Escuchando a mis abuelos



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Concurso de narración breve

ESCUCHANDO A MIS ABUELOS”
2º PREMIO. Categoría B. 1º y 2º de Ed. Secundaria
Título de la narración: “El tesoro del abuelo”.

Pseudónimo: MAFALDA PATITA

Autora: María Lázaro Ramírez

Colegio Escuelas Pías, Escolapias, 1º ESO. Logroño.


EL TESORO DEL ABUELO
Era una cálida tarde de Mayo. El viento se hacía cada vez más fuerte. Estaba de pie junto a un acantilado, frente al océano. Pero no tenía miedo porque su brazo me rodeaba y me cogía del hombro. Ahí estaba yo, tendría cinco o incluso seis años, y a mi lado estaba él. Un hombre mayor, de estatura media, con rasgos comunes. La brisa agitaba sus ya escasos cabellos blancos. Era un hombre normal, de los que pasan desapercibidos por la calle, pero para mí lo era todo. Era mi abuelo.

Ahí estábamos los dos observando el mar, perdimos la noción del tiempo. El semblante del abuelo era serio, pero lo conocía demasiado bien, sabía que atesoraba aquellos momentos. En el fondo estaba feliz. El abuelo no era una persona muy abierta, le costaba exteriorizar sus sentimientos. Por eso casi nunca sonreía.

El abuelo me miro y me agarró de la mano sin decir nada. Aunque yo ya sabía a donde nos dirigíamos, habíamos estado allí tantas veces. Nos dirigimos al bosque. No estaba muy lejos, apenas diez minutos andando. Durante el camino el abuelo me contó una historia. Pero no un cuento sobre piratas, duendes o princesas. El abuelo no contaba ese tipo de historias, le gustaba más explicarme como era su vida cuando era joven. Yo nunca lograba imaginar al abuelo como un niño pero me encantaba escuchar su voz ronca y anciana.

Por fin llegamos a nuestro destino: un pequeño claro en el bosque, lleno de flores y hojas secas. El abuelo se sentó sobre la mullida alfombra vegetal. Me hizo un gesto invitándome a hacer lo mismo. Yo me dejé caer junto a él, disfrutando de la comodidad de aquel suelo. Transcurrieron unos minutos que dedicamos simplemente a permanecer en silencio. Pero no era un silencio incómodo, yo disfrutaba simplemente oyendo la respiración de mi abuelo que sonaba ya forzada por la edad. Pero él nunca daba síntomas de falta de energía, siempre estaba dispuesto a jugar conmigo. De repente, el abuelo me miró muy seriamente y me dijo:

- ¿Sabes una cosa? Llevo mucho tiempo queriendo contarle esto a alguien. Yo, emocionada, me acerqué aún más al abuelo. No dijo nada, los dos sabíamos que mis palabras sobraban. El abuelo continuó:

- Tengo un secreto muy importante. Así que no se lo podrás contar a nadie.

No pude resistirme, en el brillo de mis ojos se intuía mi creciente curiosidad. Me decidí a intervenir:

- Abuelo, puedes contármelo, sabes que puedes confiar en mí, te lo prometo.

El abuelo, parecía mirar al infinito y por primera vez en el día, sonrió.

- Tengo un pequeño tesoro. -Dijo bajando la voz.

- ¡Un tesoro!- Exclamé visiblemente alterada.

El abuelo me hizo un gesto para que bajara la voz. Con una afable sonrisa en la cara, que nunca antes había visto en él, me susurró al oído:

- Te lo enseñaré al llegar a casa.

El resto del día transcurrió para mí como un año. Fuimos a pescar, más tarde paramos a comer y al final del día fuimos a la playa. Pero nada de eso consiguió quitar mi atención del tesoro del abuelo.

Por fin llegó el momento de llegar a casa. Nos montamos en la furgoneta y pusimos rumbo a la ciudad. Durante el camino intenté sonsacarle al abuelo algún dato sobre el supuesto tesoro. Fue imposible. No había palabras para describir la curiosidad que recorría todo mi cuerpo. Cuando llegamos a casa, el abuelo sacó sus llaves y lentamente abrió la puerta. Yo le pedí que fuera más rápido. Echaba chispas. Por fin mi abuelo acabó de abrir la puerta, yo me precipité al interior y me encontré con mi abuela. Ella con su afable y dulce voz me preguntó:

- ¿A dónde vas con tanta prisa?

Yo no pensé lo que decía, simplemente, mi cabeza solo tenía tiempo para el tesoro. - El abuelo me va a enseñar su tesoro.- Dije con impaciencia mientras miraba hacia todos los lados a la vez.

De repente me di cuenta de que había revelado el secreto de mi abuelo. Se me vino el mundo encima. Se enfadaría conmigo, y ya nunca descubriría su tesoro.

Mi abuela, ajena al torbellino de pensamientos que asolaban mi cabeza, continuó su interrogatorio extrañada.

- ¿Un tesoro? ¿El abuelo te ha dicho que tiene un tesoro?

Yo asentí tímidamente. Me sentía terriblemente culpable. El abuelo no intervenía, pero me daba pánico girarme para ver la cara que tenía. La abuela mirando de manera recriminatoria al abuelo, se agachó, puso los ojos a la altura de los míos y me dijo:

- No hagas caso al abuelo. –Sus palabras sonaban tremendamente dulces. –A veces se le va un poco la cabeza. –Añadió.

Acto seguido desapareció por un pasillo lateral del hall. Me giré tímidamente hacia el abuelo, esperando de él una gran reprimenda.Pero no fue así. Me guiñó un ojo y me tomó de la mano. Yo no me atreví a decir nada. Me condujo hacia el jardín trasero de la casa. Allí desapareció durante unos minutos y regresó con una pequeña pala. Al ver mi cara de preocupación, se agachó, me miró a los ojos y sonrió. ¿Qué le pasaba hoy al abuelo? Estaba extrañamente feliz y sonriente. Este interrogante apenas se cruzó por mi mente unos segundos, pues éste me dijo:

- No te preocupes por la conversación con la abuela (hizo una pausa para tomar aire). No pasa nada, no me he enfadado, pero será mejor que tengas más cuidado a partir de ahora.

Yo asentí y le dediqué a mi abuelo la mejor de mis sonrisas. Entonces él me dio un profundo abrazo. Los dos miramos el lugar donde el abuelo había dejado la pala que había traído. Entonces él me dijo:

- Ahí está el tesoro. ¿Quieres empezar a cavar?

Yo asentí muy emocionada. Apenas tardé unos minutos en desenterrar un pequeño cofre de madera. El abuelo lo tomó en sus manos y me invitó a sentarme junto a él. Muy pausadamente sacó algo de entre su ropa. Yo miraba expectante sin decir nada. Por fin descubrí aquel pequeño objeto que llevaba colgado de una cadena. Era una llave. ¿Cuánto tiempo llevaba esa llave junto al abuelo? Nunca la había visto. Introdujo la llave en la abertura del cofre. Le costó mucho encajarla. Debido a la antigüedad del objeto, supuse. El abuelo abrió el cofre muy solemnemente. En el jardín reinaba un silencio estremecedor apenas interrumpido por el canto de los pájaros. Antes de abrir la tapa del cofre el abuelo me miró sonriente y me dijo:

- ¿Estás lista?

Yo no me atrevía a hablar así que asentí tímidamente. Depositó el pequeño cofre en el suelo y me pidió que lo abriera. Las manos me temblaban pero logré abrir la tapa. En su interior había algo increíble. Nada que yo pudiera esperar, no eran joyas, ni monedas, ni un cuadro, ni nada por el estilo. Era un simple libro. Yo miré al abuelo con cara de decepción, pero él me dijo:

- Las apariencias engañan. Este tesoro es mejor que todo el oro del mundo.

No me atreví a coger el libro. Fue el abuelo quien lo hizo. Con sumo cuidado estrechó el libro entre sus manos huesudas. Por un momento pareció evadirse del mundo. Cerró los ojos y apretando el libro se le escapó una tímida sonrisa. Una sonrisa inocente típica de un niño.

Ante aquel momento de silencio empecé mis cavilaciones. El tesoro era un libro, eso estaba claro. Pero ¿habría algo más? Por la sonrisa del abuelo intuí que ese libro le traía muy buenos recueros, pero… ¿Qué podía contener?

Por fin el abuelo parecía acabar sus reflexiones y comenzó su explicación:

- Bueno (suspiró). Esto no es un simple libro, es más que eso. A mí me lo regaló mí abuelo, y a éste su abuelo… y así sucesivamente hasta casi principios de siglo.

Ese tesoro empezaba a ponerse interesante, me dije para mis adentros. El abuelo continuó tras una pausa para coger aire; aunque no lo demostraba, la edad ya le pasaba factura.

- Este libro ha ido pasando de generación en generación durante más de cien años. Por eso es tan especial para nuestra familia.

Yo le incité para que siguiera hablando sobre el tesoro. Le dije:

- Abuelo, eso es súper interesante, y ¿Qué hay escrito en el libro?

Yo miraba expectante, pero él no me devolvía la mirada, sino que no apartaba los ojos del libro.

- Abuelo ¿Qué hay dentro del libro?. Insistí, ya que el abuelo no pareció reaccionar con mi primer interrogante. Tras un momento de silencio el abuelo prosiguió:

- Hace mucho tiempo un antepasado nuestro, escribió un cuento que él mismo se inventó, cuando tenía la misma edad que tú (y me dirigió una mirada de complicidad). –Le gustó tanto que decidió que debía compartirlo, pero de forma especial. Lo escribió en este libro que ahora ves y lo enterró en el jardín de su casa.

- ¡Vaya! (exclamé yo, impresionada).

No tenía palabras, era algo tan impresionante… Cómo pensar que ese libro había estado en manos de mi antepasado hace tanto tiempo. El abuelo debió de adivinar mis pensamientos, porque me agarró del hombro y me dijo:

- Eso no es todo, ¿sabes?. Nuestro antepasado, lo enteró en el jardín, sí, pero eso es solo el principio. Pasaron ya muchos años y se hizo viejo, como yo.

“Tu no eres viejo” (susurré hacia mis adentros y se me escapó una pequeña risa. Asentí y el abuelo continuó:

- Decidió enseñárselo a su nieto, lo desenterró solo para que él lo viera. Pero su nieto no satisfecho con leerlo, decidió hacer su pequeña aportación al libro. Escribió otro cuento. Y a sí a lo largo de los años cada poseedor del libro ha escrito un cuento y más tarde, se lo ha legado a su nieto o nieta.

- Entonces debe de haber un montón de cuento s (Exclamé yo) -¿Tu también escribiste un cuento?

El abuelo sonrió.

- Claro que he escrito un cuento. (dijo casi entre risas)

El abuelo tenía razón, ese tesoro era mejor que cualquier otra cosa que pudiera imaginar, mejor que el oro o la plata. Entonces el abuelo me preguntó:

- ¿quieres que leamos los cuentos?.

Yo asentí emocionada y el abuelo abrió el libro y comenzó a leer.

Pasamos allí horas. Casi hasta que se hizo de noche y no pudimos seguir leyendo por la falta de luz. Entonces el abuelo, ya cansado, dijo:

- Bueno ya seguiremos mañana.

Yo, que también estaba cansada, le pregunté al abuelo:

- ¿Yo también podré escribir en el libro algún día?

El abuelo me miró y sonrió.

Claro que escribirás -me dijo- De hecho ya podrías ir pensando una historia.



Estaba muy emocionada. Escribiría un cuento en el libro. Se lo dejaría a mi nieto o nieta y dentro de muchos años, algún niño leería el cuento que yo iba a escribir. Nunca pensé que en mi familia podía haber un tesoro igual y nunca pensé lo bien que te lo podías pasar escuchando a tus abuelos.


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