Este libro es una copia, en una edición especial, de mi libro original en papel. Si ha llegado a tus manos, en calidad de regalo y muestra del afecto y cariño con que quiero compartirlo



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  • No. Prefiero verlo en el garaje de Mercedes. Espéreme allí dentro de media hora.

    Fuimos al garaje. Hitler compareció, puntualmente, media hora más tarde. Le acompañaban tres hombres, uno de los cuales era su coger particular Schreck.

    Mientras Werlin explicaba las características del automóvil, subrayando con cierto énfasis el cuidado que se había puesto en la realización de los detalles expresamente encargados, Schreck me dijo en un aparte:



    • Señor Caracciola, no debe conducir, en ningún momento, a más de 30 km/h. El peligro de un accidente tiene que ser reducido a lo mínimo. Los enemigos del partido se valdrían de un accidente para su propaganda.

    Subieron todos al automóvil, arranqué y conduje a una velocidad moderada. Llegué a pensar que podría ir caminando al lado del vehículo. Paseamos por la ciudad y sus alrededores, pero sin sobrepasar los treinta kilómetros señalados. La prueba satisfizo por entero al comprador. Al dirigirme otra vez al garaje, Hitler me dijo:

    • Señor Caracciola, quiero pedir algo. Me gustaría que mi sobrina viera el automóvil. ¿Podría dar usted otra vuelta alrededor de esta manzana de casas?

    Fuimos a las señas que me había dado. Hitler entró en la casa y volvió al cabo de unos momentos con una chiquilla de cabellos de oro. Era tan preciosa que perdí el aliento al verla. Era una lástima dar solamente una pequeña vuelta con ella.

    Cuando paramos de nuevo ante la puerta de su casa, se echó en brazos de su tío y llena de entusiasmo exclamaba:



    • Tío, tío, ¡qué coche tan maravilloso!

    Su tío, en aquel momento, irradiaba de alegría. Cuando arrancamos, la niña se volvió y nos saludó con la mano hasta que nos perdimos de su vista.

    En el garaje hice la entrega del automóvil y telefoneé al doctor Kissel para decirle que todo se había producido de un modo satisfactorio.

    Durante mi viaje de vuelta a Stuttgart recordé las palabras del tesorero Schwarz que se referían a los quinientos mil afiliados del partido…

    Entonces no podía suponer que aquel hombre recibiría un día todo el poder en sus manos. No me había producido fuerte impresión en lo que se refiere a su personalidad. Si hubiese tenido la cabeza de un César, como Mussolini, posiblemente hubiese dicho sin pensarlo:



    • Herr Hitler, permítame que sea el afiliado número quinientos mil uno.

    No hice tal petición y me pareció que Hitler no lo tomó en cuenta. Durante los años que siguieron, cuando empuñaba las riendas del poder, le vi algunas veces cuando los pilotos nos dirigíamos a la Cancillería con motivo de las inauguraciones del Salón del Automóvil en Berlín. Nunca olvidó interesarse por el estado de mi pierna, y siempre me felicitó por las victorias conseguidas.
    En 1937 gané el Gran Premio de Alemania, y con él el codiciado Premio Hitler. Era éste un gran trofeo de Bronce: una cabeza con los cabellos extendidos por el viento y unas saetas, como rayos, a cada lado. Después de la carrera, en Nürburgring, se efectuó la entrega del trofeo. A mi lado estaba Bernd Rosemeyer que no hizo nada más que morder su cigarrillo y escupir pedacitos de tabaco. Nunca le había visto tan triste y abatido como en aquella ocasión.

    En la prueba, quedó segundo Brauchtitsch.

    Se nos pidió a Brauchtisch y a mí que la siguiente mañana fuésemos a Bayreuth, donde Hitler nos recibiría. Su avión particular nos recogió. Asistimos a una recepción presidida por Goebbels, ministro de propaganda.

    Pasamos el tiempo hablando de la carrera. Media hora después continuábamos igual. Desde el salón inmediato llegaba ruido de platos. De repente me sentí hambriento, pues habíamos desayunado muy pronto y de modo apresurado.



    • Manfred – dije -: ¿no será mejor que vayamos de una vez a ver al Führer? También él tiene que comer.

    Y fuimos a ver al Führer.

    Manfred contó por doquiera aquella anécdota, para diversión de los oyentes. Terminaba el relato diciendo que yo debiera ser diplomático.

    Comimos en Bayreuth con Bauer, piloto de Hitler.


    • Señor Caracciola – me dijo -, tengo que hacerle una pregunta.

    • Pues adelante – le contesté.

    • Muchos de los que rodean al Führer dicen que usted ha tomado la ciudadanía suiza. ¿Es cierto?

    Saqué mi pasaporte del bolsillo.

    • Muy bien, ¡está bien claro! Pondré eso en claro a la primera oportunidad. Diré a todos que usted continúa siendo alemán.

    • Ahora, ¿puedo, a mi vez, preguntarle algo?

    • Naturalmente.

    • ¿Habría alguna forma de que pudiésemos volver a Sttutgart?

    Bauer arregló lo del retorno en avión, y a media tarde estábamos de regreso en Stuttgart.

    El siguiente día celebramos la victoria con una fiesta organizada por la empresa. El doctor Kissel me entregó un medallón de diamantes con la estrella de Mercedes formada por zafiros. Cada año la casa concedía al vencedor uno de aquellos preciosos medallones. Cada vez eran distintos: diamantes como rubíes, zafiros o esmeraldas.


    Solamente habían pasado dos años desde la recepción en Bayreuth. La huerra había estallado de acuerdo con los fines de Hitler. Todos los planes para el futuro habían quedado reducidos a la nada. Yo tenía fieles amigos entre los contendientes de los dos bandos.

    Manfred von Brauchitsch había recibido órdenes de tomar parte en la carrera de Belgrado; después, Neubauer y él regresaron a Alemania. Nosotros nos hicimos cargo de todo lo que le pertenecía. Baby enrolló las ropas de lana en papeles de periódico, puso bolas de naftalina, rellenó los zapatos de algodón, y después la ayudé a trasladarlo todo al ático.

    envolvió las perfumadas cartas de amor, y después la ayudé a trasladarlo todo al ático.

    A los pocos días de haber estallado la guerra, se empezó en Suiza a distribuir cupones para la gasolina, y muy pronto se racionó todo menos las legumbres, las frutas, la volatería y el pescado. Cada mes podíamos adquirir una barra de chocolate a trueque de cupones.

    Poco a poco cesó el uso de los automóviles. Como apenas podía andar o mantenerme en pie, quedé en casa como encarcelado en una fortaleza. Cada vez me dolían más la cadera y la pierna. Quizás fuese que me sobraba tiempo para pensar en mis males. Quizás conviniera que me hicieran nuevas radiografías. Fuimos a Bolonia para que me reconociera el doctor Putti. Me hizo andar un poco mientras él me contemplaba.


    • “Lei un fenómeno” – exclamó -. Usted es un fenómeno. Continúa conduciendo ¿con esa pierna? ¡Fantástico!

    • Será mejor que operemos – dijo su primer ayudante, el doctor Scaglietti.

    • Será mejor que operemos – secundó el doctor Putti. Todavía estamos a tiempo. Esta pseudoartritis irá empeorando. Cada vez dolerá más, y cada vez será más difícil el éxito de la intervención. Ahora podemos extirpar ese trozo de hueso que molesta y volver a colocar la cabeza del fémur en el lugar del hueso extirpado. Perdería un poco de movilidad, pero podría permanecer en pie tanto como quisiera. Apenas notará una pierna más corta que la otra. En estas radiografías verá una serie de intervenciones realizadas con pleno éxito, casi todas en personas de edad madura. Desde luego, tendría que permanecer en la cínica tres o cuatro meses antes de volver a andar.

    Tres o cuatro meses otra vez, en la cama de hierro de una de las habitaciones del convento; después, volver a aprender a andar, primero en la silla de ruedas, después con muletas; y si la operación no tuviera éxito…

    Me enfermaba pensar en aquello.



    • Profesor – le dije - , ésta es una cosa que no puedo decidir tan pronto. Es preciso que lo piense con mucha atención, antes de que deje que usted empiece a cortar.

    El profesor Putti se rió mientras brillaban sus oscuros ojos.

    • Lo comprendo, señor Caracciola, lo comprendo. Es una decisión muy seria. Deje que se le haga la intervención o no lo deje. Decida según su criterio. Pero piense que, de todos modos, usted será siempre mi “carissimo fenómeno”.

    Con rápidos pasos se alejó por el inacabable pasillo; su blanca bata flotaba tras él y su crespo cabello resplandecía a la luz del crepúsculo. Le contemplé hasta que le perdí de vista. Aquélla fue la última vez que le vi. Ahora está en el Valhalla de los grandes cirujanos, los benefactores de la humanidad.

    Cuando llegué a mi oscura habitación del hotel, de suelo pulido de piedra, me dejé caer en la cama. Estaba agotado tanto física como espiritualmente. Baby se sentó frente a mí. Durante mucho tiempo permanecimos en silencio, cada uno hundido en sus propios pensamientos, cada cual tratando de encontrar alguna solución.



    • En fin, mi querido Rudi – me dijo Baby -: no hay, desde luego, radiografías de las operaciones fracasadas. Durante mucho tiempo, no habrá carreras, y tal vez nunca vuelva a haber más. Ahora podrás descansar más, y para los días de diario te sirve bien ese hueso roto. Una operación constituye una incógnita. Ahora sabes lo que puedes hacer, pero no sabes cómo quedarás después.

    Yo pensaba del mismo modo, pero me gustó oírla pronuncias aquellas decisivas y liberadoras palabras. De pronto se me despertó un hambre terrible.

    • Vámonos, pequeñita – le dije -. Vamos a Papagayos y nos comeremos unos “Tagliatelle verde alla Bolognese”. Y mañana, ¡otra vez en casa!

    El gobierno suizo promulgó un decreto por el que se solicitaba de todos los ciudadanos que cultivasen hortalizas en todos los terrenos que pudieran aprovecharse. Aquel césped que con tanto cuidado atendía fue excavado para plantar patatas, y en el jardín sembramos maíz, tomates, judías, lechugas y puerros, Decidí que aquel terreno tenía que ser terraplenado como cosa de un metro para evitar encorvarme, porque así me dolería menos la espalda. Por lo tanto, le tocó a Baby agacharse para amontonas la tierra alrededor de los tallos del maíz y arrancar la cizaña. Aprendí todo lo imaginable sobre insectos nocivos y supe lo que podía significar el granizo para las cosechas.

    Cada año el granizo destruía nuestra cosecha un par de veces. Del cielo caían piedras como huevos de palomas. La tempestad arrasaba todo, y nos prometíamos no plantar nunca nada más. Pero al día siguiente reanudábamos la tarea. Nunca había imaginado qué agradable es ver cómo crece lo que uno mismo ha plantado.

    Cada día empleaba una hora en preparar la comida para las gallinas de Sussex. El maíz estaba racionado: un kilo cada tres meses para cada tres gallinas, y sólo estaba permitido tener una gallina y media por persona. Así pues, preparaba una bazofia de castañas, cortezas de pan, hojas de col y verduras con que alimentarlas. Aquellos cotidianos quehaceres consumían todo nuestro tiempo. Nos parecía estar encerrados entre altas murallas.

    La mayor parte de mi dinero estaba en Alemania, debido a que desde 1933 no estaba permitido transferir moneda al extranjero sino con permiso especial, y estos permisos eran muy difíciles de obtener.

    Me hubiese gustado regalarle a Baby un abrigo de piles el día de nuestra boda, en 1937, pero las autoridades no autorizaban la exportación de dinero preciso,.

    Cuando estalló la guerra, el doctor Kissel, director general de Daimler-Benz, hizo lo necesario para que pudiera disfrutar de una pensión que me permitiera vivir en Suiza y continuar perteneciendo a Mercedes. Me informó de todo con las siguientes palabras:


    • Vistos los enormes servicios que nos ha prestado con su habilidad y su valentía durante los años en que usted ha tomado parte en las pruebas de velocidad y en otras especialidades, hemos decidido asignarle el sueldo de director. Aprovechamos esta oportunidad para darle una vez más las gracias por las victorias que consiguió para nosotros. Al mismo tiempo, deseamos expresar nuestro agradecimiento hacia su esposa por lo abnegada cooperación que, sin regateo alguno, siempre nos concedió.

    Pasaron dos años. La pierna, con tanto descanso, empezaba a comportarse mejor. Empecé a reflexionar sobre lo que me reservaba el futuro. Deseaba volver a tomar parte en las carreras tan pronto cesaran las hostilidades. La guerra fue mucho más horrorosa de lo que al empezar 1941 hubiera podido suponerse. No tenía automóvil. Y un automóvil de carreras representaba para mí más que cualquier otra cosa.

    En 1941 fui a Sttutgart para discutir mis planes y esperanzas con el doctor Kissel. Barruntaba la idea de hacerme con uno de los pequeños automóviles de 1500 centímetros cúbicos que fueron construidos para la carrera de Trípoli, y que podría tener preparado en mi garaje en espera del día en que se reanudaran las carreras. El doctor Kissel me manifestó que estudiaría el asunto; al día siguiente me llamó para que volviera a su despacho.


    • Querido Caracciola – me dijo - , el automóvil no podrá estar en mejores manos que las suyas. Podría decir los automóviles en realidad, aunque sólo uno está en buenas condiciones. El otro podría en cierto modo servir como almacén de repuestos, pues, aparte de algunas pequeñas piezas, no tenemos en fábrica recambios para este modelo. Me gustaría cederle esos automóviles, pero no pueden salir de Alemania. Podría ser considerado como una exportación ilegal. Tan pronto como pueda realizarse la transferencia de una manera legal, se los remitiré sin pérdida de tiempo. Puede comprender que cualquier cosa que se escribiera referente a esto sería considerado en las actuales circunstancias como una violación de las leyes.

    Dejé al doctor Kissel, mi querido y respetado amigo, que desde 1927 había sido rígido pero justo jefe, sin sospechar que el apretón de manos con que nos despedimos era para mí un último adiós.

    Las dificultades empezaron en 1942. En abril mi pensión fue bloqueada por orden del NSKK (Corporación Nacional-Socialista del Automóvil, la causa era que había desobedecido la orden de reintegrarme a Alemania. Puesto que mis heridas me impedían prestar servicio activo, querían destinarme a una unidad de diversión para tropas. Yo no podía hacerlo. No podía alentar a los jóvenes para que lucharan por una victoria en que yo no creía.

    El doctor Kissel murió inesperadamente en julio, de un ataque al corazón, cuando pasaba un fin de semana en Ueberlingen, en el lago Constanza. La noticia me conmovió profundamente e hice preparativos para asistir al funeral en Stuttgart. Una conferencia telefónica con aquella ciudad me hizo desistir de mis planes. Alguien me dijo que no sería saludable para mí el tiempo frío y que era preferible que me quedara en Suiza.

    Colgué y estuve meditando acerca de lo que habían dicho… ¡Solamente podía ser aquello! El dedo amenazador del NSKK apuntaba directamente contra mí.

    Unas semanas después murió Huehnlein, el jefe del NSKK. Reconozco que hizo lo que pudo en beneficio mío. Era un hombre de buen carácter, trabajador y honrado que creía en las ideas del nacional-socialismo con absoluta buena fe y que nunca se aprovechó de las ventajas de su posición.

    CAPÍTULO XXV


    Poco a poco se sucedieron la desesperanza y los años horrorosos, cargados de miseria y destrucción, y finalmente llegó una paz que realmente no era una paz. Las pocas cartas que nos llegaban estaban llenas de las azules tachaduras de la censura; la pluma del censo había hecho ininteligibles muchos párrafos.

    Excepto en ocasión de la visita a algún amigo, pasábamos el tiempo completamente solos. Peter de Paolo, el excampeón de América, cuya mayor victoria fue la de las 500 millas de Indianápolis durante el año 1925, fue a visitarme. Era coronel de las Fuerzas Aéreas americanas y estaba destinado en Zurich, para hacerse cargo de “las fortalezas volantes” que habían aterrizado en Suiza. Iba a menudo a Lugano para pasar juntos el fin de semana, en que, naturalmente, se hablaba de carreras. Le expliqué que aún tenía esperanzas de que el pequeño Mercedes, aquella flecha de plata, estuviera pronto en mis manos.

    El adjunto del doctor Kissel, el doctor Wilhem Haspel, había pasado a ocupar el cargo de director general. El doctor Haspel iba a menudo a Suiza para asuntos de negocios y en 1943 fui a Zurich para hablar con él. En los primeros momentos no supe cómo arreglármelas para preguntarle lo de “mis” automóviles. No podía hacerlo en un restaurante, y menos en la habitación de un hotel, pues era posible que alguien nos escuchase por medio de un micrófono oculto. El mismo Haspel sugirió, después de comer, que diésemos un paseo. Fuimos a la Bahnhofstrasse, y mientras contemplábamos los iluminados escaparates, hablamos.


    • El doctor Kissel, de una manera estrictamente confidencial, me dijo que usted se haría cargo de los automóviles de Trípoli tan pronto como fuera posible realizar su traslado a Suiza. Pero por ahora no se puede ni pensar en poder realizarlo. Usar un camión para fines no militares es un delito que se paga con la muerte, Por consiguiente, ahora sólo puedo prometer que, cuando llegue el momento oportuno, haré lo que prometió mi predecesor. Los automóviles están a salvo en un refugio a prueba de bombas, cerca de Dresde. Solamente muy pocos empleados de la casa saben dónde se encuentran.

    A principios de 1945, algunos meses antes del colapso final de Alemania, Meter de Paolo fue a mi casa:

    - Rudi – dijo -, ¡tus Mercedes están en Zurich!

    - ¡Imposible! – le contesté.

    - Los he visto – continuó lleno de júbilo -. Mañana, en “Automobil Reveu”, los verás en fotografía tomada mientras pasaban la frontera.

    Estaba seguro de que Meter se equivocaba. No obstante, tomé el tren para Zurich y llegué al garaje de Mercedes Benz AG.


    • ¿Dónde están los automóviles? –pregunté a Muff, director de la sucursal.

    Me miró con la boca abierta:

    • ¿Cómo sabe usted que están aquí?

    • Me lo dijeron los americanos, y mañana se publicará la noticia en “Automóvil Reveu”.

    El director empezó a recobrarse de su asombro. Me acompañó a un gran taller de reparaciones de los sótanos. Efectivamente, los pequeños y gloriosos automóviles estaban allí. Se notaba a simple vista que habían sufrido un traslado un poco dificultoso. Durante los momentos de caótica desorganización en Alemania, algunos fieles de Mercedes se las arreglaron para encontrar un camión. Los coches fueron literalmente arrancados de su escondrijo de cemento, cargados en el camión y luego, evitando las autopistas, a través de ruinas y de pueblos que ardían, fueron conducidos hasta la frontera de Suiza. Allí los descargaron, los depositaron en la aduana y se marcharon.

    Los aduaneros reconocieron los automóviles; y puesto que no les acompañaba ninguna documentación, avisaron a la casa Mercedes de Zurich, firma que antes de la guerra importaba los productos de aquella marca. Desde Zurich mandaron empleados de la casa a la frontera, y el director pagó los correspondientes derechos de aduana; después los coches fueron llevados a Zurich.

    Pregunté varias veces si se tenía alguna noticia con respecto a los automóviles. Como las comunicaciones estaban cortadas y no había llegado ninguna instrucción, la casa de Zurich creía tener derecho a hacerse cargo de los vehículos.

    Estuve dando vueltas y más vueltas a su alrededor. El doctor Kissel tenía toda la razón. Uno de los automóviles estaba incompleto, y durante el viaje aún se había estropeado más.

    “Así pues –pensé-, estas flechas de plata pronto irán a casa conmigo”. No había tenido en cuenta las leyes de importación suizas ni la existencia de la Comisión Aliada que controlaba las propiedades de súbditos alemanes. Tan pronto como los automóviles cruzaron el umbral del garaje de Mercedes, fueron confiscados por ser propiedad alemana.

    Baby y yo regresamos pesarosos a Lugano. La vida volvía a parecernos vacía. Era como si hubiésemos extraído del fondo del mar un gran tesoro y lo viésemos caer de nuevo al fondo sin esperanzas de recuperarlo.

    El 14 de marzo de 1946, un telegrama de Pop Meyers, el vicepresidente del autódromo de Indianápolis, nos invitaba a mí y a mi esposa para tomar parte en la carrera señalada para el 30 de mayo, la célebre carrera de las 500 millas.


    • Es imposible – dije a Baby.

    • ¿Imposible? Bueno, ¡ya lo veremos! – repuso.

    A esto sucedió un período lleno de improbabilidades, milagros y enojosos detallitos. Por encima de aquello reinaba el hecho de que la gente amaba el deporte que unía a los pueblos, porque en el deporte sólo contaba alcanzar el objetivo: el récord. Era como si todos los que hubieran de concederme algún permiso hallasen una gran satisfacción en ayudarme. Las puertas cerradas se abrían, las manos ayudaban con buena voluntad, hasta que llegó el momento en que casi todo pareció solucionado. Dos terribles palabras destruyeron todas mis esperanzas e indirectamente fueron la causa de la peor calamidad de mi vida. Las palabras fueron: “Decididamente, no…”

    Lo principal era que se me procurara una tarjeta de identidad expedida por las autoridades de Berna, porque mi pasaporte ya no era válido y no existía ninguna autoridad que pudiese renovarlo. Elevé una solicitud al control suizo de la propiedad para que se anulase la confiscación de uno de los automóviles a fin de tomar parte en la carrera de Indianápolis.

    Se hizo una excepción desacostumbrada:

    “Se autoriza que un automóvil sea reparado y que se utilice en la carrera de las 500 millas de Indianápolis. Se suspende la confiscación por un plazo de dos meses”.

    No obstante, aquel control no era la autoridad definitiva. Era necesario obtener la autorización del departamento político de Berna y de la Comisión Inter-Aliada. Tenía que obtener también un visado de norteamericano, lo que no era cosa fácil para un alemán.

    Entre Berna y Washington se cruzaron infinidad de telegramas, alguno de los cuales contó 142 palabras. Tenía que conseguir que mi fiel mecánico Walz pudiera llegar a Zurich, obtener los planos de los motores y conseguir recambios en el caso de que aún existiesen.

    Para todo ello tenía que trasladarme a Stuttgart. Pero no se concedían visados para Alemania. Por consiguiente, si no podía ir con los requisitos legales había de valerme de otros medios…

    Baby se acordó de un joven teniente de las fuerzas de ocupación francesas a quien habíamos conocido algunos meses antes. Me había invitado a visitarle cuando quisiera. No me haría falta pasaporte ni visado: él mismo me esperaría en la frontera, me había prometido.



    • Vamos a visitarle – dije a Baby-. Cuando hayamos cruzado la frontera ya daremos con algún modo de ir a Stuttgart.

    Dicho y hecho. Hicimos un paquete con alimentos y cigarrillos, y llevamos dos grandes bidones de gasolina y varios relojes de pulsera.

    Partimos el 24 de marzo. El teniente nos esperaba en la línea divisoria. Fuimos con él a la pequeña villa en que vivía: una casa pequeñita, hermosa y, por supuesto, requisada.

    Se sirvió el almuerzo. Cuando la doncella llevó la sopa, estuvo a punto de volcar la sopera.


    • ¡Jesús, es Caratchola! – exclamó.

    • ¿Cómo es que me conoce?

    • Antes de la guerra había visto muchas veces su fotografía en los periódicos, y además le vi correr en la carrera de Schauinsland – dijo -. En seguida le reconocí. Por favor, esperen; quiero avisar a mi marido. ¡Estará encantado de saber que le he visto a usted!

    Nuestro amigo nos preguntó si queríamos pasar la noche con él, lo que le complacería mucho. Haría que preparasen la habitación de los huéspedes. Era el momento de hablarle con toda franqueza. Tenía que explicarle el verdadero motivo de nuestra visita; así que le expliqué que, sencillamente, tenía que llegar a Stuttgart y que presumía que él podría facilitarme un “laissez passer” para la zona francesa; luego me las compondría para llegar a Stuttgart vía Tuebingen.

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