El umbral de la



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se había dado cuenta. La leche y unas gotas de sangre salpicaron la barra.

El cocinero negro estaba petrificado junto a la radio, con un trapo en la mano y

expresión alelada. Sus dientes centelleaban. Durante un rato no se oyó nada más

que el zumbido del reloj «Westclox» y el ronquido del motor del «Reo» que iba a

reunirse con sus compañeros. Entonces la chica se echó a llorar y eso me pareció

bien, o por lo menos me pareció mejor.

Mi propio coche estaba volcado, también reducido a chatarra. Era un «Cámaro»

1971 y yo aún lo estaba pagando, aunque pensé que ahora eso ya no importaba.

En los camiones no había nadie.

El sol refulgía y reverberaba sobre las cabinas vacías. Las ruedas giraban

solas. Era mejor no pensar demasiado en eso, para no enloquecer. Como había

enloquecido Snodgrass.

Pasaron dos horas. El sol empezó a bajar. Fuera, los camiones patrullaban en

círculos y trazando ochos. Sus luces de posición se habían encendido.

Recorrí dos veces todo el largo de la barra para desentumecerme las piernas y

después me senté en un reservado, junto al amplio ventanal del frente. Ésa era

una parada habitual de camiones, próxima a la gran autopista, con una estación

de servicio completa en el fondo y surtidores de gasolina y gasóleo. Los

camioneros se detenían allí para tomar café y comer tarta de manzanas.

—¿Señor? —La voz sonaba vacilante.

Volví la cabeza. Eran los dos chicos del «Fury». El muchacho parecía tener

alrededor de diecinueve años. Llevaba el cabello largo y una barba que apenas

empezaba a espesarse. La chica parecía más joven.

—¿Sí?


—¿Qué le pasó a usted? Me encogí de hombros.

—Viajaba por la carretera que va a Pelson —dije—. Un camión se me acercó

por atrás. Hacía un largo rato que lo veía en el espejo retrovisor... Venía con

mucho ímpetu. Aún estaba a más de un kilómetro cuando empecé a oírlo.

Contorneó un «Volkswagen» y lo arrojó fuera de la carretera con un coletazo del

remolque, tal como se despide una bola de papel de la mesa con un papirotazo.

Pensé que el camión también saltaría de la carretera. Ningún conductor podría

haberlo retenido con el remolque coleando de semejante manera. Pero no saltó. El

«Volkswagen» dio seis o siete vueltas de campana y estalló. Y el camión destrozó

al siguiente empleando el mismo sistema. Se acercaba a mí y me apresuré a salir

por el primer desvío que encontré. —Me reí, pero sin entusiasmo—. Para

desembocar justamente en una parada de camiones. De Guatemala a Guatepeor.

La chica tragó saliva.

—Nosotros vimos un autobús «Greyhound» que iba

hacia el Norte por el carril que lleva al Sur. Barría... los...

coches. Explotó y ardió, pero antes... había sembrado la

muerte.

Un autobús «Greyhound». Eso era algo nuevo. Y malo. Fuera, todos los faros se



encendieron súbitamente al unísono, bañando la explanada con un resplandor

macabro, insondable. Iban y venían, gruñendo. Los faros parecían dotarlos de

ojos, y en la penumbra creciente los remolques oscuros hacían pensar en los

lomos encorvados, angulosos, de extraños gigantes prehistóricos. El cocinero

preguntó:

—¿Será peligroso encender las luces?

—Hazlo y lo sabremos —respondí.

Accionó los interruptores y se encendieron los globos que colgaban del techo,

manchados por las moscas. Al mismo tiempo se iluminó, en el frente, un letrero

crepitante de neón: «Conant's Truck Stop & Dinner - Buenas comidas.» No pasó

nada. Los camiones siguieron su incesante patrullar.

—No lo entiendo —comentó el camionero. Había bajado del taburete y se

paseaba por el salón, con la mano envuelta en un pañuelo rojo—. Yo no tenía

problemas con el mío. Era bueno y obediente. Me detuve aquí un poco después

de la una para comer unos spaghettis, y sucedió esto. —Agitó los brazos y el

pañuelo aleteó en el aire—. Ahora mi propio camión está ahí fuera, es aquel cuya

luz trasera izquierda apenas luce. Hace seis años que soy el conductor. Pero si yo

saliera por esa puerta...

—Esto no es más que el comienzo —dijo el cocinero. Sus ojos de obsidiana

estaban velados por los párpados—. Ha de ser grave, cuando no funciona la radio.

Esto no es más que el comienzo.

La chica estaba exangüe, blanca como la leche.

—No pienses en eso —le contesté al cocinero—. Todavía no.

—¿Cuál será la causa? —El camionero estaba preocupado—. ¿Las tormentas

eléctricas de la atmósfera? ¿Las pruebas nucleares? ¿Qué?

—Quizá se han vuelto locos —murmuré.

Aproximadamente a las siete me acerqué al cocinero.

—¿De qué recursos disponemos? —le pregunté—. Quiero decir, para el caso

de que tuviéramos que quedarnos aquí durante un tiempo.

Frunció la frente.

—La situación no es tan mala. Ayer hubo reparto. Tenemos doscientas o

trescientas hamburguesas, frutas y verduras envasadas, cereales desecados..., no

hay más leche que la de la nevera, pero el agua procede del pozo. Si fuera

necesario, nosotros cinco podríamos resistir un mes o más. El camionero se

acercó y nos miró parpadeando.

—Me he quedado sin cigarrillos. Esa maquinita expendedora...

—No es mía —dijo el cocinero—. No señor.

El camionero tenía una barra de acero que había encontrado en el almacén de

suministros del fondo. Empezó a forzar el artefacto.

El chico se encaminó hacia el tocadiscos automático y echó una moneda de

veinticinco céntimos en la ranura. John Fogarty cantó que había nacido en un

delta del Sur.

Me senté y miré por el ventanal. Vi algo que en seguida me chocó. Una

camioneta «Chevrolet» ligera se había sumado a la patrulla, como una jaca de

Shetland entre percherones. La observé hasta que pasó imparcialmente sobre el

cadáver de la chica del «Cadillac» y entonces desvié la mirada.

—¡Nosotros los hemos fabricado! —exclamó la chica con repentina

indignación—. ¡No pueden hacernos esto!

Su amigo le pidió que se callara. El camionero terminó de forzar la máquina

expendedora de cigarrillos y sacó seis u ocho paquetes de «Viceroy». Los guardó

en distintos bolsillos y finalmente abrió uno de los paquetes. Al ver la expresión

fanática de su rostro me pregunté si se proponía ruinárselos o comérselos.

Otro disco cayó sobre el plato del tocadiscos automático. Eran las ocho.

A las ocho y media se cortó la comente eléctrica.

Cuando se apagaron las luces la chica gritó, y su alarido se interrumpió

bruscamente, como si su amigo le hubiera puesto la mano sobre la boca. El

tocadiscos enmudeció con un ruido cada vez más profundo de mecanismos

agonizantes.

—¡Cristo! —exclamó el camionero.

—¡Eh, tú! —le grité al cocinero—. ¿Tienes velas?

—Creo que sí. Espere... sí. Aquí hay unas pocas. Me levanté y las cogí. Las

encendimos y empezamos a distribuirlas por el salón.

—Tened cuidado —exclamé—. Si se incendia este local lo pagaremos caro.

El cocinero lanzó una risita amarga.

—Y que lo diga.

Cuando terminamos de repartir las velas, el chico y la chica se acurrucaron

juntos en un rincón y el camionero se colocó junto a la puerta trasera, mirando

cómo otros seis camiones pesados circulaban entre las islas de hormigón donde

estaban montados los surtidores.

—Esto lo modifica todo, ¿verdad? —comenté.

—Claro que sí, si la electricidad se ha cortado definitivamente.

—¿Es muy grave?

—Las hamburguesas se descompondrán dentro de tres días. Lo mismo

sucederá con el resto de la carne. Las latas se conservarán, lo mismo que los

alimentos secos. Pero esto no es lo peor. Sin la bomba, no podremos conseguir

agua.


—¿Cuánto durará?

—Una semana.

—Llena todos los cacharros vacíos que tengas. Llénalos hasta que no salga

más que aire. ¿Dónde están los servicios? En los depósitos hay agua potable.

—El baño del personal está en el fondo. Pero para llegar a los de damas y

caballeros hay que salir del edificio.

—¿Hay que pasar a la estación de servicio? —Aún no estaba preparado para

eso.


—No, hay que salir por la puerta lateral y caminar un poco hacia arriba.

—Dame un par de cubos.

Encontró dos cubos galvanizados. El chico se acercó.

—¿Qué hace?

—Necesitamos agua. Toda la que podamos conseguir.

—Entonces, déme un cubo. Le pasé uno.

—¡Jerry! —gritó la chica—. Tú...

La miró y ella se calló, pero cogió una servilleta y empezó a tirar de las puntas.

El camionero fumaba otro cigarrillo y le sonreía al suelo. No habló.

Nos encaminamos hacia la puerta lateral por donde yo había entrado esa tarde

y me detuve un segundo allí, mirando cómo las sombras fluctuaban y se disolvían

a medida que los camiones iban v venían.

—¿Ahora? —preguntó el chico. Su brazo rozó el mío y sentí que sus músculos

vibraban y zumbaban como cables. Si alguien tropezaba con él volaría

directamente al cielo.

—Relájate —le dije.

Me sonrió. Una sonrisa enfermiza, pero era mejor que nada.

—De acuerdo.

Salimos furtivamente.

El aire de la noche era más fresco. Los grillos chirriaban en la hierba y las ranas

brincaban y croaban en la zanja de desagüe. Fuera, el ronroneo de los camiones

era más potente, más amenazador, como un rumor de fieras. Desde dentro había

parecido una película. Allí fuera era algo real, que podía desembocar en la muerte.

Nos deslizamos a lo largo de la pared exterior cubierta de azulejos. Un pequeño

alero nos suministraba un poco de sombra. Mi «Camaro» estaba recostado contra

el muro de enfrente, y el reflejo de los faros de los camiones lejanos arrancaba

destellos del metal abollado y de los charcos de gasolina y aceite.

—Métete en el de damas —susurré—. Llena tu cubo con el agua del depósito

del inodoro y espera.

Se oían los ronquidos sistemáticos de los motores diesel. Eran engañosos:

parecía que se acercaban pero en verdad eran sólo los ecos que rebotaban en las

aristas del edificio. Sólo siete metros nos separaban de los servicios, pero la

distancia parecía mucho mayor.

El chico abrió la puerta del baño de damas y entró. Yo pasé de largo y entré en

el de caballeros. Sentí que mis músculos se relajaban y dejé escapar una

bocanada de aire sibilante. Me vi en el espejo: un rostro blanco y tenso con ojos

oscuros.

Quité la tapa de porcelana del depósito y llené el cubo. Volví a volcar un poco

dentro para que no se derramara con el movimiento y fui hasta la puerta.

—¿Eh?


—Sí —susurró.

—¿Listo?


—Sí.

Salimos nuevamente. Habíamos dado quizá seis pasos cuando los faros nos

enfocaron. Se había acercado sigilosamente, haciendo girar apenas sus grandes

ruedas sobre la grava. Nos había estado acechando y en ese momento se

abalanzó sobre nosotros, proyectando círculos feroces con sus faros eléctricos,

mientras la colosal parrilla cromada parecía hacer una mueca cruel.

El chico se petrificó, con el horror reflejado en el rostro, la mirada perdida, las

pupilas reducidas a puntas de alfiler. Le di un fuerte empujón que le hizo derramar

la mitad del agua de su cubo.

—¡Corre!


El trueno del motor diesel se intensificó hasta transformarse en un alarido.

Estiré la mano sobre el hombro del chico para tirar de la puerta, pero antes de que

pudiera completar el movimiento la empujaron violentamente desde dentro. El

chico se precipitó en el local y yo le seguí. Miré hacia atrás y vi que el camión —un

«Peter-bilt» de gran cabina— rozaba la pared exterior de azulejos, arrancando

enormes fragmentos mellados de revestimiento. A continuación el guardabarros

derecho y los ángulos de la parrilla embistieron la puerta todavía abierta,

despidiendo una lluvia de vidrio pulverizado y desgarrando las bisagras de acero

como si en realidad fueran de papel de seda. La puerta se perdió en la noche

como en una escena surrealista y el camión aceleró hacia la explanada del frente,

mientras su tubo de escape tableteaba como una ametralladora. Tenía un timbre

frustrado, colérico.

El chico depositó su cubo en el suelo y se desplomó entre los brazos de su

amiga, tiritando.

El corazón me palpitaba violentamente y me pareció que las pantorrillas se me

habían licuado. Hablando de líquido, entre los dos habíamos traído

aproximadamente un cubo y cuarto de agua. Casi no había valido la pena correr

tantos riesgos.

—Quiero cubrir ese hueco —le dije al cocinero, señalando el lugar donde había

estado la puerta—. ¿Qué podríamos usar?

—Bien...

El camionero le interrumpió:

—¿Por qué? Uno de esos camiones enormes no podría meter una rueda por

ahí.


—Los que me preocupan no son los grandes camiones.

El camionero buscó otro cigarrillo.

—En el almacén de suministros tenemos algunos paneles metálicos —dijo el

cocinero—. El patrón pensaba levantar un cobertizo para almacenar el butano.

—Los atravesaremos y los apuntalaremos con un par de cabinas de los

reservados.

—Para algo servirán —murmuró el camionero.

Tardamos aproximadamente una hora y al fin todos habíamos colaborado,

incluso la chica. La barrera era bastante sólida. Por supuesto, si algo embestía a

toda velocidad de nada serviría que fuera bastante sólida. Eso era algo que todos

sabíamos.

Aún quedaban tres cabinas alineadas a lo largo del ventanal, y me senté en una

de ellas. El reloj de detrás del mostrador se había parado a las 8.32, y a mí me

parecía que debían de ser las diez. Fuera, los camiones roncaban y gruñían.

Algunos partieron para cumplir misiones desconocidas y otros llegaron. Ahora

había tres camionetas que se paseaban con aires de importancia entre los hermanos

mayores.

Empecé a adormecerme, y en lugar de contar borregos conté camiones.

¿Cuántos había en el Estado, cuántos había en todo el país? Camiones con

remolque, camionetas, camiones de plataforma, furgones de mudanzas, camiones

de tres cuartos de tonelada, decenas de miles de camiones de convoyes del

ejército, y autobuses. La pesadilla de un autobús urbano, con dos ruedas en la

cuneta y las otras dos sobre el pavimento, lanzado a toda velocidad y puestos a

barrer peatones aullantes que caían como en un juego de bolos.

Me libré de la pesadilla y caí en un sopor ligero, sobresaltado.

Debían de ser las primeras horas de la madrugada cuando Snodgrass empezó

a gritar. Se había levantado una delgada luna nueva que brillaba, glacial, entre un

alto manto de nubes. Se había sumado un nuevo traqueteo que producía un

contrapunto con el rugido gangoso, cansino, de las moles mecánicas. Miré para

comprobar de qué se trataba y vi una enfardadora de heno que daba vueltas

alrededor del cartel oscurecido. La luz de la luna se reflejaba sobre las agudas

púas giratorias de su prensador.

Volvió a oírse el grito que llegaba indudablemente de la zanja de desagüe.

—Auxilioooo...

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la chica. En la penumbra tenía los ojos muy

dilatados y parecía horriblemente asustada.

—Nada —respondí.

—Auxilioooo...

—Está vivo —susurró la chica—. Dios mío. Está vivo. No necesitaba verlo. Lo

imaginaba demasiado bien. Snodgrass tumbado con la mitad del cuerpo dentro de

la zanja y la otra mitad fuera, con la espalda y las piernas fracturadas, con el traje

bien planchado cubierto de grandes pegotes de barro, con el rostro blanco,

resollante, vuelto hacia la luna indiferente...

—No oigo nada —insistí—. ¿Y tú? Me miró.

—¿Cómo puede decir eso? ¿Cómo?

—Bueno, si lo despierto —dije, señalando a su amigo con el pulgar—, tal vez él

oirá algo. Tal vez saldrá a ver de qué se trata. ¿Eso te gustaría?

El rostro de la chica empezó a convulsionarse y tensarse como si lo estuvieran

hilvanando unas agujas invisibles.

—Nada —susurró—. No hay nada afuera. Volvió junto a su amigo y apretó la

cabeza contra su

pecho. Él la abrazó en sueños.

Nadie más se despertó. Snodgrass gritó, lloró y chilló

durante un largo rato y después se calló.

El amanecer.

Había llegado otro camión, dotado de una gigantesca plataforma para

transportar automóviles. Se le sumó una niveladora. Ésta me asustó.

El camionero se acercó y me tiró del brazo.

—Venga a la parte de detrás —murmuró excitado. Los otros seguían

durmiendo—. Venga a ver esto.

Le seguí hasta el almacén de suministros. Unos diez camiones patrullaban

fuera. Al principio no vi nada nuevo.

—¿Ve? —preguntó, señalando—. Allí.

Entonces me di cuenta. Una de las camionetas se había detenido. Descansaba

como un peso muerto, y había perdido todo su aire amenazante.

—¿Se le ha agotado la gasolina?

—Eso es, amigo. Y no pueden llenar sus depósitos sin ayuda. Ésa es la

solución. Bastará con esperar. —Sonrió y buscó un cigarrillo.

Eran aproximadamente las nueve y yo me estaba desayunando con un trozo de

la tarta del día anterior, cuando empezó a sonar el claxon: largos toques

estentóreos que hacían temblar el cráneo. Nos acercamos a los ventanales y

miramos hacia fuera. Los camiones estaban inmóviles, con los motores en

marcha. Un camión con remolque, un «Reo» con cabina roja de grandes

dimensiones, se había detenido casi encima de la angosta franja de hierba que

separaba el restaurante del aparcamiento. A esa distancia la parrilla cuadrada del

radiador parecía descomunal y tenía un aire asesino. Los neumáticos llegaban a la

altura de la caja torácica de un hombre.

El claxon empezó a sonar nuevamente: toques enérgicos, voraces, que partían

en línea recta, y eran devueltos por el eco. Se ceñían a una paula. Cortos y largos

con una especie de ritmo.

—¡Es el alfabeto Morse! —exclamó súbitamente Jerry, el chico.

El camionero lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

El chico se sonrojó un poco.

—Lo aprendí cuando era boy scout.

—¿Tú? —exclamó el camionero—. ¿Tú? Caray. —Meneó la cabeza.

—Eso no importa —dije—. ¿Recuerdas lo suficiente para...?

—Claro que sí. Déjeme escuchar. ¿Tiene un lápiz? El cocinero le dio uno y el

chico empezó a garabatear

letras sobre una servilleta de papel. Después de un rato

dejó de escribir.

—Sólo dice «Atención» una y otra vez. Esperemos. Eso fue lo que hicimos. El

claxon continuaba con sus toques largos y breves en el aire apacible de la

mañana. Después cambió el ritmo y el chico empezó a escribir de nuevo. Nos

inclinamos sobre sus hombros y vimos cómo el mensaje cobraba forma. «Alguien

debe bombear combustible. Alguien no será dañado. Todo el combustible debe

ser bombeado. Esto debe hacerse ahora. Ahora alguien bombeará combustible.»

Los toques de claxon continuaron, pero el chico dejó caer el lápiz.

—Se limita a repetir nuevamente «Atención» —dijo. El camión reiteró su

mensaje incontables veces. No me gustaba el aspecto de las palabras, trazadas

sobre la servilleta en letras de imprenta. Parecían mecánicas, desalmadas. Sería

imposible negociar con esas palabras. La única alternativa era obedecer o

desobedecer.

—Bien —murmuró el chico—, ¿qué haremos ahora?

—Nada —respondió el camionero. Estaba excitado y tenía las facciones

convulsionadas—. Bastará con esperar. Todos deben de tener poco combustible.

Uno de los más pequeños ya se ha detenido en la parte de detrás. Bastará con...

El claxon enmudeció. El camión dio marcha atrás y se reunió con sus

camaradas. Esperaban en semicírculo, con los faros dirigidos hacia nosotros.

—Allí fuera hay una niveladora —dije. Jerry me miró.

—¿Cree que demolerán el edificio?

—Sí.


Luego miró al cocinero.

—¿Eso no es posible, verdad?

El cocinero se encogió de hombros.

—Propongo que votemos —manifestó el camionero—. Nada de chantajes,

caramba. Bastará con esperar. —Ya había repetido esta frase tres veces, como si

fuera un ensalmo.

—Muy bien —asentí—. Votemos.

—Espere —exclamó inmediatamente el camionero.

—Creo que debemos suministrarle combustible —dictaminé—. Esperaremos

una oportunidad mejor para escapar. ¿Cocinero?

—Quedémonos aquí —respondió—. ¿Queréis ser sus esclavos? Al final eso es

lo que seremos. ¿Queréis pasar el resto de vuestras vidas cambiando filtros de

aceite cada vez que uno de esos... monstruos haga sonar el claxon? Yo no. —

Miró lúgubremente por el ventanal—. Quedémonos aquí y se morirán de hambre.

Miré al chico y a la chica.

—Creo que tiene razón —dijo él—. Es el único medio de detenerlos. Si alguien

hubiera podido ayudarnos, ya lo habría hecho. Dios sabe qué es lo que está

sucediendo en otras partes.

Y la chica, pensando en Snodgrass, asintió con la cabeza y se acercó a su

compañero.

—Ya está resuelto, entonces —murmuré. Me acerqué a la máquina

expendedora de cigarrillos y cogí un paquete sin mirar la marca. Había dejado de

fumar un año atrás, pero ése me parecía el mejor momento para volver a hacerlo.

El humo me raspó los pulmones.

Transcurrieron veinte minutos, que parecieron arrastrarse. Los camiones

congregados delante del edificio esperaban. Atrás, se alineaban en los surtidores.

—Creo que todo fue un truco —comentó el camionero—. Sólo...

Entonces se oyó un ruido más potente, más destemplado, más entrecortado, el

ruido de un motor que arrancaba y se ahogaba y volvía a arrancar. La niveladora.

Refulgía como una avispa amarilla bajo el sol: era una Caterpillar con

traqueteantes orugas de acero. Su corta chimenea escupió humo negro cuando

viró para volverse hacia nosotros.

—Va a arremeter —balbuceó el camionero. Tenía una expresión atónita—. ¡Va

a cargar!

—Repleguémonos —dije—. Detrás de la barra. La niveladora seguía calentando

el motor. Las palancas de cambios se movieron solas. La reverberación del calor

flotaba sobre la chimenea humeante. De pronto levantó la reja, una pesada

medialuna de acero cubierta de grumos de tierra seca. A continuación, con un

potente rugido, enfiló hacia nosotros.

—¡La barra! —Le di un empujón al camionero y eso les hizo moverse a todos.

Había un pequeño bordillo de hormigón entre el aparcamiento y la hierba. La

niveladora cargó por encima de él, levantando fugazmente la reja, y después embistió

de lleno la pared del frente. Los vidrios estallaron hacia dentro con un fuerte

estrépito y el marco de madera se deshizo en astillas. Una de las tulipas de la luz

se desprendió del techo y se desplomó con una nueva dispersión de vidrio. La

vajilla cayó de los estantes. La chica chillaba pero sus alaridos quedaban

ahogados por el bramido sistemático y palpitante del motor de la Caterpillar.

Dio marcha atrás, se zarandeó sobre la franja de hierba arrasada, y arremetió

nuevamente, con un topetazo que hizo saltar y rodar las cabinas restantes. El




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