El umbral de la



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ellas de Johns and Goodfellow, de Boston. Tienen Noticia del Volumen por el cual

P ha manifestado Interés. Sólo hay cinco Ejemplares en este País. La Carta es

bastante fría, lo cual me extraña bastante. Hace Años que conozco a Henry

Goodfellow.>>

13 de agosto:

P. muestra una excitación anormal por la carta de Goodfellow; se niega

a explicar por qué. Sólo dice que Boon está desmedidamente ansioso por

conseguir el Ejemplar. No entiendo la Razón, pues el título sólo parece ser

el de un inofensivo Tratado de jardinería...

Estoy preocupado por Philip. Cada día le encuentro más extraño. Ahora

lamento que hayamos regresado a Chapelwaite. El Verano es caluroso,

asfixiante, y está lleno de Presagios...

En el Diario de Robert sólo hay otras dos menciones del libro infame

(aparentemente no comprendió su verdadera importancia, ni siquiera al final). De

sus anotaciones del 4 de setiembre:

Le he pedido a Goodfellow que actúe como Agente de P. en la cuestión

de la Compra, aunque mi prudencia clama contra esta Operación. ¿Qué

Pretexto puedo emplear para resistirme? ¿Acaso no podría comprarlo con

su propio Dinero, si yo me negara a ayudarlo? Y a cambio de ello le he

arrancado a Philip la Promesa de abjurar de este infame Bautismo... Y sin

embargo está tan Ofuscado, casi Afiebrado, que no confío en él. Respecto

de esta cuestión estoy totalmente en Ayunas...

Por fin, el 16 de setiembre:

Hoy ha llegado el Libro, junto con una Nota de Goodfellow en la que

dice que no quiere seguir interviniendo en mis Transacciones... P. se

mostró anormalmente excitado y casi me arrancó el Libro de las Manos.

Está escrito en Latín y con Caracteres Rúnicos que no sé descifrar. Parece

casi caliente al Tacto y tuve la impresión de que vibraba en mis Manos,

como si contuviera una inmensa Energía... Le recordé a P. su promesa de

Abjurar y se limitó a lanzar una Risa desagradable, demencial, mientras

blandía el Libro delante de mi Cara y gritaba una y otra vez: <<¡Lo tenemos!

¡Lo tenemos! ¡El Gusano! ¡El Secreto del Gusano!>>

Ahora se ha ido corriendo, supongo que al encuentro de su Benefactor

loco, y no he vuelto a verle en el resto del Día...

No vuelve a hablar del libro, pero he hecho ciertas deducciones que parecen

por lo menos plausibles. En primer término, tal y como ha dicho la señora Cloris,

este libro fue el motivo de la ruptura entre Robert y Philip; en segundo término, es

un compendio de hechizos impíos, posiblemente de origen druida (los

conquistadores romanos de Gran Bretaña conservaron por escrito muchos de los

ritos de sangre druidas, en nombre de la erudición, y muchos de estos recetarios

infernales forman parte de la literatura prohibida del mundo); en tercer término,

Boon y Philip se proponían utilizar el libro para sus propios fines. Quizá, por

alguna vía tortuosa, tenían buenas intenciones, pero lo dudo. Lo que sí creo es

que mucho antes se habían asociado con las potencias misteriosas que existen

más allá de la urdimbre misma del Tiempo. Las últimas anotaciones del Diario de

Robert Boone confirman ambiguamente estas especulaciones, y los deja hablar

por sí mismos:

26 de octubre de 1789

Hoy reina una terrible Conmoción en Preacher’s Corners. Frawley, el

Herrero, me ha cogido por el Brazo y me ha preguntado: <

Hermano y ese Anticristo loco allá arriba.>> Godoy Randall afirma que en el

Cielo ha habido Presagios de un gran Desastre inminente. Ha nacido una

vaca con dos Cabezas.

En cuanto a Mí, ignoro qué nos amenaza. Quizá la Demencia de mi

Hermano. Su Cabello ha encanecido casi de un Día a otro, sus Ojos son

grandes Círculos inyectados en Sangre de los cuales parece haberse

desvanecido la atractiva luz de la Cordura. Sonríe y susurra y, por alguna

Razón Particular, ha empezado a frecuentar nuestro Sótano cuando no está

en Jerusalem’s Lot.

Las Chotacabras se congregan alrededor de la Casa y sobre la Hierba.

Su Clamor conjunto desde la bruma se mezcla con el del Mar hasta

modular un Chillido sobrenatural que quita el Sueño

27 de octubre de 1789

Esta Noche seguí a P. cuando partió rumbo a Jerusalem’s Lot,

manteniéndome a una Distancia razonable para evitar que me descubriera.

Las condenadas Chotacabras vuelan en bandada por el Bosque, llenándolo

todo con una Melopea fatal, de ultratumba. No me atreví a cruzar el Puente.

Toda la Aldea estaba a oscuras, exceptro la Iglesia, que se hallaba

iluminada por un tétrico Resplandor rojo que parecía transformar las altas

ventanas ojivales en los Ojos del Infierno. Las Voces fluctuaban entonando

la Letanía del Diablo, riendo a ratos, sollozando luego. La Tierra misma

pareció hincharse y gemir bajo mis pies, como si soportara un Peso atroz, y

yo huí, asombrado y despavorido, oyendo cómo los Graznidos demoníacos

y estridentes de las Chotacabras reverberaban dentro de mi Cabeza

mientras corría por ese Bosque sombrío.

Todo apunta hacia un Clímaz aún imprevisto. No me atrevo a dormir

porque me asustan los posibles Sueños, y tampoco a permanecer despierto

porque no sé qué Terrores lunáticos me aguardan. La Noche está poblada

de Ruidos sobrecogedores y temo...

Y sin embargo siento la necesidad de volver allí, de mirar, de ver. Tengo la

impresión de que Philip en persona me llama, y el Anciano.

Los Pájaros.

Malditos malditos malditos.

Aquí termina el Diario de Robert Boone.

Observa, Bones, que cerca del final alega que el mismo Philip parecía llamarlo.

Estas líneas, las palabras de la señora Cloris y los demás, pero sobre todo las

espantosas figuras del sótano, muertas y sin embargo vivas, son las que me llevan

a deducir una última conclusión. Nuestra estirpe sigue siendo infortunada, Bones.

Sobre nosotros pesa una maldición que se resiste a dejarse sepurltar: vive en un

avieso mundo de sombras, dentro de esta casa y aquella aldea. Y se aproxima

nuevamente la culminación del ciclo. Soy el último de los Boone. Temo que haya

algo que lo sabe, y que yo sea el nexo de una abyecta empresa que nadie que

esté en sus cabales podría entender. Dentro de una semana se cumple el

aniversario, en la Víspera de Todos los Santos.

¿Qué debo hacer? ¡Si por lo menos tú estuvieras aquí para aconsejarme, para

ayudarme!

Necesito saberlo todo, debo volver a la aldea que todos rehuyen. ¡Que Dios me

dé fuerzas para ello!

Charles.


(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

25 de octubre de 1850

El señor Boone ha dormido durante casi todo el día de hoy. Su rostro está

pálido y mucho más demacrado. Temo que la repetición de la fiebre sea inevitable.

Mientras refrescaba su botellón de agua vi dos cartas dirigidas al señor

Granzón de Florida, que no han sido despachadas. Se propone volver a

Jerusalem’s Lot. Si se lo permitiera, eso le costaría la vida. ¿Me atreveré a

escabullirme hasta Preacher’s Corners para alquilar un carruaje? Debo hacerlo,

pero qué sucederá si se despierta? ¿Si al volver descubro que se ha ido?

Han reaparecido los ruidos en las paredes. ¡Gracias a Dios él aún duerme! Mi

mente tiembla al pensar en lo que significa todo esto.

Más tarde

Le llevé la comida en una bandeja. Se propone levantarsse dentro de un rato, y

a pesar de sus evasivas sé qué es lo que planea. Sin embargo, ire a Preachers

Corners. Conservo en mi equipaje varios de los polvos somníferos que le

recetaron durante su enfermedad. Bebió uno de ellos con su té, sin saberlo.

Duerme nuevamente.

Me espanta dejarle con las Cosas que se deslizan detrás de nuestras paredes,

pero me espanta aún más que permanezca otro día entre estos muros. Le he

encerrado bajo llave.

¡Dios quiera que esté todavía aquí, a salvo y durmiendo, cuando yo vuelva con

el carruaje!

Más tarde aún

¡Me apedrearon! ¡Me apedrearon como si fuera un perro salvaje y rabioso!

¡Monstruos depravados! ¡Éstos que se dicen hombres! Estamos prisioneros aquí...

los pájaros, las chotacabras, han empezado a congregarse.

26 de octubre de 1850

Querido Bones:

Está casi oscuro y acabo de despertarme, después de haber dormido casi

veinticuatro horas seguidas. Aunque Cal no ha dicho nada, sospecho que echó en

mi té unos polvos somníferos cuando descubrió mis intenciones. Es un buen y fiel

amigo, que sólo desea lo mejor, de modo que no le reprenderé.

Sin embargo estoy resuelto. Mañana es el día. Estoy sereno, decidido, pero

también me parece sentir el retorno de la fiebre. En ese caso, tendrá que ser

mañana. Quizá sería aún mejor esta noche, pero ni siquiera los fuegos del mismo

Infierno podrían inducirme a pisar esa aldea en la oscuridad.

Si no volviera a escribirte, que Dios de bendiga y te dé muchos años de vida,

Bones


Charles.

Posdata – Los pájaros han empezado a graznar y se reanudaron los horribles

deslizamientos. Cal cree que no los oigo, pero se equivoca.

C.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).



27 de octubre de 1850

5 de la mañana

Se ha empecinado. Muy bien. Iré con él.

4 de noviembre de 1850

Querido Bones:

Débil pero lúcido. No estoy seguro de la fecha, pero mi calendario me asegura

que debe ser la correcta, por el horario de la marea y la puesta del sol. Estoy

sentado frente a mi escritorio, en el mismo lugar desde donde te escribí mi primera

carta de Chapelwaite, y contemplo el mar oscuro del que se borran rápidamente

los últimos vestigios de luz. Nunca volveré a verlo. Esta noche es mi noche. La

cambiaré por las sombras que me aguardan, cualesquiera sean éstas.

¡Cómo rompe contra las rocas, este mar! Despide nubes de espuma hacia el

cielo tenebroso, sacudiendo el suelo bajo mis pies. En el cristal de la ventana veo

reflejada mi imagen, pálida como la de un vampiro. No como desde el 27 de

octubre, y tampoco habría bebido si ese día Calvin no hubiera dejado un botellón

de agua junto a mi lecho.

¡Oh, Cal! Le he perdido, Bones. Ha sucumbido en mi lugar, en lugar de esta

ruina con brazos esqueléticos y rostro cadavérico que veo reflejarse en el cristal

oscurecido. Y sin embargo es posible que él sea el más afortunado de los dos,

porque no le atormentan sueños como los que me han atormentado a mí durante

estos días: formas contorsionadas que acechan en los corredores de la pesadilla

delirante. Mis manos tiemblan todavía, he manchado el papel con tinta.

Calvin salió a mi encuentro aquella mañana, precisamente cuando me disponía

a escabullirme... Y yo que creía haber sido tan astuto. Le dije que había resuelto

irme con él de aquí, y le pedí que fuera a alquilar un carruaje en Tandrell, situado

a unos quince kilómetros donde éramos menos conocidos. Accedió a hacer la

larga caminata y le vi partir por el sendero de la costa. Cuando le perdí de vista me

equipé rápidamente con un abrigo y na bufanda (porque hacía mucho frío, y los

prolegómenos del invierno inminente se manifestaban en la brisa cortante de la

mañana). Lamenté por un momento no tener una pistola, y después me reí de mi

propia idea. ¡Para qué sirve un arma en estas circunstancias?

Salí por la puerta de la despensa y me detuve un momento para echar una

última mirada al mar y al cielo; para inhalar el aire fresco y acorazarme con él

contra el hedor pútrido que, lo sabía muy bien, no tardaría en respirar; para

disfrutar del espectáculo que brindaba una gaviota voraz al revolotear bajo las

nubes.


Me volví... y allí estaba Calvin McCann.

—No irá solo –dijo, con una expresión implacable que no le había visto nunca.

—Pero, Calvin... –empecé a protestar.

—¡No, ni una palabra! Iremos juntos y haremos lo que sea necesario, o le

arrastraré por la fuerza a la casa. Usted no se encuentra bien. No irá solo.

Es imposible describir las emociones encontradas que se apoderaron de mí:

confusión, irritación, gratitud..., pero la más intensa de todas fue el afecto.

Pasamos en silencio delante de la glorieta y del reloj de sol, recorrimos el

sendero cubierto de malezas y nos internamos en el bosque. Reinaba una paz

absoluta: no se oía el gorjeo de un pájaro ni el chirrido de un grillo. El mundo

parecía cubierto por un manto de silencio. Sólo flotaba el olor ubicuo de la sal y,

desde lejos, llegaba el tenue aroma del humo de leña. El bosque era una

inflamada sinfonía de colores, pero, a mi juicio, parecía predominar el escarlata.

El olor de la sal no tardó en dispersarse y lo sustituyó otro, más siniestro: el de

la descomposición a la que ya he hecho referencia. Cuando llegamos al puente

para peatones que unía las dos márgenes del Royal, pensé que Cal volvería a

pedirme que desistiera, pero no lo hizo. Se detuvo, miró el torvo campanario que

parecía burlarse de la bóveda celeste, y después me miró a mí. Seguimos

adelante.

Nos encaminamos con paso rápido pero temeroso hacia la iglesia de James

Boon. La puerta seguía entreabierta, tal como la habíamos dejado después de

nuestra última salida, y la oscuridad interior parecía hacernos muecas. Mientras

subíamos por la escalinata sentí que mi corazón se trocaba en bronce y mi mano

tembló cuando entró en contacto con el picaporte y tiró de él. Dentro, el olor era

más intenso y más mefítico que antes.

Entramos en el vestíbulo envuelto en penumbras y, sin detenernos, pasamos al

recinto principal.

Estaba en ruinas.

Algo descomunal se había desenfrenado allí, produciendo una terrible

destrucción. Los bancos estaban volcados y apilados como briznas de paja. La

cruz nefasta descansaba contra la pared oriental, y un agujero mellado que se

veía en el revoque, encima de ella, atestiguaba con cuánta violencia la habían

arrojado. Las lámparas habían sido arrancadas de sus soportes, y la pestilencia

del aceite de ballena se mezclaba con la fetidez que impregnaba la ciudad. Y a lo

largo de la nave central se extendía un rastro de jugo negro, mezclado con fibras

sanguinolentas, de modo que el conjunto remedaba una macabra alfombra

nupcial. Nuestros ojos siguieron ese rastro hasta el púlpito, que era lo único que

permanecía intacto dentro de nuestro radio visual. Desde lo alto de aquel, un

cordero inmolado nos miraba con ojos vidriosos por encima del Libro blasfemo.

—Dios –susurró Calvin.

Nos acercamos, evitando pisar la franja viscosa. Nuestros pasos reverberaban

en el recinto, que parecía transmutarlos en el estruendo de una risa gigantesca.

Subimos juntos al púlpito. El cordero no había sido descuartizado ni comido.

Más bien, tuvimos la impresión de que lo habían estrujado hasta reventarle los

vasos sanguíneos. La sangre formaba charcos espesos y malolientes sobre el

mismo atril, y alrededor de su base..., ¡pero era transparente donde cubría el libro,

y a través de ella se podían leer los jeroglíficos rúnicos, como si se tratara de un

cristal coloreado!

—¿Es necesario que lo toquemos? –preguntó Cal, con tono resuelto.

—Sí, es mi deber.

—¿Qué hará?

—Lo que tendrían que haber hecho hace sesenta años. Lo destruiré.

Apartamos el cadáver del cordero de encima del libro y cayó al suelo con un

abominable y fluctuante ruido sordo. Ahora las páginas manchadas de sangre

parecieron cobrar vida con su propio fulgor escarlata.

Mis oídos empezaron a resonar y zumbar. Un cántico apagado parecía brotar

de las mismas paredes. Al ver el rostro convulsionado de Cal comprendí que oía lo

mismo que yo. El piso se estremeció debajo de nosotros, como si aquello que

embrujaba esa iglesia se estuviera acercando para proteger lo suyo. La urdimbre

del espacio y el tiempo lógicos pareció retorcerse y desgarrarse; la iglesia pareció

llenarse de espectros e iluminarse con el resplandor infernal del eterno fuego frío.

Creí ver a James Boon, repulsivo y deforme, retozando alrededor del cuerpo

supino de una mujer. Y a mi tío abuelo Philip detrás de él, transformado en un

acólito enfundad oen una capucha negra, con un cuchillo y un cuenco en la mano.



<>

Las palabras tremolaron y se enroscaron sobre la página que tenía frente a mí,

empapadasen la sangre del sacrificio, en aras de una criatura que se arrastra más

allá de las estrellas...

Una congregación ciega, incestuosa, meciéndose al son de una alabanza

absurda, demoníaca; rostros deformes en los que se leía una expectación

anhelante, innombrable...

Y el latín fue remplazado por una lengua más antigua, que ya era arcaica

cuando Egipto estaba en sus albores y las pirámides aún no habían sido

construidas, que ya eran arcaicas cuando la Tierra aún flotaba en un firmamento

informe y bullente de gas vacío.

—¡Gyyagin vardar Yogsoggoth! ¡Verminis! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin!

El púlpito empezó a partirse y seccionarse, pujando hacia arriba...

Calvin lanzó un alarido y alzó un brazo para cubrirse el rostro. La bóveda osciló

con un movimiento descomunal, tenebroso, semejante al de un barco zarandeado

por la borrasca. Manoteé el libro y lo mantuve alejado de mí: parecía impregnado

por el calor del Sol y pensé que me calcinaría, que me cegaría.

—¡Corra! –gritó Calvin-. ¡Corra!

Pero yo estaba paralizado y la emanación sobrenatural me llenó como si mi

cuerpo fuera un cáliz antiguo que había esperado durante años..., ¡durante

generaciones!

—¡Gyyagin vardar! –aullé-. ¡Siervo de Yogsoggoth, el Innombrable! ¡El Gusano

de allende el Espacio! ¡Devorador de Estrellas! ¡Cegador del Tiempo! ¡Verminis!

¡Llega la Hora de Colmar, la Hora de Tributar! ¡Verminis! ¡Alyah! ¡Alyah! ¡Gyyagin!

Calvin me empujó y trastabillé. La iglesia giraba a mi alrededor y caí al suelo.

Mi cabeza se estrelló contra el borde de un banco volcado, se llenó de un fuego

rojo..., que sin embargo pareció despejarla.

Manoteé las cerillas de azufre que había traído conmigo. Un trueno

subterráneo pobló el recinto. Cayó el revoque. La campana herrumbrada de la

torre hizo repicar un ahogado carillón diabólico por vibración simpática.

Mi cerilla chisporroteó. La acerqué al libro en el mismo momento en que el

púlpito se desintegraba en medio de un desquiciante estallido de madera. Debajo

de él quedó al descubierto un inmenso boquete negro. Cal se tambaleó hasta el

borde con las manos extendidas y con el rostro desfigurado por un clamor

incoherente que resonará eternamente en mis oídos.

Entonces emergió una mole de carne gris y vibrante. La pestilencia se convirtió

en una marea de pesadilla. Fue una erupción formidable de gelatina viscosa y

supurante, una masa enorme y atroz me pareció alzarse desde las entrañas

mismas de la tierra. Y sin embargo, con una súbita y espantosa lucidez que ningún

ser humano puede haber experimentado, ¡me di cuenta de que eso no era más

que un anillo, un segmento, de un gusano monstruoso que había vivido a ciegas

durante años en la oscuridad encapsulada que reinaba debajo de la iglesia

maldita!

El libro se inflamó en mis manos, y Eso pareció lanzar un alarido mudo sobre

mi cabeza. Calvin recibió un golpe rasante y fue despedido al otro extremo de la

iglesia como un muñeco con el cuello roto.

Se replego... Eso se replegó y dejó sólo un boquete descomunal y mellado,

rodeado de baba negra, y un portentoso chillido ululante que pareció disiparse a

través de distancias colosales y que al fin se acalló.

Bajé la vista. El libro había quedado reducido a cenizas. Comencé a reír y,

después, a aullar como una bestia herida.

Perdí hasta el último vestigio de cordura y me senté en el suelo, sangrando por

la sien, gritando y farfullando en esas sombras blasfemas, mientras Calvin,

despatarrado en un rincón, me miraba con ojos vidriosos, despavoridos.

No sé cuánto tiempo pasé en ese estado. No podría determinarlo. Pero cuando

recuperé mis facultades, las sombras habían trazado largos senderos alrededor de

mí y me envolvía el crepúsculo. Un movimiento atrajo mi atención, un movimiento

en el boquete abierto al pie del púlpito.

Una mano se deslizó a tientas sobre las tablas claveteadas del suelo.

Una carcajada demencial se me atascó en la garganta. Toda la histeria se

fundió en un aturdimiento exangüe.

Una carroña se alzó de las tinieblas con escalofriante y vengativa lentitud y vi

que me espiaba la mitad de una calavera. Los escarabajos se arrastraban sobre

su frente descarnada. Una sotana podrida se adhería a los huecos sesgados de

sus clavículas mohosas. Sólo los ojos estaban vivos: cavidades enrojecidas y

vesánicas que me escudriñaban con algo más que demencia. En ellas brillaba la

vida vacía de los páramos sin rumbo que se extienden más allá de los confines del

Universo.

Venía a arrastrarme a la oscuridad.

Fue entonces cuando huí, chillando, dejando desamparado el cuerpo de mi

viejo amigo en este antro de inquidad. Corrí hasta que el aire pareció estallar

como magma en mis pulmones y mi cerebro. Corrí hasta llegar de nuevo a esta

casa poseída y contaminada, y a mi habitación, donde me dejé caer y donde he

permanecido postrado como un muerto hasta hoy. Corrí porque a pesar de mi

enajenación había visto un aire de familia en los pingajos de esa figura muerta

pero animada. Mas no se trataba de Philip ni de Robert, cuyas imágenes cuelgan

en la galería de arriba. ¡ese rostro putrefacto era el de James Boon, Guardián del

Gusano!


Él vive todavía en algun lugar de los tortuosos y oscuros recovecos que se

enroscan debajo de Jerusalem’s Lot y Chapelwaite... y Eso todavía vive. Al

quemar el libro se frustraron los planes de Eso, pero hay otros ejemplares. Sin

embargo yo soy el portal, y soy el último de los linajes de los Boone. Por el bien de

toda la Humanidad debo morir..., cortando definitivamente la cadena.

Ahora me voy al mar, Bones. Mi viaje concluye, como mi relato. Que Dios te

proteja y te conceda la paz.

Charles.


Este extraño cúmulo de papeles llegó por fin a manos del señor Everett

Granzón, a quien habían sido dirigidos. Se supone que una recidiva de la

infortunada fiebre encefálica que le había atacado originariamente después de la

muerte de su esposa, en 1848, desencadenó la locura de Charles Boone y le

indujo a asesinar a su acompañante y amigo de mucho años, el señor Calvin

McCann.


Las anotaciones del Diario del señor McCann son un fascinante modelo de

falsificación, y es indudable que Charles Boone los escribió él mismo para reforzar




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