El umbral de la



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para uno de ellos, un «cero» en su curso implicaría la pérdida del derecho a jugar

en el equipo de fútbol o de baloncesto. Y han pasado por los otros cursos claves

de inglés, de modo que no tienen más remedio que pasar por este suplicio.

—Lo mismo se puede decir de mí —murmuró Jim, amargamente.

Simmons hizo un ademán afirmativo.

—Demuéstreles que tiene carácter y ellos bajarán sus humos, aunque sólo sea

para conservar sus privilegios deportivos.

Pero la séptima hora siguió siendo una espina clavada en su flanco.

Uno de los mayores problemas de «Viviendo con la Literatura» era un

mastodonte inmenso y lerdo llamado Chip Osway. A comienzos de diciembre,

durante un breve paréntesis entre el fútbol y el balonmano (Osway practicaba

ambos deportes), Jim le sorprendió copiando en un examen y lo echó del aula.

—¡Si me suspende se lo haremos pagar, hijo de puta! —le gritó Osway por el

corredor penumbroso del tercer piso—. ¿Me oye?

—Vete —le ordenó Jim—. No derroches saliva.

—¡Se lo haremos pagar, cretino!

Jim volvió a entrar en el aula. Sus alumnos le miraron con indiferencia sin dejar

traslucir ninguna emoción. Experimentó una sensación de irrealidad, la misma que

había experimentado antes... antes...

Se lo fiaremos pagar, cretino.

Cogió la libreta de calificaciones que descansaba sobre su escritorio, la abrió en

la página titulada «Viviendo con la Literatura» y trazó pulcramente un «O» en la

casilla de exámenes que figuraba junto al nombre de Chip Osway.

Esa noche se repitió el sueño.

El sueño siempre ocurría con cruel lentitud. Tenía tiempo para verlo y sentirlo

todo. Y a ello se sumaba el horror de revivir hechos que se encauzaban hacia un

desenlace conocido, con la misma impotencia que puede experimentar un hombre

maniatado dentro de un coche que se precipita a un abismo.

En el sueño él tenía nueve años y su hermano Wayne tenía doce. Marchaban

por Broad Street, en Bradford, Connecticut, rumbo a la biblioteca local. Jim tenía

que haber devuelto sus libros hacía dos días, y había birlado cuatro céntimos de la

fuente del aparador para pagar la multa. Eran las vacaciones de verano. Se olía la

hierba recientemente cortada. Desde la ventana de un apartamento de un

segundo piso llegaban los ecos de un partido de béisbol: los «Yankees»

derrotaban a «Red Sox» por seis a cero en la octava vuelta, bateaba Ted Williams,

y las sombras de la «Burrets Building Company» se estiraban lentamente a través

de la calzada a medida que el crepúsculo cedía paso a la noche.

Más allá de Teddy's Market y Burrets había un viaducto del ferrocarril y del otro

lado varios gamberros locales merodeaban alrededor de una gasolinera cerrada:

cinco o seis chicos con cazadoras de cuero y vaqueros tachonados. Jim aborrecía

pasar frente a ellos. Les gritaban adiós cuatro ojos y adiós mariquitas y eh os

sobran unos céntimos y en una oportunidad los habían perseguido corriendo

durante más de cincuenta metros. Pero Wayne no se resignaba a dar un rodeo.

Habría sido una cobardía.

En el sueño, el viaducto aparecía cada vez más cerca, y él sentía que el miedo

desplegaba las alas en su garganta como un pajarraco negro. Lo veía todo: el

cartel de neón de «Burrets», que apenas empezaba a parpadear;

las escamas de herrumbre del viaducto verde; el destello de los vidrios rotos entre

el balasto de la vía de ferrocarril; la llanta rota de una bicicleta en el arroyo.

Él intenta decirle a Wayne que ya ha pasado antes por todo eso, un centenar de

veces. Esta vez los gamberros no merodean por la gasolinera: están escondidos

en las sombras, bajo el puente. Él está inerme.

Entonces pasa por debajo del puente y algunas sombras se desprenden de las

paredes y un chico alto con el cabello cortado en cepillo y la nariz quebrada

empuja a Wayne contra los bloques cubiertos de hollín y dice: Danos un poco de

dinero.


Dejadme en paz.

Él trata de echar a correr, pero un tipo gordo, de pelo negro y grasiento, lo pilla

y lo arroja contra la pared, junto a su hermano. Su párpado izquierdo tiene un tic

convulsivo y dice: Vamos, chico, ¿cuánto dinero llevas?

Cua-cuatro céntimos.

Mentiroso de mierda.

Wayne intenta zafarse y un tipo con una estrafalaria cabellera anaranjada

avuda al rubio a retenerlo. De pronto, el tipo del párpado convulsionado le pega un

puñetazo en la boca a Jim. Éste experimenta una súbita pesadez en el bajo

vientre y en sus vaqueros aparece una mancha.

¡Mira, Vinnie, se ha meado encima!

Los forcejeos de Wayne se vuelven frenéticos y se libra a medias, pero no

totalmente. Otro tipo, que usa sandalias negras y una camiseta blanca, lo despide

hacia atrás. Tiene una pequeña marca de nacimiento semejante a una fresa en la

barbilla. La garganta de piedra del viaducto empieza a temblar. Las vigas se

estremecen con una vibración musical. Se acerca un tren.

Alguien le hace saltar los libros de las manos y el chico con la marca de

nacimiento en la barbilla les pega un puntapié y los arroja al arroyo. De pronto

Wayne proyecta el pie derecho hacia delante y hace impacto en el bajo vientre del

chico de los tics. Éste aulla.

/Se escapa, Vinnie!

El chico de los tics grita que le duelen las pelotas, pero el creciente y

reverberante rugido del tren que se aproxima ahoga incluso sus alaridos. Por fin el

tren está sobre sus cabezas y su estrépito llena el mundo.

La luz centellea sobre las navajas. El chico del pelo rubio cortado en cepillo

empuña una, y Marca de Nacimiento empuña otra. Es imposible oír a Wayne, pero

sus labios dibujan las palabras:

Corre Jimmy corre.

Él se deja caer de rodillas y las manos que lo aprisionan desaparecen y brinca

como una rana entre un par de piernas. Una mano le golpea la espalda, buscando

algo por donde cogerlo, pero no encuentra nada. Entonces él corre por donde

había venido, con esa tremenda lentitud pegajosa de los sueños. Mira por encima

del hombro y ve...

Se despertó en la oscuridad. Sally dormía plácidamente junto a él. Ahogó el

grito, y después de acallarlo volvió a tumbarse.

Al mirar hacia atrás, hacia el bostezo oscuro del viaducto, había visto cómo el

chico rubio y el de la marca de nacimiento apuñalaban a su hermano... el Rubio

debajo del esternón y Marca de Nacimiento en el bajo vientre.

Se quedó acostado en la oscuridad, respirando agita-damente, esperando que

se disipara ese fantasma de nueve años, esperando que el sueño puro lo borrase

todo.

Después de un tiempo indeterminado, eso fue lo que sucedió.



En ese distrito escolar las vacaciones de Navidad se empalmaban con el fin del

semestre, de modo que duraban casi un mes. El sueño se repitió dos veces, al comienzo,

y después no volvió. Él y Sally fueron a visitar a la hermana de ella, en

Vermont, y se dedicaron a esquiar. Eran felices.

Al aire libre, en la atmósfera cristalina, el problema de Jim con su curso parecía

intrascendente y un poco tonto. Volvió a la escuela con la piel morena gracias al

sol invernal, sintiéndose sereno y recompuesto.

Simmons le detuvo cuando se encaminaba hacia el aula para dictar su curso de

la segunda hora, y le entregó un expediente.

—Un nuevo alumno para la séptima hora. Se llama Robert Lawson. Viene

trasladado.

—Eh, actualmente tengo veintisiete, Sim. Son muchos ya.

—Sigues teniendo veintisiete. Bill Stearns murió el martes después de Navidad.

En un accidente de coche. El conductor lo embistió y huyó.

—¿Billy?

La imagen apareció en blanco y negro, como una foto de fin de curso. William

Steams, Key Club 1, Fútbol, 1,2, Pen and Lance, 2. Había sido uno de los pocos

buenos de Viviendo con la Literatura. Callado, con una sucesión de 10 y de 9 en

sus exámenes. A menudo se ofrecía voluntariamente para contestar las

preguntas, y generalmente daba las respuestas correctas (condimentadas con un

agradable humor corrosivo) cuando le interrogaban. ¿Muerto? Tenía quince años.

De pronto su propia mortalidad susurró entre sus huesos como una corriente de

aire frío filtrada por debajo de una puerta.

—Jesús, qué barbaridad. ¿Sabes qué ocurrió?

—La Policía está investigando. Había ido al centro, a cambiar un regalo de

Navidad. Empezó a cruzar Ram-part Street y le atropello un viejo sedán «Ford».

Nadie vio el número de la matrícula, pero sobre la puerta lateral estaban escritas

las palabras «Los Dos Ases»... tal como acostumbran a pintarlas los chicos.

—Jesús —repitió Jim.

—Va a sonar el timbre —dijo Simmons.

Se alejó de prisa, deteniéndose para dispersar a un grupo de chicos

congregados alrededor de una fuente de agua. Jim siguió hacia su aula, con una

sensación de vacío.

Durante su hora libre abrió el expediente de Robert Lawson. La primera página

consistía en una carátula de Milford High, una escuela de la que Jim nunca había

oído hablar. La segunda contenía un perfil psicológico del alumno. Coeficiente

intelectual corregido: 78. Algunas aptitudes manuales, pero no muchas.

Respuestas antisociales al test de personalidad Barnett-Hudson. Baja puntuación

de capacidad. Jim pensó agriamente que era un candidato ideal para Viviendo con

la Literatura.

La página siguiente contenía los antecedentes disciplinarios. Su texto apretado

era deprimente. Lawson ha--bía estado complicado en toda clase de líos.

Volvió la página, echó una mirada fugaz a la foto escolar de Robert Lawson y

después la estudió con más atención. El terror se infiltró de pronto en la boca de

su estómago y se enroscó allí, tibio y siseante.

Lawson miraba la cámara con hostilidad, como si estuviera posando para el

expediente policial y no para el fotógrafo de la escuela. Tenía una pequeña marca

de nacimiento parecida a una fresa en la barbilla.

En el lapso que transcurrió hasta la séptima hora intentó todas las explicaciones

racionales. Se dijo que debía de haber miles de chicos con marcas de nacimiento

rojas en la barbilla. Se dijo que el asesino que había apuñalado a su hermano

hacía dieciséis años, que se cumplían precisamente ese día, ya debía de tener por

lo menos treinta y dos años.

Pero la aprensión siguió acompañándole mientras subía al tercer piso. Y a ella

se sumó otro temor: Esto era lo que sentías antes de tus crisis. Paladeó el fuerte

sabor acerado del pánico.

El grupo habitual de chicos holgazaneaba frente a la puerta del Aula 33, y

algunos de ellos entraron cuando vieron que se acercaba Jim. Unos pocos se

quedaron donde estaban, hablando en voz baja y sonriendo. Vio al nuevo alumno

junto a Chip Osway. Robert Lawson usaba vaqueros y unas pesadas botas

amarillas... la última moda del año.

—Entra, Chip.

—¿Es una orden? —Sonrió distraídamente por encima de la cabeza de Jim.

—Sí.


—¿Me suspendió en aquel examen?

—Sí.


—Claro, ese... —El resto se perdió en un murmullo. Jim se volvió hacia Robert

Lawson.


—Tú eres nuevo —le dijo—. Sólo quiero que sepas cuáles son las reglas que

rigen aquí.

—Por supuesto, señor Norman. —Su ceja derecha estaba partida por una

pequeña cicatriz, una cicatriz que Jim conocía. No podía equivocarse. Era

absurdo, era de-mencial, pero también era un hecho. Dieciséis años atrás, ese

chico había apuñalado a su hermano,

Aturdido, como si su. voz proviniera de muy lejos, se oyó numerar las normas

del curso. Robert Lawson enganchó los pulgares en su cinturón militar, escuchó,

sonrió, y empezó a asentir con la cabeza, como si fueran viejos amigos.

—¿Jim?


—¿Humm?

—¿Pasa algo malo?

—No.

—¿Los chicos de Viviendo con la Literatura te siguen dando disgustos?



Silencio.

—¿Jim?


—No.

—¿Por qué no te acuestas temprano esta noche? Pero no se acostó temprano.

Esa noche el sueño fue peor que otras veces. Cuando el chico de la marca de

nacimiento le clavó la navaja a su hermano, le gritó a Jim, que escapaba: «El

próximo serás tú, muchacho. En la panza.»

Se despertó gritando.

Esa semana estaba disertando sobre Lord of the Flies, y hablaba del

simbolismo, cuando Lawson levantó la mano.

—¿Robert? —dijo serenamente.

—¿Por qué me mira constantemente?

Jim parpadeó y sintió que se le secaba la boca.

—¿Ve algo verde? ¿O tengo la bragueta desabrochada?

Una risita nerviosa de la clase.

—No le estaba mirando, señor Lawson —respondió Jim, sin perder el aplomo—

. ¿Puede explicarme por qué Ralph y Jack no se ponían de acuerdo sobre...?

—Sí me miraba.

—¿Quiere quejarse al señor Fenton? Lawson pareció reflexionar.

—No.


—Estupendo. ¿Ahora puede explicarnos por qué Ralph y Jack...?

—No lo he leído. Me parece un libro idiota. Jim sonrió tensamente.

—¿De veras? Procure recordar que mientras usted juzga el libro, el libro

también le juzga a usted. ¿Alguien puede decirnos por qué discrepaban sobre la

existencia de la bestia?

Kathy Slavin levantó la mano tímidamente y Lawson le echó una mirada cínica y

le murmuró algo a Chip Os-way. Las palabras que brotaron de sus labios

parecieron ser «lindas tetas». Chip hizo un ademán de asentimiento.

—¿Kathy?

—¿No es porque Jack quería cazar a la bestia?

—Muy bien. —Giró y empezó a escribir sobre la pizarra. Apenas hubo vuelto la

espalda, un pomelo se estrelló contra el encerado junto a su cabeza.

Saltó hacia atrás y giró sobre los talones. Algunos alumnos se rieron, pero

Osway y Lawson se limitaron a mirarle inocentemente.

Jim se agachó y levantó el fruto.

—Debería hacérselo tragar a algún hijo de puta —manifestó, mirando hacia el

fondo del aula.

Kathy Slavin lanzó una exclamación ahogada. Arrojó el pomelo a la papelera y se

volvió a la pizarra.

Abrió el periódico de la mañana, mientras sorbía su café, y vio el titular en la

parte inferior de la página.

—¡Dios mío! —exclamó, interrumpiendo la despreocupada chachara matutina

de su esposa. Su estómago se llenó repentinamente de astillas...

«Caída mortal de una adolescente: Ayer, a primera hora de la noche, Katherine

Slavin, de diecisiete años, alumna de la Harold Davis High School, cayó o fue arrojada

de la azotea del edificio de apartamentos donde vivía. La chica, que tenía un

palomar en el tejado, había subido con un saco de alimento para pájaros, según

explicó su madre. La Policía informó que una mujer no identificada, del vecindario,

había visto a tres jóvenes que corrían por el tejado a las 18.45, pocos minutos

antes de que el cuerpo de la chica (continúa en la página 3)...»

—¿Era una de tus alumnas, Jim? Pero él sólo atinó a mirarla en silencio.

Dos semanas más tarde, Simmons salió a su encuentro en el pasillo, después

de que sonara el timbre del almuerzo. Tenía una carpeta en la mano y Jim sintió

un vacío en el estómago.

—Un nuevo alumno —le dijo monótonamente a Simmons—. Para Viviendo con

la Literatura. Simmons arqueó las cejas.

—¿Cómo lo sabes?

Jim se encogió de hombros y cogió el expediente.

—Debo darme prisa —manifestó Simmons—. Los jefes del Departamento se

reúnen para analizar los cursos. Pareces un poco decaído. ¿Te sientes bien?

Eso es, un poco decaído. Como Billy Steams, caído bajo las ruedas de un

coche.


—Sí —respondió.

—Así me gusta —exclamó Simmons, y le palmeó la espalda.

Cuando Simmons se hubo ido, Jim abrió el expediente en la página que

correspondía a la foto, crispándose por anticipado como si se preparara para

recibir un golpe.

Pero la cara no le resultó familiar en el primer momento. Sólo el rostro de un

joven. Quizá lo había visto antes, y quizá no. David García era un chico

corpulento, de cabello negro, con labios ligeramente negroides y ojos oscuros,

adormilados. El informe disciplinario revelaba que él también había estudiado en

Milford High y que había pasado dos años en el reformatorio Granville. Por robar

un coche.

Jim cerró la carpeta con manos un poco trémulas.

—¿Sally?

Ella levantó la vista de la tabla de planchar. Jim había estado mirando un

partido de baloncesto en la TV sin verlo realmente.

—Nada —murmuró Jim—. Olvidé lo que iba a decir.

—Debía de ser un embuste.

Él sonrió mecánicamente y volvió a fijar los ojos en la pantalla. Había estado a

punto de contarlo todo. ¿Pero cómo podría haberlo hecho? Era peor que una

locura. ¿Por dónde empezar? ¿Por el sueño? ¿Por el colapso? ¿Por la aparición

de Robert Lawson?

No. Por Wayne... tu hermano.

Pero él nunca le había contado eso a nadie, ni siquiera durante las sesiones de

psicoanálisis. Sus pensamientos volvieron hacia David García, y hacia el terror de

pesadilla que le había envuelto en sus redes cuando se habían encontrado frente

a frente en el pasillo. Era lógico que sólo le hubiera parecido vagamente familiar

en la foto. Las fotos no se mueven... ni tienen tics.

García estaba junto a Lawson y a Chip Osway, y cuando levantó la cabeza y vio

a Jim Norman sonrió y su párpado empezó a aletear convulsivamente y unas

voces hablaron con claridad sobrenatural dentro de la cabeza de Jim.

Vamos, chico, ¿cuánto dinero llevas?

Cua-cuatro céntimos.

Mentiroso de mierda... ¡Mira, Vinnie, se ha meado encima!

—¿Has dicho algo, Jim?

—No. —Pero no estaba seguro. Tenía mucho miedo.

Un día de comienzos de febrero, después del horario de clases, alguien golpeó

la puerta de la sala de profesores, y cuando Jim la abrió se encontró con Chip

Osway. Parecía asustado. Jim estaba solo. Eran las cuatro y diez y ya hacía una

hora que el último de los profesores se había marchado a casa. Él estaba

corrigiendo una pila de deberes de Literatura Norteamericana.

—¿Chip? —dijo con tono apacible. Chip movió nerviosamente los pies.

—¿Puedo hablar un minuto con usted, señor Norman?

—Por supuesto. Pero si se trata de aquel examen, te advierto que pierdes el...

—No es por eso. Eh... ¿Puedo fumar aquí?

—Adelante.

Encendió el cigarrillo con mano ligeramente temblorosa. Permaneció casi un

minuto callado. Al parecer no podía hablar. Sus labios se estremecieron, juntó las

manos v entrecerró los ojos, como si una personalidad interior estuviera pugnando

por expresarse.

De pronto estalló:

—Si lo hacen, quiero que sepa que yo soy totalmente ajeno. ¡Esos tipos no me

gustan! ¡Son unos crápulas!

—¿Qué tipos, Chip?

—Lavvson v García.

—¿Planean hacerme algo malo? —El antiguo terror de pesadilla se apoderó de

él y supo cuál sería la respuesta.

—Al principio me resultaron simpáticos —continuó Chip—. Salimos juntos y

tomamos algunas cervezas. Empecé a quejarme de usted y de aquel examen. Dije

que me vengaría. ¡Pero eran sólo palabras! ¡Lo juro!

—¿Qué sucedió?

—Tomaron mis palabras al pie de la letra. Me preguntaron a qué hora sale de la

escuela, cuál es la marca y el modelo de su coche, cosas por el estilo. Les

pregunté qué tenían contra usted y García contestó que le conocían desde hace

mucho tiempo... ¿Eh, se siente mal?

—El cigarrillo —murmuró con voz pastosa—. Nunca he podido acostumbrarme

al humo. Chip aplastó la colilla.

—Les pregunté cuándo lo habían conocido, y Bob Lawson dijo que en aquella

época yo todavía me meaba en los pañales. Pero tienen diecisiete años, como yo.

—¿Qué pasó después?

—Bien, García se inclinó sobre la mesa y dijo: «No debes de tener muchas

ganas de reventarlo, ni siquiera sabes a qué hora sale de la escuela. ¿Qué

planeabas hacerle?» Entonces contesté que pensaba pincharle los cuatro

neumáticos. —Miró a Jim con expresión implorante—. Ni siquiera pensaba hacer

eso. Sólo lo dije porque...

—¿Porque estabas asustado? —preguntó Jim en voz baja.

—Sí, y todavía lo estoy.

—¿Qué les pareció tu idea? Chip se estremeció.

—Bob Lawson dijo: «¿Eso es lo que pensabas hacer renacuajo?» Y yo le

contesté, fingiéndome bravo: «¿Y tú qué pensabas hacer? ¿Matarlo?» Y García,

con un tic frenético en los párpados, sacó algo del bolsillo y lo abrió y era una

navaja de resorte. Fue entonces cuando me largué.

—¿Cuándo sucedió esto?

—Ayer. Ahora tengo miedo de acercarme a esos tipos, señor Norman.

—Está bien —murmuró Jim—. Está bien. —Miró los deberes que había estado

corrigiendo, pero no los vio.

—¿Qué hará?

—No lo sé —respondió Jim—. Sinceramente no lo sé.

El lunes por la mañana aún no lo sabía. Primero pensó que debía contarle todo

a Sally, empezando por el asesinato de su hermano, perpetrado dieciséis años

atrás. Pero eso era imposible. Le compadecería pero se asustaría y no le creería.

¿Simmons? También era imposible. Simmons pensaría que estaba loco. Y

quizá lo estaba. Durante una de las sesiones de grupo a las que había concurrido,

un hombre había dicho que sufrir un colapso era como romper un jarrón y pegar

luego los fragmentos. Uno nunca podía volver a manipularlo con tranquilidad. No

podía colocar una flor en él porque las flores necesitan agua y el agua puede

disolver la cola.

¿Entonces estoy loco?

Si lo estaba, lo mismo se podía decir de Chip Osway. La idea se le ocurrió

mientras subía al coche, y una oleada de excitación le corrió por el cuerpo.

¡Por supuesto! Lawson y García le habían amenazado en presencia de Chip

Osway. Tal vez ese testimonio no sería válido en un tribunal de justicia, pero si

conseguía que Chip repitiera la historia en el despacho de Fenton los expulsaría a

ambos. Y estaba casi seguro de que podría convencer a Chip. Éste tenía sus

propios motivos para querer alejarlos.

Estaba entrando en el aparcamiento cuando recordó lo que les había sucedido

a Billy Stearns y Kathy SIavin.

Durante su hora libre subió al despacho y se inclinó sobre el escritorio de la

secretaria de asistencia. Ésta confeccionaba la lista de ausentes.

—¿Ha venido Chip Osway? —preguntó Jim con la mayor naturalidad.

—¿Chip...? —Ella le miró dubitativamente.

—Charles Osway —corrigió Jim—. Chip es un apodo. La mujer hojeó una pila

de papeles, miró uno y lo separó.

—Ha faltado a clase, señor Norman.

—¿Puede conseguirme su número de teléfono?

La secretaria se insertó el lápiz en el pelo y respondió:

—Claro que sí. —Extrajo el fichero de la «O» y se lo entregó.

Jim marcó el número en un teléfono del despacho. La campanilla sonó una

docena de veces y él ya se disponía a colgar cuando una voz ronca, somnolienta,

murmuró:

—¿Sí?


—¿Señor Osway?

—Barry Osway murió hace seis años. Soy Gary Den-kinger.

—¿Usted es el padrastro de Chip Osway?




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