Emerson y nietzsche dos luces para un mismo faro



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II

VOLUNTAD


Después de haber buceado en posibles diferentes significados del término “poder”, que manifiestan la mayoría de los escritos de Nietzsche y Emerson, pasaremos ahora a hacerlo con el concepto “voluntad”, que permanece ligado al primero de estos autores, debido al matrimonio que de los dos realizó en su día elaborando la expresión “voluntad de poder”. Sin embargo aquí no vamos a partir de este enlace lingüístico, aunque inevitablemente nos tendremos que referir a él en multitud de ocasiones, sino que será la “voluntad” por sí misma quien nos dé pie a investigar las ligazones explícitas e implícitas que los dos pensadores entablan entre estos términos.

Así como decíamos que el concepto “poder” adquiere una multitud de significados en las obras de estos dos filósofos, de la misma manera tendremos que enfrentarnos a la mimética voluntad emerso-nietzscheana. Con todo, no podremos desligarnos de las líneas de investigación desarrolladas en el primer capítulo, pues de todas las voluntades que puedan aquí aparecer, veremos cómo en última instancia tendremos que afrontar el problema del yo frente a la sociedad alienante, de la apariencia y de la elección casi kiekergaardiana de tener que situar a ese yo refiriéndolo al tiempo o al espacio.

Es así cómo la asociación que engloba el concepto “voluntad de poder” se hace ineludible, porque en realidad ya está formada en los escritos de ambos autores, y aunque Nietzsche no la hubiera formulado, alguien lo hubiera hecho al analizar bien su obra o bien la de Emerson.

Siguiendo la idea inicial de este trabajo, donde se contemplan las ideas de Nietzsche y Emerson conformando las dos caras de una misma moneda, o como las señales de una faro según estén dirigidas a tierra o al mar respectivamente, podríamos estar tentados de convertir la “voluntad de poder” nietzscheana en un “poder de voluntad” emersoniano, sin embargo la utilización por parte de la Cábala de este maridaje, o bien el manoseado “poder de la voluntad” del que tanto han abusado los escritos de auto ayuda, hace que prefiera no realizar la mencionada inversión de términos, ya que lo que me parece atractivo es analizar la “voluntad de poder”, es decir, el concepto habitualmente asociado al pensamiento nietzscheano, dentro del masculinismo emersoniano ya esbozado en el primer capítulo, contrastándolo con el que Nietzsche desarrolla en sus escritos.

No podía tampoco aquí, en dos autores que caen frecuentemente en la contradicción, dejar de aparecer una paradoja extrema, como es la que representa el par de fuerzas constituido por la voluntad y por el supuesto fatum o destino; una voluntad nacida desde el yo más radical enfrentándose contra un eterno retorno en el caso de Nietzsche y contra una naturaleza inexorable y autosuficiente, o incluso casi todopoderosa, en el caso de Emerson. ¿Qué sentido le queda entonces a la voluntad? ¿Voluntad para qué? Quizás sea esta última una cuestión errónea, pues no se trata de buscarle una finalidad a la voluntad del individuo, sino una necesidad, no estaríamos pues desenmarañando en el caso de Nietzsche y Emerson, voluntades teleológicas sino ontológicas.



Así pues, partiendo de estas supuestas voluntades ontológicas, la contradicción que supondría una limitación de las voluntades surgida de un estatus superior al del individuo, ya no quedaría como simple contradicción sino más bien como complemento existencial, y es precisamente por aquí, por la existencia, por donde se podría comenzar la inmersión en este océano de voluntades, de olas individuales que proporcionan el espectáculo de una costa aparentemente estática, individualidades que rompen su breve existencia (la ola rompiente se forma muy cerca de la costa) para poder entre todas dar una imagen constante, pero desde el continuo cambio, el cambio que supone la muerte y la vida en su continua alternancia. El propio Nietzsche titula su aforismo 310 de La Gaya Ciencia, “La voluntad y la ola”: “¡Así viven las olas, y así vivimos también nosotros, que poseemos voluntad! [...] ¡Vosotras y yo somos de la misma especie, vosotras y yo tenemos el mismo secreto!”.64

¿Pero cuál es ese secreto? Nietzsche no lo acaba de decir y se muestra críptico, quizás porque busca oídos finos, como muchas veces pide del lector, quizás porque el paralelismo es evidente y la playa resulta para la ola tan inexorable como para nosotros la tumba, o simplemente quizás por no romper la poesía del texto; posiblemente también por todas ellas al mismo tiempo. Lo que sí parece es que la voluntad de la ola queda ahogada ante la voluntad de la costa, y esto no es contradictorio, el eterno retorno de una ola tras otra, no impide ni limita las voluntades de cada una de ellas, sino que las enmarca e incluso les otorga sentido porque sin una costa donde poder romper, la ola no llegaría a formarse, se quedaría en simple ondulación marina, y no es lo mismo, la ola sólo tiene sentido en la costa, cuando su espuma canosa refleja el final de una vida predestinada, pero no una predestinación espacial sino temporal, la ola podrá romper en playa o en acantilado, pero ha de romperse y disolverse no hay otra solución para ella por mucha voluntad que tenga.



¿Y qué ocurrirá cuando la ingeniería genética nos retenga en medio del océano, para evitar que lleguemos a la zona de rompientes? ¿Qué sentido tendrá entonces nuestra voluntad? Entonces quizás tengamos que engañarnos para creer que somos seres humanos y así convertir nuestra vida misma en una obra de arte, pues ya para Nietzsche el arte corresponde a una voluntad de engaño cuando nos dice que “el arte, en el cual precisamente la mentira se santifica, y la voluntad de engaño tiene a su favor la buena conciencia, se opone al ideal ascético mucho más radicalmente que la ciencia [...] nada hay más corruptible que un artista”.65

El problema es que dado el actual estado del arte, para entonces, es decir, cuando ya estemos al pairo en mitad del océano, quizás todos seamos unos corruptos mercachifles de “vida”. Pero de esto hablaremos con más detenimiento en el tercer capítulo. Con todo, si hacemos caso de ciertos presentimientos nietzscheanos, podríamos entonces vaticinar que la humanidad entraría entrando en un periodo de crueldad suprema ya que según él::



En las épocas de corrupción son más suaves las costumbres y la crueldad disminuye, si se comparan esas épocas con las antiguas, más rudas y creyentes. Mas no puedo suscribir ese elogio, como tampoco la censura que en él se contiene; sólo confieso una cosa, que la crueldad se afina y repele las formas de que antiguamente se revestía, pero la herida y el tormento por medio de la palabra y de la mirada alcanzan en las épocas de corrupción su completo desarrollo, y entonces es cuando verdaderamente aparecen la malignidad y el deleite que proporciona. Los hombres de la corrupción son ingeniosos y calumniadores, saben que hay más modos de asesinar que el puñal y la sorpresa, y saben también que se cree todo lo que bien se dice.66

Esto que dice Nietzsche lo sabe muy bien todo farero que después de haberse pasado años luchando contra los rayos y contra la crueldad del otro farero, con quién convivía forzadamente, se encuentra súbitamente encerrado en un tetrabrik administrativo, sufriendo la otra crueldad, la del chupatintas, añorando los destrozos causados en el faro por todos aquellos temporales de barbarie primitiva.



Pero si he traído a colación esta visión de la crueldad condicionada por el estado de corrupción de una sociedad y por tanto, cómo no en Nietzsche, en función de la época en que se produzca (crueldad-tiempo), es porque sin duda alguna existe una voluntad de crueldad en nuestra especie, o mejor dicho, en los individuos de nuestra especie, que quizás surja de una simple imitación del entorno, todos sabemos que una forma muy efectiva de aprendizaje es la imitación y en el entorno donde el hombre se ha desarrollado, la crueldad reina a sus anchas, con la diferencia que al principio el hombre no sabía lo que era ser cruel hasta que gracias a la mujer comió el fruto del árbol de la sabiduría y se percató de ello. El propio Nietzsche hace referencia a esto en varias ocasiones: “Dios es una respuesta burda, una indelicadeza contra nosotros los pensadores, -incluso en el fondo no es nada más que una burda prohibición que se nos hace: ¡no debéis pensar!”.67 En el siguiente pasaje todavía es más directo a la hora de ligar la dependencia femenina que el ser humano posee con respecto a la adquisición de conocimiento:

Sólo a través de la mujer llegó el hombre a gustar del árbol del conocimiento.-¿Qué había ocurrido? Al viejo Dios lo invadió una angustia infernal. El hombre mismo había sido su máximo fallo, Dios se había creado un rival, la ciencia hace iguales a Dios.68
El problema surge de la antinomia ya expresada en el capítulo anterior, aquella por la que en todo ser humano, en mayor o menor grado, existe una lucha entre su individualismo y su gregarismo; y cuanto más desea lo primero más crueles se mostrarán con él los otros: el grupo. Es aquí donde nos encontramos dos voluntades opuestas, por un lado la del rebaño que desea controlar al individuo que busca autosuficiencia y por otro, la de ese individuo que debe protegerse para mantener la confianza en sí mismo. ¿Y no es esto una lucha de poderes, unas voluntades de poder encontradas?

Al igual que ocurría con el poder, que se veía forzado a una apariencia de superioridad con respecto al entorno, confluyendo finalmente en última instancia los poderes de lo no-yo contra el poder del yo, lo mismo observamos con las voluntades, ya que en definitiva iremos comprobando que el poder quizás no sea sino una consecuencia de la voluntad y que toda voluntad no persiga más que el poder; ya lo dice el refrán: poder es querer.

Emerson, por su parte, se siente especialmente identificado con esta lucha de voluntades. Se vuelve a citar este fragmento emersoniano por encerrarse en él un ejemplo magnífico de la idea que Emerson mantenía acerca de la lucha entre individuo y grupo:

La sociedad es en todos sitios una conspiración contra la personalidad de cada uno de sus miembros. La sociedad es una compañía por acciones en la cual los accionistas están de acuerdo para asegurar el sustento de la mejor manera a cada uno de ellos en particular, a cambio de la libertad y cultura de sus asociados. La virtud que más se requiere es la conformidad. La confianza en sí mismo es una aversión. No se aprecian las realidades ni los creadores, sino los hombres y costumbres.69

Efectivamente, se trata de una conspiración contra la personalidad, es decir contra la persona, es decir, según su etimología, contra el papel que representa en esa misma sociedad. Pero el papel que representamos a lo largo de nuestra vida depende a su vez del género con el que estemos pre-dispuestos a enfocarlo; así desde una representatividad femenina, el papel variará a lo largo del tiempo, según éste, el tiempo, vaya conformando la visión de nosotros mismos con respecto a nosotros mismos y con respecto a los demás. El tiempo como filtro por donde tamizar nuestras voluntades para acceder así a un poder determinado. Sin embargo, desde la masculinidad, será el espacio el condicionante básico según el cual modificaremos nuestro papel en la sociedad, de tal manera que para aquellos de naturaleza más bien estática, como es el caso de Emerson, el espacio variará poco a lo largo de su vida y por lo tanto su representatividad se mantendrá prácticamente invariable a lo largo de los años.



Tenemos pues a un individuo que se enfrenta al rebaño, del que ineluctablemente forma parte, pero bien luchando contra las diferentes coacciones que el rebaño ejerce en función de la edad del individuo, o bien adoptando la imagen del propio rebaño como un espacio donde desarrollar tu vida y por lo tanto con muy pocos cambios al respecto. Seguramente todos combinamos estos dos tipos de lucha, en mayor o menor grado, como en mayor o menor grado lo hicieron Nietzsche y Emerson, pero siempre destacando en cada uno de ellos los géneros que aquí les hemos asignado. Un ejemplo de cómo la sociedad ejerce la influencia necesaria para desarrollar la voluntad de sí mismo desde un género masculino, es decir, predominantemente espacial, lo podemos encontrar en varias afirmaciones emersonianas:

El mundo os fustiga por vuestra falta de conformidad demostrándoos su desagrado; no obstante, el hombre debe aprender a comprender el significado de la cara que le mira agriamente. Los transeúntes le miran desdeñosamente al pasar por la calle o al encontrarle en casa de un amigo. Si la aversión tuviese su origen en el desprecio y resistencia parecidas a la suya, podría marchar a su casa luego tristemente; pero las cargas agrias de las multitudes, lo mismo que las acogedoras, no tienen causas profundas, sino que se adoptan y destierran según el viento que sopla o de acuerdo con lo que dice un periódico.70

Se puede ver perfectamente cómo en este texto, se refleja la angustia de Emerson por el espacio que ocupa dentro de la ciudad, por sus calles o por las casas que visita y las personas con las que tiene que compartir dichos espacios. En otro párrafo de este mismo ensayo, Emerson concede cierto reconocimiento a su parte femenina, que también tiene, y otorga carácter necesario al tiempo como elemento gracias al que un hombre sincero puede constituirse como tal, motivo por el que afirma que “todo hombre sincero es una causa, un país, una era, y requiere infinitos espacios, números y tiempo para llegar a su destino”.71 Pero sólo un poco más adelante arremete contra el tiempo, es verdad que también un poco contra el espacio, en un arrebato transgenérico, pero sobre todo contra el tiempo como factor condicionante del desarrollo de nuestra personalidad:

¿Es el padre mejor que el hijo, en el cual ha infundido su ser ya maduro? Los siglos son conspiradores contra la cordura autoridad del espíritu. El tiempo y el espacio son únicamente colores fisiológicos que nos hacen ver nuestros ojos, pero el espíritu es ligero; allí en donde se encuentra se hace el día, allí en donde se encontraba antes está la noche, y la historia es una impertinencia y un daño si pretende ser más que un alegre apólogo o parábola de lo que soy y lo que puedo llegar a ser.72

Ya al comienzo de La conducta de la vida, en el ensayo “Hado”, no deja lugar a ambigüedades y se despacha contra el tiempo reduciéndolo a un mero espacio donde desenvolver tu vida y comenta:

Para mí, sin embargo, la cuestión del tiempo se resuelve en la cuestión práctica de la conducta de la vida. ¿Cómo he de vivir? Somos incompetentes para solventar el tiempo. Nuestra geometría no puede medir las enormes órbitas de las ideas dominantes, prever su retorno y reconciliar su oposición.73

¿Se podría hablar aquí de una voluntad intempestiva de Emerson? Los rayos del faro donde hemos encerrado las ideas de estos dos autores, lanzan las voluntades intempestivas del norteamericano hacia el aire marino, para iluminar con sus destellos una zona concreta del espacio que rodea el faro, el mar del lado de la verticalidad del acantilado, mientras que las señales de ocultación lanzadas a tierra por parte de las ideas nietzscheanas no quieren marcar ningún punto concreto, sino que pretende llamar la atención del caminante no como espacio humano, sino como tiempo humano, como trozo de historia, porque el visitante terrestre del faro, ante todo es un trozo de tiempo, unos minutos que desfilan delante del faro y que el farero sólo entiende desde la eventualidad del momento y desde la contingencia del fenómeno, porque al farero no le preocupan los caminantes ni su orientación en el espacio. El fenómeno marino, por el contrario, está impregnado de necesidad, y la contingencia del posible visitante terrestre, con sus trozos de tiempo pegados al cuerpo, en nada afectan al destello lanzado hacia el mar, donde la seguridad de saberse en un punto concreto de la geografía, es el tesoro mayor de un marinero; conocer su situación en el mundo. Pero hay que tener en cuenta que aquel, la ocultación terrestre, es una consecuencia del primero, del destello marino, por el cual se construyó el faro. Una vez más la masculinidad se pretende como origen, como Adán que dio lugar a la humanidad, pero olvidando también que fue ella quien comió el fruto del árbol de la sabiduría, y que lo anterior a ese momento no fueron seres humanos, sino simple arquitectura corporal, igual que el faro para poder comenzar a iluminar masculinamente, hacia el aire del mar, tuvo que ser ocupado desde tierra, desde la feminidad del interior, y que antes de eso, sólo una simple torre se erigía en el lugar; la llegada femenina del farero otorgó la luz y el ritmo, es decir engendró el verdadero faro, pero los años de estancia dentro del faro, en esa tierra de nadie, convierten al farero en un gran transgenérico.

¿Por qué si no, piensa Emerson que la religión afemina? ¿No será que toda religión, incluido el Budismo, encierra un milenarismo teleológico, que nos esclaviza del tiempo?: “Lo que llamamos religión afemina y desmoraliza. Tal como sois, los dioses no pueden ayudarnos”.74

Es por esto que en Emerson encontramos una clara voluntad intempestiva, o lo que sería lo mismo, una marcada voluntad de presente, del ahora, de la acción sin memoria, voluntad que le lleva a preguntarse: “pero ¿por qué causa obligáis a vuestra cabeza a mirar siempre a un mismo lado? Por qué arrastrarnos siempre tras ese peso muerto de nuestra memoria por temor a contradecirnos en algo que hayamos afirmado en público?”.75

Es necesario, pues, para este autor, echar mano de una voluntad con la que superar la limitación que para nuestra personalidad suponen nuestras acciones pasadas y la opinión pública sobre ellas. Sin embargo, esa misma voluntad de yo frente al rebaño, de individualismo, de confiar en sí mismo a pesar de las opiniones divergentes del grupo, no puede dejar a un lado el factor histórico cuando es afrontado por Nietzsche:



El sentir del que aspira al conocimiento está en contradicción con la “reputación estable” y, por tanto, se reputa deshonroso, y, en cambio, todos los honores son para la petrificación de las opiniones. ¡Bajo el imperio de semejantes reglas vivimos en el día! ¡Cuán difícil es la vida cuando se advierte que tiene uno en cuenta y entorno suyo las opiniones de muchos miles de años! Es probable que todavía, por espacio de millares de años, el conocimiento tenga la conciencia intranquila, y que en la historia de las grandes inteligencias siga habiendo mucho desprecio de sí mismo y muchas ocultas amarguras.76

El hecho de que Nietzsche juzgue negativa la petrificación de ideas, es decir el conservadurismo intelectual a lo largo de los años, no quiere decir que desprecie, como en el caso de Emerson, el factor tiempo a la hora de configurar su voluntad individualista, más bien todo lo contrario, Nietzsche valora sobremanera esa carga histórica como lastre que resulta para toda mente independiente. Incluso a la hora de estudiar la voluntad humana, diferencia ésta según dos épocas contrapuestas, la moral y la inmoral, mientras que el espacio emersoniano, no varia mucho como espacio, siempre se trata de la confrontación entre el individuo de pensamiento crítico y el colectivo de pensamiento uniforme y gregario, siendo indiferente la época en la que se produzca y considerando esa lucha como una constante de la naturaleza humana. Por el contrario, la feminidad nietzscheana no puede quedarse en dicha linealidad masculina, y necesita evocar el pasado e incluso inventarse un futuro:



Durante el periodo más largo de la historia humana-se lo llama la época prehistórica-el valor o el no valor de una acción fueron derivados de sus consecuencias: ni la acción en sí ni tampoco su procedencia eran tomadas en consideración, sino que, de manera parecida a como todavía hoy en China un honor o un oprobio rebotan desde el hijo a sus padres, así entonces era la fuerza retroactiva del éxito o del fracaso lo que inducía a los hombres a pensar bien o mal de una acción. Denominamos a este periodo el periodo premoral de la humanidad: el imperativo “¡conócete a ti mismo!” era entonces todavía desconocido. En los últimos diez milenios, por el contrario, se ha llegado paso a paso tan lejos en algunas grandes superficies de la tierra que ya no son las consecuencias, sino la procedencia de la acción, lo que dejamos que decida sobre el valor de ésta: [...] el signo distintivo de un periodo al que es lícito denominar, en sentido estricto, periodo moral: la primera tentativa de conocerse a sí mismo queda así hecha.77

No puede quedar más patente aquí la importancia que el factor temporal tiene en Nietzsche a la hora de valorar una acción, es decir de emprender una voluntad de juicio, una voluntad de moralidad o inmoralidad, en función de si queremos encajar la acción con respecto al grupo o con respecto a nosotros mismos. En el periodo moral se terminó por derivar el conocimiento de uno mismo hacia el conocimiento que de uno mismo posee Dios, lo cual tergiversó mucho el asunto. En cualquier caso, para Nietzsche, aquí el espacio sólo cobra interés en cuanto a la distribución geográfica que sufren los diferentes enfoques de la voluntad yoica. Es esa misma feminidad que le impregna cuando se refiere al hombre como el animal aún no fijado, dando a nuestra condición actual una inestabilidad darviniana de la que hablaremos en el siguiente capítulo, y que indudablemente ata al ser humano a una vida de la que no puede escapar, enfrentándole a esa aparente contradicción de la que hablábamos más arriba. Este concepto de animal no fijado, que viene a completarse con la idea de superhombre, o ultrahombre como se suele traducir de un tiempo a esta parte, es un aspecto por otra parte compartido por Emerson, que a pesar de su espacialidad acérrima no puede dejar de contemplar un evolucionismo del que nadie ni nada escapa, ni siquiera nuestra especie. En este sentido el martillazo emersoniano resulta más contundente que el nietzscheano, pues aquí el norteamericano no se anda con delicadezas y decreta un panorama evolutivo diferenciando entre las personas que confieren la humanidad actual, escribiendo afirmaciones como la siguiente:



Los fósiles estratificados nos enseñan que la naturaleza comenzó con formas rudimentarias y se elevó a las más complejas tan pronto como la tierra estuvo preparada para ser su morada y que los seres inferiores perecen cuando aparecen los superiores. Pocos especimenes de nuestra raza podrían considerarse hombres acabados. Aún llevamos adheridos restos de la organización cuadrúpeda precedente. Llamamos hombres a todos esos millones, pero aún no son hombres. Medio enterrado, escarbando para liberarse, el hombre necesita toda la música que se le pueda proporcionar para ser libre.78

¿Por qué no se incluye él (Emerson) entre esos hombres inacabados? ¿Se considera un verdadero hombre completo? ¿Un auténtico yo? En este ensayo, “Cultura”, perteneciente a La conducta de la vida, nos comenta que ha empezado “la época del cerebro y el corazón. Llegará el día en que las formas del mal que hemos conocido ya no puedan organizarse”.79 Lo que no advierte, como sí lo hizo Nietzsche, es que aunque desaparezcan las antiguas formas de crueldad, ésta se disfrazará con otras más sutiles, la crueldad del funcionario, la del médico, la del banquero, la del tendero, la de los seguros privados y muchas otras, porque la confianza un tanto simplista, es decir muy masculina, que Emerson demuestra ante la vida venidera no fue compartida por su colega europeo. ¿Es esa crueldad una voluntad de vida?

Hemos pues de afrontar con detenimiento esta forma de voluntad a la que en tantas ocasiones se refieren ambos filósofos y que quizás sea Emerson quien mejor la resuma al afirmar: “yo no quiero expiar, sino vivir. Mi vida para sí, pero no para que sirva de espectáculo”.

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