Ensanchando el centro: el papel de la sociedad civil en el proceso de paz



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ENSANCHANDO EL CENTRO:

EL PAPEL DE LA SOCIEDAD CIVIL EN EL PROCESO DE PAZ1
Jesús Antonio Bejarano

INTRODUCCIÓN

Es fácil constatar, en la última década, la presencia cada vez más visible de tres temas cuya relación está por examinarse; de un lado la cuestión de la sociedad civil como uno de los ejes de la reflexión política, de otro lado, la resolución política de conflictos como una creciente preocupación del sistema internacional por la preservación de la paz y finalmente, en especial en algunos países de América Latina, (México y Colombia), el surgimiento de un conjunto de prácticas de la sociedad civil en la resolución pacífica de los conflictos armados internos.


Sería igualmente fácil constatar que pese a la abundancia de literatura sobre la sociedad civil tanto en la sociología como en la ciencia Política, pese a la proliferación de estudios e instituciones académicas dedicadas a la resolución pacífica de conflictos, y pese a la creciente presencia de prácticas y acciones de la sociedad civil en la resolución de conflictos, no haya prácticamente trabajos analíticos que propongan una reflexión sobre la relación entre sociedad civil y resolución de conflictos2 . Parece imponerse pues la conclusión de que entre los múltiples referentes de acción que la teoría política le coloca a la sociedad civil, no está contemplada la cuestión de la resolución de conflictos, y al propio tiempo que la irenología, como suele llamarse el campo de estudio de la construcción de la paz3 no parece contemplar entre los diferentes medios para solucionar conflictos, algún papel destacado para la sociedad civil. Quizás, por ello, las crecientes prácticas de la sociedad civil en la resolución de conflictos no cuentan, ni desde la ciencia política ni desde la irenología, con un cuadro de reflexión teórica que sustente y guíe esas prácticas.
Tal constatación hace evidente el vacío analítico que existe entre el concepto de sociedad civil y la teoría de la resolución pacífica del conflicto, lo que suscita una primera consideración. Ese vacío, en efecto, no parece expresar más que un fenómeno exactamente inverso: la discontinuidad en las maneras de pensar la relación entre la civilidad y la guerra. En un trabajo reciente, John Keane llama la atención sobre la renuencia de la teoría democrática a considerar el problema de la violencia y advierte en el seno de la teoría política contemporánea la escasez de reflexiones, sobre las causas, efectos e implicaciones ético-políticas de la violencia, no obstante la proliferación de teorías sobre la misma4. La reflexión de los cientistas políticos que se ocupan de la cuestión de la sociedad civil, se ha venido quedando atrás de los acontecimientos de numerosos estudios de casos de guerras, guerras civiles y conflictos, que son objeto ahora del nuevo campo de la polemología (el estudio de los conflictos) o, en nuestro caso, de la violentología.
Keane, al advertir la falta de mención a la violencia en la obra notable de Ernest Gellner sobre la sociedad civil5 como sintomática de este divorcio, lo atribuye al prejuicio de una concepción sobre la marcha de la civilización. La civilización, en efecto, fue normalmente entendida como un proyecto encargado de resolver el siempre permanente problema de descargar, desactivar y sublimar la violencia; la incivilidad (las costumbres bárbaras y ruines) fue siempre el enemigo permanente de la sociedad civil. En esa concepción, el itinerario hacia la civilización se ve como una lenta pero regular eliminación de la violencia en los asuntos humanos como característica del proceso civilizador. Así, según Keane, la premisa que funciona imperceptiblemente en las teorizaciones recientes sobre la sociedad civil, parece resultar excluyente, en un sentido analítico, de un fenómeno como la violencia también característica de la modernidad, exclusión cuya permanencia en fin sirve "para distraer nuestra atención (la de los cientistas políticos) sobre tres factores básicos del largo siglo de violencia que ahora se acerca a su fin: la persistencia crónica de la violencia en el seno de todas las sociedades civiles existentes, la permanente posibilidad (no desvinculada de otros fenómenos) de que las sociedades civiles pueden y de hecho retornan a sociedades inciviles y el crecimiento a largo plazo (de nuevo vinculado a otros fenómenos diferentes a la violencia de la guerra) por primera vez a cualquier escala, de una nueva política de civilidad , con el objetivo de difundir y reducir la incidencia de fenómenos dispares como el asesinato, el genocidio, la guerra nuclear, la violencia de instituciones disciplinarias, la crueldad en los animales, el abuso de menores y la pena capital"6.
No sorprende pues, que así como la guerra no ha sido pensada desde lo político, la sociedad civil no sea pensada desde la guerra o desde su correlato, la solución pacífica de los conflictos; no sorprende tampoco que en esa nueva política de la civilidad, la sociedad civil, que es llamada a tantas y tan dispares tareas, no sea llamada desde la Irenología sino a cambiar las estructuras políticas que posibilitan la guerra, al menos sí a incidir, en los términos en que puede políticamente negociarse la paz. Más bien, esa convocatoria a la sociedad civil suele reducirse a condenar la violencia como una manifestación de incivilidad, o a movilizarla en favor de modificar las conductas de los agentes violentos. Así, la categoría más novedosa de la ciencia política, la sociedad civil, acaba siendo opacada en el terreno analítico cuando se habla de la solución negociada del conflicto, para reducirla al más modesto papel de gestora de la educación para la paz, es decir, al fortalecimiento de la civilidad.
Esa reducción comporta, además, que el programa básico de la sociedad civil respecto de la paz sea promover la educación en valores, aumentar en los individuos la conciencia de la necesidad de la paz y en fin trabajar sobre las relaciones entre investigación, educación y acción para la paz7. Los objetivos de este programa suelen ser, por lo demás, amplios: identificar las causas sociales que generan violencia, conocer los factores que contribuyen a la paz, identificar los obstáculos que la dificultan, conocer los diferentes métodos y técnicas de resolución no violenta de conflictos aplicados a los más variados ámbitos de la vida social, promover en fin las diferentes organizaciones que, local, nacional o internacionalmente trabajan en la paz y el desarrollo.
Se trata, en síntesis, de que, en ese enfoque desde la civilidad, el papel de la sociedad civil en la resolución del conflicto no parece concernir a la negociación como tal, sino a promover una cultura de paz en todas las esferas de la vida social. De esa perspectiva se desprende el paradigma de que la búsqueda de la paz no sea, para muchos de los promotores de las acciones de la sociedad civil, el resultado de algún acuerdo entre contendientes, sino la consecuencia de la construcción de un ambiente social de tolerancia, de respeto al distinto, "al otro", que propende por opacar el lenguaje agresivo de las partes para favorecer una cultura crítica que analice los problemas con objetividad. Ese paradigma, es obvio, tiene subyacente una definición de paz en tanto que situación de armonía social y no en tanto que superación de la guerra, lo que limita la acción de la sociedad civil a la creación de condiciones de convivencia al margen de las posibilidades de una paz negociada8.
Reducida a ese programa de pedagogía por la paz, la sociedad civil acaba en todo caso siendo autoexcluida de la participación directa en los espacios políticos que conciernen a la resolución de conflictos, autoexcluida de la posibilidad de incidir directamente en la creación de condiciones que posibiliten la negociación y, más aún, acaba siendo autoexcluida de participar en los términos mismos en que puede definirse la negociación para superar el conflicto armado.
Naturalmente, quienes entre nosotros promueven las acciones de la sociedad civil, apenas se percatan de que, reducida al papel que hemos descrito, queda también limitada a una modesta eficacia para modificar la dinámica de la guerra misma. Es cierto que esos promotores reclaman con razón como un triunfo de las acciones de la sociedad civil, que la guerra haya perdido legitimidad, que haya crecido en todos los sectores de la sociedad la presión por la solución pacífica y negociada al conflicto armado, que se haya sensibilizado a la población sobre la atrocidad y la barbarie, que haya crecido la solidaridad internacional y el reconocimiento mundial a la voluntad de paz y respeto a los derechos humanos por parte de la mayoría de los colombianos9, en fin, que se hayan reivindicado los valores de la civilidad por sobre los de la violencia. Poco parece importar, frente a esa enumeración de logros más bien simbólicos pero nada desdeñables de esa cultura de paz, que la violencia siga creciendo, que el conflicto se haya escalado y degradado, que la guerrilla haya desatendido en la práctica las invocaciones de paz de la sociedad civil y que de cara a esas manifestaciones, los actores de la guerra hayan puesto oídos sordos a tales llamamientos.
Habría, entonces, que volver a reflexionar sobre las condiciones de eficacia de la acción de la sociedad civil: ¿Cómo orientar esa acción para modificar la dinámica del conflicto? ¿Cómo hacer para incidir en la reducción de su intensidad, para controlar su degradación? y de manera más ambiciosa, ¿qué es lo que puede hacerse para propiciar los términos de una negociación? ¿Cómo hacer para modificar y desentrabar las condiciones iniciales? ¿Cómo influir en la orientación del contenido de los acuerdos?
Aunque parezca duro decirlo, pensar el papel de la sociedad civil en la resolución del conflicto, implica pensar no sólo su papel en el proceso de paz desde los valores de la civilidad, sino pensar las posibilidades de la paz desde las condiciones de la guerra, que es como en efecto se enfoca en la teoría de la resolución de conflictos. Si se quiere incidir en la voluntad de paz de las partes comprometidas en la guerra, hay necesidad de tener una idea aproximada de qué es lo que esperan de la confrontación, de explorar cómo valoran lo que han conseguido hasta ahora, de repensar las formas de contribuir a modificar en términos de distintas alternativas de solución pacífica, las expectativas que cada uno tiene sobre la confrontación10.
Es cierto que en el último año algunas organizaciones de la sociedad civil han intentado incidir en procesos de mediación y de buenos oficios, otros sectores han unido fuerzas para proponer a los agentes del conflicto una posición de la sociedad civil, un lenguaje y un esbozo de agenda de negociación, conservando una "neutralidad activa" sin comprometerse aparentemente con los objetivos ni posiciones de ninguno de ellos. Sin embargo, esas iniciativas, atrapadas entre los discursos voluntaristas de la paz y la inmediatez de los acontecimientos, dejan de lado preguntas centrales en esa tarea: ¿qué significa para cada una de las partes, negociar en un momento como este? ¿qué percepción tiene la guerrilla de la actual situación de confrontación? ¿cómo modificar las condiciones básicas de "inmadurez" del conflicto para iniciar una negociación exitosa del conflicto armado colombiano? Estas son preguntas que la sociedad civil no puede soslayar si quiere una acción eficaz no sólo en función de una cultura de paz, sino de una mayor iniciativa para incidir en las condiciones y términos de una resolución pacífica negociada del conflicto11.
Este trabajo aspira a proponer algunas líneas de reflexión sobre las relaciones que existen entre la sociedad civil definida en un sentido amplio y los procesos de paz, en la perspectiva de sugerir una aproximación que contribuya a ordenar los objetivos dispersos de sus prácticas, potenciar los alcances de su acción y proponer núcleos de concentración de esfuerzos para que esas acciones sean más coordinadas y tengan efectos más contundentes.
La primera parte repasa, de manera sumaria, la noción de sociedad civil, sin ninguna pretensión teórica y sólo destacando, de entre la multitud de enfoques y temas, aquellos aspectos que parecen más pertinentes y relevantes para destacar la relación activa entre sociedad civil y solución pacífica de conflictos; la segunda parte recapitula algunas de las experiencias sobre el papel de la sociedad civil en procesos de paz, mostrando los resultados, las falencias y los vacíos para derivar de allí lecciones positivas. En la tercera parte, se propone un marco de análisis que acote y ordene los papeles de la sociedad civil, de forma que vaya más allá de los espacios de la convivencia y de la cultura de paz y que busque incidir en la manera de pensar la negociación, en las condiciones de inicio de la misma y, por supuesto, en los términos y contenidos en que han de definirse los acuerdos.

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