El umbral de la



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encuadernado en cuero viejo y resquebrajado, con el título casi borrado por el

excesivo manoseo, un volumen, en fin, del cual se desprendía un vago olor a

pescado podrido: el Necronomicon. Lo abrió al azar, resolló, y lo arrojó lejos, sin

poder borrar esa oscenidad de su retina.

Para recuperar la compostura, más que por cualquier otro motivo, estiró la

mano hacia la guerrera verde de campaña, sin confesarse que tenía la intención

de registrar los bolsillos. Pero al levantarla vio algo más. Una pequeña caja de

hojalata...

La alzó, con curiosidad, y la hizo girar entre las manos oyendo que algo se

zarandeaba en el interior. Era una de esas cajas donde los niños acostumbran a

guardar sus tesoros. En el fondo de hojalata estaban estampadas, en altorrelieve,

las palabras: «Bridgeport Candy Co.» La abrió.

La muñeca estaba arriba. La efigie de Elizabeth.

La miró y empezó a temblar.

La muñeca estaba vestida con un jirón de nylon rojo, parte de un pañuelo de

cabeza que había perdido hacía dos o tres meses. Mientras estaba en el cine con

Ed. Los brazos eran escobillas para limpiar pipas y estaban recubiertos con una

sustancia que parecía moho azul. Moho de una tumba, quizá. La cabeza de la

muñeca tenía pelo, pero ahí había un error. Eran delicadas hebras blancas como

el lino, pegadas a la cabeza confeccionada con una goma de borrar rosada. Su

propio cabello tenía un color arenoso y era más áspero. Su cabello había sido

así...


Cuando ella era pequeña.

Tragó saliva y su garganta produjo un chasquido. Acaso cuando estaban en

primer grado no les habían facilitado unas tijeras de hojas romas, adecuadas para

las manos infantiles? ¿Era posible que hacía tanto tiempo un chiquillo se hubiera

aproximado a ella por atrás, quizá mientras dormía la siesta, y...?

Elizabeth dejó la muñeca a un lado y volvió a mirar en el interior de la caja. Vio

una ficha azul de póquer sobre la que habían dibujado con tinta roja una extraña figura

hexagonal. Una manoseada nota necrológica: Ed-ward Hamner y señora. Los

dos sonreían absurdamente desde la foto adjunta, y ella vio que esa misma figura

hexagonal había sido trazada sobre sus rostros, esta vez con tinta negra, como si

fuera un paño mortuorio. Otros dos muñecos, uno de sexo masculino y otro

femenino. El parecido con las fotos de la nota necrológica era atroz, inconfundible.

Y algo más.

Lo sacó torpemente, y sus dedos temblaban tanto que casi lo dejó caer. Lanzó

una exclamación ahogada.

Era un pequeño coche de juguete, de esos que los niños compran en los

drugstores y en las tiendas de hobbies para armar con cola de aviación. Éste era

un «Fiat». Había sido pintado de rojo. Le habían pegado a la parrilla del radiador

un trozo de algo que parecía ser una de las camisas de Tony.

Invirtió el cochecito. Alguien había abollado el chasis con un martillo.

—De modo que lo has encontrado, perra desagradecida.

Elizabeth lanzó un alarido y dejó caer la caja y el cochecito. Los tesoros

abyectos se desparramaron por el suelo.

Él estaba en la puerta, mirándola. Elizabeth nunca había visto semejante

expresión de odio en un rostro humano.

—Tú mataste a Tony —dijo ella. Ed sonrió aviesamente.

—¿Crees que podrías demostrarlo?

—No importa —respondió ella, sorprendida por la firmeza de su voz—. Yo lo sé.

Y no quiero volver a verte. Y si le haces... algo... a alguien, lo sabré. Y te lo haré

pagar. De alguna manera.

Las facciones de Ed se convulsionaron.

—Así es como me lo agradeces. Te he dado todo lo que deseabas. Lo que

nadie más podría tener. Confiésalo. Te he hecho absolutamente feliz.

—¡Mataste a Tony! —le gritó ella. Ed dio un paso firme hacia el interior de la

habitación.

—Sí, y lo hice por tí. ¿Y tú qué eres, Beth? No sabes lo que es el amor. Yo te

he amado desde la primera vez que te vi. hace más de diecisiete años. ¿Tony

podría haber dicho lo mismo? Todo le ha resultado siempre fácil. Eres hermosa.

Nunca has tenido que preocuparte por tus deseos o necesidades, ni porque

estabas sola. Nunca has tenido que buscar..., otros medios para conseguir lo que

te hacía falta. Siempre había un Tony que te lo daba. Te bastaba con sonreír y

decir «por favor». —El timbre de su voz se hizo más agudo—. Yo nunca he podido

obtener así lo que anhelaba. ¿No crees que lo intenté? No lo logré con mi padre.

Él sólo quería más y más. Ni siquiera me dio un beso por la noche o un abrazo

hasta que lo hice rico. Y mi madre era igual a él. Salvé su matrimonio, ¿pero

acaso eso la conformó? ¡Me aborrecía! ¡No quería acercarse a mí! ¡Decía que yo

era anormal! Le hacía regalos hermosos pero... ¡No hagas eso, Beth! No...

noooo...


Pisó su propia efigie y la aplastó, pulverizándola con el tacón. Algo se retorció

dentro de ella, y después el dolor se disipó. Ahora no lo temía. No era más que un

chiquillo insignificante y esmirriado, con cuerpo de hombre. Y sus calcetines eran

de colores distintos.

—No creo que puedas hacerme daño ahora, Ed —le dijo—. Ahora no. ¿Me

equivoco? Él le volvió la espalda.

—Vamos —murmuró débilmente—. Vete. Pero déjame la caja. Por lo menos

déjame eso.

—Te dejaré la caja. Pero no su contenido. Elizabeth pasó de largo junto a él.

Los hombros de Ed se convulsionaron, como si se dispusiera a volverse y abalanzarse

sobre ella, pero después se encorvaron nuevamente.

Cuando Elizabeth llegó al rellano del segundo piso, él se asomó por la baranda

y le gritó con voz chillona:

—¡Vete, pues! ¡Pero después de haber estado conmigo no te sentirás

satisfecha con ningún hombre! ¡Y cuando envejezcas y los hombres dejen de

darte todo lo que deseas, me echarás de menos! ¡Pensarás en lo que despreciaste!

Elizabeth bajó por la escalera y salió a la calle nevada. El embate frío contra la

cara le produjo una sensación agradable. Tendría que caminar tres kilómetros

hasta el campus, pero no le importaba. Quería caminar, quería sentir frío, quería

que éste la limpiara.

Él le inspiraba una extraña y retorcida compasión: un niño con poderes

extraordinarios dentro de un espíritu enano. Un niño que pretendía lograr que los

seres humanos se comportaran como soldaditos de juguete y que después los

aplastaba en un acceso de irá cuando se resistían o cuando descubrían la verdad.

¿Y qué era ella? ¡Había sido agraciada con todas las virtudes de las que

carecía Ed, pero no por culpa de éste ni por mérito de ella! Recordó cómo había

reaccionado ante Alice, empeñándose ciega y celosamente en conservar algo que

era más fácil que bueno, sin preocuparse por otra cosa, sin preocuparse.

¡Cuando envejezca y los hombres dejen de darte todo lo que deseas, me

echarás de menos...! Sé lo que necesitas.

¿Pero ella era tan pequeña que necesitaba realmente tan poco?

Por favor, Dios mío, que no sea así.

Se detuvo en el puente que separaba el campus de la ciudad, y arrojó por

encima del parapeto los amuletos mágicos de Ed Hamner, uno por uno. El último

fue el «Fiat» de juguete, que dio una serie de volteras entre las ráfagas de nieve

hasta perderse de vista. Después siguió caminando.

LOS CHICOS DEL MAÍZ

Burt elevó demasiado el volumen de la radio y no volvió a bajarlo porque

estaban al borde de otra discusión y no quería que eso ocurriera. Se resistía

desesperadamente a que ocurriera.

Vicky dijo algo.

—¿Cómo? —grito él.

—¡Baja el volumen! ¿Quieres romperme los tímpanos?

Mordió con fuerza lo que podría haber brotado de sus labios y bajó el volumen.

Vicky se abanicaba con el pañuelo de cabeza a pesar de que el «Thunderbird»

tenía aire acondicionado.

—¿Dónde estamos, al fin y al cabo?

—En Nebraska.

Ella le clavó una mirada fría y neutral.

—Sí. Burt. Sé que estamos en Nebraska, Burt. ¿Pero dónde demonios

estamos'?

—Tú tienes el mapa de carreteras. Míralo. ¿O acaso no sabes leer?

—Muy ingenioso. Para esto abandonamos la autopista. Para poder contemplar

quinientos kilómetros de plantaciones de maíz. Y para poder disfrutar de la chispa

y la sabiduría de Burt Robeson.

El apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto

blancos. Resolvió que lo apretaba así porque si aflojaba la presión, caray, era

posible que una de esas manos saliera disparada y se estrellara contra los morros

de la ex Reina de la Promoción. «Estamos salvando nuestro matrimonio —

pensó—. Sí. Empleamos el mismo método que nuestros soldados utilizaban para

salvar aldeas durante la guerra.»

—Vicky —dijo cautelosamente—. Desde que salimos de Bostón he conducido

más de dos mil kilómetros por autopistas. Durante todo ese trayecto tú te has

negado a conducir. Después...

—¡Yo no me he negado! —exclamó Vicky vehementemente—. Sólo ocurre que

me atacan las jaquecas cuando conduzco durante demasiado tiempo...

—Entonces, cuando te pedí que me orientaras por algunas de las carreteras

comarcales tú dijiste claro que sí, Burt. Ésas fueron textualmente tus palabras.

Claro que sí, Burt. Entonces...

—A veces me pregunto cómo llegué a casarme contigo.

—Lo que hiciste fue pronunciar dos palabritas.

Ella lo miró un momento, con los labios exangües, y después cogió el mapa de

carreteras y pasó las páginas con gesto iracundo.

«Había sido un error dejar la autopista», pensó Burt morosamente. Y además

era una lástima, porque hasta entonces se habían entendido bastante bien, y se

habían tratado el uno al otro casi como seres humanos. A veces había tenido la

impresión de que ese viaje a la costa, emprendido con el pretexto de visitar al

hermano y el cuñado de Vicky, pero que en verdad era una tentativa desesperada

de salvar su propio matrimonio, iba a culminar con éxito.

Pero desde el momento en que abandonaron la autopista todo había vuelto a

empeorar. ¿Hasta qué punto?' Bien, en verdad, hasta un punto límite.

—Dejamos la autopista en Hamburg, ¿no es cierto?

—Sí.

—No hay ninguna otra población hasta Gatlin —anunció ella—. Faltan treinta



kilómetros. Un pueblo atravesado sobre la carretera. ¿Crees que podremos

detenernos allí para comer algo? ¿O tu soberano programa estipula que hemos de

seguir viajando hasta las dos, como ayer?

Apartó los ojos de la carretera para mirarla.

—Estoy harto, Vicky. Por lo que a mí concierne, podemos dar media vuelta aquí

y volver a casa e ir a entrevistamos con ese abogado con el que querías hablar.

Porque esto ya no funciona...

Ella había vuelto a mirar hacia delante, impasiblemente. De pronto apareció en

su rostro una expresión de sorpresa y de miedo.

—Cuidado, Burt, vas a...

Él dirigió nuevamente su atención hacia la carretera justo a tiempo para ver que

algo desaparecía debajo del parachoques del «Thunderbird». Un instante

después, cuando sólo estaba empezando a pasar la presión del acelerador al

freno, sintió que algo se aplastaba tétricamente, primero bajo las ruedas

delanteras y después bajo las traseras. Fueron despedidos hacia delante cuando

el automóvil frenó sobre la línea de separación central, pasando de setenta y cinco

a cero kilómetros por hora a lo largo de las huellas negras de los neumáticos.

—Un perro —exclamó él—. Dime que ha sido un perro.

Las facciones de ella estaban pálidas, del color del requesón.

—Un niño. Un crío pequeño. Salió corriendo del maizal y... te felicito, campeón.

Vicky abrió dificultosamente la portezuela, se encorvó hacia fuera y vomitó.

Burt estaba muy erguido detrás del volante del «T-Bird», sujetándolo sin fuerza.

Durante un largo rato sólo tuvo conciencia del olor exuberante del abono.

Entonces descubrió que Vicky había desaparecido y cuando miró por el espejo

exterior vio que se acercaba tambaleándose torpemente hacia un bulto que

parecía un montón de harapos. Por lo general, era una mujer garbosa, pero ahora

su apostura se había esfumado.

Es un caso de homicidio. Así es como lo llaman. Aparté los ojos de la carretera.

Cortó el contacto y se apeó. El viento susurraba suavemente entre el maíz que

había alcanzado la estatura de un hombre y seguía creciendo, y al susurrar

producía un soplo extraño, como el de una respiración. Ahora Vicky estaba junto al

bulto de harapos, y él la oyó sollozar.

Se hallaba a mitad de trayecto entre el coche y el lugar donde se hallaba Vicky,

cuando vislumbró algo a la izquierda, un manchón llamativo de color rojo, muy brillante,

en medio del verde.

Se detuvo y miró fijamente hacia el maizal. Pensó (cualquier cosa con tal de

desentenderse de esos harapos que no eran harapos) que ésa debía de haber

sido una excelente temporada de cultivo para el maíz. Crecía muy apretado, casi a

punto de dar fruto. Si uno se internaba entre esas pulcras hileras umbrías, podría

pasar todo un día buscando nuevamente la salida. Pero ahí mismo se quebraba la

pulcritud. Varios tallos altos estaban rotos y ladeados. ¿Y qué era eso que se

ocultaba en el fondo de las sombras?

—¡Burt! —le gritó Vicky—. ¿No quieres venir a mirar? ¡Así puedes contarles a

tus compañeros de póquer lo que cazaste en Nebraska! No... —Pero el resto de la

frase se ahogó entre nuevos sollozos. Su sombra formaba un charco nítido

alrededor de sus pies. Era casi mediodía.

La sombra se cerró sobre él cuando entró en el maizal. La pintura roja para

paredes de granero era sangre. Se oía un zumbido bajo, somnoliento, a medida

que las moscas se posaban, saboreaban, y volvían a remontarse bordoneando...,

quizá para ir a alertar a sus compañeras. Más adentro, las hojas también estaban

salpicadas de sangre. Seguramente no podía haber saltado tan lejos. Y entonces

vio a sus pies el objeto que había divisado desde la carretera. Lo alzó.

Allí era donde se truncaba el orden de las hileras. Varios tallos se ladeaban

como si estuvieran borrachos, y dos de ellos estaban netamente cercenados. La

tierra había sido hendida. Había sangre. El maíz susurraba. Con un ligero

estremecimiento, volvió a la carretera.

Vicky era presa de un ataque de histeria y le gritaba palabras ininteligibles,

llorando, riendo. ¿A quién se le habría ocurrido pensar que el final sería tan

melodramático? La miró y comprendió que él no tenía una crisis de identidad ni

pasaba por una etapa difícil de transición. No se trataba de ninguna de esas

contingencias que estaban tan de moda. La aborrecía. Le pegó una fuerte

bofetada.

Ella se calló bruscamente y apoyó una mano sobre la marca cada vez más roja

de sus dedos.

—Irás a la cárcel, Burt —dictaminó solemnemente.

—No lo creo —respondió él, y depositó a sus pies la maleta que había

encontrado en el maizal.

—¿Qué...?

—No lo sé. Supongo que era de él. —Señaló el cuerpo despatarrado que yacía

boca abajo sobre la carretera. A juzgar por su aspecto no tenía más de trece años.

La maleta era vieja. El cuero marrón estaba maltratado y desgastado. Dos

trozos de cuerda para tender la ropa habían sido enroscados alrededor de ella y

asegurados con grandes y grotescos nudos marineros. Vicky se inclinó para

desatarlos, vio la sangre apelmazada y retrocedió.

Burt se arrodilló y volteó cuidadosamente el cuerpo.

—No quiero mirar —dijo Vicky, mirando a su pesar con expresión impotente. Y

cuando el rostro de desorbitados ojos ciegos se torció hacia ellos, Vicky volvió a

chillar. La cara del chico estaba sucia, convulsionada por una mueca de terror. Lo

habían degollado.

Burt se levantó y rodeó a Vicky con los brazos cuando ella empezó a oscilar.

—No te desmayes —murmuró quedamente—. ¿Me oyes, Vicky? No te

desmayes.

Lo repitió una y otra vez y por fin ella se recuperó un poco y lo abrazó con

fuerza. Parecían estar bailando en la carretera bañada por el sol de mediodía, con

el cadáver del niño a sus pies.

—¿Vicky?


—¿Qué? —Su voz estaba sofocada por la camisa de Burt.

—Vuelve al coche y métete las llaves en el bolsillo. Quita la manta del asiento

posterior y coge mi escopeta. Tráelas aquí.

—¡La escopeta!

—Alguien lo degolló. Quizá nos está vigilando. Ella alzó violentamente la

cabeza y sus ojos desencajados escudriñaron el maizal. Éste se extendía hasta

donde alcanzaba la vista, ondulando a lo largo de pequeñas depresiones y

protuberancias del terreno.

—Sospecho que se ha ido. Pero no debemos arriesgamos. Vete y haz lo que te

digo.


Vicky caminó en silencio hasta el coche, seguida por su sombra, una mascota

oscura que no se separaba de ella a esa hora del día. Cuando Vicky se inclinó

sobre el asiento posterior, Burt se acuclilló junto al cadáver. Un varón de tez

blanca, sin marcas distintivas. Arrollado, sí, pero el «T-Bird» no le había cercenado

el cuello. El tajo era mellado e ineficiente —ningún sargento del Ejército le había

enseñado al homicida los detalles más sutiles de la lucha cuerpo a cuerpo— pero

el efecto había sido letal. Había corrido o lo habían empujado a través de los diez

metros del maizal, muerto o mortalmente herido. Y Burt Robeson lo había

embestido. Si el muchacho estaba vivo cuando le había atropellado el coche, el

accidente le había restado, a lo sumo, treinta segundos de vida.

Respingó cuando Vicky le dio un golpecito en el hombro.

Ella tenía doblada sobre el brazo izquierdo la manta militar marrón, y sostenía

con la mano derecha la escopeta enfundada. Miraba en otra dirección. Burt cogió

la manta y la desplegó sobre la carretera. Hizo rodar el cuerpo hasta depositarlo

sobre el rectángulo de tela. Vicky emitió un gemido de desesperación.

—¿Estás bien? —La observó—. ¿Vicky?

—Estoy bien —asintió con voz estrangulada. Burt plegó los bordes de la manta

sobre el cadáver y lo alzó, aborreciendo su peso muerto. El cuerpo intentó

doblarse en U entre sus brazos y resbalar al suelo. Burt lo apretó con más fuerza y

se encaminaron hacia el «Thun-derbird».

—Abre el baúl —gruñó él.

El baúl estaba lleno de artículos de viaje: maletas y recuerdos. Vicky transportó

casi todo al asiento posterior y Burt deslizó el cuerpo en el espacio desalojado y

cerró enérgicamente. Dejó escapar un suspiro de alivio.

Vicky lo esperaba junto a la portezuela del lado del conductor, sin soltar el arma

enfundada.

—Colócala atrás y sube.

Consultó el reloj y comprobó que sólo habían transcurrido quince minutos.

Hubiera dicho que habían pasado varias horas.

—¿Y la maleta? —preguntó ella. Burt trotó por la carretera hasta donde la

maleta descansaba sobre la línea blanca de separación de la calzada, como el

punto focal de un cuadro impresionista. La levantó por el asa destartalada y se

detuvo un momento. Tenía la acuciante sensación de que los estaban vigilando.

Era una sensación de la que se hablaba en los libros, sobre todo en las novelas

baratas, y siempre había puesto en duda su existencia. Ahora no. Era como si en

el maizal hubiera gente, quizá muchas personas, que se preguntaban fríamente si

la mujer podría sacar el arma de la funda y utilizarla antes de que pudieran cogerlo

a él, arrastrarlo hasta las hileras sombrías, degollarlo...

Corrió de vuelta, con el corazón palpitante, arrancó las llaves de la cerradura

del maletero, y montó en el coche.

Vicky estaba llorando nuevamente. Burt arrancó, y antes de que hubiera pasado

un minuto ya no pudo localizar en el espejo retrovisor el tramo donde había

sucedido.

—¿Cómo dijiste que se llamaba la próxima ciudad? —preguntó.

—Oh. —Ella volvió a inclinarse sobre el mapa de carreteras—. Gatlin.

Llegaremos dentro de diez minutos.

—¿Parece suficientemente grande para tener un destacamento de Policía?

—No. Es sólo un punto.

—Quizás hay un gendarme.

Viajaron un rato en silencio. Pasaron frente a un silo que se levantaba a la

izquierda. Nada más que maíz. No se cruzaron con ningún vehículo que fuera en

dirección contraria. Ni siquiera con el camión de una granja.

—¿Nos cruzamos con algo desde que salimos de la autopista, Vicky? —

preguntó él. Vicky reflexionó un momento.

—Con un coche y un tractor. En la intersección.

—No, digo desde que entramos en esta carretera. La carretera 17.

—No, creo que no.

Probablemente antes éste habría sido el prefacio de algún comentario cáustico.

Ahora Vicky se limitó a mirar, por su mitad del parabrisas, la carretera que se desplegaba

ante ellos y la interminable línea de separación de los dos carriles.

—Vicky, ¿puedes abrir la maleta?

—¿Crees que eso importa?

—No lo sé. Quizá sí.

Mientras ella aflojaba los nudos (con un talante especial, inexpresivo pero de

labios apretados, tal como el que Burt recordaba que tenía su madre cuando

vaciaba las visceras del pollo de los domingos), él encendió la radio.

La emisora de música pop que habían estado escuchando quedó casi eclipsada

por la estática y Burt hizo correr lentamente la aguja roja a lo largo de la banda. Informaciones

agrícolas. Buck Owens. Tammy Wynette. Todo lejano, deformado y

casi reducido a jerigonza. Hasta que, cerca del final, el altavoz rugió una sola

palabra, tan potente y clara como si los labios que la habían pronunciado se

hallaran directamente detrás de la radio, en el tablero de instrumentos.

—¡EXPIACIÓN! —bramó la voz.

Burt lanzó un gruñido de sorpresa. Vicky respingó.

—¡SÓLO NOS SALVARÁ LA SANGRE DEL CORDERO! —tronó la voz, y Burt

bajó apresuradamente el volumen. Sin duda la emisora se hallaba cerca. Tan

cerca que... sí, ahí estaba. Un trípode aracnoideo rojo, asomando del maizal en el

horizonte y recortándose contra el cielo azul. La torre de la radio.

—La palabra es expiación, hermanos y hermanas —proclamó la voz, con un

tono más coloquial. En el fondo, fuera del alcance del micrófono, otras voces

murmuraron amén—. Están aquellos que piensan que es honesto internarse en el

mundo, como si pudieras trabajar en él y marchar por él sin que te contamine.

¿Pero es esto lo que nos enseña el verbo divino?

Lejos del micrófono, pero siempre con fuerza.

—¡No!

—¡JESÚS BENDITO! —vociferó el predicador, y ahora sus palabras adquirieron



una poderosa cadencia acompasada, casi tan compulsiva como la de un ritmo

frenético de rock-and-roll—. ¿Cuándo aprenderán que ese camino conduce a la

muerte? ¿Cuándo se convencerán de que el salario de este mundo se paga en el

otro? ¿Eh? ¿Eh? El Señor ha dicho que hay muchas moradas en Su casa. Pero

no hay lugar para el fornicador. No hay lugar para el codicioso. No hay lugar para

el profanador del maíz. No hay lugar para el homosexual. No hay lugar...




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