En la Argentina (I parte)



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El ágora

Ser de derecha en la Argentina (I Parte)



El episodio de Abel Posse ha motivado las reflexiones que siguen. Nadie tiene la verdad, excepto quien dice que nadie la tiene.

Pocos días después del caso Posse una periodista del diario La Nación hizo una referencia al artículo que había sido publicado en ese mismo medio por el escritor. La profesional lanzó una curiosa referencia en el sentido de que Posse había hecho una suerte de apología de la represión ilegal en los llamados años de plomo.

Nuestra curiosidad fue mayúscula, de modo que volvimos a leer el famoso artículo del fugaz ministro de educación de la Ciudad de Buenos Aires, y francamente no encontramos relación alguna entre ese escrito y la represión de la dictadura. Luego vimos una aclaración en el diario en la cual la afirmación de la periodista era desmentida.

Exactamente esa clase de afirmación respecto del cuestionado artículo, hizo que nosotros escribiéramos una nota intentando explicar que, efectivamente, Posse tiene razón en lo que dice, tanto respecto de la represión legal, cuanto del trasfondo “troskoleninista” del actual gobierno. Y escribimos lo que escribimos conscientes de que en la Argentina actual parece una herejía opinar diferente de lo que hoy se llama progresismo pero en realidad es una mermada izquierda caviar, como se llama en Francia a esa línea ideológica supuestamente superadora pero en el fondo extremadamente burguesa y acomodaticia. El socialismo que predicaban personajes como Américo Ghioldi, Alfredo Palacios o Juan B. Justo no es el que priva hoy en el país, con independencia de que aquí o allá quede algún espécimen suelto.

Los sectores del progresismo, tal como aquí lo definimos, han intentado (y en buena medida logrado) hacer prevalecer una suerte de pensamiento único basado en la idea de que la ética y la bondad forman parte de su plataforma ideológica, cuando en realidad las virtudes y condiciones personales no tienen que ver con ninguna ideología, ni ésta con aquellas. La vieja idea de que “el corazón está a la izquierda” es esencialmente sofística y hasta esquizofrénica. Las ideologías no se refieren a la ética, sino a la acción política en pos de una sociedad mejor. En realidad, los logros del izquierdismo vernáculo tienen más que ver con el plafón ideológico internacional y no específicamente son producto de la acción de dirigentes y activistas locales. En el mundo actual, todavía lleva ser de izquierdas, como dicen en España.

Hemos dicho muchas veces que el peor enemigo en cualquier lucha es la culpa. Estamos convencidos de ello y no trepidamos en afirmar que, a diferencia de lo que ocurre en otros países del mundo (como EEUU, Reino Unido, Francia, Alemania, España, Brasil o Chile) donde existe una derecha ideológica que se presenta a elecciones y alternativamente llega al poder sin que nadie parezca caerse del mapa por ello. Pero eso no define las cosas, ni a derecha ni a izquierda, nos apresuramos a decir.

Está claro que en la Argentina ser de derecha es vergonzante incluso para quienes verdaderamente están a la derecha del espectro ideológico. Pero, ¿qué cosa es la derecha?

Para ese progresismo rústico y acomodaticio ser de derecha es carecer de virtudes y encarar la vida cagándose en el resto. Es ser nazi o fascista. Es ser amigo de los militares golpistas y de la policía corrupta de gatillo fácil. Ser de derecha es ser ultracatólico y defensor del modo de vida occidental y cristiano. Querer la mano dura y en general la disciplina ¿Todo eso es ser de derecha o incluso puede ser que sea mucho más?

No pretendemos teorizar demasiado y por lo tanto recurriremos a ejemplos prácticos para escenificar el infantilismo al que se llega en una sociedad de fuerte raigambre autoritaria, donde un intendente de Tigre, ex jefe de gabinete de la Nación, acaba de inaugurar un puentecito que por importante que resulte para la población local no es más que un puentecito de mala muerte, que fue bautizado con el nombre que Uds. podrán adivinar en un 50% pero cuyo apellido es unívoco. Y en esa unicidad se encuentra el origen fascista del “movimiento” del cual es heredero el matrimonio presidencial, que acaba de ser sobreseído por un juez de dudosa independencia, y por un fiscal que no apeló la sentencia defendiendo los intereses de la población en la causa por enriquecimiento ilícito. Un matrimonio que tiene en su haber haberse enriquecido en los años de la dictadura, no haber explicado claramente jamás el destino de los famosos fondos de Santa Cruz, haber afirmado que Menem era el mejor presidente de la historia y haberse callado (al menos hasta ahora) respecto del sobreseimiento sobre su enriquecimiento, cuando cualquier persona de cierta dignidad se hubiera presentado espontáneamente para que su situación se aclare, llegado el caso, en la Corte Suprema de Justicia.

La derecha capitalina está representada por Mauricio Macri, de cuyos votantes el hoy encargado del INADI (nada menos) dijo alguna vez que eran “fascistoides”, mientras el ex ministro de educación de la Nación dijo, a su vez, que lo votaron los que “no piensan”. La derecha capitalina es acusada de discriminadora y xenófoba, justamente por esta clase de personajes de pacotilla.

Y Macri les responde haciendo renunciar a Posse o incluso no apelando una decisión de primera instancia sobre el llamado matrimonio gay, cuando en los considerandos del fallo la jueza actuante habla claramente de discriminación y de “género” confundiendo incluso el uso más elemental del idioma para designar el sexo de las gentes. Macri ha querido congraciarse con el progresismo de la boca para afuera, evidentemente. Pero no es el fondo del asunto. El fondo del asunto es que por culpa, por querer hacer lo políticamente correcto, está avalando la conducta de una persona (la jueza) que confunde la defensa de una figura jurídica y un código civil con una gruesa carga discriminadora y racista absolutamente ajena a la cuestión.

Esa derecha, o esa porción de la derecha argentina, se ha tornado absolutamente flexible ante la culpa de los políticamente correctos, que han venido destruyendo al país, a la educación, a la cultura como esencia y no como panfleto, al conocimiento más elemental mezclándolo con panfletos ideológicos de baja estofa en los llamados “canales públicos”.

El conocido José Pablo Feinmann acaba de llamar “defecatorios” a los libros escritos por Edi Zunino y Luis Majul sobre los Kirchner y su entorno cargado de corruptelas. ¿Cómo no habría de hacerlo si cobra fortunas en los programas de la televisión pública en los que trabaja, con dineros pagados incluso por los más marginados ciudadanos de las villas que ya no sólo rodean a Buenos Aires, sino que están dentro de ella más metidas que nunca? La carencia de argumentos para semejante descalificación no es sólo patética, es impropia de alguien que se autocalifica de filósofo.

Si dejamos de lado las opiniones de comentaristas y comunicadores, de políticos y de politólogos, de encaramados filósofos televisivos y demás, podremos observar un costado diferente: la gente de a pie. Y allí podremos encontrar gente de todo nivel educativo y cultural que opina de manera diferente a lo que lo hacen los comunicadores de la televisión pública y sus adherentes.

Mucha gente está de acuerdo con la mano dura, por ejemplo. O tiene posturas cercanas al pensamiento de Susana Giménez. O de Tinelli. O de Mirtha Legrand. Pero esa gente no es la derecha ideológica. Porque la derecha ideológica en la Argentina está vedada por la culpa. Mucha gente dice que ciertas manifestaciones son pura política. El señor de la cola del colectivo o la señora del supermercado no se consideran “fascistoides” y a Filmus ni siquiera lo junan.

Y acá hay que aclarar que “fascistoide” no es fascista. Es, en realidad, una suerte de media tinta tan propia de la cobardía ideológica de que también habla Posse. La gente común aborrece a los políticos kirchneristas en general, tanto en las ciudades como en el interior. Tales kirchneristas prenden el ventildador contra todo y contra todos intentando culpar sin pruebas a: supermercadistas, privatizadas, el campo, los piquetes de la abundancia, los políticos opositories, Cobos, o quien sea. La vida argentina se divide en estas mentes en réprobos y elegidos. Y es suficiente declamar que hay que combatir a los pobres mientras ellos se enriquecen de manera pantagruélica, al tiempo que no tienen la dignidad de salir a aclarar su situación por encima de cualquier fallo.

Pero veamos: ¿defienden nuestros gobernantes o no la mano dura el régimen de Fidel Castro?, ¿es la dictadura más vieja del continente de la cual la presidenta Kirchner se ha olvidado olímpicamente al hablar del caso Honduras y más de una vez? Un gobierno hereditario cargado de arbitrariedades, con millones de exiliados, con cárceles a las que jamás pudo acceder Amnistía Internacional, sin libertad de prensa alguna, con complicidades manifiestas para que los disidentes huyan en balsas y queden al servicio de los tiburones, y mil etcéteras.

¿Dónde está el progresismo definido como vacuo en la Argentina? ¿Quiénes son los fascistas que carga palos y capuchas y “escrachan” a ciudadanos indefensos al mejor estilo de las SS?

Terminamos esta pequeña parte con un comentario que vimos anoche la tele en el programa CQC, que como sabemos no hace otra cosa (no sabe hacerla) que bajar línea en contra de esa fantasmagórica “derecha” que en verdad es incapaz de definir, como queda demostrado a largo de tantos años del ciclo, en los que Pergolini (ex juventud radical) llegó a levantar el programa cuando asumió De la Rúa por obvia complacencia ideológica. O también se dignó ocultar cuando los guardaespaldas del “comandante” caribeño cagaron a trompadas a un movilero (¿qué sentirá esta gente cuando sabe que está mintiendo pelotudamente y ocultando a sus hijos la verdad, entre otras cosas?)

Pues bien, anoche fue reiterada una nota en la que Eduardo Feinmann (el de C5N, hoy oficialista) acusaba al jugador Verón de ir para atrás en no sé qué partido, creo que en Inglaterra jugando para la selección argentina. Verón se plantó con firmeza ante el timorato Feinmann, que sólo atinaba a decir que “se dice” que en ese partido “fuiste para atrás” o poco menos. El comentarista Di Natale, famoso por haber hecho un reportaje a uno de los integrantes de Callejeros el mismo día en que se produjo la tragedia de Cromagnón diciéndole al entrevistado “mucha bengala, ¿verdad?”, “Sí, mucha”, sin que jamás hubiera aclarado esta verdad de a puño y no sabemos qué ocurrió con esa cinta. Este comentarista hizo una referencia a que “la derecha” en la Argentina es patética, o algo así.

¿LO que dijo Feinmann lo dijo por ser de derecha?, ¿lo que oculta Di Natale del caso Cromagnón lo hace por ser de izquierda?, ¿lo que escribió Lanata en 23 a Fernández Meijide recordándole que ciertas cosas no las publicaba para no dar pasto a la derecha lo hizo por ser de izquierda? ¿Las afirmaciones de Claudio Morgado al frente del INADI hoy sobre los “fascistoides” las hizo por ser un demócrata preocupado por los humildes? ¿Y Filmus no ha merecido el mote de discriminador que la jueza del matrimonio gay atribuye a quienes pretenden distinguir matrimonio convencional del resto? ¿Y Morgado? ¿No ha discriminado a varios centenares de miles de personas para luego ingresar nada menos que en el ente antidiscriminador?

Sería bueno que unos y otros, derechistas e izquierdistas, bajaran un poco a la tierra de la tolerancia y se plantearan el fondo de las cosas: la presunción de que el otro es malo y nosotros somos buenos no es inteligente ni es adulta. Dejemos de lado el maniqueísmo de los Kirchner abrasados por la soberbia y la impunidad en la que se mueven.

Acá hemos mencionado casos prácticos para reflejar el terrible desencuentro entre las acusaciones y los propios comportamientos. Las culpas, los reproches, la verdadera discriminación. La contradicción de vivir como reverendos burgueses en el sentido marxista del término para luego irla de defensores de pobres y ausentes. Que dada vez son más, los unos y los otros.

Continuaremos.



HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 29 de diciembre de 2009

www.hectorblastrillo.blogspot.com


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