El umbral de la



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mediciones del viento solar hasta la navegación del espacio profundo. Practicamos

dos correcciones de rumbo a mitad de trayecto, ambas infinitesimales, y

después de nueve días de vuelo Cory salió de la nave y martilleó la AEP retráctil

hasta que ésta se decidió a funcionar. No pasó nada raro hasta que...

—La AEP —me interrumpió Richard—. ¿Qué es eso?

—Un experimento frustrado. La jerga de la NASA para designar la Antena de

Espacio Profundo... Irradiábamos ondas pi en alta frecuencia para cualquiera que

se dignara escucharnos. —Me froté los dedos contra los pantalones pero fue inútil.

En todo caso empeoró el prurito—. El mismo principio del radiotelescopio de West

Virginia..., tú sabes, el que escucha a las estrellas. Sólo que en lugar de escuchar

transmitíamos, sobre todo a los planetas del espacio profundo: Júpiter, Saturno,

Urano. Si hay vida inteligente en ellos, en ese momento se estaba echando una

siesta.

—¿El único que salió fue Cory?



—Sí. Y si introdujo una peste interestelar, la telemetría no la detectó.

—Igualmente...

—No importa —proseguí, irritado—. Sólo interesa el aquí y el ahora. Anoche

ellos asesinaron a ese chico, Richard. No fue agradable verlo... ni de sentirlo. Su

cabeza... estalló. Como si alguien le hubiera ahuecado los sesos y le hubiera

introducido una granada de mano en el cráneo.

—Termina el relato —dijo Richard. Lancé una risa hueca.

—¿Qué quieres que te cuente?

Entramos en una órbita excéntrica alrededor del planeta. Una órbita radical,

declinante, de noventa por ciento quince kilómetros. En la segunda pasada

nuestro apogeo estuvo más alto y el perigeo más bajo. Disponíamos de un

máximo de cuatro órbitas. Recorrimos las cuatro. Le echamos una buena mirada

al planeta. Más de seiscientas fotos y Dios sabe cuántos metros de película.

La capa de nubes está formada en partes iguales por metano, amoníaco, polvo

y mierda voladora. Todo el planeta se parece al Gran Cañón en un túnel de viento.

Cory calculó que el viento soplaba a unos novecientos kilómetros por hora cerca

de la superficie. Nuestra sonda transmitió durante todo el descenso y después se

apagó con un gemido. No vimos vegetación ni rastros de vida. El espectroscopio

sólo detectó vestigios de minerales valiosos. Y eso era Venus. Nada de nada...,

con una sola salvedad:

me asustó. Era como girar alrededor de una casa embrujada en medio del

espacio. Sé que ésta no es una definición muy científica, pero viví sobrecogido por

el miedo hasta que nos alejamos de allí. Creo que si se nos hubieran parado los

cohetes, me habría degollado en medio de la caída. No es como la Luna. La Luna

es desolada pero relativamente antiséptica. El mundo que vimos era totalmente

distinto de cuantos se habían visto antes. Quizá sea una suerte que esté cubierto

por el manto de nubes. Parecía una calavera descarnada... Ésta es la única analogía

que se me ocurre.

Durante el vuelo de regreso nos enteramos de que el Senado había resuelto

reducir a la mitad el presupuesto para la exploración espacial. Cory dijo algo así

como «parece que volvemos a la época de los satélites meteorológicos, Artie».

Pero yo estaba casi contento. Quizás el espacio no es un buen lugar para

nosotros.

Doce días más tarde Cory estaba muerto y yo había quedado lisiado para toda

la vida. Todas las desgracias nos ocurrieron durante el descenso. Falló el

paracaídas. ¿Qué te parece esta ironía? Habíamos pasado más de un mes en el

espacio, habíamos llegado más lejos que cualquier otro ser humano, y todo

terminó mal porque un tipo con prisa por tomarse un descanso dejó que se enredaran

unos cordeles.

La caída fue violenta. Un tripulante de uno de los helicópteros dijo que nos

precipitamos del cielo como un bebé gigantesco, con la placenta flameando atrás.

Cuando nos estrellamos me desvanecí.

Recuperé el conocimiento mientras me transportaban por la cubierta del

Portland. Ni siquiera habían tenido tiempo de enrollar la alfombra roja que

teóricamente deberíamos haber recorrido. Yo sangraba. Sangraba y me llevaban a

la enfermería sobre una alfombra roja que no estaba ni remotamente tan roja

como yo...

—...Pasé dos años en el hospital de Bethesda. Me dieron la Medalla de Honor y

una fortuna y esta silla de ruedas. Al año siguiente vine aquí. Me gusta ver cómo

despegan los cohetes.

—Lo sé. —Richard hizo una pausa—. Muéstrame las manos.

—No. —La respuesta fue inmediata y vehemente—. No puedo permitir que

ellos vean. Te lo he advertido.

—Han pasado cinco años —dijo Richard—. ¿Por qué ahora, Arthur? ¿Me lo

puedes explicar?

—No lo sé. ¡No lo sé! Quizás eso, sea lo que fuere, tiene un largo período de

gestación. ¿Y quién puede asegurar, además, que me contaminé en el espacio?

Eso, lo que sea, pudo haberse implantado en Fort Lauderdale. O tal vez en este

mismo porche. Qué se yo.

Richard suspiró y contempló el agua, ahora enrojecida por el sol del crepúsculo.

—Procuro creerte. Arthur, no quiero pensar que estás perdiendo la chaveta.

—Si es indispensable, te mostraré las manos —respondí. Me costó un esfuerzo

decirlo—. Pero sólo si es indispensable.

Richard se levantó y cogió su bastón. Parecía viejo y frágil.

—Traeré el «buggy» de las dunas. Buscaremos al chico.

—Gracias, Richard.

Se encaminó hacia la huella accidentada que conducía a su cabaña: veía el

tejado de ésta asomando sobre la Duna Mayor, la que atraviesa casi todo el ancho

de Key Caroline. El cielo había adquirido un feo color ciruela, sobre el agua, en

dirección al Cabo, y el fragor del trueno me llegó débilmente a los oídos.

No sabía cómo se llamaba el chico pero lo veía de vez

en cuando, caminando por la playa al ponerse el sol, con la criba bajo el brazo. El

sol le había bronceado y estaba moreno, casi negro, y siempre vestía unos

vaqueros deshilachados, tijereteados a la altura del muslo. Del otro lado de Key

Caroline hay una playa pública, y en una jornada propicia un joven emprendedor

puede reunir hasta cinco dólares, tamizando pacientemente la arena en busca de

monedas enterradas. A veces le saludaba agitando la mano y él contestaba de

igual manera, ambos con displicencia, extraños pero hermanos, eternos

habitantes de ese mundo de derroche, de «Cadillacs», de turistas alborotadores.

Supongo que vivía en la pequeña aldea apiñada alrededor de la estafeta, a casi un

kilómetro de mi casa.

Cuando pasó esa tarde ya hacía una hora que yo estaba en el porche, inmóvil,

alerta. Hacía un rato que me había quitado las vendas. El prurito había sido

intolerable, y siempre se aliviaba cuando podían ver con sus ojos.

Era una sensación que no tenía parangón en el mundo: como si yo fuera un

portal entreabierto a través del cual espiaban un mundo que odiaban y temían.

Pero lo peor era que yo también podía ver, hasta cierto punto. Imaginad que

vuestra mente es transportada al cuerpo de una mosca común, una mosca que

mira vuestra propia cara con un millar de ojos. Entonces quizás empezaréis a

entender por qué tenía las manos vendadas incluso cuando no había nadie cerca,

nadie que pudiera verlas.

Empezó en Miami. Yo tenía que tratar allí con un hombre llamado Cresswell, un

investigador del Departamento de Marina. Me controla una vez al año, porque durante

un tiempo tuvo todo el acceso que es posible tener a los materiales secretos

de nuestro programa espacial. No sé qué es exactamente lo que busca. Tal vez un

destello taimado en mis ojos, o una letra escarlata en mi frente. Dios sabe por qué.

La pensión que cobro es tan generosa que se vuelve casi embarazosa.

Cressweil y yo estábamos sentados en la terraza de su habitación, en el hotel,

discutiendo el futuro del programa espacial norteamericano. Eran

aproximadamente las tres y cuarto. Empezaron a picarme los dedos. No fue algo

gradual. Se activó como una corriente eléctrica. Se lo mencioné a Cresswell.

—De modo que tocó una hiedra venenosa en esa isli-ta escrofulosa —comentó

sonriendo.

—El único follaje que hay en Key Caroline es un arbusto de palmito —

respondí—. Quizás es la comezón del séptimo año. —Me miré las manos. Manos

Absolutamente vulgares. Pero me picaban.

Más tarde firmé el mismo viejo documento de siempre («Juro solemnemente

que no he recibido ni revelado ni divulgado ninguna información susceptible de...»)

y volví a Key Caroline. Tengo un antiguo «Ford», equipado con freno y acelerador

de mano. Lo adoro..., me hace sentirme autosuficiente.

El trayecto de regreso es largo, por la Autopista 1, y cuando salí de la carretera

y doblé por la rampa de salida de Key Caroline ya estaba casi enloquecido. Las

manos me escocían espantosamente. Si alguna vez habéis tenido que soportar la

cicatrización de un corte profundo o de una incisión quirúrgica, quizás entenderéis

la clase de comezón a la que me refiero. Algo vivo parecía estar arrastrándose por

mi carne y horadándola.

El sol casi se había ocultado y me estudié cuidadosamente las manos bajo el

resplandor de las luces del tablero. Ahora en las puntas de los dedos había unas

pequeñas manchas rojas, perfectamente circulares, un poco por encima de la

yema donde están las impresiones digitales y donde se forman callos cuando uno

toca la guitarra. También había círculos rojos de infección entre la primera y la

segunda articulación de cada pulgar y de cada dedo, y en la piel que separaba la

segunda articulación del nudillo. Me llevé los dedos de la mano derecha a los

labios y los aparté rápidamente, con súbita repulsión. Dentro de mi garganta se

había formado un nudo de horror, agodonoso y asfixiante. Los puntos donde

habían aparecido las marcas rojas estaban calientes, afiebrados, y la carne estaba

blanda y gelatinosa, como la pulpa de una manzana podrida.

Durante el resto del trayecto traté de convencerme de que en verdad había

tocado una hiedra venenosa sin darme cuenta. Pero en el fondo de mi mente

germinaba otra idea chocante. En mi infancia había tenido una tía que había

pasado los últimos diez años de su vida encerrada en un desván, aislada del

mundo. Mi madre le llevaba los alimentos y estaba prohibido pronunciar su

nombre. Más tarde me enteré de que había padecido la enfermedad de Hansen, la

lepra.


Cuando llegué a casa telefoneé al doctor Flanders, que vivía en tierra firme. Me

atendió su servicio de recepción de llamadas. El doctor Flanders estaba

participando de un crucero de pesca, pero si se trataba de algo urgente el doctor

Ballenger...

—¿Cuándo regresará el doctor Flanders?

—A más tardar mañana por la tarde. ¿Le parece...?

—Sí.

Colgué lentamente el auricular y después marqué el número de Richard. Dejé



que la campanilla sonara doce veces antes de colgar. Permanecí un rato indeciso.

La comezón se había intensificado. Parecía emanar de la carne misma.

Conduje la silla de ruedas hasta la biblioteca y extraje la destartalada

enciclopedia médica que había comprado hacía muchos años. El texto era

exasperantemente vago. Podría haber sido cualquier cosa, o ninguna.

Me recosté contra el respaldo y cerré los ojos. Oí el tic tac del viejo reloj marino

montado sobre la repisa, en el otro extremo de la habitación. También oí el

zumbido fino y agudo de un reactor que volaba hacia Miami. Y el tenue susurro de

mi propia respiración.

Seguía mirando el libro.

El descubrimiento se infiltró lentamente en mí y después se implantó con

aterradora brusquedad. Tenía los ojos cerrados pero seguía mirando el libro. Lo

que veía era algo desdibujado y monstruoso, una imagen deformada,

cuatridimensional, pero igualmente inconfundible, de un libro.

Y yo no era el único que miraba.

Abrí los ojos y sentí la contracción de mi músculo cardíaco. La sensación se

atenuó un poco, pero no por completo. Estaba mirando el libro, viendo con mis

propios ojos las letras impresas y las ilustraciones, lo cual era una experiencia

cotidiana perfectamente normal, y también lo veía desde un ángulo distinto, más

bajo, y con otros ojos. No lo veía como un libro sino como algo anómalo, algo de

configuración aberrante e intención ominosa.

Alcé las manos lentamente hasta mi rostro, y tuve una macabra imagen de mi

sala transformada en una casa de horrores.

Lancé un alarido.

Unos ojos me espiaban entre las fisuras de la carne de mis dedos. Y en ese

mismo instante vi cómo la carne se dilataba, se replegaba, a medida que esos

ojos se asomaban insensatamente a la superficie.

Pero no fue eso lo que me hizo gritar. Había mirado mi propia cara y había visto

un monstruo.

El «buggy» de las dunas bajó por la pendiente de la lona y Richard lo detuvo

junto al porche. El motor ronroneaba intermitentemente. Hice rodar mi silla de ruedas

por la rampa situada a la derecha de la escalinata común y Richard me ayudó

a subir al vehículo.

—Muy bien, Arthur —dijo—. Tú mandas. ¿A dónde vamos?

Señalé en dirección al agua, donde la Duna Mayor finalmente empieza a

menguar. Richard hizo un ademán de asentimiento. Las ruedas posteriores giraron

en la arena y partimos. Yo solía burlarme de Richard por su manera de conducir,

pero esa noche no lo hice. Tenía demasiadas cosas en las cuales pensar... Y

demasiadas cosas para sentir. Ellos estaban disgustados con la oscuridad y me

daba cuenta de que hacían esfuerzos por espiar entre las vendas, exigiéndome

que se las quitara.

El «buggy» se zarandeaba y rugía entre la arena en dirección al agua, y casi

parecía levantar vuelo desde la cresta de las dunas más bajas. A la izquierda, el

sol se ponía con sanguinaria espectacularidad. Directamente enfrente v del otro

lado del agua, las nubes oscuras avanzaban hacia nosotros. Los rayos

zigzagueaban sobre el mar.

—A tu derecha —dije—. Junto a esa tienda. Richard detuvo el «buggy» junto a

los restos podridos de la tienda, despidiendo un surtidor de arena. Metió la mano

en la parte posterior y extrajo una pala. Respingué cuando la vi.

—¿Dónde? —preguntó Richard inexpresivamente.

—Allí —respondí, señalando.

Se apeó y se adelantó despacio por la arena, vaciló un segundo, y después

clavó la pala en el suelo. Me pareció que excavaba durante un largo rato. La arena

que despedía por encima del hombro tenía un aspecto húmedo. Las nubes eran

más negras y estaban más altas, y el agua parecía furiosa e implacable bajo su

sombra y en el reflejo rutilante del crespúsculo.

Mucho antes de que dejara de excavar me di cuenta de que no encontraría al

chico. Lo habían cambiado de lugar. La noche anterior no me había vendado las

manos, de modo que habían podido ver... y actuar. Si habían conseguido servirse

de mí para matar al chico también podían haberlo hecho para trasladarlo, incluso

mientras dormía.

—No hay nada aquí, Arthur.

Arrojó la pala sucia en la parte posterior del «buggy» y se dejó caer, cansado,

en el asiento. La tormenta en ciernes proyectaba sombras movedizas,

semicirculares, sobre la playa. La brisa cada vez más fuerte hacía repicar la arena

contra la carrocería herrumbrada del vehículo. Me picaban los dedos.

—Me usaron para transportarlo —dije con voz opaca—. Están asumiendo el

control, Richard. Están forzando su puerta para abrirla, poco a poco. Cien veces

por día me descubro en pie delante de un objeto que conozco como una espátula,

un cuadro o una lata de guisantes, sin saber cómo he llegado allí, y tengo las

manos alzadas, mostrándoselo, viéndolo como lo ven ellos, como algo obsceno,

como algo contorsionado y grotesco...

—Arthur—murmuró—. No, Arthur. Eso no. —Bajo la luz menguante su rostro

tenía una expresión compungida—. Has dicho que estabas en pie delante de algo.

Has dicho que transportaste el cuerpo del chico. Pero tú no puedes caminar,

Arthur. Estás muerto de la cintura para abajo.

Toqué el tablero de instrumento del «buggy» de las dunas.

—Esto también está muerto. Pero cuando lo montas puedes hacerlo marchar.

Podrías hacerlo matar. No podría detenerse aunque quisiera. —Oí que mi voz

aumentaba de volumen histéricamente—. ¿Acaso no entiendes que soy la puerta?

¡Ellos mataron al chico, Richard! ¡Ellos transportaron el cuerpo!

—Creo que será mejor que consultes a un médico —dijo con tono tranquilo—.

Volvamos.

—¡Investiga! ¡Pregunta por el chico, entonces! Averigua...

—Dijiste que ni siquiera sabes cómo se llama.

—Debía de vivir en la aldea. Es un pueblo pequeño. Pregunta...

—Cuando fui a buscar el «buggy» telefoneé a Maud Harrington. No conozco a

una persona más chismosa que ella, en todo el Estado. Le pregunté si había oído

el rumor de que un chico no había vuelto anoche a su casa. Contestó que no.

—¡Pero tenía que vivir en esta zona! [Tenía que vivir aquí!

Arthur se dispuso a hacer girar la llave del encendido, pero le detuve. Se volvió

para mirarme y yo empecé a quitarme las vendas de las manos.

El trueno murmuraba y gruñía desde el Golfo.

No había consultado al médico ni había vuelto a llamar a Richard. Pasé tres

semanas con las manos vendadas cada vez que salía. Tres semanas con la ciega

esperanza de que desaparecieran. No era un comportamiento racional, lo

confieso. Si yo hubiera sido un hombre sano que no necesitaba una silla de

ruedas para sustituir sus piernas o que había vivido una vida normal consagrándose

a una ocupación normal, quizás habría recurrido al doctor Flanders o a

Richard. Aun en mis condiciones podría haberlo hecho si no hubiera sido por el

recuerdo de mi tía, aislada, virtualmente convertida en una prisionera, devorada en

vida por su propia carne enferma. De modo que guardé un silencio desesperado y

le pedí al cielo que me permitiera descubrir un día, al despertarme, que todo había

sido una pesadilla.

Y poco a poco los sentí. A ellos. Una inteligencia anónima. Nunca me pregunté

qué aspecto tenían ni de dónde provenían. Habría sido inútil. Yo era su puerta, y

su ventana abierta sobre el mundo. Recibía suficiente información de ellos para

sentir su revulsión y su horror, para saber que nuestro mundo era muy distinto del

suyo. La información también me bastaba para sentir su odio ciego. Pero

igualmente seguían espiando. Su carne estaba implantada en la mía. Empecé a

darme cuenta de que me usaban, de que en verdad me manipulaban.

Cuando pasó el chico, alzando la mano para saludarme con la displicencia de

siempre, yo ya casi había resuelto llamar a Cressweil, a su número del

Departamento de Marina. Había algo cierto en la teoría de Richard: estaba seguro

de que lo que se había apoderado de mí me había atacado en el espacio profundo

o en esa extraña órbita alrededor de Venus. La Marina me estudiaría pero no me

convertiría en un monstruo de feria. No tendría que volver a ahogar un grito

cuando me despertaba en la oscuridad crujiente y los sentía vigilar, vigilar, vigilar.

Mis manos se estiraron hacia el chico y me di cuenta de que no las había

vendado. Vi los ojos que miraban en silencio, en la luz crepuscular. Eran grandes,

dilatados, de iris dorados. Una vez había pinchado uno con la punta de un lápiz y

había sentido que un dolor insoportable me recorría el brazo. El ojo pareció

fulminarme con un odio impotente que fue peor que el dolor físico. No volví a

pincharlo.

Y ahora estaban mirando al chico. Sentí que mi mente se disparaba. Un

momento después perdí el control de mis actos. La puerta estaba abierta. Corrí

hacia él por la arena, moviendo velozmente las piernas insensibles, como si éstas

fueran maderos accionados por un mecanismo. Mis propios ojos parecieron

cerrarse y sólo vi con aquellos ojos extraterrestres: vi un monstruoso paisaje

marino de alabastro rematado por un cielo semejante a una gran franja purpúrea,

y vi una cabana ladeada y corroída que podría haber sido la carroña de una

desconocida bestia carnívora, y vi un ser abominable que se movía y respiraba y

llevaba debajo del brazo un artefacto de madera y alambre, un artefacto

compuesto por ángulos rectos geométricamente imposibles.

Me pregunto qué pensó él, ese pobre chico anónimo con la criba bajo el brazo y

los bolsillos hinchados por una insólita multitud de monedas arenosas perdidas por

los turistas, qué pensó él cuando me vio correr hacia él como un director ciego

tendiendo las manos sobre una orquesta lunática, qué pensó él cuando los rayos

postreros del sol cayeron sobre mis manos, rojas y fisuradas y fulgurantes con su

carga de ojos, qué pensó cuando las manos batieron súbitamente el aire un

momento antes de que estallara su cabeza.

Sé qué fue lo que pensé yo.

Pensé que había atisbado por encima del borde del universo y había visto ni

más ni menos que los ruegos del infierno. El viento tironeó de las vendas y las

transformó en pequeños gallardetes flameantes a medida que las desenrollaba.

Las nubes habían ocultado los vestigios rojos del crepúsculo, y las dunas estaban

oscuras y cubiertas de sombras. Las nubes desfilaban y bullían sobre nuestras

cabezas.


—Debes hacerme una promesa, Richard —dije, levantando la voz por encima

del viento cada vez más fuerte—. Si tienes la impresión de que intento..., hacerte

daño, corre. ¿Me entiendes?

—Sí.


El viento agitaba y ondulaba su camisa de cuello abierto. Su rostro permanecía

impasible, con los ojos reducidos a poco más que dos cavidades en la prematura

oscuridad.

Cayeron las últimas vendas.

Yo miré a Richard y ellos miraron a Richard. Yo vi una cara que conocía desde

hacía cinco años y que había aprendido a querer. Ellos vieron un monolito

viviente, deforme.

—Los ves —dije roncamente—. Ahora los ves. Se apartó involuntariamente.

Sus facciones parecieron dominadas por un súbito pavor incrédulo. Un rayo

hendió el cielo. Los truenos rodaban sobre las nubes y el agua se había

ennegrecido como la del río Es-tigia.

—Arthur...

¡Qué inmundo era! ¿Cómo podía haber vivido cerca de él, cómo podía haberle

hablado? No era un ser humano sino una pestilencia muda. Era...

—¡Corre! ¡Corre, Richard!

Y corrió. Corrió con grandes zancadas. Se convirtió en un patíbulo recortado

contra el cielo imponente. Mis manos se alzaron, se alzaron sobre mi cabeza con

un ademán aullante, aleteante, con los dedos estirados hacia el único elemento

familiar de ese mundo de pesadilla: estirados hacia las nubes.

Y las nubes respondieron.

Brotó un rayo colosal, blanco azulado, que pareció marcar el fin del mundo.

Alcanzó a Richard, lo envolvió. Lo último que recuerdo es la fetidez eléctrica del




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