Emerson y nietzsche dos luces para un mismo faro



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CONCLUSIONES

Las conclusiones de un trabajo de estas características, muy bien podrían pasar también como el contenido de la introducción al mismo, y de hecho en muchas ocasiones he tenido la sensación como lector, de desear que el epílogo de un ensayo hubiera sido en realidad su prólogo, ya que su lectura me habría servido de guía para adentrarme en los recovecos que se encierran en este tipo de literatura. Sin embargo, es precisamente la faceta literaria que, a mi entender debe subsistir en toda filosofía contemporánea, la que por el contrario puede aconsejar que se sitúen dichos apuntes como conclusión del trabajo expuesto, dejando al lector una libertad de vital importancia a la hora de enfrentarse al hecho literario inserto con mayor o menor descaro a lo largo del ensayo. Si la faceta literaria, es decir, si el contenido artístico del escrito, se encuentra desparramado por aquí y por allá en cantidades destacables, entonces el lector agradecerá el elemento sorpresa con que ha podido disfrutar a lo largo de sus páginas, aunque bien cierto es que si dichas cantidades de componente artístico se reducen a la mínima expresión, quizás más valdría haber situado el contenido de la conclusión como el prefacio de todo el trabajo y así ahorrar al lector posibles malentendidos o, por lo menos, facilitarle la comprensión de las ideas contenidas.

Desde mi visión de la filosofía como un arte del pensamiento humano, me es completamente imposible desligar el elemento literario de toda aventura intelectual en la que intente embarcarme, creando quizás por ello un tipo de híbrido que carezca de interés en cualquiera de los dos aspectos, a saber, el filosófico y el literario, pero entendiendo en ello un reto que se acerca mucho más al mundo filosófico tal y como le encuentro sentido en nuestros días. La ciencia ganó terreno a la filosofía como Los Países Bajos lo hicieron con el mar gracias a sus pólderes; ahora, desterrado, el pensamiento filosófico ha de colonizar nuevos espacios, para poder seguir allí evolucionando junto con el ser humano, como el perro fiel que es, y al que domesticamos ya hace más de dos mil quinientos años. O quizás no se trate de descubrir nada, sino simplemente de recuperar ciertos terrenos que se habían dejado en barbecho. En cualquier caso, la literatura y el arte en general, desde su contemporaneidad, desde su deconstrucción actual, puede ser precisamente un lugar con el abono necesario para que prenda bien la filosofía del S. XXI, al menos mientras dure el arte.

Así pues, ha sido eminentemente artístico el motivo de la elección de estos dos filósofos para constituir el objeto de un estudio sobre su posible complementariedad filosófica. Además, como ya expliqué en el prólogo de este trabajo, la conexión musical de sus personalidades, es de hecho tremendamente complementaria si pensamos en la influencia que tuvo Emerson en el individualismo artístico representado por Ives y Cage principalmente, y si analizamos la fuerte relación entablada entre Wagner y Nietzsche; de manera que en uno se produce la línea de fuerza donde la flecha tiene el sentido desde la filosofía hacia la música, mientras que en el otro esa misma fuerza posee una dirección similar, es decir la entablada entre pensamiento y música, pero en este caso el sentido es el opuesto, pues va desde la música hacia la filosofía. Es verdad que músicos como Richard Strauss vieron material de inspiración para la creación de sus obras, pero yo no hablo de ningún material de inspiración, sino de todo un pensamiento envolvente que genera el conjunto de la obra y no una simple creación aislada.

Por tanto, ya desde el comienzo, planeaba sobre estos dos autores una nube de complementariedad, una polaridad magnética de la que no puede desligarse ni la repulsión ni la atracción. Piezas de un mismo imán que contienen muchísimos elementos de unidad pero que sus fuerzas creativas se componen en bastantes ocasiones de polaridades que podríamos determinar como opuestas, por mucho que autores norteamericanos como George Stack no quieran más que atrapar al alemán en las redes del norteamericano para posteriormente devorarlo con las artimañas arácnidas de sus ensayos.

La complementariedad que aquí se ha querido encontrar, ha potenciado además la visión “genérica” de Emerson y Nietzsche, de forma que apareciesen también como integrantes de esas dos fuerzas creativas y contenedoras de la existencia, que en el mundo oriental han sido denominadas yin y yang, y que en Occidente muchas veces sólo hemos querido ver desde el reduccionismo que implica la limitación al binomio femenino-masculino. Sin embargo, la importancia que ese par de fuerzas, femenino-masculino, tiene en todo Occidente, hace que se pueda desligar y potenciar más allá del par oriental yin-yang, sobre todo porque los dos autores aquí estudiados son eminentemente occidentales, a pesar de sus galanteos con determinadas ideas orientales, cosa por cierto que también compartieron uno y otro de forma complementaria.

De todas formas, es esencial no genitalizar ni sexualizar de ninguna manera las pertenencias genéricas que aquí se han venido aplicando a uno y otro autor, debiendo entender el género atribuido como un concepto abstracto, artístico, caracterial, donde se implica al afectado en un universo de tendencias, de preponderancias, pero no de actitudes ni elementos fácticos que puedan entenderse como privativos del hombre o de la mujer. En ningún momento se puede reducir el binomio genérico femenino-masculino aquí empleado al meramente sexual o biológico mujer-hombre.

Se suele identificar a Nietzsche con determinados conceptos que pudieran interpretarse como paradigmas de la virilidad, así sus frecuentes referencias al guerrero, a la belicosidad, al superhombre, sus diatribas contra la moral del débil, su filosofía a martillazos... etc.; pero un análisis menos convencional, refleja pronto una naturaleza donde la sensibilidad a flor de piel constituye el motor de todo el pensamiento nietzscheano y donde se hace imprescindible una lectura mucho más profunda de lo que en principio pueda parecer requerir, ya que su lenguaje, el lenguaje de Nietzsche, huye de mecanismos farragosos tan habituales en la filosofía de todos los tiempos y recurre continuamente a la metáfora como puente que le permite en todo momento cruzar el río que discurre entre la orilla del pensamiento y la del arte literario, dando por una parte una apariencia muy asequible para el público en general, pero pudiendo traicionar el propio sentido del texto ya que esa disponibilidad de su redacción, a pesar de la puntuación un tanto enrevesada, permite en muchas ocasiones que el lector se acomode en la superficie y no gaste más energías en profundizar hacia los verdaderos contenidos intelectuales del mismo. Por tanto la masculinidad nietzscheana, no es sino una de tantas falsas apariencias, perteneciendo gran parte de su pensamiento a lo eterno femenino, al yin, a la orilla del río donde la energía potencial cobra todo su esplendor máximo.

Por el contrario, Emerson no requiere de lecturas dobles ni triples. Su verdadera esencia es clara, diáfana y no busca en la metáfora sino elementos narrativos, sin hacer de ella bastión donde proteger todo el conjunto de ideas y conceptos. Sin la metáfora no se puede acceder al universo nietzscheano, pero sin ella, de Emerson sólo perderás el sentido de algunas afirmaciones, como mucho.

Por esto, no puedo compartir el empeño en identificar el pensamiento de ambos autores, porque ni desde la literatura ni desde la filosofía, podría realizarse el ensamblaje perfecto, como seguramente no se podría hacer entre ningún otro par de escritores o de filósofos. Incluso lo que muchas veces se intenta explicar como claras influencias de Emerson hacia Nietzsche, podrían resultar también el mero producto de una convergencia intelectual, debido a la contemporaneidad, aunque no estricta, de los mismos, y a su pertenencia a la ya por entonces bastante desarrollada sociedad industrial. La globalización comenzaba tímidamente en la segunda mitad del S. XIX, a producir sus primeros efectos en el mundo intelectual, y es muy posible que precisamente ese sea uno de los puntos en común que estos dos filósofos tuvieron que compartir de su entorno, incluso a pesar de desarrollar sus vidas en geografías diferentes, hasta cierto punto incluso opuestas; y digo geografías porque en realidad sus continentes, es decir, lo que les contenía, eran a esas alturas lo mismo, el recipiente de un desarrollo capitalista.

Creo que es necesario también, aclarar la razón de una elección concreta a la hora de emparejar a estos dos autores para conformar así las dos caras de una misma moneda. ¿Estas similitudes, o como nos estamos refiriendo, estas complementariedades, no podrían haberse encontrado entre otros dos filósofos, o entre uno de estos y algún otro pensador del momento o de otra época?

Seguramente serán muchos los filósofos complementarios que puedan encontrarse a lo largo de la historia del pensamiento occidental, incluso habiendo existido en diferentes momentos cronológicos, pero como ya comentábamos en el segundo capítulo de este trabajo, se produce una especie de efecto Doppler al querer entender cualquier legado intelectual de nuestros antepasados, hecho por lo que todavía será más difícil intentar emparejar pensamientos tan distantes en el tiempo como puedan ser por ejemplo los de Nietzsche y Heráclito, Platón y Emerson o los estoicos con la escuela de Viena. Existen casos en los que la convergencia intelectual y cultural, incluso les ha llevado a participar en el famoso “principio de simultaneidad del descubrimiento”, y así Leibniz y Newton elaboraron de forma pareja sus respectivos mecanismos sobre el cálculo infinitesimal, discutiendo por la primacía del invento, sin que por lo demás, eso pueda considerarse esencial a la hora de entender a estos dos genios del diecisiete como complementarios entre sí.

También se podría pretender encontrar un emparejamiento entre el mismo Nietzsche y Dilthey, pero ni la filosofía de la vida por la que ambos mostraron gran interés, ni la mutua obsesión por la historia les haría formar parte de un emparejamiento complementario. Tan sólo se podría hablar de las discrepancias ocasionadas en los lugares comunes.

Otros querrán ver entre Emerson y Thoreau, almas gemelas dignas de emparentarse por su coetaneidad, mutua amistad y su participación en parecidos ideales políticos y sociales. Sin embargo, personalmente no encuentro en ello sino la ramificación de un movimiento intelectual que se origina en una Norteamérica donde se desarrolla una política expansionista muy concreta, así como una corriente abolicionista que implicará de forma progresiva a un determinado número de intelectuales. Y sin embargo, aun con todos los puntos en común entre Emerson y Thoreau, no creo que se pueda equiparar de manera seria la obra literaria de ambos, y que ni siquiera se pueda considerar a Thoreau como a un filósofo, aunque esto siempre es muy relativo, sobre todo si tenemos en cuenta que incluso al mismo Emerson se le ha negado en ocasiones esta condición, haciendo muy difícil que un autor de estos complemente al otro y se pueda ver como un todo de dos caras opuestas. Existen mundos compartidos, hay participación en unos mismos hechos sociales, pero no existe complementariedad intelectual entre Emerson y Thoreau. A pesar de la mutua influencia que pudieran ejercer el uno sobre el otro, los planetas intelectuales de ambos giran en órbitas bien diferentes. Otra cosa sería el binomio Thoreau-Ghandi, donde también la masculinidad del primero podría complementar la feminidad del segundo, y donde cabría buscar ciertas facetas unidas por sus polaridades. Pero, en cualquier caso, dos masculinidades como las de Emerson y Thoreau no pueden ser complementarias, por mucha amistad que tuvieran.

Es precisamente por esta razón por lo que aquí se ha preferido desparejar figuras del pensamiento que bajo otro punto de vista quizás pudieran relacionarse, y por la que la metáfora del faro se ha constituido como objeto simbólico que nos permita establecer de una manera muy gráfica la posible complementariedad de los autores a tratar. Así, igual que las ideas de Emerson se asemejan a los haces de luz, es decir, a los destellos enviados por un faro hacia la parte marina, se pueden entender de la misma manera los mensajes o ideales incluidos por Thoreau en ‘Walden’ o en ‘Desobediencia Civil’. Mientras que no sería descabellado considerar, como adelantaba antes, que Ghandi, el cual tampoco es un filósofo, pudiera ocupar con su pensamiento el lado terrestre del faro donde hemos instalado a Thoreau. La no violencia del Mahatma puede ser considerada toda una ocultación de la fuerza tradicional, toda una actitud femenina de poder hasta entonces desconocido, todo un canto al tiempo y a la constancia, contrastada con la desobediencia civil de Thoreau, mucho más puntualizada y espacializada, geometrizando como hizo todo su ideal de vida al ejemplificarlo en Walden, su espacio-idea, su barco, su Bayreuth. La no-violencia gandhiana se acabó concretizando y espacializando en la independencia de la India, pero su esencia está arraigada en el tiempo, en las costumbres, es una energía potencial que va más allá de lo geográfico.

Resulta muy útil, desde la misma metáfora, asociar las ideas de cada uno de los autores con los entornos bipolares que en todo faro se concentran, pues cada faro, se sitúe donde se sitúe, tiene que soportar la bipolaridad del mar y de la tierra, de los navegantes y de los caminantes, del pescador y del turista, de los barcos y de los automóviles, quedando ensamblados por un elemento hermafrodita como resulta que es el faro, al combinar en su esencia la verticalidad de la torre con la horizontalidad de sus haces, pero también hermafroditismo fractal, porque se da también en la propia luz que se dirige por un lado al mar y por otro a la tierra, y por parte del mar el haz diverge hacia el agua y hacia el cielo, lo mismo que la parte terrestre recibe parte de la luz viendo como el resto se desperdicia por el aire. Siempre polaridades reunidas en cada elemento del faro, como aquellos torreros que los habitaron, complementarios en el trabajo pero con repulsiones tan grandes, que les llevaron en muchas ocasiones a desagradables enfrentamientos.

De esta manera los conceptos analizados, al girar y atravesar con sus haces de ideas los distintos espacios que conforman los pensamientos de Emerson y Nietzsche, han ido adoptando polaridades que en una primera mirada podrían parecer más bien unilaterales; poder, voluntad y vida, han constituido la característica de este faro aquí ubicado, su grupo de tres destellos o de tres ocultaciones, dependiendo del filósofo afectado, dependiendo del género aplicado.

A lo largo de este cotejo realizado sobre conceptos clave en el pensamiento de ambos autores, podemos percatarnos de cómo en la dos orillas del Atlántico, se oyeron casi simultáneamente voces que proclamaban la confianza en el individuo, advertencias que en ocasiones parecían gritos contra el adocenamiento social, posturas postrománticas que agonizaban, en el sentido unamuniano, que es lo mismo que decir en su sentido etimológico de lucha, ante la disolución del individuo, ante la masificación física e intelectual del hombre, en definitiva frente a la aparición del hombre y del arte contemporáneo.

La elección del orden de exposición de estos conceptos, resulta intencionada y su propósito es ir abriendo, como si de un embudo se tratara, el mundo asociado a cada uno de esos conceptos. Así desde el “poder” del primer capítulo, donde se podía apreciar cómo cada uno de los autores encontraba sus poderes particulares, si bien concentrados ambos en la idea de una fuerza más o menos espiritual que terminará confundiéndose de tal manera con la voluntad hasta que finalmente aparezcan asociadas como voluntad de poder, se pasará a la misma voluntad que se verá ampliada más allá de lo explícitamente señalado por Nietzsche y Emerson, dando especial relevancia a una supuesta voluntad de apariencia fundamentada en la apariencia de superioridad que todos intentamos desarrollar a lo largo de nuestras vidas, de forma más o menos sublimada, más o menos asumida.

Finalmente, aparece el concepto “vida” de manera casi emergente, como consecuencia de los dos anteriores pero ahora con un elemento asociado, el arte, que convierte el fenómeno existencial en experiencia estética. Esta asociación, surge tras el análisis de un evolucionismo asimilado de maneras diferentes por cada uno de los dos filósofos y del distinto enfoque practicado sobre las ideas darvinistas.

Al estudiar el fenómeno existencial en las figuras de Nietzsche y Emerson, se da uno cuenta que la experiencia estética resulta prácticamente ineludible y que lo más apasionante viene en el momento en que uno se percata de la actualidad de sus pensamientos y de lo que pueden aventurarnos si los leemos detenidamente.

Lo que por algún tiempo pudiera parecer mero residuo romántico en el pensamiento de estos dos autores, hoy día cobra tremenda inmediatez en el momento de enfrentarnos al fenómeno deconstructivo que el arte contemporáneo a sufrido durante la segunda mitad de siglo XX, y a la relación que actualmente los individuos occidentales mantenemos con el conocimiento científico.

No ha sido mi intención, equiparar al máximo posible el pensamiento de estos dos autores, sino emparejarlos, unirlos bajo una mirada estética, quizás artística y por lo tanto casi seguramente engañada, dependiendo el grado de mentira en función del contenido artístico del mismo. Esta visión estética es la que quizás nos facilite alcanzar una imagen algo diferente de la que habitualmente se lanza sobre ellos, una imagen la utilizada aquí por la que resultan herederos directos de un Romanticismo ya por entonces en proceso de desaparición, y que conscientes de esa agonía, de esa inexorable muerte, vocean al mundo un canto al individualismo intelectual, una defensa de la particularidad que cada uno de nosotros podemos representar, a pesar de que cada uno de nosotros la diluya a su manera, o bien femeninamente en el eterno retorno, o mediante la masculinidad de desintegrarnos en la existencia como un todo creativo (y no tanto creado).

Lo interesante, desde mi punto de vista, no es alcanzar una cantidad considerable de ideas compartidas por uno y otro filósofo, ni tan siquiera poder demostrar la primacía de determinados conceptos más o menos abstractos, o la originalidad compartida sobre ellos, sino mostrar el canto del cisne de dos personas que quisieron enfrentarse contra corriente a una avalancha de frialdad intelectual que amenazaba con cubrir el espectro filosófico del momento, como resulta que lo cubrió, y de un modo estético de entender la vida que tocaba a su fin. Y si esto me parece más interesante, que el mero cotejo de datos surgidos del análisis minucioso de las páginas de ambos, análisis más matemático que filosófico, es porque en el momento en que nos encontramos, sus voces vuelven a sonar con fuerza, como si de un eco se tratara, un eco que retornase ahora después de haber chocado contra la pared del siglo XX, y que como todo eco, nos llega con su voz distorsionada y repetida como los ritmos de la luz de un faro, periódicas advertencias de una filosofía que quiere resucitar aunque sea desde la virtualidad de lo reverberarte.

Asistimos al final de una era, y eso es innegable. ¿Qué nos queda? ¿Cincuenta años? ¿Cien? ¿Ciento cincuenta? La globalización no puede detenerse porque responde al avance tecnológico, y éste a su vez responde a la voluntad de apariencia, que llevada al mundo de la tecnología, produce una retroalimentación del proceso evolutivo, motivo por lo que todo termina por dispararse a velocidades extremas. Nadie va a retroceder tecnológicamente, y el proceso de aculturación es definitivo; en muy poco tiempo sólo existirá un tipo de civilización en el planeta. Esto afectará a la conciencia de sí mismas que las personas tengan en esa monocultura, y sin duda alguna afectará sobre todo a la contemplación estética del entorno y de sí mismos.

Pero la tecnología no sólo influirá en la diversidad cultural y en su distribución geográfica, sino que el mismo concepto de vida se verá alterado cuando entremos en la era de la clonación (con todo lo que la ingeniería genética aportará, además del clon humano), momento que por mucho que queramos frenar desde posturas éticas, herederas todavía de cierto optimismo ilustrado, no podrá verse evitado debido al todopoderoso consumismo, que sabe inocular su veneno en la precisa vena que lo dirige inmediatamente al corazón. Para entonces, cualquier poso que quedara de romanticismo caduco se habrá desintegrado y con él la posibilidad de continuar con individualismos como los de Emerson o Nietzsche. Las profecías de Marx sobre la capacidad autodestructiva del capitalismo, está claro que fueron del todo erróneas, al menos en un plazo de varios cientos de años, o por el contrario resultarían ciertas siempre y cuando su autodestrucción vaya asociada a la propia destrucción de la humanidad. Es el mismo proceso que ocurre con las plagas de langostas, que no puede pararse hasta que ellas mismas se autodestruyen, pero se autodestruyen porque han devastado el entorno hasta no dejar alimento posible para ellas mismas. También en todo proceso de descomposición tenemos esta paradoja, las bacterias que nacen gracias a la putrefacción se multiplican tan desaforadamente que acaban consumiendo con rapidez el cadáver y con él a ellas mismas. Sólo las larvas salen victoriosas, aquellas que depositaron los escarabajos necróforos y que a pesar de la consumición del animal muerto, ellas, después de haberse alimentado de toda esa materia en descomposición, entrarán en fase de pupa para luego, metamorfoseadas, regresar al mundo dispuestas de élitros que les permitan volar y continuar el ciclo.

Después de haber analizado los gritos de Emerson y Nietzsche, que ahora oímos devueltos por el acantilado de todo un siglo, parece que cobra sentido la posibilidad de que no seamos más que larvas humanas y aún tengamos que metamorfosear. La posibilidad de que en realidad nos estemos alimentando de materia muerta, como el arte, como la biodiversidad, y que cuando ya no quede absolutamente nada del resto del cadáver caigamos en proceso de metamorfosis para salir de él renovados; es posible que la biotecnología sepa por entonces cómo hacerlo.

Las antiutopías, o cacotopías, se van viendo poco a poco realizadas, de todas ellas podemos encontrar en la actualidad fragmentos identificables que nos hacen recapacitar, aunque sin ninguna efectividad, sobre lo desacertado de nuestros pasos. Un mundo feliz, 1984, El proceso, por poner tan solo los ejemplos más reconocidos, no son sino el espejo donde podemos mirarnos y reconocernos, sin una deformidad muy exagerada, tal y como somos en la actualidad. El Grito de E. Munch, es en definitiva el grito de Emerson y Nietzsche, por el que se refleja el espanto de la humanidad ante la posibilidad de perder para siempre el arte, es decir, el engaño, la mentira, y enfrentarse a un mundo desnudo, con la ciencia como único compañero. ¡Sólo la ciencia! ¿Es posible un pensamiento más pesimista? Desde la ciencia no puede haber individualismos, con ella como el absoluto referente sólo puedes comunicarte con cifras, vivir con cifras y ser únicamente cifras. El consumismo nos está cosificando en la actualidad, pero la ciencia rematará el trabajo de taxidermia numerificándonos una vez bien cosificados.

Es por esto que el recorrido por entre las paredes del faro donde habitan las ideas de estos dos filósofos, acaba mareándote al contemplar sus destellos y ocultaciones, sus haces girando entorno a la torre decimonónica donde se instalaron, por lo que es mejor subir y verlo todo desde allí arriba, mezclarse con el origen del ritmo, con la óptica giratoria, y observar sus lentes catadióptricas. Entonces, allí arriba es cuando te puedes dar cuenta de una cosa, que las lentes podrán refractar y reflejar, aumentar y concentrar, y que cada tipo de óptica que se instale originará un tipo de destello u ocultación diferente, pero que dentro sólo está la luz, independientemente de si la produces con aceite de oliva, con parafina, con petróleo, con energía eléctrica o fotovoltaica, siempre es luz, y eso es lo que en definitiva somos hasta que se funda la bombilla. Y ahí es donde se entiende el fondo último y fatalista de Emerson y Nietzsche; es igual si desarrollamos cacotopías, utopías, vergeles o desiertos, si somos como bacterias que nos autodestruiremos al finalizar de consumir la materia en descomposición, o si no somos más que larvas que todavía han de metamorfosear para luego comenzar desde una nueva perspectiva biológica; todo da igual ahí arriba, cuando agachas la cabeza por debajo de la óptica para ver la verdadera fuente de iluminación, entonces ya no hay destellos, ni ocultaciones, ni ritmos, ni géneros, ya no entiendes acerca de lo femenino o de lo masculino, ni del yin o el yang, y los opuestos ya no existen, todo eso está al otro lado de la óptica, por el contrario en su interior sólo tendrás una luz constante que si la miras mucho tiempo te puede dejar ciego, como les pasó a muchos fareros, como le pasó al propio Nietzsche, que no tuvo la precaución de ponerse las gafas protectoras que todo torrero debía utilizar, como lo hizo Emerson, en ese sentido más profesional.

En cualquier caso, las lecturas de los textos, tanto emersonianos como nietzscheanos, le dan a uno la impresión de estar repletos de afluentes conceptuales que desembocan invariablemente en el caudal del río principal, que no es otro que el individuo, el yo enfrentado con el no-yo, la tensión generada entre dos polaridades esenciales en el ser humano, la soledad y el gregarismo. Esto lo hemos podido comprobar a lo largo de este trabajo mientras pasábamos de concepto en concepto para terminar en cada uno de ellos hablando del conflicto del yo, del individuo frente a todo aquello que se le opone desde cualquiera de las orillas del río, donde el agua representa la corriente de pensamientos propios, de manera que si cultivamos el individualismo entonces el caudal del río crecerá hasta que las dos orillas casi desaparezcan, con el peligro de que ocurra el desbordamiento que anegue tu vida por completo, pero si por el contrario tu autocriterio disminuye por absorción del pensamiento colectivo, las aguas descenderán hasta que llegue el momento en que las dos orillas se toquen, instante en el que dejas de ser individuo para pasar a conformarte en objeto social, sin criterio personal, sin autonomía, una simple momia del montón.

Es por esto que al final aparece una visión diferente del yo adoptada por ambos filósofos, lanzando Nietzsche ocultaciones hacia las posibles inferioridades que uno pueda sentir acerca de sí mismo, o lo que es lo mismo, dejando apariencias que puedan otorgarnos cierta superioridad ante el resto de individuos del grupo con los que se tenga contacto, y prefiriendo Emerson la elección de un yo emisor de momentos donde el individualismo se concretiza en acciones particulares. En definitiva uno se decanta por la energía potencial, como es el caso de Nietzsche, mientras que el otro lo hace por la cinética.

De todos los aspectos que el término poder adquiere en los textos de Emerson y Nietzsche, resaltan tres como máximos exponentes de sus ideas, los cuales podrían ser definidos como poder de la apariencia, poder del individuo (el yo frente al rebaño) y poder de la descentralización de Dios. De estos tres, tanto Emerson como Nietzsche adoptan sus propias versiones, de forma que al compararlas adquirimos un elemento bipolar. Lo hemos visto con el problema de la apariencia para ocultar o la apariencia para realizar, es decir lo virtual frente a lo fáctico, pero también aparecía la diferente manera de entender el poder individual, bien desde un cierto activismo y compromiso social crítico ante determinadas actitudes grupales, o mediante la crítica general a la sociedad parapetándose en un aislamiento pasivo, entendiendo esta pasividad no intelectualmente sino físicamente. La belicosidad de Emerson puede acabar en verdadero enfrentamiento, mientras que la de Nietzsche es pura diatriba filosófica.

Además el proceso de aniquilamiento del teocentrismo, lo llevan a cabo desde polaridades opuestas, disolviendo Emerson la figura de Dios en nuestra identidad como individuos, en contraposición a la completa disolución que realiza Nietzsche de Dios al relegarlo a la pura imaginación del sacerdote.

Todas estas formas otorgan poder al individuo, poder que por otra parte estamos progresivamente perdiendo, dentro de una sociedad que se caracteriza por un fuerte control mediático y por un individualismo que se limita a sobre valorar sus posesiones materiales. Es por tanto una lenta pero progresiva pérdida de poder que refleja por consiguiente una merma de voluntades individualistas.

De todas las voluntades que aquí hemos estado analizando, resulta que todas han caído bajo el dominio de una nueva voluntad que ha nacido en el siglo veinte, pero que ya Emerson intuía su florecimiento; me refiero al turismo y su voluntad de visión. Bajo el control de esta voluntad, cualquier otra queda subyugada, así la voluntad de poder o la de apariencia, no son ya más que las marionetas de esta otra voluntad joven pero de fuerza hasta ahora insospechada. El turismo ya abarca muchas facetas de las actividades humanas y no sólo el afán viajero, puesto que ya podemos hablar de un turismo intelectual o de un turismo artístico. Todo lo que cae bajo la voluntad de visión se incorpora al dominio del turismo.

Ya vivimos en un planeta de turistas, con una voluntad de visión que penetra en cada rincón del mundo, y cuyo último adelanto, la antena parabólica, ha terminado de rastrear y ocupar los espacios vírgenes que todavía se libraban de dicha voluntad.

Por tanto, resulta extremadamente difícil, mantener unos ojos activos e individualistas, cuando se está sometido a un bombardeo mediático durante las veinticuatro horas del día, y lo que es peor, cuando ya no se enseña en el mundo de la educación a desarrollar el pensamiento crítico.

Es por esto que una de las conclusiones resulta un tanto pesimista, en cuanto que deja entrever unas filosofías, las de Emerson y Nietzsche, que han fracasado en el intento de potenciar el individualismo intelectual. Puede parecer que en nuestra sociedad se vive de una forma individualista, ya que nos preocupamos cada vez más por elaborar leyes que respeten nuestra intimidad y privacidad, pero eso no responde sino a u aumento en el control del individuo, por parte de una “informatización” de la vida, y porque en realidad no se trata de una sociedad donde se cultive el individualismo sino el egoísmo, que es cosa bien diferente.

Es posible que todo esto responda únicamente al reflejo de un período concreto de la civilización occidental, a las puertas de comenzar una nueva etapa. En los períodos decadentes, como el que estamos viviendo, suelen abandonarse posturas que en otro momento pudieron conformar los ideales de esa misma sociedad. Es posible, que después, una vez que la revolución genética haya cambiado nuestro mundo, entonces se retomen posturas individualistas dentro de la nueva sociedad creada. Al fin y al cabo, algo parecido ocurrió con el ideal ilustrado al ser retomado por el capitalismo de la segunda mitad del siglo XX.

En esta nueva era, el hombre deberá enfrentarse a emergentes formas de tensión creadas entre el grupo y el individuo, y será entonces hora de releer los escritos de estos dos singulares filósofos.

A pesar de los nubarrones un tanto cacotópicos que aquí hemos visto formarse, y que muy posiblemente den lugar a una tormenta de proporciones considerables, después la calma estará asegurada, y de la lluvia, o incluso del granizo caído, surgirá una hierba fresca que proporcione los pastos necesarios para que vuelvan a pastar esas vacas tan queridas por Nietzsche.

Pero antes se ha de acabar todo esto; se debe llegar al término de este camino para emprender otro, no sabemos si el del superhombre o el del hombre acabado, pero en cualquier caso un camino donde podrían cobrar vitalidad los pensamientos de Emerson y Nietzsche, no desde el punto de vista oracular como ahora los hemos planteado, sino desde la puesta en prácticas de sus voluntades de silencio. Una civilización tan ruidosa como la nuestra no demuestra ningún amor a la reflexión y, ante todo, la siguiente etapa debería ser más tranquila y reflexiva.


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