El umbral de la



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en el fondo de la iglesia propiamente dicha, y cuando miró hacia la nave sintió que

el terror se ceñía sobre su corazón y lo estrujaba fuertemente. Aspiró profunda y

ruidosamente, en medio del silencio que impregnaba el recinto.

El espacio situado detrás del pulpito estaba dominado por un gigantesco retrato

de Cristo, y Burt pensó: «Si el resto de la ciudad no hubiera impresionado a Vicky,

esto le habría puesto sin duda los pelos de punta.»

Era un Cristo sonriente, vulpino. Sus ojos desorbitados, de mirada fija, le

recordaron desagradablemente a los de Lon Chaney en El fantasma de la Opera.

Dentro de cada una de las grandes pupilas negras alguien (presumiblemente un

pecador) se ahogaba en un lago de fuego. Pero lo más extraño era que ese Cristo

tenía una cabellera verde..., que según revelaba un estudio más minucioso estaba

confeccionada con una masa enroscada de maíz estival. El retrato era tosco pero

impresionante. Parecía un comic mural dibujado por un niño talentoso..., un Cristo

del Antiguo Testamento o un Cristo pagano capaz de masacrar a sus ovejas a

manera de sacrificio en lugar de guiarlas.

Al pie de la hilera de bancos de la izquierda había un órgano, y al principio Burt

no entendió qué era lo que hacía aparecer extraño al instrumento. Caminó por la

nave de la izquierda y vio con creciente espanto que las teclas habían sido

arrancadas, que los registros habían sido extirpados... Y que los tubos habían sido

obturados con mazorcas de maíz. Sobre el órgano había un letrero cuidadosamente

escrito que decía: NO HABRÁ MÁS MÚSICA QUE LA DE LA

LENGUA HUMANA ORDENA EL SEÑOR.

Vicky tenía razón. Allí pasaba algo espantoso. Contempló la posibilidad de

suspender la exploración y de volver junto a Vicky, montar en el coche y

abandonar la ciudad inmediatamente, sin hacer caso del Ayuntamiento. Pero la

idea lo irritó. «Sé sincero —pensó—. Quieres poner a prueba su Prohibición

número 5.000 antes de volver y confesarle que ella estaba en lo cierto desde el

principio.»

Se iría más o menos dentro de un minuto.

Se encaminó hacia el púlpito, pensando: Constantemente debe pasar gente por

Gatlin. En los pueblos vecinos debe haber personas que tienen amigos y parientes

aquí. La Policía del Estado de Nebraska debe patrullar de vez en cuando. ¿Y la

compañía de electricidad? El semáforo estaba apagado. Si la corriente estaba

cortada desde hacía doce largos años, seguramente lo sabían. Corolario:

Lo que parecía haber sucedido en Gatlin era imposible.

Pese a todo, sentía escalofríos.

Subió los cuatro escalones alfombrados que conducían al pulpito y miró los

bancos vacíos, que brillaban en la penumbra. Le pareció sentir el peso de esos

ojos macabros y resueltamente paganos que le perforaban la espalda.

Sobre el atril descansaba una gran Biblia, abierta en el capítulo 38 de Job. Burt

bajó la vista y leyó: «Entonces respondió el Señor a Job desde un torbellino, y dijo:

¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría...? ¿Dónde

estabas tú cuando yo fundaba la tierra?» El Señor. El Que Marcha Detrás De Las

Hileras. Házmelo saber si tienes inteligencia. Y por favor pásame el maíz.

Volvió las páginas de la Biblia y éstas produjeron un seco susurro en medio del

silencio: el ruido que probablemente harían los fantasmas si existieran de verdad.

Y en semejante lugar casi podías creer en ellos. Algunos fragmentos de la Biblia

habían sido cercenados. Sobre todo del Nuevo Testamento. Alguien había

resuelto enmendarle la plana al buen rey Jacobo con un par de tijeras.

Pero el Antiguo Testamento estaba intacto.

Se disponía a abandonar el pulpito cuando vio otro libro sobre un estante más

bajo y lo cogió, pensando que podía ser un registro de bodas y confirmaciones y

entierros.

Hizo una mueca al leer palabras estampadas en la cubierta, torpemente

recamadas con láminas de oro:

ARRASAD A LOS INICUOS PARA QUE LA TIERRA VUELVA A SER FÉRTIL

DICE EL SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS.

Allí parecía imperar una idea obsesiva, y a Burt no le gustaban mucho sus

connotaciones.

Abrió el libro en la primera página ancha, rayada. En seguida se dio cuenta de

que eso había sido escrito por un niño. En algunos lugares había usado

escrupulosamente una goma de borrar, y si bien no había errores de ortografía,

las letras eran grandes y habían sido trazadas por una mano infantil que las había

dibujado en lugar de escribirlas. La primera columna decía:

Amos Deigan (Richard), n. 4 - 9 - 1945 4 - 9 -1964

Isaac Renfrew (William), n. 19 - 9 - 1945 19 - 9 - 1964

Zepeniah Kirk (George), n. 14 - 10 -1945 14 - 10 - 1964

Mary Wells (Roberta), n. 12 -11- 1945 12 - 11- 1945

Yemen Hollis (Edward), n. 5 -1-1946 5 - 1 - 1965

Burt frunció el ceño y siguió volviendo las páginas. Cuando faltaba una cuarta

parte de las hojas para completar el libro, las dobles columnas se interrumpían

bruscamente:

Rachel Stigman (Donna), n. 21-6-1957 21-6-1976

Moses Richardson (Henry), n. 29-7-1957

Malachi Boardman (Craig), n. 15-8-1957

El último asiento del libro correspondía a Ruth Claw-son (Sandra), n. 30-4-1961.

Burt inspeccionó el estante donde había encontrado ese libro y descubrió otros

dos. El primero tenía la misma leyenda de ARRASAD A LOS INICUOS y

continuaba la misma lista, registrando fechas de nacimiento y nombres en la única

columna. A comienzos de setiembre de 1964 encontró a Job Gilman (Clayton), n.

el 6 de setiembre, y el siguiente asiento correspondía a Eve Tobin, n. el 16 de

junio de 1965. Sin un segundo nombre entre paréntesis.

El tercer libro estaba en blanco.

Detrás del pulpito, Burt reflexionó.

Algo había sucedido en 1964. Algo asociado con la religión, el maíz... y los

niños.


Dios amado te suplicamos que bendigas el maíz. En nombre de Jesús, amén.

Y el cuchillo en alto para inmolar el cordero... ¿pero había sido un cordero?

Quizá se había apoderado de ellos una manía religiosa. Solos, aislados del mundo

exterior por centenares de kilómetros cuadrados de secretos maizales

susurrantes. Solos bajo treinta y cinco millones de hectáreas de cielo azul. Solos

bajo el ojo vigilante de Dios, que ahora era un extraño Dios verde, un Dios de

maíz, envejecido, extravagante y hambriento. El Que Marcha Detrás De Las

Hileras.


Burt sintió que le recorría un escalofrío.

Vicky, deja que te cuente una historia. Es la historia de Amos Deigan, que nació

el 4 de setiembre de 1945 y se llamaba Richard Deigan. En 1964 optó por el

nombre de Amos, un bello nombre del Antiguo Testamento, Amos, uno de los

profetas menores. Bien, Vicky, lo que sucedió —no te rías— es que Dick Deigan y

sus amigos —Bill Renfrew, George Kirk, Robería Wells y Eddie Hollis, entre

otros— se hicieron religiosos y mataron a sus padres. A todos. ¿No te parece

alucinante? Los acribillaron en la cama, los apuñalaron en la bañera, les

envenenaron la comida, los ahorcaron o tal vez los destriparon.

¿Por qué? Por el maíz. Quizá se estaba secando. Quizá se les ocurrió la idea

de que se secaba porque la gente pecaba demasiado. Porque no había suficientes

sacrificios. Y los hubo. En el maizal, en las hileras.

Y de alguna manera, de esto estoy seguro, Vicky, de alguna manera decidieron

que nadie debía vivir más de diecinueve años. Richard «Amos» Deigan, el

protagonista de nuestra historia, cumplió diecinueve años el 4 de setiembre de

1964..., la fecha que figura en el libro. Pienso que tal vez lo mataron. Lo

sacrificaron en el maizal. ¿No te parece una historia tonta?

Pero ahora veamos qué le sucedió a Rachel Stigman, que hasta 1964 se llamó

Donna Stigman. Cumplió diecinueve años el 21 de junio, hace más o menos un

mes. Mo-ses Richardson nació el 29 de julio... y dentro de sólo tres días cumplirá

diecinueve años. ¿Sospechas lo que le ocurrirá el 29 al viejo Mose?

Yo lo imagino.

Burt se humedeció los labios. Los sentía muy secos.

Hay algo más, Vicky. Observa esto. Tenemos a Job Gilman (Clayton) que nació

el 6 de setiembre de 1964. No hubo más nacimientos hasta el 16 de junio de 1965.

Un vacío de diez meses. ¿Sabes lo que pienso? Mataron a todos los padres,

incluyendo las madres embarazadas. Eso es lo que pienso. Y una de ellas quedó

embarazada en octubre de 1964 y alumbró a Eve. Una muchacha de dieciséis o

diecisiete años. Eve. La primera mujer.

Hojeó febrilmente el libro en sentido inverson y encontró el asiento de Eve

Tobin. Debajo: «Adam Green-law, n. 11 de julio de 1965.»

«Ahora sólo debían tener once años», pensó, y se le empezó a poner la carne

de gallina. Y quizás están ahí fuera. En alguna parte.

¿Pero cómo podían haber ocultado eso? ¿Cómo era posible que continuara?

¿Cómo, a menos que el Dios implicado lo aprobara?

—Jesús —murmuró Burt en medio del silencio, y fue entonces cuando el claxon

del «T-Bird» empezó a sonar en la tarde, con un largo toque continuo.

Burt saltó del pulpito y corrió por la nave central. Abrió la puerta exterior del

vestíbulo, dejando que el sol caluroso, cegador, entrara a raudales. Vicky estaba

erguida detrás del volante, con ambas manos apoyadas sobre el aro del claxon,

sacudiendo frenéticamente la cabeza. Los niños se acercaban desde todas las

direcciones. Algunos reían alegremente. Blandían cuchillos, hachas, tubos de

hierro, piedras, martillos. Una niña, de unos ocho años, con una larga y hermosa

cabellera rubia, empuñaba una manivela. Instrumentos rurales. Ni una sola arma

de fuego. Burt sintió un incontenible deseo de gritar: ¿Cuáles de vosotros sois

Adam y Eve? ¿Cuáles son las madres? ¿Cuáles las hijas? ¿Los padres? ¿Los

hijos?

Házmelo saber, si tienes inteligencia.



Salían de las calles laterales, de los jardines del pueblo, por el portón del cerco

de cadenas que rodeaba el campo de juegos de la escuela, situado una manzana

más al Este. Algunos de ellos miraron con aire indiferente a Burt, que estaba

petrificado en la escalera de la iglesia, y otros intercambiaron codazos y señalaron

y sonrieron..., las dulces sonrisas de los niños.

Las niñas usaban largos vestidos de lana marrón y cofias desteñidas. Los niños

vestían trajes totalmente negros, como los párrocos cuáqueros, y sombreros de

copa redonda y ala lisa. Avanzaban hacia el coche por la plaza, por los canteros, y

unos pocos atravesaron el césped de lo que había sido la Iglesia Bautista de

Gracia hasta 1964. Uno o dos pasaron tan cerca que podría haberlos tocado.

—¡La escopeta! —vociferó Burt—. ¡Vicky, coge la escopeta!

Pero desde la escalinata vio que ella estaba paralizada por el pánico. Incluso

dudaba que lo oyera a través de las ventanillas cerradas.

Convergieron sobre el «Thunderbird». Las hachas y hachuelas empezaron a

subir y bajar rítmicamente. «¿Dios mío, es que veo realmente esto?», pensó,

alelado. Una flecha de cromo se desprendió de la carrocería del coche. El

ornamento del capó salió volando. Los cuchillos dibujaron espirales a través de las

bandas laterales de los neumáticos y el coche se sentó sobre el pavimento. El

claxon seguía sonando y sonando. El parabrisas y las ventanillas laterales

quedaron hechos trizas por efecto de la embestida... y entonces el cristal de

seguridad cayó pulverizado hacia dentro y pudo ver nuevamente. Vicky estaba

acurrucada, con una sola mano sobre el aro del claxon, y la otra levantada para

protegerse la cara. Unas ansiosas manos infantiles tantearon en el interior, buscando

el dispositivo de seguridad de la portezuela. Ella las golpeó

vehementemente. El toque de bocina se hizo intermitente y después enmudeció

por completo.

La portezuela maltratada y abollada del lado del conductor se abrió

bruscamente. Intentaban sacarla a rastras pero ella estaba aferrada al volante.

Entonces uno de los niños se inclinó, empuñando un cuchillo, y...

Su parálisis se disipó y se precipitó escaleras abajo, a punto de caerse, y corrió

hacia ellos por el camino de losas. Un muchacho de unos dieciséis años, cuyos

largos cabellos rojos caían en cascada de debajo del sombrero, se volvió hacia él,

casi displicentemente, y algo cruzó por el aire. El brazo izquierdo de Burt se

convulsionó hacia atrás y por un momento se le ocurrió la absurda idea de que lo

habían golpeado a larga distancia. Después sintió el dolor, tan agudo y súbito que

el mundo se tornó gris.

Examinó su brazo con un asombro estúpido. Un cortaplumas «Pensy» de un

dólar y medio asomaba de él como un raro tumor. La manga de su camisa

deportiva «J. C. Penney» se estaba finiendo de rojo. Miró el cortaplumas durante

lo que pareció una eternidad, tratando de entender cómo podía estar allí..., ¿era

posible?

Cuando levantó la vista, el muchacho pelirrojo estaba casi encima de él. Tenía

una expresión sonriente, confiada.

—¡Cerdo! —le espetó Burt, con voz quebrada, atónita.

—Encomienda tu alma a Dios, porque en seguida comparecerás ante Su trono

—dijo el pelirrojo, y estiró las garras hacia los ojos de Burt.

Burt retrocedió, arrancó el cortaplumas «Pensy» de su brazo, y lo clavó en el

cuello del pelirrojo. La sangre saltó inmediatamente, a borbotones. Salpicó a Burt.

El pelirrojo empezó a gorgotear y a caminar en círculo. Manoteó el cortaplumas,

tratando de desprenderlo, pero no lo logró. Burt lo observaba, con la mandíbula

desencajada. Nada de eso sucedía realmente. Era un sueño. El muchacho

pelirrojo gorgoteaba y caminaba.

Ahora ese ruido era el único que se oía en la tarde calurosa. Los otros lo

miraban pasmados.

«Esta parte no figuraba en el guión —pensó Burt, aturdido—. Vicky y yo sí

figurábamos. Y el niño del maizal, que trataba de huir. Pero no uno de ellos.» Los

miró ferozmente, con ganas de gritar: ¿Os gusta?

El muchacho pelirrojo lanzó un último y débil graznido y se desplomó sobre las

rodillas. Miró un momento a Burt y después apartó las manos del mango del cortaplumas

y se tumbó hacia delante.

Los niños congregados en torno del «Thunderbird» dejaron escapar un suspiro.

Miraron a Burt. Éste les devolvió la mirada, fascinado... y fue entonces cuando se

dio cuenta de que Vicky había desaparecido.

—¿Dónde está? —preguntó—. ¿A dónde la habéis llevado?

Uno de los muchachos alzó hasta su propio cuello un cuchillo de caza salpicado

de sangre e hizo un rápido movimiento transversal. Sonrió. Esa fue la única respuesta.

—A él —ordenó la voz de una chica mayor, desde atrás.

Los niños empezaron a avanzar. Burt retrocedió. Ellos avanzaron más de prisa.

Burt retrocedió más de prisa. La escopeta, ¡la condenada escopeta! Fuera del

alcance de sus manos. El sol recortó oscuramente sus sombras sobre el césped

verde de la iglesia... y entonces él bajó a la acera. Se volvió y corrió.

—¡Matadlo! —rugió alguien, y emprendieron la persecución.

Corrió, pero no al azar. Rodeó el Ayuntamiento —allí no encontraría ayuda, y lo

acorralarían como una rala— y enderezó por Main Street, que dos manzanas más

adelante se ensanchaba y se convertía nuevamente en la carretera. Si hubiera

hecho caso, él y Vicky se hallarían ahora en esa carretera y lejos.

Sus mocasines golpeaban rítmicamente la calzada. Delante de él vio algunos

otros edificios comerciales, incluyendo la heladería «Gatlin» y, por supuesto, el

«Bijou Theater». Las letras polvorientas de la marquesina anunciaban HOY

STRENO OR POC S DÍAS ELI A TH TAY-LOR CLEOPA RA. Después de la

intersección siguiente existía una gasolinera que marcaba el límite del pueblo. Y

más allá el maizal, que se cerraba a ambos lados de la carretera. Una marea

verde de maíz.

Burt corría. Ya le faltaba el aliento y le dolía la herida del brazo. Y dejaba su

rastro de sangre. Sin dejar de correr extrajo el pañuelo del bolsillo trasero y lo

metió bajo la camisa.

Corría. Sus mocasines repiqueteaban sobre el cemento resquebrajado de la

acera y el aliento cada vez más caliente le raspaba la garganta. El brazo

empezaba a palpitarle fuertemente. Un tramo cáustico de su cerebro intentó

preguntarle si pensaba que podía correr hasta la próxima ciudad, si podía resistir

treinta kilómetros de carretera de dos carriles.

Corría. Los oía a sus espaldas, quince años más jóvenes y más veloces que él,

ganando terreno. Sus pisadas restallaban sobre el pavimento. Intercambiaban

alaridos y gritos. Burt pensó amargamente que se divertían más que con una

alarma general de incendio. Hablarían de eso durante años.

Burt corría.

Pasó frente a la gasolinera que marcaba el límite del pueblo. El aire siseaba y

rugía en su pecho. La acera desapareció bajo sus pies. Y ahora sólo le quedaba

un recurso, una sola alternativa para librarse de ellos y escapar con vida. Ya no

había casas ni ciudad. El maíz había vuelto a cerrarse como una plácida onda

verde sobre los bordes de la carretera. Las hojas verdes, afiladas, susurraban

suavemente. Allí el maizal debía de ser profundo, profundo y fresco, umbrío entre

las hileras de tallos altos como hombres.

Pasó frente a un cartel que proclamaba: ESTÁ SALIENDO DE GATLIN, EL

PUEBLO MÁS BELLO DE NEBRASKA... ¡Y DEL MUNDO! ¡VUELVA CUANDO

QUIERA!


«No faltaba más», pensó Burt con la mente embotada.

Pasó frente al cartel como un corredor a punto de llegar a la meta, y después

viró hacia la izquierda, cruzó la carretera y se desprendió de los mocasines. En

seguida estuvo entre el maíz y éste se cerró detrás y encima de él como las olas

de un mar verde, absorbiéndolo. Ocultándolo. Experimentó una inesperada

sensación de alivio, y al mismo tiempo recuperó el aliento. Sus pulmones, que se

habían estado comprimiendo, parecieron dilatarse y aumentar su capacidad

respiratoria.

Puso rumbo hacia el fondo de la primera hilera por la que se había introducido,

con la cabeza gacha, apartando las hojas con los hombros y haciéndolas temblar.

Después de internarse veinte metros viró hacia la derecha, nuevamente en sentido

paralelo a la carretera, y siguió corriendo, encorvado para que no vieran su

cabellera negra asomando entre las mazorcas amarillas.

Por fin se dejó caer sobre las rodillas y apoyó la frente contra el suelo. Sólo oía

su propia respiración jadeante, y el pensamiento que daba vueltas y vueltas por su

cabeza era siempre el mismo: Gracias a Dios que dejé de fumar, gracias a Dios

que dejé de fumar, gracias a Dios...

Entonces los oyó, intercambiando gritos, tropezando a veces entre sí («¡Eh,

ésta es mi hilera!»), y el ruido lo estimuló. Estaban muy lejos, a su izquierda, y

parecían estar muy mal organizados.

Sacó el pañuelo de debajo de la camisa, lo dobló y volvió a introducirlo en el

bolsillo trasero después de examinar la herida. La hemorragia parecía haberse

detenido a pesar de que él la había maltratado mucho.

Descansó un poco más, y se dio cuenta de que se sentía bien, mejor,

tísicamente, que en muchos años..., si se exceptuaban las palpitaciones de su

brazo. Su cuerpo estaba bien ejercitado, y de pronto debía abordar un problema

claro (aunque demencial) después de dos años en los que sólo había tenido que

lidiar con los demonios que succionaban la savia vital de su matrimonio.

«No era correcto que se sintiera así», pensó. Corría peligro de muerte y habían

secuestrado a su esposa. Era posible que ella ya estuviera muerta. Trató de

recordar el rostro de Vicky y de disipar así, en parte, la estrafalaria sensación de

placer que lo embargaba, pero no consiguió evocar sus facciones. En cambio,

acudió a su mente la imagen del muchacho pelirrojo con el cortaplumas clavado

en el cuello.

En ese momento tomó conciencia de la fragancia del maíz que lo rodeaba,

impregnando su olfato. El viento que soplaba entre los penachos de las plantas

sonaba como voces. Voces sedantes. Poco importaba lo que se hubiera hecho

antes en nombre del maíz: ahora éste era su protector.

Pero se acercaban.

Corrió agazapado por la hilera donde se hallaba, cruzó a otra, retrocedió, y

atravesó más hileras. Procuró que las voces quedaran siempre a su izquierda,

pero a medida que avanzaba la tarde esto era cada vez más difícil de lograr. Las

voces se habían debilitado, y a menudo el crujido de los tallos las eclipsaba por

completo.

Corría, escuchaba, volvía a correr. La tierra era dura, y sus pies descalzos, tan

sólo cubiertos por los calcetines, dejaban pocas huellas o ninguna.

Cuando se detuvo mucho más tarde el sol se cernía sobre los campos, a su

derecha, rojo e inflamado, y cuando consultó el reloj vio que eran las siete y

cuarto. El sol había salpicado los penachos del maíz con un dorado rojizo, pero allí

las sombras eran oscuras y espesas. Inclinó la cabeza, y escuchó. Al caer el

crepúsculo el viento había amainado totalmente y los tallos estaban inmóviles,

exhalando el aroma de su maduración en la atmósfera cálida. Si estaban aún en el

maizal se hallaban lejos o agazapados y con el oído alerta. Pero Burt no creía que

una pandilla de chicos, aunque estuvieran locos como ésos, pudieran permanecer

tanto tiempo callados. Sospechaba que habían optado por la conducta más

infantil, sin pensar en las consecuencias que ésta podría tener para ellos:

se habían dado por vencidos y habían regresado a casa.

Se volvió hacia el sol poniente, que se había sumergido entre las nubes

alineadas sobre el horizonte, y echó a andar. Si avanzaba en diagonal entre las

hileras, cuidando que el sol poniente permaneciera siempre delante de él, llegaría

tarde o temprano a la Carretera 17.

El dolor de su brazo se había reducido a una palpitación sorda que era casi

placentera, y aún lo acompañaba la sensación agradable. Resolvió que mientras

estuviera allí podría disfrutar sin remordimientos de esa sensación agradable. Los

remordimientos volverían a aflorar cuando tuviera que enfrentarse con las

autoridades para comunicarles lo que había sucedido en Gatlin. Pero aún faltaba

mucho para eso.

Avanzaba entre el maíz, pensando que nunca se había sentido tan alerta.

Quince minutos más tarde el sol fue sólo un hemisferio que asomaba sobre el

horizonte, y se detuvo otra vez, con su flamante sensibilidad encuadrada en un

esquema que no le gustó. Era vagamente... bien, vagamente alarmante.

Inclinó la cabeza. El maíz susurraba.

Hacía un rato que Burt había tomado conciencia de esto, pero había asociado el

hecho con alguna otra cosa. No corría viento. ¿Cómo era posible que el maíz

susurrara?

Miró cautelosamente en tomo, casi preparado para ver cómo los muchachos

sonrientes vestidos con sus ropas de cuáqueros salían sigilosamente del maizal,




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