Este libro es una copia, en una edición especial, de mi libro original en papel. Si ha llegado a tus manos, en calidad de regalo y muestra del afecto y cariño con que quiero compartirlo



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Dos semanas después del accidente, Wiburg Shaw llevó mis gafas. Creo que fueron examinadas cuidadosamente. Pero nunca me fue dada una explicación acerca de los profundos agujeros que aparecían, tanto en el cristal irrompible como en su montura de acero.

Desde 1946 se ordenó que hubiera vigilantes cada 50 yardas en toda la pista de Indianápolis, tanto durante la carrera como durante los entrenamientos.

Cuando Tony Hulman fue aquella tarde al hospital, Baby le relató la visita del FBI.


  • Alicia – me dijo-, si Rudi hubiese sido arrestado al iniciarse la carrera, no habría dado la señal de salida hasta que examinase su documentación, con lo que este asunto se habría arreglado en el acto.

Durante cinco días y cinco noches Baby no se apartó de mi cama, siempre pendiente de mí. Después de 48 horas mi respiración se hizo más normal, pero toda mi parte derecha continuaba paralizada y mi coma era tan agudo que los médicos no podían hacerme abrir la boca.

Una noche, hacia las dos de la madrugada, mientras la vital glucosa se introducía en mis venas, Baby decidió ir al hotel a fin de cambiarse la ropa. Llamó por teléfono a una empresa de taxímetros para que uno le esperase ante el hospital y dio su nombre y apellidos.



  • ¿Es usted la esposa del corredor que se ha herido? – preguntó quien atendió la llamada.

  • Sí, soy la señora Carcciola.

  • En seguida estaré ahí, señora.

Efectivamente, en seguida llegó el taxi. El taxista, un hombre fuerte, de rostro curtido por el sol y ojos azules, descendió del vehículo para abrir la puerta a Baby. Durante el camino hacia el hotel dijo:

  • Tiene que ser terrible, señora, venir de tan lejos para estrellarse aquí. Deseo de todo corazón que su esposo se restablezca muy pronto. ¿Cómo se encuentra ahora?

  • Aun no ha recobrado el conocimiento, y continúa paralizado del lado derecho. Es lo único que se puede decir hasta ahora.

  • Permítame, señora, que quede a su disposición. Llámeme a cualquier hora, sea del día o de la noche. Recuerde mi nombre, Malean. Pertenezco a la Red Cab Company.

La sexta noche Baby quiso ir al hotel para reposar unas cuantas horas, y para hacerlo llamó a Malean.

Éste se presentó casi al instante.



  • ¿Cómo anda el chico? – preguntó inmediatamente.

  • Está un poco mejor – le explicó Baby -. Hoy, por primera vez, ha movido el brazo derecho, y los doctores han podido abrirle la boca por primera vez. Ahora esperamos que se recobre rápidamente.

  • Ya sabía, señora, que hoy se encontraría mejor.

  • ¿Lo sabía? ¿Y cómo podía saberlo?

  • Señora – explicó Malean -, cuando suceden cosas como éstas, tan sólo el Gran Jefe, desde el cielo, puede ayudarnos. Cuando la dejé la otra noche, me fui a casa, me arrodillé y rogué a Dios, con todo mi corazón, que ayudara a su esposo.

Hasta aquel momento Baby no había perdido el coraje; pero ante aquello se derrumbó y sus lágrimas por tantas desilusiones, por el accidente, estaban mezcladas con las de agradecimiento porque Rudi continuaba vivo y con las que, emocionada, sentía ante el hecho de que en aquella tierra extraña un hombre hubiese estado rezando por otro hombre desconocido para él.
A partir del sexto día empecé a recuperarme. El brazo en que se me introducía la glucosa tuvo que ser atado a una tablilla, y ésta sujeta a la cama. Los ojos dejaron de estar en blanco y volvieron finalmente a su posición normal, pero no soportaban la vista de lo que me rodeaba. El décimo día empecé a articular alguna palabra. Empecé preguntando por Tomy.

Después no paré de hablar de la mañana a la noche. Siempre hacía las mismas preguntas. Se turnaban tres enfermeras que terminaban agotadas sus ocho horas de trabajo. Solamente para Baby el día comprendía veinticuatro horas.

Poco a poco empecé a percatarme de los sollozos y de los gritos de dolor de los heridos alojados en aquella ala del hospital. ¿Por qué me encontraba en aquel lugar? Estaba lleno de salud. ¿Por qué me tenían allí mientras otros gritaban de dolor? Tenía que salir. ¡Tenía que irme!

“Hotel Marott…”, “Hotel Marott”, habitación 115. Meridiano Norte. Doblé los barrotes de la cama como si fuesen de cera. A fuerza de patadas convertí la cama en una ruina. Había que procurar que Baby no se diese cuenta: no me dejaría levantarme…



  • ¿Qué haces, querido Rudi?

  • No hago nada, no hago nada – le respondí -.

Tengo que hablar en inglés, pues no tienen que saber que soy alemán. Estoy encarcelado. Han apaleado día y noche a esos que gritan. Pronto empezarán a pegarme. Tengo que huir.



  • ¡Socorro, Tony…! Baby, ¿dónde estás? Nunca estás a mi lado.

  • ¿Pero si estoy a tu lado, mi pequeño Rudi! Estoy siempre a tu lado.

  • No, siempre te vas.

Baby me llevó un helado de vainilla. Era delicioso. ¡Qué maravilloso era el sabor de aquel helado! Me reí de gozo. Pero, de todas formas, tenía que huir de allí.

Mi esposa fue a la cafetería a comer. Había llegado el momento. Primero pasé las piernas entre los barrotes del pie y la barandilla de la cama. Me costó, pero logré ponerme de pie.

Estaba tan mareado de debilidad que tenía que apoyarme en los muebles y en la pared. Por fin logré abrir la puerta. Miré a un lado y otro del vestíbulo. Ojalá que no llegase nadie. Una puerta entreabierta daba a la calle… Podía escaparme conduciendo la ambulancia. El coger estaba de pie a un lado.


  • “Marott Hotel” – le dije -, habitación 115.

  • Muy bien – contestó -. En seguida.

Antes de que me diese cuenta de lo que sucedía, me acorralaron entre la enfermera de las gafas que parecía una lechuza, el idiota que se empeñaba en hablarme como si yo estuviera enfermo y un tipo disfrazado de guardia. Me defendí con toda mi fuerza a puñetazos y patadas. Di un puntapié en la espinilla a la bruja de las gafas. Pero ellos pudieron más. Me metieron otra vez en la cama y me ataron.

Baby terminó su desayuno y volvió a la habitación. El policía del hospital estaba sentado, en mangas de camisa, con la gorra echada hacia atrás. El calor era insoportable.



  • ¡Oiga, señora! – dijo -, a ver si cuida mejor de este fulano. No hay quien le aguante. Ha armado un jaleo de todos los diablos.

Baby entró sin aliento en la habitación. Yo me comporté como un niño para que ella no se diese cuenta de lo ocurrido.

  • Rudi, ¿qué has hecho?

  • Nada – contesté de la manera más inocente.

  • Si no te portas bien, no me dejarán estar contigo. Te dejarán solo en un cuarto pequeño, a oscuras.

El doctor Hahn, y el doctor Merrell, especialistas en neurología, lo mismo que el doctor titular del hospital, ordenaron que guardara reposo absoluto. No habían hecho radiografías de mi cerebro porque no querían que dejara de permanecer extendido. Después de mi intento de fuga, Baby habló con los doctores. Pidió que me hicieran aquel examen con los rayos X. También solicitó que dejaran trasladarlo al hotel.



  • Desea ir al hotel Marott – dijo mi mujer -. Piensa que está prisionero. Cree que han pegado a los que oye cómo se lamentan. Oye las quejas y lamentaciones de las otras habitaciones y no puede comprender a qué se deben. No puede comprender que aquí mueren a diario personas víctimas de accidentes. No sabe que a veces hay manchas de sangre en el vestíbulo.

Me hicieron las radiografías, que mostraron claramente que no se había producido rotura ni fisura en mi cabeza. Después de una larga consulta entre los doctores, me dieron la autorización para poder abandonar el hospital.

Dijeron, además, a mi mujer:



  • Si usted se hace responsable, puede llevarse a su marido al hotel.

La noche anterior a mi traslado, Baby estuvo hablando conmigo durante mucho rato. Trató de hacerme comprender que había sufrido un grave accidente durante los entrenamientos para la carrera de Indianápolis. Me moría de risa. ¡Pero si nunca había estado en Indianápolis! Me trajo periódicos y fotografías en que se veía a un hombre en un automóvil de carreras. Aquel hombre lucía un casco como el mío; en general, se parecía mucho a mí.

  • Escucha – dije -, generalmente eres una muchacha muy lista. ¿No ves que todo esto es una falsedad? Desde luego, muy bien apañada. Estos americanos son muy ingeniosos. Pero tú tienes que saber muy bien que yo nunca en mi vida he corrido con un casco parecido.

La mañana siguiente me vistieron y nos dirigimos al hotel. Las guapas enfermeras y la bruja de las gafas me despidieron.

  • ¡Adiós, Rudi, adiós!

Me volví para mirar. ¡Ah!, había sido una persona realmente inteligente. ¡Ya estaba fuera de allí!

Baby me había hecho prometer que haría todo lo que ella me dijera. Me dijo que me echara y me quitó los zapatos.



  • Me gustaría bajar a sentarme en el salón, y hoy, quiero cenar en el comedor – le dije, observando su reacción ante mis palabras. Quería comprobar que me encontraba ya libre.

  • Desde luego, cenaremos abajo, si es que lo prefieres – me contestó -. Pero si te encuentras mareado, tendrás que apoyarte en mí, ¿me entiendes?

Para Baby, aquélla era una decisión muy difícil de tomar. Temía que aun me encontrara demasiado débil para permanecer en el salón comedor. Por otra parte, era muy importante lograr que yo borrara de mi mente la serie de fantasías en las que estaba sumido; probarme que éramos libres y podíamos actuar como tales. Realmente me encontraba muy débil. Todo me daba vueltas al hacer un pequeño esfuerzo, como levantar la cabeza un poco. Pero, no obstante, estaba decidido a bajar. Quise ponerme yo solo los zapatos. Lo probé, pero no entraban.

  • El izquierdo tienes que ponértelo en el pie izquierdo; el derecho, en el derecho – me explicó mi mujer. ¿Cómo podía saberlo?

Me era muy difícil andar derecho. Baby estaba a mi derecha y mi apoyé en su hombro. ¿Por qué teníamos que comer? ¡Qué utensilios para comer más feos, más bastos!

  • Mira cómo los uso yo – decía Baby. Contemplé con mucha atención cómo usaba el cuchillo y el tenedor.

Me dolían las encías.

Se veía mucho movimiento en la calle. Gente, coches, más gente, ruido, siempre ruido…

Tenía ganas de estar de nuevo en la cama.


  • Me duelen mucho las encías, Baby.

Me había quemado la boca con la sopa. ¿Qué quiere decir caliente? ¿Qué quiere decir frío? ¿Y dulce? ¿Y amargo? ¿Y aquel vapor que salía de la sopa?

Todo era muy difícil de comprender. Mis pies no tocaban el suelo. Estaba suspendido en el aire y me encontraba muy mareado. Estaría mucho tiempo, sí, mucho tiempo con aquel mareo.

Al cabo de un rato vino Tony. Llegó con un automóvil muy grande y muy cómodo.


  • Hola, Rudi. Ahora nos iremos a Terre Haute. Me refiero a mi pequeña casa de descanso, Lingen Lodge. Podrás estar allí, cuanto más tiempo mejor; podrás sentarte a la orilla del lago y pescar.

En aquel lugar había un gran parque, casi un verdadero bosque, un lago artificial y, a su orilla, una deliciosa casita con todos los refinamientos posibles. Una piscina de color turquesa y una formidable terraza. Allí todo era silencio. Tan sólo, durante la noche, se oían extraños animales. Daba miedo. Una luna grandísima y rojiza, la luna más grande que jamás hubiera visto, flotaba baja en el firmamento. Su luz dorada acariciaba los amarillos y fragrantes nenúfares cuyas enormes hojas medio cubrían el lago.

La temperatura permanecía igual; durante el día lo mismo que durante la noche, siempre calurosa. En la cama, el entorno de mi cuerpo me señalaba por el sudor. Era el calor húmedo de Indiana, un calor que hace milagros en las plantaciones de maíz.

Durante las tardes, Mary y Tony Hulman venían a vernos. Venían casi diariamente, aunque sólo fuera por un momento de visita. Nos llevaban café recién tostado y merendaban con pasteles al estilo de Suecia que Baby preparaba. También nos llenaban la nevera con toda serie de alimentos y cosas agradables. Nos cuidaban como nadie en el mundo, hasta entonces, lo había hecho.

En 1946 aún subsistía el hecho de que la mayor parte de la producción industrial estaba reservada para las necesidades del Ejército. Era muy difícil poder comprar lo que a uno le gustaba. Por ejemplo, sólo se podían comprar dos pares de medias de nylon, y aun en el almacén en que uno estaba inscrito. La carne escaseaba, el tocino era casi imposible de encontrar. Pero Tony tenía de todo. Siempre nos llevaba solomillos, tocino y café. También llevaba nuestro correo y cuidaba de las cartas que Baby escribía, cosa que mi mujer hacía con profusión. Durante dos meses solamente durmió cuando las circunstancias se lo permitían.

Después me enteré de que yo andaba mucho, principalmente durante la noche. Iba por aquí y por allá, tanto que siempre sentía el temor de que me cayera en la piscina. Hacia las 4 de la madrugada nos bebíamos una botella de cerveza inglesa, y después dormíamos unas cuantas horas.

CAPÍTULO XXVII


Gradualmente fui recuperando la capacidad de un ser humano normal. La rutina de lo cotidiano renació. Era muy fácil volver a aprender lo que ya se había sabido.

Deseaba ardientemente volver a estar en Lugano. Allí podría encontrar al Rudi de antes.

Mary y Tony , Wilbur Shaw y su esposa nos acompañaron hasta Chicago, donde tomamos el avión. Tony nos entregó dos paquetitos, uno para mí y otro para Baby.


  • No los abráis hasta que estéis volando -, nos dijo.

Baby permaneció en la puerta del avión hasta el último momento posible. El momento de la partida fue muy difícil. ¡Había que decir adiós a tantas cosas! Unas de muy triste recuerdo, otras muy hermosas. Decir adiós a tantas personas que habíamos llegado a querer. Despedirnos de Tony y Mary Ulman, cuya amabilidad y compañerismo habían iluminado las horas más sombrías.

Ya en mi butaca, puesto el cinturón, abrí el paquete. Era un encendedor de horo, con una inscripción que decía: “De Mary y Tony a Rudi”. Para Baby, otro parecido más pequeño.


Era agradable haber vuelto a casa, pero aún no lograba descansar. Aún tenía la sensación de que la tierra que pisaba era como una nube a punto de deshacerse con mi peso. ¿Para qué continuar viviendo? ¿Por qué no morí en el momento del accidente? Ya había pasado por algo muy parecido a la muerte. Me había ido, y había regresado de nuevo. Tendría que morir otra vez, no obstante. ¿Por qué me dejó Dios con vida? ¿Qué es lo que Él tendría aún guardado para mí?

Cuando pude conducir, empecé a adquirir nuevos ánimos. Me imponía enérgicas pruebas. Las cosas estaban igual que antes, nada había cambiado. Conducía exactamente igual. Detrás del volante, otra vez, me sentía casi completamente feliz.

Después de haber pasado varios meses en Suecia, junto con Baby, mi cabeza volvió a funcionar normalmente. Por fin noté que mis pies se apoyaban en el suelo. El aire del mar y los bosques me habían devuelto la vida.

En noviembre, en Bellinzona, Tessino, me convertí en ciudadano suizo. Durante veinte años mi hogar había estado allí, y allí iba cuando mi nómada existencia me dejaba algún momento de descanso; aunque tan sólo fueran unas pocas semanas o unos pocos días. Había abandonado Berlín en 1929.


Durante el invierno, mientras estábamos en Zurich, fui al garaje de Mercedes para recoger la caja de herramientas que dejé en la gran caja del Mercedes. Pero ya no estaba allí. No la recuperé nunca. Había sido registrada como propiedad alemana por el control oficial. Durante veinte años mi mecánico Walz había estado trabajando con aquellas herramientas en la puesta a punto a mis monturas.

Aquello dos pequeños Mercedes, durante el entretiempo, habían despertado las apetencias de varios pilotos y de algunos ingenieros especialistas. Circulaban muchos rumores acerca de ellos. Se hablaba de una oferta inglesa, que alcanzaba la suma de 222.000 francos suizos. Se suponía que se obtendría la autorización del Banco de Inglaterra.

También en América estaban interesadísimos por aquellos automóviles. Creo que todos los interesados en su compra pasaban por alto el hecho de que, aunque eran soberbios, sin unos pilotos bien entrenados, y sin estar asistidos por una gran serie de técnicos, mecánicos y material correspondiente, no podrían usar aquellos bólidos de manera satisfactoria.

Tenía que hacer algo para evitar la venta de los mismos, pues creía que me pertenecían.

Vistas las reclamaciones que podía hacer a la casa Mercedes, por haber bloqueado mi pensión desde abril de 1942, incluso podía embargar aquellos automóviles.

En 1948 solicité del control de propiedades la liberación de aquellos vehículos. El doctor Haspel se presentó como testigo ante el tribunal. Intentó, candorosamente, explicar por qué, en aquellas circunstancias no se formalizó todo por escrito. Nuestra empresa estaba muy vigilada; incluso se examinaban, muchas veces, las cestas de los papeles.

Gané la primera parte de la batalla por las flechas de plata. Pero en Zurich, en el Alto tribunal, perdí la última porque:”… el acuerdo del regalo de los dos automóviles al señor Caracciola, tanto para la ley suiza como para la alemana, no reúne los requisitos para poderla considerar como una transferencia de propiedad, cosa ésta esencial”.

Al perder aquella solicitud mía, empecé a creer que en el mundo no existía la justicia.

En 1950 apareció en los periódicos la oferta del siguiente lote: dos Mercedes Benz, 1 ½ litros, tipo de carreras, modelo 1… Las condiciones para la venta y demás detalles podían obtenerse del suscrito. Las ofertas se recibirían hasta el 15 de diciembre.

La cuantía de las ofertas se guardaba en secreto. La más alta venía de la entidad propietaria, en Suiza, de Mercedes Benz AG, Zurich. La segunda era inglesa.

Era consolador pensar que, a pesar de todo, los automóviles seguirían perteneciendo a la familia. Cuando el pasado verano visité el Museo Mercedes, pude ver cómo aquellas flechas de plata habían regresado al hogar. El que había preparado en Zurich para la carrera de América parecía no haber tomado nunca parte en ninguna clase de competición. Me habría gustado ver su retorno triunfal, porque a mí se debió que no acabasen en el extranjero, desmontados, como objetos de estudio.

CAPÍTULO XXVIII


Pasamos en Suecia el verano de 1950. A finales del mismo, el doctor Haspel me escribió diciéndome que en septiembre se reanudarían los entrenamientos en Nürburgring. Existían posibilidades de que pudiéramos tomar parte en la prueba de Argentina, con los coches tres litros de antes de la guerra. Me preguntó si estaba dispuesto a volver a correr.

¡Naturalmente que estaba dispuesto! Estuvimos allí a primeros de septiembre. Llovía. Volver a ver aquel país me llenó de alegría. El restaurante era tan cómodo como antes, y por la tarde Neubauer contó historias. También vinieron Hermann Lang y su esposa Lydia; Fritz Riess, con su esposa también, y un miembro nuevo de la familia de pilotos: Kart Kling.

Cada uno de nosotros dio tres vueltas al circuito. El automóvil de entrenamiento era tan pesado como un tronco. ¿De veras habíamos participado con “aquello” en un Gran Premio? ¿Quizás doce años antes? La pista era mala y resbaladiza; principalmente por los baches llenos de hierba y musgo, cosa que no era mucho de extrañar dado el tiempo que había permanecido abandonada. Solamente se habían corrido allí algunas pruebas para automóviles deportivos, pero éstos no pasaban por los mismos virajes que los de carreras. De repente tuve náuseas. Paré, bajé y me fui a sentar en mi automóvil. ¿Qué podía significar aquello? ¿Era aquel pesado coche o bien era yo? Probé a volver a conducir, pero me encontré enfermo. Se hacía evidente para todos los demás. Fui a nuestro hotel, subí a la habitación y deseé haber muerto. Baby vino tras de mí.


  • Escucha, Rudi – me dijo -. También Kling y Lang estaban muy pálidos cuando dejaron el automóvil. Lang dijo: “No volveré a conducir este cacharro nunca más; apesta y me pone enfermo”. Y, efectivamente, no ha vuelto a conducirlo.

Es verdad – pensé -. Los gases del tubo de escape eran penetrantes. Sería necesario decírselo a Neubauer. Precisaría corregirlo.

Verdaderamente aquello era un efecto del automóvil. Nos puso enfermos a todos. Nadie quería admitirlo, era natural que el automóvil tuviese la culpa.

La carrera de Argentina no fue un éxito. Aunque mis compañeros se enojaron por mi negativa a conducir, me alegró no correr en uno de aquellos viejos Grandes Premios en aquel clima tan duro.
Mercedes progresaba con pasos de gigante. El doctor Haspel sólo llegó a ver el principio de la fabulosa realización a que él había contribuido de una manera decisiva. El 6 de enero de 1952 murió en un repentino ataque, después de haber pronunciado uno de sus fascinantes y festivos discursos ante varios dirigentes de la empresa.

El doctor Haspel era un hombre lleno de ingenio y variados talentos. Amaba la belleza. Entendía de música y coleccionaba libros raros. Era cazador entusiasta y un buen aficionado a la fotografía. Sabía conducir a los hombres. Todos los empleados de la casa estaban a su lado, y algunas veces el comité obrero recurría a él para solucionar los más arduos problemas.

Amaba a su hermosa y elegante mujer, que dirigía su hogar con exquisito gusto y cuidado. Amaba también la vida; los cigarros fuertes, los vinos generosos. Creía que su fortaleza no tenía límites. Lo que él era capaz de hacer en una hora, era trabajo de un día completo para los demás. Intervenía en todo lo que pasaba en la empresa.

Medio año después de su muerte, murió también su esposa Bimbo. Se podía afirmar que murió de tristeza.



  • Rudi – me dijo cuando fui a verla después de la muerte de su marido -, me hubiera gustado tanto ir envejeciendo a su lado.

Aquel año, bajo la dirección técnica de Fritz Nallinger, el ingeniero jefe Rudolf Uhlenhaut construyó el automóvil deportivo más ligero y más fascinador de todos los que jamás se habían construido: el 300 SL Mercedes.

La puerta del automóvil se abría hacia arriba, particularidad que produjo muchos comentarios. Esto creaba serias dificultades en las pruebas para automóviles deportivos, pues los reglamentos no aceptaban aquella peculiar forma de abrir la puerta. Creo que fue otra vez Neubauer quien encontró la solución:


  • En ninguna parte se dice que una puerta sólo pueda abrirse lateralmente.

Como era costumbre, ganó.
En mayo de 1952 tomamos la salida con el 300 SL en la carrera de las Mil Millas de Italia. Primeramente realicé el recorrido con mi automóvil de turismo; después reservé una etapa a buena velocidad a pesar del intenso tránsito en las carreteras italianas. La carrera se efectuaba en sentido contrario que en 1931, pero me acordaba muy bien de los tramos peligrosos.

  • Ahora llegaremos a un paso a nivel – decía Baby, por ejemplo.

Yo echaba un vistazo al cerro siguiente y respondía:

Baby se asombraba.

Aun en mi propio automóvil, corrí de prisa aquella etapa. A Baby no le gustaba correr tanto; no puede prestar atención a las cosas que le interesan. A pesar de todo, tomó algunas notas acerca del circuito, y controló los tiempos que se perdían al cruzar las ciudades y pueblos. Ya llovía antes de arrancar. Centenares de automóviles tomaron la salida a intervalos de un minuto. Fui el primero en salir de los de mi equipo. Después lo hizo Kling; luego Lang. En aquella mojada y resbaladiza carretera, Lang chocó contra un mojón, a 50 km de la salida, y tuvo que abandonar.

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