El umbral de la



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Preacher’s Corners se produjeron algunas reacciones análogas, por ejemplo en el

almacén donde Cal habló con el propietario, aunque allí el tono fue más

confidencial.

Nada de esto me ha inquietado mucho. Ya sabemos que a los rústicos les

encanta enriquecer sus vidas con los aires del escándalo y el mito, y supongo que

el pobre Stephen y su rama de la familia fueron un blanco adecuado. Como le dije

a cal, un hombre que encontró la muerte al caer prácticamente desde el porche de

su casa es un excelente candidato para inspirar habladurías.

La casa no cesa de despertar mi asombro. ¡Veintitrés habitaciones, Bones! Los

paneles de madera que recubren las plantas superiores y la galería de cuadros

están un poco mohosos pero conservan su grosor. Mientras me hallaba en el

dormitorio de mi difunto primo, arriba, oí las ratas que correteaban detrás de esos

paneles, y deben de ser muy grandes, a juzgar por el ruido que hacen..., casi

como si se tratara de pisadas de seres humanos. No me gustaría toparme con una

de ellas en la oscuridad. Ni, a decir verdad, en plena luz. De todas formas, no he

visto cuevas ni excrementos. Es curioso.

A lo largo de la galería superior se alinean unos feos retratos cuyos marcos

deben de valer una fortuna. Algunos de esos rostros tienen un aire de semejanza

con Stephen, tal como yo lo recuerdo. Creo haber identificado a mi tío Henry

Boone y a su esposa Judith, pero los otros no despiertan en mí ninguna

evocación. Supongo que uno de ellos puede ser el de mi famoso abuelo, Robert.

Pero la rama de la familia de la que forma parte Stephen me resulta prácticamente

desconocida, cosa que lamento de todo corazón. Estos retratos, a pesar de su

escasa calidad, reflejan el mismo buen humor que chispeaba en las cartas que

Stephen nos escribía a Sarah y a mí, la misma irradiación de refinada inteligencia.

¡Qué estúpidas son las razones por las cuales riñen las familias! Un escritorio

desvalijado, unas injurias intercambiadas entre hermanos que han muerto tres

generaciones atrás y se produce un distanciamiento injustificado entre

descendientes inocentes. No puede dejar de alegrarme de que tú y John Petty

consiguierais comunicaros con Stephen cuando todo parecía indicar que yo

seguiría a mi Sarah al otro mundo..., al mismo tiempo que me apena que el azar

nos haya privado de un encuentro personal. ¡Cómo me habría gustado oírle

defender las estatuas y los muebles ancestrales!

Pero no me dejes denigrar exageradamente esta casa. Es cierto que el gusto

de Stephen no coincide con el mío, mas debajo de sus agregados superpuestos

hay auténticas obras maestras (algunas de ellas cubiertas por fundas en las

habitaciones superiores). Hay camas, mesas, y pesadas tallas oscuras en teca y

caoba, y muchos de los dormitorios y antecámaras, el estudio de arriba y una

salita, tienen un austero encanto. Los pisos son de sólido pino y lucen con un

resplandor íntimo y secreto. Aquí encuentro dignidad, dignidad y el peso de los

años. Aún no puedo decir que me gusta, pero sí me inspira respeto. Y estoy

ansioso por ver cómo el lugar se transforma a medida que pasamos por los

cambios de este clima septentrional.

¡Qué prisa, Señor! Escribe pronto, Bones. Háblame de tus progresos y

cuéntame qué noticias tienes de Petty y los demás. Y por favor no cometas el

error de inculcar tus ideas en forma demasiado compulsiva a tus nuevas

amistades sureñas... Entiendo que allí no todos se conforman con responder sólo

con la boca, como lo hace nuestro locuaz amigo, el señor Clhoun.

Afectuosamente,

Charles

16 de octubre de 1850



Querido Richard:

Hola, ¿cómo estás? He pensado muchas veces en ti desde que me instalé

aquí, en Chapelwaite, y no perdía la esperanza de recibir noticias tuyas... ¡pero

ahora Bones me comunica por tu carta que olvidé dejar mis señas en el club!

Puedes estar seguro de que de todas maneras te habría escrito, porque a veces

me parece que mis auténticos y leales amigos son lo único seguro y

absolutamente normal que me queda en el mundo. ¡Y, ay Dios, cómo nos hemos

dispersado! Tú estás en Boston, y escribes consecuentemente en The Liberator

(al que, te advierto, también le he enviado mi dirección). Hanson está en

Inglaterra, en una de sus condenadas correrías, y el pobre viejo Bones está en la

mismísima guarida del león curando sus pulmones.

Aquí todo marcha bien, dentro de los límites de lo previsible, y no dudes que te

suministraré una reseña completa cuando no esté tan apremiado por lo que ocurre

a mi alrededor. En verdad creo que algunos hechos que se han sucedido en

Chapelwaite y en la comarca circundante estimularían tu sensibilidad jurídica.

Pero entretanto debo pedirte un favor, si es que puedes dedicarme un poco de

tiempo. ¿Recuerdas al historiador que me presentaste en la cena que organizó

Clary para recaudar fondos para la causa? Creo que se llama Bigelow. Sea como

fuere, comentó que su hobby consistía en reunir leyendas históricas sobre la

región donde estoy viviendo. El favor que te pido, pues, es el siguiente: ¿Puedes

ponerte en contacto con él y preguntarle qué datos, testimonios folklóricos o

rumores generales ha recogido, si es que ha recogido alguno, acerca de una

pequeña aldea abandonada cuyo nombre es JERUSALEM’S LOT, próxima al

pueblo denominado Preacher’s Corners, sobre el Royal River? Este río es

tributario del Androscoggin, y vierte sus aguas en él aproximadamente dieciocho

kilómetros antes de su desembocadura en las cercanías de Chapelwaite. Me

complacería mucho recibir esta información que, sobre todo, podría tener bastante

importancia.

Al releer esta carta siento que he sido un poco parco contigo, Dick, y lo

lamento sinceramente. Pero puedes estar seguro de que pronto seré más

explícito, y hasta que llegue ese momento os envío mis saludos más cordiales a tu

esposa, a tus dos maravillosos hijos y, por supuesto, a ti.

Afectuosamente,

Charles


16 de octubre de 1850

Querido Bones:

Debo contarte una historia que nos parece un poco extraña (e incluso

inquietante) a Cal y a mí... Veremos qué opinas tú. ¡En el peor de los casos, te

servirá para distraerte mientras lidias con los mosquitos!

Dos días después de que te hube enviado mi última carta, llegó aquí un grupo

de cuatro jovencitas de Corners, supervisadas por una dama madura, de aspecto

intimidatoriamente idóneo: la señora Cloris. Venían a poner la casa en orden y a

eliminar el polvo que me hacía estornudar constantemente. Todas parecían un

poco nerviosas mientras realizaban sus faenas. Incluso, una damisela arisca lanzó

un gritito cuando entré en la salita de arriba mientras ella limpiaba.

Le pedí una explicación a la señora Cloris (que quitaba el polvo del vestíbulo

con una implacable tenacidad que te habría asombrado, con el cabello protegido

por un pañuelo desteñido) y ella se volvió hacia mí con aire resuelto.

—No les gusta la casa, señor, y a mí tampoco, porque siempre ha sido un

lugar siniestro.

Cuando oí tan inesperado aserto se me desencajó la mandíbula, y la mujer

prosiguió con un tono más amable:

—No quiero decir que Stephen Boone no fuese una excelente persona, porque

lo era. Mientras vivió aquí le limpiaba la casa todos los jueves, así como antes

había estado al servicio de su padre, el señor Randolph Boone, hasta que él y su

esposa fallecieron en 1816. El señor Stephen era un hombre bueno y afable, como

parece serlo usted, señor (y le ruego que disculpe mi tono tan directo, pero no sé

hablar de otro modo), mas la casa es siniestra y siempre lo ha sido, y ningún

Boone ha sido dichoso en ella desde que su abuelo Robert y el hermano de éste,

Philip, riñeron en 1789 [al decir esto hizo una pausa casi culpable] por un robo.

¡Qué memoria tiene la gente, Bones!

La señora Cloris continuó:

—La casa fue construida en una atmósfera de desdicha, ha sido habitada en

una atmósfera de desdicha [no sé si sabes o no, Bones, que mi tío Randolph

estuvo implicado en un accidente, en la escalera del sótano, que le costó la vida a

su hija Marcella, y después él se suicidó en un acceso de remordimiento. Stephen

me contó el episodio en una de sus cartas, en la triste circunstancia del

cumpleaños de su difunta hermana], y en ella se han producido desapariciones y

accidente.

He trabajado aquí, señor Boone, y no soy ciega ni sorda. He oído ruidos

espantosos en las paredes, señor, ruidos espantosos: golpes y crujidos y una vez

un extraño aullido que era mitad risa. Aquello me congeló la sangre. Éste es un

lugar sórdido, señor.

Al decir esto calló, quizá tenía miedo de haberse excedido.

En cuanto a mí, no sabía si sentirme ofendido o divertido, curioso o

sencillamente indiferente. Temo que la socarronería se impuso sobre mis otros

sentimientos.

—¿Y qué sospecha, señora Cloris? ¿Que los fantasmas hacen rechinar las

cadenas?

Pero ella se limitó a dirigirme una mirada enigmática.

—Es posible que haya fantasmas. Pero no en las paredes. No son fantasmas

los que aúllan y sollozan como condenados y chocan y tropiezan en la oscuridad.

Son...

—Vamos, señora Cloris –la azucé-. Si ha llegado hasta este punto, ¿por qué



no completa lo que empezó?

En su rostro asomó la expresión más rara de terror, resentimiento y, lo juraría,

respeto religioso.

—Algunos no mueren –susurró-. Algunos viven en las sombras crepusculares,

entre los dos mundos, para servirlo... ¡a Él!

Y eso fue todo. Seguí acosándola con mis preguntas durante unos minutos,

pero ella se empecinó aún más y se resistió a agregar una palabra. Por fin desistí,

temiendo que recogiera sus trastos y abandonara la casa.

Éste fue el fin de un incidente, pero a la noche siguiente se suscitó otro. Calvin

había encendido la chimenea, en la planta baja, y yo estaba sentado en la sala,

aletargado sobre un ejemplar de The Intelligencer y oyendo el ruido que producían

las trombas de lluvia al azotar el amplio ventanal. Me sentía tan a gusto como sólo

puedes sentirte en una noche como ésa, cuando fuera reina la inclemencia y

dentro todo es tibieza y comodidad. Pero Cal apareció un momento después en la

puerta, excitado y un poco nervioso.

—¿Está despierto, señor? —preguntó.

—Apenas —respondí—. ¿Qué sucede?

—Arriba he descubierto algo que creo que usted debería ver –explicó, con el

mismo aire de excitación reprimida.

Me puse en pie y le seguí. Mientras subíamos por la ancha escalera, Calvin

dijo:

—Estaba leyendo un libro en el estudio de arriba, un lugar bastante



extravagante, cuando oí un ruido en la pared.

—Ratas –comenté—. ¿Eso es todo?

Se detuvo en el rellano y me miró solemnemente. La lámpara que tenía en la

mano proyectaba sombras estrafalarias y acechantes sobre las cortinas oscuras y

sobre fragmentos de retratos que ahora parecían hacer muecas en lugar de

sonreír. Fuera, el viento aumentó de intensidad hasta trocarse en un breve alarido

y después amainó renuentemente.

—No son ratas —dictamió Cal—. De detrás de los anaqueles brotaba una

especie de ruido torpe y sordo, seguido por un gorgoteo. Horrible, señor. Y algo

arañaba la pared, como si tratara de salir..., ¡de echarse sobre mí!

Te imaginarás mi sorpresa. Bones. Calvin no es propenso a las fantasías

histéricas. Empecé a pensar que aquí hay un misterio, al fin y al cabo..., y quizás

un misterio realmente pasmoso.

—¿Qué ocurrió, después? –le pregunté.

Habíamos reanudado la marcha por el pasillo, y vi que la luz del estudio se

derramaba sobre el piso de la galería. Lo miré con cierto sobresalto: la noche ya

no me parecía tan confortable.

—Los arañazos cesaron. Al cabo de un momento se repitieron los ruidos

sordos, deslizantes, esta vez alejándose de mí. Hicieron un alto, ¡y juro que

escuché una risa extraña, casi inaudible! Me acerqué a la biblioteca y empecé a

tirar, pensando que quizás había un tabique, o una puerta secreta.

—¿Encontraste alguna?

Cal se detuvo en el umbral del estudio.

—No... ¡Pero hallé esto!

Entramos y vi un agujero negro y cuadrangular en el anaquel de la izquierda.

Allí los libros no eran tales sino imitaciones, y lo que Cal había descubierto era un

pequeño escondite. Alumbré su interior con la lámpara y no vi más que una

espesa capa de polvo, que debía de haberse acumulado durante década.

—Sólo contenía esto –dijo Cal parsimoniosamente, y me entregó un folio

amarillento.

Era un mapa, dibujado con trazos aracnoideos de tinta negra, el mapa de un

pueblo o una aldea. Había quizá siete edificios, y uno, nítidamente marcado con

un campanario, ostentaba esta leyenda al pie: El Gusano Que Corrompe.

En el ángulo superior izquierdo, una flecha señalaba hacia lo que debería

haber sido el noroeste de la aldehuela. Debajo de ella estaba escrito: Chapelwaite.

—En el pueblo, señor –dijo Calvin-, alguien mencionó con aire bastante

supersticioso una aldea abandonada que se llama Jerusalem’s Lot. Es un lugar

que todo el mundo elude.

—¿Y esto? –pregunté, mostrando la extraña leyenda que figuraba al pie del

campanario.

—Lo ignoro.

Por mi mente cruzó el recuerdo de la señora Cloris, inflexible pero asustada.

—El Gusano... –murmuré.

—¿Sabe algo, señor Boone?

—Quizá... Sería divertido salir mañana hacia esta aldea, ¿no te parece, Cal?

Hizo un ademán afirmativo, con los ojos brillantes. Después pasamos casi una

hora buscando una abertura en la pared, detrás del compartimiento que había

descubierto Cal, pero fue en vano. Tampoco se repitieron los ruidos de los que

había hablado Cal.

Esa noche nos acostamos sin más incidentes.

A la mañana siguiente Calvin y yo iniciamos nuestra expedición por el bosque.

La lluvia de la noche había cesado, pero el cielo estaba oscuro y encapotado. Vi

que Cal me miraba dubitativamente, y me apresuré a asegurarle que si me

cansaba, o si la caminata se prolongaba demasiado, no vacilaría en desistir.

Llevábamos con nosotros los víveres adecuados para un picnic, una excelente

brújula <> y, por supuesto, el singular y antiguo mapa de Jerúsalem’s

Lot.

Era un día raro y melancólico. Mientras avanzábamos hacia el Sur y el Este por



el espeso y tenebroso bosque de pinos no oímos el gorjeo de ningún pájaro ni

observamos el movimiento de ningún animal. El único ruido era el de nuestras

pisadas y el rítmico romper de las olas contra los acantilados. El olor del mar, de

una intensidad casi sobrenatural, nos acompañó constantemente.

No habíamos recorrido más de tres kilómetros cuando encontramos un camino

cubierto de vegetación, de esos que según creo reciben la denominación de



<>. Seguía más o menos el mismo rumbo que nosotros y nos

internamos por él, acelerando el paso. Hablábamos poco. La jornada, estática y

ominosa, pesaba sobre nuestro espíritu.

Aproximadamente a las once oímos el ruido de un torrente. Los vestigios del

camino torcieron de repente hacia la izquierda, y del otro lado del arroyuelo

turbulento, gris, surgió, como una aparición, Jerusalem’s Lot.

El arroyo tenía quizá dos metros y medio de ancho y era atravesado por un

puente para peatones cubierto de musgo. Del otro lado, Bones, se levantaba la

aldehuela más perfecta que puedas imaginar, lógicamente deslucida por la

intemperie, pero asombrosamente conservada. Varias casas, construidas en el

estilo austero pero imponente por el que los puritanos conquistaron justa fama, se

apiñaban junto al escarpado barranco. Más allá, flanqueando una calle poblada de

malezas, se levantaban tres o cuatro edificios que quizá correspondían a las

primitivas tiendas, y más lejos aún, se alzaba hacia el cielo gris el campanario

marcado en el mapa, indescriptiblemente tétrico con su pintura descascarada y su

cruz herrumbrada, ladeada.

—Jerusalem’s Lot. El destino de Jerusalén –comentó Cal en voz baja-. Han

elegido bien el nombre.

Nos encaminamos hacia la aldea y empezamos a explorarla... ¡Y aquí es

donde mi relato se torna un poco extravagante, Bones, de modo que prepárate!

Cuando marchamos entre los edificios la atmósfera nos pareció pesada. O

cargada, si te parece mejor. Las construcciones estaban decrépitas, con los

postigos desquiciados y los techos vencidos bajo el peso de las copiosas nevadas

que habían tenido que soportar. Las ventanas polvorientas remedaban muecas

maliciosas. Las sombras de las esquinas irregulares y los ángulos combados

parecían agazaparse en charcas siniestras.

Primeramente visitamos una antigua taberna descalabrada, porque por algún

motivo no nos pareció correcto invadir una de las casas donde la gente se había

refugiado en busca de intimidad. Un viejo cartel emborronado por los elementos y

atravesado sobre la puerta astillada, anunciaba que ésa había sido la BOAR’S

HEAD INN AND TAVERN. La puerta chirrió con gran estridencia sobre la única

bisagra que le quedaba, y entramos en el recinto sombrío. El olor de

descomposición y moho estaba volatilizado y era casi insoportable. Y debajo de él

parecía flotar otro aún más concentrado, un hedor viscoso y pestilente, una fetidez

que era producto de los siglos y de su corrupción. Era un tufo semejante al que

podría desprenderse de ataúdes putrefactos o tumbas profanadas. Me llevé el

pañuelo a la nariz y Cal hizo otro tanto. Inspeccionamos el local.

—Válgame Dios, señor... –musitó Cal.

—No ha sido tocado jamás –dije, completando su frase.

Y en verdad no lo había sido. Las mesas y las sillas estaban apostadas como

centinelas espectrales, polvorientas, combadas por los cambios de temperatura

que han hecho célebre el clima de Nueva Inglaterra, pero por lo demás en

perfectas condiciones..., como si hubieran esperado durante décadas silenciosas y

reiteradas que quienes se habían ido hacía mucho tiempo volvieran a entrar,

pidiendo a gritos una jarra de cerveza o un vaso de aguardiente, para luego tomar

los naipes y encender una pipa de arcilla. Junto al reglamento de la taberna había

un espejito, intacto. ¿Entiendes lo que quiero decir, Bones? Los niños son

famosos por sus exploraciones y sus actos de vandalismo. No hay una sola casa



<> que tenga las ventanas intactas, aunque corra el rumor de que

está ocupada por seres macabros y feroces. No hay un solo cementerio tenebroso

donde los jóvenes bromistas no hayan derribado por lo menos una lápida.

Ciertamente debía de haber una veintena de gamberros de Preacher’s Corners,

que estaba a menos de tres kilómetros de Jerusalem’s Lot. Y sin embargo el

espejo del tabernero (que debía de haber costado bastante) seguía intacto..., lo

mismo que otros elementos frágiles que exhumamos durante nuestros huroneos.

Los únicos deterioros que se observaban en Jerusalem’s Lot habían sido

causados por la Naturaleza impersonal. La connotación era obvia; Jerusalem’s Lot

ahuyentaba a la gente. ¿Pero por qué? Tengo una hipótesis, pero antes de

atreverme siquiera a insinuarla, debo llegar a la inquietante conclusión de nuestra

visita.


Subimos a los aposentos y encontramos las camas tendidas, con las jofainas

de peltre pulcramente depositadas junto a ellas. La cocina también estaba

indemne, únicamente alterada por el polvo de los años y por ese horrible y ubicuo

hedor de putrefacción. La taberna habría sido un paraíso para cualquier anticuario:

el artefacto fabulosamente estrafalario de la cocina habría alcanzado, por sí solo,

un precio exorbitante en una subasta de Boston.

—¿Qué opinas, Cal? –pregunté, cuando volvimos a salir a la incierta luz del

día.


—Creo que éste es un mal asunto, señor Boone –respondió con su tono

melancólico-, y pienso que tendremos que ver más para saber más.

Prestamos poca atención a los otros locales: había una fonda con mohosos

artículos de cuero colgados de ganchos herrumbrados, una mercería, un almacén

donde todavía se apilaban las tablas de roble y pino, una herrería.

Mientras nos dirigíamos hacia la iglesia situada en el centro de la aldea,

entramos en dos casas. Ambas, de perfecto estilo puritano, estaban llenas de

objetos por los que un coleccionista hubiera dado su brazo, y además ambas

estaban abandonadas e impregnadas de la misma pestilencia putrefacta.

Allí nada parecía vivir o moverse, excepto nosotros dos. No vimos insectos ni

pájaros. Ni siquiera una telaraña tejida en el ángulo de una ventana. Sólo polvo.

Por fin llegamos a la iglesia. Se alzaba sobre nosotros, hosca, hostil, fría. Sus

ventanales estaban ennegrecidos por las sombras interiores, y hacía mucho

tiempo que habían perdido todo vestigio de divinidad o santidad. De ello estoy

seguro. Subimos por la escalinata y apoyé la mano sobre el gran tirador de hierro.

Calvin y yo intercambiamos una mirada decidida, lúgubre. Abrí la puerta. ¿Cuánto

tiempo hacía que no la tocaban? Me atrevería a afirmar que yo era el primero que

lo hacía en cincuenta años, o quizá más. Los goznes endurecidos por la

herrumbre chirriaron cuando la abrí. El olor de podredumbre y descomposición

que nos ahogó era casi palpable. Cal cuto arcadas y volvió involuntariamente la

cabeza para respirar aire fresco.

—Señor –dijo-, ¿está seguro de que...?

—Me siento bien –respondí con tono tranquilo.

Pero mi serenidad era fingida, Bones. No estaba tranquilo, como no lo estoy

ahora. Creo, igual que Moisés, que Joroboam, que Increase Mather, y que nuestro

propio Hanson (cuando está de humor filosófico) que hay lugares espiritualmente

aviesos, edificios donde la leche del cosmos se ha puesto agria y rancia. Esta

iglesia es uno de esos lugares. Podría jurarlo.

Entramos en un largo vestíbulo equipado con un perchero polvoriento y con

anaqueles llenos de libros de oraciones. No había ventanas. De trecho en trecho

había lámparas de aceite empotradas en nichos. Un recinto vulgar, pensé, hasta

que oí la exclamación ahogada de Calvin y vi lo que él había visto.

Era una obscenidad.

Me resisto a describir ese cuadro primorosamente enmarcado, y sólo diré que

estaba pintado en el estilo opulento de Rubens, que se trataba de una grotesca

parodia de la Madona y el niño, y que unas criaturas extrañas, parcialmente

envueltas en sombras, retozaban y se arrastraban por el fondo.

—Dios mío –susurré.

—Aquí no está Dios –contestó Calvin, y sus palabras parecieron quedar

flotando en el aire.

Abrí la puerta que conducía a la iglesia propiamente dicha, y el olor se convirtió

en una miasma casi asfixiante.

Bajo la media luz reverberante de la tarde, los bancos se extendían,

fantasmales, hasta el altar. Sobre ellos se elevaba un alto púlpito de roble y un

retablo penumbroso en el que refulgía el oro.

Calvin, ese devoto protestante, se persignó con un débil sollozo, y yo le imité.

Porque el elemento de oro era una gran cruz, bellamente..., pero que colgaba

invertida, simbolizando la Misa de Satán.

—Debemos conservar la calma –me oí decir-. Debemos conservar la calma,

Calvin. Debemos conservar la calma.

Sin embargo, una sobra había aleteado sobre mi corazón, y estaba más

asustado que nunca lo había estado antes en mi vida. He marchado bajo el palio

de la muerte y pensaba que no había ningún otro más negro. Pero lo hay. Sí que

lo hay.


Avanzamos por la nave, oyendo el eco de las pisadas sobre nuestras cabezas

y alrededor de nosotros. Las huellas de nuestro calzado quedaban marcadas

sobre el polvo. Y en el altar encontramos otros tenebrosos objects d’art. Pero no

quiero volver a pensar en ellos.

Empecé a subir al púlpito

—¡No, señor Boone! –exclamó súbitamente Cal-. Tengo miedo...

Mas ya había llegado. Un libro inmenso descansaba abierto sobre el atril.

Estaba escrito en latín y en un jeroglífico rúnico que mi ojo inexperto catalogó

como druídico o precéltico. Te adjunto una tarjeta con varios de estos símbolos,

dibujados de memoria.

Cerré el libro y leí las palabras estampadas sobre el cuero: De Vermis

Mysteriis. Mis conocimientos de latín casi se han desvanecido pero me bastan

para traducir: Los misterios del gusano.

Cuando toqué el volumen, la iglesia maldita y las facciones de Calvin, blancas

y levantadas hacia mí, parecieron fluctuar ante mis ojos. Tuve la impresión de oír

voces apagadas, que entonaban un cántico impregnado de miedo y al mismo

tiempo abyecto y ansioso... Y debajo de este sonido otro, que llenaba las entrañas

de la Tierra. Una alucinación, sin duda..., pero en ese mismo momento la iglesia

se pobló con un ruido muy concreto, que sólo puedo describir como una colosal y

macabra convulsión bajo mis pies. El púlpito tembló bajo mis dedos; la cruz

profanada se estremeció en la pared.

Cal y yo salimos juntos, dejando la iglesia librada a su propia oscuridad, y

ninguno de los dos se atrevió a mirar atrás después de haber cruzado los toscos

maderos que unían las dos márgenes del arroyo. No diré que echamos a correr,

mancillando los mil novecientos años que el hombre ha pasado tratando de

superar su condición de salvaje intimidado y supersticioso, pero mentiría si dijera

que caminábamos plácidamente.

Ésta es mi historia. No ensombrezcas tu recuperación pensando que ha vuelto

a atacarme la fiebre. Cal ha sido testigo de todo lo que narro en estas páginas,

incluyendo el pavoroso ruido.

Pongo fin a esta carta, agregando sólo que anhelo verte (seguro de que si te

viera gran parte de mi perplejidad se disiparía inmediatamente) y que sigo siendo

tu amigo y admirador,

Charles


17 de octubre de 1850

De mi mayor consideración:

En la última edición de vuestro catálogo de artículos para el hogar (o sea, el

que corresponde al verano de 1850), figura una sustancia llamada Veneno para

Ratas. Deseo comprar una lata de un kilogramo de este producto al precio

estipulado de treinta céntimos. Adjunto franqueo de retorno. Enviar a: Calvin

McCann, Chapelwaite, Preacher’s Corners, Cumberland County, Maine.

Agradezco vuestra atención, y os saludo muy atentamente,

Calvin McCann

19 de octubre de 1850

Querido Bones:

Novedades inquietantes.

Los ruidos de la casa de han intensificado, y estoy cada vez más convencido

de que las ratas no son las únicas que se mueven dentro de nuestras paredes.

Calvin y yo practicamos otra búsqueda infructuosa de recovecos o pasadizos

ocultos. No encontramos ninguno. ¡qué mal encajaríamos en una de las novelas

de la señora Radcliffe! Cal alega, sin embargo, que buena parte de los ruidos

proceden del sótano, y esa parte de la casa es la que pensamos explorar mañana.

No me tranquiliza el saber que allí es donde encontró su trágico final la hermana

del primo Stephen.

Entre paréntesis, su retrato cuelga de la galería de arriba. Marcella Boone era

una joven de triste belleza, si el artista supo captar sus rasgos con fidelidad, y sé

que nunca se casó. A veces pienso que la señora Cloris tenía razón, que ésta es

una casa siniestra. Ciertamente, no ha traído más que desventuras a sus

anteriores ocupantes.

Pero debo agregar algo más acerca de la formidable señora Cloris, porque hoy

estuve hablando otra vez con ella. Puesto que la considero la persona más

sensata de Corners de cuantas he conocido hasta ahora, la busqué esta tarde,

después de una desagradable entrevista que describiré a continuación.

Esta mañana deberían haber traído la leña, y cuando llegó y pasó el mediodía

sin que apareciese la madera, resolví encaminarme hacia el pueblo en mi paseo

cotidiano. Mi propósito era visitar a Thompson, el hombre con quien Cal había

cerrado el trato.

Éste ha sido un hermoso día, impregnado por la incisiva frescura del otoño

radiante, y cuando llegué a la propiedad de los Thompson (Cal, que se quedó en

casa para seguir hurgando en la biblioteca del primo Stephen, me había descrito el

itinerario preciso) me sentía de mejor humor que en todos los días pasados, y

estaba predispuesto para disculpar la tardanza del proveedor.

Me encontré ante una multitud de malezas enmarañadas y construcciones

destartaladas que necesitaban una mano de pintura. A la izquierda del establo,

una puerca descomunal, lista para la matanza de noviembre, gruñía y se

revolcaba en una pocilga lodosa, y en el patio lleno de basura que separaba la

casa de las dependencias anexas, una mujer que usaba un astroso vestido de

algodón alimentaba a las gallinas con el maíz acumulado en el hueco de su

delantal. Cuando la saludé, volvió hacia mí un rostro pálido y desvaído.

Fue asombroso ver cómo su expresión absolutamente estólida se

transformaba en otra de frenético terror. Sólo se me ocurre pensar que me

confundió con Stephen, porque hizo el ademán típico para ahuyentar el mal de ojo

y lanzó un alarido. Los granos de maíz se desparramaron a sus pies y las gallinas

se alejaron aleteando y cacareando.

Antes de que yo pudiera articular una palabra, un hombre gigantesco y

encorvado, cuya única vestimenta eran unos calzoncillos largos, salió

tambaleándose de la casa con un rifle para cazar ardillas en una mano y un porrón

en la otra. Al ver sus ojos inyectados en sangre y su porte inseguro, llegué a la

conclusión de que era el leñador Thompson en persona.

—¡Un Boone! –bramó-. ¡Maldito sea! –Dejó caer el porrón y él también hizo la

señal.

—He venido –dije, con la mayor ecuanimidad posible, dadas las



circunstancias-, porque no recibí la madera. Según lo convenido con mi

acompañante...

—¡Maldito sea también su acompañante, es lo que digo! –Y por primera vez

me di cuanta de que pese a su actitud fanfarrona tenía un miedo atroz. Empecé a

preguntarme seriamente si su ofuscación no lo induciría a dispararme con el rifle.

—Como testimonio de cortesía... –empecé a decir cautelosamente.

—¡Maldita sea su cortesía!

—Muy bien, pues –manifesté, con la mayor dignidad posible-. Me despido

hasta que recupere el control de sus actos.

Di media vuelta y eché a caminar hacia la aldea.

—¡No vuelva! –chilló a mis espaldas-.¡Quédese allí con su maldición!¡Maldito

¡Maldito! ¡Maldito!

Me arrojó una piedra que me golpeó en el hombro, porque no quise darle la

satisfacción de agacharme.

De modo que fui en busca de la señora Cloris, resuelto a elucidar por lo menos

el misterio de la hostilidad de Thompson. Es viuda (y olvida tus condenados

instintos de casamentero, Boones; me lleva quince años y yo no volveré a ver los

cuarenta) y vive sola en una encantadora casita a orillas del mar. La encontré

tendiendo su colada, y pareció sinceramente complacida al verme. Esto me

produjo un gran alivio: es muy irritante que te traten como un paria sin ninguna

justificación.

—Señor Boone –dijo, con una mínima reverencia-, si ha venido a pedirme que

le lave la ropa, debo comunicarle que no hago ese trabajo después de setiembre.

El reumatismo me hace sufrir tanto que a duras penas puedo lavar la mía.

—Ojalá fuera ése el motivo de mi visita. He venido a pedirle ayuda, señora

Cloris. Quiero que me cuente todo lo que sabe acerca de Chapelwaite y

Jerusalem’s Lot y que me explique por qué la gente del lugar me mira con tanta

desconfianza y miedo.

—¡Jerusalem’s Lot! De modo que también sabe eso.

—Sí –contesté-. Visité el pueblo con mi acompañante hace una semana.

—¡Válgame Dios! –Se puso pálida como la leche, y trastabilló. Extendí la mano

para sostenerla. Sus ojos giraron espantosamente en las órbitas y por un

momento me sentí seguro de que se iba a desmayar.

—Señora Cloris, discúlpeme si he dicho algo que...

—Entre –me interrumpió-. Tiene que saberlo. ¡Jesús, han vuelto los malos

tiempos!


No quiso pronunciar una palabra más hasta que terminó de preparar un té

cargado en su cocina luminosa. Cuando la taza estuvo frente a mí, se quedó

mirando el océano un rato, con expresión pensativa. Inevitablemente sus ojos y

los míos se dirigieron hacia el promontorio de Chapelwaite Head, donde la casa se

alza sobre el mar. El amplio ventanal refulgía como un diamante al reflejar los

rayos del sol poniente. El espectáculo era hermoso pero producía una enigmática

inquietud. Se volvió de pronto hacia mí y exclamó vehementemente:

—¡Debe irse en seguida de Chapelwaite, señor Boone!

Quedé perplejo.

—Desde que se instaló allí flota un hálito siniestro en el aire. Durante la última

semana, a partir del momento en que pisó aquel lugar maldito, se han sucedido

los presagios y portentos. Un velo sobre la faz de la luna; bandadas de

chotacabras que anidan en los cementerios; un parto anómalo. ¡Debe irse!

Cuando recuperé el uso de la palabra, hablé con la mayor afabilidad posible:

—Señora Cloris, todo esto son fantasías. Usted debe saberlo.

—¿Es una fantasía que Bárbara Brown haya dado a luz un niño sin ojos? ¿O

que Clifton Brocken haya encontrado un huella lisa, aplastada, de un metro y

medio de ancho, más allá de Chapelwaite, donde todo se había marchitado y

blanqueado? Y usted, dice que ha visitado Jesusalem’s Lot, ¿puede afirmar

sinceramente que no hay algo que sigue viviendo allí?

No atiné a contestar. Lo que había visto en esa iglesia inicua reapareció ante

mis ojos.

La mujer juntó sus manos nudosas, en un esfuerzo por calmarse.

—Sólo me he enterado de estas cosas porque se las oí contar a mi madre, y,

antes, a la madre de ella. ¿Usted conoce la historia de su familia en lo que

concierne a Chapelwaite?

—Vagamente –respondí-. La casa ha sido la morada del linaje de Philip Boone

sesde la década de 1780. su hermano Robert, mi abuelo, se instaló en

Massachussets después de una reyerta por papeles robados. Sé poco acerca del

linaje de Philip, excepto que lo cubrió una sombra infausta, transmitida de

generación en generación: Marcella murió en un accidente trágico y Stephen se

mató en una caída. Stephen quiso que Chapelwaite se convirtiera en mi hogar, y

en el de los míos, y que así se enmendara la división de la familia.

—Nunca se enmendará –musitó ella-. ¿Sabe algo acerca del altercado

originario?

—A Robert Boone le sorprendieron en el momento en que registraba el

escritorio de su hermano.

—Philip Boone estaba loco –afirmó la señora Cloris-. Se dedicaba a un tráfico

impío. Robert Boone intentó despojarle de una Biblia profana escrita en lenguas

antiguas: latín, druídico, y otras. Un libro infernal.

—De Vermis Mysteriis.

Respingó como si la hubieran golpeado.

—¿Lo conoce?

—Lo he visto... lo he tocado. –Nuevamente me pareció que estaba a punto de

desmayarse. Se llevó una mano a la boca como si quisiera ahogar un grito-. Sí, en

Jerusalem’s Lot. Sobre el púlpito de una iglesia corrompida y profanada.

—De modo que está aún allí, aún allí. –Se meció en su silla-. Confiaba en que

Dios, con Su sabiduría, lo habría arrojado al foso del infierno.

—¿Qué relación tuvo Philip Boone con Jerusalem’s Lot?

—Una relación de sangre –dijo la señora Cloris con tono lúgubre-. Llevaba la

Marca de la Bestia, aunque lucía las vestiduras del Cordero. Y el 31 de octubre de

1789, Philip Boone desapareció..., junto con toda la población de esa condenada

aldea.

No agregó mucho más. En verdad, no parecía saber mucho más. Sólo atinó a



reiterar sus súplicas de que me fuera, argumentando algo sobre <

llama a la sangre>> y murmurando acerca de <

guardia>>. A medida que se acercaba el crepúsculo pareció más agitada, y no

menos, para aplacarla le prometí que prestaría atención a sus deseos.

Marché de regreso a la casa entre sombras cada vez más largas y tétricas. Mi

buen humor se había disipado por completo y la cabeza me daba vueltas, poblada

de dudas que aún me atormentan. Cal me recibió con la noticia de que los ruidos

de las paredes se habían intensificado..., como yo mismo puedo atestiguarlo en

este momento. Procuro convencerme de que solo oigo ratas, pero enseguida veo

el rostro aterrorizado y grave de la señora Cloris.

La luna se ha levantado sobre el mar, tumefacta, redonda, roja como la sangre,

y salpica el océano con un reflejo repulsivo. Mi pensamiento vuelve hacia aquella

iglesia y

(aquí hay un renglón tachado)

Pero tú no verás eso, Bones. Es demasiado demencial. Creo que es hora de que

me vaya a dormir. No me olvido de ti.

Saludos,

Charles


(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin MacCann.)

20 de octubre de 1850

Esta mañana me tomé la libertad de forzar la cerradura que impide abrir el

libro. Lo hice antes de que el señor Boone se levantara. Es inútil. Está todo él

escrito en clave. Una clave sencilla, me parece. Quizá me resultará tan fácil

descifrarla como forzar la cerradura. Estoy seguro de que se trata de un Diario. La

escritura tiene un asombroso parecido con la del señor Boone. ¿A quién puede

pertenecer este volumen, arrumbado en el rincón más oscuro de la biblioteca y

con sus páginas herméticamente cerradas? Parece antiguo, ¿pero quién podría

afirmarlo con certeza? El papel ha estado bastante bien protegido de la influencia

corruptora del aire. Más tarde me ocuparé de él, si tengo tiempo. El señor Boone

está empeñado en explorar el sótano. Temo que estos fenómenos macabros sean

nefastos para su salud aún inestable. Debo tratar de persuadirle...

Pero aquí viene...

20 de octubre de 1850

Bones:


Todavía (sic) no puedo escribirte yo, yo, yo

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann)

20 de octubre de 1850

Tal como temía su salud se ha quebrantado...

¡Dios mío, Padre Nuestro que estás en el Cielo!

No soporto ese recuerdo. Sin embargo está implantado, grabado en mi cerebro

como un ferrotipo. ¡El horror del sótano!

Ahora estoy solo. Son las ocho y media. La casa está silenciosa pero...

Lo encontré desvanecido sobre su escritorio. Aún duerme. Sin embargo,

durante esos breves momentos, ¡con cuanta gallardía se comportó mientras yo

estaba paralizado y descalabrado!

Su piel está cérea, fría. Gracias a Dios no ha vuelto a tener fiebre. No me

atrevo a moverlo ni a dejarlo ir a la aldea. Y si fuera yo, ¿quién volvería conmigo

para ayudarle? ¿Quién vendría a esta casa maldita?

¡Oh, el sótano! ¡Los monstruos del sótano que han invadido nuestras paredes!

22 de octubre de 1850

Querido Bones:

Me he recuperado, aunque todavía estoy débil, después de pasar treinta y seis

horas sin conocimiento. Me he recuperado... ¡Qué broma tan amarga y macabra!

Nunca volveré a recuperarme. Jamás. Me he enfrentado con una locura y un

horror indescriptibles. Y el fin aún no está a la vista.

Si fuera por Cal, creo que terminaría con mi vida ahora mismo. Cal es una isla

de cordura en este mar de demencia.

Lo sabrás todo.

Nos habíamos equipado con velas para la exploración del sótano, y sus llamas

proyectaban un fuerte resplandor que era harto suficiente..., ¡diabólicamente

suficiente! Calvin intentó disuadirme con el argumento de mi reciente enfermedad,

y dijo que lo más que encontraríamos, probablemente, serían unas grandes ratas

a las que luego habría que envenenar.

Sin embargo, me empeciné. Calvin lanzó un suspiro y dijo:

—Hágase entonces su voluntad, señor Boone.

Al sótano se entra por un escotillón implantado en el piso de la cocina (que Cal

jura haber tapiado sólidamente) que sólo conseguimos levantar después de

muchos forcejeos y tirones.

De la oscuridad brotó un olor fétido, asfixiante, no muy distinto del que

saturaba la aldea abandonada allende el Royal River. La vela que yo sostenía

arrojaba su fulgor sobre una escalera empinada que conducía a las tinieblas. La

escalera estaba en pésimas condiciones de conservación –faltaba incluso un

escalón íntegro, sustituido por un boquete negro- y en seguida comprendí cómo la

desventurada Marcella había encontrado allí la muerte.

—¡Tenga cuidado, señor Boone! –exclamó Cal.

Le contesté que eso era lo que más tendría, y bajamos.

El piso era de tierra, y las paredes de sólido granito apenas estaban húmedas.

Eso no parecía en absoluto un refugio de ratas, porque no se veía ninguno de los

materiales que éstas utilizan para construir sus nidos, tales como cajas viejas,

muebles abandonados, pilas de papel y cosas por el estilo. Levantamos las velas,

ganando así un pequeño círculo de luz, pero pese a ello nuestro radio visual

seguía siendo muy reducido. El piso tenía un declive gradual que parecía pasar

debajo de la sala y el comedor principal, o sea que se extendía hacia el Oeste.

Ése fue el rumbo que tomamos. Todo estaba sumido en un silencio absoluto. La

pestilencia del aire era cada vez más intensa y la oscuridad circundante parecía

comprimirse como una envoltura de lana, como si estuviera celosa de la luz que la

desbancaba momentáneamente después de tantos años de hegemonía

indiscutida.

En el extremo final, los muros de granito eran remplazados por una madera

pulida que parecía totalmente negra y desprovista de propiedades reflectoras. Allí

terminaba el sótano, aislando lo que parecía ser un compartimiento separado del

recinto principal. Estaba sesgado de manera tal que era imposible inspeccionarlo

sin contornear el recodo.

Eso fue lo que hicimos Calvin y yo.

Fue como si un corroído espectro del pasado siniestro de la mansión se

hubiera alzado delante de nosotros. En ese compartimiento había una silla

solitaria y, sobre ésta, sujeto a una de las gruesas vigas del techo, colgaba un

podrido lazo de cáñamo.

—Entonces fue aquí donde se ahorcó –murmuró Cal-. ¡Dios mío!

—Sí..., con el cadáver de su hija postrado al pie de la escalera, detrás de él.

Cal empezó a hablar. Pero sus ojos se desviaron hacia un punto situado a mis

espaldas. Entonces sus palabras se trocaron en un alarido.

¿Cómo narrar, Bones, el cuadro que contemplaron nuestros ojos? ¿Cómo

describir a los abominables inquilinos que tenemos entre nuestras paredes?

El muro más lejano giró sobre sí mismo, y desde aquellas tinieblas nos sonrió

un rostro..., un rostro de ojos tan negros como el mismo Estigia. En su boca

desmesuradamente abierta se formó una mueca desdentada, atormentada. Una

mano amarilla, descompuesta, se estiró hacia nosotros. Emitió un sonido

repulsivo, como un maullido, y avanzó un paso, tambaleándose. La luz de mi vela

cayó sobre él...

¡Y vi la laceración amoratada de la cuerda en su cuello!

Algo más se movió, detrás de él, algo con lo que soñaré hasta el día en que se

extingan todos los sueños: una chica de facciones pálidas, agusanadas, y sonrisa

cadavérica; una chica cuya cabeza se ladeaba en un ángulo lunático.

Nos deseaban, lo sé. Y sé que si no hubiera arrojado la vela directamente

contra lo que se alzaba en la abertura, y si no le hubiera lanzado inmediatamente

después la silla que descansaba debajo del nudo corredizo, nos habrían

arrastrado a la oscuridad y se habrían apoderado de nosotros.

Después de eso, todo se condensa en oscuridad confusa. Mi mente ha corrido

la cortina. Me desperté, como he dicho, en compañía de Cal.

Si pudiera partir, huiría de esta casa de horror con el camisón flameando sobre

mis tobillos. Pero no puedo. Me he convertido en el instrumento de un drama más

profundo, más tenebroso. No me preguntes cómo lo sé. Lo sé, y eso es todo. La

señora Cloris tenía razón cuando habló de los que vigilan y los que montan

guardia. Temo haber despertado una Fuerza que pasó medio siglo aletargada en

la siniestra aldea de Jerusalem’s Lot, una Fuerza que ha asesinado a mis

antepasados y los ha subyugado diabólicamente, convirtiéndolos en nosferatu:

muertos vivientes. Y alimento temores aún peores que éstos, Bones, pero sólo

tengo vislumbres. Si supiera..., ¡si por lo menos lo supiera todo!

Charles


Posdata – Y por supuesto esto lo escribo sólo para mí. Estamos aislados de

Preacher’s Corners. No me atrevo a llevar allí mi corrupción, y Calvin no quiere

dejarme solo. Quizá, si Dios es misericordioso, esta carta te llegará de alguna

manera.


C.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

23 de octubre de 1850

Hoy está más vigoroso. Hablamos brevemente sobre las apariciones del

sótano. Convinimos que no eran alucinaciones ni entes de origen ectoplásmico,

sino reales. ¿Pero el señor Boone sospecha, como yo, que se han ido? Quizá. Los

ruidos se han acallado. Sin embargo, todo sigue siendo ominoso, y pesa sobre

nosotros un palio oscuro. Parece como si estuviéramos esperando en el engañoso

Ojo de la Tempestad...

En una alcoba de la planta alta he hallado una pila de papeles, guardados en el

último cajón de un viejo escritorio con tapa de corredera. Algunas cartas y facturas

pagadas de Robert Boone. Sin embargo, el documento más interesante consiste

en unas pocas anotaciones al dorso de un anuncio de sombreros de copa para

caballeros. Arriba está escrito:

Benditos sean los mansos.

Abajo, el siguiente texto aparentemente absurdo:

b k n d i h o e s m a h l s s a a f s g s

e e m d o t r s r e s n a o d m d n r o h

Creo que ésta es la clave del libro cerrado y cifrado que encontré en la

biblioteca. La clave de arriba, muy simple, es la que se empleó en la Guerra de la

Independencia. Cuando se eliminan las <> que componen la

segunda parte de la escritura, queda lo siguiente:

b n i o s a l s a s s

e d t s e n o m n o

Leyendo De arriba abajo, en lugar de hacerlo transversalmente, se obtiene la

cita originaria de las Bienaventuranzas.

Antes de atreverme a mostrárselo al señor Boone, debo verificar el contenido

del libro...

24 de octubre de 1850

Querido Bones:

Ha ocurrido algo prodigioso. Cal, que siempre mantiene un silencio hermético

hasta que está seguro de sí mismo (¡singular y admirable rasgo humano!) ha

encontrado el Diario de mi abuelo Robert. El documento estaba escrito en una

clave que el mismo Cal ha descifrado. Él afirma modestamente que el hallazgo fue

casual, pero pienso que en realidad fue producto de su perseverancia y afán.

Sea como fuere, ¡qué tétrica es la luz que arroja sobre nuestros misterios!

La primera anotación corresponde al 1º de junio de 1789, y la última, al 27 de

octubre de 1789: cuatro días antes de la desaparición cataclísmica de la que habló

la señora cloris. Narra la historia de una obsesión creciente, o mejor dicho, de una

locura, y da una imagen repulsiva de la relación que existía entre el tío abuelo

Philip, la aldea de Jerusalem’s Lot, y el libro que descansa en la iglesia profanada.

Según Robert Boone, la aldea misma es anterior a Chapelwaite (construida en

1782) y a Preacher’s Corners (conocida en aquella época por el nombre de

Preacher’s Rest y fundada en 1741). Fue erigida por una secta que se escindió de

la fe puritana en 1710 y cuyo jefe era un adusto fanático religioso llamado James

Boon. ¡Qué sobresalto me produjo su nombre! Me parece difícil poner en duda que

este Boon perteneció a mi estirpe. La señora Cloris no se equivocó al enunciar su

convicción supersticiosa de que en este asunto tiene una importancia crucial el

linaje de sangre, y recuerdo despavorido la respuesta sobre la relación que existió

entre Philip y Jerusalem’s Lot. <>, dijo, y mucho me

temo que sea así.

La aldea se convirtió en una comunidad estable construida alrededor de la

iglesia donde Boon predicaba..., o recibía a sus feligreses. Mi abuelo insinúa que

también tenía comercio carnal con muchas damas de la localidad, a las que

aseguraba que ésa era la ley y la voluntad de Dios. En razón de ello la aldea se

transformó en una anomalía que sólo pudo existir en aquellos tiempos de

aislamiento y extravagancia en que era posible creer simultáneamente en las

brujas y en la Inmaculada Concepción: una aldea religiosa de ayuntamientos

consanguíneos, bastante degenerada, controlada por un predicador medio loco

cuyos evangelios gemelos eran la Biblia y el siniestro Demon Dwellings de De

Gouge; una comunidad donde se celebraban regularmente los ritos del exorcismo,

y donde proliferaban el incesto la locura y los defectos físicos que acompañan tan

a menudo a este pecado. Sospecho (y creo que Robert Boone debió de pensar lo

mismo) que uno de los hijos bastardos de Boon huyó de Jerusalem’s Lot (o fue

sacado de allí) para buscar fortuna en el Sur... Y así fundó nuestro actual linaje.

Sé, porque mi propia familia lo ha confesado, que nuestro clan se originó en

aquella región de Massachussets que posteriormente se transformó en este

Estado soberano de Maine. Mi bisabuelo, Kenneth Boone, se enriqueció gracias al

entonces floreciente tráfico de pieles. Fue su fortuna, acrecentada por el tiempo y

las buenas inversiones, la que levantó esta mansión ancestral mucho después de

que él muriera en 1763. sus hijos, Philip y Robert, edificaron Chapelwaite. La

sangre llama a la sangre, como dijo la señora Cloris. ¿Acaso Kenneth, hijo de

James Boon, huyó de la locura de su padre y de la aldea de éste, sólo para que

después sus hijos, totalmente ajenos a lo sucedido, construyeran la mansión de

los Boone a menos de tres kilómetros del lugar donde Boon había iniciado su

carrera? Y si fue así, ¿no hay motivos para pensar que nos ha guiado una Mano

gigantesca e invisible?

Según el Diario de Robert, en 1789 James Boon era anciano... y así debió de

ser. Si contaba veinticinco años cuando se fundó la aldea, en 1789 debía de tener

ciento cuatro, una edad prodigiosa. Lo que sigue lo copio textualmente del Diario

de Robert Boone:

4 de agosto de 1789

Hoy he visto por primera vez a este Hombre por el que mi Hermano siente

una admiración tan malsana. Debo admitir que este Boon posee un extraño

Magnetismo que me alteró inmensamente. Es un verdadero Anciano, de

barba blanca, y viste una Sotana negra que por alguna razón me pareció

obscena. Era más inquietante aún el Hecho de que estuviese rodeado de

Mujeres, como un Sultán lo estaría por su Harén, y P. me asegura que

todavía está activo, aunque por lo menos es Octagenario...

En cuanto a la Aldea propiamente dicha, yo sólo la había visitado

una vez, anteriormente, y no volveré a ella. Sus Calles son silenciosas y

están pobladas por el Miedo que el Anciano inspira desde su Púlpito.

También temo que se hayan multiplicado los Acoplamientos incestuosos,

porque hay demasiadas Caras parecidas. Tenía la impresión de que no

importaba hacia donde mirara, me encontraba con el rostro del Anciano...,

todos están muy pálidos; parecen Desvaídos, como si les hubieran

succionado toda la Vitalidad, y vi Niños sin Ojos ni Narices, Mujeres que

lloraban y farfullaban y señalaban el Cielo sin ningún Motivo, y que

mezclaban citas de las Escrituras con discursos sobre Demonios..., P. me

pidió que asistiera a los Servicios, pero la idea de ver a este siniestro

Anciano me repugnó y di una Excusa...

Las anotaciones anteriores y posteriores a ésta describen el comportamiento

de Philip, cada vez más fascinado por James Boon. El 1º de setiembre de 1789,

Philip fue bautizado en el seno de la iglesia de Boon. Su hermano dice: <

atónito y horrorizado..., mi Hermano ha cambiado delante de mis propios Ojos...,

ahora creo que incluso se parece cada Día más a ese Hombre nefasto.>>

La primera mención del libro aparece el 23 de julio. El Diario de Robert sólo lo

cita brevemente: <

me pareció bastante alterado. Se negó a hablar hasta la Hora de acostarse,

cuando dijo que Boon había preguntado por un libro que se titula Misterios del

gusano. Para complacer a P. le prometí que consultaría por carta a Johns and

Goodfellow. P. mostró un agradecimiento casi servil.>>

El 12 de agosto escribió esta anotación: <




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