El umbral de la



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se encendían en la creciente oscuridad, y me pregunté si todo había

terminado. Mi compañero de habitación entró v cerró la puerta quedamente a sus

espaldas.

—Pronto comenzará a nevar —anunció. Me volví y lo miré.

—¿Lo han dicho por la radio?

—No —respondió—. ¿Quién necesita un meteorólogo? ¿Nunca has oído hablar

de la primavera de fresa?

—Quizá sí —asentí—. Hace mucho tiempo. Es un tema de conversación de las

abuelas, ¿verdad?

Se detuvo junto a mí, mirando la noche cada vez más oscura.

—La primavera de fresa es como el veranillo de San Martín —explicó—, pero

mucho más esporádica. En esta comarca un buen veranillo de San Martín cada

dos o tres años. Pero un cambio de temperatura como el que está ocurriendo

ahora sólo se produce cada ocho o diez. Es una falsa primavera, una primavera

engañosa, así como el veranillo de San Martín es un falso verano. Mi propia

abuela acostumbraba a decir que la primavera de fresa significa que aún no ha

pasado la peor borrasca, y que cuanto más dura tanto más fuerte es la tempestad.

—Son leyendas —comenté—. No creo una palabra. —Lo miré—. Pero estoy

nervioso. ¿Y tú?

Sonrió con expresión benévola y sacó uno de mis cigarrillos del paquete que

descansaba sobre el antepecho de la ventana.

—Sospecho de todos menos de mí y de ti —dijo, y después su sonrisa se diluyó

un poco—. Y a veces dudo de ti. ¿Quieres que vayamos a la sala de juegos a

jugar una partida de billar?

—La semana próxima tengo un preliminar de trigonometría. Me quedaré aquí

con un rotulador y un montón de notas.

Ya hacía un largo rato que se había ido y yo sólo atinaba a mirar por la ventana.

Incluso después de abrir el libro y de enfrascarme en el tema, una parte de mi ser

continuaba fuera, caminando por las sombras donde ahora imperaba algo

tenebroso.

Esa noche fue asesinada Adelle Parkins. Seis coches patrulla y diecisiete

detectives con aspecto de estudiantes universitarios (incluidos ocho mujeres que

habían llegado desde Bostón) vigilaban el campus. Pero Jack Pieslige-ros la mató

de todos modos, eligiendo certeramente a una de las nuestras. La falsa primavera

engañosa, lo ayudó y lo instigó: la asesinó y la dejó apuntalada por el volante de

su «Dodge 1964» donde la encontraron a la mañana siguiente, y una parte de ella

apareció en el asiento posterior y otra parte apareció en el maletero. Y sobre el

parabrisas había dos palabras escritas con sangre: ¡JA! ¡JA! Esta vez fue un

hecho real, no un rumor.

A partir de entonces el campus enloqueció un poco:

todos habíamos conocido a Adelle Parkins, y nadie la había conocido. Era una de

esas mujeres anónimas, ajetreadas, que se deslomaban trabajando en el

«Grinder» de seis a once de la noche, enfrentándose con hordas de estudiantes

ávidos de hamburguesas que interrumpían brevemente sus estudios en la

biblioteca de enfrente. Esas tres últimas noches caliginosas de su vida debió de

pasarlas bastante descansada: todos respetaban estrictamente el toque de queda,

y después de las nueve de la noche los únicos clientes del «Grinder» eran los

polis hambrientos y los bedeles felices..., cuyo mal humor habitual se había

atemperado considerablemente ahora que los edificios estaban vacíos.

Es poco lo que queda por contar. La Policía, tan proclive a la histeria como

cualquier ser humano que se siente acorralado, arrestó a un inocuo homosexual

llamado Hanson Gray, estudiante graduado de sociología, quien argüyó que «no

podía recordar» dónde había pasado varias de las noches letales. Lo inculparon,

lo procesaron y lo dejaron partir de prisa a su ciudad natal de New Hampshire

después de la última noche nefasta de la primavera de fresa, cuando Marsha

Curran fue descuartizada en el paseo.

Nadie sabrá nunca por qué estaba fuera y sola. Era una muchacha regordeta,

de melancólica belleza, que vivía en un apartamento de la ciudad con tres

compañeras. Se había introducido en el campus tan silenciosa y distraídamente

como el mismo Jack Piesligeros. ¿Qué la había empujado? Quizá su anhelo era

tan profundo e incontrolable como el de su asesino, e igualmente incomprensible.

Quizás había sentido la necesidad de entablar un único romance vehemente y

apasionado con la noche cálida, la bruma tibia, el olor del mar y el cuchillo glacial.

Eso ocurrió el 23. El 24, el rector de la Universidad anunció que esa primavera

las vacaciones se adelantarían una semana, y nos dispersamos, no jubilosamente

sino como ovejas temerosas en vísperas de una tormenta, y dejamos el campus

vacío y acechado por la Policía y por un tenebroso espectro.

Yo tenía mi propio coche en el campus y llevé conmigo a seis personas hasta el

otro extremo del Estado, con su equipaje caóticamente comprimido. No fue un

viaje agradable. Nadie estaba seguro de que Jack Piesligeros no se hallaba en el

coche con nosotros.

Esa noche el termómetro bajó quince grados y todo el norte de Nueva Inglaterra

fue azotado por un cierzo ululante que empezó con escarcha y terminó con treinta

centímetros de nieve. Hubo tantos viejos inservibles como siempre que sufrieron

ataques cardíacos mientras la despejaban con sus palas... Y entonces, como por

arte de magia, llegó abril. Limpios chaparrones y noches estrelladas.

La llaman primavera de fresa, Dios sabe por qué, y es un período nefasto,

engañoso, que sólo tiene lugar una vez cada ocho o diez años. Jack Piesligeros

partió junto con la bruma, y a comienzos de junio las conversaciones del campus

se habían desviado hacia una serie de protestas contra el reclutamiento militar y

hacia una sentada en el edificio donde un conocido fabricante de napalm

seleccionaba a su personal.

En junio casi todos evitaban abordar el tema de Jack Piesligeros..., por lo

menos en voz alta. Sospecho que había muchos que le daban vueltas y vueltas en

privado, buscando la única fisura del huevo compacto de la demencia, la única

fisura que permitiría encontrar una explicación racional.

Ése fue el año en que me gradué, y el siguiente fue el año en que me casé.

Conseguí un buen empleo en una empresa editora local. En 1971 tuvimos un hijo

que ya casi ha alcanzado la edad escolar. Un niño simpático y curioso con mis

ojos y la boca de mi esposa.

Por fin, el periódico de hoy.

Claro que sabía que estaba allí. Lo supe ayer por la mañana cuando me levanté

y oí el murmullo misterioso de la nieve derretida que corría por los canalones, y olí

el aroma del mar desde nuestro porche, situado a catorce kilómetros de la playa

más próxima. Anoche me di cuenta de que había vuelto la primavera de fresa

cuando salí del trabajo y emprendí el regreso a casa y tuve que encender los faros

para penetrar la bruma que ya había empezado a desprenderse de los campos y

los huecos, desdibujando los edificios y circundando los faroles con aureolas

mágicas.


El periódico de esta mañana dice que han asesinado a una chica en el campus

de New Sharon, cerca de los cañones de la Guerra Civil. La asesinaron anoche y

la encontraron en un montículo de nieve derretida. No estaba... no estaba toda allí.

Mi esposa está alterada. Quiere saber dónde estuve anoche. No puedo

decírselo porque no lo recuerdo. Recuerdo que salí del trabajo y emprendí el

regreso a casa, y recuerdo que encendí los faros para encontrar el rumbo entre la

maravillosa niebla incipiente, pero eso es lo único que recuerdo.

He estado pensando en aquella noche brumosa en que me dolía la cabeza y

salí a respirar y me crucé con todas las bellas sombras sin rostro ni sustancias. Y

he estado pensando en el maletero de mi coche, preguntándome por qué

demonios tengo miedo de abrirlo.

Mientras escribo estas líneas oigo que mi esposa llora en la habitación vecina.

Sospecha que anoche estuve con otra mujer.

Ay, Dios mío, yo sospecho lo mismo.

LA CORNISA

—Vamos —repitió Cressner—. Mire lo que hay en la bolsa.

Estábamos en su ático, en el piso 43. La alfombra era muy mullida, de color

naranja quemado. En el centro, entre el sillón que ocupaba Cressner y el sofá de

cuero antiguo que estaba vacío, descansaba una bolsa de la compra, marrón.

—Si quiere sobornarme, olvídelo —dije—. La amo.

—Es dinero, pero no para sobornarlo. Vaya. Mire. Cressner fumaba un cigarrillo

turco insertado en una boquilla de ónix. El sistema de circulación de aire me permitía

aspirar brevemente las secas vaharadas de tabaco antes de llevárselas.

Vestía una bata de seda con un dragón bordado. Sus ojos inteligentes estaban

serenos detrás de las gafas. Parecía precisamente lo que era: un hijo de puta de

primera, de 500 quilates, acérrimo. Yo amaba a su esposa y ella me amaba a mí.

Había previsto que él nos pondría obstáculos, y sabía que eso era lo que estaba

haciendo, pero aún no entendía de qué naturaleza eran.

Me acerqué a la bolsa de la compra y la volqué. Unos fajos de billetes

precintados cayeron sobre la alfombra. Todos de veinte dólares. Cogí uno de los

fajos y conté. Diez billetes en cada uno. Había muchos fajos.

—Veinte mil dólares —anunció, y le dio una chupada al cigarrillo.

Me levanté.

—Muy bien.

—Para usted.

—No los quiero.

—Mi esposa está incluida en la transacción. No dije nada. Marcia me había

advertido lo que sucedería. Es como un gato, había dicho. Un viejo gato perverso.

Tratará de convertirte en su ratón.

—De modo que es tenista profesional —comentó—. No creo haberle visto

nunca.

—¿Quiere decir que sus detectives no nos fotografiaron?



—Oh, sí. —Hizo un ademán negligente con la boquilla—. Incluso los filmaron a

los dos en el «Bayside Motel». Detrás del espejo había una cámara. Pero

personalmente es distinto, ¿no le parece?

—Si usted lo dice.

Cambiaría constantemente de estrategia, me había prevenido Marcia. Es así

como pone a la defensiva a sus adversarios. Pronto te hará arremeter contra el

lugar donde tú crees que está, y él atacará desde otro flanco. Dile lo menos

posible, Stan. Y recuerda que te amo.

—Lo invité porque quería tener una conversación de hombre a hombre con

usted, señor Norris. Sólo una agradable conversación entre dos seres humanos

civilizados, uno de los cuales ha seducido a la esposa del otro.

Me disponía a contestar, pero opté por callarme.

—¿Disfrutó de su estancia en el presidio de San Quintín? —preguntó Cressner,

mientras expulsaba el humo perezosamente.

—No mucho.

—Creo que pasó tres años allí. Si no me equivoco, lo condenaron por robo.

—Marcia lo sabe —dije, e inmediatamente lamenté haber hablado. Le estaba

siguiendo el juego, y eso era precisamente lo que Marcia me había recomendado

que no hiciera. Debía evitar los saques débiles que él podía devolver con fuerza.

—Me he tomado la libertad de hacer desplazar su coche —anunció, mirando

por el ventanal: toda la pared era de cristal. En el medio había una puerta

corredera de cristal. Del otro lado, un balcón del tamaño de un sello de correos. Y

más allá, un profundo abismo. Había algo extraño en la puerta. No podía localizar

con exactitud de qué se trataba—. Éste es un edificio muy confortable —prosiguió

Cressner—. Un buen sistema de seguridad. Un circuito cerrado de televisión y

todo lo demás. Cuando me enteré de que usted estaba en el vestíbulo hice una

llamada telefónica. Entonces un empleado mío hizo un cruce con los cables de su

coche y lo trasladó del garaje de este edificio a un aparcamiento público situado a

varias manzanas de aquí. —Miró el reloj de líneas ultramodernas que estaba

adosado a la pared, sobre el sofá. Eran las 8.05—. A las 8.20 el mismo empleado

telefoneará a la Policía desde una cabina pública, en relación con su coche. A las

8.30, a más tardar, los servidores de la ley habrán descubierto más de cien

gramos de heroína ocultos en la rueda de repuesto de su maletero. Lo buscarán

ansiosamente, señor Norris.

Me había tendido una trampa. Yo había tratado de protegerme lo mejor posible,

pero todo había sido un juego de niños para él.

—Esto sucederá si no me comunico antes con mi empleado para decirle que

olvide la llamada telefónica.

—Y lo que yo debo hacer para ello es informarle dónde está Marcia —

murmuré—. Es inútil, Cressner. No lo sé. Así fue como lo organizamos,

precisamente pensando en usted.

—Mis hombres la han seguido.

—No lo creo. Sospecho que los despistamos en el aeropuerto.

Cressner suspiró, quitó la boquilla recalentada y dejó caer el cigarrillo en un

cenicero de cromo con tapa desli-zable. Todo con la mayor parsimonia. Se había

librado con igual desenvoltura de la colilla y de Stan Norris.

—En verdad —dijo—, tiene razón. Empleó la vieja treta de escabullirse del

tocador de señoras. Mis hombres se pusieron furiosos al descubrir que los habían

burlado con un ardid tan antiguo. Está tan gastado que a ellos ni siquiera se les

ocurrió pensar que lo utilizaría.

No contesté. Después de librarse de los sabuesos de Cressner en el

aeropuerto, Marcia había vuelto a la ciudad en el autocar de la compañía y se

había ido a la estación de autobuses. Llevaba encima doscientos dólares: todo el

dinero que yo tenía en mi libreta de ahorros. Doscientos dólares y un autobús

«Greyhound» podían llevarla a cualquier punto del país.

—¿Usted es siempre tan poco comunicativo? —preguntó Cressner. Parecía

sinceramente interesado.

—Marcia me lo aconsejó.

Con tono un poco más cáustico, dijo:

—Entonces supongo que cuando le detenga la Policía usted invocará sus

derechos. Y tal vez cuando vuelva a ver a mi esposa se encontrará con una

abuelita sentada en una mecedora. ¿Se le ha ocurrido pensar en ello? Creo que

por estar en posesión de más de cien gramos de heroína pueden sentenciarle a

cuarenta años de cárcel.

—Eso no le ayudará a recuperar a Marcia. Sonrió cínicamente.

—¿Y ésa es la clave del asunto, verdad? ¿Quiere que concretemos la

situación? Usted y mi esposa se han enamorado el uno del otro. Tienen

relaciones..., si es así como quieren llamar a una serie de encuentros fugaces en

moteles baratos. Mi esposa me ha abandonado. Sin embargo, lo he pescado a

usted. ¿La síntesis le parece correcta?

—Ahora entiendo por qué se hartó de usted. Con gran sorpresa mía, echó la

cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.

—Le confieso que casi me resulta simpático, señor Norris. Es vulgar y

tramposo, pero parece tener agallas. Eso me lo que dijo Marcia. Yo me resistí a

creerla, porque sus juicios psicológicos no suelen ser muy exactos. Pero usted

tiene una cierta... energía. Por eso organicé las cosas así. Sin duda Marcia le ha

dicho que me gustan los envites.

—Sí.


Ya sabía qué era lo que faltaba en la puerta de la pared de cristal. Estábamos

en pleno invierno y a nadie se le ocurriría tomar el té en un balcón del piso 43.

Habían retirado los muebles del balcón. Y le habían quitado los visillos a la puerta.

¿Por qué?

—No le tengo mucha estima a mi esposa —continuó Cressner, mientras

insertaba cuidadosamente otro cigarrillo en la boquilla—. Eso no es ningún

secreto. Estoy seguro de que ella se lo habrá contado. Y también estoy seguro de

que un hombre tan..., experimentado como usted sabe que las esposas

satisfechas no se abren de piernas delante del profesor de tenis de su club ante el

simple balanceo de una raqueta. A mi juicio Marcia es una presumida, una

mojigata dé cara agria, una llorona, una gruñona, una chismosa...

—Ya basta —dije. Sonrió fríamente.

—Lo siento. Olvidé que hablábamos de su amada. Son las 8.16. ¿Está

nervioso? Me encogí de hombros.

—Duro hasta el fin —comentó, y encendió el cigarrillo—. De todos modos, se

preguntará por qué no le devuelvo sencillamente la libertad a Marcia, si la

aborrezco tanto...

—No, no me lo pregunto. Frunció el ceño.

—No se la devuelve —le espeté— porque es un hijo de puta egoísta, ambicioso

y egocéntrico. Nadie puede quitarle lo que es suyo. Aunque usted ya no lo quiera.

Enrojeció y después se rió.

—Un tanto a su favor, señor Norris. Muy bien. Me encogí nuevamente de

hombros.

—Voy a proponerle un envite. Si gana, se irá de aquí con el dinero, con la mujer

y con su libertad. En cambio, si pierde, perderá la vida.

Consulté el reloj. No pude evitarlo. Las 8.19.

—Muy bien —asentí. ¿Qué otra cosa podía decir? Por lo menos ganaría

tiempo. Tiempo para encontrar la forma de salir de allí, con o sin el dinero.

Cressner cogió el teléfono y marcó un número.

—¿Tony? El plan número dos. Sí. —Colgó el auricular.

—¿Cuál es el plan número dos? —pregunté.

—Le telefonearé a Tony dentro de quince minutos y él retirará de su coche la...,

sustancia incriminatoria y lo traerá nuevamente aquí. Si no le telefoneo, llamará a

la Policía.

—¿No es muy confiado, verdad?

—Sea razonable, señor Norris. Hay veinte mil dólares sobre la alfombra, entre

nosotros dos. En esta ciudad se han cometido asesinatos por veinte céntimos.

—¿Cuál es la apuesta? Pareció sinceramente afligido.

—El envite, señor Norris, el envite. Los caballeros hacen envites. La chusma

hace apuestas.

—Como usted diga.

—Excelente. Veo que ha estado mirando al balcón.

—Ha quitado los visillos de la puerta.

—Sí, los hice retirar esta tarde. Lo que le propongo es lo siguiente: que usted

dé la vuelta a este edificio por la cornisa que sobresale por debajo del nivel del

ático. Si consigue dar la vuelta al edificio, gana usted.

—Está loco.

—Todo lo contrario. Hace doce años que vivo en este apartamento, y durante

ese lapso he propuesto el envite a seis personas en otras tantas ocasiones. Tres

de las seis eran atletas profesionales, como usted: un conocido jugador de fútbol

más famoso por sus anuncios de TV que por su buen juego, un jugador de

béisbol, y un jockey bastante célebre que ganaba un salario anual extraordinario y

que también vivía afligido por graves problemas para pagar alimentos a su ex

esposa. Los otros tres eran ciudadanos más vulgares que tenían distintas

profesiones pero dos elementos en común: necesitaban dinero y eran

relativamente ágiles. —Inhaló pensativamente el humo de su cigarrillo y

continuó—: En cinco oportunidades el envite fue rechazado ipso facto. En la otra

fue aceptado. Los términos fueron veinte mil dólares contra seis meses a mi

servicio. Yo gané. El tipo echó una mirada por la baranda del balcón y casi se

desmayó. —Cress-ner tenía una expresión divertida y desdeñosa—. Dijo que

abajo todo parecía muy pequeño. Eso rué lo que le acobardó.

—¿Qué le hace pensar...?

Me interrumpió con un ademán fastidiado.

—No me aburra, señor Norris. Pienso que lo hará porque no puede elegir. La

alternativa es mi envite o cuarenta años en San Quintín. El dinero y mi esposa son

sólo estímulos adicionales, testimonios de mi generosidad.

—¿Qué garantía tengo de que no me defraudará? Es posible que lo haga y

descubra que usted ha telefoneado a Tony y le ha dicho que me denuncie

igualmente.

Suspiró.


—Usted es un caso ambulante de paranoia, señor Norris. No amo a mi esposa.

Su presencia ofende mi legendario egotismo. Para mí, veinte mil dólares son una

nadería. Todas las semanas pago una suma cuatro veces mayor a los enviados

de la Policía, para sobornarlos. Sin embargo, en cuanto al envite... —Sus ojos

centellearon—. Eso no tiene precio.

Reflexioné y Cressner no me interrumpió. Supongo que sabía que el verdadero

incauto siempre se convence a sí mismo. Yo era un infeliz tenista de treinta y seis

años, y el club ya planeaba despedirme cuando Marcia aplicó un poco de presión

sutil. El tenis era la única profesión que conocía y, sin él, incluso me resultaría

difícil conseguir trabajo como portero..., sobre todo porque era un ex presidiario.

No era nada grave, pero los empleadores son inflexibles.

Y lo curioso es que estaba realmente enamorado de Marcia Cressner. Me había

prendado de ella después de darle dos clases de tenis a las nueve de la mañana,

y el sentimiento había sido recíproco. Así era la suerte de Stan Norris. Después de

treinta y seis años de dichosa soltería me había enamorado como un adolescente

de la esposa de un padrino de la Organización.

Por supuesto, el viejo felino que me miraba fumando su cigarrillo turco

importado sabía todo eso. Y también algo más. Nada me garantizaba que no me

entregaría a la Policía si aceptaba el envite y ganaba, y en cambio sabía muy bien

que, si no lo aceptaba, a las diez estaría en chi-rona. Y no recuperaría la libertad

hasta el fin del siglo.

—Quiero saber algo —murmuré.

—¿De qué se trata, señor Norris?

—Míreme a los ojos y dígame si hace trampa o no. Me miró fijamente.

—Nunca hago trampas, señor Norris —respondió en voz baja.

—Muy bien —asentí. ¿Qué otra alternativa me quedaba? Se levantó, sonriendo.

—¡Estupendo! ¡Realmente estupendo! Acompáñeme hasta la puerta del balcón,

señor Norris.

Fuimos juntos. Su talante era el de un hombre que había imaginado esa escena

centenares de veces y que disfrutaba al máximo ahora que se materializaba.

—La cornisa tiene doce centímetros y medio de ancho —explicó con tono

soñador—. Yo mismo la he medido. En verdad, me he apoyado sobre ella,

cogiéndome del balcón, claro está. Le bastará con pasar sobre la baranda de

hierro forjado. Ésta le llegará a la altura del pecho. Pero, por supuesto, más allá de

la baranda no hay puntos de dónde cogerse. Tendrá que desplazarse paso a

paso, tomando muchas precauciones para no perder el equilibrio.

Mis ojos se posaron sobre algo más que había fuera de la ventana..., algo que

hizo que la temperatura de mi sangre bajara varios grados. Era un anemómetro. El

apartamento de Cressner se hallaba bastante cerca del lago, y no había edificios

más altos para resguardarlo del viento. Éste sería frío y cortaría como un cuchillo.

La aguja estaba bastante estable en el diez, pero una ráfaga fuerte la haría saltar

casi hasta veinticinco durante unos segundos antes de volver a bajar.

—Ah, veo que ha reparado en mi anemómetro —comentó Cressner

jovialmente—. En realidad es la otra fachada la que recibe casi todo el viento, de

modo que es posible que ahí la brisa sea un poco más fuerte. Pero ésta es una

noche bastante serena. He visto otras en que el viento soplaba a ochenta y

cinco..., incluso se siente una ligera vibración en el edificio. Como si uno estuviera

en la torre de vigía de un barco. Para tratarse de esta época del año, hoy el clima




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