El umbral de la



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toda la bella gente magreándose sobre sus mantas de playa, más el olor de los

tubos de escape del aparcamiento, de las algas marinas, del aceite «Coppertone».

Pero ahora la bazofia y la mierda habían desaparecido. El océano lo había

devorado todo, absolutamente todo, con la misma indiferencia con que uno podría

devorar un puñado de «Cracker Jacks». No había gente que pudiera volver a

ensuciar la playa. Sólo nosotros, y no éramos tantos como para hacer demasiado

estropicio. Y creo que además estábamos enamorados de la playa. ¿Acaso no

acabábamos de tributarle una especie de sacrificio? Incluso Susie, la putilla Susie

con su culo gordo y sus pantalones «Oxford».

La arena era blanca y ondulada, y sólo estaba alterada por el límite más alto de

la pleamar: una franja sinuosa de algas, conchas marinas y resaca. La luna

proyectaba negras sombras semicirculares y pliegues sobre todos los elementos.

La torre abandonada del salvavidas se aldaba blanca y esquelética a unos

cincuenta metros de las casetas de baño, apuntando al cielo como la falange de

un dedo.

Y la marejada, la marejada nocturna, que despedía grandes trombas de

espuma, y que estallaba contra los acantilados hasta donde alcanzaba la vista,

con incesantes embates. Quizá la noche anterior esas mismas aguas habían

estado a mitad de trayecto de Inglaterra.

«Angie por los Stones —anunció la voz quebrada de la radio de Corey—. Estoy

seguro de que os agradará, un eco del pasado que suena como los dioses,

directamente del surco, un disco que gusta. Os habla Bobby. Ésta debería haber

sido la noche de Fred, pero Fred tiene la gripe. Está completamente hinchado.»

Susie eligió ese momento para reír, aunque las lágrimas todavía le colgaban de

las pestañas. Apresuré la marcha hacia la playa para hacerla callar.

—¡Esperad! —gritó Corey—. ¿Bernie? ¡Eh, Bernie, aguarda!

El tipo de la radio leía unas coplillas obscenas, y se oyó en el fondo la voz de

una chica que le preguntaba dónde había dejado la cerveza. Él contestó algo, pero

nosotros ya habíamos llegado a la playa. Miré atrás para ver cómo se las

ingeniaba Corey. Se deslizó sobre el culo, como de costumbre, y me pareció tan

ridículo que lo compadecí un poco.

—Corre conmigo —le dije a Susie.

—¿Por qué?

Le di una palmada en las nalgas y chilló.

—Sólo porque se me antoja.

Corrimos. Ella se quedó rezagada, resollando como un caballo y pidiéndome a

gritos que acortara el paso, pero yo me la quité de la cabeza. El viento zumbaba

en mis oídos y me hacía flamear el pelo sobre la frente. Olía la sal de la atmósfera,

penetrante y acre. Restallaba la marejada. Las olas parecían una espuma de

cristal negro. Me quité las sandalias de goma, con sendos puntapiés, y corrí

descalzo por la arena, sin que me inquietara el pinchazo ocasional de una concha.

Me bullía la sangre.

Y entonces vi la tienda. Needles ya estaba dentro y Kelly y Joan estaban al

lado, cogidos de la mano y mirando el agua. Hice una cabriola, sentí que la arena

se colaba por el cuello de mi camisa y aterricé junto a las piernas de Kelly. Éste

cayó encima de mí y me frotó la cara con arena mientras Joan reía.

Nos levantamos y nos sonreímos. Susie había dejado de correr y se acercaba

pesadamente a nosotros. Corey casi la había alcanzado.

—Qué fogata —comentó Kelly.

—¿Crees que vino desde Nueva York, como dijo? —preguntó Joan.

—No lo sé.

Tampoco me parecía que importara. Cuando lo encontramos, semidesvanecido

y delirando, estaba tras el volante de un gran «Lincoln». Su cabeza tumefacta

tenía el tamaño de un balón de fútbol y su cuello parecía una salchicha. Estaba en

las últimas y de todos modos no iría demasiado lejos. Así que lo llevamos al

promontorio que se alza sobre la playa y lo quemamos. Dijo que se llamaba Alvin

Sackheim. Llamaba constantemente a su abuela. Confundía a Susie con su

abuela. Esto le pareció gracioso a Susie, quién sabe por qué. Las cosas más raras

le parecen graciosas.

Fue a Corey a quien se le ocurrió la idea de quemarlo, pero todo empezó como

un chiste. Él había leído en la Universidad muchos libros sobre brujería y magia

negra, y no cesaba de hacemos muecas en la oscuridad, junto al «Lincoln» de

Alvin Sackheim, diciendo que si ofrecíamos un holocausto a los dioses tenebrosos

quizá los espíritus seguirían protegiéndonos de la A6.

Por supuesto, ninguno de nosotros creía en tal patraña, pero la conversación se

tornó cada vez más seria. Era una nueva distracción, y finalmente nos pusimos de

acuerdo y lo hicimos. Lo atamos al telescopio de observación que estaba montado

allí, ése con el que puedes ver todo el paisaje hasta el faro de Portland, si echas

una moneda en un día despejado. Lo atamos con nuestros cinturones y después

fuimos a buscar ramas secas y trozos de resaca, como niños que jugaran a una

nueva versión del escondite. Mientras tanto, Alvin Sackheim estaba recostado allí

y le murmuraba a su abuela. Los ojos de Susie se pusieron muy brillantes y

respiraba agitadamente. La escena la excitaba mucho. Cuando nos metimos en el

cañón que está del otro lado del promontorio se apoyó contra mí y me besó.

Llevaba demasiado carmín y fue como besar una chapa grasienta.

La aparté y fue entonces cuando empezó a hacer pucheros. Volvimos, todos, y

apilamos las ramas secas hasta la cintura de Alvin Sackheim. Needles encendió la

pira con su «Zippo» y se inflamó rápidamente. Por fin, apenas un momento antes

de que se le incendiara el pelo, el tipo empezó a chillar. En el aire flotaba un olor

parecido al del cerdo dulce de las comidas chinas.

—¿Tienes un cigarrillo, Bernie? —preguntó Needles.

—Tienes unos cincuenta cartones a tus espaldas. Sonrió y le dio un manotazo a

un mosquito que le estaba picando en el brazo.

—No tengo ganas de moverme.

Le di un cigarrillo y me senté. Susie y yo habíamos conocido a Needles en

Portland. Estaba sentado sobre el bordillo de la acera frente al «Slate Theater»,

tocando melodías de Leadbelly con una vieja y enorme guitarra «Gibson» que

había robado en alguna parte. El sonido reverberaba de un extremo a otro de

Congress Street como si estuviera tocando en una sala de conciertos.

Susie se detuvo delante de nosotros, todavía jadeante.

—Eres un desgraciado, Bernie.

—Por favor, Susie. Da vuelta al disco. Esa cara apesta.

—Cerdo. Estúpido hijo de puta. Insensible. ¡Crápula!

—Vete o te arrearé en un ojo, Susie —dije—. Te lo juro.

Se echó a llorar de nuevo. Ésa era su especialidad. Corey se acercó y trató de

rodearla con el brazo. Susie le pegó un codazo en la ingle y él le escupió en la

cara.

—¡Te mataré! —le acometió, chillando y llorando, haciendo girar las manos



como aspas. Corey retrocedió y estuvo a punto de caer, y después dio media

vuelta y huyó. Susie lo siguió, profiriendo procacidades histéricas. Needles echó la

cabeza hacia atrás y se rió. El ruido de la radio de Corey nos llegó débilmente por

encima del de la marejada.

Kelly y Joan se habían alejado. Los vi caminar junto al borde del agua,

ciñéndose recíprocamente la cintura con los brazos. Parecían salidos de uno de

esos anuncios que hay en los escaparates de las agencias de viajes: Volad a la

paradisíaca St. Lorca. Estupendo. Disfrutaban mucho.

—¿Bernie?

—¿Qué quieres?

Me senté y fumé y pensé en Needles: levantando la tapa de su «Zippo»,

accionando la ruedecilla, prendiendo fuego con pedernal y acero como un

troglodita.

—La he pescado —dijo Needles.

—¿De veras? —Lo miré—. ¿Estás seguro?

—Claro que sí. Me duele la cabeza. Me duele el estómago. Siento un ardor al

orinar.

—Quizás es sólo la gripe de Hong Kong. Susie tuvo la gripe de Hong Kong. Ya



pedía una Biblia. —Me reí. Eso había sucedido cuando aún estábamos en la

Universidad, más o menos una semana antes de que la clausuraran definitivamente,

un mes antes de que empezaran a cargar los cadáveres en

camionetas de volquete y a enterrarlos en fosas comunes con palas mecánicas.

—Mira. —Encendió una cerilla y la colocó bajo el ángulo de su quijada. Vi las

primeras manchas triangulares, la primera hinchazón. Sí, era la A6.

—De acuerdo —asentí.

—No me siento muy mal —comentó—. Psicológicamente, quiero decir. Tu caso

es distinto. Tú piensas mucho en eso. Me doy cuenta.

—No, no pienso en ello —mentí.

—Claro que piensas. Y en el tipo de esta noche. También piensas en eso. Es

probable que le hayamos hecho un favor, en última instancia. Creo que no se dio

cuenta de lo que sucedía.

—Sí, se dio cuenta.

Needles se encogió de hombros y se volvió.

—No importa.

Fumamos y yo miraba cómo las olas iban y venían. Needles estaba en las

últimas. Eso hacía que todo volviera a asumir contomos muy reales. Ya

estábamos a fines de agosto y dentro de un par de semanas se insinuarían los

primeros fríos de otoño. Sería hora de buscar abrigo en alguna parte. Invierno.

Probablemente cuando llegara la Navidad estaríamos todos muertos. En una sala

ajena, con el costoso radio-magnetófono de Corey colocado sobre una biblioteca

de libros condensados del Reader's Di-gest mientras el débil sol de invierno

proyectaba sobre la alfombra las absurdas formas de los marcos de las ventanas.

La imagen fue lo suficientemente nítida como para hacerme temblar. En agosto

nadie debería pensar en el invierno. Es como sentir pisadas sobre la propia tumba.

Needles se rió.

—¿Has visto? Tú sí que piensas en eso. ¿Qué podía contestar? Me levanté.

—Iré a buscar a Susie.

—Quizá somos los últimos habitantes de la Tierra, Bernie. ¿Has pensando en

ello alguna vez?

Bajo la tenue luz de la luna ya parecía medio muerto, con sus ojeras y sus

dedos pálidos, inmóviles, semejantes a lápices.

Me acerqué al agua y paseé los ojos sobre ella. No había nada para ver,

excepto los lomos inquietos y movedizos de las olas, rematados por delicados

copetes de espuma. Allí el fragor de las rompientes era tremendo, más

descomunal que el mundo. Como si estuvieras en medio de una tormenta

eléctrica. Cerré los ojos y me mecí sobre los pies descalzos. La arena estaba fría y

apelmazada. ¿Qué importaba si éramos los últimos habitantes del mundo? Eso

continuaría mientras hubiera una Luna que ejerciera su atracción sobre el agua.

Susie y Corey estaban en la playa. Susie lo cabalgaba como si él fuera un

semental brioso, y le metía la cabeza bajo el agua bullente. Corey manoteaba y

chapoteaba. Ambos estaban empapados. Me acerqué a ellos y derribé a Susie

con el pie. Corey se alejó a gatas, escupiendo y resollando.

—¡Te odio! —me gritó Susie. Su boca era una oscura media luna sonriente.

Parecía la entrada del barracón de la risa de un parque de diversiones. Cuando yo

era niño mi madre nos llevaba a mí y a mis hermanos al Hamson State Park y allí

había un barrancón de la risa con una enorme cara de payaso en el frente, y la

gente entraba por la boca.

—Vamos, Susie. Arriba, perrilla. —Le tendí la mano. Ella la cogió dubitativa y se

levantó. Tenía arena húmeda pegada a la blusa y la piel.

—No deberías haberme empujado, Bemie. No te permitiré...

—Vamos —repetí. No parecía un tocadiscos mecánico: no hacía falta echarle

monedas y no se desconectaba nunca.

Caminamos por la playa hasta la concesión principal. El hombre que

administraba el establecimiento tenía un pisito en la planta alta. Había una cama.

Susie no se merecía realmente una cama, pero Needles tenía razón. No

importaba. Ya nadie controlaba el juego.

La escalera estaba adosada a la pared lateral del edificio, pero me detuve un

minuto para mirar por la ventana rota las mercancías polvorientas que había

dentro y que ya nadie se molestaba en robar: pilas de camisetas deportivas (con la

leyenda «Anson Beach» y una imagen de cielo y olas estampada en el pecho),

pulseras resplandecientes que dejaban verde la muñeca al segundo día, brillantes

pendientes de pacotilla, balones de playa, tarjetas de visita mugrientas, vírgenes

de cerámica mal pintadas, vómito plástico (¡Muy realista! ¡Pruébelo con su

esposa!), ruegos artificiales para un Cuatro de Julio que nunca se celebró, toallas

de playa con una chica voluptuosa en bikini rodeada por los nombres de un

centenar de famosos centros turísticos, gallardetes (Recuerdo de la playa y el

parque Anson), globos, bañadores. En el frente había un snack bar especial con

un gran cartel que decía: PRUEBE NUESTRO PASTEL ESPECIAL DE

MARISCOS.

Yo frecuentaba mucho Anson Beach cuando aún era alumno de la escuela

secundaria. Eso fue siete años antes de la A6 y cuando andaba con una chica

llamada Maureen. Una chica fornida. Usaba un bañador rosado a cuadros.

Acostumbraba a decirle que parecía un mantel. Caminábamos por la acera de

tablas que pasaba frente a ese establecimiento, descalzos, con la madera caliente

y arenosa bajo los talones. Nunca probamos el pastel especial de mariscos.

—¿Qué miras?

—Nada.

Tuve sueños feos y llenos de sudor en los que aparecía Alvin Sackheim. Estaba



recostado tras el volante de su reluciente «Lincoln» amarillo, hablando de su

abuela. No era nada más que una cabeza tumefacta, ennegrecida, y un esqueleto

carbonizado. Olía a quemado. Hablaba sin cesar y después de un rato ya no pudo

pronunciar ni una palabra. Me desperté jadeando.

Susie estaba despatarrada sobre mis muslos, pálida y abotargada. Mi reloj

marcaba las 3.50, pero se había parado. Afuera aún estaba oscuro. La marejada

golpeaba y estallaba. Pleamar. Aproximadamente las 4.15. Pronto amanecería.

Me levanté de la cama y fui hasta la puerta. La brisa marina me produjo una

sensación agradable al acariciar mi cuerpo caliente. A pesar de todo no quería

dormir.


Me encaminé hacia un rincón y cogí una cerveza. Había tres o cuatro cajones

de «Bud» apilados contra la pared. Estaba tibia porque no había electricidad. Pero

no me disgustaba la cerveza tibia, como a otras personas. Sólo produce un poco

más de espuma. La cerveza es cerveza. Salí al rellano y me senté y tiré de la

anilla de la lata y bebí.

Ésa era, pues, la situación: toda la raza humana aniquilada, pero no por las

armas atómicas ni por la guerra biológica ni por la contaminación ni por nada

portentoso. Soto por la gripe. Me habría gustado colocar una inmensa placa en

alguna parte. Quizás en las salinas de Bonneville. La Plaza de Bronce. De cuatro

kilómetros y medio de longitud por cada lado. Y diría en grandes letras en

altorrelieve, para información de cualquier extra-terrestre recién llegado: SÓLO LA

GRIPE.


Arrojé la lata de cerveza por encima de la baranda. Se estrelló con un ruido

metálico hueco contra la acera de cemento que rodeaba el edificio. La tienda era

un triángulo oscuro sobre la arena. Me pregunté si Needles estaba despierto. Y yo

lo estaría.

—¿Bernie?

Susie estaba en el umbral, y se había puesto una de mis camisas. Esto es algo

que aborrezco. Suda como un cerdo.

—Ya no te gusto mucho, ¿verdad, Bemie? No contesté. Había momentos en que

todavía podía

apiadarme de todo. Ella no me merecía a mí así como yo

no la merecía a ella.

—¿Puedo sentarme contigo?

—Dudo que haya espacio suficiente para los dos. Dejó escapar un hipo

ahogado y se encaminó nuevamente hacia dentro.

—Needles tiene la A6 —anuncié.

Se detuvo y me miró. Sus facciones no reflejaban la menor expresión.

—No bromees, Bemie. Encendí un cigarrillo.

—¡No es posible! Tuvo la...

—Sí, tuvo la A2. La gripe de Hong Kong. Como tú y yo y Corey y Kelly y Joan.

—Pero eso significaría que no es...

—Inmune.

—Sí. Entonces nosotros podríamos enfermar.

—Quizá mintió cuando juró que había tenido la A2.

Para que lo dejáramos venir con nosotros —dije. Su rostro se distendió.

—Claro, eso es. Yo también habría mentido, en esa situación. A nadie le gusta

estar solo, ¿verdad? —Vaciló—. ¿Quieres volver a la cama?

—Aún no.

Susie entró. No hacía falta que le dijera que la A2 no era una garantía contra la

A6. Ella lo sabía. Se había limitado a bloquear la idea. Me quedé sentado, mirando

la marejada. Era verdaderamente la pleamar. Hacía algunos años, Anson había

sido el único lugar decente de todo el Estado para practicar surf. El promontorio

era una jiba oscura y sobresaliente que se recortaba contra el cielo. Me pareció

ver el saliente que hacía las veces de atalaya, pero probablemente eso sólo fue

obra de mi imaginación. A veces Kelly llevaba a Joan al promontorio. No creía que

esa noche estuvieran allí arriba.

Metí la cara entre las manos y palpé la piel, su textura. Todo se comprimía con

tanta rapidez y era tan mezquino... sin ninguna dignidad.

La marejada subía, subía. Sin límites. Limpia y profunda. Maureen y yo habíamos

ido allí en verano, después de salir de la escuela secundaria, en el verano que

precedió a la Universidad y a la realidad y a la A6 que había llegado del sudeste

de Asia y que había cubierto el mundo como un palio, y entonces comimos pizza,

escuchamos la radio, yo le unté la espalda con aceite, ella untó la mía, el aire

estaba caliente, la arena brillante, el sol como un espejo cóncavo capaz de

incendiar el mundo.

SOY LA PUERTA

Richard y yo estábamos sentados en el porche de mi casa, mirando las dunas

del Golfo. El humo de su cigarro se enroscaba mansamente en el aire, alejando a

los mosquitos. El agua tenía un fresco color celeste y el cielo era de un color azul

más profundo y auténtico. Era una combinación agradable.

—Tú eres la puerta —repitió Richard reflexivamente—. ¿Estás seguro de que

mataste al chico... y de que no fue

todo un sueño?

—No fue un sueño. Y tampoco lo maté... ya te lo he explicado. Ellos lo hicieron.

Yo soy la puerta. Richard suspiró.

—¿Lo enterraste?

—Sí.


—¿Recuerdas dónde?

—Sí. —Hurgué en el bolsillo de la pechera y extraje un cigarrillo. Mis manos

estaban torpes, con sus vendajes. Me escocían espantosamente—. Si quieres

verla, tendrás que traer el «buggy» de las dunas. No podrás empujar esto —

señalé mi silla de ruedas—, por la

arena.


El «buggy» de Richard era un «Volkswagen 1959» con neumáticos grandes

como cojines. Lo usaba para recoger los maderos que traía la marea. Desde que

había dejado su actividad de agente inmobiliario en Maryland, vivía en Key

Caroline y confeccionaba esculturas con los maderos de la playa, que luego

vendía a los turistas de invierno a precios desorbitados.

Le dio una chupada a su cigarro y miró el Golfo.

—Aún no. ¿Quieres volver a contarme la historia? Suspiré y traté de encender

mi cigarrillo. Me quitó las cerillas y lo hizo él. Di dos chupadas, inhalando profundamente.

El prurito de mis dedos era enloquecedor.

—Está bien —asentí—. Anoche a las siete estaba aquí afuera, contemplando el

Golfo y fumando, igual que ahora, y...

—Remóntate más atrás —me exhortó.

—¿Más atrás?

—Habíame del vuelo. Sacudí la cabeza.

—Richard, lo hemos repasado una y otra vez. No hay nada...

Su rostro arrugado y fisurado era tan enigmático como una de sus esculturas de

madera pulida por el océano.

—Es posible que recuerdes —dijo—. Es posible que ahora recuerdes.

—¿Te parece?

—Quizá sí. Y cuando hayas terminado, podremos ir a buscar la tumba.

—La tumba —repetí. La palabra tenía un acento hueco, atroz, más tenebroso

que todo lo demás, más tenebroso aún que aquel tétrico océano por donde Cory y

yo habíamos navegado hacía cinco años. Tenebroso, tenebroso, tenebroso.

Bajo las vendas, mis nuevos ojos escrutaron ciegamente la oscuridad que las

vendas les imponían. Escocían.

Cory yo entramos en la órbita impulsados por el Saturno 16, aquel que los

comentaristas denominaban el cohete Empire State Building. Era una mole, sí

señor. Comparado con él, el viejo Saturno 1-B parecía un juguete, y para evitar

que arrastrase consigo la mitad de Cabo Kennedy había que lanzarlo desde un

silo de setenta metros de profundidad.

Sobrevolamos la Tierra, verificando todos nuestros sistemas, y después nos

disparamos. Rumbo a Venus. El Senado quedó atrás, debatiendo un proyecto de

ley sobre nuevos presupuestos para la exploración del espacio profundo, mientras

la camarilla de la NASA rogaba que descubriéramos algo, cualquier cosa.

—No importa qué —solía decir Don Lovinger, el niño prodigio del Proyecto

Zeus, cada vez que tomaba unas copas de más—. Tenéis todos los artefactos,

más cinco cámaras de TV reacondicionadas y un primoroso telescopio con un

trillen de lentes y filtros. Encontrad oro o platino. Mejor aún, encontrad a unos

bonitos y estúpidos hombrecillos azules, para que podamos estudiarlos y explotarlos

y sentirnos superiores a ellos. Cualquier cosa. Para empezar, nos

conformaríamos con el fantasma de

Blancanieves.

Cory y yo estábamos ansiosos por complacerle, a poco que fuera posible. El

programa de exploración del espacio profundo había sido siempre un fracaso.

Desde Borman, Anders y Lovell que habían entrado en órbita alrededor de la

Luna, en 1968, y habían encontrado un mundo vacío, hostil, semejante a una

playa sucia, hasta Markhan y Jacks, que se posaron en Marte quince años más

tarde y encontraron un páramo de arena helada y unos pocos liqúenes

maltrechos, el programa había sido un fiasco costoso. Y había habido bajas.

Pedersen y Lederer, que girarían eternamente alrededor del Sol porque todo había

fallado en el penúltimo vuelo Apolo. John Davis, cuyo pequeño observatorio en

órbita había sido perforado por un meteorito a pesar de que sólo existía una

posibilidad entre mil de que se produjera semejante accidente. No, el programa

espacial no prosperaba. Tal como estaban las cosas, el vuelo orbital alrededor de

Venus sería nuestra última oportunidad de cantar victoria.

Fue un viaje de dieciséis días —comimos un montón de concentrados, jugamos

muchas partidas de naipes, y nos contagiamos mutuamente un resfriado— y

desde el punto de vista técnico fue un paseo. Al tercer día perdimos un

transformador de humedad atmosférica, recurrimos al dispositivo auxiliar, y eso

fue todo, con excepción de algunas nimiedades, hasta el regreso. Vimos cómo Venus

crecía y pasaba del tamaño de una estrella al de una moneda de veinticinco

céntimos y luego al de una bola de cristal lechoso, intercambiamos chistes con el

control de Huntsville, escuchamos cintas magnetofónicas de Wagner y los Beatles,

vigilamos los dispositivos automáticos que lo abarcaban todo, desde las




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