El umbral de la



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¿Cuánto duró el juego? Quien sabe. Pero después de diez o doce saltos

levanté la vista y vi que la luz había cambiado. Mamá y papá tardarían en volver y

nosotros estábamos cubiertos de paja..., lo cual era una prueba tan contundente

como una confesión firmada. Accedimos a pegar un salto más cada uno.

Yo subí antes que ella y sentí que la escalera se movía bajo mis pies y oí, muy

débilmente, el chirrido de los clavos que se aflojaban en la madera. Y por primera

vez me sentí auténtica, activamente asustado. Creo que si hubiera estado más

cerca del pie de la escalera habría bajado y que ahí habría terminado todo, pero la

viga estaba más próxima y parecía más segura. Cuando me faltaban tres

peldaños para llegar arriba aumentó el chirrido de los clavos tirantes y el terror me

congeló súbitamente, con la certeza de que me había excedido.

Hasta que mis manos cogieron la viga astillada y aligeraron a la escalera de mi

peso. Un sudor frío, desagradable, pegoteaba las briznas de paja a mi frente. El

juego ya había perdido su atractivo.

Enderecé de prisa hacia el almiar y me dejé caer. Ni siquiera saboreé la parte

placentera del salto. Mientras descendía, me imaginé lo que habría sentido si

hubiera sido el piso sólido del granero el que venía a mi encuentro en lugar de la

blanda turgencia del heno.

Cuando asomé en el centro del granero vi que Kitty trepaba apresuradamente

por la escalera.

—¡Eh, baja! —grité—. ¡No es segura!

—¡Me sostendrá! —respondió ella con un tono confiado—. ¡Soy más ligera que

tú!


—Kitty...

Pero no pude terminar la frase. Porque fue entonces cuando cedió la escalera.

Se partió con un chasquido de madera podrida, astillada. Yo grité y Kitty chilló.

Estaba más o menos donde me hallaba yo cuando me convencí de que había

puesto exageradamente a prueba mi suerte.

El peldaño sobre el que ella se apoyaba se desprendió y después los dos

largueros se separaron. Por un momento la escalera, que se había zafado

totalmente, pareció, a los pies de Kitty, un insecto portentoso, una mantis religiosa,

que acababa de tomar la decisión de alejarse.

A continuación la escalera se desplomó, estrellándose contra el piso del

granero con un estampido seco que levantó una nube de polvo e hizo mugir,

inquietas, a las vacas del establo vecino. Una de ellas pateó la puerta de su

pesebre.

Kitty lanzó un alarido agudo, penetrante.

—¡Larry! ¡Larry! ¡Ayúdame!

Sabía lo que había que hacer, lo comprendí en seguida. Tenía un miedo

espantoso, pero conservaba el uso de mis facultades. Estaba a más de veinte

metros de altura, sus piernas enfundadas en los vaqueros se agitaban frenéticamente

en el vacío, y las golondrinas arrullaban sobre su cabeza. Sí, yo estaba

asustado. Y confieso que todavía no soy capaz de presenciar un espectáculo de

acrobacia en el circo, ni siquiera en la TV. Me revuelve el estómago.

Pero sabía lo que había que hacer.

—¡Kitty! —le grité—. ¡Quédate quieta! ¡Quieta!

Me obedeció al instante. Dejó de agitar las piernas y quedó colgada

verticalmente, con las manecitas cerradas sobre el último peldaño del extremo

astillado de la escalera, como una acróbata cuyo trapecio se hubiera inmovilizado.

Sinceramente, no recuerdo lo que ocurrió después, excepto que el heno se me

metió en la nariz y empecé a estornudar y no pude contenerme. Corría de un lado

a otro, levantando una pila de heno allí donde había estado la base de la escalera.

Era una pila muy pequeña. Al mirarla, y al mirarla luego a ella, que colgaba tan

arriba, cualquiera habría pensado en una de esas caricaturas que muestran a un

tipo saltando desde cien metros dentro de un vaso de agua.

Iba y venía. Iba y venía.

—¡ Larry, no podré resistir más tiempo! —El timbre de su voz era atiplado y

desesperado.

—¡Tienes que resistir, Kitty! ¡Tienes que resistir!

Iba y venía. El heno me caía dentro de la camisa. Iba y venía. Ahora la pila de

heno me llegaba a la barbilla, pero el almiar en el que nos zambullíamos tenía

ocho metros de profundidad. Pensé que si sólo se fracturaba las piernas debería

darse por satisfecha. Y sabía que si caía fuera del heno se mataría. Iba y venía.

—¡Larry! ¡El peldaño! ¡Se está zafando!

Oí el chirrido sistemático y crepitante del peldaño que cedía por efecto de su

peso. Volvió a agitar las piernas, despavorida, pero si seguía moviéndolas así le

erraría inevitablemente al heno.

—¡No! —vociferé—, ¡No! ¡No hagas eso! ¡Suéltate! ¡Suéltale, Kitty! —Porque ya

no tenía tiempo para juntar más heno. No tenía tiempo para nada que no fuera alimentar

un ciego optimismo.

Se soltó y se dejó caer apenas se lo ordené. Bajó recta como un cuchillo. Me

pareció que su caída duraba una eternidad, con sus trenzas de oro fuertemente

estiradas hacia arriba, con los ojos cerrados, con el rostro pálido como la

porcelana. No gritó. Tenía las manos entrelazadas delante de los labios, como si

rezara.


Y cayó justó en el centro de la pila de heno. Se hundió en ella hasta perderse

de vista. La paja salió despedida en todas direcciones como si hubiera estallado

una granada, y oí el ruido que produjo su cuerpo al chocar contra las tablas. El

ruido, fuerte y sordo, hizo que me recorriera un escalofrío mortal. Había sido

demasiado fuerte, demasiado fuerte. Pero tenía que ver lo que había ocurrido.

Llorando, me abalancé sobre la pila de heno y empecé a apartarlo, arrojando

grandes manojos a mis espaldas. Salió a la luz una pierna enfundada en un

vaquero, después una camisa a cuadros... Y después el rostro de Kitty. Estaba

mortalmente pálida y tenía los ojos cerrados. Al mirarla me di cuenta de que

estaba muerta. El mundo se puso gris, con un gris de noviembre. El único toque

de calor que había en él era el de sus trenzas, de oro rutilante.

Y después el azul profundo de sus iris cuando abrió los ojos.

—¿Kitty? —Mi voz sonaba ronca, gangosa, incrédula. Mi garganta estaba

tapizada de polvillo de heno—. ¿Kitty?

—¿Larry? —pregunto ella, atónita—. ¿Estoy viva? La levanté del heno y la

estrujé y ella me echó los brazos al cuello y me devolvió el abrazo.

—Estás vivas —dije—. Estás viva, estás viva.

Se había fracturado el tobillo izquierdo, y eso fue todo. Cuando el doctor

Pedersen, el clínico general de Columbia City, entró en el granero con mi padre y

conmigo, miró durante un largo rato las sombras del techo. El último peldaño de la

escalera aún colgaba allí, sesgado, de un clavo.

Como digo, miró durante un largo rato.

—Un milagro —le dijo a mi padre, y después pateó desdeñosamente el heno

que yo había apilado. Se encaminó hacia su «De Soto» polvoriento y se fue.

Mi padre me colocó la mano sobre el hombro.

—Iremos a la leñera, Larry —manifestó con voz muy serena—. Supongo que

sabes qué es lo que pasará allí.

—Sí, señor —susurré.

—Quiero que cada vez que te zurre, Larry, le agradezcas a Dios que tu

hermana sigue viva.

—Sí, señor.

Después nos fuimos. Me zurró muchas veces, tantas veces que durante una

semana comí en pie, y durante las dos semanas siguientes con un cojín en mi

silla. Y cada vez que me pegaba con su gran mano roja y callosa, yo le daba

gracias a Dios.

Con voz potente, muy potente. Cuando recibí los dos o tres últimos golpes, no

tenía duda de que Él me oía.

Me dejaron entrar a verla un poco antes de la hora de acostarme. Recuerdo que

había un tordo del otro lado de su ventana. Su pie vendado descansaba sobre una

tabla.


Me miró durante tanto tiempo y con tanta ternura que me sentí incómodo. Por

fin dijo:

—Heno. Pusiste heno.

—Claro que sí —exclamé—. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando se rompió la

escalera no me quedó ningún medio para llegar arriba.

—No sabía lo que hacías —murmuró.

—¡Pero tenías que saberlo! ¡Estaba debajo de ti, por el amor de Dios!

—No me atreví a mirar —respondió—. Tenía demasiado miedo. No abrí en

ningún momento los ojos.

—¿No lo sabías? ¿No sabías lo que estaba haciendo? Meneó la cabeza.

—Y cuando te dije que te soltaras..., ¿lo hiciste sin mirar? Asintió con un

movimiento de cabeza.

—Kitty, ¿cómo pudiste hacer eso?

Me miró con esos profundos ojos azules.

—Sabía que debías de haber hecho algo para solucionarlo —dijo—, Eres mi

hermano mayor. Sabía que te ocuparías de mí.

—Oh, Kitty, no imaginas qué poco faltó. Me había cubierto el rostro con las

manos. Ella se irguió en la cama y las apartó. Me besó en la mejilla.

—No —murmuró—. Pero sabía que tú estabas ahí abajo. Caray, qué sueño.

Hasta mañana, Larry. El doctor Pedersen dice que me podrán una escayola.

Estuvo escayolada durante poco menos de un mes, y todos sus compañeros de

escuela firmaron el yeso..., e incluso me lo hizo firmar a mí. Y cuando se lo

quitaron, ahí terminó el episodio del granero. Mi padre remplazó la escalera que

llevaba al tercer henil por otra nueva y fuerte, pero nunca volví a trepar a la viga

para saltar sobre el heno. Por lo que sé, Kitty tampoco lo hizo.

Ése fue el fin, pero no lo fue. Quién sabe por qué, la historia no terminó hasta

hace nueve días, cuando Kitty saltó desde el último piso del edificio de una

compañía de seguros, en Los Ángeles. Tengo el recorte del Los Angeles Times en

mi billetera. Supongo que lo llevaré siempre conmigo, no con la alegría con que

llevas las instantáneas de las personas que deseas recordar o las entradas de un

buen espectáculo o parte del programa de un partido del Campeonato Mundial.

Llevo el recorte conmigo como llevas algo pesado, porque tienes el deber de

llevarlo. El titular dice; PROSTITUTA DE LUJO SE SUICIDA CON EL SALTO DEL

ÁNGEL.


Crecimos. Esto es todo lo que sé, dejando de lado los hechos sin importancia.

Ella pensaba estudiar Administración de Empresas en Omaha, pero el verano

después de terminar el bachillerato ganó un concurso de belleza y se casó con

uno de los jueces. Parece un chiste obsceno, ¿verdad? Mi Kitty.

Mientras yo estudiaba Derecho ella se divorció y me escribió una larga carta, de

diez o más páginas, en la que me contaba cómo había pasado todo, qué

repugnante había sido, cómo todo habría sido mejor si ella hubiera podido tener

un hijo. Me preguntaba si podía ir a verla. Pero perder una semana en la Facultad

de Derecho es tan grave como perder un año en un curso inferior de artes liberales.

Esos tipos son galgos. Si pierdes de vista el conejito mecánico, no lo

encuentras nunca más.

Se mudó a Los Angeles y volvió a casarse. Cuando naufragó ese matrimonio,

yo había regresado de la Facultad de Derecho. Me escribió otra carta, más breve,

más amarga. Me decía que nunca se dejaría atrapar en ese tiovivo. Era una rutina

inalterable. La única forma de coger la sortija consistía en caerse del caballito y

romperse el cráneo. Si ése era el precio de una vuelta gratis, ella no estaba

dispuesta a pagarlo. Posdata: ¿Puedes venir, Larry? Hace mucho que no te veo.

Le escribí diciéndole que me habría encantado ir a visitarla, pero que no era

posible. Había conseguido trabajo en una firma con grandes tensiones internas, y

yo estaba en la base de la pirámide: todo el trabajo recaía sobre mis espaldas y

nadie reconocía mis méritos. Si quería subir el escalón siguiente, tendría que

lograrlo ese mismo año. Ésa fue mi larga carta, en la que hablaba exclusivamente

de mi carrera.

Contesté todas sus cartas. Pero nunca llegué a convencerme verdaderamente

de que era Kitty quien las escribía ¿entendéis?, así como antes no había podido

convencerme de que el heno estaba realmente allí..., hasta que interrumpía mi

caída por el vacío y me salvaba la vida. No podía persuadirme de que mi hermana

y la mujer vencida que firmaba «Kitty», rodeando su nombre con un círculo, al pie

de las cartas, eran en realidad la misma persona. Mi hermana era una muchacha

con trenzas, cuyos pechos aún no se habían desarrollado.

Fue ella la que dejó de escribir. Me enviaba tarjetas de Navidad, me felicitaba

para mi cumpleaños, y mi esposa le correspondía igualmente. Después nos

divorciamos y yo me mudé y me olvidé de todo. La Navidad siguiente y, a

continuación, el día de mi cumpleaños, las tarjetas me llegaron gracias a que

había comunicado mi cambio de domicilio en la oficina de correos. El primer

cambio. Y yo me decía constantemente: caray, tengo que escribirle a Kitty y

comunicarle que me he mudado. Pero no lo hice.

Sin embargo, como ya he dicho, todos éstos son detalles que carecen de

importancia. Lo único que interesa es que maduramos y que ella dio el salto del

ángel desde el último piso del edificio de una compañía de seguros, y que ella

creía que el heno estaría siempre abajo. Kitty era la que había dicho: «Sabía que

debías estar haciendo algo para solucionarlo.» Ésas son las cosas que en verdad

importan. Y la carta de Kitty.

Actualmente todos se mudan continuamente, y es curioso que esas direcciones

tachadas y esos rótulos de cambio de domicilio puedan asumir la forma de acusaciones.

Kitty había estampado el remite en el ángulo superior izquierdo del sobre,

y esa dirección correspondía al apartamento donde había estado viviendo hasta

que saltó. En un hermoso edificio de Van Nuys. Papá y yo fuimos allí a recoger

sus cosas. La casera se mostró muy amable. Estimaba a Katty.

El matasellos tenía fecha de dos semanas antes de su muerte. La carta debería

haberme llegado mucho antes, si no hubiera sido por los cambios de domicilio.

Ella debía de haberse cansado de esperar.

Querido Larry:

Últimamente he estado pensando mucho en eso... Y he resuelto que lo

mejor para mi habría sido que el último peldaño se hubiera roto antes de que tú

pudieses apilar el heno.

Tu Kitty

Si, supongo que Kitty debió de cansarse de esperar. Prefiero pensar esto y no

que ella llegó a la conclusión de que yo la había olvidado. No me habría gustado

que pensara eso, porque tal vez esa sola frase habría sido lo único que me habría

hecho acudir corriendo a su lado.

Pero ni siquiera ésta es la razón por la que ahora me cuesta dormirme. Cuando

cierro los párpados y empiezo a amodorrarme, la veo caer del tercer henil, con los

ojos dilatados y muy azules, el cuerpo arqueado, los brazos doblados hacia atrás.

Ella era la que siempre sabía que el heno estaría allí.

EL HOMBRE QUE AMABA LAS FLORES

A primera hora de una tarde de mayo de 1963, un joven caminaba de prisa por

la Tercera Avenida de Nueva York, con la mano en el bolsillo. La atmósfera era

apacible y hermosa, y el sol se oscurecía gradualmente pasando del azul al

sereno y bello violeta del crepúsculo. Hay personas que aman la ciudad, y ésa era

una de las noches que hacían amarla. Todos los que estaban en los portales de

las tiendas de comestibles y las tintorerías y los restaurantes parecían sonreír.

Una anciana que transportaba dos bolsas de provisiones en un viejo cochecito de

niño le sonrió al joven y le gritó: «¡Adiós, guapo!» El joven también le sonrió

distraídamente y la saludó con un ademán. Ella siguió su camino, pensando: Está

enamorado. Eso era lo que reflejaba en su talante. Vestía un traje gris claro, con la

angosta corbata un poco ladeada y el botón del cuello de la camisa desabrochado.

Su cabello era oscuro y lo llevaba corto. Su tez era blanca, sus ojos de color azul

claro. Sus facciones no eran excepcionales, pero en esa plácida noche de

primavera, en esa avenida, en mayo de 1963, era realmente guapo, y a la anciana

se le ocurrió pensar fugazmente, con dulce nostalgia, que en primavera todos

pueden parecer guapos..., si marchan apresuradamente al encuentro de la dama

de sus sueños para cenar con ella y quizá para ir después a bailar. La primavera

es la única estación en la que la nostalgia nunca parece agriarse, y la anciana

continuó su marcha satisfecha de haberle hablado y contenta de que él le hubiera

devuelto el cumplido con un ademán esbozado.

El joven cruzó Sixty-third Street, caminando con brío y con la misma sonrisa

distraída en los labios. En la mitad de la manzana, un anciano montaba guardia

junto a una desconchada carretilla verde llena de flores. El color predominante era

el amarillo: una fiebre amarilla de junquillos y azafranes tardíos. El anciano

también tenía claveles y unas pocas rosas té de invernadero, casi todas amarillas

y blancas. Estaba comiendo una rosquilla y escuchaba una voluminosa radio de

transistores que descansaba atravesada sobre un ángulo de la carretilla.

La radio difundía malas noticias que nadie escuchaba: un asesino armado con

un martillo seguía haciendo de las suyas; JFK había declarado que había que

vigilar la situación de un pequeño país asiático llamado Vietnam («Vaitnum», lo

llamó el locutor); en las aguas del East River había aparecido el cadáver de una

mujer no identificada; un gran jurado no había podido inculpar a un zar del crimen

en el contexto de la guerra de la administración local contra la heroína; los rusos

habían detonado un artefacto nuclear. Nada de eso parecía real, nada de eso

parecía importar. La atmósfera era apacible y dulce. Dos hombres con las barrigas

hinchadas por la cerveza lanzaban monedas al aire y bromeaban frente a una pastelería.

La primavera vibraba sobre el filo del verano, y en la ciudad, el verano es

la estación de los ensueños.

El joven dejó atrás el puesto de flores y la avalancha de malas noticias se

acalló. Vaciló, miró por encima del hombro, y reflexionó. Metió la mano en el

bolsillo de la americana y volvió a palpar lo que llevaba allí. Por un momento

pareció desconcertado, solitario, casi acosado, y después, cuando su mano

abandonó el bolsillo, sus facciones recuperaron la expresión anterior de ávida

expectación.

Se encaminó de nuevo hacia la carretilla sonriendo. Le llevaría unas flores: eso

la complacería. Le encantaba ver cómo la sorpresa y el regocijo iluminaban sus

ojos cuando él le hacía un regalo inesperado. Menudencias, porque distaba

mucho de ser rico. Una caja de caramelos. Una pulsera. Una vez una bolsa de

naranjas de Valencia, porque sabía que eran sus favoritas.

—Mi joven amigo —dijo el florista, cuando el hombre del traje gris volvió,

paseando los ojos sobre la mercancía de la carretilla. El florista tenía quizá

sesenta y ocho años, y a pesar del calor de la noche usaba un raído suéter gris de

punto y una gorra. Su rostro era un mapa de arrugas, sus ojos estaban

profundamente engarzados en la carne fláccida, y un cigarrillo bailoteaba entre

sus dedos. Pero él también recordaba lo que significaba ser joven en primavera...,

ser joven y estar enamorado hasta el punto de volar prácticamente de un lado a

otro. El talante del vendedor era normalmente agrio, mas en ese momento sonrió

un poco, como lo había hecho la mujer que empujaba el cochecito con

provisiones, porque ese fulano era un candidato obvio. Sacudió las migas de la

rosquilla de su holgado suéter y pensó: Si este chico estuviera enfermo deberían

internarlo ahora mismo en la unidad de cuidados intensivos.

—¿Cuánto cuestan las flores? —preguntó el joven.

—Le prepararé un lindo ramo por un dólar. Las rosas té son de invernadero.

Cuestan un poco más, setenta céntimos cada una. Le venderé media docena por

tres dólares y cincuenta céntimos.

—Son caras —comentó el joven.

—Lo bueno siempre es caro, mi joven amigo. ¿Su madre no se lo enseñó? El

muchacho sonrió.

—Es posible que lo haya mencionado.

—Sí, claro que lo mencionó. Le daré media docena, dos rojas, dos amarillas,

dos blancas. No podrá ofrecerle nada mejor, ¿verdad? Lo completaré con un poco

de helécho. Del mejor. A ellas les encanta. ¿O prefiere un ramo de un dólar?

—¿A ellas? —preguntó el joven, sin dejar de sonreír.

—Escuche, amiguito —contestó el florista, arrojando la colilla al arroyo de un

papirotazo y devolviendo la sonrisa—, en mayo nadie compra flores para uno

mismo. Es una ley nacional, ¿me entiende?

El joven pensó en Norma, en sus ojos dichosos y sorprendidos y en su sonrisa

afable, agachó un poco la cabeza.

—Supongo que sí —asintió.

—Seguro que sí. ¿Qué decide?

—Bien, ¿qué le parece a usted?

—Le diré lo que opino. ¡Eh! Los consejos siguen siendo gratuitos, ¿no es

verdad?

El joven sonrió y asintió:



—Supongo que es lo único gratuito que queda en el mundo.

—Tiene mucha razón —dijo el florista—. Muy bien, mi joven amigo. Si las flores

son para su madre, llévele el ramo. Unos pocos junquillos, unos pocos azafranes,

algunos lirios de los valles. Ella no lo estropeará comentando: «Oh hijo me

encantan y cuánto te costaron oh eso es demasiado y por qué no has aprendido a

no derrochar el dinero.»

El joven echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.

El florista continuó:

—Pero si son para su chica, las cosas cambian, hijo mío, y usted lo sabe.

Llévele las rosas té y ella no reaccionará como un contable, ¿me entiende? ¡Eh!

Su chica le echará los brazos al cuello y...

—Llevaré las rosas té —lo interrumpió el joven, y esta vez fue al florista a quien

le tocó el turno de reír.

Los dos hombres que jugaban con las monedas los miraron, sonriendo.

—¡Eh, chico! —gritó uno de ellos—. ¿Quieres comprar una alianza barata? Te

vendo la mía..., a mi ya no me interesa.

El joven sonrió y se ruborizó hasta las raíces de sus oscuros cabellos.

El florista escogió seis rosas té, les recortó un poco los tallos, las roció con agua

y las introdujo en un envoltorio cónico.

—Esta noche tenemos un clima ideal —dijo la radio—. Apacible y despejado,

con una temperatura próxima a los dieciocho grados, perfecto para que los

románticos contemplen las estrellas desde la azotea. ¡A disfrutar del Gran Nueva

York, amigos!

El florista aseguró con cinta adhesiva el borde del envoltorio cónico y aconsejó

al joven que su chica agregara un poco de agua al azúcar que debía echarles,

para conservarlas durante más tiempo.

—Se lo diré —respondió el joven. Tendió un billete de cinco dólares—. Gracias.

—Cumplo con mi deber, mi joven amigo —exclamó el florista, mientras le

devolvió un dólar y dos monedas de veinticinco céntimos. Su sonrisa se

entristeció—. Dele un beso de mi parte.

En la radio, los Four Seasons empezaron a cantar Sherry. El joven guardó el

cambio en el bolsillo y se alejó calle arriba, con los ojos dilatados, alertas y

ansiosos, sin mirar tanto la vida que fluía y refluía de un extremo al otro de la

Tercera Avenida como hacia dentro y adelante, anticipándose. Pero ciertos




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