El umbral de la



Descargar 1.67 Mb.
Página9/35
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.67 Mb.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   35

ozono y la carne quemada.

Me desperté en mi porche, plácidamente sentado, mirando hacia la Duna

Mayor. La tormenta había pasado y la atmósfera estaba agradablemente fresca.

Se veía una tajada de luna. La arena estaba virgen, sin rastros del «buggy» de

Richard.

Me miré las manos. Los ojos estaban abiertos pero vidriosos. Se hallaban

extenuados. Dormitaban.

Sabía bien qué era lo que debía hacer. Tenía que echar llave a la puerta antes

de que pudieran terminar de abrirla. Tenía que clausurarla definitivamente. Ya

empezaba a observar los primeros signos de un cambio estructural en las mismas

manos. Los dedos empezaban a acortarse... y a modificarse.

En la sala había una pequeña chimenea, y en verano me había acostumbrado

a encender una fogata para combatir el frío húmedo de Florida. Prendí otra ahora,

moviéndome de prisa. Ignoraba cuánto tardarían en captar mis intenciones.

Cuando vi que ardía vorazmente me encaminé hacia la cuba de queroseno que

había en la parte posterior de la casa y me empapé ambas manos. Se despertaron

de inmediato, con un alarido de dolor. Casi no pude llegar de vuelta a la sala, y a

la fogata. Pero lo conseguí.

Todo eso sucedió hace siete años.

Aún estoy aquí, contemplando el despegue de los cohetes. Últimamente se han

multiplicado. Éste es un gobierno que da importancia a la exploración espacial.

Incluso se habla en enviar otra serie de sondas tripuladas a Venus.

Averigüé el nombre del chico, aunque eso ya no importa. Tal como sospechaba,

vivía en la aldea. Pero su madre creía que pasaría aquella noche en tierra firme,

con un amigo, y no dio la alarma hasta el lunes siguiente. En cuanto a Richard...,

bien, de todos modos la gente opinaba que Richard era un bicho raro. Piensan

que tal vez volvió a Maryland o se fugó con una mujer.

A mí me toleran, aunque tengo fama de ser excéntrico. Al fin y al cabo,

¿cuántos exastronautas les escriben regularmente a los funcionarios electos de

Washington para decirles que sería mejor invertir en otra cosa el dinero que se

asigna a la exploración espacial?

Yo me apaño muy bien con estos garfios. Durante el primer año los dolores

fueron atroces, pero el cuerpo humano se acostumbra a casi todo. Me puedo

afeitar e incluso me ato los cordones de los zapatos. Y como veis, escribo bien a

máquina. Creo que no tendré problemas para meterme la escopeta en la boca ni

para apretar el gatillo. Veréis, esto empezó hace tres semanas.

Tengo sobre el pecho un círculo perfecto de doce ojos dorados.

LA TRITURADORA

El agente Hunton llegó a la lavandería en el mismo momento en que partía la

ambulancia..., lentamente, sin hacer sonar la sirena ni centellear las luces.

Ominosa. Dentro, la oficina estaba atestada de personas que se arremolinaban,

silenciosas, algunas de ellas llorando. La planta propiamente dicha estaba vacía.

Ni siquiera habían detenido las grandes lavadoras automáticas del fondo. Esto

aumentó la desconfianza de Hunton. La multitud debería haber estado en la

escena del accidente, no en la oficina. Así eran las cosas: el animal humano tenía

la necesidad instintiva de ver los despojos. Por tanto, el cuadro debía ser

espantoso. Hunton sintió que se le crispaba el estómago, como sucedía siempre

que se encontraba con un accidente muy cruento. Los catorce años que había

pasado limpiando restos humanos de las carreteras y las calles y las aceras al pie

de edificios muy altos no habían bastado para aquietar la convulsión de su

estómago, la sensación de que algo abyecto se le había apelmazado ahí dentro.

Un hombre vestido con una camisa blanca vio a Hunton y se le acercó

renuentemente. Parecía un búfalo, con la cabeza inclinada hacia delante entre los

hombros, con las venas de la nariz y las mejillas rotas ya fuera por obra de la alta

tensión sanguínea o por un exceso de pláticas con la botella marrón. Se esforzaba

por articular las palabras, pero después de dos ensayos frustrados, Hunton le

interrumpió perentoriamente.

—¿Usted es el propietario? ¿El señor Gartley?

—No... no. Soy Stanner. El encargado. Dios, esto... Hunton sacó su libreta.

—Por favor, muéstreme el lugar del accidente, señor Stanner, y cuénteme qué

sucedió.

Stanner pareció palidecer aún más. Las manchas de su nariz y sus mejillas

resaltaban como marcas de nacimiento.

—¿Es..., necesario? Hunton arqueó las cejas.

—Me temo que sí. La llamada que recibí especificó que había sido un caso

grave.


—Grave... —Stanner parecía estar pugnando con sus cuerdas vocales. Su nuez

de Adán subió y bajó brevemente como un mono por una estaca—. La señora

Fraw-ley ha muerto. Jesús, cuánto lamento que Bill Gartley no esté aquí.

—¿Qué sucedió?

—Será mejor que venga conmigo —respondió Stanner.

Condujo a Hunton a lo largo de una hilera de planchas de mano, de una unidad

de plegado de camisas y por fin se detuvo delante de una máquina marcadora de

prendas. Se pasó una mano temblorosa por la frente.

—Tendrá que seguir solo, agente. No puedo volver a mirarla. Me pone... No

puedo. Lo lamento.

Hunton contorneó la máquina marcadora con una vaga sensación de desdén

por ese hombre. Montan una empresa desorganizada, recortan gastos, hacen

circular vapor hirviente por tuberías mal soldadas, trabajan con limpiadores

químicos sin la protección debida, y finalmente alguien se lastima. O muere.

Después no quieren mirar. No pueden...

Hunlon lo vio.

La máquina seguía funcionando. Nadie la había desactivado. La máquina que

más tarde llegó a conocer íntimamente: la «Máquina Ultraveloz Hadley-Watson de

Planchar y Plegar Modelo 6». Un nombre largo y engorroso. La gente que

trabajaba allí entre el vapor y la humedad la había bautizado con un nombre más

apropiado. La trituradora.

Hunton le echó una larga mirada glacial, y después hizo algo por primera vez en

sus catorce años de agente del orden: dio media vuelta, se llevó a la boca una

mano convulsionada y vomitó.

—No has comido mucho —comentó Jackson. Las mujeres estaban dentro,

lavando los platos y hablando de los crios mientras John Hunton y Mark Jackson

descansaban en las tumbonas, cerca del aromático asador. Hunton sonrió

ligeramente mientras pensaba que su amigo se había quedado corto. No había

comido

nada.


—Hoy hubo un accidente atroz —dijo—. El peor.

—¿Automovilístico?

—No. Industrial.

—¿Sangriento?

Hunton no respondió inmediatamente, pero hizo una mueca involuntaria,

convulsiva. Cogió una cerveza de la nevera que descansaba entre ellos dos, la

abrió y bebió la mitad del contenido.

—¿Supongo que vosotros los profesores universitarios no sabéis nada de

lavanderías industriales? Jackson lanzó una risita.

—Aquí tienes uno que sí sabe algo. Cuando era estudiante pasé un verano

trabajando en uno de esos establecimientos.

—¿Entonces conoces la máquina ultraveloz de planchar y plegar?

Jackson hizo un ademán afirmativo.

—Claro que sí. Pasan por ella la ropa húmeda, sobre todo sábanas y manteles.

Una máquina grande y larga.

—Eso es —murmuró Hunton—. Una mujer llamada Adelle Frawley quedó

atrapada en ella en la lavandería «Blue Ribbon», en el otro extremo de la ciudad.

La máquina la succionó.

Jackson pareció súbitamente descompuesto.

—Pero..., eso es imposible, Johnny. Hay una barra de seguridad. Si una de las

mujeres que alimentan la máquina mete accidentalmente la mano debajo de la

barra, ésta se levanta y detiene el mecanismo. Por lo menos eso es lo que

recuerdo.

Hunton asintió con un movimiento de cabeza.

—Así está estipulado que debe ser. Pero sucedió. Hunton cerró los ojos v volvió

a ver en la oscuridad la máquina de planchar ultraveloz «Hadley-Watson», tal

como la había visto esa tarde. Tenía la forma de una larga caja rectangular, de

diez metros por dos. En el ali-mentador, una correa móvil de lona se deslizaba

debajo de la barra de seguridad, empinándose un poco hacia arriba y después

hacia abajo. La correa transportaba las sábanas apenas húmedas, arrugadas, en

un ciclo continuo que las hacía pasar por arriba y por abajo de dieciséis rodillos

giratorios que componían el cuerpo principal de la máquina. Ocho arriba y ocho

abajo, que las apretaban como si fueran delgadas lonchas de jamón entre varias

capas de pan supercaliente. Para el secado máximo la temperatura del vapor de

los rodillos se podía ajustar hasta los 300 grados. Para eliminar hasta la última

arruga, la presión ejercida sobre las sábanas montadas en la cinta era de

cuatrocientos kilos por decímetro cuadrado.

Y la señora Frawley había sido atrapada, quién sabe cómo, y arrastada al

interior del mecanismo. Los rodillos de acero recubiertos con amianto habían

quedado tan rojos como la pintura de un granero, y la nube de vapor de la

máquina había dispersado el nauseabundo hedor de la sangre caliente. Diez

metros más adelante, el otro extremo de la máquina había escupido fragmentos

de su blusa blanca y sus pantalones azules, e incluso jirones desgarrados de su

sostén y sus bragas, con los trozos más grandes de tela plegados con grotesca y

ensangrentada pulcritud por el dispositivo automático. Pero ni siquiera eso había

sido lo peor.

—Trató de plegarlo todo —le explicó a Jackson, con sabor a bilis en la

garganta—. Pero un ser humano no es una sábana, Mark. Lo que vi..., lo que

quedaba de ella... —Igual que Stanner, el desventurado encargado, no pudo

terminar la frase—. Se la llevaron en un cesto —murmuró.

Jackson lanzó un silbido.

—¿A quién se hará responsable? ¿A la lavandería o a los inspectores oficiales?

—Aún no lo sé —respondió Hunton. La imagen aviesa todavía flotaba sobre su

retina, la imagen trituradora que bufaba y traqueteaba y siseaba, la imagen de la

sangre que chorreaba por los costados verdes del largo gabinete, su fetidez

quemante...—. Antes habrá que averiguar quién verificó la maldita barra de

seguridad y en qué circunstancias lo hizo.

—Si fue la administración de la lavandería, ¿crees que podrán librarse?

La sonrisa de Hunton estuvo desprovista de humor.

—Ella ha muerto, Mark. Si Gartley y Stanner han escatimado en el

mantenimiento de la máquina de planchar ultraveloz, irán a la cárcel. Aunque

tengan influencia en el Ayuntamiento.

—¿Crees que eso fue lo que sucedió?

Hunton pensó en la lavandería «Blue Ribbon», mal iluminada, con los pisos

húmedos y resbalosos, con algunas máquinas increíblemente antiguas y

chirriantes.

—Es probable que sí —contestó en voz baja. Se levantaron para entrar juntos

en la casa.

—Cuando termine la investigación, Johnny, cuéntame a qué conclusión llegan

—dijo Jackson—. El caso me interesa.

Hunton se había equivocado respecto de la trituradora. Estaba en condiciones

impecables.

Seis inspectores oficiales la revisaron antes de la audiencia, pieza por pieza. El

resultado fue totalmente negativo. El veredicto de la instrucción fue de muerte

accidental.

Hunton, atónito acorraló a Roger Martín, uno de los inspectores, después de la

audiencia. Martín era un personaje alto con gafas tan gruesas como culos de

vasos. Mientras Hunton le interrogaba, no cesó de juguetear con un bolígrafo.

—¿Nada? ¿No hay nada que decir de la máquina?

—Nada —ratificó Martín—. Por supuesto, la barra de seguridad fue el meollo de

la investigación. Funciona perfectamente. Ya oyó el testimonio de la señora

Gillian. La señora Frawley debió de adelantar demasiado la mano. Nadie vio cómo

lo hacía, porque todos estaban atentos a sus respectivos trabajos. Ella empezó a

gritar.


Su mano ya había desaparecido y la máquina le estaba pillando el brazo. En

lugar de desconectar la máquina, trataron de sacar a la víctima. Se dejaron

dominar por el pánico. Otra mujer, la señora Keene, dijo que ella sí trató de

desactivarla, pero es razonable suponer que, en medio de la confusión, pulsó el

botón del arranque en lugar de pulsar el del freno. Para entonces ya era

demasiado tarde.

—O sea que no funcionó la barra de seguridad —dictaminó Hunton

categóricamente—. A menos que ella pasara la mano por encima de la barra en

lugar de pasarla por debajo.

—Eso es imposible. Sobre la barra de seguridad hay una plancha de acero

inoxidable. Y la barra no dejó de funcionar. Está unida por un circuito a la máquina

propiamente dicha. Si la barra de seguridad salta, la máquina se detiene.

—¿Entonces cómo sucedió, por todos los diablos?

—No lo sabemos. Mis colegas y yo opinamos que la señora Frawley tuvo que

caer en la máquina desde arriba, para que ésta pudiera matarla. Y cuando se

produjo el accidente tenía ambos pies en el suelo. Lo han confirmado una docena

de testigos.

—Está describiendo un accidente imposible —dijo Hunton.

—No. Sólo un accidente que no entendemos. —Mar-tin hizo una pausa, vaciló y

luego agregó—: Le diré algo, Hunton, puesto que parece haber tomado el caso tan

a pecho. Si se lo repite a alguien, negaré haberlo dicho. Pero no me gustó la

máquina. Casi..., parecía estar burlándose de nosotros. En los últimos cinco años

he inspeccionado regularmente más de una docena de máquinas de planchar

ultraveloces. Algunas de ellas están en tan malas condiciones que no dejaría un

perro suelto cerca de ellas: la ley es lamentablemente indulgente. Pero al fin y al

cabo eran sólo máquinas. En cambio esta otra... es una aberración. No sé por

qué, pero lo es. Creo que si hubiera encontrado el mínimo pretexto, aunque sólo

se tratara de una sutileza, habría ordenado inmovilizarla. ¿Absurdo, verdad?

—Yo sentí lo mismo —replicó Hunton.

—Le contaré algo que sucedió hace dos años en Mil-ton —continuó el

inspector. Se quitó las gafas y empezó a frotarlas con movimientos pausados

contra el chaleco—. Un tipo había abandonado una vieja nevera en el patio trasero

de su casa. La mujer que nos telefoneó dijo que su perro había quedado

encerrado en ella y se había asfixiado. Le pedimos a la Policía del Estado que le

informara a ese hombre que debía arrojar el artefacto en el basurero municipal.

Era un tipo amable, que sintió lo que le había ocurrido al perro. Cargó la nevera en

su furgoneta y a la mañana siguiente la llevó al basurero. Esa tarde, una mujer del

barrio denunció que había desaparecido su hijo.

—Cielos —murmuró Hunton.

—La nevera estaba en el basurero con el niño dentro, muerto. Un crío

espabilado, según la madre. Dijo que era tan poco posible que se metiese en una

nevera vacía como que subiese a un coche con un desconocido. Pues sin

embargo lo hizo. Cerramos el expediente. ¿Cree que ahí terminó todo?

—Supongo que sí.

—No. Al día siguiente el encargado del basurero fue a quitarle la puerta al

artefacto. Ordenanza Municipal número 58 sobre conservación de basureros

públicos. —Martin le miró impasiblemente—. Encontró dentro seis pájaros

muertos. Gaviotas, gorriones, un petirrojo. Y al parecer, mientras los estaba

sacando la puerta se le cerró sobre el brazo. Dio un respingo tremendo. Esa es la

impresión que me produce la trituradora de «Blue Rib-bon», Hunton. No me gusta.

Se miraron en silencio, dentro de la vacía sala de audiencias, a unas seis

manzanas del lugar donde la «Máquina Ultraveloz Hadley-Watson de Planchar y

Plegar Modelo 6» se alzaba en la lavandería bulliciosa, bufando y exhalando vapor

sobre sus sábanas.

Al cabo de una semana los apremios de la labor policial más prosaica le hicieron

olvidar el caso. Sólo volvió a evocarlo cuando él y su esposa visitaron la casa de

Mark Jackson para pasar la velada jugando a las cartas y tomando cerveza.

Jackson le recibió diciendo:

—¿Alguna vez te has preguntado si la máquina de la que me hablaste está

embrujada, Johnny?

Hunton parpadeó, desconcertado.

—¿Qué dices?

—La máquina de planchar ultraveloz de la lavandería «Blue Ribbon». Supongo

que esta vez no recibiste la denuncia.

—¿Qué denuncia? —inquirió Hunton, interesado. Jackson le pasó el periódico

de la noche y le señaló una noticia que figuraba al pie de la segunda página. El

artículo informaba que en la máquina de planchar ultraveloz de la lavandería «Blue

Ribbon» había estallado un tubo de vapor, y que las emanaciones habían

quemado a tres de las seis mujeres que trabajaban en la boca de alimentación. El

accidente se había producido a las 15.45 y había sido atribuido a un aumento de

presión en la caldera del establecimiento. Una de las mujeres, la señora Annette

Gillian, había sido internada en el City Receiving Hospital con quemaduras de

segundo grado.

—Qué extraña coincidencia —comentó, pero súbitamente recordó las palabras

que el inspector Martín había pronunciado en la sala de audiencias vacía: Es una

aberración... Y también la historia del perro y el niño y los pájaros atrapados en la

nevera abandonada.

Esa noche jugó muy mal a las cartas.

Cuando Hunton entró en la habitación de cuatro camas, en el hospital, la señora

Gillian estaba recostada en su lecho, leyendo Screen Secrets. Un gran vendaje le

cubría un brazo y una parte del cuello. La otra ocupante del cuarto, una mujer

joven de facciones pálidas, dormía.

La señora Gillian parpadeó al ver el uniforme azul y después sonrió

tímidamente.

—Si es por la señora Cherinikov tendrá que volver más tarde. Acaban de darle

su medicación.

—No, vengo por usted, señora Gillian —respondió Hunton. La sonrisa de la

mujer se diluyó un poco—. Es una visita extraoficial, lo cual significa que el

accidente de la lavandería ha despertado mi curiosidad. John Hunton —se

presentó, tendiendo la mano.

Ésa fue la táctica correcta. La sonrisa de la señora Gillian se iluminó y le dio un

apretón desmañado con la mano sana.

—Le contaré todo lo que sé, señor Hunton. Válgame Dios, pensé que mi Andy

había vuelto a tener jaleo en la escuela.

—¿Qué sucedió?

—Estábamos pasando las sábanas y la máquina de planchar estalló..., o ésa

fue la impresión. Yo estaba pensando en volver a casa y sacar a pasear los perros

cuando se produjo ese fuerte estallido, como el de una bomba. Vapor por todas

partes, y ese siseo... espantoso. —Su sonrisa fluctuó, al borde de la extinción—.

Era como si la máquina de planchar respirase. Como un dragón, sí señor. Y

Alberta, o sea Alberta Keene, gritó que algo estaba explotando y todos

comenzaron a correr y a dar alaridos y Ginny Jason decía a gritos que se había

quemado. Yo también quise correr pero me caí. Sólo entonces me di cuenta de

que yo era la más afectada. Por suerte no fue peor. El vapor alcanza una

temperatura de trescientos grados.

—El periódico dice que estalló un tubo. ¿Qué significa eso?

—El tubo superior se empalma con esta especie de tubo flexible que alimenta la

máquina. George, o sea el señor Stanner, dijo que la caldera debió de despedir un

chorro muy fuerte o algo parecido. El tubo se partió en dos.

A Hunton no se le ocurrió ninguna otra pregunta. Se disponía a irse cuando la

señora Gillian comentó pensativa:

—Nunca tuvimos tantos contratiempos con esa máquina. Sólo recientemente.

La rotura del tubo de vapor. El accidente atroz de la señora Frawley, que en paz

descanse. Y los problemas menores. Como cuando a Essie se le enganchó el

vestido en una de las cadenas de tracción. Podría haber sido peligroso si ella no lo

hubiera desgarrado para zafarlo. Se caen las tuercas y otras piezas. Oh, Herb

Diment, que es el mecánico de la lavandería, tiene muchos problemas con la

máquina. Las sábanas se atascan en la plegadora. George dice que es porque

usan demasiado apresto en las lavadoras, pero antes no sucedía nada. Ahora las

chicas aborrecen trabajar allí. Essie incluso dice que han quedado atrapados

pedacitos de Ade-lle Frawley y que es un sacrilegio o algo así. Como si sobre la

máquina pesara una maldición. Todo empezó el día en que Sherry se cortó la

mano con uno de los tomillos.

—¿Sherry? —preguntó Hunton.

—Sherry Oulette. Una chiquilla encantadora, que acababa de salir de la escuela

secundaria. Una buena operaría. Pero un poco torpe, a veces. Usted sabe cómo

son las jóvenes.

—¿Se cortó la mano?

—O, eso no fue nada extraño. Verá, hay tornillos para ajusfar la correa de

alimentación. Sherry los estaba apretando para poder introducir una carga más

pesada y probablemente soñaba con un chico. Se cortó un dedo y lo salpicó todo

con sangre. —La señora Gillian pareció intrigada—. Fue a partir de entonces

cuando empezaron a caerse las tuercas. Adelle fue... usted sabe... aproximadamente

una semana más tarde. Como si la máquina hubiera descubierto que le

gustaba la sangre. ¿No cree que a veces a las mujeres se nos ocurren ideas

raras, agente Hinton?

—Hunton —respondió él distraídamente, mirando al vacío por encima de la

cabeza de la señora Gillian.

Paradójicamente, Hunton había conocido a Mark Jackson en una lavandería de

la manzana que separaba sus casas, y era todavía allí donde el policía y el

profesor de inglés mantenían sus conversaciones más interesantes.

Ahora estaban sentados el uno junto al otro en las fle-xibles sillas de plástico,

mientras sus ropas giraban y giraban detrás de las ventanillas transparentes de las

máquinas automáticas. El ejemplar en rústica de las obras completas de Milton

que Jackson había llevado consigo descansaba olvidado mientras él escuchaba la

historia de la señora Gillian, en la versión de Hunton.

Cuando éste hubo terminado, Jackson dijo:

—Un día te pregunté si habías pensado que la trituradora podía estar

embrujada. Fue mitad en serio y mitad en broma. Ahora te repito la pregunta.

—No —respondió Hunton, ofuscado—. No seas estúpido.

Jackson contemplaba pensativo la rotación de las ropas.

—Embrujada es una palabra chocante. Digamos poseída. Hay casi tantos

hechizos para embrujar como para exorcizar. La rama dorada de Frazier está

repleta de ellos. Hay otros en las tradiciones druida y azteca. Y otros aún más

antiguos, que se remontan al Egipto antiguo. Casi todos ellos se pueden reducir a

unos asombrosos comunes denominadores. El más frecuente, por supuesto, es la

sangre de virgen. —Miró a Hunton—. La señora Gillian dijo que los contratiempos

empezaron después de que Sherry Oulette se cortó accidentalmente.

—Oh, por favor —protestó Hunton.

—Debes admitir que ella parece la persona indicada —comentó Jackson.

—Iré inmediatamente a su casa —asintió Hunton con una sonrisita—. Me

imagino la escena. «Señorita Oulette», soy el agente John Hunton. Estoy




Compartir con tus amigos:
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   35


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal