Este libro es una copia, en una edición especial, de mi libro original en papel. Si ha llegado a tus manos, en calidad de regalo y muestra del afecto y cariño con que quiero compartirlo



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Brauchitsch y yo recorrimos la pista en mi automóvil particular. Fuimos muy despacio. Miré las copas de los árboles, se mecían con la brisa de la madrugada, pero muy suavemente, como adormecidos. Por consiguiente, en cuanto al viento no había peligro. No obstante, la pista estaba algo resbaladiza. Principalmente en la parte situada bajo la sombra de los pinos que estaba cubierta de escarcha. Y no podía conducir por el lado seco, pues con aquel bólido precisaba por entero de la pista.

Decidí esperar a que desapareciera la escarcha, pues tomar entonces la salida hubiera sido un riesgo estúpido. Regresamos a la meta. Neubauer se acercó:


  • ¿Cuándo deseas salir, Rudi?

  • Cuando la luz sea suficiente y la escarcha haya desaparecido.

Para no enfriarnos, hicimos ejercicio corriendo por la pista. Poco a poco se fue iluminando el cielo. Primero adquirió un tinte verde como de hierba; después rosado. Las desnudas siluetas de los árboles se recortaban ante aquel claro horizonte. Después, lentamente, sobre las montañas de Taunus, surgió el sol. Una bandada de cornejas salió del bosque de pinos y voló sobre los desiertos campos y se dirigió a la ciudad que, muy lejos, aparecía sumida en la azulada neblina matinal.

A los ocho se había evaporado la escarcha. Subí al automóvil.

- ¡Adelante! – ordenó Neubauer. Los mecánicos empujaron el vehículo hasta que el motor se puso en marcha. Entonces se detuvieron y empecé a correr. El cambio funcionaba perfectamente y el automóvil se agarraba bien: pude comprobarlo nada más arrancar. Se comportaba muchísimo mejor que el coche probado el año anterior.

Aumenté la velocidad; después más. Me parecía que se encogía la pista; cada vez se hacía más estrecha, más estrecha, hasta que se convirtió en una delgada cinta blanca. Los árboles de los lados se fundieron en un sólido muro negro.

La bandera, el final… Dejé que el automóvil siguiera corriendo y después me dirigí a la meta.

Los mecánicos vinieron corriendo, gritando y moviendo los brazos. Sus voces sonaban extrañamente tenues y metálicas en el silencio matinal. Todos me estrecharon la mano.

Encendí un cigarrillo, cuyo humo inhalé con ansia, y esperé en impaciente silencio las noticias telefónicas acerca del resultado del intento. Los mecánicos dieron la vuelta al automóvil e hicieron preparativos para la carrera de regreso. El récord se basa en el promedio de la velocidad de ida y la de la vuelta.

Finalmente un hombre vino corriendo.



  • ¡Récord, señor Caracciola! – gritó -. ¡Promedio de 427 km/h!

Le di las gracias con la mano y nuevamente arranqué. Ya desde el principio pisé fuerte el acelerador. Soplaba un poco de viento, una débil brisa matinal, pero que notaba muy bien, comprobando de qué manera hacía que el automóvil tendiese a ir hacia el lado derecho. Contrarresté aquella tendencia con movimientos de volante.

La pista volvía a parecerme estrecha, como una cinta blanca; los puentes de los cruces eran negros agujeros que había que atravesar con suma precisión. Pero antes de que mi cerebro tuviera tiempo de reflexionar, los había cruzado el automóvil.

No comprendía cómo mis reflejos eran más lentos que la propia velocidad del vehículo. Una y otra vez tenía la impresión de que pasarlos era cuestión de puntería.

En los espacios despejados persistía la lucha contra la corriente de aire. Después, de nuevo, la línea de meta y la bandera. Retiré el pie del acelerador, pero no frené. Los neumáticos debían de estar ya muy gastados y un ligero frenazo podría tener fatales consecuencias.

Por consiguiente, dejé que el automóvil rodase por su propio impulso casi tres kilómetros; así llegué al punto de partida. Neubauer fue el primero en venir a mi lado. Radiante y excitado, me dijo con grandes gritos:


  • ¡Cuatrocientos treinta y siete, Rudi! ¡Récord!

Me alargó las manos para abrazarme, pero no pudo: el automóvil era tan ancho que no podía ni tocarme.

  • ¿Quieres intentar rebajarlo?

Con un gesto de la cabeza le di a entender que no.

Alrededor del automóvil no se veía sino caras felices, manos que me saludaban. Todos mis amigos y mis ayudantes estaban allí. No podía oírles dentro de aquella especie de cápsula; menos aún porque tenía taponados con cera los oídos. Después desatornillaron la cubierta. Otra vez el aire fresco. ¡Qué cosa tan maravillosa el aire fresco, y qué maravilla habíamos logrado mi automóvil y yo! Después colocaron una escalera para bajar y desde ella caí en brazos de una jubilosa multitud que compartía mi alegría por aquel éxito.



  • ¡Bravo, Rudi! – gritó Neubauer abrazándome -. Han sido 437 km/h en una dirección y 432’ 692 de promedio entre los dos sentidos.

  • El automóvil se conduce maravillosamente – le dije -. Pero aún se puede sacar más rendimiento. Podríamos intentarlo mañana, pero con un engranaje posterior menos demultiplicado.

Hablamos unos momentos de las incidencias de la prueba y después fui hacia mi esposa, que me esperaba en nuestro automóvil. Permanecimos varios segundos abrazados sin hablarnos. Siempre se quedaba en el box esperando a que la gente me dejara tranquilo. Quería tenerme sólo para ella.

El interior de nuestro automóvil estaba cálido y era cómodo: en cierto modo era un pequeño hogar sobre ruedas. Una vez allí imaginé que mi vuelo en aquel bello monstruo de plata había sido solamente un sueño. ¿Cómo logré pasar por aquello pequeños agujeros negros…?

Nuestro coche fue rodeado por periodistas y por gentes que esperaban poder felicitarme; la mayoría viejos amigos míos. Querían que explicase algo sobre todo aquello. ¿Pero qué es lo que podía decirles? Tan sólo que el automóvil se había portado muy bien, y que en mi vida hubiese podido imaginar que una carretera pareciese tan estrecha; y que, naturalmente, el próximo día alcanzaría aún mayor velocidad, si las cosas marchaban bien.

Entre una larguísima cola de automóviles nos dirigimos hacia el Park Hotel para desayunar tranquila y cómodamente. Pero aquella tranquilidad duró muy poco. Llamaron a Neubauer por teléfono; regresó a la mesa en un estado de gran excitación.



  • ¡Los de Auto Unión se han ido para allá! Han llevado su automóvil caza-récords, a Rosemeyer y a toda la cuadrilla. Ya están camino de la autopista. Vamos, de prisa; debemos estar allí. Estoy seguro de que quieren batir nuestro récord antes de que salgan los periódicos de la tarde. ¿Qué te parece todo esto, Rudi?

Aquello causó sensación. Nadie sabía qué decir. ¿Desde cuándo se luchaba por conseguir récords como si se tratase de carreras? Era un asesinato.

  • Yo no voy allí – le dije a Neubauer.

En aquel instante, como si fuera algo real, me imaginé a dos grandes monstruos que corrían en competición hasta que uno era derrotado. Además, era ya muy tarde; el viento soplaba muy fuerte. Durante la carrera lo aprecié, aun siendo muy leve. Con aquella velocidad, los neumáticos casi no tocaban el suelo y se acusa cualquier insignificante corriente de aire.

Fui tranquilizándome. Todos callábamos. Nuestros pensamientos estaban en la autopista de Frankfurt-Darmstadt. Después del desayuno, mientras fumábamos, Brauchitsch me preguntó:



  • ¿No te parece que, después de todo, quizás…?

  • Sí – le dije. Tendríamos que ir allí, pues, por otra parte, aquí no podemos quedarnos tranquilos.

Salimos. La línea de partida estaba llena de peiodistas, de aficionados, de público. Gran número de automóviles estaba aparcado a ambos lados de la autopista. El cielo estaba cubierto por pequeñas nubes, así que, en conjunto, algunas zonas del paisaje estaban bañadas de luz solar. El viento era algo más vivo; mientras me dirgía hacia allí pude darme cuenta de cómo se movían las copas de los árboles.

Rosemeyer ya estaba sentado dentro del automóvil. Le rodeaba una gran multitud. Me abrí camino entre la masa humana y estreché su mano.



  • ¡Felicidades, Rudi! – me dijo sonriendo.

  • Gracias – le contesté. Deseaba decir algo más, mucho más. En aquel momento no contaba la rivalidad. Era mi camarada y estaba a punto de exponerse a los mismos peligros por los que yo había pasado.

Vi cómo se disponía a arrancar, y en aquel momento tuve miedo. Quería decirle que sería mejor que lo intentara durante la madrugada. Cuando yo me senté al volante solamente pensé en mi tarea; pero en aquel momento pensaba solamente en el peligro. Se me hizo un nudo en la garganta. No podía, no debía decirle nada…

De nuevo me sonrió jovial, con su risa juvenil. Después se volvió hacia alguien. Regresé a mi automóvil y me senté detrás del volante. Nos quedamos allí, como dentro de una cálida habitación en pleno aire libre. Brauchitsch estaba a mi lado.



  • ¡Con ese viento! – le dije -. ¿Puedes comprenderlo?

Se encogió de hombros. Vimos después cómo despejaba la pista el público y cómo el coche de Rosemeyer arrancaba igual que una flecha de plata. El gentío se reunió en un gran grupo, en espera del regreso.

Un rato después regresó Rosemeyer. Había mejorado su tiempo respecto al del año pasado, pero no había batido mi récord.

El viento soplaba con más fuerza. Nuevamente se colocó Rosemeyer en el punto de salida. Al cabo de unos intentos, arrancó. Esperamos sentados en nuestro automóvil…

De repente se produjo un movimiento entre la multitud. Al principio corrieron unos pocos; después todos. Bajé la ventanilla del coche.



  • ¿Qué ha sucedido? – grité a un muchacho que corría.

  • Rosemeyer se ha estrellado – nos contestó.

Permanecimos allí.

  • No quiero ir a verle - dije.

  • Yo tampoco – murmuró Brauchitsch. Y al cabo de unos instantes añadió:

  • ¿Por qué? ¿Es necesario?

No le contesté, pero sentí la sensación de hallarme al borde de un precipicio que se hubiese abierto de repente ante mis pies. ¿Por qué? ¿Tenía sentido que los hombres estuviesen persiguiéndose hasta la muerte por querer ganar unos segundos? ¿Servía esto para el progreso? ¿Servía en algún sentido a la humanidad? ¡Qué ridícula era esta frase en ese momento, cara a cara con la gran realidad de la muerte! Pero entonces, ¿por qué?, ¿para qué?

Por primera vez comprendí que se vive la vida de acuerdo con sus propias leyes, y que la ley del que lucha es la de quemarse a sí mismo, hasta la menos fibra, sin tener en cuenta para nada lo que les pase a sus cenizas.

Una figura solitaria vino hacia nosotros. Era el doctor Glaeser, el médico oficial de Mercedes y de Auto Unión. Su rostro era solemne. Se nos acercó.


Me mordí los labios. En aquel momento me pareció como si toda la vida se hubiese detenido.

Teníamos helados los corazones. Era inevitable: ¿quién podría sobrevivir en un accidente a aquella velocidad? Habíamos esperado que se produjera un milagro. Bernd Rosemeyer, la personificación de lo joven, de lo heroico, había caído. Siempre sonriente, como si todo fuera un simple juego, había alcanzado sus victorias. Sin embargo, tuvo que pagarlas, y el destino le exigió el pago supremo. Nunca olvidaría a aquel camarada, al amigo Rosemeyer.

El doctor Glaeser, con la cabeza inclinada, continuaba de pie al lado del coche. Le di la mano. Sentí un escalofrío. Di la vuelta al automóvil y regresamos a la ciudad.

CAPÍTULO XX


Escribo Esto en 1958; desde aquellos funestos días ya han pasado veinte años, y aún está vacante el puesto de Rosemeyer en nuestras filas.

Hace dos meses, en el vigésimo aniversario de la muerte de Rosemeyer, se celebró, en el mismísimo escenario en donde ocurrió el accidente, una ceremonia en homenaje suyo. Fui a Frankfurt para tomar parte en la misma y deposité al pie del obelisco conmemorativo una corona en la que lucía la insignia de plata y azul de Mercedes. Aún creía ver entre nosotros a mi amigo, joven, rubio, delgado, sonriendo y bromeando continuamente. Rara vez corríamos en la misma escudería; pero con frecuencia habíamos pasado ratos riendo e incluso discutiendo, aunque raras veces y por poco tiempo.

Apenas nos concedíamos un segundo. Era una impetuosa juventud frente a la experiencia del contrincante, un hombre diez años más viejo. Rosemeyer había cumplido veintisiete años; yo, treinta y siete. Anhelaba derrocarme, mientras yo deseaba continuar disfrutando de mi puesto durante muchos años, al menos hasta que naciera una nueva generación de pilotos.

Lang continuaba corriendo; lo había hecho durante muchos años, y después continuó siendo piloto de reserva. Seaman era un corredor con un gran número de victorias con coches de pequeña cilindrada. Entre los jóvenes, Rosemeyer era el más audaz y el más instintivo. No conocía lo que era el miedo, cosa ésta que a menudo no es buena. Nos conviene saber dónde existe peligro.

En todas las carreras temíamos por su vida. Comprendíamos que todo dependía del azar, y que éste un día u otro no estaría de su lado. Pero no llegamos a suponer que sucediera durante la tentativa de rebajar un récord.

Se congregaron el día del homenaje muchos amigos y admiradores de Rosemeyer; incluso fue una delegación de un club deportivo de Norteamérica que llevó una magnífica corona. Se pronunciaron discursos en memoria suya; se recordó su valentía y su inteligencia. Elly Beinhorn-Rosemeyer fue con su hijo, y otra vez revivió aquellos trágicos momentos en que perdió para siempre al marido que tanto idolatraba. ¡Cuán duros debieron de ser para ella los años que vinieron después! Pero logró rehacer su vida; fue valiente, y todo lo centró alrededor de su joven hijo, de Bernd.

El día del homenaje; Bernd ya era un jovencito. Era rubio, igual que su padre. Hablé con él sobre el tema de las carreras.


  • No – me dijo tranquilo y sonriente -. No quiero ser piloto. Quiero ser médico.

Elly Beinhorn-Rosemeyer miraba entrañablemente a su hijo. Quizás en aquellos momentos pensaba: “¡Un médico! Sí, ¡gracias, Dios mío, no un piloto de carreras!” Y en mi memoria aún veo a la famosa conductora de automóviles, Elly Beinhorn-Rosemeyer, cuando marchaba erguida, serena detrás del féretro de su marido. Rosemeyer fue homenajeado con un funeral nacional en Berlín. Todos los camaradas, con nuestras vestimentas de carrera, le escoltamos hasta su última morada.

La música, el apagado ritmo de los tambores, acompañaba nuestros pasos. Aquel ritmo monótono llegaba a lo más profundo de nuestros corazones y se traducía en las palabras del himno: “Hoy tú y mañana yo; hoy tú y mañana yo…”

En lo más íntimo de mí, por unos momentos, algo se rebeló. ¿Cuál era el objetivo de nuestras vidas? ¿Un desmedido afán por una gran causa, unos pocos días de gloria y, después, una horrible muerte?

Los tambores continuaban redoblando. Procuré no pensar. Él ya no sentía nada; para él, hiciéramos lo que hiciéramos, todo había acabado.

Le depositamos en la tumba. ¡Adiós, camarada, adiós a mi glorioso joven contrario!

La vida seguía. Nosotros, los conductores de Auto Unión y de Mercedes, regresamos a nuestros puestos de trabajo. El programa de carreras de 1938 nos dejaba muy poco tiempo para poder pensar, con pena, en uno de nuestros compañeros.

Cada vez eran más rápidas y empeñadas las carreras, cada vez aumentaba el número de los que en potencia podían ganar: Lang, Manfred von Brauchitsch, Luigi Fagioli, Hasse, H. P. Mueller, Gigi Villoresi, Hans Stuck, Tazio Nuvolari, Giussepe Farina, Dick Seaman, el conde Didi Trossi, Achille Varzi, Piero Taruffi, J. P. Wimille, Louis Chiron, René Dreyfus, Raymond Sommer. Con oponentes de tal calibre, se podía estar entre los mejores, pero tan sólo podía vencer uno; y vencer a unos hombres de tal categoría, era algo muy difícil.

Nuestro nuevo tres litros, con compresor, casi alcanzaba los 330 kilómetros, bajo la dirección de los jefes ingenieros de proyectos, Wagner y Max Sailer, Daimler- Benz creó un instrumento soberbio para la nueva fórmula de coches de carreras: un tres litros, doce cilindros, con una potencia de 450 h.p.

La primera carrera del año tenía que celebrarse en Pau, en el Mediodía de Francia. El circuito comprendía más de cien vueltas, y en él fracasé. Lang y yo fuimos designados como titulares, y Seaman, con gran disgusto por su parte, como suplente. La cosa fue mal desde el principio.

Durante los entrenamientos me di cuenta de que aquel circuito no era muy apropiado para nuestros voraces motores con compresor. Para empeorarlo todo durante los entrenamientos, falló el freno del coche de Lang, precisamente el último día, y al derrapar, dio un golpe en una valla con la parte trasera del automóvil, resintiéndose de ello el chasis. A pesar de los frenéticos esfuerzos de los mecánicos, el vehículo no estuvo a punto en el momento de la salida.

Así resultó que yo tuve que luchar solo con René Dreyfus, que se situó en la cabeza desde el comienzo.

Tuve que repostar muy pronto. Como la “bañera” Delahaye de Dreyfus, sin compresor, no tenía necesidad de repostar, tenía ganada la carrera. ¿Qué podíamos hacer? Además René tuvo una alegría inmensa. Después de aquella para nosotros desgraciada carrera, vino la de Trípoli. Allí Brauchitsch, Lang y yo esprerábamos tomarnos la revancha.

Trípoli era siempre una gran experiencia, a despecho del calor, del amarillento polvillo y de los voraces mosquitos, ¡y de las moscas! A nuestro mono mascota ANATOL le gustaba mucho comer moscas; más no sabemos por qué razón no en Trípoli, quizás porque sabían a camello, de igual modo que olían a camello las mercancías del bazar.

Gozábamos del sinuoso y fresco vestíbulo del hotel al regresar de los entrenamientos. Yo no acostumbraba a salir mucho de allí, pero Baby pasaba todos sus ratos libres callejeando por la cuidad vieja, en busca de maravillosos tejidos y obras de orfebrería. Naturalmente, siempre compraba algo. Durante los paseos de Baby, Anatol y yo dormíamos.

El día de la carrera los árabes se congregaron a todo lo largo de la pista. Cubiertos con sus largos albornoces de lana blanca, parecían inaccesibles a la arena y al intensísimo sol.

Italo Balbo, corredor de aquella ciudad de ensueño, iba a dar la señal de salida. Varias veces hubimos de calentar los motores: el mariscal se retrasó. Finalmente arrancamos. Durante la primera vuelta parecía que estábamos conduciendo a ciegas por entre una verdadera nube de polvo amarillo. Una tempestad de arena soplaba sobre el desierto y las ruedas de los coches lanzaban al aire montones de aquel fino polvo, que como nieve, estaba depositado en la pista. Los finos granos de arena punzaban la piel. Teníamos la boca reseca; era imposible intentar aspirar arena. El parabrisas quedó como si lo hubiésemos restregado con papel de lija.

La prueba constituyó una triple victoria para Mercedes. Lang quedó primero, y Brauchitsch nos clasificamos inmediatamente después, casi con el mismo tiempo. El cuarto fue Somer, con Alfa Romeo, y luego Dreyfus con un Delahaye.

Por la noche, como en años anteriores, había de celebrarse un baile de gala en el palacio del mariscal. Pero tuvo que ser suspendido. La muerte había recogido una rica cosecha en la carrera. En la vuelta novena, Siena, que conducía un Alfa pequeño de litro y medio, y chocó con una casa árabe. Murió en el acto. Cortese, que no se dio cuenta de que había sido el obstáculo causante del accidente, continuó corriendo.

En la decimotercera vuelta se produjo otro accidente. A más de 200km/h, chocaron los automóviles de Farina y de Lazio Hartmann. El fuerte viento del desierto desvió a Farina hacia un lado, y entonces rozó con el Maserati de Hartmann. Los dos vehículos volcaron, sus conductores cayeron en la pista como inanimados muñecos de trapo. Entonces llegué yo; pude esquivar, por puro milagro, los restos metálicos esparcidos por aquel lugar. Poco me faltó para atropellar a los dos pilotos. Sentí un estremecimiento igual que si hubiese pasado por mi cuerpo una descarga eléctrica. Eso, pensé, es lo que llaman un ramalazo de terror.

Cuando volví a pasar por allí, los cuerpos habían sido ya retirados y los restos de los vehículos apartados a un lado. Cada vez que pasé de nuevo intenté ver los números de los automóviles, pero estaban tan destrozados que me fue imposible lograrlo.

Más tarde me enteré de la muerte de Siena, aquel corredor tan popular en Italia que, al igual que tantos otros, se hizo en las carreras de motocicletas. Hartmann murió de las graves heridas sufridas en la columna vertebral. Farina sufría de una conmoción y de heridas en la cara. Los automóviles pesados no pueden alinearse junto con los ligeros, pensé. Al tomar una curva a toda velocidad Siena se echó encima de Cortese, que iba más despacio y no pudo esquivarlo. Era posible que el accidente de Farina y Hartmann se debiera a parecidas causas. Hartmann siempre había sido un agradable compañero, pero tenía el defecto de atrancarse en el camino de los automóviles más rápidos.

Después de cada una de estas catástrofes se adoptan nuevas medidas de seguridad. Pero la muerte siempre halla modo de obtener nuevas víctimas.

CAPÍTULO XXI
Ricardo Beattle Seaman, el joven conductor de Mercedes, ganó el Gran Premio de Alemania de 1938. La víspera comí algo, creo que pescado, que me intoxicó. Me encontraba peor a cada vuelta. Al fin, viendo que Lang estaba de pie en el box junto a su automóvil, paré, le cedí el mío y se clasificó segundo.

Manfred von Brauchitsch debiera haber ganado aquella carrera. Durante mucho tiempo fue en cabeza, seguido de muy cerca, quizás demasiado, por Seaman, que conducía con una helada calma. Al repostar Manfred, rojo de ira, exclamó:



  • Neubauer, ¡ese Seaman va a volverse loco! No se aparta de mi cola, y cada vez que tengo que frenar pienso: ¡ahora chocamos! Los dos acabaremos en la fosa si continúa haciendo lo mismo.

Neubauer fue corriendo hacia Seaman, que acababa de parar para cargar esencia.

  • Seaman –dijo-, deja en paz a Brauchitsch; no le acoses. Estás poniendo en peligro nuestra doble victoria. La prueba ya es vuestra: no empecéis una carrera privada entre vosotros que puede acarrearnos la derrota.

Seaman guardó silencio.

Mientras tanto la gasolina se desparramó sobre el ardiente tubo de escape del automóvil de Brauchitsch. Al poner en marcha el motor una chispa hizo que la gasolina se inflamara y, en un instante, el automóvil quedó envuelto en llamas de seis metros de altura por lo menos. Horrorizado, Manfred, en un esfuerzo por huir, tiraba del volante para desprenderlo y poder arrojarse fuera. Estaba rodeado de llamas; ardían su traje y sus guantes, no podía hacer nada más que mover los brazos con desesperación.

Pero Neubauer, Neubauer el Grande, estaba allí. Sin temor al fuego ni una posible explosión, valiente como un león, saltó sobre el coche, arrancó de su asiento al rubio conductor, apagó el fuego que ya tenía en el casco, le echó al suelo y le hizo rodar hasta que las llamas le extinguieron.

Entretanto los mecánicos, con los extintores, sofocaron el incendio. La catástrofe había sido evitada.

No faltó en aquellas circunstancias la anécdota divertida. Habría sido posible patinar ante el box; todo el mundo se limpiaba de espuma la ropa y la cara. Manfred estaba preparándose para subir de nuevo al automóvil y el público le aplaudía estruendosamente. Neubauer se secaba el sudoroso rostro; abrió la boca para aspirar aire fresco… y se quedó con la boca abierta. El automóvil de Seaman, que ya hacía muchos segundos estaba a punto de arrancar, continuaba aún allí.


  • Pero, ¡Dios mío! ¿Es que este hombre está loco? – bramó Neubauer -. ¡Vamos, sal, arranca! ¿Por qué no sales de una vez? – Se dirigió corriendo a Seaman -. ¡Sal, Seaman, corre! – gritó desesperado.

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