Enrique rojas



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ENRIQUE ROJAS


EL HOMBRE LIGHT


UNA VIDA SIN VALORES

Planeta
El contenido de este libro no podrá ser reproducido,



total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito

del editor. Todos los derechos reservados
© 1992, Enrique Rojas

© 1992, Ediciones Temas de Hoy, S.A. (TH)

Paseo de la Castellana, 93, 28046 Madrid ISBN 84-7880-194-4
Diseño de cubierta: Peter Tjebbes
© 1992, 2000, Editorial Planeta Argentina SAI.C.

Independencia 1668, 1100 Buenos Aires

Grupo Planeta
Primera edición en Planeta Bolsillo: octubre de 2000
ISBN 95049-0576-5
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Impreso en la Argentina


Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta,

puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna

ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico,

de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.


Para Isabel, Marian, Cristina,

Quique, Isabel y Almudena:

mi ilusión con argumento.
ÍNDICE



PRÓLOGO 5

I. EL HOMBRE LIGHT 7

II. HEDONISMO Y PERMISIVIDAD 11

III. ¿QUÉ ES EL HOMBRE? 14

IV. EL CAMINO DEL NIHILISMO 23

V. LA SOCIEDAD DIVERTIDA 29

VI. SEXUALIDAD LIGHT 32

VII. EL SÍNDROME DEL MANDO 40

A DISTANCIA (ZAPPING) 40

VIII. LA VIDA LIGHT 47

IX. REVISTAS DEL CORAZÓN 55

X. EL CANSANCIO DE LA VIDA 60

XI. LA ANSIEDAD 64

DEL HOMBRE DE HOY 64

XII. PSICOLOGÍA DEL FRACASO 67

XIII. PSICOLOGÍA DE LA DROGA 70

XIV. LA VIDA NO SE IMPROVISA 73

XV. LA FELICIDAD COMO PROYECTO 77

XVI. SOLUCIONES AL HOMBRE LIGHT 84

NOTA DEL AUTOR 95

BIBLIOGRAFÍA 96

PRÓLOGO


Éste es un libro de denuncia. Desde hace ya unos años me preocupan los derroteros por los que se diri­ge la sociedad opulenta del bienestar en Occidente, y también porque su influencia en el resto de los conti­nentes abre camino, crea opinión y propone argumen­tos. Es una sociedad, en cierta medida, que está en­ferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo. Un individuo así se parece mucho a los denominados productos light de nuestros días: comidas sin calorías y sin gra­sas, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, Coca-Cola sin cafeína y sin azúcar, man­tequilla sin grasa... y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones.

El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo mate­rialmente casi todo. Esto es lo grave. Éste es mi diagnóstico, y a lo largo de estas páginas describo sus principales características, a la vez que hago su­gerencias de cómo escapar y salirse de ese camino errado que tiene un final triste y pesimista.

Frente a la cultura del instante está la solidez de un pensamiento humanista; frente a la ausencia de vínculos, el compromiso con los ideales. Es necesa­rio superar el pensamiento débil con argumentos e ilusiones lo suficientemente atractivos para el hom­bre como para que eleven su dignidad y sus preten­siones. Se atraviesa así el itinerario que va de la inutilidad de la existencia a la búsqueda de un sen­tido a través de la coherencia y del compromiso con los demás, escapando así de la grave sentencia de Thomas Hobbes: «El hombre es un lobo para el hombre.»

Hay que conseguir un ser humano que quiere sa­ber lo que es bueno y lo que es malo; que se apoya en el progreso humano y científico, pero que no se entrega a la cultura de la vida fácil, en la que cual­quier motivación tiene como fin el bienestar, un de­terminado nivel de vida o placer sin más. Sabiendo que no hay verdadero progreso humano si éste no se desarrolla con un fondo moral.

I. EL HOMBRE LIGHT

Perfil psicológico
Estamos asistiendo al final de una civilización, y podemos decir que ésta se cierra con la caída en bloque de los sistemas totalitarios en los países del Este de Europa. Aún quedan reductos sin desman­telar, en esa misma línea política e ideológica, aun­que por otra parte se anuncian nuevas prisiones para el hombre, con otro ropaje y semblantes bien diversos.

Así como en los últimos años se han puesto de moda ciertos productos light -el tabaco, algunas be­bidas o ciertos alimentos-, también se ha ido ges­tando un tipo de hombre que podría ser calificado como el hombre light.

¿Cuál es su perfil psicológico? ¿Cómo podría quedar definido? Se trata de un hombre relativamen­te bien informado, pero con escasa educación huma­na, muy entregado al pragmatismo, por una parte, y a bastantes tópicos, por otra. Todo le interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios só­lidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace su­yas las afirmaciones como «Todo vale», «Qué más da» o «Las cosas han cambiado». Y así, nos encon­tramos con un buen profesional en su tema, que co­noce bien la tarea que tiene entre manos, pero que fuera de ese contexto va a la deriva, sin ideas claras, atrapado -como está- en un mundo lleno de informa­ción, que le distrae, pero que poco a poco le convier­te en un hombre superficial, indiferente, permisivo, en el que anida un gran vacío moral.

Las conquistas técnicas y científicas - impensables hace tan sólo unos años- nos han traído unos logros evidentes: la revolución informática, los


avances de la ciencia en sus diversos aspectos, un orden social más justo y perfecto, la preocupación operativa sobre los derechos humanos, la democratización de tantos países y, ahora, la caída en bloque del comunismo. Pero frente a todo ello hay que poner sobre el tapete aspectos de la realidad que funcionan mal y que muestran la otra cara de la moneda:
a) materialismo: hace que un individuo tenga cierto reconocimiento social por el único hecho de ganar mucho dinero.

b) hedonismo: pasarlo bien a costa de lo que sea es el nuevo código de comportamien­to, lo que apunta hacia la muerte de los idea­les, el vacío de sentido y la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes.

c) permisividad: arrasa los mejores propó­sitos e ideales.

d) revolución sin finalidad y sin progra­ma: la ética permisiva sustituye a la moral, lo cual engendra un desconcierto generalizado.

e) relativismo: todo es relativo, con lo que se cae en la absolutización de lo relativo; brotan así unas reglas presididas por la subje­tividad.

f) consumismo: representa la fórmula postmoderna de la libertad.
Así, las grandes transformaciones sufridas por la sociedad en los últimos años son, al principio, contempladas con sorpresa, luego con una progresi­va indiferencia o, en otros casos, como la necesidad de aceptar lo inevitable. La nueva epidemia de cri­sis y rupturas conyugales, el drama de las drogas, la marginación de tantos jóvenes, el paro laboral y otros hechos de la vida cotidiana se admiten sin más, como algo que está ahí y contra lo que no se puede hacer nada.

De los entresijos de esta realidad sociocultural va surgiendo el nuevo hombre light, producto de su tiempo. Si aplicamos la pupila observadora nos en­contramos con que en él se dan los siguientes ingre­dientes: pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y relativismo a la vez...; su ideología es el pragmatismo, su norma de conducta, la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de mo­da; su ética se fundamenta en la estadística, sustitu­ía de la conciencia; su moral, repleta de neutralidad, falta de compromiso y subjetividad, queda relegada a la intimidad, sin atreverse a salir en público.

El ideal aséptico
No hay en el hombre light entusiasmos desme­didos ni heroísmos. La cultura light es una síntesis insulsa que transita por la banda media de la socie­dad: comidas sin calorías, sin grasas, sin excitan­tes... todo suave, ligero, sin riesgos, con la seguri­dad por delante. Un hombre así no dejará huella. En su vida ya no hay rebeliones, puesto que su moral se ha convertido en una ética de reglas de urbanidad o en una mera actitud estética. El ideal aséptico es la nueva utopía, porque, como dice Lipovetsky, esta­mos en la era del vacío. De esas rendijas surge el nuevo hombre cool, representado por el telespecta­dor que con el mando a distancia pasa de un canal a otro buscando no se sabe bien qué o por el sujeto que dedica el fin de semana a la lectura de periódi­cos y revistas, sin tiempo casi -o sin capacidad- pa­ra otras ocupaciones más interesantes.

El hombre light es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y ha desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volvien­do cada vez más vulnerable; por eso ha ido cayen­do en una cierta indefensión. De este modo, resulta más fácil manipularlo, llevarlo de acá para allá, pe­ro todo sin demasiada pasión. Se han hecho muchas concesiones sobre cuestiones esenciales, y los retos y esfuerzos ya no apuntan hacia la formación de un individuo más humano, culto y espiritual, sino ha­cia la búsqueda del placer y el bienestar a toda cos­ta, además del dinero.

Podemos decir que estamos en la era del plás­tico, el nuevo signo de los tiempos. De él se deriva un cierto pragmatismo de usar y tirar, lo que condu­ce a que cada día impere con más fuerza un nuevo modelo de héroe: el del triunfador, que aspira -co­mo muchos hombres lights de este tramo final del siglo XX- al poder, la fama, un buen nivel de vida.... por encima de todo, caiga quien caiga. Es el héroe de las series de televisión americanas, y sus motiva­ciones primordiales son el éxito, el triunfo, la relevancia social y, especialmente, ese poderoso caba­llero que es el dinero.

Es un hombre que antes o después se irá que­dando huérfano de humanidad. Del Mayo del 68 francés no queda ni rastro, las protestas se han ex­tinguido; no prosperan fácilmente ni la solidaridad ni la colaboración, sino más bien la rivalidad teñida de hostilidad. Se trata de un hombre sin vínculos, descomprometido, en el que la indiferencia estética se alía con la desvinculación de casi todo lo que le rodea. Un ser humano rebajado a la categoría de ob­jeto, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración o envidia.

El hombre light no tiene referente, ha perdido su punto de mira y está cada vez más desorientado an­te los grandes interrogantes de la existencia. Esto se traduce en cosas concretas, que van desde no poder llevar una vida conyugal estable a asumir con dig­nidad cualquier tipo de compromiso serio. Cuando se ha perdido la brújula, lo inmediato es navegar a la deriva, no saber a qué atenerse en temas clave de la vida, lo que le conduce a la aceptación y canoni­zación de todo. Es una nueva inmadurez, que ha ido creciendo lentamente, pero que hoy tiene una nítida fisonomía.

Algunos intelectuales europeos han enunciado este tema. Alain Finkielkraut lo expone en su libro La derrota del pensamiento. Por otra parte, Jean-François Revel, en El conocimiento inútil, resalta que nunca ha sido tan abundante y prolija la infor­mación y nunca, sin embargo, ha habido tanta igno­rancia. El hombre es cada vez menos sabio, en el sentido clásico del término.

En la cultura nihilista, el hombre no tiene vín­culos, hace lo que quiere en todos los ámbitos de la existencia y únicamente vive para sí mismo y para el placer, sin restricciones. ¿Qué hacer ante este es­pectáculo? No es fácil dar una respuesta concreta cuando tantos aspectos importantes se han conver­tido en un juego trivial y divertido, en una apoteósica y entusiasta superficialidad. Por desgracia, muchos de estos hombres necesitarán un sufrimien­to de cierta trascendencia para iniciar el cambio, pe­ro no olvidemos que el sufrimiento es la forma suprema de aprendizaje; otros, que no estén en tan malas condiciones, necesitarán hacer balance per­sonal e iniciar una andadura más digna, de más ca­tegoría humana.

Finalmente, es preciso resumir esa ingente in­formación, la náusea ante un exceso de datos y la perplejidad consiguiente, y para ello lo mejor es ex­traer conclusiones que pueden ser de dos tipos:



1. Generales: ayudan a interpretar mejor la rea­lidad actual, en su rica complejidad.

2. Personales: conseguirán que surja un ser hu­mano más consistente, vuelto hacia los valores y comprometido con ellos.

II. HEDONISMO Y PERMISIVIDAD

El final de una civilización
Estamos ante el final de una civilización. Rele­yendo el libro de Indro Montanelli, Historia de Ro­ma, pienso que nos encontramos en una situación parecida: posmodernismo para unos, era psicológi­ca o post-industrial para otros. La década de los se­senta nos deparó la polémica del positivismo con la confrontación entre Karl Popper y Theodor Adorno. La de los setenta, el debate sobre la hermenéutica de la historia entre Jürgen Habermas y Hans Gadamer. Los ochenta, el significado del postmodernis­mo, y los noventa están presididos por la caída de los regímenes totalitarios. Se ha demostrado que una de las grandes promesas de libertad no era sino una tupida red en la cual el ser humano quedaba atrapa­do sin posible salida.

El panorama hoy es muy interesante: en la po­lítica hay una vuelta a posiciones moderadas y a una economía conservadora; en la ciencia ha tenido lu­gar un despliegue monumental, ya que los avances en tantos campos han dado un giro copernicano bri­llante y con resultados muy prácticos; el arte se ha desarrollado también de forma exponencial, pero ya es imposible establecer unas normas estéticas: he­mos llegado a un eclecticismo evidente en el que cualquier dirección es válida, todos los caminos contienen una cierta dosis artística; igualmente, en el mundo de las ideas y su reflejo en el comporta­miento se ha producido un cambio sensible, que es lo que pretendo analizar a continuación.

Las dos notas más peculiares son -desde mi punto de vista- el hedonismo y la permisividad, am­bas enhebradas por el materialismo. Esto hace que las aspiraciones más profundas del hombre vayan siendo gradualmente materiales y se deslicen hacia una decadencia moral con precedentes muy remo­tos: el Imperio Romano o el período comprendido entre los siglos XVII-XVIII.

Como ya hemos avanzado, hedonismo significa que la ley máxima de comportamiento es el placer por encima de todo, cueste lo que cueste, así como el ir alcanzando progresivamente cotas más altas de bienestar. Además, su código es la permisividad, la búsqueda ávida del placer y el refinamiento, sin nin­gún otro planteamiento. Así pues, hedonismo y per­misividad son los dos nuevos pilares sobre los que se apoyan las vidas de aquellos hombres que quieren evadirse de sí mismos y sumergirse en un caleidoscopio de sensaciones cada vez más sofisticadas y narcisistas, es decir, contemplar la vida como un goce ilimitado.

Porque una cosa es disfrutar de la vida y sabo­rearla, en tantas vertientes como ésta tiene, y otra muy distinta ese maximalismo cuyo objetivo es el afán y el frenesí de diversión sin restricciones. Lo primero es psicológicamente sano y sacia una de las dimensiones de nuestra naturaleza; lo segundo, por el contrario, apunta a la muerte de los ideales.

Del hedonismo surge un vector que pide paso con fuerza: el consumismo. Todo puede escogerse a placer; comprar, gastar y poseer se vive como una nueva experiencia de libertad. El ideal de consumo de la sociedad capitalista no tiene otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de objetos por otros cada vez mejores. Un ejemplo que me parece revelador es el de la persona que recorre el supermercado, llenando su carrito hasta arriba, tentada por todos los estímulos y sugerencias comerciales, incapaz de decir que no.

Revolución sin finalidad y sin proyecto
El consumismo tiene una fuerte raíz en la publi­cidad masiva y en la oferta bombardeante que nos crea falsas necesidades. Objetos cada vez más refi­nados que invitan a la pendiente del deseo impulsi­vo de comprar. El hombre que ha entrado por esa vía se va volviendo cada vez más débil.

La otra nota central de esta seudoideología ac­tual es, como se ha dicho, la permisividad, que pro­pugna la llegada a una etapa clave de la historia, sin prohibiciones ni territorios vedados, sin limitacio­nes. Hay que atreverse a todo, llegar cada día más lejos. Se impone así una revolución sin finalidad y sin programa, sin vencedores ni vencidos.

Si todo se va envolviendo en un paulatino escepticismo y, a la vez, en un individualismo a ultran­za, ¿qué es lo que todavía puede sorprender o escandalizar? Este derrumbamiento axiológico pro­duce vidas vacías, pero sin grandes dramas, ni vér­tigos angustiosos ni tragedias... «Aquí no pasa nada», parecen decirnos los que navegan por estas aguas. Es la metafísica de la nada, por muerte de los ideales y superabundancia de lo demás. Estas existencias sin aspiraciones ni denuncias conducen a la idea de que todo es relativo.

El relativismo es hijo natural de la permisivi­dad, un mecanismo de defensa de los que Freud es­tudió y diseñó de forma casi geométrica. Así, los juicios quedan suspendidos y flotan sin consisten­cia: el relativismo es otro nuevo código ético. Todo depende, cualquier análisis puede ser positivo y ne­gativo; no hay nada absoluto, nada totalmente bue­no ni malo. De esta tolerancia interminable nace la indiferencia pura.

Estamos ante la ética de los fines o de la situa­ción, pero también del consenso: si hay consenso, la cuestión es válida. El mundo y sus realidades más profundas se someten a plebiscito, para decidir si constituye algo positivo o negativo para la sociedad, porque lo importante es lo que opine la mayoría.

Hablamos de libertad, de derechos humanos, de conseguir poco a poco una sociedad más justa, abierta y ordenada. Por una parte, defendemos esto, y, por otra, nos situamos en posiciones ambiguas que no hacen más humano al hombre ni lo condu­cen a grandes metas. Es la apoteosis de la incohe­rencia. Entonces, ¿dónde puede el hombre hacer pie?, ¿dónde irá a buscar puntos de apoyo firmes y sólidos?

Un ser humano hedonista, permisivo, consumis­ta y centrado en el relativismo tiene mal pronóstico. Padece una especie de «melancolía» new look: acor­deón de experiencias apáticas. Vive rebajado a nivel de objeto, manipulado, dirigido y tiranizado por es­tímulos deslumbrantes, pero que no acaban de lle­narlo, de hacerlo más feliz. Su paisaje interior está transitado por una mezcla de frialdad impasible, de neutralidad sin compromiso y, a la vez, de curiosi­dad y tolerancia ilimitada. Este es el denominado hombre cool, a quien no le preocupan la justicia ni los viejos temas de los existencialistas (Sóren Kierkegaard, Martín Heidegger, Jean Paul Sartre, Albert Camus...), ni los problemas sociales ni los grandes temas del pensamiento (la libertad, la verdad, el su­frimiento...). Ya no lee el Ulises de James Joyce, ni En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, ni las novelas de Hermann Hesse.

Un hombre así es cada vez más vulnerable, no hace pie y se hunde; por eso, es necesario rectificar el rumbo, saber que el progreso material por sí mis­mo no colma las aspiraciones más profundas de aquél que se encuentra hoy hambriento de verdad y de amor auténtico. Este vacío moral puede ser su­perado con humanismo y trascendencia (de tras-, atravesar, y scando, subir); es decir, «atravesar su­biendo», cruzar la vida elevando la dignidad del hombre y sin perder de vista que no hay auténtico progreso si no se desarrolla en clave moral.

III. ¿QUÉ ES EL HOMBRE?

El hombre buscador de la libertad
Cuando intentamos profundizar sobre un mo­delo humano reciente, muy habitual a final del si­glo XX, la imagen que ilustra refleja una sociedad desorientada, perpleja, desengañada, escéptica, que va a la deriva pero orgullosamente, radiante de ca­minar hacia atrás, a un cierto galope deshumani­zado. Siempre se ha dicho que al final de una civilización se pueden observar hechos de esta na­turaleza, como por ejemplo, un ser humano venido a menos, degradado, sin lealtades fijas, que ha ido­latrado lo menos humano que hay en su interior, que es capaz de pensar que todo es negociable; incluso lo inalcanzable. Animalizar al hombre en aras de no sé qué libertad es uno de los mayores engaños que éste puede sufrir, porque así se favorece un tipo de conducta que escandaliza y funciona como botón de muestra de la evolución de la sociedad. Precisamen­te, el hombre es libre porque no es un animal, por­que puede tomar distancia de sus instintos más pri­marios y elevarse de nivel, aspirando a no quedar determinado por su naturaleza. En Antígona, de Só­focles, uno de los personajes principales dice: «Mu­chas cosas grandiosas viven, pero nada aventaja al hombre en majestad.» La pieza clave para entender al ser humano es la libertad. La célebre frase de Lenin, «¿Libertad para qué?», tiene para mí una clara y contundente respuesta: libertad para aspirar a lo mejor, para apuntar hacia el bien, para buscar todo lo grande, noble y hermoso que hay en la vida hu­mana. Dicho en otros términos: ser hombre es amar la verdad y la libertad. Hoy a muchos no les intere­sa para nada la verdad, ya que cada uno se fabrica la suya propia, subjetiva, particular, sesgada según sus preferencias, escogiendo lo que le gusta y recha­zando lo que no le apetece. Una verdad a la carta, sin que implique compromiso existencial, como una pieza más o menos estética, pero sin implicaciones personales.

Si no existe interés por la verdad, la libertad per­derá peso y, como máximo, servirá para moverse con soltura, pero sin importar demasiado su conte­nido. Sin embargo, el contenido de la libertad justi­fica una vida, retrata una trayectoria, deja al descubierto lo que uno lleva dentro, las pretensio­nes fundamentales y los argumentos1. De este modo vamos del hombre grande, egregio, ejemplar, que sirve como modelo a aquel otro entregado a la satisfacción de lo inmediato, que tergiversa los nom­bres y a la prisión la llama libertad, al sexo practi­cado sin compromiso le pone la palabra amor, y al bienestar y al nivel de vida los equipara con la feli­cidad.

Casi todos los finales de siglo suelen ser confu­sos: hay desconcierto, desorden, grandes errores so­bre temas primordiales, inversión de los valores, equívocos que traerán graves consecuencias. No se trata de erratas a pie de página ni de gazapos de es­casa entidad; los malos entendidos afectan a lo que es esencial2, básico, fundamental, propio y peculiar de la condición humana, y ahí radica su gravedad.

Como dice Julián Marías, el ser humano nece­sita una «jerarquía de verdades» que cree el sub­suelo en el que se asientan las ideas, creencias y opiniones fundadas en la autoridad, las «opiniones contrastadas» que vamos recibiendo y esa sabiduría especial y honda que constituye la experiencia de la vida. Sobre esta variada gama de verdades se sus­tenta nuestra existencia, y entre todas ellas se establecen unas relaciones recíprocas, complejas y reticulares, muchas veces difíciles de investigar, y en­tre las que se articulan conexiones presididas por lo que ha sido y es nuestra vida en concreto.

Es inexcusable que el hombre desempeñe un papel importante en la vida propia. Dice un refrán castellano: «Cada uno habla de la feria según le ha ido en ella.» En Psiquiatría sabemos la importan­cia que tienen los traumas afectivos en la forma­ción de la personalidad; pues todo ello, sumado y sintetizado, forma un magma especial que Julián Marías denomina «nuestro sistema de conviccio­nes»: un conjunto de certidumbres que forman una totalidad coherente. Ello remite a una «certidum­bre radical», de la que emergen y sobre la que se asientan todas las demás, y allí se ordenan y conec­tan unas con otras.
En un gran número, el hombre de hoy no sabe adonde va, y esto quiere decir que está perdido, sin rumbo, desorientado. Tenemos dos exponentes cla­ros al respecto: en los jóvenes, la droga, y en los adultos, las rupturas conyugales. Ambos aspectos nos ponen sobre el tapete la fragilidad existente en nuestros días. ¿Qué está pasando?, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Del hombre más egregio al más degradado hay una enorme distancia, pero los dos pertenecen a la especie humana. Sólo uno de ellos ha sabido llevar su vida sacando el máximo partido a lo positivo; ahí tenemos algunos ejemplos de la historia de la humanidad: desde Sócrates, Platón, Aristóteles, Plotino, San Agustín, San Anselmo, Santo Tomás de Aquino o el maestro Eckhart, pa­sando por Kepler, Galileo, Newton, Descartes, Pas­cal, Kant o Hegel a los existencialistas como Sartre, Camus, Kierkegaard, Nietzsche, nuestro Unamuno, o los grandes pensadores de nuestro tiempo, como Brentano, Husserl, Heidegger, Max Scheler y Orte­ga y Gasset.

Frente a ellos se levantan igualmente personas cuya existencia ha sido un fracaso total, algo que también constituye una parte fundamental de la existencia humana y que de algún modo ayuda a tro­quelarla.

¿Para qué sirve la verdad?
La vida humana se desliza por los hilos que te­je la trama de las circunstancias, envueltas siempre en un halo de incertidumbre. Cada uno de nosotros es capaz de lo mejor y de lo peor, pero entre estos puntos extremos cabe un espectro intermedio de po­sibilidades. La incertidumbre nos hace dudar respec­to a qué atenernos y nos impide alcanzar la firmeza definitiva. No obstante, a pesar de esos avatares, en la vida hay que buscar unos criterios sólidos, y uno de ellos es saber en qué consiste la verdad. Su posesión se traduce en una peculiar sensación luminosa tanto personal como de la realidad, además de en una impresión de seguridad.

Pero, ¿qué es la verdad?, ¿en qué consiste?, ¿cuántos tipos de verdad existen? Esto constituye uno de los temas prioritarios de la filosofía3 pero aquí sólo daré unas referencias muy generales, que nos pongan sobre la pista de esta cuestión, y así distinguiremos dos maneras posibles de acercarse a su estudio: por un lado, el aspecto conceptual y, por otro, sus distintas versiones.



­­

La idea de libertad se relaciona con tres concep­tos: el griego aletheia, el latino ventas y el hebreo emunah. Aletheia significa lo que está desvelado o descubierto y que se manifiesta con claridad; se refiere especialmente al presente. Veritas quiere decir lo que es exacto y riguroso; de hecho, pro­cede de verum, lo que es fiel y sin omisiones; ha­bla más del pasado, de lo que ya sucedió. Y, finalmente, emunah deriva de la raíz amen: asen­tir con confianza; por eso se suele decir al final de cada oración, ya que Dios es por esencia el que cumple lo que promete; expresa sobre todo el fu­turo, lo venidero.



La verdad nos conduce al mejor conocimiento de la realidad personal y periférica. Una y otra, en­trelazadas por verdades personales, nos facilitan sa­ber qué hacer y, en consecuencia, actuar. Lo opuesto a saber es ignorar, y por eso resulta necesario «ave­riguar», lo que en latín se llama verum facere, es de­cir «verificar»: hacer verdadero, hallar la verdad que uno necesita para sí mismo.

Verdad y realidad son dos términos estrecha­mente unidos. Existe una realidad patente, en me­nor proporción, y una realidad latente -con la que no se suele contar- escondida, camuflada, y de la cual emergen islotes, segmentos, trozos que nos la muestran.

Por otra parte, las distintas versiones de la verdad pueden esquematizarse de este modo tan sucinto:
1. La verdad de uno mismo, en la que se articu­lan el pasado y el presente y, de alguna ma­nera, puede hacerse un estudio prospectivo: qué será del futuro, según los datos que te­nemos.

2. La verdad de las cosas con las que nos encontramos, que expresa lo externo.

3. La verdad de las circunstancias, que nos lle­va al conocimiento de la complejidad de la situación y al perímetro en que ese individuo o esa realidad se encuentran inmersos.

4. La verdad como coherencia, que brota del idealismo del siglo XIX y nos muestra una existencia con el menor número posible de contradicciones; es la vida como armonía, como equilibrio entre la teoría y la práctica.


Hay que señalar que mientras la filosofía se ocu­pa de la verdad, la ciencia busca la certeza del co­nocimiento; la primera se expresa en silogismos y premisas; la segunda, en lenguaje matemático.

La búsqueda de la verdad es una pasión por la libertad y sus consecuencias. Aspirar a ella es ir ha­cia lo mejor de nosotros mismos y de lo que nos ro­dea. Muchos hombres de nuestros días siguen las huellas de Nietzsche y se ven abocados al nihilismo, como consecuencia de la entronización de la subje­tividad. Esto se manifiesta por un especial estado de ánimo que consiste en la pérdida de sentido del mundo y de la vida: nada merece la pena. Por otro lado, para muchos existencialistas el hombre es el más inhóspito de los huéspedes de la tierra. Este sentimiento nihilista planea sobre el hombre con­temporáneo y hace que los valores se diluyan, pier­dan su consistencia. Valores como la verdad, la libertad, la razón, la humanidad o Dios desaparecen sin ser sustituidos por otros de similar significación.

El ocaso de los valores supremos es uno de los dramas del hombre actual, pero como éste necesita del misterio y de la trascendencia, crea otros que, de alguna manera, llenen ese vacío en que se encuen­tra. Aparecen así los ya mencionados en el curso de estas páginas: hedonismo y su brazo más directo: consumismo; permisividad y su prolongación: sub­jetivismo; y todos ellos unidos por el materialismo.

Vivir en la verdad y de la verdad conduce a lo que podríamos denominar una vida lograda, plena, pro­funda, repleta de esfuerzos, natural y sobrenatural a la vez, que mira al otro y cuyo objetivo lo constituyen unos valores para sacar lo mejor que hay dentro del ser humano... En definitiva, una vida verdadera.

Aquellos que ni buscan ni aman la verdad deno­minan como tal a eso que tienen o el lugar donde se encuentran. Van brujuleando y jugando con las pa­labras, arrimándolas a lo que más les conviene. Y ello por haber perdido el espíritu de lucha consigo mismo4, con lo cual todo vale y es adecuado si a uno le gusta.

Verdad y libertad


El hombre vive prisionero del lenguaje. Con las palabras juega, se apoya en ellas, las acomoda a sus intereses y lleva su significado como mejor le pare­ce. De este modo, denominando una cosa por otra, podemos alcanzar el fenómeno de la confusión. Un ejemplo muy claro y evidente es la moda actual de llamar «amor» a las relaciones sexuales sin más. La esencia de la verdad no reside en su utilidad. De lo contrario, podemos caer en algo que es hoy frecuen­te: aceptar la verdad, pero a condición de hacerla hi­ja de nuestros deseos.

Para muchas personas resulta más interesante estar bien informado que buscar y conocer la ver­dad. Y esto es así por el subjetivismo reinante5. Teó­ricamente, la información que recibimos a diario debería ir notándose en la sociedad occidental: la condición humana mejora, el hombre actual es más sabio y más dueño de sí... Sin embargo, no parece que los resultados vayan en esa dirección. Si bien la caída de los regímenes comunistas es ya un hecho (excepto China, ese gigante con los pies de barro; Cuba y otros países de menor envergadura), duran­te mucho tiempo esas tiranías estuvieron «relativa­mente aceptadas» por muchos intelectuales. La célebre frase de Raymond Aron se cumple en casi su totalidad: «El opio de los intelectuales ha sido el comunismo durante todos estos últimos años.»


Karl Popper y Henri Bergson hablaron de so­ciedades abiertas para referirse a aquéllas en las que se puede contar lo que se ve, lo que se observa. Pero si valoramos cómo funcionan en la actualidad esos medios de comunicación social, hay que decir que manipulan, falsifican y deforman sus conteni­dos con demasiada frecuencia. Se puede hablar así de la farsa de la información. El periodista se jue­ga la vida por servirnos la última noticia; el repor­tero gráfico hace lo imposible por traernos una imagen sintética de un acontecimiento de cierta re­levancia; y el audaz corresponsal se mueve con sol­tura para conseguirnos una primicia informativa de primera mano. Pues bien, todo eso no suele apun­tar, a la larga, ni a la búsqueda de la verdad ni al amor por la libertad. Aun reconociendo que en es­te último período del siglo XX se ha producido una apertura sin precedentes, sigue existiendo un fondo mezquino, pobre y falso a la hora de ofrecernos esa acumulación de datos procedentes de cualquier rin­cón del mundo.

Hoy en día el único valor teórico que se ha impuesto, la única verdad referencial, es la demo­cracia. Pero el obstáculo para la verdad, desde esa cima política y social, no es ya la censura, sino los prejuicios, la parcialidad en la forma de dar una noticia, los sesgos, los odios entre las personas que integran los distintos partidos políticos o las familias intelectuales, los grupos de poder que desprecian e ignoran a quienes no piensan como ellos. Así, se adulteran los juicios de valor y los análisis de los hechos, la información que se reci­be no es formativa, ni constructiva, ni busca el bien del hombre ni lo conduce a comprenderse mejor a sí mismo y estar más cerca de los demás. Ésa es la gran paradoja.

La información se ha convertido en un río de da­tos y noticias, pero lo importante es saber captar qué fluye bajo él. Cuando uno se olvida de ir a lo sus­tancial, se pierde en lo anecdótico. Ante tantas noti­cias negativas, desgracias colectivas o personales, el ser humano se vuelve insensible y cauteriza su piel como mecanismo de defensa ante el aluvión que le arrolla.

Los medios de comunicación hacen de proble­mas locales asuntos universales, pero, al mismo tiempo, esa universalidad no les aproxima a buscar unas claves más generales para entender mejor la existencia. Otra paradoja. Existe una bulimia de consumo de sucesos y acontecimientos que apunta hacia el sensacionalismo, que paraliza la capacidad de reacción del informador para hacer una síntesis de lo que recibe. En general, todo eso no educa, si­no que forma una especie de globo hinchado que as­ciende y después se rompe, dejando un mínimo rastro que se apaga, hasta que asciende otro suceso, incidente o circunstancia que lo desbanca.

El hombre light se alimenta de noticias, mien­tras que el hombre sólido procura hacer una síntesis de ellas, buscando su sentido. Hay en el último un ejercicio de la inteligencia6, que sortea y evita la victoria del se dice, se piensa, esto es, la victoria del consenso, que tantas consecuencias negativas está trayendo. En conclusión, es Arlequín que se confun­de por Antígona.



La misión del intelectual es guiar a una gran mayoría por el camino de la verdad, pero si ésta de­ja de interesar porque compromete a la vida y pue­de que obligue a rectificar la dirección emprendida, lo que se hace entonces es vivir de espaldas a ella o dar el nombre de «mi verdad» a la andadura perso­nal. Así, ante la ausencia de un cuerpo de ideas referenciales, retorna el subjetivismo.

El hombre light, como vamos viendo, muestra una curiosidad incesante, pero sin brújula, mal di­rigida; quiere saberlo todo y estar bien informado, pero nada más: éste es el salto hacia ninguna par­te. En cambio, el hombre sólido busca la verdad, para que ésta le haga avanzar hacia un mejor desa­rrollo personal. ¿Hacia dónde? Para mí, la respues­ta está clara: hacia el bien, que está repleto de amor, es decir, hacia aquello que sacia la profun­da sed de infinito que todos llevamos dentro. Las ansias de absoluto se alzan ante nosotros como un punto de mira, como una aspiración que colma la hondura del hombre.

El hombre: animal descontento
El hombre light no tiene cerca nunca ni felici­dad ni alegría; sí, por el contrario, bienestar7 y pla­cer. La distinción me parece importante. La felici­dad consiste en tener un proyecto, que se compone de metas como el amor, el trabajo y la cultura; "su­pone la realización más completa de uno mismo, de acuerdo con las posibilidades de nuestra condi­ción; esto es, hacer algo con la propia vida que merezca realmente la pena. El bienestar, por su parte, representa para muchos la fórmula moderna de la felicidad: buen nivel de vida y ausencia de molestias físicas o problemas importantes; en una palabra, sentirse bien y, en un lenguaje más actual, seguridad.

Y la alegría, de la que antes hablaba, no hay que confundirla con el placer En el hombre light hay placer sin alegría, porque ha vaciado la auténtica alegría de su proyecto, lo ha dejado hueco, sin con­sistencia. Hoy, la forma suprema de placer es la se­xual, que para muchos constituye casi una religión. Hay que supeditarlo todo al sexo. La entronización del orgasmo tiene así su máximo cénit. Por ese ata­jo, por el que se pretende lo inmediato, la satisfac­ción rápida y sin problemas, a la larga se desliza el hombre hacia una serie de fracasos e insatisfacciones acumulados. Desde luego, por ahí es muy difí­cil toparse con la felicidad. Un hombre intrigado y atraído por muchas cosas, que curiosea aquí y allá, pero sin vincularse a nada, que tiene en sí mismo su origen y su destino, acaba por pensar que él repre­senta el fin de la existencia, con lo cual escamotea una parte esencial del argumento de la verdad, que apunta hacia la libertad personal, hecha y tejida de riesgos.

El prototipo de hombre light busca lo absolu­to, desde su punto de vista. ¿De qué forma? Con­virtiéndolo en relativo. Todo es positivo y negati­vo, bueno y malo; o nada es bueno ni malo, sino que depende de lo que uno piense, de sus opinio­nes. Los nuevos valores son los del triunfador8. Ci­cerón decía que lo fundamental para llevar una existencia ordenada era el respeto a uno mismo y a los demás, buscando la trascendencia. Una vez disueltos los lazos de la solidaridad y entregado a un individualismo atroz, el hombre se mueve sólo alrededor de sí mismo.

Actualmente, cuando ya se han volatilizado las visiones globales, se vive en un realismo a la carta, en el que cada uno ve lo que quiere e interpreta la realidad de forma particular, acomodándola a sus planes y preferencias. Despedazado y troceado, el hombre se hace segmento parcial de acuerdo con lo que le apetece y se desvincula de los demás hom­bres. Dice el Talmud, en una de sus sentencias, que el hombre fuerte es el que domina sus pasiones, el sabio el que aprende de todos con amor y, el honra­do, aquel que trata a todos con dignidad, honrando a cada ser humano.

Y es que cuando se pierden los resortes más no­bles de la conducta, como la negación de la verdad y sus consecuencias, el hombre se despoja de res­ponsabilidad personal. Entonces, ya no hay debate de ideas, ni se persigue ese hombre auténtico del que hablaban los existencialistas, sino que todo que­da suspendido en un mundo sin ideales. Más tarde, como fruta madura, emerge un cinismo práctico, ex­presión de la fría supresión de los dignos anhelos y de la caída en una actitud propia del que está de vuelta. Es la decepción plena, el atrincheramiento de cada uno en su individualismo atroz. Ya no hay verdades rotundas que sostengan al hombre, todo es negociable. Y así, podemos afirmar que el que alienta traiciones, las hace. André Glucksman, en su libro Cinismo y pa­sión, se pregunta de qué sirven la filosofía y el pen­samiento en tiempos de crisis. Pues de casi nada, ya que cada existencia flamea en solitario. No olvide­mos, por ejemplo, el drama actual de las rupturas conyugales, que acaban con tantas vidas.

El cínico no niega la realidad, la comprueba y la reconoce, pero no le compensa alcanzar la verdad y lo que ésta trae consigo. Maquiavelo9, que era un cí­nico, logró que el fraile Savonarola fuera a morali­zar la vida de Florencia, pero terminó muriendo en la horca. La tesis maquiavélica consistía en poner de manifiesto que de nada servía esta actitud del reli­gioso, ya que aunque tuviera razón, no había alcan­zado un final feliz. El cínico es de un pragmatismo atroz, frío, sarcástico; para él, el fin justifica los me­dios; hace lo contrario de lo que piensa, va a lo suyo con procacidad y carece de moral. Por el contrario, el escéptico es más honrado, piensa que es imposi­ble alcanzar la verdad, pero respeta a los que dicen poseerla o buscarla.

Con la verdad indefensa, lo más frecuente es entregarse a la moda, que es lo que hace el hombre light. En vez de combatir el cinismo mediante con­vicciones firmes, se arroja en brazos de lo que se lle­va. No puede haber fidelidades permanentes, porque todo es negociable. Esta cultura de finales del siglo XX nos muestra un tipo humano frágil, precario, aje­no a los valores, a lo que verdaderamente tiene va­lor, inconsistente, endeble en sus coordenadas, capaz de cambiar de rumbo si puede aumentar esa motivación tetralógica que voy exponiendo a lo lar­go de estas páginas: hedonismo-consumismo-permisividad-relativismo.

IV. EL CAMINO DEL NIHILISMO

Sobre la palabra «libertad»
Hay que distinguir bien los conceptos libertad y liberal. Griegos y romanos aplicaban el adjetivo correspondiente al término libertad para referirse al hombre no esclavizado, no sometido. Así, una per­sona «utilizaba su libertad» cuando era capaz de de­cidir por sí misma. Ya Sócrates, Platón y Aristóteles establecían una distinción entre libertad de la volun­tad, por un lado, y libertad de elección, por otra. Con la primera aludían a ese proceso necesario de educar la voluntad para que ésta sea capaz de incli­narse hacia las metas más altas; con la segunda, a la búsqueda de la felicidad, dirección a la que debe apuntar nuestra conducta. Ambas concepciones es­tán estrechamente relacionadas. No hay elección adecuada sin una voluntad templada en el «homo» de la disciplina.

Libertad es, pues, autodeterminación y responsabilidad. A lo largo de la historia del pensamiento han existido tres concepciones de ella:
1. Libertad natural, que nos impone un deter­minado tipo de orden que está en la natura­leza y en el que descubrimos cómo todos los acontecimientos se encuentran estrechamen­te imbricados,

2. Libertad política o social, que no es otra co­sa que el medio exterior en el cual se desa­rrolla el hombre.

3. Libertad personal, que significa autonomía, independencia, ser uno mismo, poder hacer lo que se quiera dentro de un orden y dirigir los propios pasos hacia donde uno crea que es mejor.
Surge de inmediato la cuestión de que la liber­tad puede usarse bien o mal. Ya lo decía Ovidio: «Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor.» El mismo San Pablo comentaba: «Pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto» (Rom 7, 15). Ahí resi­de la contradicción del hombre, la dificultad para ca­nalizar su existencia hacia lo más positivo. El mejor objetivo de la libertad es el bien. Se trata de buscar lo mejor, intentar conquistar las cimas a las que real­mente se puede aspirar. El bien es lo que todos ape­tecen o, dicho de otra forma, aquello que es capaz de saciar la más profunda sed del hombre.

Por eso, mejor que hablar de libertad de o para -como dirían los existencialistas-, hay que referir­se a la libertad fundamental, aquella que es base y origen de las demás: la búsqueda del bien o de la fe­licidad.

Por lo que respecta a la palabra liberal, ésta se aplica más a los ámbitos sociopolíticos y de la ac­tuación personal. Su origen se remonta al siglo XIX y significa persona abierta, pluralista, transigente, tolerante, capaz de dialogar con aquellos que defien­den posturas distintas y contrarias a la suya. Fue en Inglaterra donde adquirió un claro significado polí­tico, oponiéndose al término conservador; en Ale­mania se utilizó en un sentido más cultural y en España comenzó a circular en las Cortes Constitu­yentes de Cádiz (1812).

De aquí se derivan dos consecuencias muy dis­tintas:


1. La política. El Estado liberal es el que se estructura sin jerarquías ni privilegios, ya que el pueblo regula y elige a sus represen­tantes.

2. La moral. Lleva a no considerar ninguna norma de conducta como sustancial; todo es absolutamente individual y subjetivo. Esta concepción va a tener repercusiones impor­tantes en el tema que nos ocupa.

¿Qué significa permisividad?


Quiero citar, al respecto, un texto de Miguel de Unamuno10:

«Se dice, y acaso se cree, que la libertad consiste en dejar crecer una planta, en no poner­le rodrigones, ni guías, ni obstáculos; en no po­darla, obligándola a que tome ésta u otra forma; en dejarla que arroje por sí, y sin coacción algu­na, sus brotes y sus hojas y sus flores. Y la liber­tad no está en el follaje, sino en las raíces, y de nada sirve dejarle al árbol libre la copa y abier­tos de par en par los caminos del cielo, si sus raí­ces se encuentran, al poco de crecer, con dura roca impenetrable, seca y árida o con tierra de muerte.»


La idea de abrir de par en par las puertas de la libertad es preciso entenderla de forma adecuada. Se trata de descubrir aquello que verdaderamente hace progresar al hombre, de modo que su proyecto co­mo persona sea lo más rico y positivo posible. Da­do que el ser humano es perfectible y defectible, el uso adecuado de la libertad y la voluntad serán las velas que empujen su navegación a buen puerto.

Por el contrario, permisividad significa que uno ya no tiene prohibiciones, ni territorios vedados ni impedimentos que lo frenen, salvo las coordenadas extremas de las leyes cívicas, de por sí muy genera­les. La permisividad se sustenta sobre una toleran­cia total, que considera todo válido y lícito, con tal de que a la instancia subjetiva le parezca bien.

Emergen así intereses miniaturizados, grupos pequeños que provocan una sorpresa inicial en la so­ciedad y que, más tarde, se deslizan hacia una indi­ferencia relajada, una mezcla de insensibilidad fría, escéptica, desapasionada y cruel que, antes o des­pués, aterrizará en el vacío. Se ha dicho que la épo­ca posmoderna es una etapa marcada por la desustancialización, impregnada, precisamente, de la lógica del vacío.

¿Por qué tiene un trasfondo nihilista la permisi­vidad? La respuesta es que un hombre hedonista, consumista y relativista es un hombre sin referentes, sin puntos de apoyo, envilecido, rebajado, codifica­do, convertido en un ser libre que se mueve por to­das partes, pero que no sabe adonde va; un hombre que, en vez de ser brújula, es veleta.

Así viene a la mente un conjunto de estados aní­micos engarzados por el tedio, el aburrimiento, la desolación, una especial forma de tristeza... Enton­ces aflora una nueva pasión: la pasión por la nada, y un nuevo experimento: hacer tabla rasa de todo para ver qué sale de esta rotura de las directrices y superficies de la geometría humana. Y ello sin dra­mas, sin catástrofes ni vértigos trágicos.

Hoy, a excepción del ámbito político, no hay de­bate ideológico en la Europa del bienestar y la opu­lencia, y un ejemplo claro es la televisión: se trata de ganar audiencia como sea y no, precisamente, es­timulando las vertientes culturales. Se acude a la pornografía, a la violencia o a los programas de es­cándalo, y en estas circunstancias todo invita al des­compromiso11. La desidia está de moda; está de moda la vida rota, deshilachada, así como los per­sonajes sin mensaje interior12.



El hombre light es vacío, que vive en la era del vacío o, como afirma Daniel Bell, en una etapa de rebelión contra todos los estilos de vida reinantes. Guy Debord habla de la sociedad del espectáculo, aquella en la que se produce una discusión vacía y los medios de comunicación insisten una y otra vez en no decir nada. Y otro pensador contemporáneo, Hans Magnus, dice que estamos ante la mediocridad de un nuevo analfabetismo.

Como hemos adelantado, permisividad y subjetivismo forman un binomio estrechamente entrelazado. El subjetivismo, que insiste una y otra vez en que la única norma de conducta es el punto de vista personal, se va instalando de espaldas a la verdad del hombre y de su naturaleza, buscando y persi­guiendo el beneficio inmediato. Con ello se quiere afirmar que la verdad es lo útil, lo práctico, y, en consecuencia, nada es absoluto ni definitivo; todo depende de un entramado de relaciones complejas, nada es verdad ni mentira. Siguiendo esta línea ar­gumental caemos en el relativismo de querer encon­trar la verdad a través de nuestros deseos y pensamientos. Así alcanzamos una verdad subjetiva, replegada


sobre sí misma, sin vinculación alguna con la realidad. Es la apoteosis de las opiniones y los juicios particulares, con lo que se cae en un nuevo absoluto: todo es relativo.

El relativismo se define, por tanto, como aque­lla postura según la cual no existe ninguna verdad absoluta, universal, válida y necesaria para todos los seres humanos. Dicho en lenguaje matemático: la verdad es una mera función de una variable condi­cionada.

Ya Protágoras afirmaba que «el hombre es la medida de todas las cosas». La mente de cada suje­to y su visión de la realidad, así como los tipos de vivencias que hayan surcado su vida, darán un tipo u otro de verdad.

Relativismo y escepticismo


La filosofía del relativismo desemboca gra­dualmente en el escepticismo, pero existe una di­ferencia clara entre uno y otro: para el relativismo, la verdad es algo que está en constante cambio, moviéndose de acá para allá, según el juicio de ca­da uno: asume, por tanto, un carácter relativo; pa­ra el escepticismo, la verdad absoluta sí existe, pero la razón humana es incapaz de alcanzarla: se produce, pues, una desvalorización del entendi­miento, que no puede acceder a las cimas del co­nocimiento de la verdad con los medios naturales que tiene a mano.

Las raíces históricas del relativismo hay que buscarlas tanto en la Ilustración que recorre el siglo XVIII como en el liberalismo del XIX. Ambos, junto al marxismo posterior, provocan el estado actual de las ideas. Relativismo, escepticismo y finalmente ni­hilismo tienen un tono devorador, porque de ellos emerge un hombre pesimista, desilusionado, indife­rente a la verdad por comodidad, por no profundi­zar en cuestiones sustanciales. Así surge la idea del consenso como juez último: lo que diga la mayoría es la verdad.

Sin embargo, en tanto que respuesta de una muestra de la población a un tema planteado, el consenso es un error, ya que algo no es bueno o ma­lo porque lo diga la mayoría, sino porque en sí mis­mo resulta positivo o negativo. Al hombre light no le interesa la diferencia entre lo bueno y lo malo ni entre lo verdadero y lo falso; si todo es válido, si to­do tiene la misma lectura, nos deslizamos hacia una contradicción interna muy clara: si toda verdad es relativa, si todo está condicionado, subordinado, vinculado a otras variables, hay que admitir tam­bién que toda verdad es absoluta, con lo que se nie­ga la premisa mayor y caemos en un sin sentido argumental: contraditio in termini, contradicción in­terna básica.

Hay un lema subliminal que flota en la mente del hombre light: ¿Por qué no? O, dicho de otro modo, atrévete a llegar más lejos aún, pruébalo todo a ver qué sientes. Ya es posible la combinación incesante y rotatoria de posibilidades inéditas, buscando nue­vos paraísos. Es como un vértigo de sensaciones ca­lidoscópicas distintas. Pero estas experiencias no buscan nada profundo, ni lo pretenden; sólo quieren conseguir que el hombre se distraiga, lo pase bien y no se aburra13.

La convicción de que el hambre de absoluto es imposible (escepticismo) produce un tipo de vida en la que gradualmente se va perdiendo su sentido (existencia a la deriva: no se entienden cabalmente los grandes temas de la humanidad como el sufri­miento, el dolor, la muerte, de dónde venimos y adonde vamos, etc.) y se entra en una especie de me­lancolía que no apunta en ninguna dirección (como no sea el consumismo y el liberalismo que disuelve todos los contenidos).

¿Qué salida queda? Si es imposible ascender a lo trascendente por falta de perspectiva, resulta necesa­rio zambullirse en lo inmediato: la búsqueda incesan­te del bienestar. El confort se convierte en Filosofía y meta máxima; es el welfare state de los americanos. Pero, ¿radica la felicidad en el bienestar, el dinero, el poder, la fama, la belleza, los honores, los títulos, las distinciones, los placeres, la seguridad personal, eco­nómica y social? En todas y cada una de esas circuns­tancias uno se puede encontrar satisfecho, pero la felicidad es algo más profundo y complejo, ya que engloba al ser humano como totalidad14.

¿Qué es, en qué consiste? En primer lugar, se trata de un estado de ánimo satisfecho, contento, alegre, a través del cual manifiesto mi dicha por vivir de acuerdo con lo que había proyectado. Al analizar la vida en su conjunto, como totalidad, ex­perimento la satisfacción de haber cumplido algu­nos de sus objetivos más importantes. De ahí que se pueda afirmar que la felicidad es un resultado: la realización más completa de uno mismo. Esto implica dos cosas:
1. Que me he encontrado a mí mismo (tengo una personalidad adecuadamente estructura­da, lo que quiere decir que estoy a gusto con­migo mismo).

2. Que tengo un proyecto de vida coherente (con tres ingredientes fundamentales: amor, trabajo y cultura).


Los síntomas de la verdadera felicidad son la paz interior -en medio de las dificultades, los reve­ses de fortuna o las privaciones más elementales-, el gozo, la serenidad, la armonía con uno mismo, el equilibrio... La felicidad significa ir progresando al máximo a nivel personal. La trayectoria biográfica, entonces, se vive como algo que merece la pena, a pesar de los sinsabores y los problemas que tantas veces surcan la existencia. Por ello, la felicidad es­tá muy relacionada con la coherencia interior, tanto en la teoría como en la práctica, porque llevar una vida coherente conduce a la felicidad.
V. LA SOCIEDAD DIVERTIDA

La moda como eje de la conducta


En los ambientes lights hay una expresión que se repite como si fuera una máxima: «Fulanito es muy divertido», con lo que se da a entender que uno de los atractivos de esa persona es su capacidad de asombrar a los demás y hacer que lo pasen bien. La gente, las reuniones, las cenas o los libros son cali­ficados de «divertidos», como si esto fuera lo mejor que se puede decir de ellos. También las modas en el lenguaje coloquial traducen lo que está sucedien­do, porque constituyen el eje alrededor del cual gi­ra la sociedad posmoderna.

No importa que los códigos que hoy rigen ten­gan consistencia o sean banales; da igual. Lo deci­sivo es que un comportamiento determinado se lleve.

Como he apuntado en otros capítulos, el hom­bre light es un producto que abunda especialmente en los niveles socioeconómicos altos de Occidente. También puede aflorar en estratos medios y medio-bajos, como influjo resonante de las capas superio­res. En tal sentido, las revistas del corazón hacen de correa de transmisión: se imita la forma de vestir de los personajes que en ellas aparecen, sus expresio­nes y, lo que es más grave, su tipo de vida, tantas ve­ces vacío y roto, deshilachado.

Al tener el hombre de la sociedad del bienestar todas las apetencias materiales cubiertas, además de una serie de libertades claramente dibujadas, puede suceder que si no abre otras vías más ricas en el campo cultural o espiritual se deslizará por una ram­pa que termina en la frivolidad.



En el hombre esencialmente frívolo no hay de­bate ideológico ni inquietudes culturales. ¿Cuáles son sus principales motivaciones? Todas aquéllas correspondientes al hedonismo materialista permi­sivo, característico de lo que Gilíes Lipovetsky de­nomina en su libro El imperio de lo efímero «el siglo de la seducción y de lo efímero». Una sociedad do­minada por la frivolidad, centrada en el consumo, aturdida por la publicidad, infantilizada e influenciada por los «personajillos» que están en candelero no es capaz de establecer sistemas, teorías o esquemas posibles para la vida pública.

En el hombre light hay una ausencia casi abso­luta de cultura. Dentro del terreno intelectual, sólo busca aquello que tiene relación con su vida profe­sional. Su nivel de lectura (ensayos o novelas actua­les) es prácticamente mínimo, y no digamos si se trata de obras clásicas. Aquello que no es trabajo profesional resulta leve, ligero, evanescente. La re­gla de oro es la superficialidad, de tal forma que en una cena, por ejemplo, si aparece un tema serio, es muy frecuente que en seguida alguien lo trivialice poniendo un disolvente irónico que despista a los contertulios y los lleva nuevamente a ese no hablar de nada. De hecho, se repiten continuamente las mis­mas frases, comentarios o tópicos del lenguaje15.

La enfermedad de la abundancia
Pero, ¿de qué se habla cuando digo que no se habla de nada? Pues de la vida ajena, de las ruptu­ras de parejas famosas, de algún negocio importan­te que haya dado a cualquiera de los asistentes una buena cantidad de dinero... En conclusión, pobre­za total de contenidos. El problema fundamental es que el hombre light no tiene fondo y por eso es muy difícil que sea capaz de mantener una conversación de cierta altura. Temas relacionados con la literatura o la cultura son muy raros, pero si por al­guna razón persisten, es frecuente observar que el hombre light toma sorprendentemente parte activa en ese diálogo. La interpretación de este hecho yo la formularía así: si tengo bastante poder, en mi ne­gocio gano mucho dinero y he triunfado de algún modo, ¿cómo no voy a saber yo opinar de esto, de aquello o de lo de más allá? Ser rico o ganar mu­cho dinero son las mejores cartas de presentación en un ambiente light. Aunque se niegue, éste es el hilo conductor que hilvana todas las relaciones. En más de una ocasión he oído comentar como el má­ximo elogio hacia alguien, que «tiene cinco guar­daespaldas».

Los temas de los que habla el hombre light po­drían quedar enumerados así: la vida ajena, los via­jes y las anécdotas de los mismos, la cena de esta o aquella persona (en la que lo importante era sobre todo estar) o la última separación conyugal (sobre la que cada uno manifiesta sus preferencias y críti­cas). Cuando se aborda el drama epidémico de estas rupturas, es posible que la conversación adopte un tono más interesante, pues el asunto es verdadera­mente serio.

En ese caso, uno puede encontrarse con la agra­dable sorpresa de lograr una auténtica tertulia, con todos sus ingredientes: diálogo abierto, provechoso, con réplicas atinadas y participación activa. No obs­tante, si el espíritu light es excesivo, todo se mueve por la pendiente de los tópicos, el hedonismo y la permisividad.

El marido de una paciente me decía en la con­sulta: «Doctor, usted irá a cenas interesantísimas en las que se hablará de todo y saldrá enriquecido.» «No», le respondí. Muchas veces me he acordado de esta observación, especialmente cuando el grado de frivolidad alcanza sus cotas máximas.

En este final de siglo, la enfermedad de Occi­dente es la de la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual. No impor­tan ya los héroes, los personajes que se proponen co­mo modelo carecen de ideales: son vidas conocidas por su nivel económico y social, pero rotas, sin atractivo, incapaces de echar a volar y superarse a sí mismas. Gente repleta de todo, llena de cosas, pero sin brújula, que recorren su existencia consumien­do, entretenidos en cualquier asuntillo y pasándolo bien, sin más pretensiones.
VI. SEXUALIDAD LIGHT

Definición del amor humano


Se habla hoy mucho de amores y, más concretamente, de uniones sentimentales, pero muy poco del amor, por lo que deducimos la confusión que suscita. A cualquier relación superficial y pasajera la llamamos «amor». Una de las formas más repre­sentativas del amor es la que se practica entre hom­bre y mujer. El análisis de ese encuentro, sus reco­vecos, los pliegues por los que éste asoma, nos ofrecen una serie sucesiva de paisajes psicológicos muy interesantes, que ilustran lo que es y en lo que consiste realmente el amor, ya que hablamos de él sin demasiada propiedad.

Hay que volver a descubrir su verdadero sen­tido, aunque sea una cuestión impopular y difícil de conseguir. Hay que recuperar el término en su sentido teórico y práctico, volver a incluirlo en nuestra vida.

En definitiva: restituir su profundidad y su mis­terio. Ésa va a ser la tarea de este capítulo y la pri­mera cuestión consiste en identificar y distinguir amor de sexo.

En muchas relaciones sexuales hay de todo, menos amor auténtico, por mucho que le aplique­mos ese calificativo; en realidad, es pasión, pero desde luego no es amor. Está claro que en un mun­do en crisis de valores como el nuestro todo vale, todo es tolerable, admitimos cualquier cosa, en concreto todo lo referido al pensamiento y las ideas.

El amor humano es un sentimiento de aproba­ción y afirmación del otro, por el que nuestra vi­da tiene un nuevo sentido de búsqueda y deseo de estar junto a la otra persona. Desde la atracción inicial al enamoramiento hay un largo camino por recorrer; unos se quedan a mitad de trayecto; otros, prosperan y alcanzan ese desear estar jun­to al otro, una de las características que definen al amor.

¿Qué es amar a alguien? ¿Qué significa? Amar a otra persona es desearle lo mejor, mirar por ella, tratarla de forma excepcional, darle lo mejor de no­sotros. Lo que inicialmente atrae es la apariencia fí­sica, la belleza, que luego se torna psicológica y espiritual. En general, podemos afirmar que el amor basado y centrado en la belleza física suele tener mal pronóstico. Con él no se llega muy lejos, por eso, en el enamoramiento, el sentimiento esencial es «Te necesito», «Eres para mí fundamento de vida», «Eres mi proyecto». Dicho en términos coloquiales: «Eres mi vida». Maurice Blondel define el amor así:



«L'amour est par excellence ce quifait éíre», «El amor es ante todo lo que hace ser».

Lo que el hombre necesita en la vida es amor, amar y ser amado. La felicidad no es posible sin el amor. Amar a otra persona es querer su libertad, que se acerque lo más posible a ella, es decir, al bien. Ésa es su gran meta. Ayudar a la otra perso­na a tirar de ella hacia arriba, ayudarle a exterio­rizar todo, a que esté contenta y dichosa con su existencia.

La relación sexual sin amor
Cualquier amor auténtico aspira al estado abso­luto. Un amor de ese tipo llena el corazón del hom­bre de alegría y paz, y lo sacia interiormente, se siente pleno. El gran objetivo es el bien, que puede ser de tres tipos:
1. Bien útil. Está considerado desde un punto de vista práctico. Por ejemplo, es más útil ir de Madrid a Buenos Aires en avión que en barco, porque supone ahorro de tiempo y dinero.

2. Bien agradable. Aquel que nos brinda algún tipo de placer, que percibimos por medio de la satisfacción que nos produce.

3. Bien moral. Aquel que tiene la bondad en sí mismo, ya que apunta a la mejor evolu­ción del ser humano, aunque sean necesa­rios esfuerzo y lucha para conseguirlo. Por ejemplo, Tomás Moro hizo una cosa buena cuando se opuso a Enrique VIII, aunque le costara la vida; pero quedó para la historia su ejemplo de bien moral y coherencia in­terior.
Pues bien, en la relación sexual sin amor au­téntico el otro es un objeto de placer. No se busca el bien del otro, sino el goce con él. Bajo ningún concepto se puede denominar a esto amor verda­dero, porque hemos utilizado e instrumentalizado para satisfacer nuestro placer a una persona «que­rida». En este tipo de relación, la persona que uti­liza al otro es egoísta, ególatra y sólo persigue su propia satisfacción; pero nunca hay un encuentro verdadero entre un yo y un tú, sino una unión sin vínculos.

Hay que construir una nueva pedagogía del amor, partiendo de uno mismo y no del placer se­xual antes que el amor. Precisamente esta tergiver­sación de términos nos ha conducido a un consumo de sexo, que se aleja del sentido profundo del en­cuentro amoroso. El partenaire en las relaciones se­xuales no tiene importancia como persona, sólo como físico. El que únicamente persigue el sexo no necesita a otra persona, sólo desea sacar provecho de ella. Esta relación se convierte en algo pobre, hedonista, egoísta... El trato sexual indiscriminado aleja al hombre de la mujer, porque se produce un contacto superficial, trivial, débil e insignificante. No son válidos los argumentos estadísticos de «Es­to lo hace mucha gente», «La vida está hoy así» o «Estos son los tiempos que corren», para que dos personas se entreguen íntimamente sin amor, por­que todo se desvirtúa. De ahí que lo que se consigue sin esfuerzo y sin compromiso no se aprecie, pierda su valor y, a la larga, hasta su atractivo.

La sexualidad sin amor auténtico conduce a un vacío gradual que desemboca en hastío, indiferen­cia y escepticismo, es decir, una actitud descomprometida en exceso. A veces, incluso, con espíritu crítico podemos descubrir en su trasfondo notas autodestructivas.

Sexualidad vacía y sin rumbo


Hoy asistimos a una idolatría del sexo. Los me­dios de comunicación y, en especial, el cine y la te­levisión, nos lo han servido en bandeja. Hay sexo por todas partes, sin afectividad ni amor, sino como una ruta serpenteante, divertida y traviesa, en la que se mezclan valores como la conquista, la búsqueda del placer y el disfrute sin restricciones. Los medios de comunicación prometen la liberación y el en­cuentro con uno mismo en paraísos de sensaciones maravillosas: sexo sin fin, diversión, juego capri­choso. Así, se pretende engañar y convencer al hom­bre de que sexo y amor significan lo mismo, de que practicar el sexo es interesante, sin plantearse nada más. Todo desde un punto de vista material y des­humanizado.

Vivimos en una época confusa en este aspecto, ya que hemos perdido los puntos de referencia, por­que los valores se han perdido, todo se torna relati­vo y descendemos así por la rampa del subjetivismo y del egocentrismo, en una palabra: egoísmo. Cada uno tiene un código particular de valores en que se deja de llamar a las cosas por su nombre. Se llega así a un amor de rebajas: todo a bajo precio, ligero, light, sin contenido, insustancial, sin rumbo; una re­lación anónima, indiferente, pasajera, que se lleva a cabo de forma animal y primaria ante la primera oportunidad que surge. En una palabra: sexualidad sin importancia, sin interés, devaluada, carente de auténtica intimidad, en la cual no existe amor -aunque este término se tergiverse y utilice machaconamente-, sí encuentros físicos para disfrutar re­cíprocamente y en los que se da una utilización mutua. Sin embargo, el amor verdadero hace más humano al hombre, transforma su pasado e ilumina su porvenir; es una síntesis de ingredientes físicos, psicológicos y espirituales. Por el amor verdadero somos más dueños de sí, y nos ennoblecemos. Tie­ne los ingredientes necesarios: es exclusivo y brota de una afinidad que se desliza hacia la elección; se produce una excursión hacia la intimidad de la otra persona, con lo que esto implica: descubrirla y ser partícipe de sus deseos e ilusiones.

Al igual que en el adulto, esto también se da en el niño y el adolescente: ambos descubren la vida con el paso del tiempo, gradualmente, acostumbrán­dose a su complejidad y recovecos. Es decir, se practicará una espeleología interior o un descenso a las zonas profundas de la personalidad, con riesgo de quedar atrapado en ellas. Sin embargo, en las re­laciones light esto no es posible, porque no hay una pretensión de conocer al otro; porque es transitorio, epidérmico e intrascendente.

Todo lo que conlleva el amor verdadero se tra­duce en un gozo interior que es promesa de futuro y necesidad de compartir la vida, arriesgándola. Se ha encontrado una persona que merece la pena, al­guien ante quien uno se detiene y con quien se plan­tea la posibilidad de iniciar un camino. O dicho de otro modo: también podemos descubrir tierras inex­ploradas y saber qué hay tras ellas. Todo esto es la atracción, por lo que uno se plantea jugárselo todo a una carta. No es algo lo que vemos sino alguien interesante y valioso, que provoca en nosotros ad­miración16. Es un hallazgo misterioso y fascinante que, cuando con él sigue adelante todo, nos gusta re­cordarlo como uno de esos momentos estelares de la existencia.

Las tres caras del acto sexual


La relación sexual debe quedar definida partien­do del amor. Por otra parte, la sexualidad es un len­guaje por el que transmitimos la afectividad, ya que la persona, porque es sexuada, necesita un intercam­bio físico, y esto implica rebasar el mero contacto sexual, ir más allá de sí mismo, buscar la promoción del otro en todos los ámbitos de la vida. Es encon­trar la pareja como proyecto, como programa co­mún, arriesgándonos en esta aventura en la que es necesario quemar las naves si se quiere que no nau­frague.

Leibniz decía en su libro Noveaux essais: «Amor quiere decir sentirse inclinado a alegrarse en la perfección y el bien del otro, en su felicidad.» No hay amor sin alegría, pero en la relación sexual light lo que existe es un bienestar sin alegría auténtica. Es un estallido de placer fugaz, que no ayuda a la maduración de la personalidad; un consumo de se­xo en sus diferentes versiones. La pornografía, las revistas, los vídeos, los teléfonos eróticos, etc., se han convertido en un gran negocio, en el que se ex­plotan las pasiones más ligadas a los instintos, en el que se potencia lo más primario del hombre, pero desligado de su fin amoroso. Por eso, la sexualidad light no hace más dueño de uno mismo, ni mejora la personalidad, ni torna al hombre más comprensivo y humano. Lo introduce en un carrusel de sensacio­nes orgásmicas y de un consumo de sexo que cada vez pide más y que conduce a una neurosis obsesi­va por conseguirlo, y, en consecuencia, a una des­humanización.



El acto sexual con amor de verdad consta de tres ingredientes esenciales: físico, psicológico, y es­piritual El otro es aceptado como persona y el he­cho de quedar desnudos el uno frente al otro produce una entrega singular en el que ambos dan y reciben amor. Son dos intimidades que se funden y buscan ayuda, y comparten la vida con todo lo que ésta conlleva. Esa conjunción es reciprocidad.

Stendhal, en su tratado Sobre el amor17, hace una detallada descripción de todos los sentimientos que implica esta palabra: delicadeza, esperanza, exage­ración de sus propiedades positivas y tendencia a la idealización -cristalización- Ortega, en Estudios sobre el amor18, dice que la conquista es «un juego de tira y afloja, de solicitud y desdén, de presencia y ausencia... juego mecánico sobre la atención del otro». Cuando se fija ese amor incipiente, uno se juega todo a una carta, y deja al descubierto qué ti­po de verdad deseamos y a la que nos sometemos. También son interesantes los pensamientos de Max Scheler19 sobre el amor y la amistad en su libro Esen­cia y formas de la simpatía. Su análisis fenomenológico busca lo eterno en el hombre desde la pers­pectiva de los sentimientos, quedando representado en los valores, que son intemporales, descubren lo mejor que hay en el hombre y conducen a la reali­zación moral. Otro autor alemán contemporáneo, Spaemann20, dice que el mundo instintivo produce una satisfacción inmediata, pero que la felicidad a través del amor se centra en la ética antigua, que re­sidía en el logro de la propia vida a base de respeto, trato cuidadoso, benevolencia y perdón.

La penumbra subterránea de cada uno se ilumi­na a través del amor verdadero, que aflora paulati­namente; mientras lo sexual es macroscópico, lo sentimental es microscópico; uno va a lo grueso y primero, mientras que el otro va al detalle y es más secundario. En la relación amorosa es fundamental la sexualidad, pero siempre supeditada a lo afecti­vo, no prioritaria.

Las ataduras y esclavitudes del mundo libre


Casi todos los movimientos vanguardistas han perseguido arduamente la pasión frenética como no­vedad. Ahora estamos en la posmodernidad. Hay una trayectoria clave en la historia del pensamiento y es la que va desde la Revolución francesa (1789) hasta el enciclopedismo, de donde surgió la creen­cia en el progreso indefinido.

Todos los ismos artísticos estuvieron unidos a procesos políticos decisivos: desde el fascismo al comunismo revolucionario; desde el surrealismo preconizado por André Bretón e inspirado de al­gún modo por Freud, al marxismo como teoría de la lucha de clases; desde el existencialismo con to­da su fuerza, a la pintura abstracta que va desde Vasili Kandinsky y Paul Klee hasta Jasper Johns, Willem de Kooning, pasando por Miró, Antoni Ta­pies y toda la pintura no realista. Después, el constructivismo, el expresionismo abstracto y el arte conceptual21. Hemos transitado del descrédito del marxismo como explicación global del mundo, a la sustitución del futurismo de la pintura. La muer­te de Carlos Marx como símbolo ideológico trazó los límites entre dos etapas, el comienzo de una nueva era, cuya caída tiene un enorme significado histórico que empezamos ahora a presenciar.

De aquí es de donde se produce el hombre light. De esa zona de indefinición, de ese camino sin meta. El frenesí de la diversión y la afirmación de que todo vale igual nos muestra a un hombre para el que es más importante la velocidad en al­canzar lo deseado que la meta en sí. Esta apoteo­sis de lo superficial ha ido teniendo una serie de dramáticas consecuencias: la adicción al sexo, a la droga, al juego, a los sedantes y al zapping, to­dos como ansiolíticos. Aunque son manifestacio­nes diferentes, tienen un fondo común.

Con respecto al sexo, en un reportaje reciente de la agencia Europa Today (3-II-92) se analizan los efectos de una temprana iniciación sexual, de mane­ra que los embarazos y los abortos entre adolescen­tes se han duplicado en algunos países europeos.

Las relaciones sexuales son estimuladas continuamente en la televisión, donde el contacto es inmediato, al poco de conocerse. Los jóvenes no tie­nen recursos psicológicos ni educativos ni de formación para controlar este aluvión. Por otra par­te, el tráfico de vídeos porno en algunos países co­mo Alemania es una gran preocupación actual. Con el pensamiento light como bandera, no se puede cen­surar esa conducta comercial. ¿Por qué no es bueno eso, si a uno le gusta y no hace daño a nadie? A tra­vés del ibertex alemán, el más desarrollado de la Co­munidad Europea, se pueden conseguir las imágenes sexuales más alucinantes, sorprendentes y deprava­das que puedan imaginarse. Se trata de materiales en los que la mujer es humillada y presentada como ob­jeto de placer, de usar y tirar, de subordinación y su­misión servil.

La pornografía es todo lo contrario a la sexuali­dad verdadera, frustra el auténtico progreso moral del hombre, y conduce las relaciones entre hombre-mujer a un trato de explotación. Para algunos ésa es una prueba evidente de libertad, pero desde luego es un camino acertado para esclavizarse y vivir su­peditado a algo que exige constantemente una con­ducta sexual que puede desorientamos y crear la sensación de pérdida de sí mismo. En el lightismo se confunde libertad con pornografía, se equiparan sin que importe demasiado. Por tanto, una sociedad que no es capaz de criticar esto, debilita sus bases morales y deforma los comportamientos humanos, que sólo se mueven instintivamente y con un senti­do muy materialista. Otra epidemia que afecta a la sociedad del hombre light, más directamente a la ju­ventud, es la droga22, de ahí su trascendencia.

Por otra parte está la adicción al juego que cons­tituye una nueva enfermedad: los tragaperras, las maquinitas de los juegos recreativos que atrapan a sus consumidores, que no pueden sustraerse a su in­clinación, llegan a crear una dependencia parecida a la de una droga. La ludopatía es definida en la ac­tualidad como una afición compulsiva al juego; des­de la lotería a las apuestas organizadas, pasando por sus diferentes formas. Es una tendencia irresistible.

En cuanto a los fármacos tranquilizantes, los da­tos están ahí. Según el semanario francés L’

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