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Las principales versiones de la Escritura

Se conoce con el nombre de ‘versiones’ las traducciones de los textos bíblicos a una lengua diferente de la original en que fueron escritos. Algunos autores prefieren el término ‘traducción’ para las versiones modernas. Por el uso que la Iglesia ha hecho de estas versiones algunas tienen una importancia especial, como la versión griega de los LXX, la Vetus latina y la Vulgata (a las que se podría añadir en nuestros días la Neovulgata), que han ocupado un lugar privilegiado en la vida eclesial y en el estudio y la interpretación del texto bíblico a lo largo de los siglos. Las versiones antiguas, por otra parte, sobre todo los LXX y la Vetus latina, tienen también una importancia fundamental desde el punto de vista de la crítica textual, porque surgieron en un periodo anterior a los más antiguos manuscritos completos del texto original. En este estudio trataremos, en primer lugar, de las versiones de solo el Antiguo Testamento, para pasar a continuación a las versiones de los dos Testamentos1.



i. las versiones del Antiguo Testamento
Estas versiones son las antiguas versiones griegas, principalmente la versión precristiana de los LXX y las versiones de Aquila, Teodoción y Símaco; y las versiones arameas o targumim.
1. Las versiones griegas2

a. La versión griega de los LXX

Nombres — La versión griega de los LXX constituye el primer intento de versión de la Biblia en otra lengua. El nombre de ‘Setenta’ (LXX) procede del número de los traductores que, según un relato de la Carta del Pseudo-Aristeas3, tomaron parte en su elaboración. También se la llama Alejandrina, porque fue realizada en Alejandría de Egipto; y Griega, porque es la principal versión antigua al griego. Por varios siglos, esta Biblia fue utilizada por los hebreos de la diáspora, que hablaban precisamente griego y desconocían el hebreo4; posteriormente, casi desde el principio de la era cristiana, llegó a ser la Biblia utilizada por los cristianos.
Composición y características — Por la Carta del Pseudo-Aristeas y el Prólogo del Sirácide se puede deducir que la traducción griega se elaboró en gran parte entre los siglos III y II aC. La Carta del Pseudo-Aristeas informa que al menos una versión griega del Pentateuco, en tierra egipcia, fue llevada a término hacia el siglo III/II aC para la comunidad hebrea de la diáspora. El prólogo del Sirácide, escrito hacia el año 130 aC, alude a la existencia de traducciones en lengua griega de «la ley, los profetas y los demás escritos», en la práctica del canon bíblico completo. Por tanto, parece que se puede afirmar que hacia fines del siglo II aC existía ciertamente una versión griega al menos parcial del Antiguo Testamento, que considerada globalmente no parece que pueda ser otra que la versión griega de los LXX. Del examen interno de la versión se puede llegar a la conclusión de que en la traducción intervinieron varios autores, de capacidades muy diferentes, aunque con líneas de estilo e interpretación comunes. El Pentateuco se caracteriza en general por ser una traducción fiel, no servil, realizada sobre la base de una buena comprensión del texto original y por autores que escribían el griego comúnmente en uso, sin elegancia particular pero con corrección. Por su fidelidad y capacidad de hacer comprensible el texto hebreo siguen los libros históricos; por el contrario, los libros proféticos fueron traducidos de modo servil5; como también el Cantar de los Cantares, el Sirácide y, especialmente, los Salmos, cuyas traducciones son oscuras.
La historia anterior a las ediciones impresas — La historia de la versión alejandrina constituye por si misma un capítulo de gran interés bíblico. Desde el siglo II aC se difundió entre los judíos del mundo grecoromano y, a partir del siglo I dC, fue utilizada por la Iglesia primitiva junto a los textos del Nuevo Testamento como instrumento para la evangelización. La comprensión del texto bíblico que esta traducción supone llevó a que se convirtiese en un valioso instrumento de predicación en manos los cristianos, particularmente en su misión entre los judíos, pues hacía posible demostrar en base a los textos bíblicos que Cristo era el Mesías prometido y que en él se cumplían las antiguas profecías mesiánicas. Los apóstoles y evangelistas la utilizaron con preferencia sobre cualquier otro texto o versión del Antiguo Testamento, como lo confirma el hecho de que acuden generalmente a los LXX para citar el Antiguo Testamento. De todo esto se deduce que la versión alejandrina fue considerada en la Iglesia primitiva una fuente de revelación sustancialmente genuina.

Las vicisitudes sucesivas de la versión de los LXX, hasta la aparición de las versiones críticas modernas, encuentra sus momentos fundamentales en las tres recensiones conocidas por la tradición: la de Orígenes, más conocida con el nombre de Hexaplas, la de Hesiquio y la de Luciano, de ellas derivan todos los códices que se conservan de los LXX6. Estas recensiones fueron motivadas por la necesidad de corregir los errores que se introducían en las copias y por el deseo de adaptar el texto griego al hebreo premasorético en los casos en que diferían. Es una opinión generalizada que con estas tres recensiones críticas se podría establecer el texto arquetipo, es decir, el original de los LXX7.

Las Hexaplas fueron ideadas por Orígenes precisamente para superar el fenómeno de las divergencias de los LXX con respecto al texto hebreo, circunstancia que otorgaba un pretexto a los judíos, en su polémicas con los cristianos, para no admitir testimonios bíblicos basados en los LXX. Para evitar este inconveniente, Orígenes realizó una obra colosal, que abarcaba unos cincuenta volúmenes, entre los años 240 y 245. En ella dispuso en seis columnas paralelas el texto hebreo y las diferentes traducciones griegas8, de modo que se pudiesen advertir con facilidad las divergencias. Además, utilizando signos convencionales9, señaló las divergencias entre los LXX, versión que ocupaba la quinta columna10, y el texto hebreo11. Las Hexaplas se encontraban en la famosa biblioteca de Cesarea de Palestina, donde la quinta columna fue copiada muchas veces, especialmente los Salmos. En el año 638, cuando Cesarea fue conquistada por los árabes, se perdieron las Hexaplas con toda la biblioteca. La pérdida fue irreparable, porque debido a su volumen, las Hexaplas nunca habían sido copiadas completamente. Hoy quedan solo algunas pocas partes de la obra12.

Después de la muerte de Orígenes, las numerosas trascripciones del texto de los LXX de las Hexaplas, realizadas con frecuencia sin utilizar los signos diacríticos y convencionales, originaron un multiplicarse de variantes, lo que dio lugar a una contaminación entre los diversos textos, mayor que la que el mismo Orígenes había tratado de evitar13. Para resolver esta situación se emprendieron varios intentos. San Jerónimo cita dos, uno realizado por Hesiquio de Alejandría14, el otro por Luciano de Samosata, en Antioquía. De la recensión de Hesiquio sabemos muy poco, pero la de Luciano (mártir el año 312) aparece en los escritos de los Padres antioquenos y en muchos otros códices antiguos. Las tres recensiones utilizan como texto base un manuscrito afín al códice B.


Manuscritos y ediciones impresas — Los manuscritos que poseemos de la versión de los LXX son más de 1.500 y se designan igual que los del Nuevo Testamento. Los códices más importantes son el Vaticano (B) y el Sinaítico (S), ambos del siglo IV dC, y el Alejandrino (A) del siglo V15. Entre los papiros, los de más interés para la crítica textual son: el papiro Rylands gr. 458, el más antiguo manuscrito de los LXX conocido hasta ahora (siglo II aC), el de Fouad 266 (siglo II/I aC), que como el anterior contiene fragmentos del Deuteronomio, y los papiros Chester Beatty del siglo II/III dC, con fragmentos de Números y Deuteronomio16. Otros fragmentos de interés por su antigüedad se conocen gracias a los descubrimientos de Qumrán y a los realizados en otras zonas del desierto de Judá. Son textos del Levítico, Éxodo, Números, Deuteronomio, Carta de Jeremías y Profetas menores17. Estos fragmentos pertenecen a copias de la versión griega que se remontan probablemente a la segunda mitad del siglo II aC. Conviene tener en cuenta que estos manuscritos encontrados en Qumrán contienen numerosas lecturas propias, por lo que se les considera testimonios de tradiciones independientes, aunque relacionadas entre sí.

Las primeras ediciones impresas de los LXX se remontan al siglo XVI. La editio princeps fue la de la Políglota Complutense (Alcalá 1514/1521)18. En el año 1586, siguiendo las indicaciones del Concilio de Trento, se publicó en Roma la Biblia Sixtina o Vaticana, en la que se utilizó por vez primera el códice B. Sobre ella se basan casi todas las ediciones posteriores19. Actualmente las ediciones críticas son cuatro: dos ediciones manuales completas y dos grandes ediciones todavía incompletas. Las ediciones manuales han sido dirigidas por H. B. Swete, The Old Testament in Greek, 3 voll., Cambridge 1887-1894, y por A. Rahlfs, Septuaginta, 2 voll., Stuttgart 1935 (1984). Las dos grandes ediciones son la Gottingensis20 y la Cantabrigensis21. Estas ediciones siguen dos procedimientos diferentes. Las dos obras editadas en Inglaterra reproducen con fidelidad el texto de un solo códice, el Códice B (al que sustituye el códice A cuando tiene lagunas), y en el aparato crítico recogen las variantes de la tradición manuscrita; mientras que las dos obras editadas en Alemania se proponen la reconstrucción de un texto crítico, lo más cercano posible al original, apoyándose en el mayor número disponible de testimonios y de su clasificación en familias22.

Para el estudio de los LXX se dispone de las concordancias de E. Hatch - H.A. Redpath23.
b. Las demás versiones griegas

Hacia el siglo I/II dC, creció poco a poco entre los judíos la hostilidad contra la versión griega de los LXX, tanto por sus divergencias con el texto hebreo que entonces se usaba, como porque los cristianos se apropiaban de ella y la utilizaban en la polémica judeocristiana. Por esto, la versión de los LXX terminó por ser repudiada por parte de los judíos24 y sustituida por otras versiones griegas, tres de ellas completas, cuyos autores fueron Aquila, Teodoción y Símaco; y por otras parciales.

Según la tradición rabínica, Aquila era un prosélito judío (un pagano convertido al judaísmo) nativo del Ponto. Su traducción, llevada a término entre los años 130 y 150 dC, fue realizada con la intención de seguir estrictamente el texto hebreo oficial, muy cercano al Texto Masorético25; por ello, fue preferida por los hebreos de la diáspora, que la adoptaron para su uso en la sinagoga durante cuatro siglos, hasta la época árabe26. Teodoción, prosélito de Éfeso, realizó su traducción hacia el año 180 dC sobre el texto de los LXX, al que sigue tan de cerca que más parece una revisión judía, aunque parcial, que una traducción27. Esta versión tuvo mayor fortuna entre los cristianos que entre los judíos28. Símaco, por último, judío que más tarde abrazó la secta de los ebionitas29, tradujo hacia el año 200 el texto hebreo probablemente para aclarar las oscuridades de la traducción de Aquila, mirando, por tanto, más a la fidelidad conceptual que a la literal, con una cierta elegancia de forma30. De todas estas versiones, han llegado hasta nosotros solo escasos fragmentos a través de lo que queda de las Hexaplas de Orígenes.

Además de estas versiones griegas de la Biblia, existieron otras que conocemos también a través gracias a las Hexaplas y por la noticias de algunos Padres. Su verdadera naturaleza es difícil de precisar. Las más conocidas son las indicadas con el nombre de Quinta, Sexta y Séptima, debido al lugar que ocupaban en las Hexaplas de Orígenes.


2. Las versiones arameas o Targumim31

Estas versiones, de las que en parte ya hemos hablado, surgieron en época precristiana cuando la lengua hebrea comenzaba a ser sustituida por el arameo como lengua popular. El término ‘targum’ proviene del hebreo y significa ‘traducción’. Estas traducciones tenían lugar en el ámbito sinagogal y revestían la forma de explicaciones parafrásticas de las lecturas bíblicas leídas al pueblo. Al inicio eran orales, y en ellas se insertaban comentarios, más o menos breves, de tipo homilético y doctrinal, que tenían la finalidad de ofrecer la interpretación del texto inspirado. Cuando fueron puestas por escrito, su uso se extendió también al ámbito extrasinagogal y adquirieron una forma más literaria. Esta atestiguada la existencia de estas versiones arameas en el período neotestamentario, dato que ha sido confirmado por la presencia en Qumrán de los Targumim de Job y del Levítico, además de la traducción del Génesis al arameo. Existen targumim de todos los libros de la Biblia hebrea, excepto de Esdras, Nehemías y Daniel.

Sobre la Torah existen cuatro targumim, de los que uno se encuentra redactado en arameo babilónico, el Targum de Onqelos, el más antiguo y célebre de los targumim, de paráfrasis sobria, que se remonta al siglo I/II dC, aunque probablemente alcanzó su redacción definitiva en el siglo V dC32. Los otros tres, por el contrario, están redactados en arameo palestinense: el Targum Yerushalmi I (Pseudo-Yonatán), muy libre y con amplia paráfrasis; el Targum Yerushalmi II (Targum Fragmentarium), que contiene solo 850 versículos sueltos, y el Targum Neophyti, encontrado en la Biblioteca Vaticana en 195633.

Sobre los Nebiim, existe el Targum Yonatán ben Uzziel de los Profetas anteriores y posteriores, atribuido a Yonatán ben Uzziel, discípulo de Hillel, rabino del siglo I. Su origen es palestino, y su período más intenso de formación hay que situarlo entre el siglo II aC y el II dC; sin embargo, su estructura definitiva la recibió en Babilonia, hacia los siglos III-IV dC.

Sobre los Ketubim, existe al menos un targum por cada uno de los libros de esta parte de la Biblia hebrea, excepto, como hemos dicho, Daniel, Esdras-Nehemías. De Ester se conocen tres. Su lengua es básicamente el arameo palestinense. A pesar de contener material antiguo, se formaron a lo largo de varios siglos, con la contribución de diversos autores, alcanzando su forma definitiva en época tardía (siglos VIII-IX). Entre estos targumim se encuentran el grupo de los cinco Meghillot (Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Qohélet y Ester), de los que al parecer solo Ester entró en el servicio público sinagogal en época antigua; los demás solo posteriormente. De todos modos, su finalidad no era el uso sinagogal.
II. Las versiones antiguas de ambos testamentos
Estas versiones se pueden clasificar en versiones occidentales, entre las que se encuentra principalmente la Vulgata latina, y versiones orientales, entre las que destaca la versión siríaca Peshittâ (palabra que significa ‘común’, ‘corriente’, ‘vulgata’). El interés que presentan la Vulgata y la Peshittâ se debe a su antigüedad y a su uso generalizado en la Iglesia.
1. Las versiones occidentales

Estas versiones, en orden cronológico son: la Vetus latina, la gótica, la Vulgata y las versiones eslavas. Estudiaremos primero las versiones latinas, por la relación que existe entre ellas, añadiendo algunos datos referentes a la Neovulgata, versión estrechamente unida a la Vulgata34.


a. La Vetus latina.

Nombre y características — La expresión ‘Vetus latina’ es una denominación convencional que se utiliza para designar las traducciones latinas de la Biblia anteriores a la Vulgata de san Jerónimo. También se las denomina, por esto, versiones prejeronimianas35. La situación actual de los estudios no permite afirmar con seguridad cuántas fueron estas versiones latinas, ni su proceso de composición; no obstante, conocemos el motivo por el que fueron escritas: difundir el cristianismo en Occidente, en una época en que el latín estaba ya generalizado. En la Iglesia latina parece que existieron, junto a otras versiones parciales, dos versiones principales36: una que surge en África proconsular, alrededor del año 15037; otra en una localidad de Europa que nos es desconocida, aunque probablemente sea Roma, pues fue utilizada por Novaciano, entre los siglos II y III. Esta sería la que san Agustín llama Itala y que considera superior a las otras versiones (o mejor, a los otros códices latinos) por fidelidad al texto y claridad de expresión38. Los traductores se sirvieron para elaborarla del la versión de los LXX, según un texto prehexaplar y, para el Nuevo Testamento, de un texto de la familia Occidental (D). En general las versiones son fieles, a veces hasta el servilismo, y, debido a su uso, dirigido a la instrucción de la gente común, que no conocía el griego, se utiliza la lengua popular, distante del lenguaje literario.
Códices y ediciones — De la Vetus latina poseemos alrededor de cincuenta códices, que se dividen en europeos y africanos39. Se designan con las letras minúsculas del alfabeto latino40. En el siglo XVIII, el benedictino P. Sabatier recogió y publicó todo el material hasta entonces disponible de códices y citas41. Actualmente está en curso una edición crítica monumental, preparada por los benedictinos de Beuron (Alemania). La obra, comenzada el año 1949, comprenderá 27 volúmenes, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Algunos volúmenes ya han sido publicados42.
Importancia — La Vetus latina es de gran interés para la crítica textual, porque se trata de una traducción directa del texto griego, realizada con una literalidad extrema; por este motivo, deja traslucir el texto griego utilizado para su composición: un texto que se remontaría a los siglos I-II dC. Para el Antiguo Testamento, su valor radica de modo particular en que la Vetus latina deriva de un texto prehexaplar, bastante bueno y sin contaminaciones, a menudo presente en los mejores códices griegos. Por otra parte, la Vetus latina representa el modo en que la Iglesia latina leía la Biblia hasta que se impuso la Vulgata, a la que sirve como texto base. También bajo el aspecto lingüístico y cultural, la Vetus latina posee un enorme interés como testimonio del llamado latín cristiano y para el conocimiento del latín vulgar y de su proceso de transformación hasta la formación de las lenguas romances.
b. La Vulgata

Nombre — Con el nombre de Vulgata (divulgada, común, accesible a todos)43 se entiende la traducción latina de la Biblia, obra en gran parte de san Jerónimo44, en uso en la Iglesia como texto oficial hasta época muy reciente. San Jerónimo emprendió esta tarea por encargo del Papa san Dámaso, que quiso que se realizase un trabajo de revisión y corrección de las versiones latinas entonces en uso para hacer frente a la confusión que existía entre los códices latinos. Estos códices, debido a las frecuentes trascripciones, no siempre realizadas con pericia, presentaban muchas lecturas diferentes.
Composición — El trabajo de san Jerónimo, comenzado el año 383 en Roma y concluido hacia el 404/406 en Belén, fue doble: de revisión y de traducción:

Para el Nuevo Testamento, san Jerónimo se limitó a corregir la antigua versión latina utilizando óptimos códices griegos afines a la recensión del Códice B. Esta revisión se realizó en Roma el año 383 y con seguridad sobre los cuatro evangelios. San Jerónimo se limitó por lo general a corregir los textos cuyo sentido consideraba había sido alterado. Con respecto a los demás libros del Nuevo Testamento, el alcance del trabajo de san Jerónimo es una cuestión todavía no del todo clarificada. Hoy se reconoce generalmente que tal revisión no fue obra de san Jerónimo, sino de otro autor, tal vez de su discípulo Rufino el Sirio, quien habría seguido de modo sistemático los principios del maestro, sobre un trabajo ya planteado y comenzado por san Jerónimo45.

Para el Antiguo Testamento, el trabajo de san Jerónimo se desarrolló en tres fases. Ya en su período romano (383-385), al mismo tiempo que realizaba la revisión del Nuevo Testamento, corrigió la traducción latina de los Salmos de la Vetus latina sobre un texto de los LXX prehexaplar. El mismo confiesa que fue una revisión rápida e incompleta. Según una opinión generalizada, el resultado habría sido el Salterio romano46. Más tarde, en Belén, entre los años 386-390, san Jerónimo corrigió todos los libros protocanónicos del Antiguo Testamento según el texto hexaplar47. De este trabajo solo ha llegado a nosotros el llamado Salterio galicano48. Sin embargo, la obra más importante de san Jerónimo fue la traducción directa del Antiguo Testamento desde los textos originales hebreos, que entrará a formar parte de la Vulgata49. Esta traducción la realizó sobre el texto hebreo que se utilizaba en la sinagoga de Belén, afín al Texto Masorético, al menos por lo que se refiere a las consonantes. San Jerónimo tradujo solo los libros protocanónicos, dos libros deuterocanónicos, Tobías y Judit (sobre un texto arameo), y los fragmentos deuterocanónicos de Daniel sobre la versión griega de Teodoción. El trabajo sobre el Antiguo Testamento se prolongó durante quince años, desde el año 390 hasta el 405-406.

Por tanto, en la Vulgata, por lo que se refiere a los evangelios, se encuentra la revisión de la Vetus latina hecha por san Jerónimo en Roma. Los demás libros proceden de una revisión realizada por Rufino el Sirio. El Antiguo Testamento está constituido: en cuanto a los protocanónicos, por la traducción que san Jerónimo realizó directamente desde el hebreo, excepto el Salterio, que es el Salterio galicano; en cuanto a los deuterocanónicos, dos libros, Tobías y Judit, provienen de la traducción realizada por san Jerónimo directamente sobre un texto arameo; los demás proceden de la Vetus latina, excepto los fragmentos de Daniel, que san Jerónimo tradujo a partir del texto de Teodoción, a falta de un texto semítico.


Características — Las características de la Vulgata se pueden reducir básicamente a dos: fidelidad al sentido de los textos bíblicos y una cierta elegancia de forma. San Jerónimo, en efecto, se preocupó, sin descuidar la fidelidad de la versión a los textos originales, de hacer inteligible el texto bíblico y exponerlo con claridad, añadiendo ocasionalmente, aunque muy rara vez, alguna glosa explicativa50; este es el caso, concretamente, de los textos mesiánicos, en los que san Jerónimo pone generalmente de relieve algún detalle particular51. La elegancia de la forma se descubre sobre todo en que la parataxis hebrea (coordinación o yuxtaposición de frases) ha quedado sustituida por frases subordinadas, y en el hecho de evitarse repeticiones de palabras o frases; sin embargo, san Jerónimo sabe sacrificar la elegancia ante la necesidad de ofrecer un texto más claro. Los estudiosos están de acuerdo en reconocer que la versión de san Jerónimo es superior a todas las demás versiones antiguas.
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