El umbral de la



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Vicky apagó la radio.

—Esos desvarios me enferman.

—¿Qué dijo? —le preguntó Burt—. ¿Qué dijo del maíz?

—No lo oí. —Vicky estaba tirando del nudo de la segunda cuerda para tender

ropa.

—Dijo algo acerca del maíz. Lo sé.



—¡Ya está! —exclamó Vicky, y la maleta se abrió sobre su regazo.

Pasaban frente a un cartel que decía: GATLIN 7 KM. CONDUZCA CON

CUIDADO. PROTEJA A NUESTROS NIÑOS. El cartel había sido colocado por el

Rotary. Estaba agujereado por proyectiles calibre 22.

—Calcetines —dijo Vicky—. Dos pantalones... una camisa... un cinturón... una

corbata con un... —se interrumpió, mostrándole el sujetador de corbata de metal

descascarado—. ¿Quién es éste?

Burt lo miró de reojo.

—Supongo que Hopalong Cassidy.

—Oh —murmuró ella. Volvió a guardar el chisme. Estaba llorando nuevamente.

Al cabo de un momento, Burt dijo:

—¿Hubo algo que te llamó la atención en ese sermón radiofónico?

—No. Con las filípicas de esa naturaleza que escuché cuando era niña ya tengo

suficiente hasta el fin de mis días. Ya te he hablado de eso.

—¿No te pareció que parecía una persona muy joven? Me refiero al predicador.

Vicky lanzó una risita desprovista de humor.

—Quizás era un adolescente. ¿Y qué? Es lo que más me horroriza en toda esta

pantomima. Les gusta pillarlos cuando todavía tienen el cerebro maleable. Saben

cómo implantarles toda clase de controles emocionales. Deberías haber estado en

algunas de las asambleas religiosas a las que me arrastraron mis padres..., esas

mismas donde me «salvaban». Se celebraban en grandes tiendas. Deja que

recuerde. Una de las estrellas era Baby Hortense, la Maravilla Cantora. Tenía

ocho años. Aparecía en escena y cantaba Leaning on the Everlastíng Anns mientras

su padre pasaba el cepillo, diciéndoles a todos que fueran generosos, «para

no decepcionar a esta criatura». Otra estrella era Norman Staunton. Éste prometía

el fuego y el azufre del infierno vestido con su trajecito de pantalones cortos. Tenía

apenas siete años.

Vicky hizo un ademán de asentimiento al ver que él la miraba con expresión

incrédula.

—Y tampoco eran los únicos. Había muchos otros. Eran buenos señuelos. —

Pronunció esta última palabra como si la hubiera escupido—. Ruby Stampnell. Era

una curadora por la fe, de diez años de edad. Las hermanas Grace. Salían a

escena con unos pequeños halos de papel de aluminio sobre las cabezas y... ¡oh!

—¿Qué sucede?

Él se volvió bruscamente para mirar a Vicky y lo que sostenía en la mano. Vicky

contemplaba absorta el objeto. Sus manos lo habían palpado, al hurgar el fondo

de la maleta, y lo habían extraído mientras hablaba. Burt detuvo el coche para

inspeccionarlo mejor. Ella se lo entregó en silencio.

Era un crucifijo confeccionado con vainas de maíz retorcidas, en otra época

verdes y ahora secas. Una mazorca de maíz enano estaba atado a ellas con

barbas de maíz entretejidas. La mayoría de los granos habían sido cuidadosamente

extirpados, probablemente de uno en uno, con un cortaplumas. Los

granos restantes formaban una tosca figura cruciforme en un altorrelieve

amarillento. Ojos de granos de maíz, con sendos cortes transversales que

sugerían las pupilas. Brazos estirados de granos de maíz, las piernas juntas,

terminando en un grosero simulacro de pies desnudos. Arriba, cuatro letras

también talladas en el zuro blanco como un hueso: I.N.R.I.

—Es una fantástica obra de artesanía —comentó él.

—Es abominable —respondió Vicky, con voz apagada y tensa—. Tíralo.

—Vicky, es posible que la Policía quiera verlo.

—¿Por qué?

—Bien, no sé por qué. Quizá...

—Tíralo. ¿Quieres tener la gentileza de hacerme ese favor? No lo soporto en el

coche.


—Lo dejaré atrás. Y apenas hayamos hablado con la Policía, nos libraremos de

él, de una manera u otra. Te lo prometo. ¿De acuerdo?

—¡Oh, haz lo que se te antoje! —le gritó Vicky—. ¡Al fin y al cabo eso es lo que

harás, de todas maneras!

Ofuscado, él arrojó el crucifijo al asiento trasero, donde aterrizó sobre una pila

de ropa. Los ojos de granos de maíz miraban extáticamente la luz del techo del

«Thun-derbird» Él volvió a arrancar, y los neumáticos despidieron una andanada

de grava.

—Entregaremos a la Policía el cadáver y todo lo que había en la maleta —

prometió Burt—. Después nos desentenderemos de este asunto.

Vicky no contestó. Se miraba las manos.

Un kilómetro y medio más adelante, a los interminables maizales los

sustituyeron una serie de granjas y cobertizos junto a la carretera. En un solar

vieron unas gallinas sucias que picoteaban distraídamente la tierra. Sobre los

techos de los graneros se veían desteñidos anuncios de gaseosas y de tabaco

para mascar. Pasaron frente a un alto cartel que decía: SÓLO JESÚS SALVA.

También pasaron frente a una cafetería con unos surtidores de gasolina

«Conoco», pero Burt resolvió entrar en el centro de la ciudad, si la había. En caso

contrario, podrían volver a la cafetería. Sólo después de dejarla atrás se le ocurrió

pensar que el aparcamiento estaba vacío, exceptuando una vieja camioneta

mugrienta que parecía descansar sobre dos neumáticos pinchados.

De pronto Vicky se echó a reír, con una risa aguda y sofocada que a Burt le

pareció peligrosamente próxima a la histeria.

—¿Qué es lo que te parece tan gracioso?

—Los carteles —respondió ella, resollando e hipando—. ¿No los has leído?

Verdaderamente, no bromeaban cuando designaron a esta zona con el nombre de

Cintu-rón Bíblico. Cielos, ahí hay más. —Tuvo un nuevo estallido de risa histérica,

y se cubrió la boca con ambas manos.

Cada cartel ostentaba una sola palabra. Descansaban sobre estacas

blanqueadas que habían sido implantadas en la banquina arenosa. De eso hacía

mucho tiempo, a juzgar por su aspecto. Se acercaban a trechos de veinte o treinta

metros y Burt leyó:

UNA... NUBE... DÉ... DÍA... UNA... COLUMNA... DE... FUEGO... POR... LA...

NOCHE.


—Sólo se olvidaron un detalle —dijo Vicky, sin poder contener su risita.

—¿Cuál? —preguntó Burt, frunciendo el ceño.

—La loción Burma. —Vicky apretó los nudillos contra la boca abierta para

ahogar la risa, pero los sonidos semihistéricos siguieron fluyendo como burbujas

de gin-ger-ale efervescente.

—¿Te sientes bien, Vicky?

—Se me pasará. Apenas estemos a mil quinientos kilómetros de aquí, en la

soleada y pecaminosa California, separados de Nebraska por las Montañas

Rocosas.

Apareció otra serie de carteles y los leyeron en silencio.

TOMA... ESTO... Y... CÓMELO... DICE... EL... SEÑOR.

«¿Por qué he de asociar inmediatamente ese pronombre indefinido con el

maíz?», pensó Burt. ¿No es lo que dicen cuando te dan la comunión? Hacía tanto

tiempo que no iba a la iglesia que en verdad no lo recordaba. No le sorprendería

que en ese lugar usaran pan de maíz a manera de hostias consagradas. Abrió la

boca para comentarlo con Vicky, pero después lo pensó mejor.

Llegaron a la cresta de una ligera pendiente y Gatlin apareció a sus pies, con

sus tres manzanas de casas, semejante al decorado de una película sobre la

época de la depresión.

—Debe de haber un gendarme —dijo Burt, y se preguntó por qué la aparición de

ese pueblo campesino que dormitaba al sol le había obturado la garganta con un

mazacote de miedo.

Dejaron atrás un cartel que advertía la prohibición de transitar a más de

cuarenta y cinco kilómetros por hora, y otro letrero, carcomido por la herrumbe,

que decía:

ESTÁ ENTRANDO EN GATLIN; EL PUEBLO MAS BELLO DE NEBRASKA... ¡Y

DEL MUNDO! POBLACIÓN:

5.431 HABITANTES.

A ambos lados de la carretera se levantaban unos olmos polvorientos, secos en

su mayor parte. Pasaron frente al aserradero Gatlin y frente a una gasolinera

donde los carteles de los precios se mecían lentamente a merced de la tibia brisa

del mediodía: NORMAL 35,9 SUPER 38,9 y otro que decía: GASÓLEO PARA

CAMIONES AL FONDO.

Cruzaron Elm Street, y después Birch Street, y divisaron la plaza del pueblo. Las

casas que flanqueaban las calles eran de madera común, y tenían galenas

protegidas por mamparas. Angulosas y funcionales. El césped era amarillo y

apático. Delante de ellos un perro mestizo se adelantó lentamente hasta la mitad

de Maple Street, los miró un momento, y después se tumbó sobre la calzada con

el hocico entre las patas.

—Detente —ordenó Vicky—. Detente aquí mismo. Burt aparcó obedientemente

junto a la acera.

—Da la vuelta. Vámonos a Grand Island. No está muy lejos, ¿verdad?

Salgamos de aquí.

—¿Qué sucede, Vicky?

—¿Cómo me lo preguntas? —exclamó ella, elevando la voz atiplada—. Este

pueblo está vacío, Burt. Aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿No te das cuenta?

Él había intuido algo, y seguía intuyéndolo. Pero...

—Eso es sólo lo que parece —respondió—. Claro que es una ciudad con una

sola boca de riego. Probablemente están todos en una fiesta de beneficencia o

jugando al bingo.

—Aquí no hay nadie. —Repitió las palabras con un énfasis extraño, tenso—.

¿No te has fijado en la gasolinera que dejamos atrás?

—Sí, junto al aserradero.

Burt tenía la cabeza en otra parte, mientras escuchaba el monótono bordoneo

de una cigarra que chirriaba en uno de los olmos próximos. Olía el maíz, las rosas

polvorientas, y el abono..., por supuesto. Por primera vez estaban fuera de la

autopista y en un pueblo. Un pueblo de un Estado que nunca había visitado

(aunque lo había sobrevolado de cuando en cuando en los «747» de «United

Airlines») y que le producía una sensación desagradable y cautivante a un tiempo.

Más adelante encontrarían un drugstore con una fuente de gaseosas, un cine

llamado «Bijou» y una escuela llamada John Fitzgeraid Kennedy.

—Burt, los carteles indicaban que la gasolina normal costaba 35,9 céntimos y la

super 38,9. ¿Cuánto tiempo hace que no se pagan esos precios en este país?

—Por lo menos cuatro años —confesó él—. Pero, Vicky...

—¡Estamos en el centro del pueblo, Burt, y no hay ni un coche! ¡Ni un coche!

—Grand Island está a más de cien kilómetros de aquí. Llamaríamos la atención

si lo lleváramos allí.

—No me importa.

—Escucha, iremos hasta el edificio de los tribunales

—¡No!


Eso es, maldita sea, eso es. Ahí está, bien sintetizada, la razón por la cual

nuestro matrimonio se va al diablo. No quiero. No señor. Y además, si no me dejas

hacer lo que se me antoja aguantaré la respiración hasta ponerme morada.

—Vicky —dijo él.

—Quiero irme de aquí, Burt.

—Escúchame, Vicky.

—Da la vuelta. Vamonos.

—Vicky, ¿quieres callarte un momento?

—Me callaré cuando enderecemos en la dirección contraria. Vamonos.

—¡Llevamos un muchacho muerto en el maletero del coche! —vociferó él, y se

regocijó al ver cómo respingaba, cómo sus facciones se descomponían. Continuó

con voz más baja—: Lo degollaron y lo arrojaron a la carretera y yo lo arrollé.

Ahora iré hasta el edificio de los tribunales o lo que tengan aquí, y comunicaré lo

que ha sucedido. Si quieres empezar a caminar hacia la autopista, hazlo. Te

recogeré en el trayecto. Pero no me pidas que dé la vuelta y enderece hacia

Grand Island, que está a más de cien kilómetros de aquí, como si sólo

transportáramos un saco de basura y no un cadáver. Ese niño tiene madre, y

denunciaré lo ocurrido antes de que quien lo mató se haya ocultado en las

montañas.

—Hijo de puta —murmuró ella, llorando—. ¿Qué hago aquí contigo?

—No lo sé —dijo él—. Ya no lo sé. Pero la situación tiene remedio, Vicky.

Burt arrancó y se alejó de la acera. El perro levantó la cabeza al oír el breve

chirrido de los neumáticos y después volvió a apoyarla sobre las patas.

Recorrieron la manzana que los separaba de la plaza. En la esquina de Main y

Pleasent, la primera se bifurcaba. Había realmente una plaza urbana, una parcela

de césped con un pabellón de música en el centro. En el otro extremo, donde Main

Street constituía de nuevo una sola calle, se levantaban dos edificios de aspecto

oficial. Burt alcanzó a distinguir el letrero de uno de ellos: AYUNTAMIENTO DE

GATLIN.

—Ahí es —exclamó. Vicky no contestó. Al llegar al medio de la plaza, Burt



volvió a detener el coche. Estaban frente al «Gatlin Bar and Grill».

—¿A dónde vas? —le preguntó Vicky, alarmada, cuando él abrió la portezuela

de su lado.

—A preguntar dónde está la gente. En el escaparate hay un cartel que dice

«Abierto».

—No quiero quedarme sola.

—Pues entonces ven conmigo. ¿Quién te lo impide? Vicky también abrió su

portezuela y se apeó mientras Burt pasaba frente al coche. Él vio que estaba muy

pálida y experimentó un fugaz sentimiento de compasión. De compasión,

irremediable.

—¿Lo oyes? —inquirió Vicky, al reunirse con él.

—¿Si oigo qué?

—El silencio. Ni coches, ni gente, ni tractores. Nada. Y entonces, una manzana

más adelante, estallaron unas fuertes y alegres risas infantiles.

—Oigo a los niños —manifestó él—. ¿Tú no?

Ella lo miró, inquieta.

Burt abrió la puerta del restaurante y se introdujo en un calor seco, antiséptico.

El piso estaba cubierto de polvo. Las superficies cromadas estaban empañadas.

Las paletas de los ventiladores del techo estaban inmóviles. Mesas vacías.

Taburetes vacíos. Pero el espejo de detrás de la barra había sido trizado y había

algo más... Todos los grifos de la cerveza habían sido rotos. Descansaban sobre

la barra como extravagantes ornamentos.

La voz de Vicky sonó burlona y próxima a quebrarse.

—Claro. Pregúntaselo a cualquiera. Disculpe, señor, ¿puede decirme...?

—Oh, cállate. —Pero habló en un tono opaco y débil. Estaban en medio de un

rayo de sol polvoriento que entraba por el gran ventanal del restaurante y él volvió

a experimentar la sensación de que los vigilaban y pensó en el chico que llevaban

en el maletero y en las estridentes risas infantiles. Inexplicablemente se le ocurrió

una frase, una frase de connotación legal, y empezó a repetirla místicamente para

sus adentros: Algo nunca visto. Algo nunca visto. Algo nunca visto.

Sus ojos recorrieron las tarjetas clavadas con chin-chetas detrás de la barra y

amarilleadas por el paso del tiempo: HAMBURGUESA CON QUESO 35 céntimos

— PASTEL DE FRESA Y RUIBARBO 25 céntimos — HOY ESPECIAL JAMÓN Y

SALSA RED EYE CON PURÉ DE PATATAS 80 céntimos.

¿Cuánto tiempo hacía que no veía tales precios?

Vicky encontró la respuesta.

—Mira esto —exclamó con voz chillona. Señalaba un almanaque colgado de la

pared—. Supongo que están en la fiesta de beneficencia desde hace doce años.

—Lanzó una risita crepitante.

Burt se acercó. La ilustración mostraba a dos niños que nadaban en un

estanque mientras un simpático perrito se llevaba sus ropas. Debajo de la

ilustración se leía:

GENTILEZA DE CARPINTERÍA Y FERRETERÍA GATLIN. Usted lo rompe,

nosotros lo reparamos. El mes a la vista era el de agosto de 1964.

—No entiendo. —balbuceó Burt—, pero estoy seguro...

—¡Estás seguro! —aulló Vicky histéricamente—. ¡Seguro que estás seguro! Eso

forma parte de tu problema, Burt. ¡Has pasado toda tu vida estando seguro'.

Él se volvió hacia la puerta y Vicky lo siguió.

—¿A dónde piensas ir?

—Al Ayuntamiento.

—¿Burt, por qué tienes que ser tan terco? Sabes que aquí pasa algo malo. ¿No

puedes admitirlo, sencillamente?

—No soy terco. Sólo quiero librarme de lo que llevo en el maletero.

Pisaron la acera y Burt volvió a sentirse azotado por el silencio del pueblo y por

el olor del abono. Quién sabe por qué, nunca pensabas en ese olor cuando

untabas el maíz con mantequilla y le echabas sal y le hincabas el diente. Obsequio

del sol, de la lluvia, de toda clase de fosfatos de factura humana y de una buena y

saludable dosis de estiércol de vaca. Pero ese olor era curiosamente distinto del

que él se había acostumbrado a respirar en la zona rural de Nueva York. Podías

despotricar cuanto quisieras contra el abono orgánico, pero tenía una cualidad

casi fragrante cuando el labriego lo esparcía por los campos. No era uno de los

más deliciosos perfumes, claro que no, pero cuando la brisa primaveral de la tarde

lo recogía y lo diseminaba sobre la tierra recientemente roturada, se convertía en

un olor con asociaciones agradables. Significaba que el invierno había terminado

de una vez por todas. Significaba que las puertas de la escuela se cerrarían al

cabo de seis semanas y que los crios se zambullirían en el verano. Era un olor que

estaba irrevocablemente unido en su sensibilidad a otros aromas que sí eran

perfumados: el de la hierba forrajera, el del trébol, el del humus fresco, el de la

malva, el del cornejo.

«Pero allí debían de emplear otro sistema», pensó. El olor era parecido, pero no

el mismo. Tenía un substrato morbosamente dulzón. Casi cadavérico. Él había

sido enfermero en Vietnam y estaba muy familiarizado con ese olor.

Vicky estaba callada en el coche, y miraba con una expresión fascinada, que a

Burt no le gustó, el crucifijo de maíz que sostenía sobre el regazo.

—Deja eso —ordenó.

—No —contestó ella, sin levantar la vista—. Tú jugarás tus juegos y yo jugaré

los míos.

Arrancó y siguió hasta la esquina. Un semáforo apagado colgaba sobre sus

cabezas, mecido por la suave brisa. A la izquierda había una pulcra iglesia blanca.

El césped estaba recortado. Junto al camino de losas que conducía hasta la

puerta crecían flores bien cuidadas. Burt aparcó.

—¿Qué haces?

—Entraré y echaré una mirada —anunció Burt—. Es el único edificio del pueblo

donde no parece haberse acumulado el polvo de los últimos diez años. Y mira la

vitrina de los sermones.

Vicky miró. Las letras blancas, cuidadosamente insertadas debajo del cristal,

anunciaban: EL PODER Y LA GRACIA DEL QUE MARCHA DETRÁS DE LAS

HILERAS. La fecha era la del 24 de julio de 1976. Una semana atrás.

—«El que marcha detrás de las hileras» —dijo Burt, apagando el motor—. Uno

de los nueve mil nombre de Dios que sólo se emplea en Nebraska, supongo.

¿Vienes?

Ella no sonrió.

—No entraré contigo.

—Excelente. Haz lo que quieras.

—No he pisado una iglesia desde que me fui de casa y no quiero estar en esta

iglesia y no quiero estar en esta ciudad, Burt. Me siento aterrorizada. ¿Es que no

podemos irnos, sencillamente?

—Sólo tardaré un minuto.

—Tengo mis llaves, Burt. Si no has vuelto dentro de cinco minutos, me iré y te

dejaré aquí.

—¡Eh, un momento!

—Eso es lo que esperaré. Un momento. A menos que estés dispuesto a

atacarme como un vulgar asaltante para quitarme las llaves. Supongo que podrías

hacerlo.


—Pero no crees que lo haga.

—No.


El bolso de ella descansaba sobre el asiento, entre los dos. El lo cogió. Vicky

gritó y manoteó la correa. Burt lo puso fuera de su alcance. Sin molestarse en

hurgar, se limitó a dar vuelta al bolso y a volcar todo su contenido. El llavero

refulgió en medio de los Kleenex, los cosméticos, las monedas y las viejas listas

de compras. Vicky se arrojó sobre las llaves pero él se le adelantó nuevamente y

se las metió en el bolsillo.

—No debiste hacer eso —sollozó Vicky—. Devuélvemelas.

—No —contestó Burt, y le sonrió cruel e inexpresivamente—. Ni en sueños.

—¡Por favor, Burt! ¡Tengo miedo! —Ella tendió la mano, suplicante.

—Esperarías dos minutos y resolverías que ya habías esperado lo suficiente.

—No podría...

—Y después te irías riéndote y diciendo para tus adentros: «Así Burt aprenderá

a no contrariarme cuando deseo algo.» ¿No ha sido ése tu lema durante nuestra

vida de casados? Así Burt aprenderá a no contrariarme.

Se apeó del coche.

—¡Por favor, Burt! —gritó ella, deslizándose por el asiento—. Escucha... lo sé...

saldremos de la ciudad y telefonearemos desde una cabina pública, ¿te parece

bien? Tengo montones de monedas. Sólo que... podemos... ¡no me dejes sola,

Burt, no me dejes sola aquí!

Él le cortó el grito con un portazo y se recostó un momento contra la carrocería

del «T-Bird», apretándose los ojos cerrados con los pulgares. Ella apretaba la

ventanilla del lado del conductor y gritaba el nombre de él. Produciría una

excelente impresión cuando finalmente encontrara una autoridad para entregarle

el cadáver del chico. Oh, sí.

Se volvió y empezó a caminar por el camino de losas que conducía a la puerta

de la iglesia. Dos o tres minutos, sólo una mirada en torno, y volvería a salir.

Probablemente ni siquiera encontraría la puerta abierta.

Pero cuando la empujó, cedió silenciosamente sobre los goznes bien aceitados

(«reverentemente aceitados», pensó, y esto le pareció gracioso sin ningún motivo

concreto) y entró en un vestíbulo tan fresco que casi resultaba glacial. Sus ojos

tardaron un momento en acostumbrarse a la penumbra.

Lo primero que vio fue un montón de letras de madera acumuladas en el rincón

más alejado, cubiertas de polvo y revueltas al azar. Se acercó a ellas, impulsado

por la curiosidad. Parecían tan viejas y olvidadas como el almanaque del

restaurante, a diferencia del resto del vestíbulo, que estaba barrido y ordenado.

Las letras medían un poco más de medio metro de altura y obviamente formaban

parte de una secuencia. Las desparramó sobre la alfombra —eran veintitrés— y

las cambió de lugar como si estuviera armando un anagrama. AUTA GILES

AIDE... No. TÍA RATA LESBIA... Esto tampoco tenía ningún sentido. Luego

construyó rápidamente la palabra IGLESIA. Eso era absurdo. Estaba acuclillado

jugando como un idiota con un montón de letras mientras Vicky enloquecía en el

coche. Empezó a levantarse, y entonces lo vio claramente. Compuso la palabra

BAUTISTA y alterando el orden de las letras restantes resultó DE GRACIA.

IGLESIA BAUTISTA DE GRACIA. Esas letras debían de haber estado en la

fachada. Las habían quitado y las habían arrojado indiferentemente en el rincón, y

entretanto habían pintado la iglesia de modo que ya no se veían sus marcas.

¿Por qué?

Porque ésa ya no era la Iglesia Bautista de Gracia. ¿Y entonces qué clase de

iglesia era? Por algún motivo esta pregunta le produjo un cosquilleo de miedo y se

levantó rápidamente, limpiándose el polvo de los dedos. ¿Qué importaba que

hubieran desmontado un montón de letras? Quizás ésa se había convertido en la

Iglesia Flip Wilson de lo Que Está Ocurriendo Ahora.

¿Pero qué había ocurrido antes?

Apartó impacientemente la idea y atravesó las puertas interiores. Ahora estaba




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