Este libro es una copia, en una edición especial, de mi libro original en papel. Si ha llegado a tus manos, en calidad de regalo y muestra del afecto y cariño con que quiero compartirlo



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  • Usted me dijo que no persiguiera a Brauchitsch – replicó Seaman con una tranquilidad pasmosa.

  • Por amor de Dios, Seaman, ¿te has empeñado en que perdamos la carrera? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué es lo que quieres? Te prometo, te lo juro por lo más sagrado, que no te perseguiremos ni aunque vayas en cabeza en el Gran Premio de Inglaterra.

    Seaman se ajustó las gafas y, sin decir palabra, sin tan siquiera mirarle, arrancó y su automóvil desapareció rugiendo hasta la curva del sur. Durante aquellos instantes, Brauchitsch había limpiado el volante; se puso de nuevo las gafas y un nuevo par de guantes y esperó anheladamente que el motor se pusiera en marcha por medio del arranque electrónico. Con impaciencia volvió a colocar el volante en su sitio y, entre los aplausos de todos, arrancó a la zaga de Seaman. Brauchitsch, “el desafortunado”, justificó de nuevo aquel apodo. En un lugar cercano al aeropuerto se encontró de pronto con la rueda del volante suelta en la mano. Inmediatamente, agarró con ambas manos el eje de la dirección y, con enorme esfuerzo, mantuvo el automóvil bajo su control y logró llevarlo hábilmente a la cuneta.

    Tuvo que abandonar.

    Un empleado de la pista condujo el automóvil condujo el automóvil hasta los boxes por un camino lateral, y al cabo de un rato apareció Manfred a pie y con el volante en la mano. El público le recibió con una ovación de simpatía. Realmente, Manfred era el personaje del día.

    Fui hacia él y le golpeé amistosamente en la espalda.



    • Manfred, viejo compañero – le dije -, las cosas van como van. Un día para arriba y el otro para abajo. La próxima vez será todo diferente para ti.

    Se fue. Volvió a enrojecer, pero sólo aquella vez estaba a punto de llorar. Es preferible no reproducir aquí lo que me contestó.

    Dick Seaman ganó su primer Gran Premio de Alemania.

    Cuando por la noche fuimos al Hotel Eifeler Hof, en Adenau, Manfred no se presentó.


    • Ve a ver lo que está haciendo ese muchacho – le dije a mi esposa. Baby fue de puntillas a la habitación vecina, entró y vio a Manfred tendido en la cama, sollozando con desespero y amargura. Baby se sentó en el extremo de la cama y le acarició la despeinada cabeza. Yo entré y me senté en una silla. Dejamos que se desahogara, y luego pedí que le llevaran un enorme jarro de jugo de naranja bien frío. Después de un baño caliente, ya sólo quedó celebrar la victoria, y aun celebrarla con una sonrisa. A la mañana siguiente, el chico de la proverbial mala suerte había recobrado los ánimos.

    Dick Seaman se sentó en el centro de la larga mesa; ente él estaba el trofeo. A su lado se sentó Erika Popp, hermana del director general de BMW. No pude sino pensar que Seaman había obtenido dos victorias aquel día. Era divertido ver cómo una vez y otra se miraban a hurtadillas. Erika tenía entonces diecisiete años, y Dick veinticinco. Estoy seguro de que si no hubiese sido por la tensión política los dos formarían una pareja feliz.
    Después de Nürburgring fuimos a Lugano, y poco tiempo después a Pescara, para tomar parte en la Copa Acerbo. Nos dirigimos al Adriático por Milán, Módena, Bolonia y Rimini, y después, por la recta carretera que bordea aquel espumeante mar, a Pescara. En los pueblecitos la gente se sentaba , en sillas bajas, de espaldas a la carretera. Los chiquillos corrían de un lado para otro; perros, coches atrasados por borriquillos y una nube de ciclistas inundaban las calles. Era forzoso tocar constantemente la bocina, y aún así conducir con extremo cuidado. El paisaje era hermosísimo, pero no teníamos tiempo de contemplarlo. Teníamos que llegar a Pescara aquella tarde, y Pescara está a 750 km de Lugano. Condujimos sin parar, de una sola tirada. Dejamos lo de la comida para la noche, pues llevábamos fruta para poder apagar la sed.

    Efectivamente, llegamos a Pescara por la noche. Varios miembros de nuestra “familia” llegaron antes que nosotros. Nos alojamos en un lujoso hotel recién construido, a la orilla del mar. Desde el exterior parecía ser verdaderamente lujoso; pero la verdad era bastante diferente. Como el hotel fue terminado de modo apresurado para que su inauguración coincidiera con el día de la carrera, mucho quedó a medio hacer, como por ejemplo los servicios sanitarios. Pronto llegaron los mosquitos como si hubiesen estado esperándonos.

    Baby había llevado un floreado mosquitero que había comprado en Trípoli. En cuanto deshizo las maletas quiso protegerme con aquel mosquitero, tal como ya había hecho en Trípoli. Me tendí en la cama y espanté y maté mosquitos, mientras Baby se las ingeniaba para extender sobre la cama aquella protectora tela, que aseguró además con chinchetas, todo entre risas y bromas.


    • Si pudieses verte, Rudy, ¡estás igual que un pastel de ciruelas protegido por las moscas!

    Aquello no me divertía en absoluto. Era ya bastante deprimente haber de dormir cubierto por un mosquitero, y aún era peor si, como entonces, la tela casi me aprisionaba, pues apenas me dejaba respirar. No obstante, era preciso resistirlo. En Trípoli, en Pescara y en Livorno no había más remedio que resignarse, pues de lo contrario los mosquitos se hubiesen cebado en mis manos, que se habrían hinchado hasta el extremo de que me fuese imposible usar guantes el día siguiente.
    El circuito de Pescara tiene veinticinco kilómetros. En parte es un maravilloso camino que serpentea entre las montañas, y en parte una interminable recta, buen trecho de la cual bordea el mar. Aquel año habían modificado la recta con la adición de dos curvas artificiales para obligarnos a disminuir velocidad. Tales curvas se apartaban de la pista primitiva y luego volvían a entrar en ella.

    Los automóviles italianos eran rápidos y de fácil manejo, pero nuestros Mercedes y Auto Union eran más rápidos en las rectas. Así, pues, siempre topábamos con algún truco para igualar las posibilidades de triunfo de los diversos automóviles. Si no fuese por la existencia de las dos curvas falsas, los italianos hubiesen tenido muy pocas posibilidades de ganar. Tenían que poner trabas a la victoria de los alemanes para aumentar el atractivo de la carrera.

    Técnicamente hablando, la preparación de la carrera de Pescara nos produjo muchos dolores de cabeza. Las curvas de la montaña hacían imperioso usar un cambio de marchas de escaso desarrollo y neumáticos lisos. Por consiguiente, era preciso encontrar una solución intermedia, que, a fin de cuentas, tampoco sería idónea para ninguna de las dos partes del circuito.

    Después de los entrenamientos nos reuníamos para bordar las cuestiones tácticas. Cada uno de nosotros aportó ideas propias. Aquéllos eran los momentos más felices de Neubauer. Parecía un general entre sus soldados, o un pastor entre el rebaño. Ahora, a lo largo de los años, creo que más bien era un buen pastor, pues sus gritos podían oírse desde muy lejos. Realmente, cuando él, Brauchitsch y yo hablábamos, las paredes parecían derrumbarse; los tres teníamos voces parecidas a las que deben de tener los jefes en plena batalla.



    • Pues, ¡escúchame, Carcciola…! ¡Por favor, Brauchitchs, presta un poco de atención, deja de pensar en las chicas…! Lang, ¿por qué no escuchas cuando te hablo…? Callaos todos: esto es lo que vamos a hacer…

    Y por fin se trataba de la preparación hasta en sus más mínimos detalles.

    Durante los entrenamientos ensayé varios sistemas. Después de unas cuantas vueltas, me hice un esquema particular de la carrera. Tenía que evitar forzar el motor en las rectas, aunque perdiera tiempo, y recuperarlo en la parte montañosa. ¡Señores, qué carrera sería aquélla! ¡Y cómo iban a sufrir los frenos cuando hubiésemos de decelerar al entrar en las curvas falsas!

    Poco después de las nueve de la mañana nos situamos en la salida. Hacía un calor húmedo y molesto.

    Los automóviles, con sus colores característicos, rojo, azul y blanco, componían un cuadro alegre y lleno de luz. Las tribunas estaban llenas hasta los topes. Niños de rizado cabello negro habían trepado a los postes que sustentaban los graderíos para gozar de un buen punto de vista. Es difícil imaginar el entusiasmo y la expectación de aquella entusiasta multitud. Es verdad que anhelaba la victoria de un automóvil italiano; pero también otorgaría sinceramente el aplauso al que venciera, fuera quien fuese.

    Un minuto antes de la salida fueron puestos en marcha los motores, y los automóviles organizaron un estruendo infernal. Los espectadores podían distinguir fácilmente los ruidos correspondientes a las distintas marcas. El nuestro era el más potente, el más metálico; prácticamente llenaba todo el ámbito. No percibía ningún otro ruido excepto cierto sordo zumbido que se albergaba en mi cráneo. Llevaba los oídos, como los demás conductores, taponados de cera para evitar posibles lesiones en los tímpanos. A menudo tardábamos varias horas en volver a oír normalmente.

    La salida siempre constituía el momento de más intensa emoción. Cada piloto dominaba a su modo su propia tensión. Nuvolari parecía un caballo de carreras; hasta el momento de bajar la bandera, era incapaz de controlar los nervios. Brauchitsch apretaba los labios y daba la impresión de estar absorto en algo. Lang, exteriormente, parecía tranquilo.

    Partimos. Brauchitsch arrancó como un cohete. Empecé pasando a Nuvolari, y quedé situado a pocos segundos de Manfred. Durante tres vueltas corrimos casi juntos. Después, de pronto, vi que una nube de humo salía del coche de mi amigo.

    Comprendí que para él había terminado la carrera.

    Efectivamente, así fue. Disminuyó la velocidad y me hizo signos para que le pasara. Era mi oportunidad. Lang me seguía a corta distancia. Apreté un poco y batí el récord de la vuelta. El motor zumbaba con toda normalidad. El récord había sido en un tiempo de once minutos. En la recta había alcanzado 276’923 km/h. Brauchitsch había abandonado. Didi Trossi, con un Masserati, iba mejorando poco a poco su posición. La señal del box me dijo que había adelantado a Farina y que ocupaba el tercer puesto, detrás de Lang.

    Didi Trossi podía resultar un adversario peligroso. Tenía que asegurarme mayor ventaja, pues de lo contrario, terminaría por pasarme cuando me detuviese para repostar. Didi Trossi se hizo daño n un brazo al rozar una pared, y cedió el automóvil a Villoresi, que estaba parado en el box por avería del suyo. El temperamental Gigi dio una vuelta que dejó sin respiración a todo el mundo. Tres segundos más deprisa que yo, en 10’57’’.

    Pensé, no obstante, que sería muy difícil aguantar aquel ritmo.

    Estas persecuciones me hicieron abandonar mi célebre y “ejemplar” manera de conducir, y acometí las curvas de la montaña como si fuera un loco. Las piedras saltaban por los lados. Derrapaba en las curvas. Solamente así podía dar al motor un poco de reposo en la recta.

    Se me indicó que Nuvolari había tenido que abandonar. Después supe que fue por causa de una avería en el motor.

    Lang había dejado de seguirme. Vi que había fuego al lado de la primera curva falsa. Ardía un automóvil. Me acerqué cuanto pude a la valla de madera de la curva, para alejarme de las llamas, y comprobé que era el Mercedes de Lang, pero que, ¡gracias a Dios!, mi camarada no estaba en él, según vi a través de las llamas y el humo. El automóvil estaba convertido en una gran hoguera. Podía darse por perdido aquel vehículo, puesto que su depósito contenía doscientos litros de gasolina, y además existía el peligro de una explosión.

    Usábamos un combustible muy explosivo; nosotros lo llamábamos dinamita. Cuando en los boxes poníamos los motores en funcionamiento, para el pre-calentamiento, la gente tenía que apartarse. El humo del escape se metía en los pulmones; irritaba los ojos, y no era nada recomendable permanecer allí. Si por cualquier causa se incendiaba algún automóvil, las llamas tardaban unos momentos en aparecer. Primero parecía como si temblara el aire alrededor del motor, y el calor iba haciéndose insoportable; entonces aparecían las llamas.

    Lang se dio cuenta del temblor del aire y se arrojó del automóvil antes de que empezara a arder.

    Durante las siguientes vueltas, el acre olor a goma quemada se apreciaba desde muy lejos. Poco a poco el fuego fue creciendo, hasta que no quedó ya nada para consumirse. Quedaba solamente el esqueleto del bólido. Durante algunas horas persistieron los rescoldos y el metal continuaba al rojo vivo.

    Desde los boxes me indicaron en aquellos momentos que Mueller, con Auto-Unión, estaba en segundo puesto, separado de mí por unos dos kilómetros. Más tarde, también Mueller se vio obligado a abandonar. Era yo el único alemán que continuaba en pista. Cuando pasaba cerca de Neubauer podía verle de pie, casi en el centro de la pista, con la bandera en la mano, como queriendo decirme: “¡Despacio!, ¡despacio!, ¡despacio! ¡Despacio, mi querido Rudi, solamente tú puedes salvar el día!”

    Asentía con gestos y le daba las gracias. Por fin inicié la última vuelta. Por un momento creí que mi corazón iba a estallar de alegría. Por consiguiente mi estrategia había sido correcta, y la diosa Fortuna me había acompañado desde la salida. ¡La victoria había vuelto a ser mía!

    Como siempre, Neubauer fue el primero en llegar a mi lado. Me abrazó, y en aquel abrazo había gratitud, amistad y admiración por lo que había hecho. Después me rodearon mis compañeros y estuve a punto de ser materialmente aplastado. Estaban a mi lado los que habían hecho posible la victoria: el viejo Walz, Zimmer, Lindemeyer, Grupp, Bunz, Mueller, Woerner y los otros mecánicos. También el maestro, el grande, el inolvidable Dietrich, especialista del servicio de Continental para las carreras, con sus bigotes estilo Káiser. Igualmente los especialistas de la casa Bosch y su jefe Bamninger, y Eberhard Hunt, el célebre periodista, que seguía todas las carreras lleno de entusiasmo y las narraba después con depurada técnica, y Fabián, el repórter del Berliner Zeitung. Finalmente, mi mujercita, mi cronometradora, gracias a quien sabía cómo corría durante la prueba y cómo lo hacían los demás. En aquellos momentos envolvía sus relojes, guardaba sus notas y estaba radiante de felicidad, puesto que yo había regresado sin ningún hueso roto.

    Los espectadores saltaron a la pista y nos encontramos rodeados por una masa infranqueable de gente. Me costó mucho poder regresar al hotel. Los fotógrafos intentaban obtener alguna fotografía presentable de mi rostro lleno de grasa negruzca.
    El Gran Premio de Suiza iba a ser disputado justamente una semana más tarde, por cuya razón deseaba regresar a casa lo más pronto posible, alejarme de la temperatura excesivamente elevada de Pescara y restablecer mi torturada pierna bajo el suave sol de Lugano. Para lograrlo teníamos que partir inmediatamente después de la cena en la que se festejaba el triunfo. Baby aún lo ignoraba. Me sumergí en la bañera, intentando eliminar el olor a aceite y gasolina que llenaba mi cuerpo, mientras Baby planchaba mi traje de etiqueta para el banquete. ¿Cómo me las arreglaría para decirle que le esperaba una noche… bastante larga?


    • Baby – le dije lo más amablemente posible -, pequeñísima, tendrás que empezar a hacer las maletas, pues esta misma noche nos marchamos.

    • ¿Esta misma noche? –exclamó -. ¿Estás loco?

    • No, no estoy loco –le dije-. Partiremos después de la cena. Manfred vendrá con nosotros y conducirá durante parte del trayecto.

    Baby no replicó. Durante la temporada de carreras yo era un verdadero dictador; Baby sabía muy bien que me convenía descansar algunos días sin hablar para nada de carreras, de sistemas de conducir ni de motores. Tomó unas píldoras para el dolor de cabeza y empezó a hacer las maletas. Dobló el hermoso y floreado mosquitero, puso en una cajita las chinchetas con que lo arreglaba, e hizo un paquete aparte con mis ropas de carreras y los viejos y grasientos zapatos con que conducía. El penetrante olor a gasolina y aceite era inseparable de aquellos zapatos; si no pudiese usarlos estoy seguro de que no hubiera podido ser el mismo. Aquellos zapatos conocían mis pies; conocían también los pedales, y sabían colocarse con exactitud en el reducido espacio de que disponían. ¡Los zapatos para correr tenían que ser guardados como reliquias!

    Después de cenar nos cambiamos, bajamos, pagamos y nos hicimos llevar las maletas. El portero movía admirado la cabeza. ¡Conducir durante toda la noche después de una carrera como aquélla!

    Manfred condujo hasta Bolonia, y yo, hasta Lugano. Moritz, nuestro perro, nos recibió con saltos y carreras hasta que perdió el aliento, y Anatole nos recibió con su ininteligible parloteo. Estábamos en casa, en nuestras propias camas. Solamente Manfred tuvo algo de qué quejarse, pues Anatol le robó, a la hora del desayuno, la mitad de un huevo cocido.

    CAPÍTULO XXII


    El miércoles por la mañana partimos hacia Berna para el Gran Premio se Suiza. El circuito está situado en las afueras de la ciudad, en un parque lleno de magníficos árboles. Tiene unos 7 km; se compone de una corta recta adoquinada frente a las tribunas y de una serie de curvas cerradas sin peralte. Si llueve se hace sumamente resbaladizo.

    Lo entrenamientos empezaron el jueves. El tiempo era nuboso y no mejoró los siguientes días. Todo parecía indicar que aquellas nubes descargarían el sábado

    Como que nuestras vueltas de entrenamiento fueron las más rápidas, los conductores de Mercedes fuimos situados en la 1ª línea. Hubimos de esperar algún rato antes de la partida. Llovía ligeramente. Los automóviles estaban cubiertos de lonas, y Walz me cubría con un paraguas para que no quedara empapado aun antes de la salida. Instantes antes de las tres subimos a los automóviles y nos colocamos sobre los cascos la protección de mica con que proteger las gafas de la lluvia. Para que no se empañasen nos las pusimos en el último momento. Las posiciones de salida quedaron establecidas de la siguiente manera:
    CARACCIOLA LANG SEAMAN

    Mercedes Mercedes Mercedes

    BRAUCHTISCH STUCK

    Mercedes Mercedes

    WIMILE NUVOLARI H.P MUELLER

    Alfa-Romeo Auto-Union Auto-Union

    FARINA KAUZ

    Alfa-Romeo Auto-Union

    TEAGNO DREYFUS TARUFFI

    Maserati Delahaye Alfa-Romeo

    RAPH

    Delahaye


    MANDIROLA CHRISTEN ROMANO

    Maserati Maserati Alfa-Romeo

    DeSZTRIHA MINOZZI

    Alfa-Romeo Alfa-Romeo


    Arrancamos a las tres. Seamen se puso en cabeza. Iba seguido de Stuck,; después yo, luego Mueller, Kautz, Brauchitsch, Nuvolari –que conducía por 1ª vez un automóvil Auto-Union-, Lang, Farina, Taruffi, Wimille y los demás. En la cuarta curva pasé a Stuck. Seaman conducía magníficamente. Aún conservaba la 1ª posición durante la octava vuelta. Llovía con más fuerza, y al cabo de un rato arreció. Era un verdadero aguacero. Corría detrás de Seaman, conduciendo como en un lago. Las ruedas de mi compañero arrojaban agua y barro contra mi parabrisas. Para ver algo, tuve que asomar la cabeza por un lado, con lo que la cara y las gafas se me llenaron de barro.

    “¡Basta ya!”, pensé. “¡Cuidado, Dick, pues ahora me toca a mí ir en la cabeza!”

    Después de la prueba de Nürburgring, la de Berna es mi carrera favorita. Dick hizo lo que pudo, pero finalmente logré alcanzarle, a través del barro y del agua, en el resbaladizo empedrado.

    Seaman intentó seguirme, pero cuando aceleré las ruedas levantaron tras mi automóvil cortinas de agua que formaban una verdadera pared. Ni tan siquiera podía ver a Seaman por mi espejo retrovisor. Adelantar automóviles en aquellas circunstancias era difícil y peligroso, pero me parecía que esto era lo único que hacía. ¡Qué tiempo! El calor que arrojaba contra mí el motor me hacía sentirme como en un baño turco. La lluvia había ablandado la tierra de los bosquecillos, y formaba arroyuelos que atravesaban la calzada. Miraba como un lince para descubrir las irregularidades de la pista. Baby decía siempre que yo tenía ojos de foca, por lo bien que veía a través de la lluvia. Cuando se corre por un camino resbaladizo hay que estar siempre atento a las reacciones del automóvil, que sobre el empedrado se comporta como un caballo indómito. Es preciso saber lo que quiere hacer antes de que lo haga, y gobernarle con movimientos suaves y calmosos. No tan sólo las manos, sino todo el cuerpo, se identifican con el automóvil y contribuyen a dominarlo.

    Seaman no me dejó sacarle mucha ventaja. Llegué a la meta con solamente medio minuto de ventaja.

    Brauchitsch llegó en tercer lugar. Era la tercera vez que yo ganaba el Gran Premio de Suiza.

    El 11 de septiembre Nuvolari, con Auto-Union, ganó el Gran Premio de Italia en Monza.

    “Nivola” o “Nuff”, como le llamábamos, condujo por 1ª vez un Auto-Union en Berna; en su segunda salida, el intrépido piloto, el indestructible maestro, demostró que también podía conducir automóviles con el motor en la parte trasera.

    Pero tenía que conducir con la mansedumbre de un cordero, quieto detrás del volante. Con toda seguridad se encontraba más a gusto en el grácil y maniobrero Alfa-Romeo, que dominaba como a un potro; aunque se marchara a la cuneta, siempre terminaba por dominarlo a su antojo. Nuestros pesados vehículos no permitían tales libertades, y mucho menos las del motor trasero.

    Excepción hecha de Bernd Rosemeyer, que empezó como motociclista y pasó a Auto-Union sin haber conducido otros automóviles de carreras, nadie más sino Achille Varzi logró dominar a la perfección aquel tipo de vehículo. Nuestro jefe, el doctor Feuereissen y Neubauer nos permitieron a Rosemeyer y a mí cambiar de vehículo durante los entrenamientos en Monza. Causó aquello sensación: Rosemeyer en un Mercedes y yo en un auto-Union, aunque sólo para los entrenamientos, por supuesto.

    Al acabar Rosemeyer me dijo:


    • Chico, ¡qué frenos más maravillosos tenéis! ¡Cómo se agarra a la pista…!

    • Y vosotros tenéis un motor magnífico –repuse-; marcha bien a todas las velocidades. ¡Y acelera con tanta suavidad…!

    Acordamos que el automóvil ideal para la temporada de 1939 tendría chasis y frenos de Mercedes y motor de Auto-Union.

    • Pero –le hice observar- con el motor delante.

    El Gran Premio de Italia era el último Gran Premio de 1938. La situación política nos preocupaba. Encontramos en Italia algunas simpatías, pero en conjunto topamos con una abierta hostilidad. La guerra parecía inevitable. No obstante… todavía se celebraban carreras, y conducían pilotos de muchas nacionalidades. Aquel otoño era tan caluroso como sólo puede serlo un otoño italiano.

    Hacía calor en los automóviles, sobre todo en el mío, porque se había quemado un relleno y el calor del tubo de escape penetraba por las aberturas para los pedales del gas y del embrague. A pesar del aislamiento de amianto, el acelerador quemaba tanto que terminó por abrir en la suela de mi zapato un agujero del tamaño de un dólar de plata.

    Cedí el automóvil a Brauchitsch durante unas vueltas, con lo que tuvo demasiado. Volví a conducirlo, pude oprimir el ardiente pedal del gas con la punta del zapato, y me situé en tercer puesto, precedido por Nuvolari y por Farina. Así acabó aquel Gran Premio.

    Me dolían tanto el pie y la pierna que no quise participar en el Gran Premio de Donington, en Inglaterra. Ade,ás, era muy probable que el equipo alemán no fuera bien recibido allí.

    Sin embargo, la carrera se realizó, porque el buen sentido prevaleció aquel año de 1938; aún reinaba la paz, y no había pasado nada como no fuera la ostentación de fuerza y poder militar. En Alemania las carreras estabn casi militarizadas. Los organizadores vestían uniforme, los miembros de los clubs también vestían uniforme, y después de cada carrera los conductores, también de uniforme, eran obligados a efectuar una especie de desfile militar. Cuando finalizaba la carrera estábamos todos cansados y sudorosos, pero teníamos que escuchar en pie una larga arenga patriótica. Si ganábamos, era la madre patria quien ganaba; si perdíamos… ¡esto no puede suceder de ningún modo! Si hizo insoportable la intromisión en nuestras vidas privadas.. No les gustaba que viviese en Lugano. Cuando me instalé en Lugano por primera vez en 1929, vivíamos unos tiempos felices en que nadie se metía en las preferencias de cada cual. Fui a Lugano por primera vez en 1927, y me encantó aquel lugar, como creo que debe de gustar a todo el mundo. Goza de una temperatura suave, el paisaje es encantador y las gentes son hospitalarias y amables. Además está situado en el corazón de Europa, y desde allí es fácil llegar a cualquier pista de carreras.

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