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En la larga recta que existe antes de Ancona, en el Adriático, vi por mi espejo retrovisor cómo aparecía uno de nuestros Mercedes. Era King. Me pasó. Creo que iba unos 15 km/h más de prisa… No existen milagros en una recta. Cada uno saca lo que puede de su automóvil. Nuestros tres automóviles, ¿no eran idénticos?

Kurrle, mi copiloto, permanecía a mi lado. Era tan grande y fuerte que apenas podía moverse en su asiento. Después de Pescara, donde la ruta abandona el mar y se adentra en las montañas para dirigirse hacia Roma, el motor empezó a calentarse demasiado. Kurrle señalaba al termómetro. Ya me había dado cuenta, pero no había ningún sitio donde parar. Era necesario encontrar alguna estación de servicio, pero una donde hubiese una lata de agua a la vista. Kurrle no hacía más que señalar al termómetro. Bien, paramos. Pusimos agua y arrancamos nuevamente. Dos veces más tuvimos que parar y volver a echar agua al radiador.

A pesar de aquellas pérdidas de tiempo, llegamos a Brescia bien situados. Nos clasificamos cuartos. Bracco ganó la prueba; Kling fue el segundo. No sentía ni pizca de cansancio. Estaba loco de contento por ver que, después de aquel intervalo de doce años, era capaz de aguantar una carrera de mil millas sin acusar fatiga.

Aquel automóvil se conducía con suma facilidad. La dirección era precisa y suave. Era una espléndida aventura seguir carreras en un automóvil tan lujoso como aquél.

Recordé aquel nervioso y tranqueteante volante del pesado Mercedes de 2000 kilos, tipo sport, con el que gané la misma prueba en 1931, por carreteras pedregosas y polvorientas. ¡Dios mío, cuánta diferencia! Realmente era maravilloso el progreso realizado desde entonces por la industria del automóvil.

Más tarde supe que tanto a Lang como a Kling se les habían asignado dos automóviles más rápidos, de modelo más reciente, y que el mío era más lento y, según ellos se figuraban, más seguro. Me disgustó todo aquello. Hubieran debido dejarme escoger. Me encontraba tan en forma que hubiese insistido en guiar, junto con Lang, uno de los más rápidos.

CAPÍTULO XXIX
Antes de la fecha de la celebración de las 24 Horas de Le Mans, estaba señalada en Berna una carrera de poca duración de automóviles deportivos. El tiempo destinado a entrenamientos era muy breve. La parte del león, naturalmente, se la llevaban los bólidos de la Fórmula 1. Cuando estuvimos preparados para la salida había transcurrido mucho tiempo, por lo que solamente pudimos dar dos o tres vueltas, o sea, demasiado poco para poder descubrir algún punto débil.

Desde la salida me coloqué en primera posición. Aquellos momentos parecían iguales a los de hacía tantos años… Encontraba solamente al faltar el zumbido persistente de los compresores que entonces usábamos.

Daetwyler, el conocido piloto suizo, había sido el que había obtenido tiempos más rápidos con su 4 litros Ferrari. Sin embargo, me pareció que en el momento de la salida, por el nerviosismo, había manejado el cambio rápidamente. Quizás por eso el automóvil hizo “hup” y se quedó parado.

Durante la segunda vuelta, mi automóvil empezó a comportarse mal. Si frenaba, derrapaba. Una y otra vez intentó escaparse a mi dominio. Aquello provenía de los frenos. Pero no había tiempo para parase en el box, pues la carrera era demasiado corta. Era mucho mejor dejar que me pasaran mis compañeros de equipo y tomármelo con un poco de calma. Lo principal consistía en poder llegar al final y así ser cuatro Mercedes vencedores.

Fui, pues, conduciendo de una manera conservadora, pero con seguridad, frenando tan poco como podía. En la vuelta decimotercera, cuando iba a unos 160 km/h, derrapé al salir de una larga curva, y al empezar otra el automóvil se encabritó. La rueda posterior izquierda estaba bloqueada. El freno se había clavado. El automóvil, con la obstinación de un tanque, se dirigió hacia un árbol. Hice lo que pude porque fracasara en su intento.

El árbol cayó, partido por el terrible impacto, en medio de la pista. El momento del choque se ha borrado de mi memoria. Tan sólo recuerdo el esfuerzo que hice con mi pierna izquierda contra el piso del automóvil, al mismo tiempo que, con todo mi vigor apartaba de mí el volante para impedir que de nuevo se magullase mi cadera derecha.

El automóvil quedó convertido en chatarra. Pero Uhlenhaut debió de estar satisfecho de ver que el chasis tubular había resistido perfectamente aquel tremendo golpe. No se podía pedir una mejor prueba de su resistencia.

Cuando llegaron los practicantes de la ambulancia, ya había recobrado el conocimiento. Pude sentirlo; mi pierna izquierda estaba arrancada. Los camilleros me extrajeron del automóvil con mucho cuidado. Me extendieron en una camilla, dispuesta en una motocicleta, y a través del bosque me llevaron a la tienda de socorro de la Cruz Roja.

Entretanto, cinco hubieron de detenerse ante aquel obstáculo que les había puesto, el árbol. No prosiguieron carrera hasta que, minutos después, aquel tronco fue retirado.

Mi esposa permanecía de pie en la tribuna de cronometradores, situada ante la curva de Fosthaus y las tribunas, detrás de los sacos de arena que protegían a los espectadores. De acuerdo con su cronometraje yo iba muy retrasado. Pero no creyó que aquella demora fuera debida a un accidente; muchos otros automóviles iban retrasados. Después ella y los mecánicos supieron que me había sucedido algo. Durante bastante tiempo no tuvieron una noticia concreta. Donde Baby se hallaba se percibía la voz de los locutores por los altavoces. Después, según me explicó unas semanas más tarde, un hombre fue corriendo y gritando hacia ella:



  • ¡Terrible! ¡Algo terrible! Caracciola se ha fracturado el cráneo, se ha roto una pierna – y continuó corriendo y agitando los brazos.

Aquello dejó atónita a Baby. Después, como un autómata, recogió lalibreta de tiempos y el reloj y se dirigió, a través del sendero del bosque, a la tienda de la Cruz Roja. El reglamento imponía que los accidentados, vivos o muertos, tenían que pasar por la tienda de aquella institución.

Alguien la hizo subir a un automóvil y la llevó hasta la tienda. Llegó al mismo momento en que los camilleros me llevaban al interior. Alcé la mano para saludarla, para que no se alarmara tanto de verme cubierto de sangre. Una de mis heridas, en el mentón, sangraba muchísimo. Baby permaneció apoyada en el palo de la tienda mientras me quitaban la ropa. El muslo se me había hinchado enormemente y me dolía endiabladamente. Me dieron algo que me alivió un poco.

Sólo podía ver los ojos en el rostro de Baby. Todo lo demás, de tan pálido no se veía.


  • Rudi, oh, Rudi… - tan sólo decía.

  • Estoy muy contento – le dije -. Gracias a Dios ha sido la pierna izquierda. Es muy probable que me quede algo más corta, y por consiguiente ya no cojearé.

En aquellos momentos ignoraba que también me había roto la rodilla.

Cuando se sufre un accidente en las carreras no hay posibilidad de escoger los médicos. Acostumbran a celebrarse los domingos, y los domingos los doctores acostumbran a turnarse. Además, era costumbre que las víctimas de accidentes de carreras fueran llevadas al hospital municipal. No obstante, mi amigo Fritz Christen, presidente del club suizo de automóviles deportivos, dio las órdenes oportunas para que fuera trasladado a una excelente clínica privada.

La ambulancia me trasladó de un sitio para otro a través de los puentes situados encima de la pista. Era preciso recorrer un complicado trayecto. El asunto de las almohadas y de las mantas también era complicado. Unas pertenecían a la organización de la carrera y tenían que quedarse allí; otras pertenecían a la ambulancia. Finalmente, en el quirófano, me proporcionaron las necesarias, propiedad del hospital. Cuando uno se encuentra en aquellas condiciones, todas las mantas del mundo le importan un comino. Pero hay gente que vive pendiente por su responsabilidad por aquellas mantas…

Me pusieron un complicado aparato extensor. Un peso de unos 15 kilos tiraba de mi pierna, por medio de una media que oprimía de tal modo los dedos de los pies que aún ahora está atrofiado el dedo menor. Así tenía que aguantar inmóvil durante cuatro meses.

Todo el mundo se comportó muy bien conmigo. Recibí toda clase de ánimos de parte de amigos de todos los lados, e incluso por parte de desconocidos. Mi habitación estaba llena de flores. Al lado de la ventana se hallaba un refrigerador; la mesa de Baby estaba cubierta de cartas a las que ella respondía, trabajando hasta altas horas de la noche.

Algunas veces creí que no podría aguantar más. Un mes y otro mes transcurrieron en espera de mi restablecimiento. Al cabo de cuatro meses el doctor quitó el aparato, colocó una caja al lado de la cama y me pidió que la empujase con el pie con todas mis fuerzas. Me dolió terriblemente. El muslo empezó a hincharse. Al cabo de unas horas la fractura y el dolor estuvieron en la misma situación que cuatro meses antes.

De nuevo me pusieron una cuña en la rodilla, y de nuevo me colocaron los pesos que tiraban de mi pierna. Era imprescindible proceder a la intervención.

El famoso especialista de huesos, el doctor Gusti Preiss, fue el designado. Me trasladaron a Zurich. Antes que nada, Baby telefoneó al director general de Daimler Benz, Wagner, para informarle de la nueva situación. El director le dijo que hiciera lo necesario para mi completo restablecimiento.



  • No se preocupe por el coste; procúrese el mejor médico y todos los cuidados posibles para nuestro querido Caracciola. Lo único que nos importa es poder verle, cuanto antes, lleno de salud. ¡Y cuente con nosotros!

Desgraciadamente, el doctor Wagner murió sin que pudiera verle y agradecerle sus atenciones.

El doctor que me cuidaba se disgustó por mi traslado a Zurich y porque Baby estuviese de acuerdo con mi decisión.



  • Usted es responsable – le dijo – de este traslado fuera de aquí.

Baby se sobrecogió, pero en seguida se repuso y contestó:

  • Cuando un hombre se encuentra en esta penosa situación, alguien debe hacerse cargo de la responsabilidad de las decisiones. Acepto esa responsabilidad.

Me escayolaron para el viaje; el yeso tardó dos días en secarse. Sentía en la pierna escayolada tal picazón que imaginaba que el yeso albergaba un enjambre de moscas.

  • Por favor, Baby, rasca debajo del yeso. No puedo aguantarlo.

Mi esposa introdujo un mango del mata moscas entre la piel y el yeso y rascó por las zonas que picaban. Me produjo el alivio más maravilloso que en aquellos momentos pudiera esperar.

Una ambulancia muy moderna, conducida por un coger aficionado a los deportes, me llevó a la clínica Hirslanden, en Zurich.

El doctor Gusti Preiss y yo congeniamos desde el primer momento. Él era y es un gran deportista; lo que más le apasiona es el fútbol.

Me operó y unió la fractura con un pasador especial. Antes le pedí queme acortara un poco el hueso a fin de que la pierna quedara igual que la derecha. Dijo que no deseaba acortar tanto el hueso; pero, pese a todo, la diferencia entre mis piernas fue menos que antes.

Gusti iba a verme a diario. En cuanto llegaba al vestíbulo podía oír su ligero paso y su voz. Su visita era el momento crucial de cada día. Siempre me decía algo agradable. Era un hombre bondadoso, que sentía auténtica compasión hacia sus pacientes.

Entraba deprisa en el cuarto preguntando:



  • Bien, ¿cómo se encuentra el joven campeón?

Yo me encontraba todo lo bien que puede estar uno que yace en la cama con una pierna vendada que pesa como un leño. Al cabo de cuatro semanas, el doctor Gusti me intervino en la rodilla. Esta rodilla constituía un problema. Durante aquellos cuatro meses estuvo abandonada; la fractura se había separado y los músculos se habían contraído. Aquella operación tenía que ser muy dolorosa. El doctor Gusti lo sabía muy bien.

  • Sí, si, hijo mío. Solamente hay que tener un día más de paciencia. Después ya no le dolerá tanto.

Prefería que no me inyectaran calmantes si podía pasar sin ellos. La noche siguiente aún fue peor. El doctor era tan agudo que pedí a Dios que me ayudara a resistirlo. Cuando me visitó el doctor, estaba quejándome a gritos. Desde entonces empezó a llamarme “el paciente silencioso”.

Estuve cinco meses sin moverme. Por fin el doctor Gusti me hizo poner de pie. Durante aquel tiempo habíamos formado cierta especie de hogar en aquella habitación.

Había una pajarera en el balcón, colgada de modo que pudiera contemplar a los pájaros, mis huéspedes – la clínica Hirslanden está al lado de un bosque -. Los pinzones eran los pájaros más vivaces. El más interesante era un pájaro carpintero que se asía al enrejado de la jaula, se movía alocadamente y procuraba alcanzar a veces el interior. Las rojas plumas de su corona se hermanaban con el rojo de sus patitas. Sus alas estaban moteadas en blanco y negro. Algunos días iba dos veces; y cuando lo veía, llamaba a las enfermeras para que pudieran admirar sus acrobacias.

Leía narraciones detectivescas hasta muy entrada la noche, mientras Baby trataba de rebajar las montañas de cartas por contestar. Aquel era un trabajo desesperanzador, pues cada día el cartero llevaba un nuevo montón.

Los crucigramas me hicieron dolerme de mi falta de aplicación, en la escuela, por los idiomas.

Celebramos la Navidad en la clínica, con árbol y con velas. Nos visitó una familia desconocida: los padres y tres hijos. La pequeña lucía una túnica blanca llena de estrellas doradas y llevaba en la mano un diminuto árbol de navidad. El menor de los niños miraba a su hermana tan embobado como yo. El mayor recitó un poema, escrito por su padre, en que yo era el héroe, que pronto, muy pronto, volvería a correr en el Gran Premio de Berna.

De vez en cuando me visitaba el conductor de la ambulancia, y siempre me preguntaba si en Zurich se me trataba mejor que en Berna. Por lo general, a guisa de consuelo, me llevaba cherry brandy. Recibía flores continuamente; más flores, verdaderas montañas de flores.

El director Wagner me envió diez botellas de champaña rosado, y con ellas celebramos el Año nuevo de modo más extravagante que en nuestra propia casa. Baby decoró mi cama con serpentinas de colores. Celebramos llenos de alegría aquel Año Nuevo, porque tenía que ser el de mi completo restablecimiento. Brindamos por el futuro, aquel futuro en que desaparecían toda clase de yesos, vendas y operaciones.

CAPÍTULO XXX
A pesar del pasador, la fractura se reducía muy lentamente. Pasé por los días de la silla de ruedas, las muletas, los bastones, los baños calientes; pero al final de todo, los rayos X descubrieron que aquel clavo de acero se había doblado en el interior del hueso. Hubo un momento de pánico, y otra vez a la silla de ruedas…

Pasé otros dos meses sentado en la silla de ruedas, pero en mi hogar. Hice tanta práctica que la manejaba con increíble soltura. Iba de una habitación a otra, y hasta de la terraza al jardín. Baby decía tener el propósito de agregar una bocina a mi vehículo de “un pie”, pues cuando menos lo esperaba, yo haría aparición en los lugares más impensados. ¡Así podría saber dónde me hallaba yo!

Un poco antes de Pascua, el doctor Preiss y el profesor Boehler fueron a Lugano, desde Viena, para celebrar una consulta. El diagnóstico fue que el paciente ya podía andar y que haciéndolo se recuperaría rápidamente.

Aquella Pascua fue para mí, en más de un sentido, de verdadera resurrección; con la ayuda de bastones, empecé a caminar con mis vacilantes y torpes piernas.

Durante el verano pasamos unas cuantas semanas con nuestros amigos Henne en su encantadora casa de campo, rodeada de flores, en el lago Starnberg. Entre los magníficos y viejos árboles, y por el aterciopelado césped que llegaba hasta la orilla del lago, pude andar sin ayuda de bastones.

Agua y sol, paseos en canoa, contemplar cómo los demás nadaban y esquiaban por el agua; poco a poco se esfumaba en aquel bello paraje la memoria de mis sufrimientos.

Un año después, el doctor Gusti Preiss me extrajo el pasador y me lo entregó ceremoniosamente como trofeo final de mi tan variada carrera.
Han pasado cinco años. Hubiera sido terrible para mí haber quedado apartado de las carreras si la Mercedes hubiese continuado participando.

Pero aquellos decisivos años pasaron sin mucha tristeza. El destino la apartó de mí.

A veces rememoro los grandes, los magníficos días del deporte de las carreras, aquéllos en que en una misma prueba se alineaban seis o siete pilotos, cada uno de los cuales era capaz de vencer.

La única pasión de mi vida ha sido correr con automóviles, ser una fracción de segundo más rápido que los demás. No obstante, puedo asegurar que ni por un momento creí pertenecer a la lista de hombres que han popularizado el automóvil. Empero, de no haber sido por las carreras de automóviles no podría ni pensarse en el rápido progreso de del automóvil de pasajeros. Las severas exigencias de los materiales y de todas las partes de un bólido no pueden ser sustituidas por los ensayos mecánicos en un banco de pruebas.

Pronto terminarán las pruebas en carretera, porque se aproxima a pasos agigantados un momento en que la densidad del tránsito las hará irrealizables en absoluto.

El público se inclina a pensar que los automóviles han alcanzado la perfección; pero los técnicos y los ingenieros miran mucho más allá en el futuro y trabajan sin descanso por el perfeccionamiento de un invento que tanto ha influido en la existencia de la humanidad.

Si con esta profesión, propia para romperse la cabeza, y con las experiencias técnicas atesoradas en tantas carreras, he contribuido a que el automóvil sea más seguro y digno de confianza, mi vida detrás del volante ha tenido un significado más hondo que un simple afán de correr.

Pese a algunos malos momentos, la vida ha sido buena para mí. Pocos muchachos han tenido una infancia tan feliz como la mía en Remagen, a orillas del Rhin.

Pocos pilotos han tenido la suerte de salir con vida de montones de metal aplastado, y poquísimos han tenido el privilegio de trabajar en su profesión, desde la primera juventud, con un amor tan apasionado como el que he sentido yo por el deporte del motor.

Claro que donde hay sol también hay sombras, pero con el paso de los años las sombras se desvanecen en la memoria y solamente persiste lo hermoso, lo bello.

Ya no conduzco bólidos, porque “todo aquí es temporal y bajo el cielo todas las cosas tienen su momento”.

Mi vida es más apacible, pero mi mujercita está de nuevo ocupada haciendo las maletas. Vamos a Italia donde haremos exhibiciones del último Mercedes 300 SL; porque de todas maneras, continúo conduciendo para la estrella de tres puntas.

EPÍLOGO
La historia de la vida de Rudolf Caracciola no sería completa si no se hablase de los años que siguieron a su retirada de las competiciones, o sea, el lapso de tiempo que media entre su restablecimiento del grave accidente de Berna en 1952 y su inesperado fallecimiento en 1959. Siempre se comportó como un gran deportista, y se aproximó a la meta de la vida con la misma entereza y valentía que habían caracterizado todas sus actuaciones como piloto.

A mediados de 1955, aceptando unas proposiciones de la Daimler-Benz, Caracciola tomó parte principalísima en un proyecto especial para la venta de automóviles a los miles de militares americanos e ingleses de la NATO estacionados en Europa. Este mercado, aunque muy importante para la exportación alemana, era difícil de obtener y de explotar. La dispersión de las fuerzas, las dificultades idiomáticas, la escasez de vendedores y de vehículos para la demostración, y aun los reglamentos militares, fueron obstáculo difícil de vencer. Con su característica energía, determinación, entusiasmo y encanto personal, Rudolf Caracciola organizó y dirigió una campaña de demostraciones que llegó a todos los puntos donde se hallaban fuerzas militares, desde Trípoli hasta Oslo, desde Austria hasta Escocia. Su fama le precedía; era frecuente que los jefes de las bases del aviación suspendiesen los vuelos para hacer posibles demostraciones de velocidad en las pistas, que los oficiales y los clubs militares rivalizasen entre sí para agasajar al antigua campeón y ver películas de sus más emocionantes victorias. También los generales, pese a sus ocupaciones, encontraban unos momentos para hablar con aquel hombre de cabello gris, de amplia sonrisa y penosa cojera, a fin de recordar hechos del pasado y, bastante a menudo, dar una veloz vuelta en un Mercedes Benz 300 SL.

Por el espacio de cuatro años repletos de trabajo, aquel programa de demostraciones dio vigor a la venta de automóviles por toda Europa y contribuyó en no escasa medida a que Mercedes Benz superase en mucho su cifra de ventas. En 1959 se proyectó extender aquella productiva campaña hasta el Lejano Oriente, pero el destino no quiso permitirlo.

Desde principios de aquel año, el campeón no se encontraba bien. Las revisiones médicas que se le hicieron no dieron con la causa de su malestar, por lo que, haciendo acopio de voluntad y despreciando su comodidad personal, Rudolf Caracciola visitó en abril y mayo las bases norteamericanas en Inglaterra. Es significativo que dijera a algunos amigos que quizás no estaría con vida al siguiente año. En junio visitó las fuerzas inglesas estacionadas en el norte de Alemania y, como era corriente, fue recibido allí como un verdadero héroe. Poco tiempo después, un ataque de ictericia demostró la gravedad de su estado, que empeoró a pesar de un tratamiento. En un hospital alemán se diagnosticó que tenía cirrosis de hígado en estado avanzado. El fin llegó muy pronto. Para él había terminado la Gran Carrera. El vencedor en más de cien Grandes Premios y en infinidad de otras pruebas había visto, por última vez, cómo descendía la bandera cuadriculada.

El destino había sido para él muy benévolo, y le permitió llevar una vida activa hasta el mismo final. Realmente, durante sus últimos años había hecho muchísimo para satisfacer su sólido deseo de servir y de ser útil, así también como para aumentar su ya enorme cantidad de amigos y relaciones por el mundo entero. Su popularidad y estima permanecieron invariables durante el tiempo que siguió a su retiro de las carreras, como quedó bien patente al mirir, cuando las flores cubrieron su tumba en los altozanos de Lugano.
ALLAN H. ZANE, Jr.

Daimler-Benz, Sttutgart, Alemania.






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