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CAPÍTULO III


Una tarde Prickel me dijo cuando llegó a nuestra reunión:

Me entregó un diario en el aparecía la noticia de que el Automóvil Club de Alemania había organizado una carrera de coches de pequeña cilindrada, en el Stadion de Berlín. Me encogí de hombros y le devolví el periódico:




  • Como no dejen correr a pie…

  • ¿Y no cree usted que la casa Fafnir…?

  • Ni soñarlo –repuse-, después del asunto del automóvil del carnicero.

Intervino Kleeberg:




  • Creo que puedo conseguir un coche.

  • ¿Y cuánto costaría?

  • Nada –respondió-. Wuesthoff, un viejo camarada mío de guerra, tiene un pequeño coche, marca “Ego”, y no dudo de que si yo se lo pido se lo prestará. Estoy completamente seguro.

El domingo siguiente visité a Wuethoff en Chemnitz. Tenía el aspecto de un joven señor feudal; pero el gran corazón y la mano abierta de un viejo soldado.




  • Puede disponer, naturalmente, de mi viejo “Ego”.

Acto seguido nos dirigimos al garaje. Durante el camino me dio algunos consejor. Había de llevarlo a la fábrica, en Berlín, para dejarlo en condiciones de tomar parte en la carrera




  • Tal como se encuentra ahora, como mucho, podría usted competir en velocidad con un cortejo fúnebre –comentó.

No despedimos y volví a Dresde en el auto de Wuesthoff. Al anochecer fui recibido calurosamente por los del grupo. Apostaron un barrilito de cerveza por mi victoria y me llenaron de buenos consejos. Rathmann me regaló una pequeña muñeca tuerta para que me sirviera de mascota, y Kleeberg me recomendó que no durmiera con la ventana abierta, no fuera a pillar un resfriado en vísperas del gran día. Todos pensaban ir a Berlín para presenciar la carrera.




  • Sólo para darle ánimos “después” –dijo Prikel con una sonrisa amistosa.

La carrera tendría lugar a últimos de abril. Partí una semana antes, para disponer de suficiente tiempo para la puesta a punto del motor. La fábrica de aviones “Merkur” que construía el “Ego” estaba situada en la parte este de las afueras de Berlín. Temía hallar una serie de dificultades, pero todo se desarrolló de muy distinta manera. El jefe de ventas, un hombre jovial, de enhiesto mostacho, había sido avisado por Wuesthoff. Me recibió con magnífico buen humor.




  • ¿Con que usted es nuestro campeón de la carrera del sábado? Bien, reconozco que usted es un hombre valiente; ¿pero quién va a pagar el trabajo…?

Iba a responder me acalló con un gesto.

  • No se preocupe; eso nos pasa a todos. Se lo pondremos muy barato. Tengo esta idea: si usted vence con el “Ego”, no tendrá que pagar nada; si pierde, tendrá que pagar los repuestos utilizados en el reajuste.

Le di las gracias y cerramos el trato con un apretón de manos.

Pasé en la fábrica los siguientes días, trabajando desde la mañana hasta la noche. En unión del copiloto, puesto a mi disposición por la empresa, me afané en preparar el automóvil. Mi ayudante era un alegre chico berlinés.


  • Alardee del coche tanto como quiera; en cuanto vea los otros autos podrá echarse a dormir tranquilo. Esto no es un coche; ¡Es una bañera con cuatro ruedas!

Se habían inscrito muchos automóviles pequeños, por lo que habían de celebrarse tres eliminatorias el sábado por la tarde. Los vencedores tomarían parte en la final del domingo. El estadio parecía una enorme piscina vacía, que brillaba con rutilante blancura a la luz del sol. Las tribunas y graderíos estaban casi vacíos. Solamente había en los box algunos pequeños grupos de gente esparcidos acá y acullá. En aquel gran espacio parecían perdidos, como paraguas olvidados.

Casi todos los conductores eran jóvenes ansiosos de recibir el espaldarazo que les convirtiera en auténticos pilotos. Muchos se habían vestido de modo impresionante, con cascos y enormes gafas que no se quitaban ni tan siquiera para tomar café en el bar.

Discutían en voz alta, casi a gritos, las distintas tácticas que se podían seguir. En la curva norte de la pista, Cervezas Patzenhofer había instalado un colosal anuncio con grandiosas letras blancas y se debatía si era aconsejable enfocar la recta a la altura de la P o de la A. Un hombre se mantenía apartado de aquellas conversaciones: un caballero de nariz achatada, con alto cuello duro y largas patillas.




  • Es el ingeniero Niedlich, y conduce un modelo especial de la casa “Grade” –me apuntó mi copiloto. Observé con temeroso respeto cómo aquel hombre paseaba majestuosamente arriba y abajo, con los brazos cruzados. Su automóvil tenía la forma de un bote de fondo llano. En la popa, un enorme tubo de escape sobresalía amenazadoramente, como si fuese el tubo de un lanzatorpedos.

Por medio de un sorteo se repartió en tres grupos a los corredores. Niedlich quedó situado en el primero, y me alegró no tener que competir entonces con aquel peligroso piloto.

Lo primeros vehículos se aprestaron para la salida. Roncaron los motores y mis narices absorbieron el cálido olor del combustible. El coche de Niedlich rugía tanto como los otros tres juntos. Llenaba de atronador ruido la inmensa olla de cemento del estadio, y su enorme tubo de escape despedía nubes de gas pestilente.

Estaban en plena lucha. Niedlich iba en cabeza. Corrían por la recta, llegaban a la lejana curva –parecían moscas que pasasen sobre el anuncio de la cerveza Patzenhofer -, y daban y regresaban zumbando y tosiendo. Junto a mí se hallaba un periodista. Por encima de su hombro pude ver cómo anotaba: “Un espectáculo que deja sin aliento. Los coches se persiguen en las ceñidas curvas a setenta y cinco kilómetros por hora…”

Niedlich ganó la primera eliminatoria.

Me dirigí con los de mi grupo a la línea de salida. Dos de mis contrincantes conducían coches de la marca “Coco”, y el otro un “Omikron”. Cuando me senté al volante sentí una extraña sensación en el estómago; la misma extraña sensación que experimentaba cuando al terminar el año escolar, por Pascua, era llamado al despacho del director después de los exámenes.

Un caballero vestido con un levita de flotantes faldones dio la salida y arrancamos. Había que dar cuarenta vueltas, o sea 26´6 km. La pista estaba dividida en cuatro bandas por medio de tres rayas blancas. Casi todos los conductores tenían la costumbre de derrapar en las curvas y después, como halcones, enfilar la recta. Esto resultaba muy emocionante, pero hacía perder mucho tiempo. Por ello decidí ir siempre por el centro, pues por la parte interior las curvas no permitían mayor velocidad. Oprimí a fondo el acelerador y el indicador se estremeció al señalar más de 77 km. Después de la sexta vuelta, mi copiloto me gritó:


  • ¡Afloje! Hemos dejado atrás a los otros.

Disminuí la velocidad y me mantuve en 70 por hora hasta el final feliz de la carrera. Al llegar a la meta me felicitaron unas cuantas personas, y tuve que deletrear mi nombre a un periodista. Saltamos del coche y mi ayudante revisó el motor. El aceite se había calentado demasiado y, chirriando, se salía por las válvulas.




  • Bueno –dije a Schulz- ; no te queda más remedio que trabajr con la bomba durante toda la carrera.

Asintió resignadamente con un movimiento de cabeza.


* * *

Por fin llegó el día de la carrera.

Camino del estadio pude ver que aquello iba a convertirse en un verdadero acontecimiento. Parecía como si todos los berlineses se dirigieran hacia allá, con sus esposas, sus hijos y sus paquetes de bocadillos. El estadio parecía un grandioso cráter invadido por insectos blancos y negros. En el cielo un sol ardiente se ocultaba a veces tras nubes de tormenta.
Primero corrieron las motos. En otras circunstancias, aquella carrera me habría interesado enormemente; pero en aquel momento tan sólo deseaba que llegara el momento de estar en pista y arrancar.

Finalmente llegó la orden esperada: Preparados para la salida.

Éramos cuatro. Niedlich con su “grade”; Huettner con un “Omikron”, Hoffman, con un “Coco” y yo, con el “Ego” de Wuesthoff. Los conductores eran tan poco conocidos como las marcas de los vehículos. En la salida estaban unos cuantos periodistas y el caballero de los faldones flotantes, cuyo aspecto hacía pensar en un escarabajo que anduviese con las patas traseras. Nos llenó de advertencias, como por ejemplo, que debíamos dar paso al compañero que lo pidiese, y que si se producía alguna irregularidad tendría que dejarse la protesta para después de la carrera. Apenas escuchábamos y montamos en los coches. A mi lado estaba Niedlich, sentado inmóvil al volante, mirando con fijeza hacia delante.

Los motores empezaron a roncar; y de nuevo el “Grade” de Niedlich hizo más ruido que los otros tres juntos. Y arrancamos por fin.

Tenía una idea fija: tomar la delantera, conservarla y permanecer siempre en el centro de la pista.

Por el espejo retrovisor pude ver a Niedlich en su rabioso coche, envuelto en una nube de humo; una especie de llameante volcán sobre ruedas. A mi lado Shulz, sudoroso, jadeante, no paraba de hacer funcionar la bomba.

Poco después el “Grade” desapareció del pequeño espejo y fue sustituido por el “Coco” de Hoffman. Aceleré y también desapareció el “Coco”.


  • ¡No puedo más! –me gritó, agotado, Shulz-. ¡Mi brazo!

  • ¡Tienes que aguantar! –le contesté. Entonces reapareció Niedlich. Se ceñía sobre mí como un halcón en la ceñida curva. Aceleré tanto como pude y Shulz, a pesar de su cansancio, trabajó como un marino que achica agua en una barca que naufraga. Al entrar de nuevo en la misma curva alcancé la P cuando Niedlich atravesaba la A. Así fui luchando: letra por letra.

  • ¿Qué vuelta es ésta? –pregunté.

  • La treinta y ocho.

  • No; la treinta y siete –contesté. Pero Shulz movió la cabeza y apretó los dientes.

Al cabo de dos vueltas más, el caballero de los faldones saltó a la pista y agitó una bandera. ¡El final!

Le pasamos rugiendo y nos dirigimos a los box. Frené. Paramos el motor.


  • Ya lo ve: ¡era la treinta y ocho! –exclamó Shulz.

Un momento después nos sumergimos en una muchedumbre. Las gentes se apretujaban alrededor del coche, reían, nos daban la mano, nos daban palmadas en la espalda y gritaban tanto que se nos hacía imposible entender nada de lo que nos decían. El patilludo director de la “Ergo” atravesó el gentío como si fuera un nadador. Se me acercó, me ayudó a salir del coche, me abrazó y rozó mi mejilla con su bigote.




  • Fabuloso, muchacho –me dijo-. Eso es fabuloso. Si algún día montamos una sección de carreras, cuente con ser nuestro conductor.

En aquel preciso momento, el “Grade” de Niedlich se aproximó roncando. Paró justamente a mi lado. Vi cómo subía el respaldo del asiento y oí cómo explicaba a voces:




  • Si el mecánico no se hubiese olvidado de aflojar el freno de mano, el señor Caracciola no estaría ahora aquí victorioso. Desgraciadamente no me di cuenta del descuido hasta después de las tres cuartas partes de la primera vuelta.

Descendió de su automóvil y desapareció entre la multitud.

De repente, mis amigos de la peña hicieron su aparición. Habían venido de4 la tribuna. Kleeberg y Shulz colocaron sobre el radiador una enorme corona de laurel. Luego se adelantó Rathmann, me entregó un abono para doce comidas y dijo:


  • Rudolf Caracciola, primero fuiste una rama extraña en nuestro árbol. Pero desde hoy eres uno de nosotros. Puedes considerarte no tan sólo un verdadero sajón, sino también un auténtico ciudadano de Dresde…

No pudo terminar el discurso, pues obligaron a despejar la pista y teníamos que dar la vuelta de honor. La dimos muy despacio, alrededor del enorme óvalo, entonces alegre y cordial bajo la luz de un esplendoroso sol. ¡Cómo se divertía la gente! Saltaba de sus asientos, se agitaba, gritaba; un ramo de flores me dio en la cabeza. Estaba contento y emocionado. Me dijo Shulz que en su vida sólo había disfrutado de un momento más feliz.

Tras la vuelta de honor salimos del estadio por un túnel. Hacía mucho frío allí y todo estaba en silencio. Se interpuso en nuestro camino una sombra que brotó de la oscuridad.


  • Un momento, por favor.

Paramos.


Un alto caballero, severamente vestido de negro, vino hacia el coche; puso una mano en el volante, me saludó con una inclinación y me dijo:


  • Pertenezco al comité de dirección de la carrera. Se ha presentado una seria objeción a su victoria.

  • ¿Qué? ¿Cómo…? – repuse asombrado.

  • Le he dicho -añadió en tono más solemne- que ha habido una protesta por su victoria.

  • ¿Quién ha protestado?

  • No puedo decírselo. A fin de cuentas, se sospecha que no ha registrado usted correctamente la cubicación del motor del coche. ¿Tiene la amabilidad de seguirme?

Se adelantó y le seguimos con lentitud. Shulz maldecía en voz baja. A la salida del túnel nuestro guía giró a la izquierda y nos condujo a un oscuro patio para reparaciones, donde nos esperaban otros dos caballeros. Tuvimos que bajar del coche, abrir la cubierta del motor y desmontar la culata.

Uno de ellos se acercó lentamente, con precisos pasos, e introdujo en un cilindro un instrumento de medición. Lo extrajo, lo miró atentamente a contraluz y dirigió un gesto de condolencia a alguien que se hallaba tras de mí. Me volví y aún pude distinguir los bigotes de Niedlich en el momento en que desaparecía.

El primer caballero se volvió hacia nosotros.




  • Les presentamos nuestras excusas –dijo-. Fuimos lamentablemente mal informados. La cubicación declarada por usted era la correcta.

Los tres se inclinaron a un mismo tiempo como marionetas y desaparecieron por una puerta situada en el fondo de aquel patio.




  • Niedlich conduce un “grade” muy decente, pero él se conduce como un indecente –me dijo Shulz, con malicia, mientras atornillábamos la culata. Yo estaba un poco deprimido. Aquel incidente empañaba el goce de la victoria. Pero cuando volvimos a estar bajo la luz del sol, entre los amigos que nos esperaban y junto al barrilito de cerveza, olvidamos todo en seguida.

Era joven y había vencido.

CAPÍTULO IV
Contemplaba la puerta tapizada de cuero castaño por la que hacía desaparecido Herzing. Hacía más de media hora que me había dejado y me parecía difícil soportar aquella espera durante más tiempo.

La rubia secretaria parecía muy ocupada, o por lo menos intentaba aparentarlo. Escribía, apuntaba algo en un libro, buscó un fechador, volvió a sentarse ante la máquina de escribir. Era muy bonita y bastante altanera. Parecía que no se diese cuenta de mi presencia.

Llovía. Veía chocar las gotas en los cristales de la ventana, ante la cual un álamo se encorvaba por la lluvia, todas sus hojas temblando bajo el agua.

Desde mi asiento podía distinguir parte de la fábrica: tres largos cobertizos de techo de cristal que desde aquella distancia semejaban invernaderos.

Todo había acontecido con tal rapidez que yo fui el primer sorprendido. Un día Wuesthoff me presentó al señor Herzing, director de la casa “Daimler”. Alguien dijo que mi ilusión era, por encima de todo, convertirme en conductor de automóviles y conducir para la casa “Daimler”.

Y por ello me hallaba esperando en la fábrica, en Untertuerkheim.

La tapizada puerta parecía pesada y severa, como la del consultorio de un doctor. Y tras ella los directores Herzing y Gross moldeaban mi destino.


  • Señorita, ¿no cree que podría preguntar…?

  • Señorita Schroeder – dijo la rubia secretaria mirándome severamente-. ¡No! El director, Sr. Gross, ordena que no se le moleste durante ninguna conferencia.

Me habló por encima de la máquina de escribir, mientras colocaba una nueva hoja. Después volvió a teclear. No parecía dispuesta a hablar de nuevo conmigo.

De la pared de enfrente pendían un cuadro y un gran calendario. Aquél era el retrato de un caballero de luenga barba, sin duda alguna, el fundador de la casa. El calendario me dijo que era el 11 de junio. Se acercaba el cumpleaños de mi madre. Hubiera sido muy hermoso que pudiera decirle aquel día: “Mira, mamá, ahora soy piloto de la casa Mercedes. Mil marcos al mes para empezar y, aparte, naturalmente, primas de salida y premios.” Mi madre se conmovería tanto que lloraría, aunque estoy seguro de que lloraría con sólo saber qué era de mí.

Era una lástima que no pudiera defender mi causa al otro lado de aquella puerta. Era posible que Herzing vacilase al hallar la menor resistencia. Yo hubiera procedido de muy distinto modo.




  • Señor director –diría-. Confíeme por una sola vez uno de sus coches, una sola vez siquiera, y puede estar seguro de que regresaré vencedor. Si no es así, nunca más volveré a tomar parte en ninguna competición.

Sonó el teléfono, la rubia secretaria descolgó el teléfono, escuchó, dijo “Sí”, y después nuevamente, “Sí, Herr director”, y volvió a colgar.




  • Tiene que ir abajo para ver al señor Werner. Está junto a la entrada principal.

Tocó un timbre y apareció un ordenanza.

  • Conduzca al señor hasta donde está el señor Werner – dijo la chica y volvió a su trabajo. El corazón me resonaba en el pecho. Mi destino se decidiría ahora. Durante la próxima media hora sabría si podía llegar a conducir, si era de la madera de los que ganan Grandes Premios, o si todo era meros sueños, tontas alucinaciones con las que yo mismo me engañaba.

Era Werner quien tenía que probarme; el gran Werner, el vencedor de tantas pruebas. Era uno de aquellos hombres duros de la vieja guardia que con su coche habían roncado por todas las carreteras del país; con uno de aquéllos coches de altas ruedas y sin suspensión. A menudo llegaban a la meta con las manos en carne viva, magulladas por los golpes del volante; pero había logrado recorrer ciento cincuenta kilómetros o quizás más.


Cruzamos el patio. Aún llovía. Un gran ruido llegaba de las naves de la fábrica; de vez en cuando, el suelo temblaba por los golpes de alguna máquina.

Frente a un cobertizo se hallaba el chasis de un coche. Solamente el chasis con unos toscos asientos de madera. Nos paramos. De la sombría luz del cobertizo salió un hombre alto, delgado. Iba vestido con un mono azul. Era Werner.




  • Buenos días – dijo, y me dio la mano. Señaló silenciosamente el asiento de aquel coche y también silenciosamente se sentó a mi lado. Tenía larga y triste cara, nariz muy larga y ojos tristes. Era un rostro que parecía incapaz de poder sonreír.

Arrancamos. Werner daba las órdenes.

  • Gire a la derecha, recto, de la vuelta a la izquierda…

Le demostré de lo que era capaz. Conducía por carreteras rectas como verdaderas pistas de carreras y tomé las curvas de tal manera que el agua de la lluvia, debajo de las ruedas traseras, saltaba hacia lo alto. Al cabo de media hora, Werner dio la señal de regresar a la fábrica. Se apeó al llegar a la entrada principal. Me estrechó la mano.




  • Gruess Gott! (“¡Adiós!”) – me dijo y se fue.

  • Pero, ¿qué le ha parecido a usted? – le pregunté. Y desapareció en la oscuridad del cobertizo

Quedé allí, nervioso. ¿Es que le desilusioné de tal modo que no quería decirme ni una sola palabra? Fui a la portería y desde allí llamé al despacho. Aún estaban conferenciando.




  • Mientras tanto, puede esperar abajo – me dijo la secretaria -. El señor director ha sido informado de todo.

Estaba deprimido. Era obvio que la opinión de Werner debía de haber sido muy mala, ya que me trataban de una manera tan ofensiva.

Eran ya las cinco y media. El torrente de empleados había acabado. El portero estaba sentado en un pequeño rincón, y mojaba a hurtadillas un panecillo en una taza de café.

Me senté a su lado y empezamos a charlar. Hablamos de Werner.




  • Es un gran muchacho – me dijo -. Por desgracia no es feliz. Su esposa murió hace poco tiempo.

Por fin sonó el teléfono. Tomó el auricular y luego me dijo:

  • Vaya en seguida arriba. ¡Pero de prisa, pues están a punto de marcharse!

Corrí hacia el despacho. Aún estaba excitado, pero no tanto como antes. La larga espera me había entumecido y, en conjunto, había perdido casi toda mi esperanza.

La puerta tapizada de la cámara sagrada estaba abierta. Dos caballeros hablaban, en pie, a punto de marchar. Herzing llevaba el sobretodo al brazo y hablaba a un hombre con impermeable, ancho de espaldas, de una figura maciza. Era el director Gross.


  • ¡Éste es el muchacho! – exclamó al verme -. Bien, Werner ha quedado muy satisfecho de usted. Puede empezar en Dresde. Como vencedor. Cien marcos al mes.

Estaba a punto de decir algo, pero Herzing me dirigió una mirada de aviso. Cuando descendíamos la escalera le susurré, a espaldas del gigante:

  • ¡Pero si yo quería ser el conductor!

  • No sea idiota – replicó también en voz baja -. Conducir no es una profesión. Sea primero empleado de la firma; después, quizá algún día podrá conducir tanto como desee.

CAPÍTULO V


Hacía tres meses que estaba empleado en el salón de ventas, pero aún no había logrado vender nada. El salón estaba situado en un sitio espléndido, frente al “Hotel Europa”. Nuestros clientes pertenecían a la clase más selecta.

Algunos domingos tenía permiso para poder utilizar el automóvil de deporte con el que participar en alguna carrera. Naturalmente, no eran grandes acontecimientos deportivos, sino tan sólo pequeñas pruebas locales. Gané muchas, pero esto no cambió nada en mi situación. Era y permanecía siendo tan sólo el vendedor Rudolf Caracciola, con un salario de cien marcos mensuales y con derecho a un uno y medio por ciento de comisión por cada coche vendido por mi participación.

Desgraciadamente, ninguna comisión fue a parar a mi bolsillo. En cuanto había convencido a un cliente con mi charla de vendedor, salía Herzing del despacho y remataba la operación. Después me daba unas palmadas en la espalda y me decía que había trabajado muy bien.

En la sala de exposiciones trabajábamos tres vendedores. Los otros dos eran mayores y, naturalmente, más experimentados que yo. Cuando no había nada que hacer nos paseábamos vestidos con excelentes chaquetas de franela azul; contábamos chistes y hablábamos criticando a las gentes que veíamos pasar por la calle.

Mis compañeros parecían tener mucho mundo. Podían apreciar la valía de una mujer con sólo verla, y eran increíblemente expertos en el arte en el arte de conjeturar sobre sus cualidades y puntos débiles. Durante estas conversaciones me quedaba callado, pues no quería parecer ignorante. Me habría gustado tener novia, e incluso veía a una chica que me parecía encantadora. Vivía en el Hotel Europa. A veces la veía en su ventana, situada en el segundo piso. Vestía un traje ligero y contemplaba la calle. Al principio me contentaba con mirarla desde el fondo de la tienda; después salí al escaparate a sonreírle. Me devolvió la sonrisa, después desapareció tras los visillos.

En alguna ocasión la vi salir del hotel acompañada por un caballero de edad madura. Se dirigían a su automóvil; el portero habría la puerta con una reverencia. Pregunté acerca de ellos y supe que él era un negociante berlinés y ella una amiga suya. Se llamaba Carlota. Este nombre me agradó en extremo. Dejé de verla unos cuantos días. Cuando la encontré de nuevo sonreí abiertamente y me incliné un poco ante ella. Otra vez me devolvió la sonrisa y saludó con un movimiento de cabeza. Pero no sucedió nada más. Seguí asomándose a la ventana; y yo, continuaba en la sala de exposición. Hasta que por fin, abrí mi corazón al vendedor más antiguo, Heinz von Berck. Este compañero tenía veintiocho años y descendía de una vieja y respetada familia. Me sugirió que fuéramos a tomar el té a la sala de baile del Hotel Europa. Él pretendería estar interesado por Carlota, mientras yo permanecía en un discreto segundo término.

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