El umbral de la



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cabeza.


Él volvió a reír, plácidamente.

—No, no digas nada. Ahora no. Cuando nos veamos tendremos tiempo. Todo el

tiempo del mundo. Buen viaje, Beth. Adiós.

Y cortó, dejándola con el teléfono en la mano y con sus propios pensamientos e

interrogantes caóticos.

Setiembre.

Elizabeth reanudó el antiguo ritmo de la Universidad y las clases como si la

hubieran interrumpido mientras tejía. Por supuesto, compartía la habitación con

Alice. Eran compañeras de cuarto desde el primer año, cuando la computadora de

la residencia había dictaminado que eran compatibles. Siempre se habían llevado

bien, no obstante sus diferencias de gusto y de personalidad. Alice era la

estudiosa, y había llegado al último año de la carrera de química con un promedio

de 36. Elizabeth era más sociable, menos amante de los libros y estudiaba simultáneamente

educación y matemáticas.

Seguían llevándose bien, pero durante el verano se había gestado entre ellas

una pizca de frialdad. Elizabeth la atribuyó a sus diferencias de criterio acerca del

examen final, y no habló del asunto.

Los acontecimientos del verano empezaron a parecer nebulosos. Curiosamente,

a veces recordaba a Tony como un chico al que había conocido en la escuela secundaria.

Aún le dolía pensar en él, y eludía el tema con Alice, pero su dolor era la

palpitación de una vieja magulladura y no el agudo tormento de una herida abierta.

Lo que más la hacía sufrir era la falta de noticias de Ed Hamner.

Pasó una semana, después pasaron dos, y por fin llegó octubre. Solicitó en la

residencia de estudiantes una guía de alumnos y buscó su nombre. Fue inútil;

después del nombre sólo figuraban las palabras «Mili Street». Y Mili era una calle

muy larga, en verdad. De modo que decidió esperar, y cuando la invitaban a salir,

cosa que sucedía a menudo, rechazaba las invitaciones. Alice arqueaba las cejas

pero no hacía ningún comentario: estaba sepultada viva en un programa de

bioquímica de seis semanas y pasaba casi todas las tardes en la biblioteca.

Elizabeth veía los largos sobres blancos que su compañera de cuarto recibía por

correo una o dos veces por semana, puesto que generalmente ella era la primera

en volver de clase, pero no les prestaba atención. La agencia de detectives

privados era discreta: no ponía las señas del remitente en su correspondencia.

Cuando sonó el interfono, Alice estaba estudiando. —Atiende tú, Liz. De todos

modos es probable que sea para ti. Elizabeth cogió el aparato.

—¿Sí?


—Un visitante en la puerta, Liz. Dios mío.

—¿Quién es? —pregunta fastidiada, y hurgó en su trajinado archivo de

excusas. Una jaqueca. No había recurrido a ella esa semana.

La chica de la recepción anunció divertida:

—Se llama Edward Jackson Hamner. Junior, nada menos. —Bajó la voz—. Usa

calcetines de distintos colores.

Elizabeth se llevó la mano al cuello de la bata.

—Oh, Dios. Dile que bajaré en seguida. No, dile que tardaré un minuto. No, un

par de minutos, ¿de acuerdo?

—Claro que sí —respondió la voz con tono dubitativo—. No te desangres.

Elizabeth sacó unos pantalones deportivos del armario. Después sacó una falda

corta de tela de vaqueros. Palpó los rizadores de su pelo y gimió. Empezó a arrancárselos.

Alice contempló la escena serenamente, sin hablar, pero cuando Elizabeth hubo

salido miró la puerta durante un largo rato con expresión cavilosa.

Era el mismo de siempre. No había cambiado ni un ápice. Vestía su guerrera

verde de campaña, que seguía pareciendo dos números más holgada de lo

debido. Una de las patillas de sus gafas con montura de hueso había sido

reparada con esparadrapo. Sus vaqueros parecían nuevos y tiesos, y estaban en

las antípodas de aquel aspecto flexible y terso que Tony había logrado sin ningún

esfuerzo. Uno de sus calcetines era verde y el otro marrón.

Y Elizabeth sabía que lo amaba.

—¿Por qué no me telefoneaste antes? —preguntó, acercándose a él.

Ed metió las manos en los bolsillos de la guerrera y sonrió tímidamente.

—Quise darte tiempo para que salieras con otros chicos. Para que conocieras a

otros hombres. Para que pusieras en orden tus ideas.

—Creo que ya están en orden.

—Excelente. ¿Quieres ir al cine?

—A cualquier parte —dijo ella—. A cualquier parte.

A medida que transcurrían los días ella comenzó a pensar que nunca había

conocido a nadie, varón o mujer, que pareciera entender tan bien, y sin palabras,

sus estados de ánimos y sus necesidades. Sus gustos coincidían. En tanto que a

Tony lo habían entusiasmado las películas violentas como El padrino, Ed parecía

preferir la comedia o los dramas pacíficos. Una noche, cuando ella se sentía

deprimida, la llevó al circo, y se divirtieron muchísimo. Cuando se ponían de

acuerdo para estudiar juntos eso era lo que hacían, en lugar de utilizar el

encuentro como una excusa para magrearse en el tercer piso de la residencia de

estudiantes. El la llevaba a bailar y parecía sobresalir en los viejos ritmos, que

eran los que a ella le gustaban. Ganaron un trofeo de «stroll» de los años cincuenta

en el «Homecoming Nostalgia Dance», sobre todo, Ed parecía intuir

cuándo ella deseaba mostrarse apasionada. No la obligaba ni la apremiaba. Con

él nunca experimentaba la sensación que había experimentado con otros

muchachos, o sea, que existía una especie de escala cronológica intrínseca para

la vida sexual, que empezaba con un beso de despedida en la primera cita y terminaba

con una noche en el apartamento de un amigo en la décima. Ed vivía solo

en su apartamento de Mill Street, situado en un tercer piso sin ascensor. Se

reunían allí a menudo y Elizabeth iba sin la sensación de que lo que visitaba era el

antro de iniquidades de un Don Juan en pequeña escala. Él no la hostigaba.

Parecía desear sinceramente lo mismo que ella, y junto con ella. Y sus relaciones

progresaban.

Cuando se reanudaron las clases después del receso del primer semestre, le

pareció que Alice estaba extrañamente preocupada. Esa tarde, antes de que Ed

fuera a buscarla —saldrían a cenar juntos—, Elizabeth observó que su compañera

de cuarto miraba con el ceño fruncido el gran sobre de papel marrón que

descansaba sobre su mesa. Elizabeth estuvo a punto de preguntarle qué contenía,

y después desistió. Probablemente, se trataba de un nuevo programa de estudios.

Nevaba copiosamente cuando Ed la llevó de vuelta a la residencia.

—¿Mañana? —preguntó él—. ¿En mi apartamento?

—Sí. Prepararé unas palomitas de maíz.

—Estupendo —asintió Ed, y la besó—. Te amo, Beth.

—Yo también te amo.

—¿Querrás quedarte? —inquirió Ed con tono afable—. ¿Mañana por la noche?

—De acuerdo, Ed. —Ella lo miró a los ojos—. Lo que tú quieras.

—Magnífico —dijo él plácidamente—. Que descanses bien, cariño.

—Y tú también.

Esperaba encontrar dormida a Alice y entró en silencio en la habitación, pero

ella estaba instalada frente al escritorio.

—¿Te sientes bien, Alice?

—Tengo que hablar contigo, Liz. Sobre Ed.

—¿De qué se trata?

—Sospecho que cuando termine esta conversación habremos dejado de ser

amigas —manifestó Alice—. Para mí, eso significa renunciar a algo muy valioso.

De modo que quiero que me escuches con atención.

—Tal vez será mejor que no me digas nada.

—Debo intentarlo.

Elizabeth sintió que su curiosidad inicial se trocaba en cólera.

—¿Has estado entrometiéndote en la vida de Ed? Alice se limitó a mirarla.

—¿Estás celosa de él?

—No. Si hubiera estado celosa de tí y de tus amigos me habría mudado hace

dos años.

Elizabeth la estudió, perpleja. Sabía que Alice no mentía. Y de pronto sintió

miedo.

—Dos cosas me hicieron desconfiar de Ed Hamner —prosiguió Alice—.



Primero, me escribiste acerca de la muerte de Tony y me dijiste que había sido

una circunstancia muy afortunada que yo hubiera visto a Ed en el «Lakewood

Theater»..., porque él había ido inmediatamente a Boothbay y te había ayudado

mucho. Pero yo no lo vi allí, Liz. Ese verano ni siquiera me acerqué al «Lakewood

Theater».

—Pero...


—¿Pero entonces cómo se enteró de que Tony había muerto? No tengo ni la

más remota idea. Sólo sé que no se lo dije yo. Lo segundo fue el asunto de la

memoria eidética. Dios mío, Liz, ¡ni siquiera recuerda de qué color son los

calcetines que lleva puestos!

—Eso es totalmente distinto —respondió Elizabeth secamente—. Es...

—El verano pasado Ed Hamner estuvo en Las Vegas —murmuró Alice con voz

queda—. Volvió a mediados de julio y ocupó una habitación en un motel de

Pemaquid. O sea del otro lado del límite urbano, en Boothbay Harbor. Fue casi

como si estuviera esperando que lo necesitases.

—¡Qué disparate! ¿Y cómo sabes que Ed estuvo en Las Vegas?

—Poco antes de que empezaran las clases me encontré con Shirley D'Antonio.

Trabajó en el «Pines Restau-rant», que está justo enfrente del teatro. Dijo que

nunca vio a nadie que se pareciera a Ed Hamner. Así me enteré de que te mentía

sobre muchas cosas. De modo que fui a hablar con mi padre y le conté lo que

pasaba y él me dio el visto bueno.

—¿Para qué? —inquirió Elizabeth, atónita.

—Para contratar los servicios de una agencia de detectives privados.

Elizabeth se levantó.

—Basta, Alice. Esto es el colmo. —Cogería el autobús para ir a la ciudad y

pasaría la noche en el apartamento de Ed. Al fin y al cabo sólo había estado

esperando que se lo pidiera.

—Por lo menos debes saberlo —esclamó Alice—. Después decidirás lo que se

te antoje.

—No tengo que saber nada, excepto que es dulce y bueno y...

—¿El amor es ciego, eh? —la interrumpió Alice, y sonrió con amargura—. Bien,

quizá yo también te amo un poco, Liz. ¿Nunca se te ocurrió pensarlo?

Elizabeth se volvió y la miró durante largo rato.

—Si me amas, tienes una manera muy rara de demostrarlo —dictaminó—.

Continúa, entonces. Quizá tienes razón. Quizás esto es lo menos que puedo hacer

por ti. Continúa.

—Hace mucho tiempo que lo conoces —dijo Alice serenamente.

—Yo... ¿cómo?

—La escuela primaria 119, Bridgeport, Connecticut. Elizabeth se quedó muda.

Ella y sus padres habían vivido seis años en Bridgeport, y se habían mudado a su

actual domicilio después de que ella terminará el segundo grado. Había ido a la

escuela primaria 119, pero...

—¿Estás segura, Alice?

—¿Lo recuerdas?

—¡No, claro que no! —Pero sí recordaba la sensación que había experimentado

al ver a Ed por primera vez... la sensación de deja vu.

—Supongo que las niñas bonitas nunca recuerdan a los patitos feos. Quizá se

enamoró de ti. Estuvisteis juntos en primer grado, Liz. Quizás él se sentaba en el

fondo del aula y sólo..., te miraba. O en el campo de juegos. Un chiquillo

insignificante que ya entonces usaba gafas y probablemente un aparato de

ortodoncia y tú ni siquieras podías recordarlo. Pero apuesto a que él te recordó a

ti.


—¿Qué más?

—La agencia lo rastreó utilizando las impresiones digitales de la escuela.

Después sólo fue cuestión de encontrar testigos y hablar con ellos. El detective al

que le asignaron el trabajo dijo que no entendía algunas de las informaciones que

recogía. Yo tampoco las entiendo. Algunas son terroríficas.

—Ojalá lo sean —murmuró Elizabeth hoscamente.

—Ed Hamner, padre, era un jugador empedernido. Trabajaba para una agencia

de publicidad de primera línea, de Nueva York, y después se mudó a Bridgeport,

casi como un fugitivo. El investigador dice que casi todos los tahúres e

intermediarios de juego importantes de la ciudad tenían pagarés suyos.

Elizabeth cerró los ojos.

—La agencia procuró darte la mayor cantidad posible de basura a cambio de tu

dinero, ¿no es cierto?

—Quizá sí. Sea como fuere, el padre de Ed se metió en más aprietos en

Bridgeport. Nuevamente por cuestiones de juego, pero esta vez contrajo

compromisos con un prestamista de alto vuelo. De alguna manera terminó con

una pierna y un brazo rotos. El detective no cree que se tratara de un accidente.

—¿Algo más? —preguntó Elizabeth—. ¿Malos tratos a niños? ¿Desfalcos?

—En 1961 consiguió trabajo en una agencia de publicidad de mala muerte, en

Los Ángeles. Estaba demasiado cerca de Las Vegas. Pasaba sus fines de

semana allí, jugando mucho... y perdiendo. Hasta que empezó a llevar al pequeño

Ed consigo. Y empezó a ganar.

—Estás inventando esta historia. No hay otra explicación.

Alice dio unos golpecitos con el dedo sobre el informe que tenía frente a ella.

—Está todo aquí, Liz. Un tribunal no admitiría algunos de estos materiales como

pruebas, pero el detective afirma que ninguna de las personas con las que habló

tenía motivos para mentir. El padre de Ed decía que su hijo era su «amuleto». Al

principio nadie objetó la presencia del niño, aunque era ilegal que entrara en los

casinos. Su padre era un pez gordo. Pero entonces el padre empezó a

circunscribirse a la ruleta, jugando sólo a pares e impares y a rojo y negro. A fin de

año al niño se le había prohibido la entrada en todos los casinos de la comarca. Y

su padre cambio de juego.

—¿Cómo dices?

—La Bolsa. Cuando los Hamner se mudaron a Los Ángeles a mediados de

1961, vivían en una ratonera de noventa dólares por mes y el señor Hamner

conducía un «Chevrolet 52». A fines de 1962, dieciséis meses más tarde, él había

renunciado a su empleo y vivían en su propia casa, en San José. El señor Hamner

conducía un «Thunderbird» flamante y la señora Hamner tenía un «Volkswagen».

Verás, la ley prohibe que un niño entre en los casinos de Nevada, pero nadie

puede quitarle la página de cotizaciones de Bolsa.

—¿Insinúas que Ed... que él podía...? ¡Alice, te has vuelto loca!

—Yo no insinúo nada. Sólo que tal vez sabía lo que necesitaba su padre.

Se lo que necesitas.

—La señora Hamner pasó los seis años siguientes entrando y saliendo de

varios institutos psiquiátricos. Presuntamente sufría alteraciones nerviosas, pero el

detective habló con un enfermo que dijo que era casi psicótica. La mujer juraba

que su hijo era el ayudante del diablo. En 1964 le clavó unas tijeras. Intentó

matarlo. Ella... ¿Liz? ¿Qué te sucede Liz?

—La cicatriz —murmuró—. Hace aproximadamente un mes fuimos a nadar una

noche en la piscina de la Universidad. Tiene una herida profunda, con un hoyuelo,

en el hombro... aquí. —Apoyó la mano sobre su pecho izquierdo—. Dijo... —Una

náusea intentó trepar por su garganta y tuvo que esperar que desapareciera antes

de poder continuar—. Dijo que cuando era pequeño se cayó sobre una verja

puntiaguada.

—¿Quieres que prosiga?

—Termina, ¿por qué no? ¿Qué daño mayor me puedes producir ahora?

—En 1968 dieron de alta a su madre en un instituto psiquiátrico de mucha

categoría, situado en San Joaquín Valley. Los tres salieron de vacaciones juntos.

Se detuvieron en un camping situado cerca de la Carretera 101. El chico estaba

recogiendo leña cuando ella condujo el coche hasta el borde del acantilado que

hay allí y se precipitó al océano, junto con su marido. Tal vez fue un intento de

arrollar a Ed. Entonces éste ya tenía casi dieciocho años. Su padre le dejó un

millón de dólares en acciones. Al año siguiente Ed vino aquí y se inscribió en esta

Universidad. Punto final.

—¿No hay más ropa sucia en el armario?

—¿No te parece bastante, Liz? Elizabeth se levantó.

—Ahora comprendo por qué nunca quiere hablar de su familia. Pero tú tuviste

que hurgar en la herida, ¿no es cierto.

—Eres ciega —murmuró Alice. Elizabeth se estaba poniendo el abrigo—.

Supongo que ahora vas a reunirte con él.

—Exactamente.

—Porque lo amas.

—Exactamente.

Alice atravesó la habitación y la cogió por el brazo.

—¡Borra por un segundo de tu cara esa expresión hosca y petulante, y piensa

un poco! Ed Hamner es capaz de hacer cosas con las que los demás sólo nos

atrevemos a soñar. Logró que su padre acumulará capital en la ruleta y después lo

enriqueció jugando a la Bolsa. Parece tener el don de ganar con su sola fuerza de

voluntad. Quizás es un parapsicólogo de baja estofa. Quizá tiene poderes de

precognición. No lo sé. Hay personas que parecen disfrutar de tales facultades.

Liz, ¿nunca se te ha ocurrido pensar que tal vez te ha obligado a amarlo?

Liz se volvió lentamente hacia ella.

—Es la primera vez en mi vida que oigo algo tan ridículo.

—¿Te parece? ¡Te dio aquel cuestionario de sociología tal como le dio a su

padre el lado ganador del tapete de la ruleta! Nunca estuvo inscrito en el curso de

sociología. Lo sé porque lo he averiguado. ¡Te ayudó porque sólo así podría

conseguir que lo tomases en serio!

—¡Basta! —aulló Liz. Se tapó los oídos con las manos.

—¡Conocía el cuestionario, y supo que había muerto Tony, y supo que volverías

a casa en avión! Incluso supo cuál era el momento psicológico ideal para

reaparecer en tu vida, en el pasado mes de octubre.

Elizabeth se zafó de ella y abrió la puerta.

—Por favor —dijo Alice—. Por favor, Liz, escucha. No sé cómo puede realizar

estos portentos. No creo que él mismo lo sepa. Quizá no quiere hacerte daño,

pero ya te lo ha hecho. Para obligarte a amarlo ha explorado todas tus

necesidades y todos tus deseos secretos, y eso no es amor. Es una violación.

Elizabeth dio un portazo y se lanzó escaleras abajo.

Cogió el último autobús de la noche que iba a la ciudad. Nevaba más

copiosamente que antes y el autobús se zarandeaba como un escarabajo cojo

entre los montículos que el viento había atravesado sobre la carretera. Elizabeth

viajaba sentada atrás, en compañía de sólo seis o siete pasajeros, y mil

pensamientos bullían en su cabeza.

Los cigarrillos mentolados. La Bolsa. Había sabido que a la madre de ella la

apodaban Deedee. Un chiquillo sentado en el fondo del aula del primer grado,

haciéndole monerías a una niña vivaz que era demasiado pequeña para

comprender que...

Se lo que necesitas.

No. No. No. ¡Lo amo!

¿Lo amaba de veras? ¿O sólo la complacía estar con alguien que siempre

pedía lo apropiado, que la llevaba a ver las películas que le gustaban, y que no

quería ir a ninguna parte ni hacer nada que pudiera contrariarla a ella? ¿Él era

sólo una especie de espejo psíquico, que sólo le mostraba lo que ella deseaba

ver? Los regalos que le hacía eran siempre los adecuados. Cuando la temperatura

había bajado súbitamente y ella anhelaba tener un secador de pelo, ¿quién se lo

había comprado? Ed Hamner, por supuesto, casualmente había visto que había

uno rebajado en «Day"s» le había dicho. Y ella, desde luego, había quedado

complacida.

£50 no es amor. Es una violación.

El viento le arañó la cara cuando se apeó en la intersección de Main y Mili, y

respingó al sentir su azote cuando el autobús arrancó con un gruñido de su motor

diesel. Sus luces traseras titilaron brevemente en la noche nevada y

desaparecieron.

Nunca se había sentido tan sola en su vida.

Ed no estaba en casa.

Esperó frente a su puerta, perpleja, después de golpear durante cinco minutos.

Se dio cuenta de que ignoraba lo que hacía Ed y con quién se veía cuando no

estaba con ella. Nunca habían abordado ese tema.

Quizás está ganando lo necesario para comprar otro secador de pelo, en un

garito.

Con súbito ímpetu se alzó sobre las puntas de los pies y palpó el borde superior



del dintel, donde sabía que él siempre dejaba una llave. Sus dedos tropezaron con

ella y cayó con un ruido metálico sobre el piso del rellano.

La cogió y la hizo girar en la cerradura.

El apartamento tenía un aire distinto en ausencia de Ed: artificial, como el

escenario de un teatro. A menudo la había divertido que alguien que se

preocupaba tan poco por su aspecto personal tuviera un domicilio tan pulcro, que

parecía sacado de la ilustración de un libro. Casi como si lo hubiera decorado para

ella y no para él. Pero por supuesto eso era absurdo, ¿verdad?

Pensó de nuevo, como si ésa fuera la primera vez, que le gustaba mucho la silla

donde se sentaba cuando estudiaban o veían la TV. Era perfecta, como la silla del

osezno había sido perfecta para Ricillos de Oro. Ni demasiado dura ni demasiado

blanda. Ideal. Como todo lo que estaba asociado a Ed.

En la sala había dos puertas. Una comunicaba con la cocina. La otra con el

dormitorio de Ed.

El viento soplaba fuera y hacía crujir la vieja casa de apartamentos.

En el dormitorio, miró la cama de bronce. No parecía demasiado dura ni

demasiado blanda. Justo como debía ser. Una voz insidiosa se burló: ¿Es casi

demasiado perfecta, no te parece?

Se acerco a la biblioteca y sus ojos recorrieron los títulos al azar. Uno de ellos le

llamó la atención y cogió el volumen: Bailes de moda en los años 50. La páginas

se abrieron espontáneamente en un lugar situado una cuarta parte antes del final.

Una sección titulada «El stroll» había sido circundada con el grueso trazo de un

rotulador rojo, y la palabra BETH había sido escrita sobre el margen con letras

grandes, casi acusatorias.

Ya debería irme, se dijo. Aún podría rescatar algo. Si él volviera ahora nunca

podría volver a mirarlo a la cara y Alice habría triunfado. Entonces sí que ella

habría hecho una buena inversión, al contratar la agencia de detectives.

Pero no podía detenerse, y lo sabía. Había llegado a un punto sin retomo.

Se acercó al armario e hizo girar el pomo de la puerta, pero no cedió. Cerrado

con llave.

Por si acaso, volvió a alzarse sobre las puntas de los pies y palpó a lo largo del

marco superior de la puerta. Y sus dedos tocaron una llave. La cogió y dentro de

ella una voz dijo muy claramente: No lo hagas. Pensó en la esposa de Barba Azul

y en lo que había encontrado al abrir la puerta prohibida. Pero en realidad ya era

demasiado tarde: si no lo hacía ahora, la duda la corroería durante el resto de su

vida.


Abrió el armario.

Y experimentó la extrañísima sensación de que era allí donde el auténtico Ed

Hamner, Jr. había estado oculto siempre.

Dentro del armario reinaba el caos: un revoltijo de ropas, libros, una raqueta de

tenis con las cuerdas flojas, un par de zapatillas de tenis estropeadas, viejos

apuntes desparramados sin ton ni son, un saquito de tabaco «Bor-kum Riff» cuyo

contenido se había derramado. La guerrera verde de campaña se hallaba

arrumbada en un rincón.

Cogió uno de los libros y parpadeó al ver el título. La rama dorada. Otro. Ritos

antiguos, misterios modernos. Otro más. Vudú haitiano. Y un último volumen,




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