El umbral de la



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empuñando cuchillos. Nada de eso. Sólo se oía el susurro. Hacia la izquierda.

Empezó a caminar en esa dirección, sin tener que abrirse paso ya entre los

tallos. La hilera lo llevaba hacia donde él quería ir, con la mayor naturalidad. La

hilera terminaba más adelante.'¿Terminaba? No, se vaciaba en una especie de

claro. El susurro provenía de allí.

Se detuvo, súbitamente asustado.

El aroma del maíz era tan intenso que se hacía pegajoso. Las hileras

conservaban el calor del sol y Burt descubrió de pronto que estaba embadurnado

de sudor y paja y barbas de maíz finas como telas de araña. Los insectos tendrían

que haber pululado sobre él..., pero no había ninguno.

Se quedó inmóvil, mirando hacia el lugar donde el maizal se abría en lo que

parecía ser un vasto círculo de tierra desnuda.

Allí no había jejenes ni mosquitos, ni moscardones ni niguas..., aquellos que,

durante su noviazgo, él y Vicky llamaban «insectos de autocine», pensó con una

súbita e inesperada nostalgia afligida. Y no había visto ni un cuervo. Qué cosa tan

insólita: ¿un maizal sin cuervos?

Paseó los ojos atentamente sobre la hilera de maíz de su izquierda, iluminada

por los rayos postreros del sol. Y tan sólo vio tallos y hojas perfectos, lo cual era

sencillamente imposible. Ni añublo amarillo. Ni hojas roídas, ni huevos de oruga, ni

madrigueras, ni...

Sus ojos se dilataron.

—¡Dios mío, no hay malezas!

Ni un solo rastrojo. Las plantas de maíz brotaban del suelo a intervalos

regulares de cuarenta y cinco centímetros. Ni una mata salvaje. Nada.

Burt miró el terreno, con los ojos desencajados. La luminosidad del Oeste se

disipaba. Las nubes se habían cohesionado. Debajo de ellas el resplandor dorado

se había tornado en rosa y ocre. Muy pronto estaría oscuro.

Era hora de adelantarse hasta el claro del maizal para investigar lo que había

en él. ¿Y no sería eso lo que ellos habían planeado desde el principio? Mientras él

creía avanzar hacia la carretera, ¿no lo habrían estado impulsando hacia ese

lugar?


Con el estómago crispado por el miedo, avanzó a lo largo de la hilera y se

detuvo en el borde del claro. La escasa luz bastó para mostrarle lo que había allí.

No pudo gritar. No parecía quedarle suficiente aire en los pulmones. Se tambaleó

sobre unas piernas débiles como estacas de madera astillada. Sus ojos estaban

desorbitados en la cara sudorosa.

—Vicky —susurró—. Oh, Vicky, Dios mío...

La habían colgado de una barra horizontal como si fuera un vil trofeo,

sujetándole los brazos a la altura de las muñecas y las piernas de los tobillos con

alambre de espino, de ese que se compra a setenta céntimos el metro en

cualquier ferretería de Nebraska. Le habían arrancado los ojos, y habían llenado

las cavidades con barbas de maíz. Sus maxilares estaban desencajados en un

alarido silencioso y tenía la boca llena de mazorcas.

A la izquierda de Vicky había un esqueleto vestido con una sobrepelliz cubierta

de moho. La mandíbula desnuda sonreía. Las cuencas oculares parecían mirar

jocosamente a Burt, como si el otrora pastor de la Iglesia Bautista de Gracia le

estuviera diciendo: No está tan mal, no está tan mal que unos demoníacos niños

paganos te sacrifiquen en el maizal, no está tan mal que te arranquen los ojos del

cráneo como lo estipulan las Leyes de Moisés...

A la izquierda del esqueleto de la sobrepelliz había otro, vestido con un

uniforme azul corroído por la podredumbre. Sobre su calavera descansaba una

gorra que le ocultaba los ojos, en la parte superior de la gorra había una placa

manchada de verde donde se leía JEFE DE POLICÍA.

Fue entonces cuando Burt oyó que se acercaba. No eran los niños sino algo

mucho más grande, que se desplazaba entre el maíz en dirección al claro. No, no

eran los niños. Los niños no se habrían aventurado en el maizal durante la noche.

Ése era el lugar sagrado, la morada de El Que Marcha Detrás De Las Hileras.

Burt se volvió bruscamente para huir. La hilera por donde había entrado en el

claro había desaparecido. Estaba cerrada. Todas las hileras se habían cerrado.

Ahora estaba más cerca y Burt lo oía abrirse paso entre el maíz. Lo oía respirar.

Un éxtasis de terror supersticioso se apoderó de él. Se acercaba. El maíz del otro

extremo del calvero se había oscurecido, como si lo hubiera cubierto una sombra

gigantesca.

Se acercaba.

El Que Marcha Detrás De Las Hileras.

Empezó a entrar en el claro. Burt vio algo descomunal, que se empinaba hacia

el cielo..., algo verde con espantosos ojos rojos del tamaño de balones de fútbol.

Algo que olía como mazorcas de maíz secas conservadas durante años en un

granero oscuro.

Empezó a gritar. Pero su grito no duró mucho. Poco después, se levantó una

tumefacta luna anaranjada de tiempos de cosecha.

Los niños del maíz estaban congregados en el claro a mediodía, contemplando

los dos esqueletos crucificados y los dos cadáveres..., los dos cadáveres que aún

no eran esqueletos pero que lo serían. A su tiempo. Y allí, en el corazón de

Nebraska, en el maizal, no había más que tiempo.

—He aquí que un sueño se me apareció en la noche, y el Señor me enseñó

todo esto.

Todos, incluso Malachi, se volvieron para mirar a Isaac, sobrecogidos y

maravillados. Isaac tenía sólo nueve años, pero era su vidente desde que el maíz

se había llevado a David hacía un año. David tenía diecinueve años y se había

internado en el maizal en el día de su cumpleaños, en el momento justo en que la

penumbra caía sobre las hileras estivales.

Ahora, con una expresión circunspecta en su pequeño rostro rematado por el

sombrero de copa redonda, Isaac continuó:

—Y en mi sueño el Señor era una sombra que marchaba detrás de las hileras, y

me habló con las palabras que empleó para dirigirse a nuestros hermanos

mayores hace muchos años. Está muy disgustado con este sacrificio.

Todos dejaron escapar algo que era una mezcla de suspiro y sollozo, y

pasearon la vista sobre la muralla verde que los circundaba.

—Y el Señor dijo en verdad: ¿Acaso no os he dado pruebas de benevolencia?

Pero este hombre ha incurrido en blasfemia dentro de mí, y yo mismo he

completado su sacrificio. Como los del Hombre Azul y el falso pastor que huyeron

hace muchos años.

—El Hombre Azul... el falso pastor —susurraron todos, e intercambiaron

miradas inquietas.

—De modo que ahora la Edad del Favor se reduce de diecinueve siembras y

cosechas a dieciocho —continuó Isaac implacablemente—. Mas en verdad os digo

que fructifiquéis y os multipliquéis como se multiplica el maíz, para que mi gracia

os sea concedida y se derrame sobre vosotros.

Isaac calló.

Los ojos se volvieron hacia Malachi y Joseph, los dos únicos miembros del

grupo que tenían dieciocho años. Los otros estaban en la ciudad, y quizás eran en

total veinte.

Esperaban la respuesta de Malachi. Malachi, el mismo que había encabezado

la cacería de Japheth, al que en el futuro conocerían por el nombre de Ahaz, el

abominado de Dios. Malachi había degollado a Ahaz y había arrojado su cuerpo

fuera del maizal para que sus carnes corrompidas no lo contaminaran ni lo

apestaran.

—Obedezco la palabra de Dios —susurró Malachi. El maizal pareció lanzar un

suspiro de aprobación. En las semanas por venir las niñas confeccionarían

muchos crucifijos con mazorcas para alejar todo nuevo

maleficio.

Y esa noche todos aquellos que ahora habían pasado

la Edad del Favor se internaron silenciosamente en el

maizal, para hacerse acreedores a la eterna benevolencia

de El Que Marcha Detrás De Las Hileras.

—Adiós, Malachi —gritó Ruth.

La niña agitó la mano en un gesto de desconsuelo. Su vientre estaba dilatado

por el hijo de Malachi y las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas.

Malachi no se volvió. Marchaba con la espalda erguida. El maizal lo devoró.

Ruth dio media vuelta, sin dejar de llorar. Dentro de ella había germinado un

odio secreto contra el maíz, y a veces soñaba que caminaba por las hileras con

una antorcha en cada mano, cuando empezaba la sequía de setiembre y los tallos

estaban muertos y eran más combustibles. Pero también le temía al maíz. Allí en

el campo, algo marchaba por la noche y veía todo..., incluso los secretos ocultos

en los corazones humanos.

La penumbra se espesó para transformarse en noche. El maíz crujía y

susurraba furtivamente alrededor de Gatlin. Estaba muy satisfecho.

EL ULTIMO PELDAÑO DE LA ESCALERA

Ayer recibí la carta de Katrina, cuando aún no hacía una semana que mi padre

y yo habíamos regresado de Los Angeles. Estaba dirigida a Wilmington, Delaware,

y me había mudado dos veces después de vivir allí. Ahora la gente se muda

mucho, y observé con curiosidad cómo las direcciones tachadas y los rótulos de

cambio de domicilio podían asumir un aire acusador. Su carta estaba arrugada y

manchada, con una esquina gastada por el manoseo. Leí su contenido y un

momento después me encontré en la sala, con el teléfono en la mano, a punto de

llamar a papá. Dejé el auricular con un sentimiento parecido al horror. Era anciano

y había tenido dos infartos. ¿Estaba justificado que le telefoneara y le hablara de

la carta de Katrina cuando acabábamos de volver de Los Ángeles? Eso podría

haberlo matado.

De modo que no lo llamé. Y no tenía a quién contárselo... Una carta como ésa

era demasiado personal, tanto que sólo podría haber hablado de ella con mi

esposa o con un amigo muy íntimo. En los últimos años no he entablado grandes

amistades, y mi esposa Helen y yo nos divorciamos en 1971. Ahora sólo nos

intercambiamos tarjetas de Navidad. ¿Cómo estás? ¿Cómo marcha el trabajo? Te

deseo un feliz Año Nuevo.

Había pasado toda la noche en vela, con la carta de Katrina. Podría haber

escrito lo mismo en una postal. Debajo del «Querido Larry» había una sola frase.

Pero una frase puede decirlo todo. Puede hacerlo todo.

Recordé la imagen de mi padre en el avión, el aspecto avejentado y demacrado

de su rostro bajo la implacable luz del sol, a 6.000 metros de altura, mientras

volábamos hacia el Oeste desde Nueva York. Según el piloto acabábamos de

sobrevolar Omaha, y papá dijo: «Está mucho más lejos de lo que parece, Larry.»

Su voz destilaba una pena que me hizo sentir incómodo, porque no la entendía. La

entendí mejor después de recibir la carta de Katrina.

Nos criamos en un pueblo llamado Hemingford Home, ciento veinte kilómetros

al oeste de Omaha. Allí vivíamos mi padre, mi madre, mi hermana Katrina y yo. Yo

era dos años mayor que Katrina, a quien todos llamaban Kitty. Ésta era una niña

hermosa y luego se convirtió en una hermosa mujer..., e incluso cuando tenía

ocho años, en la época en que ocurrió el episodio del granero, ya era evidente que

su cabello rubio como las barbas del maíz no se oscurecería nunca, y que sus

ojos siempre conservarían su color azul escandinavo. Bastaba que un hombre

mirara esos ojos para que quedara cautivado.

Se podría decir que la nuestra fue una infancia campesina. Mi padre tenía

ciento veinte hectáreas de pradera llana, fértil, donde cultivaba maíz y criaba

ganado. Todos la llamaban sencillamente «la hacienda». En aquellos tiempos

todos los caminos eran de tierra, exceptuando la carretera comarcal 80 y la

carretera 96 de Nebraska, y un paseo a la ciudad era algo que esperabas durante

tres días.

Actualmente soy, según dicen, uno de los mejores abogados independientes de

los Estados Unidos, especializado en corporaciones, y debo confesar, para ser

sincero, que estoy de acuerdo con quienes sustentan esa opinión. En una

oportunidad el presidente de una gran compañía me presentó al consejo de

administración como su pistolero a sueldo. Uso los mejores trajes y mis zapatos

están confeccionados con el mejor cuero. Tengo tres asistentes que trabajan

durante toda la jornada para mí, y podría contratar otros doce, si los necesitara.

Pero en aquellos tiempos iba a pie por un camino de tierra hasta una escuela de

una sola aula, con los libros ceñidos por un cinturón, sobre el hombro, y Katrina

me acompañaba. A veces, en primavera, íbamos descalzos. Y ésa era la época en

que no te atendían en una cafetería ni podías comprar en un mercado, si no

usabas zapatos.

Después murió mi madre —cuando Katrina y yo asistíamos a la escuela

secundaria de Columbia City— y dos años más tarde mi padre perdió la hacienda

y se dedicó a la venta de tractores. Ése fue el fin de la familia, aunque entonces no

pareció tan malo. Mi padre prosperó en su trabajo, se compró una agencia de

ventas, y hace aproximadamente nueve años lo eligieron para un cargo directivo.

Yo gané una beca en la Universidad de Nebraska, jugando al fútbol, y aprendí

algo más que a sacar el balón de un cerrojo suizo.

¿Y Katrina? Pero es de ella de quien quiero hablar.

El episodio del granero se produjo un sábado de comienzos de noviembre. En

verdad, no recuerdo bien el año, pero Eisenhower todavía era presidente. Mamá

estaba en una feria de beneficiencia de Columbia City, y papá había ido a la casa

de nuestro vecino más próximo (a diez kilómetros de distancia) para ayudarlo a

reparar un rastrillo de heno. Teóricamente debería haber habido un peón en la

hacienda, pero ese día no concurrió a trabajar y mi padre lo despidió antes de que

transcurriera un mes.

Papá me dejó una lista de las faenas que debía realizar (v también había

algunas para Kitty) y nos ordenó que no nos fuéramos a jugar hasta que estuviera

todo terminado. Pero eso no nos ocupó mucho tiempo. Estábamos en noviembre,

y a esa altura del año ya no había grandes apremios. Nuevamente habíamos

salido a flote. No sería siempre así.

Recuerdo perfectamente aquel día. El cielo estaba encapotado, v si bien no

hacía frío se sentía que quería hacer frío, que quería dejarse de rodeos v

arremeter con la escarcha y la helada, la nieve y la cellisca. Los campos estaban

desnudos. Los animales se mostraban lerdos y pesados. Por la casa parecían

soplar raras comentes de aire que antes nunca habíamos sentido.

En un día como ése, el lugar ideal era el granero. Caluroso, poblado por un

agradable aroma combinado de heno, pelo y estiércol, y por los misteriosos

cloqueos y arrullos de las golondrinas congregadas en el tercer henil. Si echabas

la cabeza hacia atrás veías la blanca luz de noviembre que se filtraba por las

grietas del techo y trataba de deletrear tu nombre. Ése era un juego que en

realidad sólo parecía atractivo en los días encapotados de otoño.

Había una escalera clavada a un travesaño de la parte más alta del tercer henil,

una escalera que bajaba directamente al piso del granero. Nos habían prohibido

trepar por ella porque estaba vieja y desvencijada. Papá le había prometido cien

veces a mamá que la quitaría y la remplazaría por otra más sólida, pero cuando

tenía tiempo para hacerlo siempre había algo que lo distraía. Por ejemplo, debía

ayudar a reparar el rastrillo de un vecino. Y el peón no servía para nada.

Si subías por la enclenque escalera —había exactamente cuarenta y tres

peldaños, que Kitty y yo habíamos contado hasta hartarnos— terminabas en una

viga situada a más de veinte metros del piso sembrado de paja. Y si después te

deslizabas unos cuatro metros por la viga, con las rodillas trémulas, las

articulaciones de los tobillos que crujían y la boca seca e impregnada de sabor a

mecha quemada, quedabas suspendido sobre el almiar. Y entonces podías saltar

de la viga y caer veinte metros en línea recta, en una horrible e hilarante

zambullida mortal, hasta hundirte en un inmenso y mullido lecho exuberante. El

heno tenía un olor dulzón, y al fin descansabas en medio de ese aroma de verano

renacido, después de haber dejado el estómago atrás y en medio del aire, y te

sentías..., bien, como debió de sentirse Lázaro. Habías saltado y habías

sobrevivido para contarlo.

Claro que era un deporte prohibido. Si nos hubieran sorprendido, mi madre

habría puesto el grito en el cielo y mi padre nos habría azotado, a pesar de que ya

no éramos crios. Debido al estado de la escalera, y también porque si por

casualidad perdías el equilibrio y caías de la viga antes de haber llegado al blando

colchón de heno, era seguro que te descalabrarías contra las duras tablas del

piso.

Pero la tentación era demasiado grande. Cuando no está el gato..., bien, ya



conocéis el refrán.

Ese día empezó como todos los otros, con una deliciosa sensación de miedo

mezclado con deseos anhelantes. Estábamos al pie de la escalera, mirándonos el

uno al otro. Kitty estaba congestionada, con los ojos más oscuros y centelleantes

que de costumbre.

—Te desafío —dije.

—El desafiante sube primero —respondió Kitty.

—Las chicas suben antes que los chicos —contraataqué en seguida.

—No si es peligroso —respondió ella bajando recatadamente los ojos, como si

no fuera público y notorio que ella era la segunda machota de Hemingford. Mas

ése era su comportamiento habitual. Subía, pero no antes que yo.

—Está bien —asentí—. Ya subo. Ese año yo tenía diez años y era flaco como

una estaca: pesaba aproximadamente cuarenta y cinco kilos. Kitty tenía ocho años

y pesaba diez kilos menos. Pensábamos que si la escalera siempre nos había

aguantado, seguiría aguantándonos indefinidamente, idea ésta que pone

constantemente en apuros a hombros y naciones.

Ese día sentí que la escalera cimbreaba un poco en la atmósfera polvorienta del

granero a medida que subía cada vez a mayor altura. Como siempre, aproximadamente

a mitad del trayecto, imaginé lo que me sucedería si de pronto la escalera

cedía y se desmoronaba. Pero seguí subiendo hasta que pude sujetarme de la

viga e izarme y mirar hacia abajo.

Él rostro de Kitty, vuelto hacia arriba para mirarme, era un pequeño óvalo

blanco. Con su camisa a cuadros desteñida y sus vaqueros azules, parecía una

muñeca. Sobre mi cabeza, en los polvorientos recovecos del alero, las golondrinas

arrullaban dulcemente.

De nuevo, ajusfándome al ritual:

—¡Qué tal, ahí abajo! —grité, y mi voz flotó hasta ella montada sobre motas de

paja.


—¡Qué tal, ahí arriba!

Me puse en pie. Oscilé un poco hacia atrás y adelante. Como siempre,

parecieron soplar súbitamente extrañas corrientes de aire que no habían existido

abajo. Oí los latidos de mi propio corazón mientras empezaba a avanzar con los

brazos estirados para conservar el equilibrio. Una vez, una golondrina había

revoloteado cerca de mi cabeza en ese momento de la aventura, y al respingar

había estado a punto de caerme. Vivía con el temor de que ese

trance pudiera repetirse.

Pero no esta vez. Por fin estaba sobre el seguro colchón de heno. Ahora mirar

hacia abajo era más sensual que terrorífico. Hubo un momento de expectación.

Después salté al vacío, apretándome aparatosamente la nariz, como lo hacía

siempre, y el súbito tirón de la gravedad me arrastró brutalmente, a plomo, v me

hizo sentir deseos de gritar: ¡Oh, lo siento, me he equivocado, dejadme subir de

nuevo!


Entonces tomé contacto con el heno, me incrusté en él como un proyectil, y su

olor dulzón y polvoriento me rodeó mientras seguía hundiéndome, como en un

agua espesa, hasta quedar lentamente sepultado en la paja. Como siempre, sentí

que un estornudo cobraba forma en mi nariz. Y oí que uno o dos ratones de

campo huían asustados en busca de un sector más apacible del almiar. Y sentí,

curiosamente, que había renacido. Recuerdo que en una oportunidad Kitty me

había dicho que después de zambullirse en el heno se sentía fresca y flamante,

como un bebé. En ese momento no le hice caso —porque entendía a medias lo

que quería decir, y a medias no lo entendía— pero desde que recibí su carta, yo

también pienso en eso.

Bajé de la pila de heno, casi nadando en ella, hasta que mis pies tocaron el piso

del granero. Tenía heno debajo de los pantalones y entre la espalda y la camisa.

Se me había metido en las zapatillas y me asomaba por los codos. ¿Simientes de

heno en el pelo? Claro que sí.

En ese momento Kitty ya había llegado a la mitad de la escalera. Sus trenzas

doradas bailoteaban sobre sus omóplatos, y seguía trepando por un haz

polvoriento de luz. En otras ocasiones esa luz podría haber sido tan brillante como

su cabello, pero ese día sus trenzas no tenían competencia..., eran el elemento de

mayor colorido que había allí arriba.

Pensé, bien lo recuerdo, que no me gustaba la forma en que se combaba la

escalera. Parecía más destartalada que nunca.

Entonces llegó a la viga, muy arriba... Y ahora yo era el pequeño, mi cara era el

minúsculo óvalo blanco vuelto hacia ella cuando su voz bajó flotando junto con las

briznas de paja que había movilizado mi salto.

—¡Qué tal, ahí abajo!

—¡Qué tal, ahí arriba!

Avanzó por la viga y mi corazón se distendió un poco en el pecho cuando

calculé que estaba a salvo sobre el heno. Siempre ocurría lo mismo, aunque ella

siempre había sido más grácil que yo... Y más atlética, si no os parece demasiado

raro que diga esto acerca de mi hermana menor.

Se empinó sobre las punteras de sus viejas zapatillas, con las manos estiradas

al frente. Y después dio el salto del ángel. Hablad de lo inolvidable, de lo

indescriptible. Bien, yo puedo describirlo... en parte. Pero no con la precisión

suficiente para haceros entender hasta qué punto fue bello, perfecto, uno de los

pocos trances de mi vida que parecen absolutamente reales y auténticos. No, no

os lo puedo explicar con tanta fidelidad. Ni mi pluma ni mi lengua tienen la

maestría que haría falta para ello.

Por un instante fugaz pareció flotar en el aire, como si la sostuviera una de esas

misteriosas corrientes ascendentes que sólo existían en el tercer henil,

transformada en una golondrina rutilante de plumaje dorado como Nebraska no ha

vuelto a ver otra. Era Kitty, mi hermana, con los brazos doblados hacia atrás y la

espalda arqueada, ¡y cuánto la amé durante esa fracción de segundo!

Y después cayó y se hundió en el heno y se perdió de vista. Del boquete que

había abierto brotó una explosión de paja y de risas. Olvidé cuan débil me había

parecido la escalera con ella encima, y cuando salió del almiar yo ya estaba

nuevamente a mitad de trayecto.

Yo también intenté ejecutar el salto del ángel, pero el miedo me atenazó como

siempre, y mi ángel se transformó en una bala de cañón. Creo que nunca terminé

de convencerme, como Kitty, de que el heno estaba allí.




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