostumbraba a asilarse en el albergue del Ejército de Salvación. Las tres

desapariciones se habían producido por la noche.

—Empuja la cerveza o saldré a buscarla —dijo la voz. Henry hizo una seña

para que nos replegáramos, y obedecimos.

—Creo que eso será lo mejor, Richie. —Amartilló la pistola.

No pasó nada, por lo menos durante un largo rato. En verdad, empecé a pensar

que todo había concluido. Entonces la puerta se abrió tan repentinamente y con

tanta violencia que realmente se combó antes de chocar contra la pared. Y salió

Richie.


Transcurrió un segundo, sólo un segundo antes de que Bertie y yo echáramos

a correr escaleras abajo como chiquillos, saltando de cuatro en cuatro los

escalones, para salir por fin a la acera cubierta de nieve, resbalando y patinando.

Mientras bajábamos oímos que Henry disparaba tres veces, y los estampidos

retumbaron como granadas de mano en los pasillos cerrados de esa casa vacía y

maldita.


Lo que vimos en ese lapso de uno o dos segundos me acompañará durante

toda una vida..., o durante lo que me quede de ella. Fue una descomunal onda de

gelatina gris, de gelatina con forma de hombre, que dejaba un rastro viscoso tras

de sí.


Pero eso no fue lo peor. Sus ojos eran chatos y amarillos y alucinados, sin el

menor atisbo de alma humana. Y no eran sólo dos. Había cuatro, y a lo largo del

centro de la mole, entre los dos pares de ojos, se extendía una línea blanca,

fibrosa, a través de la cual asomaba una especie de carne rosada palpitante,

como cuando se abre un tajo en la barriga de un cerdo.

Se estaba dividiendo, ¿entendéis? Se estaba dividiendo en dos.

Bertie y yo no cambiamos una palabra mientras volvíamos a la tienda. Ignoro

qué ideas cruzaban por su mente, pero sé muy bien en qué pensaba yo: en la

tabla de multiplicar. Dos por dos son cuatro, cuatro por dos son ocho, ocho por

dos son dieciséis, dieciséis por dos son...

Llegamos de vuelta. Cari y Bill Pelham se levantaron como impulsados por un

muelle y en seguida nos acosaron con sus preguntas. Los dos nos negamos a

contestar. Nos limitamos a dar media vuelta y a esperar, por si Henry salía de la

nieve. Yo había llegado a la conclusión de que 32.768 por dos equivale al final de

la raza humana y allí estábamos los dos reconfortados por toda esa cerveza y

esperando, para comprobar qué era lo que volvía al fin. Y aquí estamos todavía.

Ojalá sea Henry. Ojalá.

CAMPO DE BATALLA

—¿Señor Renshaw?

La voz del conserje le alcanzó cuando estaba a mitad de camino en su marcha

hacia el ascensor, y Renshaw se volvió impacientemente, pasando el bolso de

avión de una mano a la otra. El sobre que llevaba en el bolsillo de la americana,

lleno de billetes de veinte y cincuenta dólares, crujió ruidosamente. Había sido un

trabajo bien ejecutado y la remuneración había sido excelente..., incluso después

de descontar la comisión del 15 por ciento que retenía la Organización, como

intermediaria. Ahora lo único que deseaba era una ducha caliente, un gin tonic y

un buen descanso.

—¿Qué pasa?

—Un paquete, señor. ¿Quiere firmar el resguardo? Renshaw firmó, y miró

pensativamente el paquete rectangular. Su nombre y la dirección del edificio estaban

escritos, sobre el rótulo engomado, con una grafía puntiaguda y sesgada a la

izquierda que le pareció conocida. Meció el envoltorio sobre la superficie del

mostrador, de falso mármol, y algo tintineó ligeramente dentro.

—¿Quiere que lo haga enviar arriba, señor Renshaw?

—No, lo llevaré yo.

Medía unos cuarenta y cinco centímetros de largo y encajaba dificultosamente

bajo su brazo. Lo depositó sobre la alfombra de felpa que cubría el suelo del

ascensor e hizo girar la llave en la hendidura que correspondía al ático, sobre la

hilera regular de botones. La cabina subió veloz y silenciosamente. Cerró los ojos

y dejó que el trabajo volviera a proyectarse sobre la pantalla de su mente.

Todo había empezado, como siempre, con la llamada de Cal Bates:

—¿Estás disponible, Johnny?

Estaba disponible dos veces al año, y su tarifa mínima era de 10.000 dólares.

Era muy competente, muy confiable, pero lo que sus clientes compraban

realmente era su infalible talento de cazador. John Renshaw era un halcón

humano, que la genética y el entorno habían programado para hacer dos cosas

admirablemente: matar y sobrevivir.

Después de recibir la llamada de Bates, Renshaw encontró en su apartado

postal un sobre de color castaño. Un nombre, una dirección, una foto. Lo grabó

todo en su memoria y las cenizas del sobre y su contenido desaparecieron por el

sumidero.

Esta vez el rostro había sido el de un pálido industrial de Miami que se llamaba

Hans Morris, fundador y propietario de la empresa de «Juguetes Morris». Alguien

había querido librarse de Morris y había recurrido a la Organización. Ésta, por

intermedio de Calvin Bates, había hablado con John Renshaw. Pam. Se ruega no

enviar flores al sepelio.

Las puertas se abrieron, Renshaw tomó el paquete y salió de la cabina. Abrió la

puerta del apartamento y entró. A esa hora del día, las tres de la tarde, el sol de

abril bañaba a raudales la sala. Se detuvo un momento, disfrutando de su tibieza,

y después depositó el paquete sobre la mesa contigua a la puerta y aflojó el nudo

de la corbata. Dejó caer el sobre encima del envoltorio y se encaminó hacia la

terraza.


Abrió la puerta de cristal, de corredera, y salió. Hacía frío y el viento lo taladró a

través del delgado abrigo. No obstante, se detuvo un momento, contemplando la

ciudad con el mismo talante con que un general podría escudriñar el territorio

conquistado. Los vehículos se deslizaban por las calles como escarabajos. Muy

lejos, casi sepultado por la bruma dorada del atardecer, el puente de la bahía

brillaba como el espejismo de un loco. Hacia el Este, prácticamente perdidas

detrás de los rascacielos

céntricos, se extendían las promiscuas y mugrientas casas de vecindad con su

jungla de antenas de televisión de acero inoxidable. Allí arriba se estaba mejor.

Mejor que en las alcantarillas.

Entró nuevamente, cerró la puerta de corredera, y se dirigió al baño para darse

una larga ducha caliente.

Cuando se sentó cuarenta minutos más tarde para contemplar el paquete, con

un vaso en la mano, las sombras habían avanzado sobre la mitad de la alfombra

de color purpúreo, y la parte más agradable de la tarde había quedado atrás.

Era una bomba.

Claro que no lo era, pero él procedía como si lo fuera. Gracias a ello seguía vivo

y alimentándose cuando tantos otros habían subido a la enorme oficina de

desocupados que había en el cielo.

Si era una bomba, no tenía un mecanismo de relojería. Descansaba totalmente

muda, inexpresiva y enigmática. De todos modos, en los últimos tiempos estaba

más de moda el plástico. Su comportamiento era menos temperamental que el de

los relojes que fabricaban Westclox y Big Ben.

Renshaw miró el matasellos. Miami, 15 de abril Cinco días atrás. De modo que

la bomba no estaba montada para detonar a una hora determinada. Si ése hubiera

sido el caso, habría estallado en la caja de caudales del hotel.

Miami. Sí. Y esa grafía puntiaguda y sesgada a la izquierda. Había visto una

fotografía enmarcada sobre el escritorio del pálido fabricante de juguetes. La foto

de una vieja bruja aún más pálida, con la cabeza envuelta en un pañuelo, una

babushka, al estilo ruso. La leyenda estampada al pie decía: «Cariños de tu mejor

diseñadora. Mamá.»

¿Qué magnífico diseño es éste, mamá? ¿Un sistema de exterminación de

fabricación casera?

Estudió el envoltorio con implacable concentración, inmóvil, con las manos

cruzadas. No se hizo demasiadas preguntas, por ejemplo, cómo había averiguado

su domicilio la mejor diseñadora de Morris. Las dejaba para más tarde, para

cuando hablara con Cal Bates. Por el momento carecían de importancia. Con un

movimiento súbito, casi distraído, extrajo de su billetera un pequeño calendario de

celuloide y lo introdujo diestramente bajo el cordel que ceñía el papel marrón en

todas las direcciones. Lo deslizó bajo la cinta «Scotch» que retenía una solapa. La

solapa se zafó, aflojándose contra el cordel.

Hizo una pausa, observando, y después se inclinó sobre el paquete y lo olfateó.

Cartón, papel, cordel. Nada más. Caminó alrededor de la mesa, se acuclilló con un

movimiento ágil, y repitió la operación. El crepúsculo invadía el apartamento con

dedos grises y penumbrosos.

Una de las solapas se zafó del cordel que la retenía y apareció una opaca caja

verde. De metal. Con bisagras. Extrajo un cortaplumas v cortó el cordel. Éste cavó

a un costado, y bastó hurgar un poco con el cortaplumas para que la caja quedara

a la vista.

Era verde, con manchas negras de camuflaje, y sobre la parte delantera estaba

estampada, en letras blancas, la leyenda: COFRE DEL SOLDADO JOE DE

VIETNAM. Más abajo: 20 Infantes, 10 Helicópteros, 2 Tiradores con Fusiles




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