Esta noche se improvisa la comedia



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Esta noche se improvisa la comedia

ADVERTENCIA



El anuncio de esta comedia, tanto en los periódicos como en los prospectos y carteleras, debe ser puesto sin el nombre del autor, así:


TEATRO N.N.
ESTA NOCHE SE IMPROVISA LA COMEDIA

bajo la dirección del

Doctor Hinkfuss

(.............................)
con la colaboración del público, que se prestará

a ello gentilmente, y de las señoras .......... y



los señores ............



(En las rayas de puntos, los nombres de las actri­ces y actores principales. No es mucho, pero bastará así.)

La sala del teatro está llena esta noche de ese público especial que suele asistir a los estrenos.

El anuncio en los periódicos y carteleras del insólito espectáculo de una comedia «que van a improvi­sar», ha despertado en todos una gran curiosidad. Sólo los señores críticos teatrales de los periódicos de la localidad, la disimulan; porque creen poder decir mañana fácilmente que fue «un churro». (¡Dios mío, algo así como la antigua comedia del arte!: pero ¿dónde están hoy los actores capaces de improvisar, como en sus tiempos aquellos cómicos endiablados de la comedia del arte, a los cuales, por otra parte, los antiguos cañamazos, y la máscara tradicional, y el re­pertorio, facilitaban la tarea, y no poco?) Los críticos están un poco encolerizados porque no se lee en las carteleras ni en los periódicos, ni se sabe, además, el nombre del escritor, que habrá dado al director y a los actores de esta noche, por lo menos, un guión; priva­dos de toda indicación a la que poder hacer cómoda­mente referencia, a un juicio ya dado, temen caer en alguna contradicción.

Puntualmente, a la hora anunciada para la repre­sentación, se apagan las luces de la sala y se enciende, baja, la batería del escenario.
El público, ante la imprevista penumbra, primero presta atención; luego, no oyendo el gong que suele anunciar que se alza el telón, empieza a agitarse un poco; tanto más que, a través del telón cerrado, llegan del escenario voces confusas y acaloradas, como si los actores protestaran y alguien tratara de cortar sus pro­testas.
Un señor del patio de butacas. —(Mira a su alre­dedor y pregunta fuerte.) ¿Qué ocurre?

Otro de la galería. —Parece que hay una lucha en el escenario.

Un tercero de los sillones. —Quizá forme parte del espectáculo. (Alguien ríe.)

Un señor anciano, desde un palco. —(Como si aque­llos rumores fueran una ofensa a su seriedad de es­pectador muy en su papel.) ¿Pero qué escándalo es éste? ¿Cuándo se ha visto una cosa semejante?

Una señora anciana. —(Saltando de su butaca, en las últimas filas, con cara de gallina espantada.) ¿No será un incendio? ¡Dios nos libre!

El marido. —(Rápido, sujetándola.) ¿Estás loca? ¿Qué incendio? ¡Siéntate y estáte quieta!

Un joven espectador vecino. —(Con una melancó­lica sonrisa de compasión.) ¡No lo diga usted ni en broma! ¡Habrían bajado el telón metálico, señora! (Por fin suena el gong del escenario.)

Algunos de la casa. —¡Ah! ¡Ya está! ¡Ya está!

Otros. —¡Silencio!

(Pero el telón no se abre. En cambio, se oye de nuevo el gong, al cual responde desde el fondo de la sala la voz colérica del Doctor Hinkfuss, que ha abierto violentamente la puerta de entrada y avanza furioso por el pasillo central del patio de butacas.)

Doctor Hinkfuss. —¡Pero qué es eso! ¿Quién ha mandado tocar el gong? ¡Daré yo la orden, cuando sea hora!

(Estas frases serán gritadas por el Doctor Hink­fuss mientras atraviesa el pasillo y sube la escalerilla que conduce de la sala al escenario. Ahora se dirige al público, conteniendo con admirable rapidez sus ner­vios alterados. Viste de frac, con un rollo de papel bajo el brazo. El Doctor Hinkfuss sufre la terribilísi­ma e injustísima condena de ser un hombrecillo poco más alto que un brazo. Pero se venga de ello llevando una cabellera así de larga. Mira primero sus manitas, que quizá le infunden repugnancia a él mismo, con aquellos deditos pálidos, velludos, que al moverse pa­recen orugas; luego dice, sin dar mucho peso a las frases:) Siento mucho el momentáneo desorden que el público ha podido advertir detrás del telón, antes de la presentación, y pido a ustedes que me perdonen; aunque, quizá, si se quiere tomar y considerar como prólogo involuntario...

El señor de las butacas. —(Interrumpiendo, con­tentísimo.) ¡Eso, eso! ¡Lo había dicho yo!

Doctor Hinkfuss. —(Con fría dureza.) ¿Qué tiene que observar el señor?

El señor de las butacas. —Nada. Estoy contento de haberlo adivinado.

Doctor Hinkfuss. —¿Adivinado, qué?

El señor de las butacas. —Que esos rumores formaban parte del espectáculo.

Doctor Hinkfuss. —¡Ah!, ¿sí? ¿De veras? ¿Le ha parecido que era un truco? ¡Precisamente esta noche que me he propuesto jugar con las cartas boca arriba! No se haga ilusiones, caballero. He llamado prólogo involuntario, y añado no del todo impropio, quizá, al insólito espectáculo a que asisten ustedes esta noche. Le ruego no me interrumpa. He aquí, señoras y seño­res... (Saca el rollo de papel de debajo del brazo.) En este rollo de pocas páginas, tengo todo lo que necesito Casi nada. Un cuentecillo, o poco más, apenas dialoga­do, a trozos, por un escritor que a ustedes no les es desconocido.

Algunos, en la sala. —¡El nombre! ¡El nombre!

Uno de la galería. —¿Quién es?

Doctor Hinkfuss. —Por favor, señores, por favor. No es mi intención convocar al público para unas elec­ciones. Quiero, sí, responder de lo que he hecho; pero no puedo admitir que me pidan cuentas durante la representación.

El señor de las butacas. —Todavía no ha empe­zado.

Doctor Hinkfuss. —Sí, señor, ha empezado. Y el que menos derecho tiene a ponerlo en duda es usted, que ha tomado esos rumores del principio como pró­logo del espectáculo. La representación ha empezado, puesto que estoy yo aquí, ante ustedes.

El señor anciano, desde el palco. —(Congestionado.) Yo creí que venía usted a pedir perdón por el escán­dalo inaudito de esos rumores. Por lo demás, le advierto a usted que no he venido al teatro a oír una con­ferencia.

Doctor Hinkfuss. —¡Pero qué conferencia! ¿Cómo se atreve usted a creer y a decir a gritos que yo estoy aquí para hacerle oír a usted una conferencia? (El se­ñor anciano, muy indignado por este apóstrofe, se le­vanta rápido y sale gruñendo del palco.) ¡Ah, puede usted marcharse!, ¿sabe? Nadie se lo impide. Yo estoy aquí, señores, sólo para prepararles para todo lo insó­lito que van ustedes a presenciar esta noche. Creo me­recer su atención. ¿Quieren ustedes saber quién es el autor del cuentecillo? Puedo decírselo, si quieren.

Algunos, en la sala. —¡Claro que sí! ¡Dígalo! ¡Dí­galo!

Doctor Hinkfuss. —Bueno, pues lo diré: Pirandello.

(Exclamaciones en la sala: ¡Uhhhh...!)

El de la galería. —(Fuerte, dominando las excla­maciones.) ¿Y quién es ése?

(Muchos, en las butacas, en los palcos y plateas, se ríen.)

Doctor Hinkfuss. —(Riendo un poco él también.) ¡Siempre el mismo, sí; incorregiblemente! ¡Pero si ya les ha hecho de las suyas dos veces a mis colegas; una vez, mandándole a uno seis personajes perdidos, en busca de autor, que armaron una revolución en el escenario y les hicieron perder la cabeza a todos; y otra vez, presentando con engaño una comedia con clave, por la cual otro de mis colegas tuvo que ver cómo el espectáculo fue interrumpido por todo el pú­blico sublevado; esta vez no hay peligro de que me haga a mí lo mismo. Estén ustedes tranquilos. Lo he eliminado. Su nombre ni siquiera figura en las car­teleras; porque también hubiera sido injusto por mi parte hacerlo responsable del espectáculo de esta noche, aunque sólo fuera en parte. El único responsa­ble soy yo. He cogido un cuento suyo, como podría haber cogido otro cualquiera. He preferido uno suyo, porque, entre todos los autores teatrales, quizá sea el único que ha demostrado comprender que la obra del escritor ha terminado en el mismo momento en que él termina de escribir la última palabra. De esta obra suya, responderá al público de lectores y a la crítica literaria. No puede ni debe responder al público de espectadores y a los señores críticos teatrales, que juz­gan sentados en el teatro.

Voces, en la sala. —Ah, ¿no? ¡Ésta es buena!

Doctor Hinkfuss. —No, señores. Porque, en el tea­tro, la obra del escritor ya no existe.

El de la galería. —¿Pues qué existe, entonces?

Doctor Hinkfuss. —La creación escénica que haya hecho yo, y que es sólo mía. Vuelvo a rogar al público que no me interrumpa. Y advierto..., ya que he visto sonreír a alguno de los señores críticos..., que ésa es mi convicción. Son muy dueños de no respetarla y de seguir metiéndose injustamente con el escritor, al cual, sin embargo, concederán ustedes que tiene derecho también a sonreírse de sus críticas, como ustedes ahora de mi convicción: en el caso, se entiende, de que las críticas sean desfavorables; porque, en el caso contrario, sería el escritor el injusto tomando para él los elogios que me corresponden a mí. Mi convic­ción está basada en sólidas razones. La obra del es­critor es ésta. (Y enseña el rollito de papel.) ¿Qué hago yo con ella? La tomo como materia prima de mi crea­ción y me sirvo de la calidad de los actores elegidos para hacer los papeles según la interpretación que yo he dado a la obra; y de los escenógrafos y tramo­yistas, a los que ordeno que pinten o monten los decorados; y de los electricistas que lo iluminan; todos, según las instrucciones e indicaciones que yo dé.

En otro teatro, con otros actores y otro montaje, con otra disposición y otras luces, admitirán ustedes que la creación sería ciertamente distinta. ¿Y no les parece a ustedes que queda demostrado con esto que lo que se juzga en el teatro no es nunca la obra del escritor —única en su texto—, sino ésta o aquella creación escénica que se ha hecho de la misma, todas distintas, mientras la obra sigue siendo una? Para juzgar el texto, sería preciso conocerlo; y en el tea­tro no es posible, a través de una interpretación, que hecha por ciertos actores será una y hecha por otros será forzosamente otra. Sólo la obra que pudiera representarse por sí sola, no con actores, sino con sus mismos personajes, que, por prodigio, adquirieran cuerpo y voz; sólo en ese caso, podría, sí, ser juzgada directamente en el teatro. Pero, ¿es acaso posible tal prodigio? Hasta ahora, nadie lo ha visto. Y entonces, ¡oh, señores!, queda el que con más o menos empeño se las ingenia para crear, cada noche, con sus acto­res: el director de escena. El único posible.

Para evitar a lo que digo todo aspecto de parado­ja, les invito a considerar que una obra de arte queda fija para siempre en una forma inmutable que repre­senta la liberación del poeta de su trabajo creador: la perfecta quietud, alcanzada después de todas las agitaciones de ese trabajo.

Bien. ¿Les parece a ustedes, señores, que pueda seguir habiendo vida donde ya nada se mueve; donde todo reposa en una perfecta quietud?

La vida debe obedecer a dos necesidades que, por ser opuestas entre sí, no le consienten tener consis­tencia duradera ni moverse siempre. Si la vida se moviera siempre, no tendría consistencia nunca; si tu­viera consistencia siempre, ya no se movería. Y la vida necesita tener consistencia y moverse.

El poeta se engaña cuando cree haber encontrado la liberación y alcanzado la quietud fijando para siem­pre su obra de arte en una forma inmutable. Sola­mente ha terminado de vivir esa su obra. La libe­ración y la quietud hay que pagarlas al precio de de­jar de vivir

Y cuantos las han encontrado y alcanzado, se en­cuentran en esa miserable ilusión, que creen estar todavía vivos; pero están tan muertos que ni siquiera perciben ya el hedor de su cadáver.

Si una obra de arte sobrevive, es sólo porque no­sotros podemos todavía moverla de la fijeza de su forma; desatar esa su forma dentro de nosotros en movimiento vital; y la vida se la damos nosotros en­tonces; de vez en cuando, diversa, y distinta, según cada uno de nosotros; tantas vidas, y no una, como se puede deducir de las continuas discusiones que suscitan y que nacen de no querer creer precisamen­te esto: que somos nosotros los que le damos esa vida; de manera que la que le doy yo no puede ser igual, en absoluto, a la de otro. Les ruego me dispen­sen, señores, del largo rodeo que he tenido que hacer para llegar a esto, que es el punto a donde quería llegar.

Alguno podría preguntarme:

«¿Pero quién le ha dicho a usted que el arte tenga que ser vida? Cierto que la vida debe obedecer a las dos opuestas necesidades que usted dice, y por eso no es arte; como el arte no es vida, precisamente, porque consigue liberarse de esas opuestas necesida­des y consiste para siempre en la inmutabilidad de su forma. Y justamente por eso, el arte es el reino de la creación realizada, allí donde está la vida, como debe ser, en una formación infinitamente varia y con­tinuamente mudable. Cada uno de nosotros intenta crearse a sí mismo y la propia vida, con las mismas facultades del espíritu con que el poeta crea su obra de arte. Y, en efecto, el mejor dotado y que sabe em­plearlas mejor, consigue alcanzar una mayor altura y darle una consistencia más duradera. Pero nunca será una verdadera creación; ante todo porque está destinada a acabar y perecer con nosotros en el tiem­po; luego, porque tendiendo a alcanzar una meta, nun­ca será libre; y, por último, porque, expuesta a todos los azares imprevistos, a todos los obstáculos que los demás le ponen, corre el riesgo continuo de ser con­trariada, desviada, deformada. El arte, en cierto sen­tido, se venga de la vida, porque la suya sólo es ver­dadera creación en cuanto está liberada del tiempo, de las casualidades y de los obstáculos, sin otro fin que en sí misma.»

Sí, señores, respondo yo; así es, precisamente.

Y cuántas veces, les digo, me ha ocurrido pensar con angustioso espanto en la eternidad de una obra como en una inalcanzable y divina soledad, de la cual hasta el mismo poeta, inmediatamente después de ha­berla creado, queda excluido: ellos, mortales de aquella inmortalidad.

Tremenda, en la inmovilidad de su actitud, una estatua. Tremenda, esta eterna soledad de las for­mas inmutables, fuera del tiempo.

Todo escultor —yo no lo sé, pero me lo supongo—, después de haber creado una estatua, si verdadera­mente cree haberle dado vida para siempre, debe de­sear que ella, como una cosa viva, tenga que poder liberarse de su actitud, y moverse, y hablar.

Dejaría de ser estatua; se convertiría en persona viva. Pero sólo a ese precio, señores, puede traducirse en vida y volver a moverse lo que el arte fijó en la inmovilidad de una forma; con la condición de que esa forma vuelva a tener movimiento en nosotros, una vida diversa, y varia, y momentánea: la que cada uno de nosotros sea capaz de darle.

Hoy día se dejan fácilmente en aquella su divina soledad fuera del tiempo las obras de arte. Los es­pectadores, después de una gravosa jornada de preo­cupaciones gravosas y afanosas ocupaciones, angus­tias y trabajos de todo género, por la noche, en el teatro, quieren divertirse.



El señor de las butacas. —¿Divertirnos? ¿Con Pirandello? (Se ríe.)

Doctor Hinkfuss. —No hay peligro. Estén ustedes seguros. (Muestra de nuevo el rollito.) Esto no es nada. Lo haré yo, lo haré yo: todo por mí. Y espero haberles creado un espectáculo agradable, si los cua­dros y escenas se hacen con el atento cuidado con que yo los he preparado, tanto en el conjunto como en los detalles; y si mis actores responden en todo a la con­fianza que he puesto en ellos. Por lo demás, estaré yo aquí, entre ustedes, dispuesto a intervenir si es necesario, sea para encarrilar la representación, al me­nor obstáculo, o para suplir con explicaciones y aclara­ciones cualquier defecto en el trabajo; lo cual —y ello me halaga— les hará a ustedes más agradable la novedad de esta tentativa de comedia improvisada. He dividido en tantos cuadros el espectáculo. Breve pausa de uno a otro. Muchas veces, sólo un momento de oscuridad, del cual un nuevo cuadro nacerá de improviso, aquí, en el escenario, o también entre us­tedes: sí, en la sala he dejado expresamente un palco vacío, allí arriba, que a su tiempo será ocupado por los actores; y entonces todos ustedes participa­rán también en la acción. Una pausa más larga les será concedida, para que puedan ustedes salir de la sala, pero no a respirar, se lo advierto desde ahora, porque les he preparado también allí, en el vestíbulo, una nueva sorpresa.

Una última y brevísima advertencia, para que pue­dan ustedes orientarse.

La acción se desarrolla en una pequeña ciudad del interior, en Sicilia, donde —como saben ustedes— las pasiones son fuertes, anidan en lo más profundo, y luego arden con violencia: entre todas, ferocísima, la de los celos. El cuento representa precisamente uno de esos casos de celos, y de los más tremendos, por irremediables: los del pasado. Y ocurren en una fa­milia de la que deberían haber estado más alejados que nunca, porque, entre la clausura casi hermética de todas las demás, es la única de la ciudad abierta a los forasteros, con una hospitalidad excesiva, prac­ticada como de intento, a despecho de la maledicencia y para desafiar el escándalo que los demás hacen de ello.

La familia La Croce.

Está compuesta, como verán ustedes, por el pa­dre, don Palmiro, ingeniero de minas: Zampoña, como lo llama todo el mundo, porque, distraído, siempre está silbando; la madre, doña Ignacia, oriunda de Nápoles, conocida en la comarca por La Generala; y cuatro bellas hijas, regordetas y sentimentales, vi­vaces y apasionadas:

Mommina, Totina, Dorina y Nené.



Y ahora, con permiso. (Da unas palmadas, como para llamar; y, apartando un poco el telón, ordena en el interior del escenario:) ¡Gong! (Se oye un golpe de gong.) Llamo a los actores para la presentación de los personajes.
(Se abre el telón.)
I

Se ve, casi a la espalda, un telón ligero, verde, que puede abrirse por el medio.

Doctor Hinkfuss. —(Separando un poco un ala de este telón y llamando:) Por favor, señor... (Pronun­cia el nombre del Primer Actor, que hará el papel de Rico Verri. Pero El Primer Actor, aunque está de­trás de las cortinas, no quiere salir. Entonces, el Doc­tor Hinkfuss repite:) Por favor, por favor, salga us­ted, señor... (Como antes.) Espero que no insistirá usted en su protesta, incluso delante del público.

El Primer Actor. —(Vestido y caracterizado de Pico Verri, con uniforme de oficial de aviación, sa­liendo de detrás de la cortina excitadísimo.) ¡Insisto, sí, señor! ¡Tanto más que usted se atreve ahora a lla­marme por mi nombre delante del público!

Doctor Hinkfuss. —¿Le he ofendido?

El Primer Actor. —Sí, y sigue usted ofendiéndo­me, sin darse cuenta, al tenerme discutiendo con us­ted después de haberme obligado a salir.

Doctor Hinkfuss. —¿Quién le manda discutir? ¡No discuta! ¡Yo lo llamo para que cumpla usted con su deber!

El Primer Actor. —Estoy dispuesto. Cuando me toque salir a escena. (Se retira, apartando la cortina con un gesto de cólera.)

Doctor Hinkfuss. —(Que ha quedado mal.) Que­ría presentarlo...

El Primer Actor. —(Volviendo a salir.) ¡No, se­ñor! ¡Usted no tiene que presentarme al público, que me conoce! ¡Yo no soy ningún títere en manos de us­ted, para mostrarme al público como aquel palco que han dejado allí vacío, o una silla puesta en un sitio determinado para conseguir algún efecto mágico de los suyos!

Doctor Hinkfuss. —(Apretando los dientes, frito.) Usted abusa en este momento de la paciencia que debo tener...

El Primer Actor. —(Rápido, interrumpiendo.) ...no, señor mío: nada de paciencia; usted debe creer solamente que, bajo estos vestidos, el señor... (dice su nombre) ya no existe; porque, habiéndose com­prometido con usted para trabajar esta noche im­provisando, para tener a punto las frases que han de nacer, nacer del personaje que represento, y es­pontánea la acción, y natural todo gesto; el señor... (como antes) tiene que vivir el personaje de Rico Verri: y lo es, lo es ya; tanto que, como le decía al prin­cipio, no sé si podrá adaptarse a todas las combina­ciones, sorpresas y jueguecitos de luz y sombra preparados por usted para divertir al público. ¿Ha comprendido? (Se oye en este momento el chasquido de una sonorísima bofetada detrás de la cortina, e, inmediatamente después, la protesta del Viejo Actor de Carácter, que hará el papel de «Zampoña».)

El Viejo Actor de Carácter. —¡Ay! ¿Qué es eso? ¡No pegue usted esas bofetadas en serio, caramba! (La protesta es acogida con risas detrás de la cortina.)

Doctor Hinkfuss. —(Mirando detrás de la corti­na, hacia el escenario.) ¿Pero qué diablos ocurre? ¿Qué ha pasado ahora?

El Viejo Actor de Carácter. —(Saliendo de la corti­na con una mano en la mejilla, vestido y caracteriza­do de «Zampoña».) Pues pasa que no tolero que la señora... (dice el nombre de La Característica), con el pretexto de que tiene que improvisar, me suelta cada bofetada —¿no ha oído usted?— que, entre otras cosas (le muestra la mejilla golpeada), me estropea el maquillaje, ¿no?

La Característica. —(Saliendo, vestida y caracterizada de Doña Ignacia.) ¡Pues defiéndase, santo cielo! ¡Eso poco cuesta! Es un movimiento instintivo y na­tural.

El Viejo Actor de Carácter. —¿Y cómo voy a de­fenderme, si usted me las suelta así, de improviso?

La Característica. —¡Cuando se las merece, señor mío!

El Viejo Actor de Carácter. —¡Ya! ¡Pero yo no sé cuándo me las merezco, señora mía!

La Característica. —¡Pues esté siempre a la de­fensiva, porque se las merece siempre! ¡Y yo, si he de improvisar, no voy a soltárselas en un momento señalado de antemano!

El Viejo Actor de Carácter. —¡Pero no hay necesidad de que me las suelte de verdad!

La Característica. —Y entonces, ¿cómo? ¿Fingi­das? Yo no tengo un papel aprendido de memoria: tiene que venir todo de aquí (señala del estómago para arriba) y ser todo espontáneo. Usted me las arran­ca, y yo se las suelto.

Doctor Hinkfuss. —¡Vamos, señores, que están ustedes delante del público!

La Característica. —Estamos haciendo ya nuestro papel, señor Director.

El Viejo Actor de Carácter. —(Volviendo a lle­varse la mano a la mejilla.) ¡Y cómo!

Doctor Hinkfuss. —¡Ah! ¿Usted lo entiende así?

La Característica. —Dispense, ¿no quería usted hacer la presentación? ¡Pues aquí estamos presentán­donos nosotros solos! ¡Una bofetada, y este imbécil de mi marido ya está presentando. (El Viejo Actor db Carácter, en su papel de «Zampoña», se pone a sil­bar.) ¿Ve usted? Ya está silbando. Perfectamente den­tro de su papel.

Doctor Hinkfuss. —¿Pero les parece a ustedes po­sible, fuera de esta cortina, fuera de cuadro, y sin ningún orden?

La Característica. —¡No importa! ¡No importa! ¡No importa!

Doctor Hinkfuss. —¿Cómo, no importa? ¿Qué quiere usted que comprenda el público, así?

El Primer Actor. —¡Claro que comprenderá! ¡Así comprenderá mucho mejor! Déjelo de nuestra cuenta. Estamos todos caracterizados para hacer nuestros pa­peles.

La Característica. —Actuaremos, créame, con mu­cha más facilidad y naturalidad, sin el estorbo y sin el freno de un campo limitado de una acción prees­tablecida. ¡Haremos, haremos también todo lo que usted ha preparado! Pero, mientras tanto, mire, con su permiso voy a presentar también a mis hijas. (Apar­ta la cortina para llamar.) ¡Chicas! ¡Venid aquí! (Coge por un brazo a la primera y la hace salir.) Mommina. (Luego, a la segunda.) Totina. (Luego, a la tercera.) Dorina. (Luego, a la cuarta.) Nené. (Todas, excepto la primera, hacen al entrar una magnífica reverencia.) ¡Unas chicas estupendas, gracias a Dios, que se me­recen las cuatro llegar a ser reinas! ¿Quién dice que son hijas de un hombre como ése?

(Don Palmiro, al verse señalado, vuelve rápido la cabeza y se pone a silbatear.) ¡Silba, sí, silba! ¡Ay, querido, un poco de grisú, mira, como yo tomo un poco de rapé, un poco de grisú en tus narices es lo que debía ponerte tu mina de azufre: sí, querido, que te deje tieso y te quite de una vez de delante de mi vista!

Totina. —(Acudiendo con Dorina a sujetarla.) ¡Por caridad, mamá, no empieces!

La Característica. —¡Él es el que se ha puesto a silbar! (Luego, saliéndose del papel, al Doctor Hinkfuss.) ¡No dirá usted que no sale bien! ¿Eh?

Doctor Hinkfuss. —(Con una chispa de malicia, encontrando rápidamente una salida para salvar su prestigio.) Como el público habrá comprendido, esta rebelión de los actores que están a mis órdenes, es fingida, concertada de antemano entre ellos y yo, para hacer más espontánea y viva la representación. (Ante esta mala pasada, los actores se quedan de repente como fantoches con gesto de turbación. El Doctor Hinkfuss lo nota en seguida: Se vuelve a mirarlos y los muestra al público:) Este azoramiento también es fingido.

El Primer Actor. —(Agitándose, indignado.) ¡Ton­terías! Yo ruego al público se digne creer que mi protesta no ha sido fingida, ni mucho menos. (Retira la cortina, como antes, y se va furioso.)

Doctor Hinkfuss. —(Rápido, como confidencial­mente, al público.) Todo es fingido: incluso esta di­vergencia. Al amor propio de un actor como... (dice el nombre del actor), uno de los mejores de nuestra escena, yo no puedo menos de concederle alguna sa­tisfacción. Pero ustedes comprenderán que todo lo que ocurra aquí arriba no puede menos de ser fingido. (Dirigiéndose a La Característica.) Siga, siga usted, señora... (Como antes.) Va muy bien. No podía espe­rar menos de usted.

La Característica. —(Desconcertada, casi atolon­drada de tanta falta de discreción, sin saber ya qué hacer.) ¡Ah!, ¿quiere usted... ahora, que siga yo...? Y... y..., perdone, ¿qué tengo que hacer?

Doctor Hinkfuss. —¿Qué va a hacer? ¡La presen­tación! ¡La presentación, que había empezado tan bien, como habíamos convenido!

La Característica. —No, no, escuche: no diga «con­venido», por favor, si no quiere que me quede yo aquí parada, sin saber qué decir.

Doctor Hinkfuss. —(De nuevo al público, como confidencialmente.) ¡Es magnífica!

La Característica. —¿Pero quiere usted dar a en­tender, en serio, que habíamos concertado con usted esta nuestra salida a escena?

Doctor Hinkfuss. —Pregúntele usted al público, a ver si no tiene la impresión, en este momento, de que estamos improvisando la comedia. (El señor de las butacas, los cuatro del palco platea, el de la ga­lería, empiezan a aplaudir; pero, si el público no los sigue por contagio, dejarán de aplaudir en seguida.)

La Característica. —¡Ah, bien, eso sí! ¡Verdade­ramente, estamos improvisando! Hemos salido, y tan­to yo como usted no hacemos más que improvisar.

Doctor Hinkfuss. —Bueno, pues siga usted. ¡Siga, y llame a los demás actores para presentarlos!

La Característica. —¡Ahora mismo! (Llamando hacia dentro del telón.) ¡Eh, jovencitos! ¡Aquí, aquí todos!

Doctor Hinkfuss. —¡Haciendo su papel, por su­puesto!

La Característica. —No lo dude, están en ello. ¡Aquí, aquí, amiguitos! (Entran ruidosamente cinco jóvenes oficiales de aviación, de uniforme. Primero sa­ludan enfáticamente a Doña Ignacia.)

—¡Querida doña Ignacia!

—¡Viva nuestra gran Generala!

—¡Y nuestra Santa Protectora! (Y otras explica­ciones por el estilo. Luego saludan a las cuatro mu­chachas, que contestan alegremente. Alguno va a sa­ludar también a Don Palmiro. Doña Ignacia trata de interrumpir aquel alboroto de saludos verdaderamen­te improvisados.)



La Característica. —¡Piano, piano, queridos, no alborotar así! ¡Usted aquí, Pomárici, mi sueño dora­do para Totina! ¡Venga, cójala usted del brazo, así! ¡Y usted, Sarelli, aquí con Dorina!

El Tercer Oficial. —¡No, hombre, no! ¡Dorina está conmigo (la sujeta por un brazo), déjese de bro­mas!

Sarelli. —(Cogiéndola por el otro brazo y tirando de ella.) ¡Ahora me la cedes, que su madre me la ha asignado!

El Tercer Oficial. —¡Ni hablar! ¡Esta señorita y yo estamos de acuerdo!

Sarelli. —(A Dorina.) ¡Ah! ¿Ustedes están de acuerdo? ¡Enhorabuena! (Denunciándolos.) ¿Ha oído usted, Doña Ignacia?

La Característica.—¿Cómo, de acuerdo?

Dorina. —(Enfadada.) ¡Claro que sí, señora... (dice el nombre de La Actriz de Carácter), de acuerdo para hacer nuestros papeles!

El Tercer Oficial. —Señora, haga el favor de no armar líos. Habíamos quedado...

La Característica. —¡Ah, sí, perdonen, no me acor­daba! Usted, Sarelli, está con Nené.

Nené. —(A Sarelli, abriendo los brazos.) ¡Con­migo! ¿No recuerda usted que habíamos quedado en eso?

Sarelli. —¡Si es igual! Nosotros estamos aquí sólo para armar un poco de jaleo.

Doctor Hinkfuss. —(A La Característica.) ¡Un poco de atención, señora, por favor!

La Característica. —Sí, sí, perdone; tenga un poco de paciencia. Como son tantos, me había con­fundido. (Volviéndose para buscar a su alrededor.) Pero ¿y Verri? ¿Dónde está Verri? Tenía que estar aquí con sus compañeros.

El Primer Actor. —(Dispuesto, asomando la ca­beza por entre las cortinas.) ¡Sí, buenos compañeros, que dan lección de modestia a sus queridas hijas!

La Característica. —¿Pues qué quiere? ¿Que las tenga en un colegio de monjas, aprendiendo el catecismo y a bordar? Pasaron aquellos tiempos, Eneas... (Va a cogerlo y lo hace salir cogido de la mano.) ¡Va­mos, venga usted aquí, sea bueno! ¡Mírelas: usted que habla de modestia: no hacen alarde de ello; pero tienen sus virtudes de mujercitas de su casa, ¿sabe? ¡Como pocas, en estos tiempos! Mommina es una gran cocinera...

Mommina. —(En tono de reproche, como si la ma­dre acabara de revelar un secreto vergonzoso.) ¡Mamá!

Doña Ignacia. —...y Totina sabe remendar...

Totina. —(Como antes.) Pero ¡qué estás diciendo!

Doña Ignacia. —...y Nené...

Nené. —(Rápida, agresiva, amenazándole con ta­parle la boca.) ¿Quieres callarte, mamá?

Doña Ignacia. —...no hay otra que sepa, como ella, hacer un vestido nuevo de uno viejo...

Nené. —(Como antes.) ¿Pero no puedes callarte? ¡Ya está bien!

Doña Ignacia.—...quitarle las manchas...

Nené. —(Le tapa la boca.) ¡...ya está bien, mamá!

Doña Ignacia. —(Liberándose de la mano de Nené.) ...darles la vuelta... ¡Y para llevar las cuentas, Dorina!

Dorina. —¿Has acabado ya de vaciar el saco?



Doña Ignacia. —¡Adónde hemos llegado! ¡Se aver­güenzan...!

Zampoña. —¡...como de vicios secretos!

Doña Ignacia. —Y luego, no son nada exigentes; se conforman con poco. ¡Con tal de poder ir al teatro, no les importa quedarse sin comer! ¡Nuestro viejo melodrama: ¡ah!, me gusta tanto, a mí también!

Nené. —(Que entró con una rosa en la mano.) ¡El melodrama no, mamá! ¡La ópera Carmen! (Se pone la rosa en la boca y canta, contoneándose, provocativa):
«Es el amor un extraño pájaro

que no se puede domesticar...»


La Característica. —Sí, claro, la Carmen tam­bién; pero no hace bullir el corazón como el fuego de nuestro viejo melodrama, cuando ves que la inocencia grita y nadie la cree, y la desesperación de la ena­morada: «¡Ah! ¡Ese infame ha vendido mi honor...!» ¡Pregúntaselo a Mommina! Basta. (Dirigiéndose a Verri.) Usted vino por primera vez a nuestra casa, acuérdese bien, presentado por estos jóvenes...

El Tercer Oficial. —¡...y ojalá no se nos hubiera ocurrido nunca...!

La Característica. —...oficiales de guarnición en nuestro campo de aviación...

El Primer Actor. —...oficiales de complemento, si le es a usted lo mismo... por seis únicos meses... y luego, si Dios quiere, ¡se les acabó a éstos el mo­mio de poder vivir a costa mía!

Pomárici. —¿Nosotros? ¿A costa tuya?

Sarelli. —¡Míralo!

La Característica. —Eso no tiene nada que ver. Quería decir que ni yo, ni mis hijas, ni ése... (De nuevo, Don Palmiro, al verse indicado, vuelve la ca­beza y se pone a silbar.) ¡Deja de silbar, o te doy en la cara con este bolsito! (Es un bolso enorme. Don Palmiro deja de silbar en el acto.) ...Ninguno de no­sotros nos dimos cuenta, al principio, de que usted tenía esa sangre negra de los sicilianos...

El Primer Actor. —¡...y a mucha honra...!

La Característica. —¡...Ah, pero ahora ya lo sé...! ¡Y de qué manera!

Doctor Hinkfuss. —¡No anticipe nada, señora, no anticipe nada, por caridad!

La Característica. —No, no tenga miedo, no an­ticiparé nada.

Doctor Hinkfuss. —Limítese a la presentación, cla­rísima; y basta.

La Característica. —Clarísima, sí, no lo dude. Di­go, y es verdad, que antes no se jactaba de ello: al contrario, estaba con nosotros, haciendo frente a estos salvajes de la isla, que tomaban casi como una ofensa nuestro inocente género de vida, al estilo del continente; el que recibiéramos en casa a unos cuan­tos jóvenes, y toleráramos algunas bromas sin malicia... ¡Pero, Dios mío, si son cosas de la juventud! Él también bromeaba con mi hija Mommina... (La busca.) ¿Dónde está...? ¡Ah, está aquí! Ven, acércate, pobre hija mía desgraciada; todavía no es hora de que te pongas así; (La Primera Actriz, que hace el papel de Mommina, tirando de la mano, se resiste.) ¡Ven, ven aquí!

La Primera Actriz. —No, déjeme, señora... (dice el nombre de La Característica; luego, resueltamente, adelantándose, al Doctor Hinkfuss.) ¡Yo así no puedo trabajar, señor Director! Se lo digo desde ahora. ¡No es posible! Usted ha trazado un plan, ha establecido un orden de cuadros: bien, ¡pues aténgase a ellos! Yo tengo que cantar. Necesito sentirme segura, en mi puesto, en la acción que se me ha asignado. Pero así, a merced del viento, yo no voy.

El Primer Actor. —¡Claro! Porque quizá esta se­ñorita haya copiado y se haya aprendido de memoria las frases que tiene que decir, según el guión.

La Primera Actriz. —Naturalmente que me he preparado. ¿Y usted no?

El Primer Actor. —Yo también, yo también; pero no las frases que tengo que decir. ¡Las cosas claras, señorita! Entendámonos: no espere usted que yo hable como usted quiera hacerme hablar según las répli­cas que usted se ha preparado, ¿sabe? Yo diré lo que tengo que decir.

(A esta pelotera, sigue un murmullo de comenta­rios simultáneos entre los actores.)

—¡Claro! ¡Estaría bonito!

—¡Que uno le hiciera decir a otro lo que a él le conviniera!

—¡Pues, entonces, adiós comedia improvisada!

—¡Ya, puesta a ello, podría escribir también los papeles de los demás!

Doctor Hinkfuss. —(Cortando los comentarios.) ¡Señores míos, señores míos, hablen ustedes lo me­nos posible, hablen lo menos posible, ya se lo tengo dicho...! Basta. La presentación ya está hecha. Más actitudes, más actitudes y menos palabras, háganme caso. Les aseguro que las frases saldrán solas, espon­táneamente, de la actitud que adopten según la ac­ción, como yo se la he trazado. Sigan el guión y no se equivocarán. Déjense guiar y colocar por mí, como hemos acordado... Bueno, retírense ahora. Vamos a bajar el telón. (El telón ha bajado. El Doctor Hinkfuss, quedando en el proscenio, añade, dirigiéndose al público:) Un momento, por favor, señoras y señores. Ahora empezará el espectáculo en serio. Cinco minu­tos, solamente cinco minutos, con permiso de uste­des, porque tengo que ver si está todo en orden.

(Se retira, bordeando el tetón. Cinco minutos de pausa.)

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