El umbral de la



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Jim abrió el cortaplumas, se volvió hacia el escritorio, apoyó la mano derecha,

abierta, sobre su superficie, y se amputó el índice derecho con cuatro vigorosos

cortes. La sangre corrió sobre el secante formando oscuras configuraciones. No

sintió ningún dolor. Hizo el dedo a un lado y pasó el cortaplumas a la mano

derecha. Le resultó más difícil cercenarse el índice izquierdo. Sentía la mano

derecha torpe y ajena, en razón de la pérdida del dedo, y el cortaplumas resbalaba

continuamente. Por fin, arrojó el cortaplumas con un gruñido impaciente, quebró el

hueso y se arrancó el dedo. Los levantó ambos como si fueran palillos y los lanzó

dentro del pentagrama. Estalló un fogonazo fulgurante, como el de una anticuada

lámpara de magnesio para fotografía. Observó que no había humo. Ni olor de

azufre.

—¿Qué elementos has traído?



—Una fotografía. Una badana que se impregnó con su sudor.

—El sudor es muy valioso —dictaminó la voz, y su tono reflejó una fría avidez

que hizo tiritar a Jim—. Dámelo todo.

John arrojó los elementos dentro del pentagrama. Estalló otro fogonazo.

—Excelente —dijo la voz.

—Si vienen —manifestó Jim.

No hubo respuesta. La voz había desaparecido... si es que había existido. Se

acercó al pentagrama. La foto seguía en el mismo lugar, pero ennegrecida y

chamuscada. La badana había desaparecido.

Desde la calle llegó un ruido, al principio débil, después más potente. Un coche,

equipado con silenciadores de fibra de vidrio, que había virado primeramente por

Davis Street y que ahora se aproximaba. Jim se sentó, alerta para saber si pasaba

de largo o entraba en el aparcamiento.

Entró.


Pisadas en la escalera. Ecos.

La risita atiplada de Robert Lawson y después alguien que decía «¡Shhh!» y a

continuación otra vez la risita de Lawson. Las pisadas se acercaron, perdieron el

eco, y por fin se abrió violentamente la puerta de vidrio situada en el rellano de la

escalera.

—¡Iujuuu, Normie! —gritó David García, en falsete.

—¿Estás ahí, Normie? —susurró Lawson, y después rió—. ¿Eshtásh ahí,

Chally?


Vinnie no habló, pero cuando avanzaron por el corredor Jim vio sus sombras.

Vinnie era el más alto y sostenía en una mano un objeto largo. Se oyó un ligero

chasquido metálico y el objeto largo se alargó aún más.

Estaban junto a la puerta, con Vinnie en el medio. Todos empuñaban navajas.

—Hemos venido, amigo —dijo Vinnie en voz baja—. Hemos venido a buscar tu

pellejo. Jim puso en marcha el tocadiscos.

—¡Jesús! —exclamó García, respingando— ¿Qué es eso?

El tren de carga se acercaba. Casi se sentía la vibración que arrancaba de las

paredes.

El ruido ya no parecía brotar de los altavoces sino del extremo del pasillo, de

unos rieles situados en un punto lejano del tiempo y el espacio.

—Esto no me gusta, amigo —dijo Lawson.

—Ya es demasiado tarde —manifestó Vinnie. Se adelantó y blandió la navaja—.

Danos tu dinero, papá. ...vamonos... García retrocedió.

—Qué diablos...

Pero Vinnie no titubeó. Les hizo señas a los otros para que formaran un

semicírculo, y tal vez la expresión que brilló en sus ojos fue de alivio.

—Vamos, chico, ¿cuánto dinero tienes? —preguntó García súbitamente.

—Cuatro céntimos —respondió Jim. Era cierto. Los había cogido de la hucha

del dormitorio. El más nuevo era del año 1956.

—Embustero de mierda.

...dejadlo en paz...

Lawson miró por encima del hombro y sus ojos se dilataron. Las paredes se

habían tornado brumosas. El tren de carga ululaba. La luz del farol del

aparcamiento se había enrojecido, como la del cartel de neón del edificio

«Burrets», y titilaba contra el cielo crepuscular.

Algo salía caminando del pentagrama, algo que tenía las facciones de un niño

de aproximadamente doce años. Un niño con el pelo cortado en cepillo.

García arremetió y le pegó un puñetazo a Jim, en la boca. Jim olió en su aliento

una mezcla de ajo y pimientos. Todo era muy lento e indoloro.

Jim experimentó una súbita pesadez, como de plomo, en el bajo vientre, y su

vejiga se distendió. Miró hacia abajo y vio que una mancha oscura se expandía

sobre sus pantalones.

—¡Mira, Vinnie, se ha meado encima! —exclamó Lawson. El tono era el

correcto, pero su expresión era de horror... la expresión de una marioneta que ha

cobrado vida sólo para descubrir que cuelga de los hilos.

—Dejadlo en paz —dijo eso que se parecía a Wayne, pero su voz no era la de

Wayne... sino la voz glacial, ávida, del ocupante del pentagrama—. ¡Corre, Jimmy!

¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!

Jim cayó de rodillas y una mano le golpeó la espalda, buscando algo por donde

cogerlo, pero no encontró nada.

Alzó la mirada y vio cómo Vinnie, con las facciones estiradas en una caricatura

del odio, clavaba su navaja en eso que se parecía a Wayne, justamente debajo del

esternón.... y luego gritaba, mientras su cara se replegaba sobre sí misma,

carbonizándose, ennegreciéndose, transformada en algo repulsivo.

Después desapareció.

García y Lawson atacaron un momento después, se arrugaron, se carbonizaron

y desaparecieron.

Jim estaba tumbado en el suelo, respirando agitada-mente. El ruido del tren de

carga se perdió a lo lejos.

Su hermano le estaba mirando.

—¿Wayne? —jadeó.

Y el rostro se transformó. Pareció derretirse y rundirse. Los ojos se tornaron

amarillos, y le miró una horrible perversidad sonriente.

—Volveré, Jim —susurró la voz glacial.

Y desapareció.

Se levantó lentamente y detuvo el tocadiscos con la mano mutilada. Se tocó la

boca. El puñetazo de García le había hecho sangrar. Atravesó el aula y encendió

las luces. El recinto estaba vacío. Miró hacia el aparcamiento y vio que también

estaba vacío, con excepción de un tapacubos que reflejaba la luna en una

pantomima idiota. El aire del aula tenía un olor viejo y rancio: la atmósfera de las

tumbas. Borró el pentagrama del suelo y empezó a alinear los pupitres para que al

día siguiente su sustituto los encontrara en orden. Los dedos le dolían mucho...

¿qué dedos? Tendría que visitar a un médico. Cerró la puerta y bajó despacio por

la escalera, con las manos apretadas contra el pecho. A mitad de camino, algo —

una sombra, o quizá sólo una intuición— le hizo girar sobre los talones.

Algo invisible pareció retroceder bruscamente.

Jim recordó la advertencia de Invocación de demonios, el peligro implícito.

Quizás uno podía conseguir que se materializaran, que hicieran el trabajo que se

les encomendaba. Incluso era posible librarse de ellos.

Pero a veces volvían.

Reanudó la marcha por la escalera, preguntándose si la pesadilla había concluido,

después de todo.

LA PRIMAVERA DE FRESA

Jack Piesligeros...

Esta mañana vi las dos palabras en el periódico y, Dios mío, cómo me hacen

remontar al pasado. Todo eso ocurrió hace casi exactamente ocho años. Una vez,

mientras sucedía, me vi en un programa nacional de TV: el Informe de Walter

Cronkite. Sólo un rostro en segundo plano, detrás del periodista, pero mi familia

me identificó en seguida. Me telefonearon desde el otro extremo del país. Mi padre

me preguntó qué opinaba de la situación. Pura pomposidad y cordialidad y

camaradería. Mi madre sólo me pidió que volviera a casa. Pero yo no quería volver.

Estaba entusiasmado.

Entusiasmado por esa oscura y brumosa primavera de fresa, y por la sombra de

muerte violenta que la recoma en aquellas noches de hace ocho años. La sombra

de Jack Piesligeros.

En Nueva Inglaterra la llaman primavera de fresa. Nadie sabe por qué. Es sólo

una frase que emplean los veteranos. Dicen que se presenta cada ocho o diez

años. Lo que sucedió en el New Sharon Teacher's College en aquella primavera

de fresa específica..., es posible que eso también se ajuste a un ciclo, pero si

alguien lo ha descubierto nunca lo ha dicho.

En New Sharon, la primavera de fresa comenzó el 16 de marzo de 1968. Ese

día se interrumpió el invierno más frío de los últimos veinte años. Llovió y se podía

oler el mar a treinta kilómetros al oeste de las playas. La nieve, que en algunos

lugares alcanzaba casi un metro de profundidad, empezó a derretirse, y los

senderos del campus se llenaron de lodo. Los muñecos de nieve de la Feria de

Invierno, que se habían mantenido nítidos y estilizados durante dos meses gracias

a las temperaturas bajo cero, por fin empezaron a ablandarse v encorvarse. La

caricatura de Lyndon Johnson que se alcanzaba frente a la fraternidad Tep lloró

lágrimas derretidas. La paloma esculpida frente a Prashner Hall perdió sus plumas

heladas, y en algunos lugares dejaba entrever penosamente su esqueleto de

madera.


Y junto con la noche llegaba la bruma, que se deslizaba, callada y blanca, por

las angostas avenidas y arterias de la Universidad. Los pinos del paseo asomaban

entre ella como dedos, y flotaba, lerda como el humo de un cigarrillo, bajo el

puentecito contiguo a los cañones de la Guerra Civil. Hacía que las cosas

parecieran desquiciadas, extravagantes, mágicas. El viajero inadvertido salía de la

confusión brillantemente iluminada del Grinder, donde retumbaba la música del

tocadiscos automático, y esperaba zambullirse en el crudo brillo de las estrellas invernales...,

pero en cambio se encontraba sumergido en un mundo silencioso y

embozado de blanca niebla movediza, y sólo oía sus propias pisadas y el quedo

goteo del agua de los viejos canalones. Uno casi esperaba ver pasar un duende a

la carrera, o descubrir, al volverse, que el Grinder había desaparecido, se había

esfumado, y que lo había remplazado un brumoso panorama de brezales y tejos y

quizás un círculo druida o una rutilante ronda de hadas.

Ese año el tocadiscos automático tocaba Love Is Blue. Tocaba Hey, Jude, una y

otra vez. Tocaba Scarborough Fair.

Y esa noche, a las once y diez, un alumno de primer año llamado John Dancey

que se encaminaba hacia su residencia empezó a gritar en la niebla, y dejó caer

sus libros sobre v entre las piernas abiertas de la chica muerta que yacía en el

ángulo sombrío del aparcamiento de Ciencias Zoológicas, con un tajo que le

cercenaba el cuello de oreja a oreja pero con los ojos abiertos y casi centelleantes

como si ella acabara de hacer el chiste más gracioso de su vida. Y Dancey gritó y

gritó y gritó.

El día siguiente amaneció encapotado y lúgubre, y concurrimos a clase

repitiendo una avalancha de preguntas ansiosas: ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuándo

crees que lo atraparán? Y siempre la misma pregunta final, emocionada: ¿La

conocías? ¿La conocías?

Si, seguía un curso de arte con ella.

Sí, uno de los amigos de mi compañero de habitación salió con ella el año

pasado.

Sí, una vez me pidió fuego en el Grinder. Estaba en la mesa vecina.



Sí.

Sí, yo...

Sí... sí... oh, sí, yo...

Todos la conocíamos. Se llamaba Gale Cerman (pronunciado Kerr-man) y

estudiaba arte. Usaba gafas de armazón metálica, como las de una abuelita, y

tenía un lindo cuerpo. Todos la querían pero sus compañeras de habitación la

odiaban. Nunca salía mucho aunque era una de las chicas más promiscuas del

campus. Era fea pero atractiva. Se trataba de una chica vivaz que hablaba poco y

casi nunca sonreía. Estaba embarazada y tenía leucemia. Era lesbiana y la había

asesinado el chico con el que estaba liada. Era una primavera de fresa y el 17 de

marzo por la mañana todos conocíamos a Gale Cerman.

Media docena de coches patrulla de la Policía del Estado entraron lentamente

en el campus y la mayoría de ellos aparcaron frente al Judith Franklin Hall, donde

había vivido la muchacha. Cuando pasé por allí, rumbo a la clase de las diez me

pidieron que mostrara mi carnet de estudiante. Fui astuto. Exhibí aquel en el que

no aparezco con colmillos de fiera.

—¿Lleva un cuchillo encima? —me preguntó el policía inteligentemente.

—¿Se trata de Gale Cerman? —inquirí, después de haber explicado que lo más

letal que llevaba encima era mi llavero con la pata de conejo.

—¿Por qué lo pregunta? —quiso saber. Llegué a clase con cinco minutos de

retraso. Era la primavera de fresa y esa noche nadie caminó solo por el campus

mitad académico, mitad fantástico.

De nuevo flotaba la bruma impregnada de olor a mar, silenciosa y espesa.

Aproximadamente a las nueve irrumpió en el cuarto

mi compañero de habitación. Yo estaba allí desde las siete, devanándome los

sesos con un ensayo sobre Milton.

—Lo han cogido —exclamó—. Lo he oído en el «Grin-der».

—¿Quién te lo ha dicho?

—No lo sé. Un tipo. La mató su amiguito. Se llama Cari Amalara.

Me arrellané en la silla, aliviado y desilusionado. Con semejante nombre tenía

que ser verdad. Un crimen pasional, letal y sórdido.

—Está bien —asentí—. Me alegro.

Salió del cuarto para divulgar la noticia por el pasillo. Releí el ensayo sobre

Milton, no entendí lo que había querido decir, lo rompí y empecé a redactarlo de

nuevo.

Al día siguiente apareció en los periódicos. Éstos reproducían una toto



incongruentemente nítida de Amalara —quizá la de su graduación en la escuela

secundaria— y la imagen era la de un chico de talante un poco triste, de cutis de

color oliváceo, ojos oscuros y marcas de viruela en la nariz. El muchacho aún no

había confesado, pero las pruebas eran contundentes. Él y Gale Cerman habían

discutido mucho durante el último mes y habían roto sus relaciones la semana

anterior. El compañero de habitación de Amalara dijo que lo había visto «abatido».

En un cofre que había bajo su cama, la Policía encontró un cuchillo con una hoja

de dieciocho centímetros, y una foto de la chica que aparentemente había sido

cortada con unas cizallas.

Junto a la foto de Amalara se reproducía otra de Gale Cerman, en la que

aparecían un perro borroso, un flamenco de jardín despeluchado, y una rubia

bastante vulgar con gafas. Una sonrisa nerviosa le había levantado las comisuras

de los labios y tenía los ojos estrábicos. Una de sus manos descansaba sobre la

cabeza del perro. De modo que era verdad. Tenía que ser verdad.

Esa noche volvió la niebla, que se desplegó con insolente sigilo. Yo salí a

caminar. Me dolía la cabeza y caminé para respirar, inhalando el aroma húmedo y

brumoso de la primavera que barría lentamente la nieve que se resistía a

desaparecer, dejando al descubierto manchones muertos de la hierba del año

pasado, parecidos a la cabeza de una vieja abuela suspirando.

Ésa fue para mí una de las noches más bellas que recuerdo. Las personas con

las que me cruzaba bajo los faroles aureolados eran sombras susurrantes, y todas

parecían estar enamoradas y caminar cogiéndose con las manos y los ojos. La

nieve derretida goteaba y corría, goteaba y corría, y de todas las bocas de

alcantarillas brotaba el rumor del mar, de un oscuro mar invernal que ahora refluía

vigorosamente.

Estuve caminando casi hasta la medianoche, hasta que me empapó el rocío, y

me crucé con muchas sombras, oí muchas pisadas que repicaban como en

sueños por los senderos sinuosos. ¿Quién podría decir que una de esas sombras

no pertenecía al hombre o el ente que se hizo famoso con el apodo de Jack

Piesligeros? Yo no, porque me crucé con muchas sombras pero en medio de la

niebla no vi ninguna cara.

A la mañana siguiente me despertó el clamor que venía del pasillo. Salí con

paso inseguro para preguntar a quién le había llegado la cédula de reclutamiento,

mientras me alisaba el cabello con ambas manos y ahuyentaba a la oruga peluda

que había remplazado taimadamente a la lengua sobre mi paladar seco.

—Volvió a suceder —me dijo alguien, pálido por la excitación—. Tuvieron que

soltarlo.

—¿A quién soltaron?

—¡A Amalara! —exclamó algún otro alegremente—. Estaba sentado en su celda

cuando ocurrió.

—¿Cuándo ocurrió qué? —pregunté pacientemente. Tarde o temprano me lo

dirían. Estaba seguro de eso.

—El tipo mató a otra chica anoche. Y ahora la están buscando por todas partes.

—¿Qué buscan?

El rostro pálido volvió a fluctuar frente a mí.

—Su cabeza. El que la mató se llevó la cabeza consigo.

En la actualidad New Sharon no es una Universidad grande, y entonces era aún

más pequeña: una de esas instituciones que los agentes de relaciones públicas se

complacen en llamar «Universidades comunitarias». Y parecía realmente una

minúscula comunidad, por lo menos en aquellos tiempos. Uno y sus amigos

conocía por lo menos de vista a todos los demás y sus amigos. Gale Cernían era

una de esas chicas a las que saludabas con una inclinación de cabeza, mientras

pensabas que la habías visto en alguna parte.

Todos conocíamos a Ann Bray. El año anterior había sido la primera animadora

en la fiesta de Miss Nueva Inglaterra y su talento consistía en hacer girar por el

aire un bastón encendido al son de Hey Look Me Over. También tenía talento:

hasta el momento de su muerte había sido directora del periódico universitario (un

pasquín semanal con muchas caricaturas políticas y cartas ampulosas), miembro

de la Sociedad Estudiantil de Arte Dramático, y presidente de la sección local de la

Fraternidad Femenina de Servicios Nacionales. Empujado por los vehementes

arrebatos de mi temprana juventud había propuesto escribir una columna para el

periódico y le había pedido una cita a ella..., en ambos casos sin éxito.

Y ahora estaba muerta... peor que muerta.

Fui a mis clases vespertinas como todo el mundo, saludando a las personas

que conocía y diciendo «hola» con un poco más de fervor que de costumbre,

como si esto pudiera justificar la atención con que estudiaba los rostros. La misma

atención con que los demás estudiaban el mío. Entre nosotros había alguien

siniestro, tan siniestro como los senderos que zigzagueaban por el paseo o se

enroscaban entre los robles centenarios en el cuadrilátero de detrás del gimnasio.

Nos mirábamos los unos a los otros en el intento de descifrar las tinieblas que se

ocultaban detrás de cada semblante.

Esta vez la Policía no arrestó a nadie. Los coches azules patrullaron el campus

incesantemente en las caliginosas noches primaverales del 18, el 19 y el 20 y los

focos escudriñaban los rincones y recovecos oscuros con errática avidez. La

administración impuso un toque de queda obligatorio a las nueve. Una temeraria

pareja que se estaba magreando entre los bien cuidados arbustos que se

extendían al norte del Tate Alumni Building fue conducida a la comisaría de New

Sharon donde la interrogaron despiadadamente durante tres horas.

El día 20 hubo una falsa alarma histérica cuando un chico apareció

desvanecido en el mismo aparcamiento donde habían encontrado el cuerpo de

Gale Cerman. Un, balbuceante policía del campus lo cargó en el asiento posterior

de su coche patrulla y le cubrió la cara con un mapa del condado sin molestarse

en tomarle el pulso y enfiló hacia el hospital local, haciendo ulular la sirena a

través del campus desierto con la estridencia de un seminario de almas en pena.

A mitad de trayecto el «cadáver» del asiento posterior se incorporó y preguntó

con voz cavernosa: «¿Dónde diablos estoy?» El policía lanzó un alarido y tras

detener el automóvil echó a correr por la carretera. El «muerto» resultó ser un

estudiante llamado Donald Morris que había pasado los últimos dos días en cama,

con una fuerte gripe. ¿Aquel año era asiática? No lo recuerdo. Sea como fuere, se

desmayó en el aparcamiento cuando se encaminaba hacia el «Grinder» para

comer un plato de sopa y unas tostadas.

Los días siguieron siendo calurosos, con el cielo encapotado. La gente se

congregaba en pequeños grupos que se disolvían y se recomponían con

asombrosa rapidez. Si mirabas las mismas caras durante mucho tiempo empezabas

a concebir ideas raras acerca de alguna de ellas. Y pronto los rumores

comenzaron a circular de un extremo a otro del campus a la velocidad de la luz.

Habían oído que un simpático profesor de historia reía y lloraba alternadamente

junto al puentecito; Gale Cerman había escrito con su propia sangre un críptico

mensaje de dos palabras sobre el asfalto del aparcamiento de Ciencias

Zoológicas; ambos asesinatos habían sido en realidad crímenes políticos, rituales,

perpetrados por una fracción de la Sociedad de Estudiantes Democráticos como

protesta contra la guerra. Esto era realmente absurdo. La SED de New Sharon

contaba con siete miembros. Si se hubiera escindido una fracción importante, la

organización habría desaparecido simplemente. Este detalle avivó aún más la

imaginación de los sectores reaccionarios del campus: agitadores externos. De

modo que durante esos extraños días de calor todos estuvimos alertas para

descubrirlos.

La Prensa, siempre veleidosa, hizo caso omiso de la marcada semejanza que

existía entre nuestro asesino y Jack el Destripador, y se remontó aún más lejos,

hasta 1819. A Ann Bray la habían encontrado en un terreno lodoso a unos cuatro

metros de la acera más próxima, y sin embargo no había ninguna pisada. Ni

siquiera las de ella. Un fantasioso periodista de New Hampshire apasionado por lo

arcano bautizó al asesino con el apodo de Jack Piesligeros, en homenaje al

infame doctor John Hawkins de Bristol, que había matado a cinco de sus esposas

con extraños ingredientes farmacéuticos. Y el nombre perduró, probablemente en

razón de aquel terreno fangoso pero desprovisto de huellas.

El 21 volvió a llover, y el paseo y el cuadrilátero se convirtieron en ciénagas. La

Policía anunció que infiltraría detectives vestidos de paisano, hombres y mujeres,

y retiró la mitad de sus coches patrulla.

El periódico del campus publicó un editorial de protesta muy indignado, aunque

un poco incoherente, contra estas medidas. Su argumento parecía consistir en

que, con toda clase de policías disfrazados de estudiantes, sería imposible

distinguir a un auténtico agitador externo de otro falso.

Llegó el crepúsculo, y junto con él la bruma, que se levantó lenta, casi

reflexivamente, en las avenidas bordeadas de árboles, ocultando uno tras otro a

todos los edificios. Era tenue e insustancial, pero al mismo tiempo implacable y

amenazadora. Nadie parecía dudar de que Jack Pies-ligeros era un hombre, pero

la bruma era su cómplice y era de sexo femenino..., o por lo menos eso me

parecía. Era como si nuestra pequeña Universidad estuviera atrapada entre el uno

v la otra, estrujada por un abrazo de amantes locos, comprometida en una boda

que se había consumado con sangre. Me quedé fumando v mirando cómo las luces




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