El umbral de la



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astutamente por un costado mientras el hombre desnudo distraía su atención, y

luego se disparó por el hueco de la puerta. La cortadora contorneó la silla,

rugiendo, lanzando una nube de humo por el escape, y al abrir brutalmente la

cancela y al saltar por la escalinata, la oyó, la olió, la sintió muy cerca.

La cortadora de césped sorteó el escalón superior como un esquiador en trance

de saltar de la plataforma de salto. Harold corrió por el césped recién cortado, pero

llevaba el lastre de demasiadas cervezas, de demasiadas siestas. Sintió que se

aproximaba, que la tenía sobre los talones, y por fin miró por encima del hombro y

se enredó en sus propios pies.

Lo último que vio Parkette fue la parrilla sonriente de la cortadora desbocada,

que se empinaba para mostrar sus rejas centelleantes, manchadas de verde, y

más arriba la cara gorda del hombre de la cortadora, que meneaba la cabeza con

un ademán de benévolo reproche.

—Qué caso tan macabro —comentó el teniente Goodwin cuando terminaron de

sacar las últimas fotos. Hizo una seña con la cabeza a los dos hombres vestidos

de blanco y éstos se adelantaron por el césped transportando la cesta—. No hace

dos horas denunció que había un tipo desnudo en su jardín.

—¿Era cierto? —preguntó el agente Cooley.

—Sí. También telefoneó uno de sus vecinos. Un tipo llamado Castonmeyer.

Éste pensó que se trataba del mismo Parkette. Y quizás era Parkette, Cooley.

Quizás era él.

—¿Usted cree, señor?

—Enloquecido por el calor —dictaminó el teniente Goodwin con tono grave, y se

dio un golpecito con el dedo sobre la sien—. Esquizo-jodi-frenia.

—Sí, señor —respondió Cooley respetuosamente.

—¿Dónde está el resto del cuerpo? —preguntó uno de los hombres vestidos de

blanco.

—En el baño de los pájaros —contestó Goodwin. Miró al cielo con aire



pensativo.

—¿Ha dicho en el baño de los pájaros? —inquirió el hombre vestido de blanco.

—Eso mismo —asintió el teniente Goodwin. El agente Cooley miró el baño de

los pájaros y perdió casi todo su color moreno.

—Un maniático sexual --prosiguió Goodwin—. Eso debía de ser.

—¿Huellas? —preguntó Cooley con voz pastosa.

—Mejor sería preguntar por pisadas —dijo Goodwin. Señaló el césped recién

cortado.


El agente Cooley lanzó un alarido estrangulado.

El teniente Goodwin se metió las manos en los bolsillos y se meció sobre los

talones.

—El mundo —dictaminó con tono circunspecto—, está lleno de locos. No lo

olvide nunca, Cooley, Esquizos. Los del laboratorio dicen que alguien persiguió a

Parkette por su propia sala con una cortadora de césped. ¿Puede imaginar eso?

—No, señor —contestó Cooley.

Goodwin miró el césped pulcramente cortado de Harold Parkette.

—Bien, como dijo aquel hombre cuando vio a la sueca morena, ciertamente es

una noruega de otro color. Goodwin contorneó la casa y Cooley lo siguió. Detrás

de ellos quedó flotando un agradable aroma de césped recién segado.

BASTA, S. A.

Morrison esperaba a alguien que había quedado retrasado por el atascamiento

del tráfico aéreo sobre el aeropuerto Kennedy, cuando vio una cara conocida en el

extremo de la barra y se encaminó a su encuentro.

—¿Jimmy? ¿Jimmy McCann?

Era él. Estaba un poco más gordo que cuando Morrison lo había visto el año

anterior en la Exposición de Atlanta, pero por lo demás tenía muy buen aspecto.

En la Universidad había sido un fumador empedernido, flaco y pálido, oculto

detrás de unas gafas con armazón de carey. Aparentemente las había trocado por

lentes de contacto.

—¿Dick Morrison?

—Sí. Tienes un aspecto estupendo. —Le tendió la mano e intercambiaron un

apretón.


—Tú también —respondió McCann, pero Morrison sabía que era mentira.

Últimamente trabajaba demasiado, comía demasiado y fumaba demasiado—.

¿Qué vas a beber?

—Whisky y bitter —dijo Morrison. Se sentó sobre un taburete, rodeándolo con

las piernas, y encendió un cigarrillo—. ¿Esperas a alguien, Jimmy?

—No, voy a una conferencia en Miami. Un cliente importante. Nos compra seis

millones. Se supone que debo tratarlo con cuidado porque perdimos una cuenta

importante para la próxima primavera.

—¿Sigues con «Crager y Barton»?

—Ahora soy vicepresidente ejecutivo.

—¡Fantástico! ¡Te felicito! ¿Cuándo sucedió todo esto? —Intentó convencerme

de que el gusanillo de la envidia que le carcomía el estómago no era más que un

problema de acidez. Sacó un tubo de pildoras antiácidas y trituró una entre los

dientes.


—En agosto pasado. Sucedió algo que transformó mi vida. —Miró a Morrison

en forma inquisitiva y sorbió el contenido de su vaso—. Tal vez te interesará.

«Dios mío —pensó Morrison con un respingo interior—. Jimmy McCann se ha

hecho religioso.»

—Claro que sí —asintió, y vació su vaso de un trago cuando se lo sirvieron.

—No me encontraba muy bien —explicó McCann—. Problemas personales con

Sharon, mi padre murió de un infarto, y yo empecé a tener unos accesos de tos

espas-módica. Un día Bobby Crager pasó por mi oficina y me endilgó un sermón

paternal. ¿Recuerdas cómo son?

—Sí. —Morrison había trabajado dieciocho meses en «Crager y Barton» antes

de pasar a la «Morton Agency»—. O entras en razón o te ponen de patitas en la

calle.


McCann se rió.

—Eso es. Bien, para rematarlo, el médico me dijo que tenía un principio de

úlcera. Me ordenó que dejara de fumar. —McCann hizo una mueca—. Me habría

resultado más fácil dejar de respirar.

Morrison hizo un ademán de neto asentimiento. Los no fumadores podían

permitirse el lujo de ser petulantes. Miró con disgusto su propio cigarrillo y lo

aplastó, seguro de que encendería otro al cabo de cinco minutos.

—¿Lo dejaste? —preguntó.

—Sí, lo dejé. A] principio pensé que no podría... Hacía trampas como un loco.

Hasta que conocí a un tipo que me aconsejó visitar un instituto de Forty-sixth

Street. Especialistas. Me dijo que no tenía nada que perder y fui. Desde entonces

no he vuelto a fumar.

A Morrison se le desencajaron los ojos.

—¿Qué hicieron? ¿Te inyectaron una droga?

—No. —Había sacado la billetera y hurgaba en su interior—. Aquí está. Sabía

que tenía una conmigo. —Depositó sobre la barra, entre ellos, una tarjeta

comercial.

BASTA, S. A.

¡No se haga humo! 237 East 46th Street Pida hora para su tratamiento

—Quédatela, si quieres —dijo McCann—. Te curarán. Te lo garantizo.

—¿Cómo?

—No puedo contártelo.



—¿Eh? ¿Por qué no?

—Eso forma parte del contrato que te hacen firmar. De todos modos, durante la

entrevista te explican cómo es el sistema.

—¿Firmaste un contrato?

McCann hizo un ademán de asentimiento...

—Y sobre esa base...

—Sí. —Le sonrió a Morrison, que pensó: «Bien, ha sucedido. Jim McCann se ha

sumado a las filas de los estúpidos petulantes.»

—¿Por qué el secreto, si el instituto es tan fantástico? ¿Por qué nunca he visto

publicidad en la TV, ni carteles, ni anuncios en las revistas...?

—Consiguen todos los clientes que necesitan por las referencias que se

transmiten de forma personal.

—Tú trabajas en publicidad, Jimmy. No puedes creer

eso.


—Lo creo —insistió McCann—. Tienen un promedio de curación del noventa y

ocho por ciento.

—Espera un momento —exclamó Morrison. Pidió otra copa y encendió un

cigarrillo—. ¿Estos individuos te atan y te obligan a fumar hasta que vomitas?

—No.

—¿Te hacen ingerir algo para que te descompongas cada vez que



enciendes...?

—No, no se trata de nada de eso. Compruébalo por ti mismo. —Señaló el

cigarrillo de Morrison—. No te gusta realmente, ¿verdad?

—Nooo, pero...

—Cuando dejé de fumar mi vida cambió radicalmente —prosiguió McCann—.

Supongo que no les sucederá lo mismo a todos, pero en mi caso fue una reacción

en cadena. Me sentí mejor y mi relación con Sharon se enmendó por completo.

Tenía más energías y rendía más en el trabajo.

—Escucha, has despertado mi curiosidad. ¿No podrías...?

—Lo siento, Dick. Realmente no puedo hablar de eso. —Se mostró categórico.

—¿Aumentaste de peso?

Por un momento le pareció que Jimmy McCann tenía un talante casi lúgubre.

—Sí. En verdad me excedí. Pero volví a adelgazar. Ahora tengo el peso casi

justo. Antes era enclenque.

«Los pasajeros del vuelo 206 deben embarcar por la Puerta 9», anunció el

altavoz.


—Ése es mi avión —exclamó McCann, mientras se levantaba. Dejó caer un

billete de cinco dólares sobre la barra—. Tómate otra copa, si quieres. Y piensa en

lo que te he dicho. En serio.

Entonces desapareció, abriéndose paso entre la multitud hacia la escalera

mecánica. Morrison cogió la tarjeta, la miró con expresión cavilosa, la guardó en

su billetera y la olvidó.

Un mes más tarde la tarjeta cayó de su billetera sobre otra barra. Había salido

temprano de la oficina y había entrado allí para pasar la tarde bebiendo. Las cosas

no marchaban bien en la «Morton Agency». En realidad, marchaban terriblemente

mal.


Le dio a Henry un billete de diez para pagar la bebida, y después levantó la

tarjetita y volvió a leerla: 237 East Forty-sixth Street. Estaba a sólo doscientos

metros. Era un día fresco y soleado de octubre, y quizá, para distraerse un poco...

Cuando Henry le trajo el cambio, terminó su bebida y salió a caminar.

Basta, S. A., se hallaba en un nuevo edificio donde el alquiler mensual de las

oficinas debía ser equivalente al sueldo anual de Morrison. A juzgar por el tablero

con la nómina de empresas que se exhibía en el vestíbulo, sus oficinas ocupaban

toda una planta. Y esto era un testimonio de riqueza. Mucha riqueza.

Subió en el ascensor y desembocó en un recinto suntuosamente alfombrado,

de donde pasó a una sala de recepción decorada con excelente gusto, y con un

amplio ventanal desde donde se veían los insectos que se desplazaban

velozmente por la calle. Tres hombres y una mujer ocupaban las sillas alineadas a

lo largo de las paredes, y estaban leyendo revistas. Todos tenían porte de

ejecutivos. Morrison se acercó al escritorio.

—Un amigo me dio esto —explicó, entregándole la tarjeta a la secretaria—.

Supongo que se podría decir que fue un alumno del instituto.

La joven sonrió e introdujo un formulario en la máquina de escribir.

—¿Su nombre, señor?

—Richard Morrison.

Clak-clakety-clak. Pero un tecleo muy apagado. La máquina era una IBM.

—¿Su domicilio?

—29 Maple Lane, Clinton, Nueva York.

—¿Casado?

—Sí.


—¿Hijos?

—Uno.


Pensó en Alvin y frunció ligeramente el ceño. «Uno» no era el término preciso.

Habría sido más correcto decir «Medio». Su hijo era retrasado mental y estaba

internado en una escuela especial, en New Jersey.

—¿Quién lo ha recomendado, señor Morrison?

—Un viejo condiscípulo. James McCann.

—Muy bien. ¿Quiere sentarse y esperar un momento? Éste ha sido un día muy

ajetreado.

—De acuerdo.

Se sentó entre la mujer, que usaba un severo traje sastre azul, y un joven

ejecutivo de americana espigada y patillas a la moda. Extrajo un paquete de

cigarrillos, miró en torno y vio que no había ceniceros.

Volvió a guardar los cigarrillos. Estupendo. Les seguiría la corriente y

encendería uno al salir. Si lo hacían esperar mucho incluso dejaría caer la ceniza

sobre la peluda alfombra marrón. Cogió un ejemplar del Time y empezó a hojearlo.

Lo llamaron un cuarto de hora más tarde, después de la mujer del traje azul. Su

centro nicotínico ya estaba clamando a gritos. Un hombre que había entrado

después que él había extraído una pitillera, la había abierto con un chasquido

seco, había visto que no había ceniceros y la había guardado..., con expresión un

poco culpable, según le pareció a Morrison. Eso lo hizo sentir algo mejor.

Por fin la secretaria lo miró con una sonrisa radiante

y dijo:

—Puede pasar, señor Morrison.



Morrison pasó por la puerta situada detrás del escritorio y se encontró en un

corredor iluminado con luces indirectas. Un hombre corpulento, de cabello blanco

y aspecto taimado, le estrechó la mano, sonrió afablemente y dijo:

—Sígame, señor Morrison.

Guió a Morrison frente a una serie de puertas cerradas, desprovistas de

identificación, y por último abrió una de ellas, situada más o menos en la mitad del

pasillo, utilizando una llave. Se trataba de una austera habitación con dimensiones

reducidas, cuyas paredes estaban forradas con paneles blancos de corcho

perforado. El único mueble era un escritorio con una silla a cada lado. En la pared

situada detrás del escritorio había algo que parecía ser una pequeña ventana

alargada, pero estaba cubierta con una cortinilla verde. En la pared situada a la

izquierda de Morrison colgaba la foto de un hombre alto, de cabello gris acerado.

Sostenía una hoja de papel en la mano. Le pareció vagamente conocido.

—Soy Vic Donatti —se presentó el hombre fornido—. Si resuelve someterse a

nuestro programa, yo seré su supervisor.

—Mucho gusto en conocerlo —dijo Morrison. Estaba ansioso por fumar un

cigarrillo.

—Siéntese.

Donatti depositó el formulario de la secretaria sobre la mesa, y después extrajo

otro del cajón. Clavó sus ojos en los de Morrison.

—¿Quiere dejar de fumar?

—Sí —murmuró.

—¿Quiere firmar esto? —Le entregó el impreso a Morrison. Éste lo leyó por

encima. El firmante se compromete a no divulgar los métodos o técnicas, etcétera,

etcétera.

—Por supuesto —asintió, y Donatti le colocó una estilográfica en la mano.

Garabateó su nombre y Donatti firmó abajo. Un momento después el papel

desapareció en el cajón de la mesa.

«Bien —pensó Morrison irónicamente—, he prestado juramento. No era el

primero. Una vez había aguantado dos días íntegros.»

—Correcto —dijo Donatti—. Aquí no nos molestamos en hacer propaganda,

señor Morrison. Ni en formular preguntas sobre su estado de salud, su

presupuesto o su condición social. No nos interesa saber por qué desea dejar de

fumar. Somos pragmáticos.

—Me alegro —respondió Morrison con tono apático.

—No empleamos drogas. No recluíamos a discípulos de Dale Carneggie para

que lo sermoneen. No recomendamos ninguna dieta especial. Y no aceptamos

dinero hasta que ha transcurrido un año de que ha abandonado el vicio.

—Dios mío —exclamó Morrison.

—¿El señor McCann no se lo informó?

—No.

—¿Cómo se encuentra el señor McCann, entre paréntesis? ¿Está bien?



—Sí.

—Magnífico. Excelente. Ahora..., sólo unas pocas preguntas, señor Morrison.

Son un poco personales, pero le aseguro que esta información es estrictamente

confidencial.

—¿Sí? —murmuró Morrison con indiferencia.

—¿Cómo se llama su esposa?

—Lucinda Morrison. Su apellido de soltera era Ram-sey.

—¿La ama?

Morrison levantó bruscamente la vista, pero Donatti lo miraba con expresión

plácida.


—Sí, desde luego.

—¿Ha tenido problemas conyugales? ¿Alguna separación, quizá?

—¿Qué relación tiene esto con el hecho de dejar de fumar? —preguntó

Morrison. No había querido reaccionar con tanto enfado, pero deseaba, diablos,

necesitaba, un cigarrillo.

—Tiene mucha relación —contestó Donatti—. Por favor, sea paciente.

—No. Nada por el estilo. —Aunque últimamente la convivencia había sido un

poco difícil.

—¿Tiene un solo hijo?

—Sí. Alvin. Asiste a una escuela privada.

—¿Qué escuela?

—Eso no se lo diré —espetó Morrison con tono hosco.

—Está bien —asintió Donatti afablemente. Desarmó a Morrison con una

sonrisa—. Todas sus preguntas las contestaré mañana durante la primera sesión

del tratamiento.

—Me alegro —dijo Morrison, y se levantó.

—Una última pregunta —agregó Donatti—. Hace más de una hora que no fuma.

¿Cómo se siente?

—Bien —mintió Morrison—. Sencillamente bien.

—¡Lo felicito! —exclamó Donatti. Contorneó el escritorio y abrió la puerta—.

Disfrute de sus cigarrillos esta noche. A partir de mañana jamás volverá a fumar.

—¿De veras?

—Se lo garantizamos, señor Morrison —afirmó Donatti solemnemente.

Al día siguiente, a las tres en punto, estaba sentado en la antesala de Basta, S.

A. Había pasado la mayor parte del día preguntándose si faltaría a la cita que le

había dado la secretaria al salir, o si concurriría con un espíritu de terca

recuperación... Endilgúeme su mejor discurso, amigo.

Al fin, algo que había dicho Jimmy McCann lo indujo a asistir a la entrevista...

Sucedió algo que transformó mi vida. Dios sabía que a su vida le vendría bien un

cambio. Y además sentía curiosidad. Antes de entrar en el ascensor fumó un

cigarrillo hasta el filtro. «Si es el último, paciencia», pensó. Tenía un sabor horrible.

Esta vez no tuvo que esperar tanto tiempo. Cuando la secretaria lo invitó a

entrar, Donatti lo estaba esperando. Le tendió la mano y sonrió, y Morrison tuvo la

impresión de que esa sonrisa era casi rapaz. Empezó a sentirse un poco tenso y

esto le hizo desear un cigarrillo.

—Acompáñeme —dijo Donatti, y lo guió hasta la pequeña habitación. Volvió a

sentarse detrás del escritorio y Morrison ocupó la otra silla—. Me alegro mucho de

que haya venido —continuó Donatti—. Muchos posibles clientes no vuelven

después de la entrevista inicial. Descubren que no tienen interés como creían en

dejar de fumar. Será un placer cooperar con usted en esto.

—¿Cuándo empieza el tratamiento? «Hipnosis —pensaba—. Debe de ser

hipnosis.»

—Oh, ya ha empezado. Empezó cuando nos dimos el apretón de manos en el

corredor. ¿Lleva cigarrillos encima, señor Morrison?

—Sí.

—¿Puede dármelos, por favor?



Morrison se encogió de hombros y le entregó el paquete a Donatti. De todos

modos sólo quedaban dos o tres.

Donatti depositó el paquete sobre la mesa. Después, sonriendo, y sin dejar de

mirar fijamente a Morrison, cerró el puño y empezó a descargarlo sobre el paquete

de cigarrillos, que se arrugó y aplastó. La punta de un cigarrillo roto salió

despedida. Se dispersaron las hebras de tabaco. Los puñetazos de Donatti

retumbaron con fuerza en la habitación cerrada. A pesar de la violencia de sus

golpes la sonrisa seguía estereotipada en su rostro, y le produjo un escalofrío a

Morrison. «Quizás es sólo el estado de ánimo que quieren inspirar», pensó.

Por fin Donatti cesó de martillear. Cogió el paquete, triturado y maltrecho.

—No creerá cuánto placer me produce esta operación —dijo, y dejó caer el

paquete en la papelera—. Incluso después de repetirla durante tres años, me

sigue regocijando.

—Como tratamiento deja bastante que desear —comentó Morrison

afablemente—. En el vestíbulo de este mismo edificio hay un quiosco de

periódicos. Y allí venden todas las marcas.

—Como usted diga —respondió Donatti. Cruzó las manos—. Su hijo, Alvin

Dawes Morrison, está en la Escuela Paterson para Niños Retardados. Nació con

una lesión cerebral. Coeficiente intelectual 46. No entra en la categoría de los

retardados reeducables. Su esposa...

—¿Cómo averiguó eso? —rugió Morrison. Estaba sobresaltado y furioso—. No

tiene derecho a meter sus condenadas narices en mi....

—Sabemos mucho acerca de usted —prosiguió Do-natti apaciblemente—.

Pero, como dije, todo es estrictamente confidencial.

—Me iré de aquí —siseó Morrison. Se levantó.

—Quédese un poco más.

Morrison lo estudió atentamente. Donatti no estaba turbado. En verdad, parecía

un poco divertido. Su semblante era el de un hombre que había presenciado la

misma reacción docenas de veces..., centenares, quizá.

—Está bien. Pero espero que sepa lo que hace.

—Oh, claro que lo sabemos. —Donatti se repantigó en su asiento—. Le

expliqué que somos pragmáticos. En este contexto, tenemos que empezar por

comprender hasta qué punto es difícil curar la adicción al tabaco. El índice de

recidivas es de casi el ochenta y cinco por ciento. La tasa de recaídas de los

adictos a la heroína es menor. Se trata de un problema extraordinario. Extraordinario.

Morrison miró hacia la papelera. Uno de sus cigarrillos, aunque torcido, aún

parecía estar en condiciones de ser fumado. Donatti se rió jovialmente, metió la

mano en la papelera v lo rompió entre los dedos.

—A veces alguien propone en las legislaturas de los Estados que el sistema

carcelario suprima la ración semanal de cigarrillos. Estas mociones son derrotadas

invariablemente. En los pocos casos en que fueron aprobadas, se

desencadenaron terribles motines. Motines, señor Morrison, ¿Qué le parece?

—No me sorprende —contestó Morrison.

—Pero piense en las connotaciones. Cuando usted manda a un hombre a la

cárcel lo priva de su vida sexual normal, del alcohol, de la actividad política, de la

libertad de movimiento. No se subleva..., o las sublevaciones son escasas, cuando

se las compara con el número de prisiones. Pero basta que le quite los cigarrillos

y... ¡zas! —Descargó el puño sobre la mesa, para dar mayor énfasis a sus

palabras—. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando en el frente interno

alemán nadie conseguía cigarrillos, era común ver a los aristócratas alemanes

recogiendo colillas del arroyo. Durante la Segunda Guerra Mundial, muchas

mujeres norteamericanas recurrían a las pipas cuando escaseaban los cigarrillos.

Éste es un problema fascinante para un auténtico pragmático, señor Morrison.

—¿Podemos pasar al tratamiento?

—En seguida. Acérquese aquí, por favor —Donatti se había levantado y estaba

junto a las cortinillas verdes que Morrison había visto el día anterior. Donatti las

corrió y dejó al descubierto una ventana rectangular a través de la cual se veía

una habitación vacía. No, totalmente vacía no. Sobre el suelo había un conejo,

que comía granulos de una escudilla.

—Lindo animalito —comentó Morrison.

—Es cierto. Obsérvelo. —Donatti pulsó un botón contiguo al marco de la

ventana. El conejo dejó de comer y empezó a brincar como enloquecido. Cada vez

que sus patas tocaban el piso parecía saltar a mayor altura. Tenía la piel erizada

en todas direcciones, y los ojos desencajados.

—¡Deténgase! ¡Lo está electrocutando! Donatti soltó el botón.

—De ninguna manera. La corriente que circula por el suelo es muy débil. ¡Mire

al conejo, señor Morrison!

El animal estaba agazapado a unos tres metros de la escudilla de alimento.

Agitaba los morros. De pronto se fue saltando a un rincón.

—Si el conejo recibe una descarga con suficiente frecuencia mientras come —




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