En el toldo hay una rejilla delimitada por un marco cuadrado que, se supone, contiene un ventilador. Nunca sirve



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En el toldo hay una rejilla delimitada por un marco cuadrado que, se supone, contiene un ventilador. Nunca sirve. Y si por casualidad se moviera, apenas agita el aire, que en estas condiciones, está más cercana a tener la consistencia de harina para hot cakes mientras se bate, tratando de quitársele los grumos. Excepto que los grumos no se pueden disolver, pues se trata de una masa heterogénea de pasajeros. Aún así, con todo y grumos, pareciera que alguien quiere calentar la pseudo-mezcla a fuego lento. Las gotas de sudor en la cara empiezan a brotar, mezcladas con la grasa y todos los elementos agregados a la piel después de una jornada de trabajo de 8, 10, 12 horas o más. Los rostros brillosos, sin embargo, permanecen inmóviles. Quizá porque de nada sirve quejarse y muy al contrario, cualquier movimiento, aunque sea una pequeña mueca, genera calor, y bajo estas condiciones cualquier adición individual a la temperatura puede costar muy cara en la escala de la sofocación colectiva. Habrá algún claustrofóbico poco habituado que con desesperación voltee a los vidrios en busca de alguna pequeña ráfaga refrescante. Craso error: si llegara a colarse por la rendija (a algo así no puede llamársele ventana) para cuando llegue hasta ese individuo, la ventisca estará a la par de los gases arrojados por el mofle de un coche sin verificar. La sensación obtenida será totalmente opuesta a la anhelada y el efecto demoledor pues, además de todo, no contaba con que el convoy se detendría más de 3 minutos en medio de la oscuridad del túnel. No hay aire moviéndose más allá del resoplido que el muchacho trajeado sudoroso con el que está hombro con hombro acaba de soltar, mismo que bajo una cámara térmica se vería con la misma densidad que la del humo del cigarro, haciendo remolinos informes que se van desperdigando a lo largo y ancho del espacio y que todos los presentes aspirarán sin más remedio, especialmente los más cercanos. El pobre se da cuenta no por tener visión térmica, sino por el tufo rancio que emana la inmunda exhalación. Y entonces, como si no bastara todo lo demás, ahora es consciente del olor. Igual que les sucede a los hombres que recogen la basura, o a los vendedores de pescado, ya se había acostumbrado a los efluvios que se mal mezclan, dignos de la harina de hot cakes antes mencionada, para otorgarle su calidad de olor a pan, pero podrido. Él preferiría, como suele decirse, seguir con la nariz embotada. Pero, por el contrario, súbitamente se le despertó una extraña e inoportuna habilidad de catador de olores: distingue un agrio sobaco que está a punto de mezclarse con otro un poco más agrio, encontrándose en un punto medio en donde ambos potencian su capacidad lacrimógena; de un poco más allá, el perfume barato y/o desodorante medio evaporados de la señorita que viene platicando con otra señorita que huele a haber estado sentada todo el día y comido en su escritorio unos taquitos con cebolla; unos tres o cuatro alientos distintos, del mismo calibre que el del joven trajeado pero con diferente grado de acidez; el sudor del joven trajeado que, aparte de ya estarlo sintiendo en su brazo, delata ese humor a cama que después de tantas horas no se ha quitado y que sólo desaparecerá cuando el muchacho se anime a ducharse; el aroma encerrado de la estación anterior, que entre otras cosas olía a puesto de tortas, trapeador húmedo y más humanidad; la esencia de las entrañas de la ciudad, compuesta de cañería, basura acumulada, humo que desciende de las calles, llanta gastada, maquinaria trabajando, electricidad, humedad y herrumbre... Pero además –sobre todo– el olor del tantas veces mentado calor. Lo tenía muy claro ahora: no es la suma de todas estas hediondas partes, es un hedor independiente, autónomo, que ayuda a arrancar los demás olores de sus respectivos objetos para intensificarlos en los receptores olfativos de quien los capta. A todo esto, ¿cómo es que se eleva tanto la temperatura? No es por el ventilador que no sirve, ni por el mínimo resquicio por el que no entra nada de aire, ni por el tren que no se mueve. Es por el hacinamiento. En un vagón para 130 personas de pie, 131 ya es sobrecupo. 140 sería una imprudente exageración. Pero en este moderno carromato naranja van, oh sorpresa, 142 personas (sin contar a las sentadas, que aportan su cuota calurosa, pero que sin duda viven de forma muy distinta la experiencia. Algunos, por supuesto, ni se enteran, pues se recargan en el hombro de su compañero de asiento o dejan su rastro sudoroso en el cristal, mientras les escurre la baba, durmiendo sin mayores reparos). Un monstruo de 142 cabezas aportando cada una sus correspondientes 36 grados centígrados a una vagonósfera densa y pesada, compuesta de variopintos gases emanados de las más diversas procedencias. Los límites no existen, nadie sabe ya donde acaba su cuerpo y comienza el otro. A diferencia de un antro donde las condiciones son muy parecidas, aquí no hay música. El que la escucha lo hace con sus propios audífonos, tratando de engañar a la mente para separarse del monstruo. Ni alcohol, y si lo hay es porque quien lo porta ya lo traía en la sangre antes de subirse y esta amarga vivencia le estará mostrando lo que habrá de padecer en su próxima e innevitable cruda. Y tampoco, desde luego, hay voluntad de estar: aquí hay hastío y cansancio, se está porque se tiene que viajar, regresar a casa, llegar a descansar, no hay de otra. Ya ni el pervertido que pudo haber visto la oportunidad de embarrar sus carnes contra otras masas corporales, como en el antro, encuentra esto divertido. Lo divertido, en cambio comienza ahora, cuando alguien se da cuenta de que, por fin, su estación es la que sigue –faltaban ocho, pero dadas las condiciones parecían dieciséis y el tiempo se alargó como si también lo derritiera el calor– y para su asombro ya hay que intentar bajarse. El monstruo con olor a hot cake echado a perder extenderá sus 284 brazos para asirlo fuerte, posará sus amarillentas miradas para intimidarlo y cerrará aún más los ya inexistentes espacios para no dejarlo escapar tan fácilmente. Para colmo, en el toldo, el ventilador sigue igual de inservible, pero ahora parece estar haciéndolo a propósito.


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