Emerson y nietzsche dos luces para un mismo faro



Descargar 0.58 Mb.
Página4/8
Fecha de conversión29.04.2018
Tamaño0.58 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8

De todas formas la parte profética de Nietzsche no puede dejar de barruntar algo de lo que aquí estamos tratando:

El afán y la sutileza, yo diría incluso la astucia, con que hoy se afronta por todas partes en Europa el problema “del mundo real y del mundo aparente”, es algo que da que pensar y que incita a escuchar; y quien aquí no oiga en el trasfondo más que una “voluntad de verdad”, y ninguna otra cosa, ése no goza ciertamente de oídos muy agudos. [...] al tomar partido contra la apariencia y pronunciar ya con soberbia la palabra “perspectiva”, al conceder a la credibilidad de su propio cuerpo tan poco aprecio como a la credibilidad de la apariencia visible, la cual dice que “la tierra está quieta”, y al dejar escaparse así de las manos, con buen humor al parecer, la posesión más segura (pues ¿en qué se cree ahora con más seguridad que en el cuerpo propio?)96

Nietzsche está aquí parodiando la eterna disquisición filosófica entre la fiabilidad de nuestros sentidos para obtener el conocimiento o la desconfianza hacia los mismos, pero curiosamente también podemos leer con las lentes de nuestra actualidad el culto al cuerpo que ha ido consolidándose en nuestra cultura. Es conocida la aversión suya, la de Nietzsche, hacia el Idealismo Alemán, razón por la cual en Crepúsculo de los ídolos llega a decir que “hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?...¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!”97

Aquí nos recuerda Nietzsche, en su arrebato anti-kantiano al Pessoa de “Poemas inconjuntos”:

No basta abrir la ventana

para ver los campos y el río.

No es suficiente no ser ciego

para ver los árboles y las flores.

También es necesario no tener ninguna filosofía.

Con filosofía no hay árboles: no hay más que ideas.

Sólo hay, como una cueva, cada uno de nosotros.

Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo fuera;

Y un sueño de lo que se podría ver si la ventana se abriese,

que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.98

Sin embargo, los hechos muestran que del idealismo romántico hemos ido a parar a un virtualismo contemporáneo, donde nuevamente se ha saltado por encima el obstáculo de la realidad, si es que esta ha llegado a existir, como tal realidad, en algún momento. El poema de Pessoa deja ahora de tener sentido pues el punto de mira ya no ejerce su trayectoria desde el interior hacia el exterior, ya no se trata de abrir ventanas para ver el mundo, sino de cerrarlas para que no te vean a ti, de pensar continuamente en el observador deseado, en aparentar cualquier cosa conveniente sin prestar cuidado al interior de tu cueva, el punto de mira no funciona siquiera desde el exterior al interior sino que se queda frenado en la superficie de nuestro cuerpo, así que Nietzsche nuevamente volvió a ser profeta, “pues ¿en qué se cree ahora con más seguridad que en el cuerpo propio?”.

Los pensamientos de Emerson y Nietzsche, habitan el faro del individualismo romántico, lanzando sus destellos hacia el mar o hacia tierra, pero siempre desde la inmanencia aislada de sus personalidades ya un poco anacrónicas para un momento en el que la maquinización y el consumismo comienzan su imparable desarrollo. Ahora, más que nunca, desde nuestra sociedad dimidente, la del punto medio, aunque este no sea el justo medio aristotélico, necesitamos al observador deseado para que nos mire y contemple desde la virtualidad, protegiendo así nuestros ojos de cualquier prospección escudriñadora y reveladora de realidades que a nosotros mismos nos helarían el corazón.

En esta sociedad del “dimidius” ya no tiene tanto sentido la voluntad de poder ni los poderes negativos y positivos que ambos filósofos pergeñaron en su rítmico pensar; ahora incluso los géneros parecen querer disolverse en su punto intermedio, en lo transgenérico, a pesar de la aparente genitalización de nuestra sociedad: una vez más la voluntad de apariencia nos muestra su cara más genuina; pechos y falos hipertrofiados conformando una máscara que oculta la verdadera mediocridad de los géneros, lo transgenérico, quizás por eso tiene ahora tanto auge el budismo, la menos femenina de las religiones; digamos que casi llega a ser transgenérica.

Esta creencia en el propio cuerpo, que ya se detecta en la sociedad romana, de claras tendencias inmanentes antes de ser manipulada por las trascendentes influencias cristianas, ha sido la que, una vez acaecida la confluencia entre el ateísmo y el industrialismo, ha dado pábulo al capitalismo occidental, pues la “voluntad de riqueza” no puede estar desligada de ninguna manera de la creencia en nuestro cuerpo, del culto al mismo e incluso de su santificación, pues ninguna riqueza tiene sentido desde la pura intelectualidad, y en ese aspecto el capitalismo es profundamente femenino, por un lado porque se basa esencialmente en el principio de la reinversión y producción, lo que le convierte sin querer en todo un homenaje a la fertilidad, y por otro lado porque los fuertes lazos con lo corporal, rematan la feminidad del capitalismo, pero no desde una corporalidad estática, geométrica, espacial y funcional como pueda ser la resultante de una cultura corporal masculina (el culturismo sin embargo por muchos músculos que se empeñe en desarrollar, es ante todo una práctica femenina), que cobra sentido en el momento mismo de la lucha, del cobro de una pieza cazada o de la fabricación de una herramienta concreta, sino desde la materialidad femenina que se metamorfosea para conformarse en foco de atracción a través del tiempo, ya sean minutos, horas, años o siglos.

Esta voluntad de riqueza, subsumida desde luego a la de apariencia, pues para nada es anterior la primera a la segunda, queda sin embargo muy matizada en el pensamiento emersoniano cuando redacta su ensayo titulado precisamente “Riqueza”, perteneciente a La conducta de la vida. Una vez más la filosofía del estadounidense es clara y concisa, asestando el primer martillazo justo al comienzo del texto, dejando entrever el profundo conocimiento que poseía de la psicología del ser humano y no sólo de la sociedad norteamericana que le tocó vivir.

Todos los hombres son consumidores y tienen que producir. Quien se limite a pagar lo que debe sin añadir nada a la riqueza común no podrá hacerse un sitio en el mundo. Tampoco le hará justicia a su genio si lo que le pide al mundo no es más que una mera subsistencia. Por su constitución, el hombre es caro y necesita enriquecerse. La riqueza tiene su fuente en las aplicaciones de la inteligencia a la naturaleza, desde los rudos golpes del arado y el hacha hasta los últimos secretos del arte.99

Ahora bien, resulta imprescindible prestar mucha atención al significado de “riqueza” en el pensamiento de Emerson pues sería fácil, si no, malinterpretar sus textos, pudiendo ver en él a un defensor inquebrantable del capitalismo más agresivo posible, sin atender al antropólogo que se oculta tras esas afirmaciones.



La riqueza comienza con un tejado sólido que resguarde de la lluvia y el viento, una buena bomba que nos proporcione abundante agua dulce, dos trajes para que podamos cambiarnos cuando nos hayamos empapado, leña seca que arda, una buena lámpara doble, tres comidas, un caballo o medio de transporte para recorrer el campo, un barco para surcar el mar, herramientas con las que trabajar, libros para leer y, del mismo modo, todo aquello que, por medio de herramientas e instrumentos auxiliares, dé la mayor extensión posible a nuestros poderes, como si añadiera pies, manos, ojos, sangre y duración al día, conocimiento y buena voluntad. [...] El hombre ha nacido para ser rico. [...] El hombre que pueda disponer de todas las facultades humanas será rico. El más rico será quien sepa cómo sacar beneficio del trabajo del mayor número de hombres, en países distantes y en tiempos pasados.100

Esa extensión de nuestros poderes mediante el empleo de herramientas, es sin embargo algo tan inherente a nuestra especie que sin su existencia no habría posibilidad de ser humano, debiendo ver pues un mínimo de riqueza en toda persona. A pesar de todo esto, un poco más adelante nos sorprende el mismo Emerson al decir:



No he conocido a nadie que fuera rico. No he visto nunca a un hombre tan rico como debiera ser o con una capacidad de mando adecuada sobre la naturaleza. [...] Aunque a cualquiera le interesa que no sólo haya comodidades y un modo de vida que le convenga, sino también riqueza y plusvalía, no es preciso que estén de su mano. A menudo son indeseables. Goethe acertó al decir que nadie, salvo quien sepa serlo, habría de ser rico. [...] Sólo deberían tener propiedades quienes supieran administrarlas, no quienes atesoran y guardan ni quienes, cuantas más propiedades acaparan, más mezquinos son, sino aquellos que trabajan para los demás y franquean el camino a todos. Rico es aquel que enriquece a los demás y pobre el que los empobrece: el problema de la civilización consiste en dar acceso a todos a las obras maestras del arte y la naturaleza. [...] El valor de un dólar es social, pues ha sido creado por la sociedad.101

El valor de un dólar podrá ser social, pero su disfrute, como dólar, es individual y abstracto. El poder del dinero ha terminado, mediante la virtualidad contemporánea, en un proceso de abstracción por el que, lo mismo que el arte contemporáneo, no importa lo que es en sí, sino lo que puedes ver en él, en sus posibilidades, en su energía potencial, y donde su característica cuantitativa le otorga el grado de poder correspondiente. Así cuantos más dólares, mayor energía potencial adquirirá el dueño de los mismos, y cuantos más dólares se asocien a una obra de arte, es decir, cuanto más elevada sea su cotización, mayor será también su valor artístico, estableciéndose en muchos casos, antes lo primero que lo segundo. ¿Y cómo se consigue esa súper cotización? Ese es el verdadero arte del artista contemporáneo. Lizst y Paganini fueron los primeros contemporáneos en el sentido mercantil del arte:




Cuando las orquestas se sacudieron las cadenas de la servidumbre y conquistaron a la nueva clase media urbana, los instrumentistas comenzaron a vislumbrar una carrera internacional como solistas en lugar de sus giras itinerantes. Su senda fue iluminada por Niccoló Paganini, [...] cuya endemoniada habilidad producía ataques de histeria femenina y acusaciones de pactos con el diablo. [...] Durante dos meses seguidos, los periódicos vieneses hablaron a diario de sus progresos. Se ponía su nombre a restaurantes, cajas de rapé y palos de billar. Ningún músico había logrado nunca tal grado de atención y Paganini aprovechó la situación para subir el precio de sus entradas. [...] Reservaba las salas, determinaba los programas, contrataba a los acompañantes y controlaba los beneficios, prestando una especial atención a la taquilla y cambiándose a un nuevo teatro en cuanto las ventas comenzaban a decaer. [...] A su muerte, [...] Paganini formaba parte de la leyenda, dejando tras de sí un provechoso mito y los beneficios de la profesión de solista. El deseo de virtuosismo y de sensacionalismo era grande y estaba servido. Todo lo que se necesitaba era un producto duradero que vender y distribuir.102

Y por supuesto, para que el negocio artístico funcionara debidamente, la imagen preconcebida del artista por parte del público había de estar muy cuidada en función del lugar de visita, necesitándose para ello un especialista o asesor de imagen, que adecuara la necesidad de un artista ya virtualizado a medida de ese público, con las posibles ganancias económicas. En esta cuestión Liszt da el pistoletazo de salida hacia un apriorismo artístico que hoy se encuentra en plenitud de sus funciones.



Liszt cultivó un aura de fatalidad romántica. [...] Paralelamente a sus complicaciones amorosas, emanaba un aire de santidad clerical que al final de su vida le llevó a Roma, donde fue ordenado como el abate Liszt. Pecador o santo, su triple personalidad, en la que se mezclaban lo musical, lo erótico y lo clerical, inflamaba la imaginación del público. [...] Las mujeres le arrancaban los cabellos y se pegaban por recoger las colillas de sus puros, guardándolas entre sus senos palpitantes. Heinrich Heine, un agudo observador, diagnosticó estas reacciones como “lisztomanía”, [...] Heine insinuó lo que no se atrevió a escribir: que la lisztomanía era una erupción a la medida, una manipulación demagógica de las masas y los medios de comunicación. [...] Liszt había estado dando conciertos durante casi veinte años antes de que comenzasen los desmayos y atropellos. [...] Lo que Liszt necesitaba era un agente personal, pero este puesto aún no se había inventado y, por tanto, tuvo que improvisar. [...] Liszt le ofreció el puesto a Belloni y el italiano lo inventó. Durante los seis años siguientes, organizó y acompañó a Liszt en sus “Annes de Pèlerinage”, las giras de conciertos más amplias y lucrativas emprendidas hasta entonces. [...] Era rico, famoso y adorado por todos, y ello se lo debía en gran parte al gris y modesto Belloni. [...] Antes de la llegada de Liszt a cada ciudad, Belloni se adelantaba o enviaba a alguien para informar a la prensa local de la histeria levantada por el músico en su concierto anterior. Así, cuando Liszt llegaba en un carruaje tirado por seis caballos blancos, la ciudad estaba ansiosa por verle y se habían vendido todas las entradas del concierto. [...] Había hecho de Liszt el nombre más famoso de Europa, probablemente había hecho al mismo Liszt. Sin saberlo, también había creado el método por medio del cual se fabricarían estrellas en épocas futuras, más interesadas en obtener beneficios.103

Emerson y Nietzsche fueron perfectamente conscientes de esta evolución en la sociedad occidental, pero fue el norteamericano más agudo al percatarse de la semilla capitalista que todo ser humano lleva dentro de sí, y que sólo depende de las circunstancias, cómo no, para que se desarrolle en un determinado grupo social. En realidad, en cierto aspecto Roma ya fue capitalista, y Egipto, y Sumeria; con la Revolución del Neolítico se comienzan a dar las circunstancias necesarias para el desarrollo del capitalismo, de la misma manera que es necesario que comience a llover para que emerja de la tierra el tomate plantado.

Esto lo expresa muy bien Emerson cuando dice:
Hay una máxima que dice que el dinero es otra clase de sangre. “Pecunia alter sanguis”, es decir, los bienes de un hombre sólo son un cuerpo mayor que admite un régimen análogo de circulación corporal. [...] Las máximas de una oficina contable, interpretadas liberalmente, son leyes del universo. La economía del comerciante es un rudo símbolo de la economía del alma. Consiste en ganar en poder y no en placer; en invertir para ganar, [...] El comerciante sólo tiene una regla: “Absorber e invertir”. Ha de ser capitalista. [...] El hombre tiene que ser capitalista. ¿Gastará sus ingresos o los invertirá? [...] Ese es el verdadero interés compuesto; doblar, cuadruplicar, centuplicar el capital: el hombre elevado a su máximo poder. La verdadera frugalidad consiste en gastar en el plano más alto, invertir una y otra vez, con una avaricia amable, para gastar en una creación espiritual y no para aumentar la existencia animal. El hombre no se enriquecería al repetir los viejos experimentos de la sensación animal ni sabría por la experiencia real de un bien superior, si no fuera mediante poderes nuevos y placeres elevados, que se encuentran en camino hacia lo más alto.104

Visto así, podríamos casi hablar de un capitalismo orientalizado pero, por el contrario, la realidad actual es muy otra, ya que la voluntad de apariencia no ha permitido que dicha orientalización se produzca en las circunstancias occidentales, y esas circunstancias se llaman sociedad industrial. El dinero y la apariencia de superioridad o voluntad de apariencia, han llegado a un estupendo maridaje, puesto que ambos cónyuges se basan en la virtualidad; ni la apariencia es la imagen fiel de la realidad, ni el dinero en sí, es decir el papel o la moneda, sirven para nada que no sea comprar, es decir acceder a otro producto; si exceptuamos la compra de algo, verdaderamente pocas cosas pueden hacerse con un billete o una simple moneda.

Liszt contrató a Belloni en 1841, así que estamos en plena vida de Emerson y a tres años del nacimiento de Nietzsche, por lo que es normal que el pensamiento de estos dos filósofos esté atento a las innovaciones que el capitalismo comienza a producir en su entorno, creando el caldo de cultivo idóneo para que la voluntad de apariencia cobre la fuerza que le ha hecho llegar hasta nuestros días como el motor primordial de nuestro comportamiento. Es curioso sin embargo cómo cada uno de estos filósofos ve el origen de la influencia de dichos cambios en procedencias justamente opuestas.

Hay algo de salvajismo indio, peculiar a la sangre de los pieles rojas, en la manera con que los norteamericanos ambicionan el oro. Su ansia de trabajo, que llega hasta hacerles echar los bofes, empieza ya a contagiar a Europa y a propagar por ella un singular error. Ahora nos avergonzamos del reposo; la meditación prolongada casi produce remordimientos. Se medita reloj en mano mientras se come, con los ojos fijos en las cotizaciones de Bolsa; se vive como si se temiera dejar de hacer algo. “Más vale hacer cualquier cosa que no hacer nada”: esta máxima es un ardid para dar el golpe de gracia a todas las aficiones superiores. Y así como para esa precipitación en el trabajo desaparecen las formas para los ojos, sucumben también el sentido de la forma y se pierden la vista y el oído para la melodía del movimiento. [...] No hay ya tiempo ni constancia para las ceremonias, ni para los rodeos de la cortesía, ni para el ingenio en la conversación, ni para “otium” alguno. La vida a caza de ganancias obliga a la inteligencia a una tensión abrumadora, a un disimulo constante y al cuidado de engañarse o apercibirse; el verdadero mérito consiste en hacer algo en menos tiempo que otro. Sólo quedan, por consiguiente, muy escasas horas de lealtad lícita, y en esas horas se está cansado y se aspira no sólo a dejarse llevar, sino a tenderse pesadamente a la larga.105

Mientras que Emerson veía en los Ingleses a los padres de la sociedad industrial y del comportamiento eminentemente comercial de los norteamericanos, como podemos ver en el siguiente fragmento:



Los sajones son los comerciantes del mundo; ahora, y durante mil años, serán la raza dominante gracias a su independencia personal y su modificación especial como independencia pecuniaria. [...] Los ingleses son prósperos y pacíficos y tienen el hábito de considerar que cada hombre ha de cuidar de sí mismo y reprochárselo si no puede mantener y mejorar su posición en sociedad.106

Volviendo a los músicos antes citados, hay que decir que esa vida para las ganancias utilizando disimulos y engaños, no limitó a Paganini o a Liszt en sus creaciones artísticas, quizás porque todavía el arte no había llegado a la deconstrucción de sus parámetros como lo hizo en la segunda mitad del siglo XX, implicando por ello todavía un mensaje que el público era capaz de descodificar, aunque dependiendo en su valoración, eso sí, de la imagen alcanzada por el artista concreto, provocando repercusiones sociales ajenas a la composición en sí. Es cierto que el arte se basa en la apariencia, pero a partir del romanticismo se empezó a fundamentar no en la apariencia de la obra de arte, sino en la apariencia del artista en concreto. Recordemos lo que Nietzsche afirmo en La Gaya Ciencia, y que ya citamos en el capítulo anterior hablando del poder de las apariencias: “¿Qué será para mí la apariencia de ahora en adelante? [...] La apariencia es para mí la vida misma y la acción”, dándonos a entender que la apariencia lo es todo y que no hay nada más aparte de apariencias, confundiéndose aquí en Nietzsche la voluntad de vida y la voluntad de apariencia.

Lo que ocurre con el Romanticismo es que se intenta ligar la obra de arte a su autor como una prolongación de él mismo, como su pervivencia, convirtiéndola en algo metafísico para el artista. Ni en el Barroco ni en el Neoclasicismo había ocurrido eso, de manera que cada obra de arte se mantenía por sí misma, por su consistencia propia, con un significado independiente de la vida y el pensamiento de su autor. Sin embargo el Romanticismo post-ilustrado necesita desde su ateismo, camuflado a veces por un deísmo edulcorante, de la supervivencia del artista a través de su obra, impregnándola de su propia vida, pero al mismo tiempo devorándola como Saturno a sus hijos, aniquilando su autonomía de manera que no pueda entenderse sin conocer antes al autor y todas sus circunstancias vitales. La circunstancias ahora para entender una obra de arte han de ir más lejos de las circunstancias temporales y se han de adentrar en aquellas que rodearon al artista durante sus años de vida. Comienza así lo que más tarde denominaremos “meta arte”.

Lo que está fuera de toda duda, es que ya en tiempos de Emerson y Nietzsche despuntaba la carrera del ser humano hacia la sordera propia, es decir hacia el rechazo de todo periodo de tiempo en el que la soledad y sobre todo el silencio le enfrenten a cada individuo consigo mismo. ¿Padecemos hoy adicción al ruido o fobia al silencio? Ya hemos dicho que seguramente las dos cosas; resulta, en cualquier caso, curioso, ver cómo el proceso de mercantilización de la sociedad, afecta de forma diferente a esos dos pensadores, de manera que Emerson se alegra de que, gracias a la riqueza entendida como él la entiende, se consiga acercar el arte a todo el público en general, es decir, complaciéndose desde su masculinidad en el hecho espacial, en la distribución de un objeto artístico hacia la mayor cantidad posible de personas, mientras que el alemán se queja de las consecuencias acaecidas con la obsesión por las ganancias, ya que se ha acelerado el ritmo de vida hasta llegar al hecho de que los individuos se acomplejen por sus ratos de ocio, lo cual viene a mostrarnos cómo a la feminidad nietzscheana le preocupa el rapto del tiempo realizado por un sistema de vida volcado en el culto al trabajo y la producción.

Esto no quiere decir que la sociedad contemporánea se haya masculinizado debido al auge del sistema cronometrado de vida occidental, pues ya venimos diciendo que la sociedad de hoy día es más femenina que masculina, desde su continua voluntad de apariencia, culpable a su vez del desplazamiento que ha sufrido la voluntad de poder. Mientras que por el contrario, en una sociedad primordialmente masculina, la voluntad de poder ejerce su gobierno complementándose con estados puntuales, generosos en voluntad de apariencia. Lo que le atormenta a Nietzsche no es una posible masculinización del mundo occidental, sino el proceso de superficialización que viene afectando a todo Occidente desde tiempos nietzscheanos. El tiempo que nos han robado según Nietzsche, es el tiempo para el ocio y el pensamiento, pero no el tiempo en sí, a este se le ha estructurado, enjaulado e impuesto mediante el denominado Tiempo Universal (ahora ya Tiempo Atómico), tiempo que para nada afecta a la feminidad de nuestros días, pues desde la voluntad de apariencia continua, no importa el cronómetro, al contrario, ahora disponemos de mucho más tiempo cuantitativo que en los días de Nietzsche, puesto que cada minuto tiene su importancia, ¿se imagina alguien a Nietzsche valorando los minutos de un día? Ahora disponemos de 1440 minutos al día con los que poder hacer algo, producir, trabajar, oír, escuchar (para esto no muchos minutos), sexualizar, genitalizar, y sobre todo conectarnos al sistema virtual a través de diferentes tipos de pantallas: pantallas de cine, de televisión, de teléfonos móviles, de aparatos portátiles DVD; y sobre todo 1440 minutos con los que ahogar al silencio con la más increíble diversidad de ruidos. Con todo este tiempo a nuestra disposición ¿cómo va a ser nuestra sociedad masculina? Incluso el espacio está dejando de tener la más mínima importancia, ya que los modernos sistemas de interconexión permiten la comunicación y visualización en tiempo real de dos personas tan alejadas como se quiera en el planeta. ¿Cómo va a ser masculina una sociedad sin espacio, con un espacio primordialmente virtual?, nos alejamos de la verticalidad del yang para ser cada vez más horizontales, cada vez más yin.



Por tanto, ante el ruido social que ya envuelve la vida en las ciudades de finales del dieciocho, encontramos en Emerson y Nietzsche una voluntad de silencio, silencio que les resulta imprescindible desde su soledad, para poder atender el faro de sus ideas. El farero era un personaje solitario, pues su trabajo ya implicaba grados más bien altos de aislamiento, lo mismo que la filosofía individualista de estos dos pensadores requiere tener que nadar contra las corrientes del momento y de las masas, siendo la mejor forma de hacerlo desde la tranquilidad de la soledad y de la amistad elegida. Son dos grandes filósofos de la soledad, dos verdaderas apologías del aislamiento intelectual y casi físico; así Nietzsche confiesa en Ecce homo que “todo mi Zaratustra es un ditirambo a la soledad, si se me ha entendido, a la pureza... [...]La náusea que el hombre, que el ‘populacho’ me producen ha sido siempre mi máximo peligro”.107

En este aspecto no tolera ni siquiera el sufrir por y de la soledad, explicándonos en esa misma guía para su lectura que es el Ecce homo, que “también el sufrir por la soledad es una objeción; yo no he sufrido nunca más que por la ‘muchedumbre’”.108

Pero podemos detectar cierta paradoja en la voluntad de silencio de todo solitario, paradoja en cuanto que rehuyen de las masas para encontrar compañía en la soledad. El verdadero solitario sólo sufre de soledad en las ciudades, en los lugares donde se ve rodeado de compañías hueras que le hacen sentirse incomunicado y por lo tanto que le hacen sufrir de aislamiento, mientras que a medida que se aleja de las masificaciones humanas, va encontrando progresivamente la comunicación consigo mismo, o con elementos muy reducidos del entorno, quizás uno o dos amigos, quizás una antropomorfización de animales o incluso vegetales, y ante todo la creación de un verdadero entorno comunicativo, de lenguajes muchas veces no articulados, pero de mensajes omnidireccionales que se aprenden a decodificar con el paso del tiempo, corriendo el peligro, eso sí, de no poder volver hacia atrás, hacia lo articulado, hacia el lenguaje limitado a las palabras, momento este en el que ya se comienza a tontear con la locura, con ese estado vital que para los del otro lado, los cuerdos, se rompen las amarras que sujetaban tu nave atracada en el dique humano, y que ahora queda al pairo, a merced de cualquier viento, aparentemente sin piloto que la gobierne.

¡Oh soledad! ¡Tú patria mía, soledad! ¿De qué modo tan bienaventurado y delicado me habla tu voz!

No nos hacemos mutuas preguntas, no nos recriminamos el uno al otro, nosotros atravesamos, abiertos uno para el otro, puertas abiertas.



Porque en ti todo es abierto y claro; y también las horas corren aquí con pies más ligeros. En la oscuridad, en efecto, se hace más pesado el tiempo que en la luz.109

Efectivamente, en la oscuridad se hace más pesado el tiempo, porque la oscuridad es yin, femenina, y el espacio no es perceptible como lo es cuando reina la luz del yang, así que el aislamiento puede ser oscuro o luminoso, como la soledad puede ser femenina o masculina, cosa que un farero entiende cuando crea una familia y su mujer se traslada allí, al faro, momento en el que el espacio comienza a ponerse en movimiento y a girar entorno a la torre, a modo de tiovivo, convirtiendo así a sus habitantes en seres giratorios impulsados por el par de fuerzas que conforman la presencia masculina o centrípeta y la femenina o centrífuga. Ocurre que cuando un farero no consigue ponerse en movimiento y comenzar a girar, corre el riesgo de pasarse al otro lado y de incomunicarse hasta extremos vegetales o pétreos, dendrificándose y emulando al árbol o adquiriendo las cualidades líticas del acantilado. Nietzsche eligió lo primero, decantándose definitivamente por la frialdad del vegetal, desplomándose psíquicamente el tres de enero de 1889, para terminar siendo internado en un sanatorio.

Sabido es que tanto Emerson como Nietzsche gustaban de comparar al hombre con los árboles, pero sólo el segundo se acabó convirtiendo en lo que podríamos denominar un “androdendro”:

Even the image of man as analogous to a plant, an image that is closely associated with Nietzsche, is one that has its origins in Emerson’s metaphor. [...] In Beyond Good and Evil (sec. 44) it is contended that “the plant man” has grown vigorously not by virtue of tender care, but under conditions of pressure and danger.110

Son muchos los casos en que el aislamiento del farero que no supo encontrar el complemento a su soledad espacial, la soledad vista desde el tiempo, les llevó más allá del bien y del mal, como le ocurrió al joven farero Antonio Ortoneda el mismo año en que se supone que Nietzsche contrajo su supuesta infección sifilítica, año en que comienza a estudiar filología clásica y descubre la filosofía de Schopenhauer, y cuatro años después de que Emerson sufriera la pérdida de su amigo H. D. Thoreau, pero al mismo tiempo de ser públicamente reconocido por la Universidad de Harvard.



El joven Ortoneda, fue destinado al faro más alto que se haya construido nunca en España, el Faro de la Dragonera (islote frente a Mallorca), a trescientos sesenta metros de altura, lugar donde no pudo emprender el giro que todo farero necesitaba en aquella época para mantenerse en equilibrio y no ser aplastado por su propia fuerza centrípeta, tal y como podemos contemplar al leer la correspondencia oficial que durante aquellos días se iba elaborando en ese “faro loco”:

Pongo en el superior conocimiento de V.S. que ayer a las 10 y ½ de la noche estando de S v (sic) cuarto el torrero auxiliar de ese faro, D. Antonio Ortoneda, vi que el faro estaba apagado, llamé a la puerta de su habitación dando un golpe con la mano y salió con los cabellos arizados (sic), con la vista casi en blanco, temblando todo el cuerpo; con unos grandes bramidos capaces de espantar el hombre de más corazón (sic), subí a la torre para arreglar la luz dejando mi esposa observándolo, al bajar después de estar arreglada la luz sentí un gran estruendo y fue él que tenía un gran palo en la mano dando golpes por todas partes corriendo y gritando cobardes asesinos; de un modo inexplicable rompió varios objetos como son varios platos, un jarro y el farol de mano y velón que se encuentran en mal estado; no tuve más remedio que mandar mi esposa a llamar auxilio y subió el marinero Matías Flexas (cuando) ya le había pasado el delirio, le dirigimos varias preguntas y dijo que no se acordaba sino del golpe que oyó a la puerta, en todo esto transcurrió sobre dos horas. Otras veces se han notado varios delirios sin hacer mal a nadie. Lo digo a V.S para que disponga lo conveniente.111

Es el peligro de la voluntad de silencio que toda filosofía individualista requiere, que todo ermitaño necesita, que todo farero estuvo obligado a soportar buscando el equilibrio en un par de fuerzas que por otra parte fueron la causa de muchas desavenencias entre familias, pero que mantuvo la cordura de sus miembros, en la desavenencia pero de este lado de la barrera, desde el lado animal y no desde el vegetal o el lítico. Emerson fue consciente del peligro que tiene abandonar el lenguaje articulado, y supo de la necesidad de conversación que toda persona tiene, incluso el más ermitaño de todos, quizás por eso se dedicó a ofrecer conferencias y afirmar que “una larga temporada en el campo, sin una buena conversación enmohece el entendimiento y la invención como si fuera un muro en el huerto”.112 Esto no lo dice Emerson en propia boca, sino que cita a Aubrey el que a su vez se refería a T. Hobbes. Pero más adelante el mismo Emerson nos comenta:

No podemos prescindir de los grandes beneficios sociales de las ciudades; hay que aceptarlos con cautela y a cierta distancia: entonces proporcionan toda su utilidad a aquel que podría pasar sin ellos. Id a la ciudad de vez en cuando; los hábitos han de formarse en el retiro. La soledad, salvaguarda de la mediocridad, es el amigo fiel del genio, el frío y oscuro abrigo donde mudara las plumas de las alas que le llevarán más allá de los soles y las estrellas. [...] El santo y el poeta buscan la intimidad con los fines más públicos y universales.113

En más de una ocasión Emerson canta alabanzas hacia las posibilidades que brinda una gran ciudad en cuanto a la divulgación cultural, pero no se reprime por ello lo más mínimo a la hora de criticar la actitud adocenada que adoptan las masas, sin un criterio independiente y dejándose llevar hacia una abstracción del pensamiento, desapareciendo la conducta individualizada, dejando ganar la batalla al rebaño, al grupo, y perdiendo la opinión como individuo. Así aparece reflejado en el siguiente fragmento:



Las masas son rudas, débiles, incompletas, perniciosas en sus exigencias e influencia, y no necesitan ser halagadas, sino escolarizadas. No quiero concederles nada, sino domarlas, perforarlas, dividirlas y romperlas y extraer de ellas individuos. [...] ¡Masas! La calamidad son las masas. No quiero masas en absoluto, sino sólo hombres honestos, sólo mujeres encantadoras, dulces, competentes, y no millones de calzonazos o gandules bisoños, cerriles, alcoholizados. Si el gobierno supiera cómo hacerlo, yo querría ver a la población frenada, no multiplicada. [...] La naturaleza hace cincuenta melones insípidos por uno bueno [...] La naturaleza trabaja muy duro y sólo acierta una vez entre un millón. Entre los hombres, le basta si produce un maestro en un siglo.114

No se anda Emerson con rodeos, incluso podríamos decir que aboga claramente por un control de la natalidad en las sociedades humanas. Él no se dejó aplastar por ninguna masculinidad excluyente, por ninguna fuerza centrípeta carente de otra centrífuga compensadora, y llegó a concebir el efecto “masa” incluso como algo beneficioso y necesario en la naturaleza:



La masa es animal, en cuanto a pupilaje, y está próxima al chimpancé. Pero las unidades de las que la masa se compone son abejas obreras, y cada una puede crecer hasta convertirse en una reina. [...] Frente a estos hechos siniestros, la primera lección de la historia es lo bueno del mal. El bien es un buen doctor, pero a veces el mal es mejor.115

Pero la masificación social impone una aceleración en el comportamiento, de la misma manera que los insectos sociales, himenópteros como hormigas y abejas, se vuelven frenéticos en su quehacer cotidiano, la vida en las grandes ciudades se ha convertido en una carrera sin meta alguna, salvo la muerte, donde sólo el enriquecimiento adopta el reclamo que nos impulsa a correr, igual que la zanahoria sujeta frente a la mirada del burro, incita a éste a continuar el camino. Ese nerviosismo del que adolece la sociedad masificada es lo que hace que el pensador norteamericano exclame: “los modales exigen tiempo y nada es más vulgar que la prisa. La amistad debería estar rodeada de ceremonias y respeto y no aplastada en las esquinas. La amistad exige más tiempo del que por lo general tienen los pobres hombres afanados”.116 Por ello la importancia que Emerson otorga a la conversación, y quizás lo que le salvará de la locura.

La conversación es un arte en que un hombre compite con toda la humanidad, ya que todos la practican a diario mientras viven.[...] El efecto de la compañía es maravilloso. Los hombres ya no son lo que fueron. [...] Si preguntáis por lo mejor de la experiencia, responderemos: algunas ocasiones de trato sencillo con personas sabias. [...] En la conversación animada tenemos destellos del universo, indicios de un poder nativo del alma, lejanas luces y sombras de un paisaje andino que no podemos alcanzar en la meditación solitaria.117

Aquí comienza el giro de Emerson en torno al faro de sus ideas, aquí se salva el norteamericano de la enajenación mental y logra el mínimo aporte de fuerza centrífuga, de feminidad, para equilibrar su vida, para no caer en la desavenencia consigo mismo, y por eso puede llegar a decir un poco después del párrafo anterior, que “la vida no es lo suficientemente larga para la amistad”, y por eso mismo tres años antes del nacimiento de Nietzsche, en 1841, invitó a Thoreau a vivir en su casa y escribió en su ensayo “Self Reliance” que “vuestro aislamiento no debe ser mecánico, sino espiritual; eso es, en eso estriba la elevación de miras”.118

Sin embargo, ni Nietzsche ni el farero Ortoneda, supieron aportar a sus vidas el giro necesario que les mantuviera dentro de una órbita estable alrededor de sus respectivos faros, saliendo el primero despedido al otro lado, por efecto de una fuerza centrífuga descompensada, y quedando aplastado el segundo por el aislamiento mecánico que el Faro de la Dragonera supuso para su mente, aislamiento que se vio reforzado por unos compañeros que saciaron en él una voluntad de poder decimonónica y refinada por un espacio maldito, donde las descargas eléctricas de los rayos y los continuos temporales de viento, acabaron por aplastar a este desdichado torrero. Nuevamente, la documentación oficial que ha sobrevivido de ese faro, nos muestra esa crueldad comentada:



Habiendo informado de lo ocurrido en la noche del 12 al 13 de agosto último al torrero auxiliar de este faro D. Antonio Ortoneda, resulta que el torrero ordinario D. Miguel Tomás desde un principio empezó amenazando al auxiliar diciéndole que no servía para el servicio de faros y que le haría perder el destino. El joven al verse maltratado y entre gente extraña débil que es de naturaleza y genio apocado, no (es) extraño que llegara a un estado de perder el juicio. A pesar de esto el torrero ordinario lo dejó dos veces solo en el faro marchándose él al pueblo y a la trasera estuvo dos noches fuera del establecimiento la 1ª le acompañó el marinero Matías Flexas y la 2ª fue cuando el ordinario venía (de) tierra y al subir vio que el faro se apagaba y en lugar de acudir al faro se fue a la habitación del auxiliar cuya puerta estaba entreabierta y dando un fuerte portazo el auxiliar persuadido de que estaba solo fue cuando se presentó del modo que V.S. conoce por el parte dado por el ordinario. En tal estado y después de arreglada la luz en vez de socorrerle lo dejó solo hasta que dos horas después el auxiliar ya tranquilo pidió socorro y el ordinario se le presentó con dos grandes piedras en las manos amenazándole con ellas. Después cada día le trataba con más rigor hasta el punto de quererle pegar delante de mí lo que evité por tres veces amonestándole a que en lo sucesivo no vuelva a insultarle.119

Estos eran momentos donde Ortoneda podría haber encontrado refugio en el Zaratustra nietzscheano, o quizás haber confiado algo más en algún amigo, incluso haber intentado llegar a la amistad con el torrero principal. Tampoco Nietzsche fue capaz de refugiarse en ningún tercero, a pesar de sus propios consejos, o al menos de los consejos de su propio Zaratustra ciando dice: “yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehemencia: ¿cómo soportarlo si no hubiese un amigo? Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos se hunda en la profundidad. Ay, existen demasiadas profundidades para todos los eremitas. Por ello desean ardientemente un amigo y su altura”.120

Pero la única altura que Ortoneda tenía por amistad era la del acantilado de trescientos sesenta metros donde fue destinado, donde tuvo que soportar una compañía impuesta y un aislamiento mecánico, tan mecánico como la lámpara moderadora de aceite con la que se iluminaba el faro y la máquina de relojería con remonte de pesos con la que se conseguía el lento giro de la óptica, lo cual no fue suficiente para evitar su desmoronamiento ni proporcionarle la necesaria seguridad en sí mismo para asesinar a sus compañeros, tal y como deseaba, terminando por el contrario con una verticalidad tan intensa que le clavó en la misma habitación del faro que se le había asignado.



En los cinco días que lleva de permanencia en este faro, desde su regreso de esa capital, el torrero auxiliar del mismo D. Antonio Ortoneda, además de no hacer servicio empide (sic) se haga este con la regularidad y esactitud (sic) debida por tener que estar uno sin perderle de vista a fin de evitar que en alguno de sus casos que al parecer son de demencia, no pase a vías de hecho las amenazas que a todos momentos nos hace, pues dice: que se vengará sea como fuere y que no se irá de esta isla sin que antes haga un asesinato y que de este modo conseguirá su objetivo, que es el de vengarse de todos. En vista de que no se puede hacer el servicio con la independencia necesaria, he dispuesto que desde hoy permanezca en este faro uno de los marineros destinados al servicio del mismo, hasta que V. se sirva resolver lo que crea conveniente.121

Pero el ingeniero sólo creía conveniente que el faro no dejara de iluminar, y todo terminó sin conversaciones que pudieran humanizar la situación, porque sólo el lenguaje articulado podría quizás impedir que se traspasaran sus límites, de manera que Ortoneda pudiera haber competido con toda la humanidad, según el parecer de Emerson. Este torrero tuvo todo el tiempo del mundo para practicar la conversación, para intentar la amistad, pero es difícil ser amigo por obligación, es difícil conversar entorno a la torre de un faro cuando no tienes el par de fuerzas que se necesitan para comenzar a girar en su rededor, quedándote entonces paralizado contemplando el lento circular de los otros torreros y sus familias, lo que no te puede llevar sino al mareo y al impulso de desconectar el tiovivo ajeno. El faro te aplasta si tu no giras dentro de sus tripas.



Desde ayer que el torrero auxiliar de este faro D. Antonio Ortoneda, se halla (sic) en la cama y esta mañana cuando fui a verle lo hallé con la boca abierta, los ojos en blanco y sin hablar, le llamé varias veces, por fin me respondió con una voz muy débil, pero sin contestar a lo que yo le preguntaba, sólo pronunciaba palabras incomprensibles, lo asiento en la misma cama y le hice tomar una tisana compuesta de yerva luisa (sic). Como unos cinco minutos después principió a hablar claro diciendo que él no se llamava (sic) Antonio sino Juan, que tenía cuarenta mil duros y que los quería distribuir entre todos, y muchos más disparates por el estilo, ahora sigue en el mismo estado sin querer alimentarse lo que temo le ocasione una grave enfermedad.122

Según Nietzsche en todo lugar donde hay efectos resulta que una voluntad ha actuado sobre otra voluntad, por lo que la voluntad de Ortoneda considerada como un efecto, en definitiva, como una alteración, no sería sino la voluntad ocasionada por otra voluntad u otras voluntades, reunidas entorno a la torre del faro y ejerciendo su poder sobre el del torrero auxiliar. ¿Cómo hubiera interpretado el Nietzsche de veintidós años, lo que le estaba ocurriendo en aquel momento al torrero auxiliar de un faro situado en un pequeño islote del Mediterráneo?



Hay que atreverse a hacer la hipótesis de que, en todos aquellos lugares donde reconocemos que hay “efectos”, una voluntad actúa sobre otra voluntad,-de que todo acontecer mecánico, en la medida en que en él actúa una fuerza, es precisamente una fuerza de voluntad, un efecto de la voluntad.- Suponiendo, finalmente, que se consigue explicar nuestra vida instintiva entera como la ampliación y ramificación de una única forma básica de voluntad,-a saber-, de voluntad de poder, como dice mi tesis-; suponiendo que fuera posible reducir todas las funciones orgánicas a esa voluntad de poder, y que se encontrase en ella también la solución del problema de la procreación y nutrición-es un único problema-, entonces habríamos adquirido el derecho a definir inequívocamente “toda” fuerza agente como: “voluntad de poder” . El mundo visto desde dentro, el mundo definido y designado en su “carácter inteligible”,-sería cabalmente “voluntad de poder” y nada más.123

He ahí el reduccionismo integral de Nietzsche: todo es voluntad de poder. ¿Pero poder real o virtual? Esto no lo intenta aclarar, no llega a preguntarse si la voluntad de poder es una voluntad de algo que existe o de algo que sólo es pura apariencia. Esto no se lo puede plantear Nietzsche, alguien que ha detestado todo planteamiento idealista, alguien que ha dicho que todo es apariencia, que la vida es apariencia misma, por lo que entonces no tendría sentido cuestionarse lo fáctico del poder deseado. Porque no es lo mismo conseguir un poder, un dominio, un sometimiento, obteniendo así un poder positivo o negativo, al estilo emersoniano, o simplemente aparentar la posibilidad de obtener ese poder, cosa que no consigue un poder en sí, sino que adquieres un estatus como consecuencia de tu poder potencial, virtual, lo cual no es un poder propiamente dicho, sino un poder hacer. El estatus que conlleva el poder virtual es diferente del aportado por el poder fáctico, pues el primero no ha llegado a desarrollar su cualidades, mientras que el segundo ya no tiene marcha atrás, es irremediable, es masculino pues se ha espacializado, ha abandonado el cubículo del tiempo, para realizarse en un momento determinado y en un lugar y sobre un ser o cosa concretos; la feminidad del poder virtual sin embargo, radica en su instalación en el tiempo; nunca se realiza o concretiza porque ello además supondría su autodestrucción, motivo por el cual, el poder fáctico, el masculino, necesita renovarse continuamente, lanzar sus destellos una y otra vez para poder conseguir mantener los efectos deseados, para poder mantenerse en el tiempo pero desde el espacio, geometrizándose todo lo posible, eso sí, con el continuo miedo a desaparecer.



La voluntad de poder nietzscheana es claramente femenina, es en realidad una voluntad de apariencia, es una ocultación continua de la inferioridad, que se deja entrever cíclicamente pero amagando, sin concluir, sin realizarse a través de un espacio asesino, manteniéndose libre de geometrismos, habitando únicamente en el tiempo, en el aire, huyendo de la tierra, del yang que la desintegre en una realidad tridimensional. Es ese el sentido que hemos de aplicar a la guerra en las lecturas de Nietzsche y que él mismo aclara en su testamento literario cuando dice que “las cuatro ‘Intempestivas’ son íntegramente belicosas. Demuestran [...] que me gusta desenvainar la espada,-acaso también que tengo peligrosamente suelta la muñeca”.124

Cuando se leen estas líneas del Ecce homo, y si uno ya está acostumbrado a leer a Nietzsche sin parcialismos, sin tijeras acomodaticias (hay mucho sastre suelto que intenta remendar y coser ideas, mapas, en definitiva historias, para su conveniencia política, o intelectual) entonces sabe que del tajo producido por el sable nietzscheano no sale sangre sino indignación, como mucho, y esto él mismo nos lo aclara un poco más adelante, porque le interesa demasiado, ya en las puertas de su locura, dejar bien claro quién fue el Nietzsche hombre, porque del Nietzsche filósofo, a esas alturas, quizás ya lo había dicho todo. Así explica Nietzsche su belicosidad en Ecce homo:

Mi forma de saldar cuentas consiste en enviar como respuesta a la tontería, lo más pronto posible, algo inteligente: acaso así sea posible repararla todavía. [...] Me parece asimismo que la palabra más grosera, la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio. [...] Y con ningún fuego se consume uno más velozmente que con los afectos del resentimiento. [...] El resentimiento constituye lo prohibido “en sí” para el enfermo-su mal, por desgracia también su tendencia más natural. [...] “No se pone fin a la enemistad con la enemistad, sino con la amistad”; esto se encuentra al comienzo de la enseñanza de Buda. [...] Otra cosa es la Guerra. Por naturaleza soy belicoso. Atacar forma parte de mis instintos. [...] Mi práctica bélica puede resumirse en cuatro principios. Primero, yo sólo ataco causas que triunfan,-en ocasiones espero hasta que lo consiguen. Segundo: yo sólo ataco causas cuando no voy a encontrar aliados, cuando estoy solo,-cuando me comprometo exclusivamente a mí mismo [...] Tercero: yo no ataco jamás a personas,-me sirvo de la persona tan sólo como de una poderosa lente de aumento con la cual puede hacerse visible una situación de peligro general, pero que se escapa, que resulta poco aprensible. [...] Cuarto: yo sólo ataco causas cuando está excluida cualquier disputa personal, cuando está ausente todo trasfondo de experiencias penosas. Al contrario, en mí atacar representa una prueba de benevolencia y, en ocasiones, de gratitud. Yo honro, yo distingo al vincular mi nombre al de una causa, al de una persona, a favor o en contra.125

Parece increíble, que después de estas declaraciones todavía pudieran existir lectores parciales, sastres de la filosofía de Nietzsche que aplicaran tijera y zurcido en las telas de su pensamiento para fabricarse un traje a medida, patético, pero a medida; y sin embargo los hubo, y aplicaron su voluntad de poder donde rebajaron el pensamiento nietzscheano a mera apariencia, y entresacaron un antisemitismo, por otra parte inexistente, olvidándose de las formidables críticas a la cultura alemana salidas de la pluma de ese mismo filósofo, y consiguiendo su poder, un poder anacrónico y tan primitivo como la carne cruda, dejando de lado cualquier virtualidad posible; ésta, afortunadamente, llegó con la Guerra fría.

Tampoco en los faros románticos, los del siglo diecinueve, los contemporáneos de Emerson y Nietzsche, el poder virtual tenía cabida alguna entorno a aquellas torres. Cada peldaño de sus escaleras de caracol era un canto al espacio, a la masculinidad, al yang para el que sólo la luz tiene sentido, y sus torreros no eran sino sus guardianes, sus defensores, los ermitaños mecánicos, sometidos a las desavenencias fácticas, donde la apariencia no valía para nada, y donde hasta la más mínima desigualdad se solucionaba generalmente en los lugares comunes, como los fregaderos, los baños, el almacén, los pasillos, o el patio con su aljibe para abastecer de agua. De la misma manera las ideas de Nietzsche encontraron sus desavenencias en los lugares comunes con los que convivieron, lugares como Wagner o Schopenhauer, lugares que habitó y compartió y lugares que le proporcionaron finalmente desigualdades importantes, diferencias estas que sólo podían haber salido por el hecho de haber compartido un espacio común. El Cristianismo no fue uno de estos lugares, aquello no fueron discrepancias sino antinomias, y nunca compartió un lugar común con esta religión, quizás con ninguna, a pesar de sus tolerancias con el budismo.

En la otra cara de la moneda, nos encontramos con un Emerson que contempla la voluntad desde dos puntos o focos bien diferenciados; uno sería la voluntad hacia el yo, es decir dirigida al incremento de la confianza en uno mismo, y el otro sería una referencia externa, que en un principio podría ser considerada algo femenina, inconcreta, como es el hado, pero que con el paso de los años y sobre todo con la muerte de su hijo Waldo, acabó por masculinizarse y concretarse en la limitación externa que supone la naturaleza, con sus actos destructivos, y la sociedad, con su insaciable hambre de individuos, la alienación de todo elemento crítico, en definitiva: la masificación.



Para Emerson la confianza en uno mismo ha de fundamentarse en la destemporalización, en la masculinización a través de la instanciación de tu voluntad de poder. Por eso comenta que “una de las reglas de la sabiduría parece ser el no guiarse solamente por la memoria, ni siquiera en actos de pura memoria, sino evaluar el pasado a través del millar de ojos del presente y vivir siempre en un día nuevo”.126

Con todo, la voluntad emersoniana no es tan puramente masculina, como femenina es la de Nietzsche. En el norteamericano existen unos lugares comunes bastante diferentes a los del alemán, y por eso sus desavenencias también lo fueron, a pesar de todos los intentos de determinados autores por desarrollar todo un determinismo emersoniano en la obra nietzscheana. Emerson sí compartió espacio con el cristianismo y por ello surgieron las diferencias que tantas veces dejó explícitas en sus escritos, pero no desde la antinomia como le ocurrió al protagonista de la otra cara de la moneda. Es precisamente la religiosidad instalada en el de Concord, lo que llega a afeminar algunos de sus pensamientos, como cuando se refiere a la voluntad en términos metafísicos y exclama:



Un aliento de voluntad sopla eternamente a través del universo de las almas hacia lo justo y necesario. Es el aire que todas las inteligencias inhalan y exhalan y el viento que pone los mundos en orden y en órbita. [...] Lo único serio y formidable en la naturaleza es la voluntad y, por ello, el mundo necesita salvadores y religiones.127

Sin embargo, no tarda Emerson en adecuarse en su yang particular, en escorar la nave de sus pensamientos hacia el lado opuesto del acantilado, no sea que acabe encallando, y se vuelve hacia los hechos, lo concreto y ponderable. Por eso se reafirma en su masculinidad cuando dice:



La historia es la acción y reacción de la naturaleza y el pensamiento, [...] ¿Qué es la ciudad en la que estamos sino un agregado de materiales incongruentes que han obedecido la voluntad de alguien? El granito era reluctante, pero sus manos fueron más fuertes. El acero estaba profundamente escondido en la tierra y confundido con la piedra, pero no pudo escapar a su fuego. La madera, la cal, los materiales, los frutos, la goma estaban dispersos en vano sobre la tierra y el mar. Ahora están aquí, al alcance del trabajo de cualquiera y su disposición.128

Aquí podemos observar muy claramente cómo la voluntad de poder emersoniana, tras pasar por algunos matices metafísicos, acaba concretizándose en poderes materiales, positivos, tangibles, fácticos, inherentes al “Homo faber” que representa el poder de la masculinidad, y dejando que el “Homo sapiens” represente lo más femenino de nuestra especie. Por esto mismo, la arquitectura pudiera ser contemplada como el arte quizás más femenino de todos; cuando el arquitecto aspira a permanecer inalterado durante siglos, posiblemente pretenda consagrar su fertilidad artístico-femenina; pero sin una superficie sustentadora no hay arquitectura que pueda sobrevivir, ni tampoco cuando le faltan las tres dimensiones en las que desarrollarse, así que la arquitectura sueña con ser femenina pero su volumen atado al suelo le deja ligada de forma ineluctable a una masculinidad indeseada, es el arte travestido por excelencia, sobre todo cuando lo arqueológico sustituye a lo artístico, de manera que sólo desde el travestismo puede acceder a cierta feminidad, con su voluntad de apariencia, con sus sueños de inmortalidad.



Esta fabrilidad que contempla Emerson en la voluntad del hombre, le lleva a un determinismo casi mecanicista que se diferencia del aspecto intuitivo nietzscheano. Así mientras que Emerson afirma que “la curva del vuelo de la polilla está preordenada y todas las cosas obedecen al número, la regla y el peso”129, Nietzsche está más cerca del espíritu que impregna al famoso palíndromo latino “in girum imus nocte et consumimur igni”, donde se nos asemeja al vuelo de la polilla cayendo en espiral hacia la luz del fuego, pero quemándonos al mismo tiempo en sus brasas. Vuelo preordenado para Emerson y vuelo metafórico para Nietzsche, voluntad de poder-de un poder preestablecido, casi leibniziano- en el primero, y de una voluntad de apariencia en el segundo, donde lo profético y esotérico afloran sin ningún pudor. Si se quiere estudiar al hombre desde la voluntad de poder, sólo se puede hacer historia, pero si lo contemplas desde la voluntad de apariencia entonces te puedes arriesgar a vaticinar, como cuando Nietzsche profetiza, profecías que en él llegan a tomar el cariz de auténtica voluntad oracular.

Como en algún otro aspecto, por ejemplo el darvinismo al que no quiere ser adscrito, Nietzsche no quiere que se le entienda como un profeta, pero sin embargo no deja de manifestarse en multitud de ocasiones a la manera de un visionario, como no deja de dar muestras de cierto evolucionismo darvinista en muchas de sus ideas, cosa que veremos en el capítulo siguiente. Así en Así habló Zaratustra quiere dejar bien claro que “no habla en él (Zaratustra) un ‘ profeta’, uno de esos espantosos híbridos de enfermedad y de voluntad de poder denominados fundadores de religiones”.130 Pero no creo, sin embargo, que nadie deje de pensar en la actitud profética que adopta Nietzsche en momentos como el siguiente: “la humanidad no marcha por sí misma por el camino recto”.131 O cuando interpone el sentido del hombre dentro de su afán visionario y termina diciendo algo tan significativo como lo siguiente:

Zaratustra define en una ocasión su tarea-es también la mía-con tal rigor que no podemos equivocarnos sobre el “sentido”: [...] Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos de futuro: de aquel futuro que yo contemplo. Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en “unidad” lo que fragmento y enigma y espantoso azar. ¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar.132

En otra de sus sentencias proféticas nos espanta, el contenido que podemos obtener de ella, ahora que conocemos la realidad histórica: “Volverán los alemanes a ensayar todo para que de un destino inmenso nazca un ratón”.133 Pero más claro queda esto aún en una de las visiones más impresionantes que nos ha dejado en sus escritos y que realmente impresiona cuando se lee desde la contemporaneidad:

Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido mi nombre al recuerdo de algo monstruoso,-de una crisis como jamás la hubo antes en la Tierra, de la más profunda colisión de conciencias, de una decisión tomada, mediante un conjuro, contra todo lo que hasta este momento se ha creído, exigido, santificado. [...] habrá guerras como jamás las ha habido en la Tierra.134

Resulta conmovedor leer estas líneas. Nietzsche no puede negar su feminidad intuitiva, su comportamiento de pitonisa filosófica, y se adelanta cincuenta y cuatro años al holocausto que abusó no sólo de su nombre sino, ¡qué ironía!, también del de Wagner. Así que, efectivamente, el nombre de Nietzsche ha permanecido unido al recuerdo, no sólo de algo monstruoso, sino quizás de lo más monstruoso que jamás haya salido de la cultura humana, aunque si somos realistas esto sólo puede aceptarse en términos cuantitativos, de lo contrario, desde un enfoque cualitativo deberíamos meter en el mismo saco muchas otras atrocidades movidas por los mismos instintos genocidas, donde aparecerían también asociados los nombres de otros filósofos; porque pensadores como Rousseau, Marx o el mismo Emerson salen a flote cuando se hurga en las heces fecales que Occidente a expulsado desde los comienzos de la Revolución Industrial. Así, el “coprólogo cultural” desmenuza las deyecciones sociales como el ornitólogo lo hace con las egagrópilas, para adivinar la base alimenticia de los diferentes especimenes. No le resultaría, pues, nada complicado a este nuevo científico, el “coprólogo cultural”, encontrar restos de Rousseau en el Terror de la Revolución Francesa, ni huesecillos marxistas en las purgas de Stalin, o pellejos nietzscheanos en el holocausto Nazi, como tampoco le llevaría mucho tiempo discernir despojos de Emerson en actitudes devastadoras del capitalismo norteamericano agresivo a lo largo de todo el planeta.

Pero no puede uno dejar de vivir por pensar que en el futuro sólo le recordarán de manera fragmentada, que únicamente conservarán en la memoria aspectos o facetas de nuestra vida bastante limitadas, alguna fotografía de momentos concretos, pero que de nosotros, como ser humano indivisible, no quedará nada, en otras palabras: no puede sobrevivir el verdadero yo. Las obras de arte, pretenden convertirse en momias del conocimiento y de la sensibilidad humanas, pero no pueden evitar tampoco su fragmentación, porque ninguna hermenéutica puede corregir el “efecto Doppler” que el paso del tiempo ejerce sobre todo objeto, incluido el artístico, deformando el sentido mismo del arte hasta distorsionarlo considerablemente. Ni la arqueología, ni la musicología, ni la iconografía, ni ninguna historia del arte, pueden representar las lentes modificadoras que devuelvan la visión original.

Y podemos decir que lo mismo ocurre con el pensamiento, que las ideas se deforman con el paso del tiempo y no pueden ya retomar su apariencia original, por mucho exegeta que aparezca.

Las ideas de Emerson y Nietzsche, han habitado un mismo faro, aunque alumbrando sentidos opuestos desde la verticalidad dela torre, aunque disponiendo de los mismos aparatos de iluminación. Lo que ocurre cuando ves en un museo de señales marítimas las viejas lámparas moderadoras de aceite de oliva, los primeros dispositivos para la parafina y las fabulosas lámparas Chance de incandescencia de vapor de petróleo, es similar a lo experimentado al leer las sucesivas obras de la historia de la literatura o de la filosofía, o cuando entras en una pinacoteca y contemplas la evolución de las diferentes técnicas pictóricas: todo está impregnado por la sequedad de una momia. Los egipcios pensaban que para poder continuar existiendo bajo alguna otra forma de vida, después de la muerte física, era indispensable conservar el cuerpo, momificarlo, y de la misma manera el artista occidental llegó a la conclusión de que podría pervivir a través de su obra, reviviendo o resucitando, de alguna manera, cada vez que es contemplada por cualquier otra persona; pero más allá de la contemporaneidad todo es vacío, escaparate, apariencia. La voluntad de apariencia comenzó a robarle protagonismo a la voluntad de poder, a través del arte, y ahora nuestra sociedad sólo vive para la apariencia, ¿es por ello una sociedad artística?, no, sólo folclórica; en eso hemos recuperado el arte popular. Ahora la voluntad de apariencia es nuestro más identificativo folclore.

Sólo puede entender las piezas de un museo aquel que las ha manejado, es decir el que las ha vivido, instanciado, porque vivir algo es hacerlo tuyo; los demás se quedan en mera opinión, en mera apariencia, y el verdadero entendimiento más allá de lo virtual queda imposibilitado por el paso del tiempo, como toda feminidad, que nunca puede ser accesible en su totalidad, porque permanece en el misterio, porque el tiempo es misterio y el espacio no resulta más que un trozo de tiempo exotérico.

Pero en los días de Emerson, como en los de Nietzsche, el arte todavía guardaba grandes dosis de oficio, de concreción, de masculinidad, por eso el primero nos comenta en su ensayo “Poder”:

¡Ah!, me dijo un buen pintor, pensando en estas cosas, “si un hombre fracasa es que ha soñado en lugar de trabajar; no hay otro modo de lograr el éxito en nuestro arte que despojarte de la chaqueta, moler la pintura y trabajar como un peón en el ferrocarril, todo el día y todos los días”.135

Por eso el arte, más allá de su tiempo, y de su oficio, va adquiriendo grados de virtualidad, que intentan compensarse, paradójicamente, en el siglo XX, a través de la deconstrucción del arte, con su abstracción, con su apriorismo basado en el arte del currículo.

Por eso la filosofía decimonónica es ya una pieza de museo, con su grado de virtualismo adquirido, con su momificación, con su distorsión, con el efecto Doppler trabajando sobre ella. Las lentes fabricadas por los estudiosos, podrán corregir ciertos malentendidos, con lo que podremos así eliminar el antisemitismo asociado a Nietzsche o la idea de un Superhombre fabricado mediante la eugenesia; podremos también disociar a Emerson lo mismo de un ecologismo barato, impregnado de dogmatismos infantiles, que de un turbocapitalismo empresarial donde la producción y explotación del entorno sea la única misión posible de la sociedad industrial, todo eso podremos conseguir mediante las lentes correctoras de los exegetas, pero nunca llegaremos al completo entendimiento de su filosofía, nunca mientras no se invente la máquina del tiempo, momento en el que el término “nunca” dejará de tener sentido. Aun con todo, aun con máquina del tiempo, no se podrá haber nacido infinitas veces, no se podrá haber sido educado bajo infinitas culturas, no se podrá asimilar en un cerebro humano la perspectiva integral necesaria para evitar todo trazo de virtualismo en el estudio de lo anacrónico, porque todo objeto, cosa, ser o idea, creados o nacidos en periodos de tiempo diferentes al abarcado por tu propia vida es un anacronismo en tu entendimiento.

Quizás por esto mismo, nos hemos decantado por la voluntad de apariencia, porque comenzamos a ser conscientes de los límites de nuestro conocimiento, de la necesidad de un cierto grado de virtualismo-recordando que el holocausto no fue virtual-, de apariencia en todo lo que implica la pertenencia a un pasado, y por ahora a un futuro; quizás por esto mismo somos en la actualidad una sociedad más femenina, que busca la sabiduría a pesar de ser consciente del peligro encerrado en esa acción; quizás ahora seamos verdaderamente más nietzscheanos que emersonianos, emitiendo ocultaciones en lugar de destellos, buscando la horizontalidad más que la verticalidad, la tierra y no tanto el aire, recuperando el gusto por el misterio y dejando un poco de lado la luz un tanto fría con la que la ciencia ha pretendido abarcarlo todo.

El arte es un gran profeta. El mismo Goya vaticinaba con ciento cincuenta años de antelación un cambio radical en la sociedad, la destrucción de muchos muros hasta entonces levantados, comenzando a globalizar con su proceso deconstructivo de la pintura, un modo de abstraer el arte, como se han abstraído las culturas y las comunidades, por mucha pataletea nacionalista o fundamentalista que aflore por determinados rincones. Pero ¿qué nos profetiza ahora el arte?, ¿un vacío?

Por su parte la locura del torrero auxiliar del faro de La Dragonera, no era sino la viva representación de una arquitectura demente, de un faro sin sentido, de un despropósito de ingeniero que quiso colocar una señal marítima en un punto tan alto que las continuas nieblas lo hicieron invisible frecuentemente. El final de este torrero no hacía sino vaticinar el final de un faro loco, “lobotomizado” en 1910, y eliminado de su función luminosa, como todo loco al que lobotomizan, sin función humana, dendrificado para el resto de sus días. Un mal de altura que también afecto a Nietzsche, porque deambuló mucho tiempo como su Zaratustra, “a seis mil pies sobre el nivel del mar y mucho más alto todavía sobre todas las cosas humanas”,136 hasta que la niebla cegó su mente y se dendrificó. ¿Dónde permaneció el secreto de Emerson para aguantar la embestida de la niebla? ¿O es que también le afectó?

Emerson se fue apagando, poco a poco, digamos que abandonó el faro y su luz fue consumiendo el combustible que tenía hasta apagarse por completo, pero lo hizo debilitándose progresivamente y sin des-humanizarse, sin dendrificarse, disolviendo su humanidad, poco a poco, en el té de la vida, en esa infusión donde un buen día te han arrojado como un azucarillo y donde inexorablemente te acabas integrando hasta desaparecer, unas veces más rápido, otras más despacio, pero siempre desapareciendo. Lo que ocurre es que no siempre somos arrojados, en este caldo vital, en forma de terrón de azucar, sino que a veces ocurre como por equivocación y resulta que eres un puñado de sal, y entonces ese caldo lo conviertes en inservible y te lanzan a la taza del váter.



En cualquier caso, independientemente de la forma en que se fue disolviendo la existencia de estos dos pensadores, podemos apreciar en ellos una fuerte voluntad de vida, experimentándola y proclamándola, pudiendo considerarles a los dos como filósofos de la vida, incluso como filósofos de la evolución, tal y como analizaremos en el siguiente capítulo. Esta voluntad de vida, aunque indudablemente ligada a la voluntad de poder y a la voluntad de apariencia, vistas anteriormente, cobra en ellos una dimensión especial, una faceta que hace necesario apartarla para poder verla con una luz individual, como se entiende al apreciar las asociaciones dionisíacas que Nietzsche aplica a la vida al afirmar: “El decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños y duros; la voluntad de vida, regocijándose en su propia inagotabilidad al ‘sacrificar’ a sus tipos más altos,-a eso fue a lo que yo llamé dionisiaco”.137

Resulta muy significativo, que a pesar de esta voluntad de vida donde lo telúrico cobra protagonismo junto con lo inmoral, el mismo Nietzsche ensalce los momentos en que la abandonamos, momentos en los que recurrimos a una voluntad de apariencia para poder elevarnos por encima de la vida, de nuestra propia vida, y contemplar su pura apariencia, nuestra pura apariencia, en una actitud muy oriental, podríamos decir que casi budista. Así en una carta escrita a su amigo Carl von Gersdorff, Nietzsche se refiere a ese estado, citando curiosamente al propio Emerson:



Sometimes there comes those quiet meditative moments in which one stands above one’s life with mixed feelings of joy and sadness, like those lovely summer days which spread themselves expansively and comfortably across the hills, as Emerson excellently describes them. The nature become perfect, as he says, and we ourselves too; then we are set free from the spell of the ever-watchful will; then we are pure, contemplative, impartial eye.138

La siempre vigilante voluntad, ¿pero a qué voluntad se está refiriendo Nietzsche en estos momentos? Son muchas las voluntades discernibles en los textos nietzscheanos, como muchos son también los poderes en ellos referidos, y ¿cómo podemos conseguir ese ojo contemplativo e imparcial? Quizás, a través de la voluntad de apariencia, es decir, decididos a declarar el entorno como pura virtualidad, como decorado pero no como facticidad, desde lo fáctico nos vemos implicados involuntariamente, por su verticalidad, por su masculinidad, pero desde la apariencia, es decir desde la virtualidad del entorno, podemos permitirnos esa especie de viaje astral consciente donde contemplarnos a nosotros mismos como miembros de la representación teatral, como elementos del decorado. Lo interesante de esta carta escrita en su día por Nietzsche, es que se podría pensar que encierra una flagrante aporía al afirmar que se necesita querer entrar en un estado contemplativo, para poder acceder a una situación donde la voluntad quede fuera de servicio, no operativa, como se diría en nuestro lenguaje mediático actual; y sin embargo ninguna aporía reside en la carta, pues esa ausencia de voluntad puede presentarse de manera absolutamente involuntaria cuando una persona se detiene y adquiere una mirada canina, sin pretenderlo, sin proponérselo, pero comenzando casi súbitamente a registrar su entorno sin opinión alguna, sin asociación de ningún tipo, con la mente vacía, girando la cabeza en dirección de un ruido curioso, parpadeando más lentamente de lo habitual, como para limpiar los restos de humanidad pegados en la retina, surgiendo súbitamente un complejo de sensaciones que la ausencia del lenguaje ahora permite; olores de muy diversa clase, ruidos amontonados pero que en estas condiciones podemos diferenciar con seguridad, conciencia abrumadora del propio cuerpo, y ausencia de miedo, es decir el comienzo súbito de la contemplación sin palabras.

Sin embargo, a ese estado analfabeto no se puede llegar a través de la voluntad de poder, lo cual no quiere decir que el mundo canino, o animal en general, sea un mundo más femenino que el humano, sencillamente se refleja la facilidad de acceder a ese mundo animal desde la feminidad y no desde la masculinidad. Tanto Nietzsche como Emerson, asocian esta situación analfabeta de la mirada, a un estado de felicidad muy cercano a ciertas eudaimonías orientales, y en el caso de Nietzsche también al pensamiento filosófico de Schopenhauer, aunque renegando luego de él porque éste busca la negación de la voluntad de vida para llegar a la liberación del sufrimiento. Por esta misma razón Nietzsche se aferra una vez más a su voluntad de apariencia y huye de una posible voluntad de poder en la naturaleza, como sin embargo lo hicieron Schopenhauer y Emerson, defendiendo ambos un poder o fuerza espiritual y volitiva, como comenta Stack al escribir:

Are two ideas that, coincidentally, he (Emerson) shared with Schopenhauer. There is, first of all, the above mentioned interpretation of the natural world as an objectification of a spiritual volitional process. Secondly, there is the elevation of the genius as an ideal human type. Despite his […] Emerson is often elitist in his sentiments, and he praises the genius with an enthusiasm rivalled by that of Schopenhauer.139

Nietzsche mismo reconoce que hay una voluntad de poder en toda la naturaleza, lo que hemos comprobado en más de una cita anterior, y es por ello que decide sumergirse en esa vida pero desde la pasividad, desde la virtualidad, desde la apariencia. Nietzsche no se autodestruye como un Poe, como un Sócrates o como un Jesús de Nazaret, sino que decide retirarse de la vida en la que en el fondo nunca llegó a estar muy inmerso, por mucho que él se proclamara dionisiaco. En la práctica, su vida como hombre no va mucho más lejos de lo que podríamos clasificar como la vida de un monje ateo, y su amor a la existencia dionisiaca, sólo fue en realidad pura apariencia.



La complementariedad de estos dos pensadores, la diferente manera de ritmificar sus parecidas ideas, sus particulares formas de habitar un mismo faro, hace que cada término o concepto común en sus filosofías, y qué duda cabe que son muchos, se asimilen de manera diferente al leer las páginas de uno u otro. Por mucho que algunos autores, sobre todo norteamericanos, se empeñen en identificar por completo todos los lugares comunes que estos dos filósofos llegaron a compartir, nunca se podrá interpretar de la misma manera a ambos. Así por ejemplo cuando Stack dice que “in fact ‘the one serious and formidable thing in nature is a will’. Needless to say, this was one of the chiseled sentences that Nietzsche had heavily underlined…”,140 no reconoce, a mi modo de entender, la gran diferencia que subyace en esa voluntad, la cual no es sino energía potencial, mientras que para Emerson se convierte en pura energía cinética. Quizás sea esa la gran diferencia entre Europa y Norteamérica, entre idealismo y pragmatismo, a pesar también aquí de saber que Nietzsche renegaba de los idealismos europeos. ¿Pero es que su vida no se quedó en una pura idea?

Así pues, Nietzsche acuña el concepto “voluntad de poder”, quizás en un sincretismo entre Schopenhauer y Emerson, pero no lo practica según lo entiende, mientras que Emerson no habla de él pero lo pone en práctica durante toda su vida. Se produce cierta incongruencia, cierta esquizofrenia, entre la agresividad literaria de Nietzsche y su afabilidad biológica.



Y, lo confieso, me alegro aun más de mis no-lectores, de aquellos que jamás han oído ni mi nombre ni la palabra filosofía; pero a cualquier lugar que llego, aquí en Turín, por ejemplo, todos los rostros se alegran y se ponen benévolos al verme. Lo que más me ha lisonjeado hasta ahora es que algunas viejas vendedoras de frutas no descansan hasta haber escogido para mí los racimos más dulces de sus uvas.141
Por su parte, también Emerson fue siempre una persona profusamente afable, que tampoco se correspondía con la dureza de sus escritos, y sin embargo ya desde su adolescencia mostró su dulce carácter en el trato con los demás como se demuestra cuando leemos en su biografía cosas como esta: “even in his fourteenth year he was described as being ‘just what he was afterward, kindly, affable, but self-contained, receiving praise or sympathy without taking much notice of it’”.142

Sin embargo, a pesar de coincidir en esa cordialidad de carácter al mismo tiempo que en las ideas enérgicas o desafiantes, las consecuencias en sus cotidianeidades fueron bien diferentes, parapetándose Nietzsche en el burladero formado con la publicación de sus libros, mientras Emerson prefería colocar un par de banderillas al toro de la esclavitud que en aquellos días andaba lidiando la sociedad estadounidense. Fue muy conocida su defensa del abolicionista John Brown, sentenciado a muerte y del que Emerson dijo que era el nuevo santo esperando el martirio. También Emerson tomó parte en la polémica entorno al sufragio femenino.

Llama la atención, además, la diferente integración social que ambos tuvieron en vida, y que responde de nuevo a la diferencia de género aquí aplicada. Así el sentido de la amistad de uno y de otro fue diferente, pudiéndose destacar la fidelidad que Emerson mantuvo con algunos otros autores y personajes destacados del momento, no sólo en Norteamérica, sin sufrir los cambios radicales que protagonizaron muchas de las relaciones humanas en la vida de Nietzsche, al que su feminidad le llevó a relacionarse de forma apasionada con personas de las que más tarde se desilusionaría y renegaría. Porque la amistad en la tierra no es algo tan sólido como el hermanazgo que muchas veces se adquiere entre navegantes, ya que al final el navegante es un solitario empedernido pero que indefectiblemente vuelve a la tierra donde se encuentran su familia y amigos, mientras que el ermitaño terrestre huye de toda relación humana, motivo por el que Nietzsche traspasó la barrera de la humanidad, acabando en el estado en que su amigo Overbeck lo encuentra en Turín afectado de una demencia ya sin retroceso posible, para llegar dendrificado al final de sus días sin un pueblo pendiente de su salud, de su persona, ni siquiera de sus ideas.

Por el contrario, contrasta con el lado terrestre de este mismo faro, con sus espacios ocultados periódicamente, la parte marina, aparentemente más desequilibrada, entrando en brutal oleaje cada vez que sopla fuerte el viento, pero manteniendo estables las naves, deviniendo momentos en los que el marinero debe mostrar sus nervios de acero. Emerson siempre regresaba a buen puerto después de sus arriesgadas singladuras intelectuales, disfrutando de unas relaciones sociales hasta el punto de ser querido por todo un pueblo; así cuando regresa a Concord de su tercer viaje por Europa, y ya con setenta años, se encuentra no sólo una casa que la habían ayudado a restaurar después de un desgraciado incendio, sino toda una población pendiente de su reencuentro.



When he reached home in May he was surprised and touched by the spontaneous welcome of his townspeople. The church bells rang, the whole town assembled-babies and all-and he was escorted with music to his new house, where a triumphal arch had been erected.143
Hoy día, más allá de sus vidas y de sus voluntades, la obra de estos dos autores se contempla cada vez más cerca la una de la otra, sin embargo no creo que a pesar de sus lugares comunes, se deba llegar a una identificación intelectual de las ideas expuestas alo largo de sus escritos, sino a la complementariedad que nos permita profundizar en cada uno de ellos, sin riesgo a simplificarlos con el mero propósito de poder encajar ambas piezas, y con la ventaja de obtener un pensamiento emergente que quizás pueda resultar de vital interés a la hora de afrontar los retos éticos y filosóficos que el recién inaugurado siglo depara a toda la humanidad.


1   2   3   4   5   6   7   8


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal