Encrucijadas del tiempo



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ENCRUCIJADAS DEL TIEMPO


Groff Conklin (Recopilador)

ÍNDICE




INTRODUCCIÓN 3

Presunción injustificada 4

Hal Clement 4

Reunión de águilas 31

Joseph E. Kelleam 31

El astrólogo de la Reina 38

Murray Leinster 38

Taxidermia loca 46

Theodore Sturgeon 46

Cortesía 57

Clifford D. Simak 57

Secreto 72

Lee Cahn 72

Dios sediento 76

Margaret St. Clair 76

La mutación del hermano 82

Fritz Leiber 82

BRIGADA de estudio 93

F.L. Wallace 93




Introducción, por Groff Conklin

Presunción justificada (Assumption Unjustified) Hal Clement.

Reunión de águilas (The Eagles Gather) Joseph E. Kelleam.

El astrólogo de la Reina (The Queen's Astrologer) Murray Leinster.

Taxidermia loca (Dern Fool) Theodore Sturgeon.

Cortesía (Courtesy) Clifford D. Simak.

Secreto (Secret) Lee Cahn.

Dios sediento (Thirsty God) Margaret St. Clair.

La mutación del hermano (The Mutant's Brother) Fritz Leiber.

Brigada de estudio (Student Body) F. L. Wallace.

INTRODUCCIÓN

No hace mucho tiempo, un artículo de una revista científica describía algunos de los más sensibles y complicados ingenios de control remoto empleados en las plantas de energía atómica. En aquella descripción de los instrumentos, a éstos se les denominaba waldos. Éste, naturalmente, no es más que un cariñoso apelativo, de carácter familiar, que no conserva ninguna relación con los nombres específicos, mucho más etimológicos. Sin embargo, creo que este apelativo es muy usado por los científicos y técnicos que se ocupan de los aparatos de control remoto. No tratan de definir el término; no es necesario. La mayoría de ellos sabe que fue inventado en un relato de ciencia ficción de Robert A. Heinlein, en 1942, cuando creó, literalmente, un aparato similar, aunque no radiactivo.

En la novelita de Heinlein, Waldo, el protagonista, es un hombre que padece de distrofia muscular, o sea un fallo casi completo de los músculos de su cuerpo. Para sobreponerse a los efectos de su dolencia, Waldo, un hombre acaudalado e inventor de solera, crea y construye una estación espacial para un solo hombre, donde existen todos los lujos... pero no la gravedad. Sin la condición de la gravedad, la distrofia muscular resulta prácticamente de poca importancia, ya que los objetos no pesan y Waldo puede moverse sin esfuerzo. Sin embargo, tiene que controlar a aquellos: empezar a moverlos cuando los necesita, guiarlos y detenerlos; ya que incluso los objetos situados en los espacios faltos de gravedad conservan su inercia y se necesita cierto esfuerzo para ponerlos en movimiento y detenerlos. A este fin, Waldo inventa unas máquinas de control muy complicadas: las waldos; que le posibilitan la vida en su luna particular.

De aquí nació el nombre de waldo aplicado a las instalaciones de energía atómica que realizan operaciones similares.

Existen otros muchos términos empleados en la ciencia ficción, que han sido asimilados por la técnica espacial y que están en la memoria de todos los aficionados al género. Gran parte de los mismos aparecerán ante los ojos del lector en las siguientes páginas. Que en las mismas halle el buen aficionado a los relatos de ciencia ficción motivo de esparcimiento e interés es lo que sencillamente desea

Groff Conklin

Presunción injustificada

Hal Clement




"¿Qué pensaríamos si, en calidad de ciudadanos de un Imperio Galáctico, llegásemos a un pequeño planeta de un sol de escasa importancia y halláramos una civilización en proceso de desarrollo... pero muy atrasada con respecto a nosotros, aunque reconocible? Nuestra guía turística podría mencionar el planeta, pero a nosotros nos sorprendería ver que sus datos están ya pasados de moda; porque la civilización del mismo se ha desarrollado con excesiva premura.

Bien, esto es lo que sucede cuando Trykar y Tess llegan a la Tierra. Ambos nos visitan como turistas, procedentes de un sistema estelar muy distinto, y también para recoger ciertas... provisiones.

El brillante colorido con que Hal Clement ha hecho posible que nos contemplemos a nosotros mismos a través de los ojos de estos visitantes no humanos, convierte esta novela en uno de los relatos más inolvidables de toda la moderna literatura futurista o de anticipación.

Hal Clement es un científico que se dedica a la enseñanza de la biología. Nacido en Nueva Inglaterra, vive en la actualidad en Albuquerque, Nuevo Méjico. Su primera novela de ciencia-ficción apareció en 1942."

Trykar observó el resplandor que delimitaba el tronco del pino y enviaba una sombra imprecisa al lugar donde él se hallaba tendido, y comprendió que a partir de aquel momento debía conducirse con extremada prudencia. Claro está, halló seres vivos cuando se abrió paso a través de las tinieblas por la ladera de la frondosa montaña; pero se trataba de pequeños e inofensivos animales que huyeron precipitadamente cuando los sonidos denotaron su tamaño o el olor que daba a entender su extraña procedencia llegó a sus olfatos. La luz artificial, sin embargo, que él y Tess habían vislumbrado desde la cumbre del monte y que ahora se hallaba casi a sus plantas, significaba inteligencia, y la inteligencia significaba... cualquier cosa.

Sentía lo ridículo de su postura. La idea de tener que ocultar no sólo sus intenciones, sino su propia existencia a unos seres inteligentes, por fuerza debía parecerle estúpida a un miembro de una cultura que abarca literalmente millares de razas físicamente diferentes, por lo que sentía grandes impulsos de ponerse de pie y andar abiertamente por la calle principal del pequeño poblado del valle. Resistió la tentación, en particular, porque no era esperado; la guía afirmaba que tal reacción cabía dentro de lo probable... y prevenía en contra de ceder a la misma.

Por lo tanto, reemprendió su avance arrastrándose por el suelo, colina abajo, hasta que llegó junto al árbol. Pegándose al tronco, ocultos los dos metros y medio de su cuerpo, dejó oír la señal convenida de antemano con Tess por el pequeño telecomunicador que llevaba, y empezó a examinar atentamente el pueblo y el terreno que se extendía entre él y las primeras casitas.

No era un poblado grande. Moraban en el mismo unas tres mil almas, aunque Trykar no estaba familiarizado suficientemente con los seres humanos para calcularlo por el número de edificios. Supuso que algunas construcciones no debían ser viviendas; la finalidad de la estación del ferrocarril se le apareció completamente clara cuando un tren entró en la misma renqueando y otro salió velozmente en dirección norte. La mayor parte de las luces se hallaban concentradas en unos cuantos bloques de casas de la estación, y fue sólo en esta zona donde Trykar divisó las móviles figuras de los seres humanos. Unas cuantas ventanas iluminadas y unos faroles callejeros era todo lo que indicaba las dimensiones del pueblo.

Sin embargo, había otro centro de actividad. Cuando el rugido del tren murió en la distancia, un zumbido rítmico se dejó oír en los órganos auditivos de Trykar. Parecía proceder de su derecha, de la parte de población más próxima a la falda de la montaña. Asomándose por detrás del árbol, no consiguió distinguir nada en dicha dirección, pero un hecho que antes había sólo anotado subconscientemente se le presentó de pronto en su cerebro.

Sólo a unos metros más abajo, la ladera descendía abruptamente en una especie de acantilado que parecía, en las tinieblas reinantes, extenderse durante cierta distancia a cada lado del lugar donde estaba Trykar. La maleza que cubría la ladera llegaba hasta el mismo borde del barranco, por lo que el extraño ser volvió a tenderse y a arrastrarse por el suelo hasta que pudo mirar por el precipicio. Esto no le solucionó gran cosa el asunto, ya que la oscuridad era punto menos que impenetrable, pero los sonidos le resultaros algo más claros. Decididamente, procedían de su derecha y más abajo; y al cabo de un instante de vacilación, Trykar comenzó a serpentear a lo largo del reborde del barranco en aquella dirección. Los arbustos, que en aquel sitio crecían más espesos le molestaban al avanzar, ya que la flexibilidad de su cuerpo, que no era más grueso que el de un ser humano, se veía obstaculizado por los grandes apéndices triangulares que en forma de aletas sobresalían medio metro a cada lado de su cuerpo. Sin embargo, dichos apéndices eran también flexibles, compuestos de materia cartilaginosa, por lo que consiguió adaptarse a aquella incómoda manera de trasladarse.

Habría avanzado unos cien metros cuando vio que el borde del barranco se curvaba hacia fuera y abajo, como si fuese el labio de un pozo irregular cortado en la montaña. Esta impresión quedó fortalecida cuando la curva derivó hacia la izquierda, más lejos del origen del sonido que Trykar deseaba investigar, pero continuó siguiendo por el borde hasta llegar a su punto más inferior, que debía hallarse directamente bajo el lugar por donde él se asomó antes. Entonces empezó a sentirse profundamente interesado.

A la izquierda de Trykar —o sea, dentro del pantano—, la caída del agua era perfectamente audible; y al mismo tiempo los arbustos y las rocas irregulares desaparecieron, por lo que se halló en lo que no podía ser más que una carretera mal conservada. Al principio no se dio cuenta de su condición, pero a los pocos pasos halló un reguero que cruzaba el camino, dentro de una especie de zanja profundamente excavada en la tierra. Investigando este curso de agua, descubrió que su fuente era la excavación en forma de pozo, que aparentemente se hallaba llena de agua hasta el nivel del camino. Con creciente entusiasmo, Trykar vio que el agujero tenía unos ciento cincuenta metros en la dirección que corría paralelamente al plano de la montaña, y durante su descenso vio que se hallaba lleno hasta la mitad en la otra dirección. De ser bastante profundo... Estaba a punto de entrar dentro del agua que estaba investigando, cuando se acordó del telecomunicador que podía quedar dañado si se mojaba, y de su promesa a Tess de no separarse del mismo. En vez de investigar en el pantano, retrocedió, siguiendo el camino hacia los sonidos que antes habían despertado su curiosidad.

Su avance, con sus piernas ridículamente cortas para su estatura, no fue rápido. A los quince minutos había pasado por otros dos pantanos llenos de agua, y se acercó a un tercero. Éste pudo examinarlo con más detalle que los otros dos, aunque sin aproximarse tanto, ya que el camino en aquel punto, y asimismo el agua, estaban iluminados por el primer farol del pueblo. Unos metros más adelante, al lado del camino opuesto a los embalses, empezaban a ser visibles las casas iluminadas, por lo que Trykar se detuvo a meditar.

El sonido procedía evidentemente del interior del pueblo. Si continuaba investigando, no sólo tendría que pasar por sitios iluminados, sino que cabía esperar una concentración de seres humanos. Por otra parte, como su piel era de color oscuro y las luces no abundaban, y él sentía gran curiosidad respecto a los sonidos que continuaban sin interrupción, supuso que aunque topara con algún ser humano, con un poco de suerte éste no llegaría a enterarse. Por lo tanto, Trykar decidió seguir avanzando con la máxima circunspección.

Escogió el lado de la carretera opuesto a los pantanos, primero porque allí eran más densas las tinieblas, y segundo, porque le procuraba más amparo en forma de setos y cercas delante de las casas, que ahora comenzaban a ser más numerosas. Andaba, con su paso afectado, muy cerca de aquéllas, erguido en toda su estatura y dejando que sus grandes e independientes ojos, asentados a cada lado de su cabeza rígida y sin cuello, girasen constantemente a todas partes. De esta forma pasó por delante de otro pozo, pero a un centenar de metros más adelante, al lado derecho, apareció un muro que le obstaculizó la visión de todo lo demás, si es que existía algo más. Era una valla, sólidamente construida, y rebasaba en más de medio metro la altura de Trykar. Los sonidos parecían proceder de un lugar detrás de aquella barrera, pero bastante más lejos.

Habiéndose adentrado tanto, el extraño ser fue lo bastante sensato como para disgustarle la idea de gastar en vano sus esfuerzos. Cruzó el camino por un punto situado entre dos faroles. Entre los pantanos, la falda de la montaña cubierta de maleza llegaba casi hasta la calle, por lo que Trykar volvió a tenderse de nuevo para aprovecharse del refugio ofrecido por la maleza mientras avanzaba al extremo más cercano del muro. Esperaba hallar acceso al otro lado de la barrera, pero vio que, en vez de empezar donde primero le fue visible, el sector que corría a lo largo del camino no era más que una prolongación de una estructura similar que descendía desde la montaña, y Trykar consideró que era una pérdida de tiempo rodear toda la valla hasta tener la ocasión de hallar una abertura.

Volvió a incorporarse y miró cuidadosamente a su alrededor. Todo parecía desierto. Aplastándose contra las tablas de la cerca, levantó un miembro, logrando que las puntas de sus cuatro delgados tentáculos se curvaran sobre la parte superior de la valla. Los apéndices, incluso en su unión con el cuerpo, no eran más gruesos que el pulgar de un hombre, ya que en realidad eran, anatómicamente, partes separadas de las grandes aletas laterales y no piernas y pies modificados para un usó prensil; a menos que pudieran curvarse completamente sobre un objeto no tenían tanta fuerza como la mano o el brazo humanos. Trykar, sin embargo, dejó que su cuerpo se doblara en forma de S y de repente se enderezó, saltando hacia lo alto. Al mismo tiempo ejerció poderosa fuerza con sus delgados miembros. El esfuerzo resultó suficiente para llevar la parte superior de su cuerpo a lo alto de la cerca y durante los pocos segundos que fue capaz de sostenerse en aquella posición vio lo bastante como para satisfacerle.

Había otros dos pantanos al otro lado de la valla, levemente iluminados por luz eléctrica. Prácticamente no contenían agua, y eran muy profundos... El más próximo, cuyo fondo era visible para Trykar, se hallaba a más de sesenta metros del lindero de los bloques de piedra sueltos que yacían en lo hondo. Los pantanos eran canteras, con toda seguridad. Los bloques de piedra y los instrumentos, así como las innumerables caras lisas de los muros de granito lo pregonaban con toda claridad. Los ruidos que despertaran la curiosidad de Trykar procedían de las máquinas situadas en el fondo del pantano más cercano, y la existencia de unas amplias tuberías que salían de las mismas, así como la completa ausencia de agua, le indicaron que se trataba de bombas.

Pudo realizar otra deducción por la ausencia de agua. Estos seres humanos eran estrictamente de respiración aérea, lo cual ya se lo había informado la guía turística a él y a Tess, de lo cual se infería que los pantanos que se hallaban en la falda de la montaña, y que estaban llenos de agua, no se utilizaban. Si esto era así, uno de ellos sería un lugar ideal para esconder la nave.

Ante este pensamiento, Trykar volvió a bajar al suelo. Flexionó su cuerpo un par de veces para aliviar el dolor que sentía en el lugar donde las tablas de la valla habían penetrado en su carne, y empezaba a extender sus tentáculos con el mismo propósito cuando de pronto se inmovilizó. A sus espaldas, en la carretera por la que había venido, apareció un resplandor amarillento que fue creciendo de intensidad rápidamente, tanto, que antes de poder moverse el origen de la luminosidad estaba a la vista rodeando la última curva del camino y Trykar se quedo como clavado en la valla por los focos de los dos faros de un automóvil.

Cuando el vehículo llegó al sector recto de la calle la luz lo abandonó, pero Trykar comprendió que había estado expuesto a plena luz durante unos segundos. A medida que el coche se le acercaba contuvo la respiración, y tan pronto como el vehículo hubo pasado corrió montaña arriba durante unos treinta metros, buscando refugio entre los matorrales, tendiéndose después con la máxima inmovilidad posible para su cuerpo. Escuchó atentamente mientras el ruido del motor se iba desvaneciendo en la distancia, hasta que puedo exhalar un suspiro de alivio. Evidentemente, aunque fuese inverosímil, el ocupante o los ocupantes del auto no le habían visto.


No se le ocurrió que, aun cuando el conductor hubiese reparado en la extraña figura de Trykar a la luz de los faros, parar el coche para investigar de qué se trataba hubiera sido la última cosa del universo que hubiera hecho. El mismo Trykar, y todas sus amistades —que no se hallaban limitadas ni mucho menos a su propia raza—, hubiesen considerado este asunto de la misma manera.

Estaba un poco trastornado por aquel suceso. Hubiera debido anticiparlo, naturalmente y, por lo tanto, había sido una estupidez escalar la valla tan cerca de la carretera; pero lo que habría sido evidente para un soldado, un detective o un ladrón no entraba dentro de la esfera de actividades diarias de un investigador de química en su luna de miel. Si Trykar hubiese sabido algo respecto a la Tierra antes de emprender aquel viaje, no se habría acercado siquiera al planeta. Lo único que había observado era que se trataba de una estación de refresco cercana a la ruta directa hacia el mundo que él y Tess habían planeado visitar durante aquellas vacaciones; y hasta que no cortó la órbita de Mercurio no se molestó en enterarse de más detalles. Éstos no eran demasiado alentadores, pero un rodeo habría consumido casi todo su período vacacional en el vuelo, y como Tess dijera, lo que otros habían ya hecho, ellos también podían llevarlo a cabo. Trykar sospechaba que su flamante esposa tenía una idea exagerada de sus habilidades, pero no opuso ninguna objeción. Y aquí estaban.

El coche le produjo un buen efecto a Trykar, ya que se tornó mucho más prudente. Tras haber satisfecho su curiosidad respecto a los sonidos, comenzó a retroceder hacia la nave, donde se hallaba Tess, pero esta vez permaneció muy apartado de la carretera, moviéndose en línea paralela a la misma, hasta que los abandonados pantanos, o antiguas canteras, le impidieron avanzar en tal sentido. Entonces dejó el bosque y descendió por la ladera sólo lo suficiente para permitirle penetrar en el agua sin chapotear. Nadó rápidamente, manteniendo el comunicador fuera del agua con un tentáculo, y emergió para continuar andando. Perdió el menor tiempo posible, ya que el pantano que acababa de atravesar era uno de los relativamente bien iluminados por un farol.

En el siguiente, sin embargo, perdió más tiempo. En vez de llevar el comunicador consigo, lo escondió bajo un arbusto próximo a la carretera y desapareció por completo bajo el agua. En el interior de aquella masa líquida reinaba la más completa oscuridad, por lo que tuvo que confiar exclusivamente en su sentido del tacto, y recordando lo que había visto respecto a los muros de granito de las canteras, no se atrevió a nadar con rapidez por miedo a romperse la crisma en una roca. En consecuencia, tardó media hora en obtener una buena idea del pantano como escondite. El veredicto no fue muy bueno, aunque plausible. Finalmente, Trykar saltó al suelo, recogió su comunicador y continuó hasta el pantano siguiente.


Pasó varias horas examinando los grandes pantanos. En total eran siete; dos estaban en pleno uso, rodeados por la valla, destinados a canteras, completamente secos; uno era inutilizable debido al farol callejero, por lo que quedaron cuatro que le llamaron la atención. El primero encontrado era en realidad el último y más alejado del pueblo; pero fue el contiguo el que le resultó más conveniente. No sólo era el que se hallaba más apartado de la carretera —unido a la misma mediante un sendero de veinte metros hasta el borde del agua—, sino que estaba excavado a unos diez metros bajo la superficie del terreno, en la ladera de la montaña. La hondonada no era del todo suficiente para ocultar por completo la nave, pero sería una buena ayuda. Trykar se sintió completamente satisfecho cuando surgió por segunda vez de este posible escondite. Tras recuperar su pequeña cajita comunicadora, efectuó la señal con la que avisaba a Tess su regreso. Después, sostuvo el aparato levantado hacia el monte, moviéndolo lentamente de lado a lado y de arriba abajo, hasta que una platina hexagonal de la caja resplandeció súbitamente con una luminosidad roja. Satisfecho al saber que encontraría la nave, el extraño ser inició la ascensión.

Poco antes de penetrar en el espeso bosque más arriba de los pantanos, miró otra vez hacia el pueblo. Prácticamente, todas las casas estaban ya a oscuras, pero la estación seguía iluminada, lo mismo que los faroles de las calles. Las bombas de las canteras todavía zumbaban, y satisfecho por no haber creado ningún conflicto con su presencia, Trykar reemprendió su ascensión.

Sus cortas piernas tardaron mucho tiempo en apartarle del fondo del valle y trasladarle hasta lo alto del monte donde se hallaba la nave. Había esperado poder esconderla antes de que naciese el nuevo día, pero mucho antes de llegar a la cumbre abandonó tal plan. Al fin y al cabo, la nave era invisible hasta que una persona llegaba al borde de la hondonada donde se hallaba, y Trykar estaba prácticamente seguro de que ningún ser humano visitaría tal lugar... aunque la guía mencionaba que los terráqueos todavía cazaban animales salvajes por deporte y procurarse el sustento. Él y Tess podrían alternar turnos de vigilancia en cualquier caso, y si se acercaba un cazador... ya adoptaría las medidas oportunas.

Dos veces durante la ascensión hizo uso del comunicador, preguntándose constantemente por qué tardaba tanto en llegar. A la tercera, sin embargo, la platina resplandeció con más fuerza, por lo que emprendió la dirección indicada en vez de limitarse a seguir subiendo. Tardó otra media hora en localizar la nave, pero por fin llegó a bordo del barranco y divisó la brumosa radiación que surgía de la parcialmente abierta puerta de la escotilla. Se deslizó por la pendiente y penetró en la nave por la rampa de metal.


Tess se hallaba junto a la escotilla, con la ansiedad reflejada en su semblante.

—¿Qué estuviste haciendo? —le preguntó—. Capté tu señal de regreso, y comencé a enviarte señales, pero has tardado tanto que empecé a preocuparme. No llevas armas y no estamos seguros de que todos los animales de la Tierra teman atacarnos.

—Todas las criaturas que he visto, huían de mí —le aseguró su esposo—. Naturalmente, no sé si alguna atacaría a un terráqueo de mis dimensiones. Pueden ser sólo herbívoros; pero de todos modos, ya sabes que podríamos encontrarnos en un conflicto por llevar armas en un planeta de baja cultura. De todas formas, he hallado un escondrijo ideal para la nave, muy cerca del pueblo. Si no estuviese tan cansado, podríamos llevarla allí ahora mismo, pero opino que será preferible aguardar a mañana noche. Todo el asunto nos costará varios días planetarios.

—¿Has visto a algún representante de una raza inteligente? —quiso saber Tess.

—No exactamente —replicó Trykar.

Acto seguido le contó su encuentro con el automóvil, mientras ella le preparaba la comida, y entre dos bocados le fue describiendo la hondonada acuática donde planeaba esconder la nave y desde donde podrían efectuar las salidas necesarias. Tess se entusiasmó, aunque todavía estaba ignorante del método que Trykar emplearía para obtener lo que necesitaba de un ser humano sin que éste se enterase de la presencia extraña. Su esposo le sonrió.

—Como dijiste, ya se hizo antes —observó—. Ahora voy a dormir; hacía años que no me sentía tan agotado. Mañana te lo explicaré todo.

Se levantó, metió los utensilios de la comida en la lavadora y se dirigió a su dormitorio. Los tanques ya estaban llenos, y se deslizó dentro sin el menor chapoteo, quedándose dormido antes de que el agua le ocultase por completo. Tess siguió su ejemplo.

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