El umbral de la



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es bastante benigno.

Señaló, y vi los números luminosos en lo alto del rascacielos de un Banco, a la

izquierda. Marcaban ocho grados, pero teniendo en cuenta el viento el factor de

congelación estaría por debajo del cero.

—¿Tiene un abrigo? —le pregunté. Yo iba vestido con una americana liviana.

—No, lo siento. —Los números luminosos del Banco se modificaron para

indicar la hora. Eran las 8.32—. Y creo que será mejor que se decida de una vez,

señor No-rris. Así podré telefonearle a Tony y decirle que ponga en ejecución el

plan número tres. Es un buen chico pero tiene tendencia a ser impulsivo. Usted

entiende.

Claro que entendía. Demasiado bien.

Sin embargo, la perspectiva de estar con Marcia, libre de los tentáculos de

Cressner y con suficiente dinero para iniciar una nueva vida me impulsó a abrir la

puerta de cristal y a salir al balcón. El aire era frío y húmedo, y el viento me

alborotó el pelo y me lo volcó sobre los ojos.

—Bon soir —dijo Cressner a mis espaldas, pero no me molesté en volver la

cabeza. Me acerqué a la baranda, sin mirar hacia abajo. Todavía no. Empecé a

respirar profundamente.

En realidad no es un ejercicio sino una forma de autohipnosis. Con cada

inhalación-espiración se expulsa una distracción del cerebro, hasta que no queda

nada más que el desafío que uno tiene ante sí. Me olvidé del dinero con un

movimiento respiratorio y de Cressner con dos. Necesité más tiempo para librarme

de Marcia: su rostro afloraba constantemente en mi mente, diciéndome que no

fuera estúpido, que no aceptara sus condiciones de juego, que quizá Cressner

nunca hacía trampas pero que siempre se aseguraba las posibilidades de triunfo.

No la escuché. No podía permitirme ese lujo. Si perdía la apuesta no me bastaría

con pagar la ronda de cervezas y soportar las pullas: me convertiría en una

pringosidad escarlata salpicada a lo largo de Deakman Street, en un tramo de cien

metros.

Cuando pensé en eso, miré hacia abajo.



El edificio bajaba en pendiente como un acantilado liso de tiza hasta la calle

situada mucho más abajo. Los coches aparcados parecían esos modelos de

juguete que venden en las tiendas de baratijas. Los que transitaban por la calzada

parecían puntitos de luz. Si caía desde tan alto tendría tiempo suficiente para

tomar conciencia de lo que sucedía, para ver cómo el viento tiraba de mis ropas a

medida que la tierra me atraía a una velocidad cada vez mayor. Tendría tiempo

para lanzar un alarido muy, muy largo. Y el ruido que haría al estrellarme contra el

pavimento sería igual al de una sandía que cae cuando ya está madura.

Entendí muy bien por qué el otro tipo se había acobardado. Pero él sólo había

tenido que pensar en una servidumbre de seis meses. A mí me aguardaban

cuarenta negros años sin Marcia.

Observé la cornisa: Parecía angosta: nunca había visto doce centímetros y

medio más semejantes a seis. Por lo menos el edificio era bastante nuevo. No se

desmoronaría bajo mis pies.

Eso esperaba.

Sortee la baranda y me descolgué cuidadosamente hasta apoyarme sobre la

cornisa. Mis talones se asomaban sobre el vacío. Tenía el piso del balcón más o

menos a la altura del pecho, y miré el ático de Cressner entre los barrotes

ornamentales de hierro forjado. Él estaba del otro lado de la puerta, fumando,

contemplándome con la misma expresión con que un científico observaría a un

cobayo para estudiar los efectos de la última inyección.

—Telefonee —dije, sosteniéndome de la baranda.

—¿Cómo?

—Telefonee a Tony. No me moveré hasta que lo haga. Se alejó por la sala —



que parecía excepcionalmente cálida, segura y confortable— y cogió el teléfono.

En verdad era un acto inútil. El viento no me permitía oír sus palabras. Colgó

nuevamente el auricular y volvió.

—Todo arreglado, señor Norris.

—Ojalá sea cierto.

—Adiós, señor Norris. Le veré dentro de un rato... quizás.

Era hora de hacerlo. Basta de palabras. Pensé por última vez en Marcia, en su

cabellera castaña, en sus grandes ojos grises, en su cuerpo cautivante, y después

la expulsé definitivamente de mi cabeza. Basta de mirar hacia abajo, también.

Sería demasiado fácil que me paralizara, si miraba ese abismo. Demasiado fácil

que me congelara hasta perder el equilibrio, o que me desmayara de miedo. Era

hora de comprimir el ángulo visual. De concentrarme exclusivamente en el pie

izquierdo, en el pie derecho.

Empecé a desplazarme hacia la derecha, aterrándome mientras podía a la

baranda del balcón. No tardé en darme cuenta de que necesitaría la fuerza de

todos los músculos que la práctica del tenis había desarrollado en mis tobillos.

Con los talones fuera de la cornisa, esos tendones sostendrían todo mi peso.

Llegué hasta donde alcanzaba mi brazo, y por un momento me pareció que no

podría soltar mi punto de apoyo en el balcón. Me impuse la obligación de soltarlo.

Caray, doce centímetros y medio eran un espacio más que suficiente. Si la cornisa

estuviera a sólo treinta centímetros del suelo, y no a ciento treinta metros, podrías

contornear el edificio en cuatro minutos justos, me dije. Imagínate entonces que

ésa es la distancia.

Sí, y si te caes desde una cornisa que dista treinta centímetros del suelo dice

«paciencia» y repites la tentativa. Allí arriba tendría una sola oportunidad.

Deslicé un poco más mi pie derecho y después acerqué el izquierdo. Solté la

baranda. Levanté las manos abiertas, apoyando las palmas contra la superficie

áspera de la fachada. Acaricié la piedra. Podría haberla besado.

Una ráfaga de viento hizo que la solapa de la americana me azotara el rostro, y

mi cuerpo osciló sobre la comisa. El corazón se me atravesó en la garganta y me

quedé parado hasta que amainó el viento. Una ráfaga más violenta me habría

arrancado de la cornisa y me habría lanzado a volar en medio de la noche. Del

otro lado el viento soplaría con más fuerza.

Volví la cabeza hacia la izquierda, apretando la mejilla contra la piedra.

Cressner me contemplaba, inclinado sobre la baranda.

—¿Se divierte? —me preguntó afablemente.

Se había puesto un abrigo de pelo de camello marrón.

—Pensé que no tenía un abrigo —comenté.

—Mentí —respondió con tono ecuánime—. Digo muchas mentiras.

—¿Qué significa eso?

—Nada... absolutamente nada. O quizá sí significa algo. Una pequeña guerra

psicológica, ¿eh, señor Norris? Podría aconsejarle que no se distraiga demasiado.

Los tobillos se cansan, y si se aflojaran...

Extrajo una manzana del bolsillo, la mordió y después la arrojó al vacío. Durante

un largo rato no oí nada. Por fin, un chasquido débil y repelente. Cressner soltó

una risita.

Había roto mi concentración y sentí que el pavor roía el perímetro de mi mente

con dientes de acero. Un torrente de pánico pugnaba por desbordarse y

ahogarme. Giré la cabeza para no verlo y respiré profundamente, para ahuyentar

el terror. Miré el cartel luminoso del Banco, que ahora decía: 8.46, Hora de Ahorrar

en Mutual.

Cuando los números luminosos marcaron las 8.49, me pareció que ya había

recuperado el control de mis nervios. Creo que Cressner estaba convencido de

que me había petrincado, y cuando empecé a deslizarme nuevamente hacia el

ángulo del edificio oí un aplauso sardónico.

Ahora sentía el frío. El lago había aguzado el filo del viento y su humedad

pegajosa me penetraba en la piel como un taladro. A medida que me deslizaba, la

delgada tela de la americana se inflaba detrás de mí. A pesar del frío, me movía

con lentitud. Si quería llegar, tendría que maniobrar pausada v deliberadamente.

Si me apresuraba, caería.

Cuando llegué a la esquina, el reloj luminoso del Banco marcaba las 8.52.

Aparentemente no había ningún problema: la cornisa daba la vuelta formando un

ángulo recto..., pero la mano derecha me advirtió que soplaba un viento cruzado.

Si me pillaba inclinado en un mal ángulo, saldría despedido en seguida.

Esperé que el viento amainara pero no hubo ningún cambio durante un largo

rato, casi como si fuera el aliado voluntario de Cressner. Me castigaba con dedos

crueles e invisibles, tirando y empujando y cosquilleando. Por fin, después de que

una ráfaga muy violenta me hizo bambolear sobre las puntas de los pies,

comprendí que no podría esperar indefinidamente y que el viento nunca amainaría

por completo.

De modo que cuando volvió a declinar un poco, pasé el pie derecho al otro lado

v, cogiéndome de ambas paredes con las manos, di la vuelta. Los vientos

cruzados me zarandearon en dos direcciones al mismo tiempo, y vacilé. Durante

un segundo estuve espantosamente seguro de que Cressner había ganado su

envite. Después me deslicé un poco más v me adosé a la pared, exhalando por la

garganta seca mi respiración contenida.

Fue entonces cuando la crepitación restalló casi en mi oído.

Sobresaltado, respingué casi hasta el límite de la estabilidad. Mis manos

perdieron contacto con la pared y se agitaron demencialmente en busca del

equilibrio. Creo que si una de ellas hubiera golpeado la fachada de piedra del

edificio, ése habría sido el fin. Pero después de lo que pareció una eternidad, la

gravitación resolvió dejarme volver a la pared en lugar de dispararme contra el

pavimento que me aguardaba cuarenta y tres pisos más abajo.

El aliento entrecortado escapó de mis pulmones con un torturante silbido. Mis

piernas parecían de goma. Los tendones de mis tobillos zumbaban como cables

de alto voltaje. Nunca me había sentido tan mortal. El hombre de la guadaña

estaba tan cerca que podía leer por encima de mi hombro.

Giré el cuello, miré hacia arriba, y allí estaba Cressner, asomado a la ventana

de su dormitorio, a poco más de un metro de mi cabeza. Sonreía, con una matraca

de Año Nuevo en la mano.

—Para mantenerlo despierto —dijo.

No derroché aliento. De todas maneras, no podría haber articulado más que un

graznido. El corazón me palpitaba furiosamente en el pecho. Me desplacé un

metro y medio, más o menos, por si alimentaba el propósito de inclinarse hacia

fuera y empujarme. Después me detuve, cerré los ojos y respiré profundamente

hasta recuperarme.

Ahora estaba en la parte más angosta del edificio. A la derecha sólo se alzaban

sobre mí las torres más altas de la ciudad. A la izquierda sólo se veía el círculo

oscuro del lago, con unos pocos alfilerazos de luz que flotaban sobre sus aguas.

El viento aullaba y gemía.

El viento cruzado de la segunda esquina no fue tan traicionero, y contorneé la

arista sin problemas. Y entonces algo me mordió.

Lancé una exclamación ahogada y respingué. El cambio de posición me asustó

y volví a adosarme fuertemente a la pared. Otro mordisco. No... no eran mordiscos

sino picotazos. Miré hacia abajo.

Un palomo estaba posado sobre la cornisa, y me escudriñaba con ojos

brillantes, llenos de odio.

Uno se acostumbra a las palomas en la ciudad. Son tan comunes como los

taxistas que no pueden cambiar un billete de diez dólares. No les gusta volar y

ceden terreno de mala gana, como si las aceras fueran suyas por derecho de

ocupación precoz. Oh, sí v frecuentemente dejan sus tarjetas de visita sobre el

capó del automóvil. Pero nadie les presta mucha atención. A veces pueden ser

irritantes, pero no son más que intrusas en nuestro mundo.

Pero yo estaba en su mundo, casi indefenso, y el palomo parecía saberlo.

Volvió a picotear mi tobillo cansado, haciendo subir una corriente de dolor a lo

largo de mi pierna.

—Fuera —rugí—. Fuera de aquí.

El palomo se limitó a picotearme de nuevo. Obviamente yo estaba en lo que él

consideraba su terreno. Ese tramo de la comisa estaba cubierto de excrementos,

viejos y nuevos.

Desde arriba llegó un débil zureo.

Doblé el cuello hacia atrás tanto como pude y levanté la vista. Un pico se

desplazó velozmente hacia mi rostro y estuve a punto de retroceder. Si lo hubiera

hecho, me habría convertido en la primera víctima mortal de las palomas, en esa

ciudad. Era Mamá Paloma, que protegía a una nidada de pichones congregados

bajo el angosto alero. Gracias a Dios estaba demasiado lejos para picarme la

cabeza.

Su macho me picó nuevamente y empezó a fluir la sangre. La sentí. Reanudé el



deslizamiento a lo largo de la cornisa, con la esperanza de espantar al pájaro. Fue

inútil. Las palomas no se asustan. Por lo menos las palomas de la ciudad. Si un

furgón de mudanzas sólo consigue obligarlas a apresurar un poco el paso, un

hombre atrapado en la cornisa de un cuadragésimo tercer piso no es posible que

las inquiete lo más mínimo.

El palomo retrocedía a medida que yo me adelantaba, y sus ojos refulgentes

sólo se apartaban de mi cara cuando bajaba el pico aguzado para hincármelo en

el tobillo. Y el dolor era cada vez más intenso. El pájaro pinchaba la carne viva... Y

tal vez la comía.

Le lancé una patada con el pie derecho. Una patada débil, porque no podía

permitirme nada mejor. El palomo se limitó a aletear un poco y en seguida volvió al

ataque. Yo, en cambio, casi me precipité al vacío.

El palomo me picó otra vez, y otra. Me azotó una ráfaga de viento frío, que me

curvó hasta el límite de mi estabilidad. Las yemas de mis dedos frotaron la piedra

porosa y apoyé la mejilla izquierda contra la pared, respirando dificultosamente.

Cressner no podría haber concebido una tortura peor si la hubiera planeado

durante diez años. Un picotazo no era grave. Dos o tres eran poco más. Pero el

condenado pájaro debió de picarme sesenta veces hasta que llegué a la baranda

de hierro forjado del ático situado frente al de Cressner.

Llegar a la baranda fue como llegar a las puertas del cielo. Mis manos se

cerraron amorosamente alrededor de los barrotes fríos y los apretaron como si no

quisieran soltarlos nunca.

Otro picotazo.

El palomo me miraba de forma casi petulante con sus ojos brillantes, seguro de

mi impotencia y de su propia invulnerabilidad. Recordé la expresión con que me

había estudiado Cressner al acompañarme hasta el balcón, del otro lado del

edificio.

Cogiéndome con más fuerza de los barrotes de hierro, lancé un puntapié feroz

que alcanzó de lleno al pajarraco. Éste emitió un graznido reconfortante y se elevó

en el aire, aleteando. Unas pocas plumas grises se posaron sobre la cornisa o se

perdieron lentamente en la oscuridad, meciéndose en el aire.

Me arrastré hasta el interior del balcón, resollando, y me tumbé en el suelo. A

pesar del frío mi cuerpo estaba empapado en sudor. Ignoro cuánto tiempo

permanecí allí, recuperándome. El edificio me ocultaba la hora luminosa del

Banco, y yo no uso reloj.

Me erguí antes de que se me entumecieran los músculos y me bajé

cuidadosamente el calcetín. El tobillo derecho estaba lacerado y sangraba, pero la

herida parecía superficial. De todas formas, si salía con bien tendría que hacerla

curar. Sólo Dios sabe de qué gérmenes son portadoras las palomas. Pensé en la

posibilidad de vendar la carne viva, pero desistí de hacerlo. Podría tropezar con el

nudo de la venda. Ya tendría tiempo suficiente para eso. Más tarde podría

comprarme veinte mil dólares de vendas.

Me levanté y miré con nostalgia el ático oscuro situado frente al de Cressner.

Desierto, vacío, desocupado. Una fuerte mampara protegía la puerta. Podría

haberme abierto paso, pero habría perdido la apuesta. Y lo que estaba en juego

no era tan sólo dinero.

Cuando no pude dejar pasar más tiempo, me deslicé sobre la baranda y volví a

la cornisa. El palomo, con unas plumas menos, estaba posado bajo el nido de su

hembra, donde el cúmulo de excrementos era más espeso, y me miraba con ira.

Pero no creía que me atacara, ahora que me veía alejarme.

Fue muy difícil comenzar..., mucho más difícil que cuando había tenido que

abandonar el balcón de Cress-ner. Mi mente sabía que debía hacerlo, pero mi

cuerpo, y sobre todo mis tobillos, clamaban que sería una locura abandonar un

refugio tan seguro. Pero lo abandoné, estimulado por el rostro de Marcia que

flotaba en la oscuridad.

Llegué a la segunda fachada corta, rodee la arista, y me deslicé lentamente a lo

largo de la parte transversal del edificio. Ahora que me aproximaba a la meta

experimentaba una ansia casi incontrolable de apresurarme, de terminar con eso.

Pero si me apresuraba, moriría. De modo que me obligué a avanzar lentamente.

En la cuarta arista nuevamente faltó poco para que el viento cruzado me

derribara, y si pude sortear el obstáculo fue gracias a la suerte más que a la

pericia. Descansé apoyado contra la pared, recuperando el aliento. Pero

comprendí por primera vez que iba a salirme con la mía, que iba a triunfar. Sentía

las manos como bistés semicongelados, me ardían los tobillos (sobre todo el derecho,

picoteado por el palomo), y el sudor se me infiltraba constantemente en los

ojos, pero estaba seguro de que iba a triunfar. En la mitad de la fachada, una

cálida luz amarilla bañaba el balcón de Cressner. Más allá vi el cartel del Banco

que refulgía como un estandarte de bienvenida. Eran las 10.48, pero tuve la

impresión de que había pasado toda mi vida sobre esos doce centímetros y medio

de comisa.

Y que Dios ayudara a Cressner si trataba de engañarme. Ya no tenía prisa.

Casi remoloneé. Eran las 11.09 cuando apoyé la mano derecha sobre la baranda

de hierro forjado del balcón, seguida por la izquierda. Me icé, sorteé el obstáculo,

me dejé caer gozosamente en el suelo... Y sentí el frío cañón de una 45 contra la

sien.

Miré hacia arriba y vi a un forajido tan feo que con su sola presencia podría



haber parado el mecanismo del Big Ben. Me sonreía.

—¡Excelente! —proclamó la voz de Cressner desde adentro—. ¡Le aplaudo,

señor Norris! —Eso fue lo que hizo—. Tráelo aquí, Tony.

Tony me alzó y me depositó tan bruscamente sobre los pies que mis débiles

tobillos casi se doblaron. Al entrar, trastabillé contra la puerta del balcón.

Cressner estaba junto a la chimenea de la sala, bebiendo coñac de una copa

grande como una pecera. Había vuelto a guardar el dinero en la bolsa de la

compra, que descansaba en medio de la alfombra anaranjada.

Me vi fugazmente en un espejo que colgaba en el otro extremo de la habitación.

Tenía el pelo alborotado y la cara pálida, con excepción de dos fuertes manchas

de color en las mejillas. Mis ojos parecían los de un alucinado.

Sólo tuve una visión, porque un instante después salí despedido a través de la

habitación. Me estrellé contra el sillón que antes había ocupado Cressner y lo

arrastré en mi caída, perdiendo el aliento.

Cuando recuperé en parte la respiración, me senté y mascullé:

—Maldito tramposo. Lo tenía todo planeado.

—Claro que sí —respondió Cressner, depositando cuidadosamente la copa

sobre la repisa—. Pero no soy un tramposo, señor Norris. Le aseguro que no. Sólo

soy un pésimo perdedor. Tony está aquí sólo para evitar que usted cometa una...

imprudencia. —Se colocó los dedos bajo la barbilla y lanzó una risita. No parecía

un mal perdedor. Parecía un gato con las plumas del canario pegadas al morro.

Me levanté, más asustado de lo que había estado en la cornisa.

—Usted me ha engañado —dije lentamente.

—Se equivoca. Han retirado la heroína de su coche, que ahora está en el

garaje del edificio. El dinero está ahí, en la bolsa. Puede cogerlo e irse.

—Estupendo —murmuré.

Tony montaba guardia junto a la puerta del balcón, con el mismo aspecto de

detrito de una noche de Wal-purgis. Empuñaba la 45. Me encaminé hacia la bolsa

de la compra, la recogí, y enderecé rumbo a la puerta, apenas sostenido por los

tobillos temblorosos, casi seguro de que me pegarían un tiro en el trayecto. Pero

cuando abrí la puerta empecé a experimentar la misma sensación que había

experimentado al rodear la cuarta esquina: me saldría con la mía.

La voz de Cressner, parsimoniosa y divertida, me detuvo.

—¿No creerá realmente que la vieja treta del tocador de señoras despistó a

alguien, verdad?

Me volví lentamente, con la bolsa en los brazos.

—¿A qué se refiere?

—Le he dicho que nunca hago trampa, y es cierto. Usted ganó tres trofeos,

señor Norris. El dinero, su libertad y mi esposa. Ya tiene los dos primeros. El

tercero puede pasar a recogerlo por el depósito de cadáveres.

Lo miré fijamente, sin poder moverme, presa de un horror que se había

desplomado sobre mí como un rayo silencioso.

—Supongo que no habrá pensado que se la cedería, ¿verdad? —me preguntó

con tono compasivo—. Oh, no. El dinero, sí. Su libertad, sí. Pero a Marcia, no.

Mas, desde luego, no hago trampa. Y cuando la haya enterrado...

No me acerqué a él. No entonces. Lo dejaría para más tarde. Avancé hacia

Tony, que se quedó un poco sorprendido hasta que Cressner le ordenó con tono

hastiado:

—Mátalo, por favor.

Le arrojé la bolsa con el dinero. Le golpeó de lleno en la mano que sostenía el

arma, y fue un golpe fuerte. Ahí fuera yo no había empleado los brazos y las

muñecas, que son lo mejor de un jugador de tenis. La bala atravesó la alfombra

anaranjada y después yo caí sobre él.

Lo que tenía más duro era la cara. Le arranqué la pistola de la mano y le golpeé

la nariz con el cañón. Se desplomó con un único gruñido.

Cressner casi había cruzado el umbral cuando disparé un tiro sobre su hombro

y exclamé:

—Deténgase o es hombre muerto.

Lo pensó y se detuvo. Cuando se volvió, su porte de cosmopolita harto de todo

se había ajado un poco. Se ajó un poco más cuando vio a Tony tumbado en el

suelo, atragantándose con su propia sangre.

—No está muerta —dijo atropelladamente—. Tenía que salvar algo, ¿no le

parece? —Me dirigió una sonrisa enferma, agriada.

—Soy idiota, pero no tanto —respondí. Mi voz tenía un tono exánime, de

ultratumba. ¿Por qué no? Marcia había sido mi vida, y ese hombre la había

tendido sobre una losa.

Cressner señaló con un dedo trémulo el dinero desparramado a los pies de

Tony.


—Eso —balbuceó—, eso es una bagatela. Puedo darle cien mil dólares. O

quinientos mil. ¿O qué le parece un millón, todo en una cuenta suiza? ¿Qué le

parece eso? ¿Qué le...?

—Le hago una apuesta —dije lentamente.

Miró el cañón de la pistola y luego me miró a mí.

—¿Una...?

—Una apuesta —repetí—. No un envite. Una vulgar apuesta. Le apuesto que

no puede dar la vuelta al edificio caminando por la cornisa.

Sus facciones se pusieron mortalmente pálidas. Al principio pensé que se iba a




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