El umbral de la



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Doce meses más tarde:

Morrison recibe una factura por correo. La factura dice:

BASTA,S. A.

237 East 46th Street Nueva York, N.Y. 10017

1 Tratamiento 2.500,00 dólares

Asesor (Victor Donatti) 2.500,00 dólares

Electricidad 0,50 dólares

TOTAL (Rogamos abonar esta suma) 5.000,50 dólares

¡Hijos de puta!, ruge. Me cobraron la electricidad que usaron para... para...

Paga y cállate, dice ella, y lo besa.

Veinte meses más tarde:

Morrison y su esposa se encuentran por casualidad con Jimmy McCann y

señora en el «Helen Hayes Theatre». Hacen las presentaciones. Jimmy está tan

rozagante como aquel día, hace tanto tiempo, en la terminal del aeropuerto. O

está aún mejor. Morrison no conocía a su esposa. Es muy bella, con ese encanto

rutilante que a veces irradian las muchachas sencillas que son muy, muy felices.

Le tiende la mano a Morrison y éste se la estrecha. Nota algo raro y en la mitad

del segundo acto descubre qué es lo que le ha llamado la atención. Le faltaba el

dedo meñique de la mano derecha.

SÉ LO QUE NECESITAS

—Sé lo que necesitas.

Elizabeth levantó la mirada de su texto de sociología, sobresaltada, y vio a un

joven de aspecto vulgar, vestido con una guerrera verde de campaña. Al principio

le pareció vagamente familiar, como si lo hubiera visto antes. La sensación fue

análoga a la del deja vu. Después se extinguió. Era aproximadamente de su

misma estatura, flaco y... convulsivo. Ésa era la palabra. No se movía, pero

parecía estar convulsionado debajo de la piel, justo donde ella no lo veía. Su

cabello era negro y desaliñado. Usaba unas gruesas gafas con armazón de hueso

que le agrandaban los ojos marrones oscuros, y los cristales parecían sucios. No,

estaba muy segura de no haberlo visto antes.

—Dudo que lo sepas —respondió ella.

—Necesitas un cucurucho doble de helado de fresa, ¿no es cierto?

Lo miró parpadeando, sinceramente azorada. En el fondo de su inconsciente

había estado pensando en la posibilidad de descansar un rato para tomar un

helado. Estudiaba para los exámenes finales en uno de los salones del tercer piso

de la residencia de estudiantes, y todavía estaba muy retrasada.

—¿No es cierto? —repitió él, y sonrió. La sonrisa transformó su rostro de algo

paroxístico y casi feo en algo distinto, curiosamente atractivo. Se le ocurrió la palabra

«lindo», y no le pareció la más adecuada para definir a un muchacho, pero

eso era cuando sonreía. Le devolvió la sonrisa antes de poder evitarla. Era el

momento menos oportuno para lidiar con un chalado que pretendía impresionarla.

Aún tenía que abrirse paso a lo largo de dieciséis capítulos de introducción a la

sociología.

—No, gracias —dijo Elizabeth.

—Vamos, si continúas a este ritmo lo único que conseguirás será una jaqueca.

Hace dos horas que estudias sin interrupción.

—¿Cómo lo sabes?

—Te he estado observando —se apresuró a contestar, pero esta vez su sonrisa

ingenua ya no la impresionó. Efectivamente, tenía jaqueca.

—Pues puedes dejar de hacerlo —esclamó Elizabeth, con más vehemencia de

la deseada—. No me gusta que la gente me mire.

—Lo siento.

Se apiadó un poco de él, como a veces se apiadaba de los perros vagabundos.

Parecía flotar en su guerrera verde de campaña y... sí, sus calcetines eran de

distintos colores. uno negro, otro marrón. Estuvo a punto de sonreír otra vez, pero

se contuvo.

—Se acercan los exámenes finales —dijo Elizabeth con tono afable.

—Sí —asintió él—. De acuerdo.

Lo siguió un momento con la mirada, pensativamente. Después bajó la vista

hacia el libro, pero perduró la imagen del encuentro: un cucurucho doble de fresa.

Cuando volvió a la residencia eran las 11.15 de la noche y Alice estaba estirada

sobre la cama, escuchando a Neil Diamond y leyendo Historia de O.

—No sabía que ésta era una de las lecturas del curso —comentó Elizabeth.

Alice se incorporó.

—Estoy ensanchando mis horizontes, cariño. Desplegando mis alas

intelectuales. Elevando mi... ¿Liz?

—¿Humm?


—¿Me has oído?

—No, disculpa, yo...

—Pareces hipnotizada, nena.

—Esta noche he conocido a un tipo. Un tipo raro, en verdad.

—Oh. Debe de ser alguien especial si ha conseguido desconectar a la gran

Rogan de sus amados libros de texto.

—Se llama Edward Jackson Hamner. Junior, nada menos. Bajo. Esmirriado. Da

la impresión de que se lavó el pelo por última vez para el cumpleaños de Washington.

Oh, y usa calcetines de distintos colores. Uno negro, otro marrón.

—Pensé que preferías a los chicos de las sociedades de alumnos.

—No se trata de eso, Alice. Yo estaba estudiando en el tercer piso de la

residencia de estudiantes, en el Trust de Cerebros, y me invitó a comer un

cucurucho de helado en el «Grinder». Le contesté que no y se fue medio abatido.

Pero cuando me metió en la cabeza la idea del helado, ya no pude pensar en otra

cosa. Había decidido darme por vencida y tomarme un descanso cuando él

reapareció, con un gran cucurucho chorreante de fresa en cada mano.

—Estoy ansiosa por oír el desenlace. Elizabeth bufó.

—Bien, sinceramente no pude decirle que no. De modo que se sentó junto a mí

y resultó que había estudiado sociología con el profesor Branner, el año pasado.

—¿Es que nunca se agotarán los milagros. Dios bendito?

—Escucha, esto es realmente asombroso. Tú sabes cuánto me ha hecho sufrir

este curso.

—Sí. Hablas de él incluso en sueños.

—Tengo setenta y ocho de promedio. Necesito sumar ochenta para conservar

la beca, y eso significa que debo obtener por lo menos ochenta y cuatro puntos en

el examen final. Bien, Ed Hamner dice que Branner repite prácticamente las

mismas preguntas todos los años. Y Ed es eidético.

—¿Eso significa que tiene una... cómo es... una memoria fotográfica?

—Sí. Mira esto. —Abrió el libro de sociología y extrajo tres hojas arrancadas de

una libreta y cubiertas de escritura.

Alice las cogió.

—Parece un cuestionario de alternativas múltiples.

—Lo es. Ed dice que es el cuestionario que Branner empleó en el examen final

del año pasado, palabra por palabra.

—No lo creo —respondió Alice categóricamente.

—¡Pero abarca todo el programa!

—A pesar de ello no lo creo. —Le devolvió las hojas—. Sólo porque este

mamarracho...

—No es un mamarracho. No lo llames así.

—Muy bien. ¿Este tipejo no te habrá inducido a aprender esto de memoria y a

olvidarte del resto, verdad?

—No, claro que no —contestó Elizabeth, inquieta.

—Y aunque éste fuera el texto del examen, ¿te parece realmente ético?

La cólera la cogió por sorpresa y se le disparó de la lengua antes de que

pudiera controlarla.

—Claro, para ti es muy fácil. Figuras todos los semestres en el Cuadro de

Honor y tus padres te pagan los estudios. No eres... Eh, lo siento. No debería

haber dicho esto.

Alice se encogió de hombros y volvió a abrir Historia de O, con expresión

cuidadosamente neutral.

—No. Tienes razón. No es nada de mi incumbencia. ¿Pero por qué no estudias

también el contenido del libro... para estar más segura?

—Por supuesto que lo haré.

Pero estudió sobre todo el cuestionario que le había suministrado Edward

Jackson Hamner, Jr.

Cuando salió de la sala de conferencias después del examen, él la aguardaba

sentado en el vestíbulo, flotando dentro de su guerrera verde de campaña. Le

sonrió tímidamente y se levantó.

—¿Cómo te fue?

Elizabeth le besó impulsivamente la mejilla. No recordaba haber experimentado

antes semejante sensación bienaventurada de alivio.

—Creo que obtendré un sobresaliente.

—¿De veras? Estupendo. ¿Quieres una hamburguesa?

—Me encantaría —respondió ella distraídamente. Aún pensaba en el examen.

El cuestionario había sido el mismo que le había dado Ed. casi al pie de la letra, y

lo había contestado sin errores.

Mientras comían sus hamburguesas, le preguntó cómo marchaban los

exámenes de él.

—No tengo que hacer ninguno. Me he eximido, y no debo hacerlos a menos

que quiera.

—¿Entonces por qué estás todavía aquí?

—Tenía que saber cómo te iba a ti, ¿no te parece?

—Ed, no es posible. Eres un encanto, pero... —La expresión desembozada de

sus ojos la turbó. Ya la había visto antes. Era una chica guapa.

—Sí —dijo él en voz baja—. Es posible.

—Te lo agradezco de todo corazón. Pero tengo novio, ¿sabes?

—¿Es una relación seria? —preguntó él, esforzándose en vano por parecer

despreocupado.

—Muy seria —contestó Elizabeth, con el mismo tono que él—. Estamos casi

comprometidos.

—¿Sabe que es muy afortunado? ¿Lo sabe?

—Yo también soy la afortunada —murmuró Elizabeth, pensando en Tony

Lombard.

—Beth —dijo él de pronto.

—¿Cómo? —exclamó ella, sorprendida.

—¿Nadie te llama así, verdad?

—Oh... no. No, nadie.

—¿Ni siquiera ese individuo?

—No... —Tony la llamaba Liz. A veces Lizzie, lo que era aún peor.

Ed se inclinó hacia delante.

—Pero Beth te gusta más, ¿no es cierto? Ella rió para disimular su turbación.

—Qué es lo que...

—No importa. —Él exhibió su sonrisa infantil—. Te llamaré Beth. Es mejor.

Ahora come tu hamburguesa.

Entonces concluyó su penúltimo año de estudios y se despidió de Alice. Sus

relaciones eran un poco frías y Elizabeth lo lamentaba. Presuntamente ella tenía la

culpa: se había jactado más de lo tolerable cuando se hicieron públicas las

calificaciones del examen de sociología. Había obtenido noventa y siete..., la

puntuación más alta de su clase.

Bueno, se dijo mientras esperaba en el aeropuerto que anunciaran el número

de su vuelo, eso no había sido menos ético que el aprendizaje de memoria al que

se había resignado en la sala del tercer piso. Aprender de memoria no era en

absoluto estudiar: sólo era un acto mecánico cuyo frutos se disipaban apenas

terminaba el examen.

Acarició el sobre que asomaba en su bolso. Le comunicaban el monto de su

beca para el último año de estudios: dos mil dólares. Ese verano ella y Tony

trabajarían juntos en Boothbay, Maine, y el dinero que ganaría le serviría para

cubrir sus necesidades. Y gracias a Ed Ham-ner, ése sería un verano maravilloso.

A toda vela y sin contratiempos.

Pero fue el verano más desgraciado de su vida.

El mes de julio fue lluvioso, la escasez de gasolina perjudicó el turismo, y las

propinas que recaudaba en la «Boothbay Inn» eran mediocres. Peor aún, Tony la

urgía a casarse. Dijo que él podría conseguir un empleo en el cam-pus o cerca de

éste, y que ella podría graduarse sin problemas con su subvención. A Elizabeth la

sorprendió descubrir que el proyecto le producía más miedo que placer.

Algo andaba mal.

Algo faltaba, algo estaba descentrado, descompaginado, aunque no sabía qué

era. Una noche de julio se asustó cuando tuvo un acceso de llanto histérico en su

apartamento. Lo único positivo fue que su compañera de habitación, una jovencita

insignificante llamada Sandra Ackerman, había salido con un amigo.

A comienzos de agosto tuvo la pesadilla. Elizabeth descansaba en el fondo de

una tumba abierta, sin poder moverse. La lluvia caía de un cielo blanco sobre su

rostro vuelto hacia arriba. Entonces Tony apareció encima de ella, usando su

sólido casco protector amarillo.

—Cásate conmigo, Liz —dijo, mientras la miraba impasiblemente—. Cásate

conmigo o...

Ella intentó hablarle, acceder. Haría cualquier cosa a cambio de que la sacara

de esa horrible fosa llena de lodo. Pero estaba paralizada.

—Muy bien —prosiguió él—. No me dejas otra alternativa.

Tony se alejó. Ella luchó para salir de la parálisis, pero fue inútil.

Entonces oyó el ruido de la niveladora.

Un momento después la vio: era un alto monstruo amarillo, que empuja un

montículo de tierra húmeda con la reja. El rostro implacable de Tony la miraba

desde la cabina abierta.

Iba a enterrarla viva.

Atrapada en su cuerpo inmovilizado, mudo, sólo atinaba a mirar despavorida. La

tierra empezó a caer por el borde de la fosa...

Una voz familiar gritó:

—¡Vete! ¡Déjala ya! ¡Vete!

Tony bajó torpemente de la niveladora y echó a correr. Se sintió inmensamente

aliviada. Si hubiera podido, habría llorado. Y entonces apareció su salvador,

erguido como un sepulturero al pie de la tumba abierta. Era Ed Hamner, que

flotaba dentro de su guerrera verde de campaña, con el pelo alborotado y la

armazón de hueso de las gafas sostenida por el abultamiento de la punta de su

nariz, hasta donde había resbalado. Le tendió la mano.

—Levántate —dijo afablemente—. Sé lo que necesitas. Levántate, Beth.

Y ella pudo levantarse. Dejó escapar un sollozo de alivio. Intentó darle las

gracias y las palabras se le atrepellaron. Y Ed se limitó a sonreír plácidamente y a

hacer ademanes de asentimiento con la cabeza. Ella le cogió la mano y bajó la

vista para mirar dónde pisaba. Cuando volvió a levantarla, se encontró cogiendo la

zarpa de un enorme lobo babeante con ojos rojos como fanales y fauces de

gruesos dientes puntiagudos listos para morder.

Se despertó erguida en la cama, con el camisón empapado en sudor. Su

cuerpo temblaba incontrolablemente. Y ni siquiera después de darse una ducha

tibia y de beber un vaso de leche pudo soportar la oscuridad. Durmió con la luz

encendida.

Una semana más tarde Tony estaba muerto.

Abrió la puerta con la bata puesta, esperando ver a Tony, pero era Danny

Kilmer, uno de los compañeros de trabajo de Tony. Danny era un chico risueño, y

ella y Tony habían salido con él y su amiga un par de veces. Pero allí, en la puerta

de su apartamento del segundo piso, Danny tenía un talante no sólo serio sino

también enfermo.

—¿Danny? —exclamó ella—. Qué...

—Liz —respondió él—. Liz, debes juntar fuerzas. Has... ¡Dios mío! —Golpeó la

jamba de la puerta con una mano sucia, de grandes nudillos, y Elizabeth vio que

lloraba.


—¿Se trata de Tony? Algo...

—Tony ha muerto —dijo Danny—. Estaba... —Pero le hablaba al aire. Elizabeth

se había desmayado.

La semana siguiente transcurrió en medio de una especie de sueño. La noticia

penosamente breve que publicó el periódico y lo que Danny le contó frente a una

cerveza en la «Harbor Inn» le permitieron recomponer la historia de lo que había

sucedido.

Estaban reparando las alcantarillas de desagüe de la Carretera 16. Habían

levantado una parte del pavimento y Tony desviaba el tráfico. Un muchacho que

conducía un «Fiat» rojo bajó por la pendiente. Tony le hizo seña pero el muchacho

ni siquiera disminuyó la marcha. Tony se hallaba junto al volquete, sin espacio

para retroceder. El conductor del «Fiat» salió con laceraciones en la cabeza y un

brazo roto: estaba histérico y al mismo tiempo absolutamente sereno. La Policía

descubrió varias perforaciones en los frenos, como si éstos se hubieran recalentado

y fundido. Sus antecedentes de conductor eran impecables; sencillamente no

había podido frenar. Tony había sido la víctima de uno de los percances automovilísticos

más raros: un accidente fortuito.

Los remordimientos aumentaron su conmoción y su depresión. El destino le

había quitado de las manos la decisión de lo que debía hacer con Tony. Y una

zona recóndita, enferma, de su ser, se alegró de que así fuera. Porque no quena

casarse con Tony... no desde la noche de la pesadilla.

Entró en crisis un día antes de volver a casa. Estaba sentada en un promontorio

rocoso, sola, y después de más o menos una hora prorrumpió en llanto. La

sorprendió que éste fuera tan copioso y vehemente. Lloro hasta que le dolieron el

estómago y la cabeza, y cuando se le agotaron las lágrimas no se sintió mejor

pero sí, por lo menos, desahogada y vacía. Y fue entonces cuando Ed Hamner

dijo:

—¿Beth?


Se volvió sobresaltada, con la boca impregnada por el sabor cobrizo del miedo,

casi esperando ver al lobo feroz de su sueño. Pero era sólo Ed Hamner, moreno y

extrañamente indefenso sin su guerrera de campaña y sus vaqueros. Usaba unos

shorts rojos que terminaban un poco por encima de sus rodillas huesudas, y una

camiseta blanca que se ondulaba sobre su pecho esmimado como una vela a

merced del viento, y sandalias de goma. No sonreía, y el intenso reflejo del sol

sobre sus gafas no permitía verle los ojos.

—¿Ed? —murmuró ella cautelosamente, casi convencida de que ésa era una

alucinación engendrada por el dolor—. ¿Eres realmente...?

—Sí, soy yo.

—¿Cómo...?

—Estaba trabajando en el «Lakewood Theater» de Skowhegan. Me encontré

con tu compañera de habitación... ¿se llama Alice, verdad?

—Sí.


—Ella me contó lo que había sucedido. He venido inmediatamente. Pobre Beth.

Movió la cabeza, sólo un centímetro, pero el reflejo desapareció de las gafas y

ella no vio nada lobuno, nada voraz, sino sólo una expresión de serena y cálida

comprensión.

Se echó a llorar nuevamente y la inesperada impetuosidad de su reacción la

azoró un poco. Entonces él la abrazó y todo volvió a la normalidad.

Comieron en el «Silent Woman» de Waterville, que estaba a casi cuarenta

kilómetros de allí. Quizá la distancia exacta que ella necesitaba. Fueron en el

coche de Ed, un «Corvette» nuevo, y él conducía bien..., ni con ostentación ni con

miedo, como ella temía. Elizabeth no quería hablar ni que la reconfortaran. Él

parecía saberlo y buscó una melodía suave en la radio del coche.

Y ordenó la comida sin consultarla: pescados y mariscos. Elizabeth creía haber

perdido el apetito, pero al fin lo devoró todo.

Cuando levantó la vista del plato y lo vio vacío, lanzó una risa nerviosa. Ed

fumaba un cigarrillo y la observaba.

—La desconsolada damisela se ha atiborrado —murmuró ella—. Debes pensar

que soy abominable.

—No —respondió él—. Has sufrido mucho y necesitas recuperar fuerzas. Es

como estar enfermo, ¿verdad?

—Sí, precisamente.

Él le cogió la mano, sobre la mesa, la apretó brevemente y después la soltó.

—Pero ha llegado el momento de recuperarse, Beth.

—¿De veras? ¿Ha llegado realmente?

—Sí. De modo que dime cuáles son tus planes.

—Mañana regresaré a casa. No sé qué haré después.

—Volverás a la Universidad, ¿no es cierto?

—No lo sé. Después de esto parece tan... tan trivial. Siento que se han perdido

muchas de mis metas. Y toda la alegría.

—Eso volverá. Ahora es difícil admitirlo, pero es cierto. Inténtalo durante seis

semanas y verás. No tienes nada mejor que hacer. —Esto último sonó como una

pregunta.

—Supongo que tienes razón. Pero... ¿Me das un cigarrillo?

—Sí. Pero son mentolados. Lo siento. Cogió uno.

—¿Cómo sabes que no me gustan los cigarrillos mentolados?

Ed se encogió de hombros.

—Supongo que se te refleja en la cara. Elizabeth sonrió.

—Eres raro, ¿lo sabes?

Él también sonrió, de una forma un tanto neutra.

—Te lo digo en serio —insistió Elizabeth—. Pensar que tuviste que aparecer

tú... Creía que no deseaba ver a nadie. Pero me alegra que hayas venido, Ed.

—A veces es reconfortante estar con alguien con quien no tienes compromisos

sentimentales.

—Sí, supongo que sí. —Hizo una pausa—. ¿Quién eres, Ed, además de ser mi

padrino mágico? ¿Quién eres, en verdad? —Súbitamente le pareció importante

averiguarlo.

Él volvió a encogerse de hombros.

—Nadie importante. Sólo uno de esos individuos de aspecto extravagante que

se ven rondando por el campus con un montón de libros bajo el brazo...

—Ed, tú no tienes aspecto extravagante.

—Claro que sí —respondió, y sonrió—. Nunca me libré totalmente del acné de

la adolescencia, ninguna sociedad estudiantil famosa intentó reclutarme, nunca levanté

olas en el torbellino de la vida social. Sólo soy una rata de biblioteca con

notas sobresalientes. Cuando las grandes corporaciones organicen entrevistas en

el campus la próxima primavera, probablemente me enrolaré en una de ellas y Ed

Hamner desaparecerá para siempre.

—Eso sena muy lamentable —dijo Elizabeth con tono dulce.

La sonrisa de él fue muy peculiar. Casi amarga.

—¿Y tu familia? —insistió Elizabeth—. Dónde vives, qué te gusta hacer...

—Otro día —dijo él—. Ahora quiero llevarte de regreso. Mañana te espera un

largo viaje en avión y mucho ajetreo.

Por la tarde se sintió relajada por primera vez desde la muerte de Tony, sin la

sensación de que dentro de ella estaban tensando y tensando un muelle hasta el

punto de ruptura. Pensó que se dormiría en seguida, pero no fue así.

La hostigaban pequeñas dudas.

Alice me dijo... pobre Beth.

Pero Alice estaba veraneando en Kittery, a ciento veinte kilómetros de

Skowhegan. Tal vez había ido a ver una obra de teatro en el «Lakewood».

El «Corvette» último modelo. Costoso. No habría podido comprárselo

trabajando como tramoyista en el «Lakewood». ¿Acaso sus padres eran ricos?

Había elegido el plato que habría pedido ella. Quizás el único del menú que ella

habría comido hasta el punto de darse cuenta de que tenía apetito.

Los cigarrillos mentolados, el beso de despedida, que era exactamente el que

ella deseaba. Y...

Mañana te espera un largo viaje en avión.

Sabía que ella volvía a su casa, porque se lo había dicho. ¿Pero cómo se había

enterado de que viajaría en avión? ¿O de que el viaje era largo?

Eso la preocupaba. La preocupaba porque estaba a punto de enamorarse de

Ed Hamner.

Sé lo que necesitas.

Las palabras con que él se había presentado la acompañaron mientras se

dormía como la voz del capitán de un submarino al descontar brazas.

No fue a despedirla al pequeño aeródromo de Augusta, y mientras esperaba el

avión Elizabeth se sintió sorprendida por su propio desencanto. Pensó que uno

puede acostumbrarse a depender, insensiblemente, de otra persona, como el

toxicómano de la droga. El adicto se engaña diciéndose que es libre de consumirla

o no, cuando en realidad...

—Elizabeth Rogan —rugió el altavoz—. Por favor acuda al teléfono blanco de la

compañía. Se encaminó de prisa hacia el aparato.

—¿Beth? —dijo la voz de Ed.

—¡Ed! ¡Cuánto me alegra de oirte! Pensé que tal vez...

—¿Qué iría a despedirme de ti? —Se rió—. No me necesitas para eso. Eres

una chica fuerte y robusta. Bella, además. Puedes apañarte sola. ¿Te veré en la

Universidad?

—Sí... creo que sí.

—Estupendo. —Hubo una pausa. Entonces él dijo—:

Porque te amo. Desde la primera vez que te vi.

Se le trabó la lengua. No pudo contestar. Mil ideas se arremolinaron en su




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