El umbral de la



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recipiente de tartas cayó del mostrador, y los trozos de pastel resbalaron por el

suelo.

El cocinero estaba agazapado, con los ojos cerrados, y el chico abrazaba a su



amiga. El camionero tenía los ojos desorbitados por el miedo.

—Tenemos que pararlo —gimoteó—. Decidles que obedeceremos, decidles

que obedeceremos...

—Es un poco tarde para eso, ¿no cree?

La Caterpillar dio marcha atrás y se preparó para otra acometida. Las nuevas

muescas de su reja refulgían y titilaban bajo el sol. Se disparó hacia delante con

un rugido ensordecedor y esta vez demolió el soporte principal situado a la

izquierda de lo que había sido la ventana. Esa sección del techo se derrumbó

estrepitosamente. Nos envolvió una nube de yeso.

La niveladora se zafó de los escombros. Vi que el grupo de camiones esperaba

detrás.

Cogí al cocinero por los brazos.



—¿Dónde están los tanques de petróleo? La cocina se alimentaba con butano,

pero yo había visto los pasos de aire para una caldera de calefacción.

—En el almacén de materiales —respondió.

—Ven —le ordené al chico.

Nos levantamos y corrimos al almacén. La niveladora embistió nuevamente y el

edificio se estremeció. Dos o tres topetazos como ése y podría acercarse a la

barra para tomar un café.

En el almacén había dos grandes tanques de doscientos litros con tubos de

alimentación para la caldera y espitas con sus respectivas llaves de paso. Cerca

de la pared posterior había una caja llena de botellas de ketchup vacías.

—Traélas, Jerry.

Mientras él cargaba las botellas, me quité la camisa y la hice jirones. La niveladora

embistió una y otra vez, y cada arremetida era acompañada por el ruido de nuevos

desmoronamientos.

Llené cuatro botellas bajo las espitas, y él introdujo los trapos en los cuellos.

—¿Has jugado al béisbol? —le pregunté.

—En la escuela secundaria.

—Imagina que eres el lanzador.

Volvimos al restaurante. Toda la pared de delante dejaba ver el cielo. Los

vidrios pulverizados brillaban como diamantes. Una viga maciza había caído

atravesada sobre la abertura. La niveladora retrocedía para acometerla

nuevamente, y pensé que esta vez seguiría adelante, triturando las cabinas para

luego demoler la barra.

Nos arrodillamos y colocamos las botellas en el suelo.

—Encienda las mechas —le dije al camionero. Sacó sus cerillas, pero las

manos le temblaban espantosamente y las dejó caer. El cocinero las recogió,

raspó una y los jirones de camisa se inflamaron con una llama grasicnta.

—De prisa —exclamé.

Corrimos, el chico un poco por delante. Los vidrios crujían y rechinaban bajo

nuestros pies. En el aire flotaba un olor pesado, aceitoso. Todo era muy

estridente, muy rutilante.

La niveladora arremetió.

El chico se agachó bajo la viga y su silueta se recortó contra la parte delantera

de la templada reja de acero. Yo me desvié hacia la derecha. La primera botella

del chico cayó antes de dar en el blanco. La segunda se estrelló contra la reja y

ardió de forma inofensiva.

Intentó volverse y entonces tuvo encima la mole de cuatro toneladas de acero.

Alzó los brazos y desapareció, triturado.

Di media vuelta y arrojé la primera botella al interior de la cabina abierta, y la

segunda en pleno motor. Explotaron juntas proyectando un surtidor de llamas.

La trompa de la niveladora se alzó fugazmente con un aullido casi humano de

cólera y dolor. Describió un semicírculo enloquecido, arrancando el ángulo

izquierdo de la cantina, y enfiló bamboleándose hacia la zanja de desagüe.

La oruga de acero estaba surcada y salpicada de sangre, y en el lugar donde

había estado el chico sólo quedaba una masa similar a una toalla arrugada.

La niveladora casi llegó a la zanja. Las llamas crepitaban bajo el capó y en la

cabina, y después estallaron como un geyser.

Retrocedí trastabillando y casi caí sobre una pila de escombros. Flotaba un olor

caliente que no era sólo de petróleo. Era de pelo quemado. Yo me estaba incendiando.

Cogí un mantel, me lo eché sobre la cabeza, corrí detrás de la barra y metí la

cabeza en el fregadero con tanta fuerza que estuve a punto de rompérmela contra

el fondo. La chica gritaba una y otra vez el nombre de Jerry. La suya era una

demencial letanía ululante.

Me volví y vi que el inmenso transporte de coches avanzaba lentamente hacia

el frente indefenso de la cantina.

El camionero aulló y corrió hacia la puerta lateral.

—¡No! —le gritó el cocinero—. ¡No hagas eso...!

Pero ya había salido y corría rumbo a la zanja de desagüe y al campo abierto

que se extendía del otro lado de ésta.

El camión debía estar oculto, montando guardia cerca de esa puerta lateral. En

realidad era una furgoneta sobre cuyo panel lateral estaba escrito «Wong's Cashand-

Carry Laundry». Le atropello casi antes de que atináramos a ver lo que

acontecía. Después desapareció y el camionero quedó descoyuntado sobre la

grava. Había perdido los zapatos.

El transporte de coches pasó lentamente sobre el bordillo de hormigón, sobre la

hierba, sobre los despojos del chico, y se detuvo con la trompa asomada dentro

del local.

Su claxon emitió un bocinazo súbito, ensordecedor, seguido por otro, y otro.

—¡Basta! —gimoteó la chica—. Oh, basta, basta, por favor...

Pero los toques de claxon se repitieron durante un largo rato. Me bastó un

minuto para descifrar el ritmo. Era el mismo de antes. Quería que alguien los

alimentara a él y a sus cantaradas.

—Iré yo —dije—. ¿Los surtidores están abiertos? El cocinero hizo un ademán

afirmativo. Había envejecido cincuenta años.

—¡No! —chilló la chica. Se arrojó sobre mí—. ¡Tiene que detenerlos! Abóllelos,

incendíelos, destrócelos... —Su voz se apagó y se quebró en un destemplado

graznido de angustia y soledad.

El cocinero la sostuvo. Contorneé el extremo de la barra, abriéndome paso

entre los escombros, y atravesé el almacén de suministros. Cuando salí al

encuentro del sol caluroso sentí que mi corazón palpitaba frenéticamente.

Necesitaba otro cigarrillo, pero no hay que fumar cerca de los surtidores.

Los camiones seguían alineados. La furgoneta de la lavandería de Wong

estaba agazapada frente a mí como un mastín, jadeando y gruñendo. Si hacía un

movimiento sospechoso me aplastaría. El sol refulgió sobre su parabrisas vacío y

me estremecí. Era como mirar la cara de un cretino.

Puse en marcha el surtidor, descolgué la manguera, quité la tapa del primer

depósito de gasolina y empecé a bombear el combustible.

Tardé media hora en agotar el contenido del primer surtidor y entonces pasé al

segundo. Alternaba entre la gasolina y el gasóleo. Los camiones desfilaban

incesantemente. Ahora empezaba a comprender. Por fin veía. Los seres humanos

repetían la misma operación en todo el mundo o yacían muertos como el

camionero, desnucados y con el relieve de las cubiertas estampado sobre las

tripas.

Por fin se agotó el segundo surtidor y pasé al tercero. El sol me castigaba como



un martillo y los vapores empezaban a producirme dolor de cabeza. Tenía

ampollas en el tejido blando que separaba el pulgar del índice. Pero a ellos no les

importaba. Entendían de colectores de escape perforados y obturadores

defectuosos y juntas universales congeladas, pero no de ampollas ni de insolaciones

ni de ansias de gritar. Les bastaba saber una sola cosa acerca de sus

antiguos amos, y la sabían: sangramos.

El último surtidor se secó y dejé caer la manguera al suelo. Aún había más

camiones, y la cola rodeaba el ángulo del edificio. Giré la cabeza para aliviar el

entumecimiento de mi cuello y miré atónito. La fila salía del aparcamiento y se

prolongaba por la carretera hasta perderse de vista, ocupando dos o tres carriles.

Era como una pesadilla de la autopista de Los Ángeles en la hora punta. El gas de

los tubos de escape hacía rielar y danzar el horizonte, y el aire apestaba a

carburante.

—No —dije—. Se ha agotado la gasolina. Cierro el negocio, chicos.

Y entonces se oyó un rumor más potente, con un timbre bajo que hacía

rechinar los dientes. Se acercaba un descomunal camión plateado, un camión

cisterna. Sobre el flanco se leía: «Cargue Phillips 66 - ¡El combustible de los

reactores!»

De la culata colgaba una pesada manguera.

Me acerqué, la cogí, levanté el cerrojo del primer surtidor y acoplé la manguera.

El camión empezó a bombear. Me impregnó el olor del petróleo, el mismo tufo que

debieron de aspirar los dinosaurios moribundos al hundirse en los yacimientos de

brea. Cargué los otros dos surtidores y volví al trabajo.

Mis sentidos se embotaron hasta el punto de que perdí la cuenta de la hora y

de los camiones. Desatornillaba la tapa, introducía la boquilla de la manguera en

el orificio, bombeaba hasta que desbordaba el líquido tibio y pesado, y volvía a

atornillar la tapa. Mis ampollas reventaron y la pus comenzó a chorrearme por las

muñecas. La cabeza me palpitaba como un diente cariado y el hedor de los

hidrocarburos hacía que mi estómago se revolviera impotentemente.

Me iba a desmayar. Me iba a desmayar y ése sería el fin de todo. Bombearía

hasta caer.

Entonces unas manos se apoyaron sobre mis hombros, las manos oscuras del

cocinero.

—Vaya a descansar —dijo—. Yo le remplazaré hasta la noche. Procure dormir.

Le cedí la manguera.

Pero no puedo conciliar el sueño.

La chica duerme. Está despatarrada en el rincón, con la cabeza apoyada sobre

el mantel, y su rostro no se distiende ni siquiera en sueños. Es el rostro

intemporal, sin edad, de una walkiria. Pronto la despertaré. Anochece y hace cinco

horas que el cocinero trabaja allí afuera.

Siguen viniendo. Espío por la ventana destrozada y sus faros se extienden a lo

largo de casi dos kilómetros, parpadeando como zafiros amarillos en la creciente

oscuridad. La cola debe de llegar hasta las casillas del peaje, y aún más lejos.

La chica tendrá que cumplir su turno. Yo le enseñaré a hacerlo. Dirá que no

puede, pero lo hará. Quiere vivir.

¿Queréis ser sus esclavos? —había preguntado el cocinero—. Al final eso es lo

que seremos. ¿Queréis pasar el resto de vuestras vidas cambiando filtros de

aceite cada vez que uno de esos monstruos haga sonar el claxon?

Quizá podamos echar a correr. Ahora que están tan apretujados sería fácil

llegar a la zanja de desagüe. Correríamos por los campos, por las marismas

donde los camiones se atascarían como mastodontes y...

...volveríamos a las cavernas.

Dibujaríamos figuras con carbón. Ésta es la diosa Luna. Éste es un árbol. Éste

es un semirremolque Mack aplastando a un cazador.

Ni siquiera eso. Ahora gran parte del mundo está pavimentado. Incluso los

terrenos de juego lo están. Y para los campos y las marismas y los bosques hay

carros de combate, semiorugas, vehículos anfibios equipados con lasers, con

masers y con dispositivos de radar térmico. Y poco a poco podrán hacer del

mundo lo que se les antoje.

Imagino grandes convoyes de camiones rellenando con arena la marisma de

Okefenokee, niveladoras arrasando los parques nacionales y las junglas,

aplanando la tierra, apisonándola. Y después llegarán las asfaltadoras.

Pero son máquinas. Independientemente de lo que les haya ocurrido, de la

conciencia colectiva que les hemos impartido, no se pueden reproducir. Dentro de

cincuenta o sesenta años serán moles herrumbradas desprovistas de todo poder,

cadáveres inmóviles que los hombres podrán apedrear y escupir.

Y si cierro los ojos veo las líneas de montaje de Detroit y Dearborn y

Youngstown y Mackinac, y los nuevos camiones fabricados por obreros que ya no

tienen que marcar el reloj. Caen agotados y los sustituyen.

Ahora el cocinero se bambolea un poco. Para colmo es un viejo bastardo.

Tengo que despertar a la chica.

Dos aviones dejan estelas plateadas sobre el horizonte oscurecido del Este.

Ojalá pudiera creer que están tripulados.

A VECES VUELVEN

La esposa de Jim Norman le esperaba desde las dos, y cuando vio que el

coche se detenía frente a la casa de apartamentos salió para recibirlo. Había ido a

la tienda y había comprado los ingredientes para una comida de celebración: un

par de filetes, una botella de Lancer's, una lechuga, y un aderezo Thousand

Island. Ahora, al verle apearse del coche deseó desesperadamente (y no por primera

vez en el día) que hubiera algo que festejar.

Jim avanzó por el camino particular, sosteniendo su portafolios nuevo en una

mano y cuatro textos en la otra. Ella vio el título del primero: Introducción a la

gramática. Le colocó las manos sobre los hombros y preguntó:

—¿Cómo te fue?

Y él sonrió.

Pero esa noche volvió a tener el viejo sueño por primera vez en mucho tiempo y

se despertó sudando, con un grito a flor de labios.

Su entrevista había estado a cargo del director de la Harold Davis High School y

por el supervisor del Departamento de Inglés. Había aflorado el tema de su crisis.

Él había previsto que sucedería.

El director, un hombre calvo y cadavérico llamado Fenton, se repantigó y miró el

cielo raso. Simmons, el supervisor de inglés, encendió su pipa.

—En esa época estaba sometido a una fuerte presión —explicó Jim Norman.

Sus dedos ansiaban retorcerse sobre sus rodillas, pero él no permitió que lo

hicieran.

—Creo que lo entendemos —asintió Fenton, sonriendo—. Y si bien no

queremos entrometernos, estoy seguro de que todos estaremos de acuerdo en

que la enseñanza es una actividad en la que son constantes las presiones, sobre

todo en la escuela secundaria. Usted sale a escena en cinco de las siete horas y

tiene el público más intolerante del mundo. Por eso —concluyó, con cierto orgullo—,

las úlceras son más frecuentes entre los educadores que en cualquier otro

grupo profesional, exceptuando los controladores de tráfico aéreo.

—Las presiones que influyeron sobre mi crisis fueron... excepcionales —dijo

Jim.


Fenton y Simmons hicieron un ademán de asentimiento, sin comprometerse, y

el segundo accionó el encendedor para volver a prender su pipa. De pronto la habitación

pareció muy compacta, muy cerrada. Jim tuvo la curiosa sensación de

que alguien acababa de enfocar su nuca con una lámpara térmica. Los dedos se

retorcían sobre sus rodillas y él los obligó a inmovilizarse.

—Era mi último año de estudios y realizaba prácticas de enseñanza. Mi madre

había fallecido el verano anterior, de cáncer, y en nuestra última conversación me

pidió que completara mis estudios. Mi hermano, mi hermano mayor, había muerto

cuando ambos éramos aún muy jóvenes. Él proyectaba seguir la carrera docente y

mi madre opinaba que...

Los ojos de Fenton y Simmons le advirtieron que divagaba, y pensó: Cristo, lo

estoy embrollando todo.

—Hice lo que me pedía —explicó, dejando atrás la compleja relación entre su

madre y su hermano Wayne (el pobre asesinado Wayne) y él mismo—. Durante la

segunda semana de mi internado docente, mi novia fue víctima de un accidente

automovilístico, y el culpable desapareció. Un chico la atropello con un coche

deportivo... Y nunca lo encontraron.

Simmons lanzó un murmullo alentador.

—Seguí mi carrera. No parecía haber otra alternativa. Mi novia sufrió mucho,

con una pierna espantosamente rota y cuatro costillas fracturadas, pero en ningún

momento estuvo en peligro. Creo que ni siquiera yo conocía la magnitud de la

presión a la que estaba sometido.

Ahora cuidado. Éste es el punto donde el terreno se pone escabroso.

—Yo era profesor interno en la Escuela Vocacional de Oficios de Center Street

—agregó Jim.

—Un barrio ideal —comentó Fenton—. Navajas de resorte, botas de

motociclistas, pistolas de fabricación casera en los armarios, bandas que roban el

dinero del almuerzo, y uno de cada tres chicos vende drogas a los otros dos.

Conozco la escuela.

—Había un chico llamado Mack Zimmerman —dijo Jim—. Un chico sensible.

Tocaba la guitarra. Yo lo tenía en mi clase de redacción y era inteligente. Una

mañana, cuando entré, otros dos chicos le tenían inmovilizado mientras un tercero

le rompía la guitarra «Yamaha» contra el radiador. Zimmerman gritaba. Yo les

ordené que lo dejaran en paz y me entregaran la guitarra. Me abalancé sobre ellos

y alguien me golpeó. —Jim se encogió de hombros—. Eso fue todo. Sufrí un

colapso. Sin sufrir ataques de histeria ni acurrucarme en un rincón. Sencillamente

no pude volver. Cuando me acercaba a la escuela se me comprimía el pecho. No

podía respirar bien, me corría un sudor frío...

—A mí también me sucede —lo interrumpió Fenton amablemente.

—Empecé a psicoanalizarme. En un centro de terapia de grupo. No podía

pagarme un tratamiento individual. Me hizo mucho bien. Sally y yo nos hemos

casado. Ella cojea un poco y tiene una cicatriz, pero por lo demás está como

nueva. —Los miró con aplomo—. Creo que se puede decir lo mismo de mí.

—Creo que completó su entrenamiento docente en la Cortez High School —

manifestó Fenton.

—Tampoco es un lecho de rosas —murmuró Simmons.

—Quería ir a una escuela difícil —explicó Jim—. Hice un cambio con otro colega

para poder ingresar en Cortez.

—Las mejores calificaciones de su supervisor y su evaluador —comentó

Fenton.


—Sí.

—Un promedio de 3,88 en cuatro años. O sea casi todos sobresalientes.

—Me gustaba mi trabajo docente. Fenton y Simmons intercambiaron una

mirada y se pusieron en pie. Jim les imitó.

—Nos comunicaremos con usted, señor Norman —dijo Fenton—. Tenemos que

entrevistar a algunos otros aspirantes...

—Sí, por supuesto.

—...pero debo confesarle que sus antecedentes profesionales y su sinceridad

personal me han impresionado.

—Le agradezco que me lo diga.

—Sim, quizás el señor Norman querrá tomar una taza de café antes de irse.

Cambiaron un apretón de manos. En el pasillo, Simmons manifestó:

—Creo que si le interesa el puesto, será suyo. Esto se lo digo de forma

extraoficial, desde luego.

Jim hizo un ademán de asentimiento. Él también había ocultado mucho,

extraoficialmente.

Davis High era una formidable mole de piedra que albergaba una escuela

asombrosamente moderna. Sólo el pabellón de ciencias había recibido una

asignación de un millón y medio de dólares en el presupuesto del año anterior. Las

aulas, por donde aún se paseaban los fantasmas de los trabajadores

subvencionados que las habían construido en la época de desocupación y de los

chicos de posguerra que las habían utilizado por primera vez, estaban

amuebladas con pupitres modernos y pizarras de tenue resplandor. Los alumnos

estaban aseados y correctamente vestidos, y eran vivaces y ricos. Seis de cada

diez alumnos de los cursos superiores tenían su propio coche. En términos

generales, una buena escuela. Un excelente lugar para dictar clases en los

Enfermos Años Setenta. Comparada con ella, la Escuela la Vocacional de Center

Street parecía el lugar más tétrico de África.

Pero después de que los chicos se iban, algo antiguo y lúgubre parecía posarse

sobre los pasillos y susurrar en las aulas vacías. Una bestia negra y abyecta que

nunca se mostraba totalmente. A veces, mientras caminaba por el corredor del

Pabellón 4 hacia el aparcamiento, con su portafolios nuevo en una mano, Jim

Norman tenía la impresión de que casi la oía respirar.

El sueño reapareció hacia finales de octubre, y esta vez sí gritó. Se abrió paso a

manotazos hasta la realidad de la vigilia y encontró a Sally sentada en el lecho

junto a él, cogiéndole por el hombro. Su corazón palpitaba violentamente.

—Dios mío —dijo, y se pasó la mano por la cara.

—¿Estás bien?

—Claro que sí. ¿Grité, verdad?

—Vaya si gritaste. ¿Tuviste una pesadilla?

—Sí.

—¿Algo relacionado con el día en que aquellos chicos rompieron la guitarra de



tu alumno?

—No —respondió—. Algo mucho más antiguo. A veces vuelve, eso es todo. No

es grave.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Quieres un vaso de leche? —Sus ojos estaban velados por la preocupación.



Él le besó el hombro.

—No. Sigue durmiendo.

Sally apagó la luz y él se quedó tal como estaba, con los ojos fijos en la

oscuridad.

Tenía un buen horario, para ser el profesor nuevo del cuerpo docente. La

primera hora la tenía libre. En la segunda y tercera enseñaba redacción a los

alumnos de primer año: un grupo era aburrido y el otro era bastante entretenido.

Su mejor curso era el de la cuarta hora:

literatura norteamericana para alumnos de último año que planeaban ingresar en

la Universidad. La quinta hora estaba reservada para un «período de consulta»

durante el cual debía atender, teóricamente, a alumnos con problemas personales

o académicos. Parecían ser pocos los que tenían los unos o los otros (o los que

querían discutirlos con él), y pasaba la mayor parte de ese tiempo leyendo una

buena novela. La sexta hora correspondía a

un curso de gramática, árido como el desierto.

Su única cruz era la séptima hora. El curso se denominaba «Viviendo con la

Literatura», y se desarrollaba en una pequeña aula encajonada del tercer piso. El

recinto era caluroso a comienzos de otoño y frío cuando se aproximaba el

invierno. El curso en sí mismo era optativo para los que los programas escolares

llaman tímidamente «alumnos difíciles»

En el curso de Jim había veintisiete «alumnos difíciles», casi todos ellos atletas

escolares. En el mejor de los casos se les podía acusar de indiferencia, y algunos

de ellos tenían una veta de franca perversidad. Un día, al entrar en clase, encontró

dibujada en la pizarra su caricatura, obscena y cruelmente fiel, con la innecesaria

aclaración «Señor Norman» escrita con tiza al pie. La borró sin hacer ningún

comentario v comenzó la lección a pesar de las risitas.

Ideó planes de enseñanza interesantes y seleccionó varios textos atractivos, de

fácil comprensión..., pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos. El estado de

ánimo de la clase oscilaba entre la hilaridad incontrolable y el silencio hosco. A

comienzos de noviembre estalló una reyerta entre dos chicos durante un debate

sobre Of Mice and Men, de Steinbeck. Jim la cortó y envió a los dos contendientes

al despacho del jefe de estudios. Cuando abrió su libro en la página donde había

interrumpido la lectura, la palabra «Muérdelo» le saltó a los ojos.

Consultó el problema con Simmons, quien se encogió de hombros y encendió la

pipa.

—No tengo la verdadera solución, Jim. La última hora es siempre la peor. Y




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